Poesía popular e imagen nacional, según meléndez valdés joaquín Álvarez Barrientos (csic)



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POESÍA POPULAR E IMAGEN NACIONAL, SEGÚN MELÉNDEZ VALDÉS

Joaquín Álvarez Barrientos (CSIC)

Juan Meléndez Valdés, restaurador de la poesía española para muchos de sus contemporáneos, dejó un discurso forense, fechado el 10 de junio de 1798, relativo a “la necesidad de prohibir la impresión y venta de las jácaras y romances vulgares por dañosos a las costumbres públicas, y de sustituirles con otras canciones verdaderamente nacionales, que unan la enseñanza y el recreo”, publicado en 1821 junto a otros textos de carácter jurídico.1 El título de su discurso acoge varios tópicos del pensamiento reformista ilustrado. Por un lado, la necesidad de legislar los diferentes aspectos de la vida –en este caso, la producción literaria popular— para así restaurar o proteger las costumbres; por otro, la de nacionalizar la cultura y que la literatura sea expresión del carácter nacional, y todo ello conjugando prodesse et delectare. Al mismo tiempo muestra el afán patriótico de los españoles del momento de trabajar en pro de su nación.

La idea de que la literatura popular era “verdaderamente nacional” estaba en el aire desde que se hizo depender las supuestas esencias patrias de esas expresiones culturales, nacidas aparentemente de forma espontánea. Romances, jácaras, oraciones dieron desde el primer momento lugar a bellas composiciones literarias, pero también piezas groseras y de mal ejemplo. Si el “carácter nacional” podía aceptar las primeras, no podía dar carta de naturaleza a las segundas, que denotaban un pueblo chabacano, inculto, cruel, todo lo contrario de ese pueblo que se quería de trabajadores honrados, hombres de bien útiles, educados y civilizados. En todo caso, mantuvieron cierta memoria de hechos y personajes de la historia española que pronto iban a pasar a ser símbolos de la patria.

Por otro lado, es conocida la opinión general de los escritores neoclásicos ante la poesía popular (Caro Baroja, 1969), siendo quizá el testimonio más famoso el de Iriarte en su Epístola IV de 1776:

Y, en verdad, Fabio, que la vez que llego/ a una esquina o portal, en donde un ciego/ canta y vende sus coplas chavacanas,/ cercado de vulgar y zafia gente,/ me quito mi sombrero reverente,/ diciéndole con suma cortesía:/ Dios te conserve, insigne jacarero,/ que nos das testimonio verdadero/ de que aún hay en España poesía (BAE, 63, p. 29a).
Sin embargo, aunque este testimonio ha pasado como ejemplo crítico, leída la epístola en su totalidad, esas palabras más bien parecen un comentario admirativo, como señala Joaquín Díaz (1996, p. 62), que una censura. Todo lo contrario del testimonio de Eugenio de Tapia: “tropecé con un corro de papamoscas que estaban embelesados escuchando el extracto lacónico y chistoso que hacía un ciego voceador de una nueva relación y curioso romance. Paréme un rato a oír la sustancia o, en estilo moderno, el espíritu de tales coplas, y por cierto que me parecieron harto chavacanas, insulsas y deshonestas. ¡Oh, noble poesía, exclamé entonces, cómo te prostituyen! ¡En qué objetos tan indecorosos te emplean los copleros ridículos!” (I, 1807, p. 17). En cualquier caso, sean o no críticos los versos de Iriarte, lo cierto es que en general los autores clasicistas buscaron la reforma de la poesía popular.

Pero lo que resulta más interesante en el discurso de Meléndez no es su opinión sobre el valor literario de esa poesía, sino el comentario político a que da lugar, que incluye consideraciones patrióticas que van desde la imagen nacional hasta el tipo de país que se quiere construir. El autor piensa que romances, coplas y jácaras son restos del pasado, pero un pasado que no desaparece sino que está asentado como un modo de ser y entender el mundo. De hecho, coplas como las que se hicieron “en alabanza de nuestra España” que motivan su discurso, igual que muchas otras publicadas por entonces, eran textos antiguos repetidos una y otra vez, en ocasiones puestos al día, pero siempre dentro de unas convenciones determinadas y poco alterables que garantizaban el éxito de público, aunque el título rezara “Nueva relación”. Las coplas que incitan la denuncia y su informe surgieron con motivo de la guerra entre España e Inglaterra. Tienen una causa patriótica y recuerdan el tono de las canciones que saldrían a la luz durante la Guerra de la Independencia. Aunque son despreciadas por el “buen gusto”, resultan muy cercanas para el lector en su forma de entender las reacciones y las consecuencias del conflicto bélico. Por eso eran tan peligrosas:

Todas las muchachas lloran,/ ya no se podrán casar,/ pues segunda vez sus majos/ las armas han de tomar./ Si sus majos marchan fuera/ a las muchachas va mal,/ pues con ciegos, cojos, mancos/ ellas se habrán de abrazar (Meléndez, 1821, p. 168).
No dejan lugar a dudas, por otro lado, de quiénes eran los que salían más perjudicados en los enfrentamientos militares. Esta denuncia, igual que el tratamiento burlesco que se daba a algunas instituciones, era motivo suficiente para querer acabar con una “voz” que, en muchos aspectos, era crítica de la sociedad contemporánea. Lo importante, por tanto, no era su baja calidad artística, lo decisivo era que, por su gran capacidad comunicativa, esa literatura creaba estados de opinión contrarios al orden y podía producir estragos, no sólo morales, que son los más aducidos, entre las clases que consumían el producto, sino más bien y también ideológicos, políticos. Por eso el fiscal Meléndez propone prohibir estas obras que desacreditan la cultura y a la nación que las permite, en línea también con la real cédula de 21 de julio de 1767 que prohibía imprimir romances de ajusticiados y otros papeles similares.

Meléndez enmarca su propuesta de prohibición en un programa más amplio de cambios y sobre todo se encuadra en una propuesta de reforma de enseñanza, instituciones y lecturas, que comenzaría por la educación de los niños, pues éstos eran el futuro y la esperanza del Estado. El proyecto de educación nacional, igual para todos, de Meléndez comienza con un curso elemental que dé sólidos valores a la infancia. A partir de ahí, “buenos principios de la moral civil, otros de nuestra historia y nuestras leyes, los de la numeración y la aritmética, algunas definiciones de las ciencias, algo de las bellezas de la naturaleza para conocerlas y admirarlas, algo también de la agricultura y de las artes, anécdotas interesantes, rasgos de sensibilidad para formarnos a la compasión y la indulgencia, todo esto que tanto nos importa” (1821, pp. 177- 178; la cursiva es mía) y que las universidades y los seminarios, “ruinosas reliquias”, son incapaces de proporcionar.

Ante esta propuesta progresista que diluye lo religioso en valores éticos, los romances y demás pliegos de cordel son absolutamente inadecuados y reprobables pues no ofrecen nada de lo que se necesita para formar a los ciudadanos en los nuevos valores de tolerancia, educación, indulgencia, civilización, saber y patriotismo. Se trata de proponer los valores “sencillos cuanto vivos [de] las delicias de la vida privada”; de hacer que el pueblo aprecie el trabajo: “celebremos las profesiones que ornan la sociedad, y la animan a un tiempo y enriquecen”; se trata de ofrecer “consuelos a todos los estados” haciéndoles “palpables los bienes y dulzuras que tienen a la mano y por inadvertencia desconocen” (p. 176). De este modo, Meléndez confía en que enseñará a todos, en especial a los trabajadores, a ser felices, pues estarán contentos con su clase y su destino. Se trataba de que se sintieran útiles al Estado y valorados; por otro lado, labor del gobernante era velar por el bien del pueblo y conseguir para él la felicidad pública.

La crítica a la poesía popular se hace desde esta perspectiva ideológica y desde un a priori cultural importante, pues opone a un mundo que se quiere periclitado otro modelo nuevo de civilización y progreso. Y este nuevo modelo es español, no se entiende como algo ajeno. Meléndez concilia los valores del progreso con los de la tradición española del Renacimiento e incluso de la Edad Media, que para él es “edad de pundonor y de valor guerrero con sus trovas caballerescas” (p. 182). La poesía popular expresa los valores nacionales, pero ha llegado a una decadencia tal que se hace necesaria su renovación para que siga cumpliendo con su función. Gracias a los romances y demás poesías populares, Meléndez proyecta una idea de España continua en el tiempo e invariable. Sin embargo, el criterio utilitario y posibilista de la práctica ilustrada, así como la experiencia de que las prohibiciones no bastan para conseguir el cambio de gusto, opinión y costumbres, le lleva a considerar la posibilidad de emplear esa deslustrada poesía popular en beneficio del modelo que se quiere difundir, y así propone que, al tiempo que se hacen desaparecer todas esas composiciones deshonestas y viciadas, se escriban otras “verdaderamente españolas” que den cuenta de los valores que se quieren implantar. Estos romances, además, servirían para asentar los hitos bélicos, religiosos, morales, históricos que con el tiempo identificarían a la nación, algo en lo que se venía trabajando desde los tiempos de Felipe V, con aportaciones singulares de Feijoo, Sarmiento, Velázquez y otros como José Cadalso, más tarde.

Así, repitiendo casi los mismos hechos y personajes que éstos, Meléndez propone que se compongan por ingenios españoles romances que den cuenta de “los inmortales hechos y la fidelidad y la honradez de nuestros venerables abuelos. ¿Y cuál otra nación puede gloriarse de más nombres ilustres, de más acciones grandes, ni ofrecer ejemplos más insignes de virtudes civiles y guerreras? ¿A cuál otra costaron ochocientos años de afanes y victorias su religión y sus hogares? El heroico despecho de Numancia, el ínclito infante don Pelayo, el religioso don Ramiro, la memorable toma de Sevilla, la gran victoria de las Navas, el defensor de Tarifa Alonso Pérez de Guzmán, la heroína de la castidad María Coronel, el vencedor de México y Otumba, nuestro patrón glorioso Santiago, el santo labrador Isidro y otros infinitos argumentos ofrecen materia abundantísima para canciones y romances verdaderamente españoles” (pp. 175- 176). Meléndez está proponiendo la vía popular para dar a conocer las gestas de la historia patria, frente a la vertiente culta propuesta por Jovellanos y en algún momento por el mismo fiscal, que siempre se disculpó por no haber escrito los “hechos ilustres” españoles desde Sagunto a las guerras de Felipe V, mientras, por su lado, Quintana redactaba las Vidas de los españoles célebres (1807), con sucesivas ediciones siempre aumentadas, que tuvieron su versión propagandística también mediante estampas.

Los argumentos, hechos y personajes citados van a permitir ejemplificar los valores que se quieren inculcar o rescatar; así, gracias a ellos, “admiraremos el amor heroico de la patria, la invencible constancia, la austera probidad, el ardor del trabajo, la gravedad en hechos y palabras, la modestia, la frugalidad y las demás virtudes que fueron como propias de aquellas grandes almas, en quienes era un hábito el valor y necesidad la rectitud” (p. 176). Pero además, utilizar los versos era un medio sumamente apropiado, pues desde la infancia se prestaba gran atención a la música y a la poesía; era más fácil aprender esos valores, que eran los del ciudadano y los de la sociedad civil, mediante composiciones poéticas que mediante tratados, porque las primeras, con “noble honradez y sensibilidad oficiosa”, inspiran “dulcemente las virtudes sociales y domésticas, y forman sin sentirlo los ánimos a la rectitud, al heroísmo y al amor de la patria y nuestros semejantes” (p. 180); gracias a estos “romances sencillos, dictados por las musas y el patriotismo”, se aprenden mil hechos de armas y virtudes domésticas que convertirán al niño en ciudadano útil y orgulloso patriota, y las costumbres de la nación serán las de un país civilizado, pues no debe olvidar el gobierno que “son las costumbres la medida infalible de la felicidad y el baluarte más firme del Estado” (p. 183).

Todo esto y más se podía lograr, entre otras cosas, si se reformaba la poesía popular por entero y pasaba a formar parte de un proyecto estatal de acción sobre los ciudadanos para construir y difundir un concepto de patria asentado en los valores de la sociedad civil. El plan de Meléndez suponía una fe enorme en la enseñanza, en la capacidad de lectura y el valor persuasivo de la poesía, que para él era “dulce alivio” y estudio que formaba en la compasión y la benevolencia, civilizaba los pueblos, suavizaba su fiereza, despertaba y aguijaba el ingenio y conducía a la virtud (p. 185) de los ciudadanos, que él clasificaba en labradores, artesanos, fabricantes, navegantes.

Ponía de relieve que la música y la poesía que escuchan los pueblos no es una cuestión baladí y que su educación les debe mucho. Por eso, su reforma no es un asunto de estética o gusto, sino que es en realidad materia de filosofía política. Así lo entendieron también José Somoza y Salustiano Olózaga en épocas posteriores. Somoza, que conoció a Meléndez, escribió en 1832 una “Carta” en la que, en la misma línea que Meléndez, vuelve a atacar estos romances, pero él es más explícito que el ilustrado al señalar algo que he apuntado como causa de prohibición y que en los autores del XVIII queda soterrado. Estos poemas y canciones son “escuela de torpeza o una alarma de insurrección” (1842, p. 156), escribe; cita el discurso de Meléndez y da cuenta de que todavía a mediados de siglo eran los romances de ciego, como siguieron siendo, la “base de la educación del pueblo español”. Nada extraña que Somoza desarrolle los principios ilustrados, pues era un hombre educado en ellos, lo significativo es que tome el discurso y los argumentos de Meléndez como guía de su exposición para justificar la prohibición de tales obras, que también reclama. El solitario de Piedrahita, como aquél, explica esta prohibición en el hecho de que tales composiciones representan un mundo antiguo frente a la civilización ilustrada y liberal que se desea para España, y como aquél también explicita su extinción si se quiere que el país esté en Europa (donde, por cierto, también se daban estas composiciones, pero “Europa” en estos caso, más que un lugar físico y real, es un concepto que localiza el imaginario civilizador de la Ilustración).

A diferencia de Meléndez, Somoza se encuentra ya en un mundo nuevo, en el que palabras como progreso y civilización forman parte del vocabulario político y en el que las relaciones internacionales son más necesarias que antes, reflejo de relaciones económicas pero también de asumir un mundo de referencias y costumbres similares, que significaban estar en la misma dirección y haber abandonado en mundo antiguo: “debería prohibirse su lectura por la vejez de los usos que recuerdan, tan opuestos a los del día, con quienes es indispensable que el pueblo se conforme. Las charpas y los coletos, las dagas y papahigos se acabaron, y no conviene que el pueblo apetezca costumbres que (prescindo yo de su comparación con las del día) no las puede conservar, porque no puede dejar de formar una parte de la Europa. En vano será empeñarnos en presentar en nuestros muebles, trajes y modales una vasta galería de antiguallas a las demás naciones que nos cercan; nuestra vana inmutabilidad sería la de la ostra en el Océano” (1842, p. 158).

Sin embargo, a diferencia de Meléndez, Somoza no propone el uso de los romances para divulgar la nueva imagen de nación. Él considera todo eso una antigualla y no quiere volver a un pasado que, por el contrario, Meléndez valoraba, pues apreciaba los valores tanto del Renacimiento como de la Edad Media, época llena de pundonor. Somoza insiste en sus argumentos para poner de relieve una fractura social en cuanto a los valores: que “la clase media o alta” no tiene ya esos modales, pero aún persisten entre “el vulgo” los valores que representan jaques, matones, majos y manolos. La educación debería desterrar esta situación, potenciando la lectura de cosas buenas y decentes, y acabando con las coplas, cuya venta es prodigiosa. Somoza, como Larra, considera que la cultura es el termómetro de la civilización de un pueblo; por lo tanto, a juzgar por lo que se lee, no hay más que pensar que las luces y las costumbres del país están en decadencia: “si por los escritos que están más en boga se ha de juzgar de las luces y costumbres de los pueblos, triste idea formará el universo de las nuestras, y tan desventajosa como la que podrá tomar de nuestro garbo y talle, por los retratos grabados que sirven de portada a estos poemas” (p. 160).

El breve texto de Somoza es un hito más en la trayectoria crítica de la poesía popular que vendían los ciegos. Éstos estaban agrupados en una hermandad que tenía enorme fuerza. Contra ella se fue en varios momentos y de modo especial cuando se acabó con los gremios, ya que se organizaba según su estructura y sobre todo según su mentalidad.2 En esta línea escribió Salustiano Olózaga un informe en 1834 sobre la necesidad de acabar con la Hermandad de ciegos de Madrid, como se había hecho con otros gremios. Este informe debe bastante, si no mucho, al discurso de Meléndez. A un lado las opiniones sobre las personas de los ciegos, Olózaga considera que la actividad que desarrollan, como la misma Hermandad, es un resto del pasado, de la intolerancia, del oscurantismo y del proteccionismo; es decir, de nuevo, restos de un tiempo con el que se quiere acabar y que se ve como una rémora para el desarrollo de la nación. Los ciegos deben “saber que ha empezado una nueva era para el pueblo español” (1864, p. 123).

La desaparición de estos gremios y la prohibición de esta poesía forman parte de un plan de reformas más amplio, heredero de la Ilustración, que pretende mejorar la sociedad; en el caso de Olózaga, en plena construcción de la Historia y de la identidad de España, se trata de “restablecer la austeridad y pureza de nuestras antiguas costumbres” (pp. 131- 132). Naturalmente, cuando Meléndez y Olózaga hablan de antiguas costumbres no se refirieren a las propias del oscurantismo que denuncian sino a aquellas que hicieron de España un país grande.3 Como Meléndez, argumenta que la literatura conforma las “costumbres públicas” y el sentido de nación, por eso hay que cuidar lo que se escribe y vende, así como aquello que sirve a la niñez para educarse. Sin embargo, la poesía popular, como escribiera Meléndez, ha descendido hasta la “degradación y torpeza” y así, “olvidadas las hazañas de tantos héroes españoles que antes todos conocían y cantaban, ignorado del pueblo entre tantos otros bellísimos romances ese precioso romancero del Cid,4 que, a la par de las costumbres de nuestros mayores y de rasgos de valor propios solo de españoles, enseña ideas tan grandiosas y liberales” (p. 126), esa poesía sólo corrompe las costumbres.

Hace falta, por tanto, y como quiso el poeta extremeño, que se escriba un nuevo romancero que, como el del Cid, dé cuenta de los valores nuevos y antiguos que se tienen por “verdaderamente españoles”, es decir, por nacionales. Es necesario que alguien recoja “las tradiciones y recuerdos gloriosos para la nación, [que sienta y haga] sentir las necesidades de la época, explote los sentimientos y las ideas dominantes, y asocie a las de la libertad bien entendida los intereses y hasta las preocupaciones de todas las clases de la sociedad”. De esta forma, el sentimiento de nación se asentaría entre los ciudadanos y la poesía popular contribuiría a ello desde una perspectiva sumamente eficaz, que es la emotiva y sentimental. Es decir, contribuiría a crear un concepto emocional de nación con el que se pudieran identificar todos. Entonces “se verá concentrarse y fortalecerse entre nosotros el instinto de la nacionalidad, sin el cual los pueblos no pueden ser independientes ni defender con tesón sus instituciones políticas” (p. 133).

Los autores citados están interesados en gestionar la historia española de modo que el pasado sea un pasado nacional, no sólo de un grupo de españoles o de la monarquía. Consideran que los hitos que van a simbolizar esa memoria pueden servir para dar cuenta de la nueva imagen que se quiere para el país, de modo que intentan integrar el pasado en el presente, con dimensión de futuro, salvo Somoza. Consideran que los diferentes momentos evocados conformarán una idea de nación y un nacionalismo español liberal. Nos encontramos ante una etapa del largo proceso de elaboración del concepto de España como entidad cerrada y unitaria frente a otras naciones europeas, en el que participa (o así se quiere) de forma decidida la poesía popular como vehículo transmisor de “esencias nacionales”. Por esas fechas, Agustín Durán está recopilando el Romancero general, otra cosa es que ese instrumento esté más o menos depurado. Los símbolos y vínculos que se quieren establecer con el pasado buscan representar la idea de España en tanto que realidad construida desde la antigüedad, cuya existencia no se cuestiona.5 En este sentido, Meléndez, Somoza y Olózaga hablan consciente, cerrada, esencialistamente de “pueblo español” y de poesía “verdaderamente española” al menos desde los tiempos de la Edad Media, siendo herederos de los trabajos de Luis José Velázquez, Sarmiento y otros historiadores que afrontaron el estudio de la poesía española desde ese mismo criterio etnográfico y geográfico de nación”. En los tiempos de Somoza y Olózaga a ese criterio se ha añadido ya un valor civil y político.

Este informe de Olózaga a la Sociedad Económica Matritense supuso la desaparición de la Hermandad de ciegos en 1836 y de su monopolio. Las medidas intervencionistas gubernamentales buscaban modernizar el país, nacionalizar y difundir la cultura, además de mejorar la situación lamentable de la poesía popular, como se dice en la real orden de 4 de febrero de ese año. Para esto y para dar forma a ese imaginario moral e histórico nacional con el que poder identificarse se creó una comisión de poetas que debía, gracias “al soplo vivificador de la libertad”, preparar “los himnos de paz, de unión y de ventura” que popularizarían “los hechos gloriosos y los rasgos cívicos dignos de imitación y alabanza, al grado de esplendor en que lo ha colocado en Francia el genio mágico de Béranger”.6 Esta comisión la integraban los mejores literatos del momento: el duque de Rivas, Agustín Durán, José de Espronceda, Ventura de la Vega, Mariano José de Larra, Manuel Bretón de los Herreros, Joaquín Pacheco, Mariano Roca de Togores, Eugenio de Ochoa, Ángel Iznardi y Antonio García Gutiérrez.

Acababa así, con un decreto que no tuvo continuidad, pues no se sabe que esa comisión realizara actividad alguna, un aspecto del proyecto de construcción de una nueva España y de elaboración de su imagen y de los símbolos en los que reconocerse, que habían iniciado los ilustrados y en el que muchos tuvieron papel destacado.7 Pero quizá Juan Meléndez Valdés tuvo más suerte y efecto sobre el entorno, gracias precisamente a su condición de jurista y no de poeta, a la hora de entender la poesía popular como un medio divulgativo de la historia de España, además de educador. En este discurso proponía la vía popular como alternativa a la épica, para cantar las glorias de la patria y para divulgar los valores de los nuevos ciudadanos.

Su reforma de ese año sólo pudo ponerse en marcha después de la muerte de Fernando VII y cuando se levantó la prohibición de sus obras, que, tras editarse durante el Trienio Liberal, fueron condenadas por el gobierno, y en concreto los Discursos forenses, porque eran “eminentemente liberales” y rezumaban doctrinas reprobadas por la Iglesia. Además se traslucía el pensamiento de un autor con unos principios que “dañan y perjudican a la verdadera instrucción del pueblo español”. Estos principios no eran otros que los de “la humanidad, la beneficencia, la tolerancia” (Demerson, II, 1971, p. 151).

Se acabó con la Hermandad de los ciegos, pero no se utilizó la poesía popular para educar y propagar la imagen de la nueva España, moderna y europea, como quería Somoza; sin embargo, aquellos hechos y aquellas figuras que se articularon desde los tiempos de Felipe V, y aun antes, para simbolizar la patria y pensar la nación, y que Meléndez quería recuperar en los romances nuevos, tuvieron exitosa singladura como imágenes españolas de identidad y reconocimiento. Aunó Meléndez en su propuesta los símbolos antiguos que se querían representantes de los valores patrios con los valores futuros de la nueva España. Era una recuperación del pasado en línea con una reinterpretación patriótica en clave moderna, que luego aprovecharon los historiadores liberales a la hora de construir la historia de España.


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1 La peripecia editorial de las obras completas de 1820- 1821 se puede ver en Demerson (II, 1971, pp. 139- 153). Sobre los versos que dieron origen al discurso, González Palencia (1943). Para Meléndez jurista, Pérez Marcos (2000). Antonio Astorgano Abajo reproduce en su edición, además del discurso publicado, el informe que Meléndez leyó en 1798, así como las diligencias que entre el mismo y el gobernador de la Sala de Alcaldes de Valladolid se siguieron por un problema de competencias. Conviene destacar que la diferencia entre el informe leído (de unas tres páginas impresas) y el discurso publicado es notable en cuanto al desarrollo de las ideas, no en cuanto a éstas, que no cambian de un texto a otro. Quizá la diferencia más significativa esté en que, en el publicado, incorpora la reforma de la poesía popular a un plan más amplio de reforma educativa, del que a su vez formaría parte, mientras se desempeña con fuerza la idea de que estas poesías son una manifestación del sentir patrio. Por otro lado, en el leído ante la Sala de Alcaldes se presenta de modo más directo la consideración de que los romances son la poesía nacional por excelencia, pues, según el fiscal, se hacían eco de cuanto sucedía: victorias, desgracias, etc., y, de ese modo, “los ánimos se encendían en amor nacional y no respiraban sino patriotismo” (Meléndez Valdés, 2004, p. 1092). Otra diferencia importante, en esta misma línea, es la explicación de que “las victorias de Federico II y la República Francesa se deben en mucha parte al valor y entusiasmo patriótico que inspiraron a los ejércitos sus cánticos marciales” (p. 1093), que desaparece en la versión publicada.

2 Véase Botrel (1973) y Álvarez Barrientos (1987). Para los ciegos en general y sus producciones literarias, Caro Baroja (1969) y Díaz (1996).

3 Por ejemplo, para Larra el teatro clásico español no era representativo del “carácter nacional”, como lo era para muchos, porque lo identificaba con una época de intolerancia y triunfo de la Inquisición.

4 Meléndez Valdés también aludió a la importancia del romancero del Cid.

5 Para este proceso en el caso de la creación de la historia de España, Pérez Garzón (2000). De modo más amplio, Álvarez Junco (2001). Para el aspecto “nacional” de la creación de la historia literaria española, Álvarez Barrientos (2004).

6 La real orden, en el AHN, Consejos, leg. 11318, reproducida por Romero Tobar (1976, pp. 232- 233). Pierre- Jean Béranger (1780- 1857) era también invocado por Olózaga en su informe. Béranger fue protegido de Luciano Bonaparte; sus primeros escritos fueron poemas satíricos, epicúreos y de contenido anticlerical. A partir de 1815 comenzó a publicar cancioneros e himnos patrióticos, por los que se convirtió en portavoz de las ideas de la burguesía liberal.

7 Olózaga no daría por terminada su campaña con la creación de esa comisión. Años después, cuando José Zorrilla comenzaba a ser un destacado poeta y él ocupaba puestos de responsabilidad, le propuso otra vez escribir un nuevo romancero, que le haría rico y famoso. “En lugar de esas detestables coplas y bárbaros romances, con los cuales celebran sus hechos y los propalan por medio de los ciegos, famélicos poetastros a quienes tales obras no sacarán jamás del olvido, ni daránles más que pan para no morirse de hambre, V. podría hacer un romancero popular, y con un romance semanal desinfectar ese albañal literario, inocular en el pueblo un germen mejor de poesía, y figúrese V. los cientos de miles de cuartos que le producirían los cientos de miles de pliegos semanales de tan populares romances” (Zorrilla, 1943, p. 2197). El texto se corresponde a la nota que el poeta puso a su poema “A buen juez, mejor testigo”, en la edición de las obras completas de 1884. Zorrilla denegó la propuesta porque pensaba que la poesía no debía venderse. En la p. 2194 señala también que Olózaga le propuso hacer el romancero “del siglo presente”.





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