Poner conejo



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LO MEJOR DEL DOMINGO


LA MEJOR COLUMNA

SEMANA

PONER CONEJO


Antonio Caballero

Los uribistas pueden al menos mostrar coherencia: se opusieron a los diálogos de paz casi desde el principio, así fuera con el argumento contraevidente de que en Colombia no había ninguna guerra.

Al cabo de siete años de conversaciones de paz, y una vez firmados por las dos partes los acuerdos arduamente discutidos en La Habana, vienen a darse cuenta Germán Vargas y los jefes conservadores de que lo que se discutió y se firmó fueron eso, acuerdos de paz. Y se escandalizan. Durante siete años tuvieron mando en plaza, ministerios, la vicepresidencia, puestos, cuotas, contratos, mermelada, en un gobierno cuyo único propósito explícito consistía en acordar la paz con la guerrilla de las Farc. Y ahora resulta que no se habían dado cuenta, y se proclaman asaltados en su buena fe porque las Farc, dejadas las armas, abandonada la lucha armada, se disponen a participar en política, tal como fue acordado. Francisco de Roux, recién nombrado presidente de la Comisión de la Verdad, señala en su columna de El Tiempo una obviedad como un templo:

“Las Farc, como todos los rebeldes del mundo que negocian, firmaron un acuerdo político para hacer política”.

Para hacer política, para tener candidatos y pelear por los votos para las alcaldías, para el Congreso, para la presidencia: como todo el mundo. Para hacer política sin armas No para ir a la cárcel. Que las Farc hagan política a cambio de dejar las armas es el corazón de los acuerdos. Es, repito, una obviedad. Es el meollo del asunto. Durante medio siglo todos los gobiernos les hicieron esa propuesta, desde el de Belisario Betancur en adelante. Una propuesta que, por otra parte, no se ha cumplido nunca: cuando  fundaron la Unión Patriótica para hacer política exterminaron a sus militantes, a sus candidatos, a sus congresistas. Cuando se convocó la Asamblea Constituyente del 91 los bombardearon en la tregua y por sorpresa.  Y ahora que han dejado por fin las armas les quieren negar en redondo  la posibilidad de la política; y, por añadidura, quieren meterlos presos.

¿Quiénes? Los uribistas pueden al menos mostrar coherencia: se opusieron a los diálogos de paz casi desde el principio, así fuera con el argumento contraevidente de que en Colombia no había ninguna guerra. Pero estos otros, estos varguistas y estos conservadores que ven que ya que las Farc están desarmadas cumpliendo su parte del trato es el momento de ponerles conejo impunemente, lo hacen por el más cobarde oportunismo. Qué gentuza.

Y dejan entonces que en el Congreso se derrumbe la JEP, la Justicia Especial para la Paz, a la que se habían comprometido – ellos, que eran gobierno entonces, cuando los pactos se firmaron – a cambio del desarme, en un añadido jurídico para dar castigo a los crímenes de guerra y de lesa humanidad, que por primera vez se contemplan en las muchas paces pactadas con que se han cerrado las muchas  guerras de nuestra historia. Nadie pagó cárcel por sus responsabilidades en la Violencia o en la guerra de los Mil Días, para no hablar de las del siglo XIX. Dejan que en el Congreso se derrumbe la JEP no por convicción: por interés y por codicia. Porque quieren venderse. Porque quieren negociar sus votos a cambio de más puestos y más contratos: de más mermelada, sin que les hayan quitado ninguna de la que ya habían recibido. Y piensan que así, de paso, se desembarazan de un posible rival electoral en las regiones y en el Congreso, así sea modesto: el nuevo partido de la Farc.

Qué gentuza. Pero esa es la gentuza que han elegido los votantes, a cambio de lo mismo que ellos piden: mermelada. Tamales, trago el día de elecciones, una teja de eternit, un rollo de alambre, la promesa de un puesto de portero o de telegrafista. No: ya no hay telégrafos. Un puesto de escolta.

Y de parte del gobierno, en fin, qué frivolidad. El presidente Juan Manuel Santos se va de paseo a tierras extrañas para que le den premios y más premios por una paz que se  está hundiendo en la suya.

PAZ

EL ESPECTADOR

UNA MONUMENTAL CADENA DE ERRORES


Mauricio Botero Caicedo

Las erróneas lecturas de la realidad colombiana le han causado, y muy posiblemente le van a seguir causando, a éste y a los próximos gobiernos, serios obstáculos para implementar y consolidar una paz duradera.

Un primer eslabón en esta cadena de errores es haber asumido, con una ingenuidad rayana en la demencia, que el hacerse el de la vista gorda ante la multiplicación explosiva de los cultivos ilícitos no iba a tener mayores consecuencias. Un eslabón adicional en la cadena de errores fue el haber aceptado en La Habana que las siembras de coca se limitaban a ser “cultivos de uso ilícito”. Para el Gobierno y las Farc, la ilicitud de los cultivos como la coca se centra en su uso y no en su siembra, con lo cual se cimentaron las bases para su artificiosa legalización. Otro eslabón más en esta cadena de errores fue la suspensión de la erradicación en las zonas controladas por las Farc para disminuir el riesgo de recrudecer el conflicto armado durante los cinco años que duró la negociación.

Las Farc, por su lado, como recientemente menciona Andrés Espinosa en Portafolio, “incitaron a los cultivadores de coca para que plantaran más coca, motivados por la creencia –aparentemente cierta– de que la inversión pública y los subsidios oficiales se concentrarían en las zonas con mayor cantidad de droga”. Para señalar la gravedad de la situación, basta trascribir las recientes declaraciones del fiscal general: “De 180.000 hectáreas de narcocultivos existentes a comienzos de año, se decidió erradicar apenas la mitad. El 50 % de manera forzosa y el otro 50 % mediante acuerdos con las comunidades. Y ¿cuál es la verdad de lo que ocurre? Mediante intervención de la Fuerza Pública se han logrado erradicar 39.000 hectáreas, aunque Naciones Unidas puntualiza que solo ha auditado a la fecha 1.000 hectáreas. Pero en lo que definitivamente vamos perdiendo la asignatura es en materia de erradicación voluntaria: de las 50.000 hectáreas previstas solo llevamos 3.000 a la fecha”. Rafael Pardo, el ministro del Posconflicto, resumió con admirable síntesis el laberinto: “Mientras que haya coca, no habrá paz.”

El otro enorme error del Gobierno es haber asumido, basado en las apreciaciones de unos economistas despistados y un Departamento de Planeación aún más despistado, que la firma de la paz traería enormes dividendos al país, reflejados en un crecimiento adicional del PIB de entre un 1,1 y un 1,9 % anual, y expansiones del 20 % del comercio minorista y la industria, del 30 % del turismo y del 12 % de las exportaciones. Muy poca atención se le prestó a Francisco Rodríguez, economista para los países andinos del Bank of America, quien argumentaba que si bien el dividendo de la paz en Colombia era significativo, este ya se venía recibiendo desde la administración Uribe como resultado de la política de seguridad democrática y que, por lo tanto, la incidencia del acuerdo de La Habana sería modesta, y le daría un modesto crecimiento adicional a la economía del orden del 0,3 por ciento anual. Basados en la errónea creencia de mayor crecimiento, el Gobierno no le puso el freno de mano al gasto y negoció con las Farc todo tipo de dádivas y prebendas cuyo costo será casi imposible de financiar. Las consecuencias de este otro monumental error se reflejaron en una reforma tributaria apresurada, torpe y poco oportuna, reforma que a su vez ha desacelerado aún más el crecimiento económico.



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