Poemas de José Martí del libro "Versos sencillos"



Descargar 1.36 Mb.
Página23/26
Fecha de conversión22.05.2018
Tamaño1.36 Mb.
1   ...   18   19   20   21   22   23   24   25   26

OBLIGACIONES DE UN LIBRO CORRECTO

Como yo no rechazo la posibilidad de hacer una novela bien cortada, como un chaquet de sastre a la moda, pienso en las exigencias que tendría el género si pretendiese hacer de La nave de los locos un libro correcto, ponderado y casi parnasiano.

Lo primero que me molesta al pensar en meter mi novela en la férula estrecha de una amistad, es tener que reducir el número de personajes, el hacer una selección de los tipos vis­tos y pensados y no dar entrada más que aquellos de buen as­pecto.

Tendría uno que poner en su barraca un cartel parecido al que solía haber hace años en algunos bailes de Valencia: «No se admiten caballeros con manta.»

Tengo yo pocas condiciones para bastonero de baile o para señor de la burguesía que quiere reunir una tertulia de gente distinguida. Me parece que todos mis tipos, un poco irregulares y tabernarios (es la calificación que han merecido mis per­sonajes de un reverendo padre jesuita), reclaman su puesto en mi tablado. ¡Qué se va a hacer! Entre mis muchos defectos, se­gún un amigo, tengo yo el de ser anarquista e igualitario y no saber distinguir de jerarquías.
ALOCUCIÓN A MIS MUÑECOS
Al reanudar el viaje con mis amigos en el auto he supuesto que todos los tipos míos, medio vistos, medio pensados, obser­van las vacilaciones de mi espíritu un poco cariacontecidos. Así que, para tranquilizarlos mientras el paisaje y el mar som­brío corren por delante de mis ojos, he murmurado.

—Queridos hijos espirituales: todos entraréis, si no en el reino de los cielos, en mi pequeña barraca; todos pasaréis ade­lante, los buenos y los malos, los imaginados y los soñados; los de manta y los de chaquet con trencilla, los bien construidos y los deformes, los muñecos y las figuras de cera. Los más hu­mildes tendrán su sitio al lado de los más arrogantes. Nos rei­remos de los retóricos y de las gentes a la moda, de los aristó­cratas y de los demócratas, de los exquisitos y de los parnasia­nos, de los jóvenes sociólogos y de los que hacen caligrafía lite­raria. Seremos antialmanaquegothistas y antirrastacueros. Sal­taremos por encima de las tres unidades clásicas a la torera; el autor tomará la palabra cuando le parezca, oportuna o inopor­tunamente; cantaremos unas veces el Tantum ergo y otras el Ça ira; haremos todas las extravagancias y nos permitiremos todas las libertades.

Así termina el prólogo del presente volumen de las Memo­rias de un hombre de acción, Memorias que han llegado al tomo XV, y que a esta altura presentan ya oscuridad tan grande, que no sabemos quién es el autor verdadero de los cinco o seis que se citan como tales en el transcurso de tan larguísima obra.

NOTAS BIOGRÁFICAS


JULIÁN DEL CASAL

La Habana, Cuba, 1863-1893

Este poeta modernista cubano nació en la ciudad de La Habana y murió muy prematuramente, en esa misma ciudad en 1893. Casal pertenecía a una familia propietaria de ingenios, venida a menos por la Guerra de los 10 Años y las fluctuaciones del precio del azúcar en el mercado mundial. Simpatizó con la lucha independentista, pero no tuvo fuerzas para entrar en ella. Viajó a España; pero decidió no conocer París ya que creía que era más hermosa el París de su mente. Cronista de La Habana Elegante y El Fígaro (textos recopilados en Prosa, 1963). Sus libros de poemas son: Hojas al viento (1990), Nieve (1892) y Bustos y rimas (1893), Casal es nuestro primer “poeta maldito”. Como muchos otros modernistas se sentía un “europeo desterrado en tierras americanas”.

En 1892 conoce a Rubén Darío y a pesar del buen trato que recibió de éste, nunca termina por entender del todo los objeivos de nicaragüense. Paul Verlaine, elogió sus primeros versos, pero le molestó su proclividad hacia Heredia y Mendes, es decir, hacia el parnasianismo. Se le ha visto como representante del modernista que cierra los ojos frente a su circunstancia inmediata y no le falta razón a esta idea, a pesar de que hay estudiosos que quieren ver en la obra de Casal una crítica al gobierno español en Cuba.
JOSÉ MARTÍ

La Habana, Cuba, 1853 - Dos Ríos, Cuba, 1895

José Julián Martí Pérez nació en la Habana el 28 de Enero de 1853, hijo de padres españoles humildes. La biografía de Martí es una de las más ricas en gama de matices. Artista, intelectual y patriota, guía de hombres y vanguardia de una época. Desde los 16 años, cuando sufrió trabajos forzados y destierro, hasta su muerte en la guerra de independencia, la vida de Martí se consagró a la libertad de Cuba. Martí revalora la tradición barroca y la actualiza con una capacidad única de ser moderno y a la vez escribir siempre desde la perspectiva del mundo colonial en lucha por ser libre.

En l869 fue encarcelado por razones políticas, y a principios de l87l salió desterrado para España, donde estudió Derecho y Filosofía y Letras. Entre l875 y l876 residió en México, en nuestro país inició su inigualable y definitiva carrera de periodística. También vivió en Guatemala y Venezuela (en ambas capitales ejerció sistemáticamente la docencia). Pero la mayor parte de su destierro, entre l880 y l885 lo pasó en los Estados Unidos; Aquí también desarrolló actividades educativas, pero sería por su intensa labor formativa entre los amplios núcleos de emigrados revolucionarios cubanos y puertorriqueños que le sería dado en vida, y por sus propios contemporáneos, los calificativos de Apóstol y de Maestro. Vivió durante su corta vida más tiempo fuera que dentro de Cuba.

Al estallar la guerra de independencia, en 1895, marchó a Cuba clandestinamente, desembarcó por playas de la Provincia de Oriente, y a los pocos días murió en pleno campo cubano, en Dos Ríos, el 19 de Mayo, durante una batalla en que tropas españolas se enfrentaban a un regimiento independentista. La forma en como murió el poeta ha sido comentada en diversas ocasiones ya que algunos críticos quieren ver en su gesto temerario un verdadero suicidio.

Parecería que la tarea perpetua por liberar a Cuba, a la cual se entregó totalmente Martí, haría imposible la creación literaria, pero Martí logró dejar una inmensa cantidad de poemas, de artículos y de ensayos. Una gran parte de lo que escribió Martí está directamente relacionado con su preocupación libertadora. Otra parte descubre fascinantes observaciones sobre arte y literatura. La inmensa obra de Martí (Obras completas, La Habana, 1973) se reúne en 28 volúmenes. Aparte de los poemas, las cartas y los textos políticos, casi toda ella es periodismo de una gran catego­ría artística, y un estilo que nadie había empleado antes. Como poeta está entre la transición de lo romántico a lo modernista. Un caso aparte es la enigmática simplicidad de Ismaelillo (1882) y Versos sencillos (1891), los únicos libros que publicó en vida. En el otro extremo están, por su compleja organización, Versos libres (1913), Flores del destierro (1933). De Los versos sencillos dijo Darío: “Es un verso en el que nada falta y nada sobra. Tiene la hondura más profunda y la más clara superficie y hasta la altura más celestial”.
JOSÉ ASUNCIÓN SILVA

Bogotá, Colombia, 1865-1896

A diferencia de Casal, Martí y Gutiérrez Nájera, Silva no fue periodista, era un dandi adinerado que pudo costeares largas estancias en París, donde conoció a Oscar Wilde y entró en contacto con los simbolistas franceses y las ideas de Schopenhauer. A pesar de ello su formación no fue exclusivamente francesa, pues también fue un excelente lector de Poe y de los románticos (los victorianos de Inglate­rra o los conservadores alemanes). Heredó el comercio de su padre y se obstinó en importar objetos lujosos de venta difícil. A la muerte de su hermana Elvira (1894) publicó en una revista de Cartagena el "Nocturno" que es el mejor y más célebre de sus poemas. En uno de sus viajes, de regreso de Venezuela, naufragó, y como llevaba con él el manuscrito de dos libros, se perdieron dichas obras (uno de cuentos y la novela De Sobremesa). Todas estas desgracias se sumaron al repudio que provocaba en él la sociedad en que vivía y a un nuevo desastre en los negocios para hundirlo en una depresión sin fondo. Pidió a un médico que le marcara el lugar exacto del corazón. Se disparó un tiro en el lugar marcado de su pecho. No había cumplido aún 31 años. A causa de estos problemas se ha creído que Silva fue un poeta atormentado y solitario, pero no fue así, ya que, afirman quienes lo conocieron, que era la persona más ingeniosa, bromistas y alegre que se podría uno imaginar.

A pesar de ser una de las primeras y más destacadas figuras del modernismo, Silva nunca se consideró miembro de esta escuela, incluso, se burló de estos poetas llamándolos "rubendariacos". No obstante, en sus poemas y en su actitud entera es tan representativo del fin de siglo, como Casal. Su obra aportó formas muy originales al modernismo, dio a las formas y metros clásicos una renovada sonoridad. Entre el disgusto de la vida y la angustia de la muerte, Silva halló nuevas formas para convertir en poesía su experiencia del "mal du siécle". De alguna forma Silva fue nuestro Poe y nuestro Bau­delaire.
RUBÉN DARÍO

Metapa, Nicaragua, 1867 - León, Nicaragua, 1916

Félix Rubén García Sarmiento nace el 18 de enero en Metapa, Nicaragua, y es trasladado a León, al mes de su nacimiento. Se desconoce por qué sus padres lo abandonaron al nacer; pero por este hecho fue recogido por su abuela. Su capacidad para la versificación quedó patente desde muy niño. Sus primeros poemas son de la infancia. Empleado en la biblioteca de Managua, leyó a los clásicos españoles. En 1879 publica sus primeros poemas: “La fe”, “Una lágrima”, “El desengaño”. En 1882, tratando de demostrar ante las autoridades sus extraordinarias dotes para la poesía, con la intención de obtener una beca para estudiar en Europa, lee, en Managua, el poema “El libro” ante el presidente conservador Joaquín Zavala. Desafortunadamente, las autoridades reciben mal el liberalismo que revela el poema; a propósito del cual, Rubén recordará en su Autobiografía cómo reaccionó el presidente del Congreso al escucharlo: “Hijo mío, si así escribes ahora contra la religión de tus padres y de tu patria, ¿qué será si te vas a Europa a aprender cosas peores?” .El deseo de viaje se tiene que aplazar.

En 1886 Viaja a Chile. Darío recuerda en su Autobiografía cómo fue que el general salvadoreño, Juan José Cañas, lo animó a elegir al país suramericano como destino para dar inicio a la ampliación de sus horizontes: “Hombre de verdadero talento, de completa distinción y bondad inagotable. Chilenófilo decidido desde que en Chile fue diplomático allá por el año de la Exposición Universal. ‘Vete a Chile me dijo. Es el país adonde debes ir’. ‘Pero don Juan le contesté, ¿cómo me voy a ir a Chile si no tengo los recursos necesarios’. ‘Vete a nado me dijo, aunque te ahogues en el camino’. Y el caso es que entre él y otros amigos me arreglaron mi viaje a Chile”.

En Chile terminó de formarse como escritor y en los periódicos adquirió el nuevo estilo que muestra en la prosa más que en los versos de Azul (1888). Recibe la frialdad de la intelectualidad y la burguesía chilenas de entonces. Nuestro poeta entonces busca la redención por la literatura la cual, como afirma Teodosio Fernández: “Era su única salida: no sólo tenía en su contra la pobreza, sino también el color de su piel, en un medio que convertía la herencia y la condición europeas en una prueba de superioridad social”. Un año antes de la publicación de Azul... publica Abrojos, gracias a la intervención de Pedro Balmaceda Toro. En estos breves poemas expresa el sufrimiento del poeta incomprendido y desdeñado. Como indican sus biógrafos: “a pesar de sentir dolorosamente su condición de inferioridad, la amistad de los poderosos o simplemente ricos constituía también una fuente de satisfacción para Darío, que siempre se había sentido atraído por ellos y seguía aspirando, desesperanzadamente tal vez, a una buena posición social”.

Después de la primera experiencia cosmopolita (quedó enamorado de Valparaíso, puerto chileno que le pareció realmente universal y parisino). Fue a España y volvió a Centroamérica donde contrae matrimonio con Rafaela Contreras, en San Salvador, la cual muere en 1893 y en ese mismo año se casa con Rosario Murillo. “Es el hermano de Rosario, un hombre sin ningún género de escrúpulos, Andrés Murillo relata Edelberto Torres; conoce el íntimo drama de su hermana, que la incapacita para ser esposa de ningún puntilloso caballero local. Además, el ‘caso’ de Rosario ha trascendido al público, y entonces Murillo concibe el plan de casar a Rubén con su hermana. Conoce el carácter timorato del poeta y la abulia a que queda reducido bajo la acción del alcohol. Traza el plan a sus hermana y ésta lo acepta. En una ocasión en que Rubén está entregado inocente y honestamente a los requiebros amorosos con Rosario, en una casa situada frente al lago, barrio de Candelaria. De repente aparece el cuñado, que desenfunda un revólver y con insolentes palabras lo amenaza con ultimarlo si no se casa con su hermana. El poeta, desconcertado y sobrecogido de miedo, ofrece hacerlo. Y como todo está preparado, llega el cura a casa de Francisco Solórzano Lacayo, otro cuñado de Murillo: se ha hecho tragar whisky a Rubén y en ese estado se procede al matrimonio religiosos, único autorizado en Nicaragua. El poeta no se da cuenta del sí que ha pronunciado. El embotamiento de sus sentidos es completo, y cuando, al amanecer, recobra la razón. está en el lecho conyugal con Rosario, bajo la misma manta. Ni protesta, ni se queja; pero se da cuenta de que ha sido víctima de una perfidia, y que aquel suceso va a pesar como un lastre de desgracia en su vida.

Pudo establecerse en Buenos Aires gracias a que le encargaron el consulado de Colombia. Antes, viaja a Nueva York, donde conoce a José Martí; y a París, donde se encuentra con su gran maestro Verlaine. Pasó en la capital argentina cinco años (1893-98) cruciales para la gran renovación literaria en que lo acompañaron Lugo­nes y Jaimes Freyre. Las crónicas hechas para el periódico La Nación fueron su princi­pal fuente de ingreso económico. Este diario lo envió a España a raíz de la derrota ante los Estados Unidos.

Durante estos años publica Los raros, biografías de escritores que considera “almas gemelas”, aristócratas de pensamiento y “raros” en su quehacer artístico, al igual que él mismo. Entre esas almas gemelas cabe mencionar a Poe, Lautréamont, Ibsen, Martí. También publica Prosas profanas, poemario pleno de las aportaciones rítmicas y plásticas que habrían de convertir a Darío en el protagonista fundamental de la revolución literaria y vital que representa el modernismo. Asimismo este poemario confirma a Darío como el introductor en lengua española de la idea de que el poeta debe ser también un sacerdote; es decir que, para nuestro autor, la poesía es una aventura espiritual y un instrumento de conocimiento que debe ser desvelado el conocimiento por ese sacerdote que es el poeta.

Después de instalarse en Madrid conoce a Francisca Sánchez, mujer de origen campesino, analfabeta, con la que hará vida en común, y quien será “lazarillo de Dios” en su sendero (como el poeta confesará en un conmovedor soneto que dedicará más adelante a su compañera). En 1900 Asiste, como enviado de La Nación, a la Exposición Universal de París. Después viaja a Italia con motivo del Año Santo y, finalmente, en ese mismo año, nace su hija, a la cual no llegará a conocer (muere de viruela), Carmen Darío Sánchez. La experiencia española fue decisiva para el cambio de Darío y en ello no tuvieron poco qué ver los autores españoles de la llamada generación del ’98, pero en el proceso que transformó al autor de Prosas profanas (1896) en el poeta de Cantos de vida y esperanza (1905) también hay que tomar en cuenta a su Francisca Sánchez, la mujer a la que amaba pero con la que no se pudo casar porque Rosario Murillo siempre le negó el divorcio.

Para 1903 ya es cónsul de su país en París, y durante catorce años viaja incansablemente por toda Europa y las provincias españolas: Alemania, Italia, Hungría, Austria, por un lado, y Mallorca, Gibraltar, Tánger, por el otro. En ese año de 1903 nace Rubén Darío Sánchez, a quien llamará “Phocás el campesino” (que también morirá, en 1905).

Minado por el alcoholismo, explotado por empresarios y supuestos ami­gos, Darío hizo muchas concesiones pero nunca dejó de escribir excelente poesía como lo demuestran sus libros finales, desde El canto errante hasta Poema del otoño. Viajó a Brasil, a Nicaragua, a México y a Buenos Aires, donde dictó sus memorias. Al estallar la guerra emprendió una desastrosa gira pacifista. Abandonado y casi moribundo en Nueva York (Juan Arana Torrol, mendigo y poeta colombiano, llegó a pedir limosna para él en las calles neoyorquinas) lo salvó Estrada Cabrera, el si­niestro “Señor Presidente” de Guatemala. Para vengarse de lo que Darío escribió en contra suya y en pro de la unidad centro­americana le pagó para que le escribiera poemas elogiosos. Después de una agonía de varias semanas, agravada por las alucinaciones que padeció en todo momento, murió en León y junto a Rosario Murillo.

Por su edad”, escribió Octavio Paz en Cuadrivio, Rubén Darío fue el puente entre los iniciadores y la segunda generación modernista; por sus viajes y su actividad generosa, el enlace entre tantos poetas y grupos dispersos en dos continentes; animador y capitán de la batalla, fue también su espectador y su crítico: su conciencia; y la evolución de su poesía, desde Azul... (1888) hasta Poema del otoño (1910) corresponde a la del movimiento: con él principia y con él acaba. Pero su obra no termina con el mo­dernismo: lo sobrepasa, va más allá del lenguaje de esta escuela y, en verdad, de toda escuela”.
RICARDO JAIMES FREYRE

Tacna, Perú, 1868-Buenos Aires, Argentina, 1933

De padres bolivianos, este poeta peruano es la figura más destacada del modernismo en su país. Vivió y murió en la Argentina donde se asoció al cenáculo modernista que, en Buenos Aires, era capitaneado por Rubén Darío. Junto con él editó la Revista de América (1895). Nació en dentro de una familia notable en las letras: Su padre fue Julio Lucas Freyre, destacado periodista y prosista del siglo XIX. Su madre fue la notable escritora peruana Carolina Freyre quién dirigió una revista para mujeres. Freyre cultiva la temática de la mitología germánica que hasta antes de él el modernismo no había tratado, ya que el interés de éste se inclinaba por la mitología griega y latina.

Con los mitos germanos construyó su libro más importante Castalia Bárbara (1899). Como la mayor parte del modernismo, Freyre se educó en el gusto de la poesía parnasiana. Producto del estudio de las formas literarias que hizo, tenemos sus estudios sobre versificación española, a la que dedicó en 1912 uno de nuestros escasos estudios teóricos sobre el tema. Afirma en él que la poesía en lengua española no se rige con base en el ritmo si no con base en la pronunciación, la cual no puede ser mayor de ocho sílabas.

Los sueños son vida fue su segundo libro de poesía, publicado en 1917. Con los años regresó a la tierra de sus padres donde fue ministro de Instrucción Pública y también de Relaciones Exteriores. Igualmente trabajó en el servicio diplomático de su país natal, al que representó en Brasil Chile y Estados Unidos.
JULIO HERRERA Y REISSIG

Montevideo, Uruguay, 1875-1910

Iniciado en un tardío romanticismo, con obras juveniles de escasa significación, a la vuelta del siglo empieza a evolucionar hacia las propuestas simbolistas y parnasianas. Herrera y Reissig es en muchos sentidos la antítesis del modernista viajero, nada más salió de Montevideo para estar un año en Buenos Aires. Enfermo del corazón, ocupó pequeños puestos burocráticos y se refugió en el modesto altillo de su casa al que llamó “La torre de los panoramas”, lugar que fue el centro de la renova­ción literaria en Uruguay.

Del 900-1902 datan sus poemarios Las pascuas del tiempo y Los maitines de la noche, que ya perfilan sus preferencias: un lenguaje suntuoso, con muchas reminiscencias del barroco, referencias cósmicas y eróticas, figuras simbólicas cargadas, en ocasiones, de hermetismo y esoterismo y una decisión visionaria de particular audacia.

La originalidad de Julio Herrera y Reissig reside en su extre­mismo”, escribe Saúl Yurkievich “radicaliza todas las tendencias del modernismo . . . Todos los incitamientos de la época, todas las estéticas en boga simbolismo, prerrafaelismo, fantasismo, decadentismo, versolibrismo, art nouveau convergen en Herrera y Reissig, voraz, acumulador, para impulsarlo a extremar sus propensiones. Tal es el rechazo de la realidad circundante, por pacata y por prosaica, que no la dejará entrar en su poesía sino filtrada, enaltecida, estilizada, enjoyada, sublimada, traspuesta; es decir, desrealizada, desnaturalizada.”

“Tertulia lunática”, el poema más importante y delirante de Herrera y Reissig, es el gran fin de fiesta del modernismo al que Lugones le dará la estocada definitiva. Nada lo describe mejor que la imagen del carnaval. El poeta disfraza todos los mitos e iconos del fin de siglo en un desfile fantasmagórico que se ríe de sí mismo pero a la vez se toma profundamente en serio. Herrera y Reissig quema lo que el modernismo ha adorado y adora lo que ha quemado.

La madurez de su poesía será conocida, en buena parte, de modo póstumo, en las dos series de sonetos de Los éxtasis de la montaña y las dos simétricas de Los parques abandonados. En ellas domina un humor melancólico, teñido de figuraciones galantes, que recuerdan al Lugones de la etapa intermedia. En otros textos, como Las clepsidras y La torre de las esfinges, se juega por la exploración interior, basada en visiones de sueño y aún de pesadilla, atravesada por intuiciones panteístas. El perfil del artista modernista, atormentado, solitario y profético, lo lleva a extremos de investigación expresiva en las que se ha visto, posteriormente, anuncios de las vanguardias y el surrealismo.


DELMIRA AGUSTINI

Montevideo, Uruguay, 1887-1914

Delmira Agustini, llamada afectuosamente como La Nena por sus familiares, nació en Montevideo el 24 de octubre de 1887. Muy temprano escribe sus primeros poemas y desde 1902 colabora en publicaciones periódicas nacionales y extranjeras. En 1907 edita su primer poemario, El libro blanco, al que siguen Cantos de la mañana (1910) y Los cálices vacíos (1913).

Mucho se ha dicho sobre la vida y personalidad de esta poetisa. Venía de rica familia en Montevideo y estudió las artes con tutores privados, nunca hizo vida pública y escribió poemas que para la época llevaban un matiz erótico calificado de inmoral. Delmira Agustini tuvo el valor de exponerse a la condena social por hablar del amor físico como ningún poeta hispanoamericano se había atrevido a hacerlo antes de ella. Delmira elevó la trayectoria de la poesía escrita por las poetisas modernistas Alfonsina Storni y Gabriela Mistral.

Estudia piano y pintura. En el estudio del profesor Domingo Laporte, prestigioso pintor de la época, conoce y traba amistad hasta su muerte con André Giot de Badet, el intelectual millonario, exquisito y homosexual; otro escándalo del Montevideo de 1900.

Quizá su desconocimiento del mundo le hace tomar decisiones muy erróneas; la primera, y mortalmente fatal, fue enamorarse de un hombre estricto y estrecho. Delmira Agustini se había enamorado, antes, del escritor antimperialista argentino Manuel Ugarte, sin embargo se casó en agosto de 1913 con Enrique Job Reyes, un hombre totalmente ajeno a la vida intelectual.

.Su relación con Manuel Ugarte fue tormentosa. Cuenta Clara Silva... “esa extraña amistad entre Delmira y Ugarte en la que el amor pasional estaba implícito y escondido tras esas visitas en el comedor familiar, en presencia de la madre, el padre a veces, tratándose siempre de Ud., hablando casi siempre de literatura más que de otra cosa, sorprendente, casi desconcertante entre una mujer del temperamento exaltado de ella, y la varonilidad donjuanesca de aquel hombre de mundo, ofrece a través de algunas de las cartas, otras aristas de ese doble juego de timidez y de orgullo, de sinceridad afectiva y simulación pérfida, sádica, difícil de entender, ya que parece que ambos coincidían en ella” .

En una de esas cartas Ugarte le dice provocadoramente : “Delmira: Como todo tiene que ser extraordinario en nuestras vidas, no he recibido hasta hoy hace un instante, la canasta de flores, celestiales unas, venenosas otras, que me manda Ud... Aspiro con fruición el aroma peligroso y tomo la pluma para decirle que ignoro cuál es el soneto a que Ud. se refiere “. En otra ocasión despechada ella, él trata de reconciliarla diciéndole: “Será vanidad o misterioso presentimiento pero siempre he pensado que la serpiente ondularía mejor si yo la acariciara. No sea orgullosa y estrechémonos otra vez las manos fuertemente; y déjeme que me acerque a usted, que la haga crujir apretándola contra mi cuerpo y que ponga al fin en su boca, largo, culpable, inextinguible, el primer beso que siempre nos hemos ofrecido. U”.

Delmira se casa el 14 de agosto de 1913, luego de cinco años de noviazgo, con Enrique Job Reyes. Pero a los dos meses huye a casa de sus padres. Ella tramita el divor­cio, pero continúan viéndose a ocultas. En una de estas citas Job Reyes asesinó a Delmira y se suicidó. Ella tenía escasos 27 años.

El exesposo, y actual amante, temiendo perderla definitivamente la cita en un cuarto de alquiler, la amenaza de matarla y matarse; al parecer la poetiza no se sorprende y lo desafía; el amante despechado cumple su ultimátum. Al día siguiente los diarios uruguayos publicaron una foto de su cuerpo que yace tumbado. Dos impactos de bala la han arrojado a un rincón. Desnudo de vida y cubierto de violencia su cuerpo se lía con la enrojecido muerte.

Delmira Agustini escribía en trance. Había cantado a las fiebres del amor sin timoratos disimulos, y había sido condenada por quienes castigan en las mujeres lo que en los hombres aplauden, porque la castidad es un deber femenino y el deseo, como la razón, un privilegio masculino. De modo que ante el cadáver de Delmira se derraman lágrimas y frases a propósito de tan sensible pérdida de las letras uruguayas, pero en el fondo los dolientes suspiran con alivio: la muerta muerta está, y es mejor así. Si sus libros no fueron censurados quizá se debió a que los funcionarios debieron pensar que se trataba de caprichos de la nena.

Ella había conocido a Rubén Darío cuando en 1912 el nicaragüense visitara Montevideo. El poeta escribe una página que servirá de pórtico a la edición de 1913 de Los cálices vacíos. El jefe de los modernistas diría que: “Es la primera vez que en lengua castellana aparece un alma femenina en el orgullo de la verdad de su inocencia y de su amor, a no ser Santa Teresa en su exaltación divina.”
ALFONSINA STORNI

Sala Capriasca, Suiza 1892-Buenos Aires, Argentina 1938

Alfonsina Storni Martignoni nació el 22 de mayo de 1892 en Sala Capriasca, Suiza. Hija de Alfonso Storni y Paulina Martignoni. A los cuatro años de nacida Alfonsina, la familia regresa a San Juan, Argentina, donde residían. Desde su llegada la familia está en una situación calamitoso; se trasladan a Rosario en 1901 y prueban suerte con un Café Suizo en el que Alfonsina limpia y sirve.

Es muy pequeña cuando escribe sus primeros poemas, la muerte del padre y la pobreza familiar hace que Alfonsina tenga muy diversos trabajos: corista, celadora de un colegio, etc. Finalmente se recibe de profesora y es así como inicia su carrera literaria y magisterial. Esta poetiza argentina se inició en la actividad intelectual como profesora de primeras letras y teatro; después consideró que lo suyo era la poesía y a ella se dedicó por completo. Mujer apasionada, sus primeros poemas están dentro de una tónica que podríamos calificar como de neoromántica.

Publica sus primeros versos en las revistas Mundo rosariano y Monos y monadas; tiene su primer desengaño amoroso con un hombre casado mayor que ella que la deja embarazada. A causa de su embarazo decide emigrar a Buenos Aires, donde se establece (1912) y empieza colaborar en la famosa revista Caras y caretas, en la que también colaboraba Horacio Quiroga. En esa publicación escribe su primer libro de versos La inquietud del rosal. Es nombrada directora de un colegio y mientras allí trabaja escribe su segundo libro, El dulce daño.

Su fama va en aumento y a pesar de ello, comienza a destacar su comportamiento neurótico. Se retira a Los Cocos como hará más adelante en su vida varias veces. El amor y la pasión fueron sus temas iniciales y con ellos cautivó a sus primeros lectores, que no fueron pocos; después y por influencia de sus viajes a Europa (1930 y 1934) rectificó su camino literario y derivó hacia las vanguardias, con las que finalmente no logró entenderse del todo.

Tras el Premio Nacional de 1922, el Ministro de Instrucción Pública crea una cátedra para ella en la Escuela Nacional de Lenguas Vivas en 1923. En sus dos viajes a Europa fue acompañada por su amiga Blanca de la Vega, básicamente viajó para tratar de olvidar sus problemas mentales. Tras la vuelta del último viaje se le descubre un tumor en el pecho, se lo extraen con éxito pero la terapia de rayos es tan dolorosa que no la sigue. Se retrae y apenas sale a la calle. Vive sus últimos años atemorizada por la muerte.

Alfonsina Storni no puede dejar de ser considera como una de las mejores poetizas modernistas, ya que en su obra casi todos los deseos de renovación y frescura, propios del modernismo, se encuentran claramente señalados. La nota original está dada por la pureza de su verso, el amor cantado con libertad inocente, sin implicaciones materiales. En sus libros se evidencia una evolución métrica de progresiva perfección, pasando de las notas románticas al simbolismo. El tormento fundamental de Alfonsina Storni está en la consciencia de que el curso de los acontecimientos humanos no puede ser alterado de manera alguna; ni siquiera el sueño es una evasión válida. Existe un divorcio absoluto entre la realidad, «dulce daño», y el sueño; de ahí proviene la sensación frustrante de «desengaño». Los días se van en esta inútil contienda y sólo queda la muerte, último refugio.

En efecto, cuando le es diagnosticado un cáncer incurable, ya en fase terminal, decide no esperar la llegada de la muerte y va a su encuentro, entre las olas del mar. El 25 de octubre de 1938 encuentran el cuerpo de Alfonsina Storni en la playa de La Perla, en Mar del Plata. Al día siguiente se publica su último poema “Quiero dormir”.


JUANA DE IBARBOUROU

Melo, Uruguay, 1892-Montevideo 1979

Juana Fernández Morales nació en la provincia uruguaya y desde muy joven llamó la atención en el mundo de habla hispana por su acertada expresión de las emociones juveniles. En su etapa más madura cambia de rumbo y orienta su poesía hacia un tono grave y melancólico. Casó a los dieciocho años de edad con un joven militar del cual toma el apellido.

Sus dos primeras colecciones de poemas, Las lenguas de diamante (1919) y El cántaro fresco (1920), le procuraron una gran popularidad. A partir de entonces publicaría más de 30 libros, la mayoría de los cuales fueron colecciones de poesía, aunque escribió también unas memorias, Chico Carlo (1944), y un libro para niños. Ibarbourou alcanzó su gran éxito a través de sus primeras obras, en las que aparecían sencillos poemas de ritmos contagiosos, que celebraban el amor y la naturaleza. Su amplia popularidad la hizo merecedora del sobrenombre de Juana de América, al que ella contribuyó declarándose “hija de la naturaleza”. Los primeros versos de Juana de Ibarbourou estaban marcados por un suave sensualismo, esta sería su etapa modernista, para después transitar a un tono más reflexivo, incluso melancólico, donde la mirada hacia la vejez y la enfermedad no deja de tener un tono melancólico

GABRIELA MISTRAL

Vicuña, Chile 1889-Santiago 1957

Lucila Godoy Alcayaga, mejor conocida por su pseudónimo literario de Gabriela Mistral, fue hija de un maestro rural y ella misma fue profesora de primeras letras. Conjugó su labor de profesora y diplomática con el de la creación literaria. Como diplomática viajó por Estado Unidos, México, Uruguay, Argentina y casi toda Europa. La principal marca de la poesía de la Mistral es la sencillez. Sus temas favoritos son la niñez y el amor desasosegado.

A partir de 1933, y durante veinte años, desempeñó el cargo de cónsul de su país en ciudades como Madrid, Lisboa y Los Ángeles, entre otras. Su poesía, llena de calidez, emoción y marcado misticismo, ha sido traducida al inglés, francés, italiano, alemán y sueco, e influyó en la obra creativa de muchos escritores latinoamericanos posteriores.

Su fama como poetisa (aunque ella prefería llamarse “poeta”) comenzó en 1914 luego de haber sido premiada en unos Juegos Florales por sus Sonetos de la muerte, inspirados en el suicidio de su gran amor, el joven Romelio Ureta. A este concurso se presentó con el seudónimo que desde entonces la acompañaría toda su vida.

El 15 de noviembre de 1945 recibe la noticia que le ha sido concedido el Premio Nobel de Literatura. Tiene 56 años de edad. El 18 de noviembre se embarca para Estocolmo en el vapor sueco “Ecuador”. Recibirá el Premio de manos del Rey Gustavo, el 12 de diciembre. Cónsul de Chile en Los Angeles y luego en Santa Bárbara donde compra una casa con el dinero del Premio Nobel. Ella recibió el primer premio Nobel de literatura concedido a un escritor hispanoamericano.

Ramón López Velarde

Jerez, Zacatecas, 1888 – ciudad de México, 1921

Velarde cierra espléndidamente el modernismo mexicano y, al mismo tiempo que Tablada, lo convierte en modernidad. Piedra fundamental de nuestra poesía contemporánea. Se asemeja más a los escritores españoles de la generación del 900 que a los vanguardistas de los años `20, quienes en primer término abandonan la rima, elemento esencial López Velarde. Aunque antes que ellos, sus imágenes y metáforas anuncian lo que posteriormente harán los surrealistas. Presenta una pluralidad de alusiones, reticencias, elipsis, sobrentendidos y significados subtextuales que no hay en ninguno de sus antecesores, ni siquiera en Tablada.

La pugna entre carne y espíritu sirvió a los modernistas para hacer retórica, López Velarde por su parte encontró en ella inspiración para hacer poesía. En RLV el poeta deja sus máscaras sucesivas: orador, padre de la patria, demiurgo, dandy, mártir atormentado por la sociedad y se convierte en el hombre de la calle. RLV ya no es la víctima del mal del siglo; es el verdugo de sí mismo, tan agobiado por sí propio. que se pone a distancia y se contempla desde fuera irónicamente (Lugones, otro posmodernistas hace lo mismo). Es el contemporáneo de sus contemporáneos, de quienes probablemente ni siquiera oyó hablar: Jules Laforgue, T:S. Eliot, Lugones, Vallejo, Kafka, etc.

RLV se encuentra dividido entre el falso edén de la vida provinciana durante el porfiriato y el porvenir sin rostro del que nada teme tanto como la progresiva norteamericanización de México o entre la sexualidad y la castidad cristiana, entre el rostro de la virgen y el cuerpo de una tiple del teatro, entre la liturgia de la veneración del amor y su remordimiento por el sentimiento de pecado. Anterior a la divulgación de las teoría freudianas sobre la sexualidad infantil RLV ama en Fuensanta su niñez perdida. Fuensanta y el pueblo (y por extensión la provincia) son las metáforas de la madre virgen.

La muerte -deidad femenina- recorre toda la poesía de RLV, se la teme, pero también se la ama, porque para él la muerte, como la virgen es Nuestra Señora. el primer y último abrazo se confunden: la amada de RLV asume finalmente los rasgos de la muerte. Para RLV la amada nunca llega a convertirse en la amante porque hay una idealización de los sentimientos amoroso, y cuando esto llega a suceder hay un sentimiento de profundo dolor. En el caso de RLV es indispensable hablar siempre de mexicanidad: colores, texturas, olores, plasticidad de formas (explicar las diferencias entre el chauvinismo regionalista y la mexicanidad de RLV). En este sentido RLV no es el cantor de la provincia, ni tampoco un poeta provinciano en el sentido localista. Esa tierra provinciana tiene un valor específico: representa la pureza original. RLV no es un poeta fácil, ni mucho menos; es un poeta complejo aunque su aparente simplicidad produzca muchas veces juicios equivocados.

La adjetivación en RLV no sólo es inusual, sino muy sorprendente. Su originalidad llega a la línea divisoria entre la gran belleza de las cosas simples y la tautología y el lugar común, pero nunca se derrumba.




Ángel Ganivet

Granada, 1865- Riga, Letonia 1898

Escribió sus varios libros en tres o cuatro años, lejos de España de la que había salido en 1892, como miembro de la carrera consular. La huida hacia adentro o hacia fuera fue característico de casi todos estos jóvenes de fin de siglo, enfermos de la voluntad y con una sensibilidad a flor de piel. En caso de Ganivet la enfermedad no fue tan sólo postura literaria ni "mal del siglo". Fue realidad patológica y psicológica, traducida en notas muy evidentes tanto en su obra como en su carácter: soledad, misantropía, inadaptación, singular experiencia amorosa y fracaso de su matrimonio y, finalmente, suicidio. Sus dos únicas novelas La conquista del reino de Maya (1897) y Los trabajos del infatigable creador Pío Cid (1898), son el primer ejemplo del tipo de narración intelectual, lírica, autobiográfica que encontremos luego en Azorín y Pío Baroja y que en Ganivet no llegó a cuajar en una técnica y un estilo nuevo. Son, en gran parte novelas sin hacer, pero que a diferencia de lo que ocurre con Baroja y Azorín no han asimilado todavía la estructura libre y rota de la novela impresionista.



La conquista del reino de Maya es una sátira político-moral donde Ganivet hace de Pío Cid aparezca ante los mayas, tribu de salvajes africana, a manera de legislador-profeta. Una vez en el poder, trata de introducir modificaciones en la vida de la tribu destinada a conducir a los Mayas hacia el camino de la civilización. Con este base él satiriza el estado de la política y de la sociedad existentes en España y ridiculiza la generalizada creencia de la perfectibilidad social. Está claro que en aquel momento Ganivet no tenía una idea demasiado clara sobre el carácter de su héroe. A veces aparece como un cínico, otras como un idealista y otras como un intelectual melancólico. De este modo el contenido doctrinal del libro es negativo y el carácter de Pío Cid queda sin desarrollar. En la continuación, Los trabajos del infatigable Pío Cid el terreno es más firma. Aquí el personaje se nos presenta como un reformador individual, esforzándose por lo que él llama significativamente "el renacimiento espiritual de España". Él es un antepasado de otros personajes típicos del '98: es un hombre sin voluntad, ni fe, un teorizador fantástico, paradoja viviente, quiere redimir a España y a un grupo diverso de personajes inspirándoles la fe y la voluntad que él no tiene. sí, a Purilla, la sirvienta, la enseña a leer y llega a ser una monja del hospital; Del Valle encuentra su lugar en la sociedad y puede casarse; Gandarias alcanza una concepción más auténtica de la poesía; convence al maestro rural Ciruela para que no deje su trabajo; incluso la aristocracia, representada por la duquesa y su hijo, experimenta la influencia de Pío Cid. Dos características de su personalidad son dignas de mención. Una de ella es el hecho curioso de que la vida privada de Pío Cid es claramente inconsecuente con sus doctrinas. mientras aconseja a otros que trabajen, él no tiene ninguna actividad regular; mientras arregla los casamientos de Del Valle y Rosarico, él se niega a casarse con su amante Martina; mientras proclama la necesidad de regenerar España, rechaza la actividad política y la integración social. En íntima relación con lo expuesto hay otra característica importante: el escepticismo pesimista que se halla en la base de todas las acciones filanatrópicas y los slogans idealistas de Pío Cid. En un párrafo Ganivet subraya la clave dual de su personaje cuando dice: "Debe [usted] tener en su alma un vacío inmenso que asusta[...] me parece ver en usted el hombre de menos fe que existe en el mundo[...] Quizá la pena que usted tiene por vivir sin creencias le inspire ese deseo de fortificar en los demás".

Esta novel señala también una profunda diferencia con la generación realista que la antecede y de la que aún conserva algunos rasgos. Frente a la novela realista que se ocupa del conflicto entre dos o más personajes (Pepe Rey-Doña Perfecta) o entre personajes y fuerzas externas (Ana Ozores - Vetusta), la novela de Ganivet (de la generación del '98 es esencialmente el relato del conflicto de un personaje consigo mismo y con su visión profunda de las cosas.

Técnicamente Los trabajos de Pío Cid es un ejemplo del método narrativo del '98, Los seis trabajos constituyen una historia biográfica lineal sin ninguna economía de incidentes o personajes y sin desarrollo orgánico o acción dramática. En realidad toda la obra está centrada en la personalidad de Pío Cid (al que todos los otros personajes le están subordinados) y en su ideología. El interés amoroso tiene escasa importancia y la acción dramática (al no haber conflictos entre personajes) es secundaria. En ves de esto, la novela progresa de conversación en conversación y el diálogo ocupa un sesenta por ciento del texto. El defecto básico del a novela es la disociación en el mismo Pío Cid, el dirigente desmoralizado, entre su ideal colectivo y su tendencia a desviarse hacia paradojas y contradicciones al verse frente a frente con los hechos.

En le prefacio a La nave de los locos, un documento clave para su propia obra y para la novela del '98, Baroja escribió: "Toda la gran literatura moderna está hecha a base de perturbaciones mentales. Esto ya lo veía Galdós, pero no basta verlo para ir por ahí y acertar; se necesita tener una fuerza espiritual que él no tenía y probablemente se necesita también ser un perturbado; él era un hombre normal, casi demasiado normal". La distinción es interesante por dos razones. Primera, da una pista para la característica central del héroe novelesco del '98: segunda, revela el cambio de sensibilidad entre la generación de Galdós y la de Baroja. Es notable que Baroja no atribuya ka incapacidad de Galdós para seguir la línea de desarrollo de la que él era consciente a la edad o al prejuicio sino a la normalidad. La implicación es obvia: la novela del '98 profundiza en estados espirituales "anormales" distintos a los de Nazarín, por ejemplo, y además, los creadores de los héroes novelescos del '98 se identifican con estas figuras a un nivel "anormal".

En el fondo la preocupación central de Ganivet, como la de Unamuno y otros contemporáneos a ellos, era la de descubrir los íntimos resortes de la personalidad humana. Era un contemplador irónico y un cerebral como todos los escritores de la generación del '98. Del hecho de que suicidara (33 años) justamente en 1898 procede el que no se le incluya en esta generación por algunos críticos y se le conceptúe como precursor de los escritores que nos ocupan.

José Martínez Ruiz, "Azorín"

Alicante, 1873- Madrid 1967

Como Unamuno tuvo un inicio como intelectualmente comprometido, incluso fue despedido por sus actividades anarquistas de su trabajo en El Imparcial. Pero con el cambio de siglo empezó a desilusionarle su compromiso con la izquierda. Su primera y fundamental trilogía novelesca ( La voluntad [1902], Antonio Azorín [1903] y Las confesiones de un pequeño filósofo [1904]) marca este cambio. Antonio Azorín, el héroe de la trilogía y la figura de la cual Azorín tomó su seudónimo, es el primer héroe del '98 que se halla enteramente desarrollado. Al igual que Pío Cid es un neurótico, un hombre de "hondas y trascendentales cavilaciones". Pero existe una diferencia muy marcada: "Azorín no cree en nada"; justo esta el la característica del verdadero héroe del '98, no tener ninguna creencia positiva; su inteligencia es puramente corrosiva. En La voluntad Azorín se lamenta: "La inteligencia es el mal, comprender es entristecer. Observar es sentirse vivir. Y sentirse vivir es la muerte, es sentir la inexorable marcha de todo nuestro ser y de las cosas que nos rodean hacia el océano misterioso de la nada" Claro está que esto es Schopenhauer puro y la observación sirve para apoyar la idea, que veremos también confirmada respecto de Baroja, no sólo que la generación del '98 leía más filosofía que cualquier generación literaria en España antes o después de ella --hecho de gran importancia--, sino que la principal influencia era de un pesimismo sistemático. Se veía ya en estas novelas la nota predominante del arte de Azorín: su sensibilidad. Lo intelectual es en él una manifestación de lo sensible. Es un arte fundamentalmente impresionista que va de la sensación al sentimiento. Por eso lo que perdura de su obra es el lirismo y la delicadeza de su poder evocador, la poesía y la plasticidad de sus descripciones y paisajes, su estilo personalisimo, preciso en el detalle y poético en su efecto.

El intenso autoanálisis intelectual de Antonio, típico del '98, tiene como consecuencia la angustia, basada en le reconocimiento de que no "hay nada estable, ni cierto ni inconmovible" y que la vida humana no es más que parte de la "dolorosa, inútil y estúpida evolución de los mundos hacia la nada". Azorín (el autor) personifica en los clérigos Lasalde y Puche, así como también en la mística novia de Antonio -Justina- su reconocimiento de que sólo la fe puede proporcionar una solución al problema aquí plateado; pero, desgraciadamente, Antonio y su viejo amigo Yuste han perdido la fe, y al final de la novela, nos los encontramos en un estado de total decaimiento moral. El protagonista se encuentra sumergido en esta abulia,descubierta originalmente por Ganivet y que debemos señalar que no es sólo una falta de voluntad, sino que es la debilitación natural de la voluntad si ésta carece de las convicciones vitales (religiosas, nacionalistas, humanitarias. [Su paralelismo serán las novelas existencialistas (adolescentes) de Herman Hesse, con la diferencia que las novelas del alemán siguen gustando a los adolescentes y las del '98 no].

En cuanto a la concepción teórica de sus novelas podemos decir que encontramos que en estas novelas que integran la primera trilogía de Azorín apenas tienen trama ("ante todo no debe haber fábula" Azorín). Está dominada por el personaje central de cuya evolución las novelas toman forma y ritmo. Antonio Azorín y Las confesiones de un pequeño filósofo no son más que una sucesión de estampas descriptivas basadas en los recuerdos que Azorín tenía de su infancia y adolescencia, de sus amigos y profesores, de sus excursiones por España y sus impresiones. Pero a pesar de esto en ningún otro autor de la generación aparece el tema del tiempo con el carácter obsesivo que tiene en Azorín, ni con mayor variedad de matices dentro de la monotonía de su obra. Ninguno logró expresar el sentimiento del eterno retorno como en Azorín. "El vivir es ver volver" como definió Ortega y Gasset, o la conciencia de "que todo está presente en nosotros"



Pio Baroja

San Sebastián 1872 - 1956

Unido a Azorín por estrecha amistad, Baroja forma la más sólida mancuerna literaria con éste último. Son los dos que mantuvieron por más tiempo el aire de época y la hermandad literaria de la juventud y, sin embargo, será difícil encontrar en la literatura dos escritores más opuestos que el delicado artífice levantino de El alma castellana y el prosista agresivo de Juventud y egolatría, que practicó como normas estilísticas la estética del improperio y lo que él llamó "la retórica en tono menor". No faltan en Baroja ni la emoción del pasado ni el sentimiento del paisaje castellano, pero su arte, más que el de ningún otro escritor de su generación, se basa en el presente y en la vida. Baroja, burgués y abúlico como persona, es, como escritor, revolucionario y cantor de la voluntad. Negó, inducido por su individualismo, la existencia de la generación del '98, pero en gran medida todo en Baroja corresponde al concepto que nos hemos formado de ese momento y de ese grupo: su juventud no conformista, el aire errante e inquieto que le acompaña siempre en protesta sorda contra todas las formas de organización social, el sentimiento lírico que trasciende de sus obras más aparentemente realistas, su misticismo anarquista, la originalidad y rareza de su humor, su concepción pesimista de la vida a la manera de Schopenhauer, su culto de la filosofía nietzscheana de la voluntad y de la acción, el tono negativo, la angustia de sentirse fracasado disimulada por un humorismo cínico, su actitud revolucionaria sin esperanza ni en la revolución ni en el hombre, su madurez sedentaria y escéptica.

Aunque escribió muchos ensayos y es el que más teorizó del grupo sobre la novela noventaiochista, sus importancia consiste en ser uno de los grandes novelistas españoles del siglo XX. En él continúa el realismo de los novelistas anteriores, muy modificado por el fondo lírico, personal, de su sensibilidad. En medio centenar de volúmenes ha reflejado la fisonomía moral de la España de su tiempo. Galdós es objetivo, sereno, realista; su obra novelística obedece a un plan y a una evolución interna y es a la vez reflejo de las ideas sobre el hombre y la sociedad. Baroja es subjetivo, apasionado, impresionistas; sus novelas carecen de plan y son, por lo común, simple desfile de personajes o de opiniones espontáneas y contradictorias. Tras la visión de Galdós se busca se busca un orden, de cuerdo con una ideología o una doctrina: realismo, naturalismo, idealismo, espiritualismo. tras la de Baroja, como en la angustia de Unamuno, o la sensibilidad disolvente de Azorín, asoma la nada existencial. Una vida sin objeto, dirección ni sentido. Pero frente a Unamuno que clama y siente trágicamente o Azorín que aspira a fijar un sentimiento de eternidad, Baroja, a través de sus personajes, se indigna y protesta, desprecia la vida o expresa indiferencia ante la maldad, la estupidez y la crueldad de la existencia humana. Después de un comienzo fallido en La casa de Aizgorri (1900), Baroja publicó su primera verdadera novela, Camino de perfección. Fue escrita como una obra compañera de La voluntad después del viaje que Baroja y Azorín hicieron juntos a Toledo y que se evoca en ambas novelas. El libro tiene dos partes principales divididas por un intermedio en Toledo. La primera parte describe el comienzo del a inquietud espiritual, vista en este momento como una crisis religiosa, acentuada por factores hereditarios y ambientales, que Baroja descartaría en obras posteriores. Después de un breve y fracasado intento de encontrar alivio a través de la actividad sexual, Fernando hace un viaje a pie por el centro de España, pero lo único que consigue es llegar a Toledo físicamente enfermo y psicológicamente deshecho. En Toledo, de repente, el impulso ético vuelve a reafirmarse y, a partir de este momento, Fernando recobra gradualmente su equilibrio, vence la abulia y, echando a un lado a un poderoso rival, se casa. Desde ahora hasta César o nada, las novelas de Baroja presentan una galería de figuras unidas por su deseo de enfrentarse enérgicamente con la vida y de encontrar alegría y sentido en la lucha por la existencia, a final de cuentas los personajes de César o nada, es decir, Baroja, terminan por reconocer que entregarse con toda el alma a la lucha por la vida implica concesiones morales, cosa que él no estaba preparado a defender. Sólo, en algún momento, de honda sinceridad es cuando crea el personaje de fondo más autobiográfico, Andrés Hurtado de El árbol de la ciencia, da expresión angustiosa a su pesimismo.

El centro de interés de su obra está en su novela magistral, El árbol de la ciencia, y su novela más profundamente pesimista, El mundo es ansí. Junto con Pío Cid y Antonio Azorín, Andrés Hurtado, el héroe de El árbol de la ciencia, es el tercer héroe literario representativo de la generación de 1898. En su búsqueda de "una verdad espiritualidad y práctica al mismo tiempo", sus cambios de perspectiva oscilan entre efímeros momentos de ataraxia y una desesperación total. Mientras tanto, el espectáculo de la sociedad española, rural y mezquina, le lleva sólo a una indignación pasiva, ya que Baroja, a pesar de ser terriblemente crítico, no tenía ninguna solución que proponer. La teoría de la novela de Baroja puede reconstruirse fácilmente a partir de sus muchos escritos sobre el tema. Éstos comprenden el prólogo a sus Páginas escogidas; sus ensayos "sobre la técnica de la novela" y "sobre la manera de escribir novelas"; algunos capítulos de La caverna del humorismo, y sobre todo el prólogo a La nave de los locos. La característica principal de su actitud es su hostilidad hacia la técnica formal consciente. Baroja creía que saber escribir novelas era una habilidad natural, que no podía desarrollar o aprenderse allí donde n existiera previamente. "La novela es un saco en que cabe todo". Él afirmaba que sus propias novelas habían sido escritas sin una planificación consciente. Así pues los dos elementos básicos de sus obras son: su propia experiencia, especialmente aquella que adquirió en su adolescencia y juventud cuando cristalizó su perspectiva, y lo que él llama reportaje: observación directa de la realidad. En la típica novela barojiana el héroe o heroína experimentan, como resultado de las experiencias y conversaciones que se describen en la novela, una visión más profunda y casi siempre negativa. Su obra por otro lado, se caracteriza por la dispersión, la falta de sentido y finalidad, así el fargmentarismo; y sin embargo, tiene su obra una unidad a caso más sólida que la de cualquier otro escritor, porque, en definitiva, es toda ella proyección de su propia personalidad, de un yo tan acusado como el de todos los escritores de su generación.

Baroja tuvo el valor de acabar preguntándose a sí mismo en El cantar vagabundo lo que Unamuno nunca parece haber tenido la valentía de discutir: si su constante inquietud no era el resultado de una "neurosis de angustia". Ciertamente, su perspectiva estaba innecesariamente teñida de depresión y pesimismo; pero, además de eso, su obra también expresaba gran parte de la weltanschauung de nuestro tiempo. A medida que nos alejamos de los escritores del '98 se percibe mejor su unidad, su estilo de época. Y en Baroja -el más empeñado en disociarse de su generación y en negar su existencia- encontramos contradicciones, resueltas en la unidad, su temperamento, no menos marcadas, evidentes, violentas y sorprendentes que en Unamuno, por ejemplo. Baroja siente la nostalgia del pasado en contradicción con la necesidad de afirmar, a veces a pesar suyo, todos los valores modernos: técnica, ciencia, trabajo; exalta el anhelo de libertad anárquica en muchos de los personajes y pugna, al mismo tiempo, por afirmar su fe en una vida organizada y culta, incompatible de hecho con la libertad. Su simpatía por los humildes, los caídos y los explotados va unida a un desdén absoluto por todas las formas y panaceas revolucionarias. Pero Baroja, como todos los grandes pesimistas, se salva no sólo por el talento y la originalidad, sino también porque advertimos la sinceridad de espíritu y una devoción apasionada a todos los valores supremos de la vida -verdad, justicia, generosidad, libertad. Así, toda su obra parece estar motivada por el deseo de llegar a una nueva patria espiritual a través de la negación de la patria política y a descubrir la dignidad del hombre a través del nihilismo, rasgo que le asemeja más a los existencialistas del siglo XX (Camus, Sartre) que a los del siglo XIX (Nietzsche, Kierkegard, Schopenhauer) con los que se formó.

Miguel de Unamuno y Jugo

Bilbao, 1864 – Salamanca, 1936

Nacido en Bilbao, llegó a Madrid como estudiante universitario en 1880, coincidiendo con la última etapa del krausismo y de su falaz promesa de sintetizar armoniosamente la fe y la razón. Él mismo buscaba de una manera desesperada desarrollar un sistema intelectual que fundamentara la fe de su infancia, pero fracasó y pasó la mayor parte de su vida tratando de encontrar un camino que rodeara los obstáculos racionales y le llevase de nuevo a la fe, sobre todo a la convicción de su propia inmortalidad. Unamuno también exploró varios caminos para evadirse de este problema: éstos comprendieron la supervivencia a través de una actividad creadora, a través de la fama en la posteridad, a través de los hijos, a través de la confianza en la evidencia irracional de lo biológico, y finalmente, a través de la evasión hacia la actividad pura. Prácticamente, todas las novelas de Unamuno están centradas en esta problemática interior, y como la literatura del '98 en general, tratan esencialmente de la introspección y la autoconfesión.

Unamuno eludió en cierto sentido una de las posibilidades más interesantes de la literatura española de principios de siglo: la de popularizar la explicación teórica de la reforma social, en vez de concentrarse en el problema espiritual de cada individuo, proclamando al mismo tiempo la necesidad de una regeneración nacional. Así vemos cómo, en un momento en que los problemas básicos de España eran la pobreza, la opresión rural y el estancamiento (que Unamuno, como socialista, reconocía), no existe en su obra apenas ninguna referencia a ellos. En sus últimos años perdió la fe en la tradición eterna de España como base para una regeneración nacional y llegó incluso a dudar del objetivo que siempre había querido alcanzar, que era sacar a sus lectores de la pereza espiritual. El resultado, en 1930, fue la creación de la última gran figura literaria del a generación del '98: don Manuel de San Manuel Bueno, mártir; patética historia de un sacerdote rural que ha perdido la fe.

Las novelas de Unamuno son parte integral de la literatura de la generación del '98, pero al mismo tiempo están separadas de ellas en un sentido básico. Su tema es el ya conocido del desarrollo de una personalidad; sus caracteres revelan la habitual oscilación entre abulia y voluntarismo, y muchos de ellos pertenecen a la misma clase de neuróticos que Pío Cid, Antonio Azorín y Andrés Hurtado. Las novelas de Unamuno también se hallan técnicamente de acuerdo con el arquetipo, pues están centradas en un héroe y llenas de discusiones. El cambio realizado por él es lo que dio en llamar la técnica "ovípara" frente a la "vivípara".

Su primera novela Paz en la guerra (1897) fue concebida paralelamente a su libro de ensayos En torno al casticismo y obedece a las mismas ideas y preocupaciones de éste, es decir, la ubicación de lo español universal por un lado, y por otro, la necesidad de permitir la entrada de las ideas europeas a la enclaustrada España. En lo externo y la composición está todavía próxima al realismo del siglo XIX. En lo fundamental es obra totalmente nueva y unamunesca por su tono lírico, por manera de pintar a los personajes, por el sentido ideológico y por mostrar las inquietudes existenciales, religiosas y metafísica de su autor. Amor y pedagogía (1902) es su segunda novela y en ella plantea el problema del krausismo que él vivía en carne propia: unión de fe y razón, la aportación del español radica en la visión humorística y decepcionada de esta filosofía. sin embargo no se trata de un alega anticientífico aunque lo parezca, sino una ilustración de la incompatibilidad de las exigencias de la pedagogía y la eugenesia racionales con las de los profundos impulsos naturales.

Niebla (1914) se publicó doce años después una vez que cuestionada Unamuno sobre el hecho de que sus libros no eran novelas y a lo que él respondió que él escribía nivolas "relatos dramáticos acezantes, de realidades íntimas, entrañadas, sin bambalinas ni realismos en que suela faltar la verdadera, la eterna realidad, la realidad de la personalidad". De regreso de su decepción del krausismo Niebla empieza con la afirmación de que la existencia precede a la esencia (idea más de carácter materialista -marxista- que espiritualista -existencialista-), es decir, que Alonso Quijano no era nadie antes de elegir convertirse en Don Quijote. El Augusto Pérez de Niebla , por su parte, es un hombre que consigue de un modo no poco improbable llegar a la edad de casarse sin haber adquirido una identidad definida. Sin embargo, al cabo de un tiempo, y como consecuencia de una sucesión de hechos tan absurdamente arbitrarios que parece como si Unamuno estuviera aludiendo a la intervención de un inescrutable destino, Pérez adquiere una identidad provisional en cuanto novio de Eugenia. Pero es tan provisional que cuando Eugenia se fuga con su amante en la víspera de la boda, Augusto, que hasta muy poco antes no había sido consciente del problema de su auténtica existencia, siente ahora su falta de un modo tan agudo que piensa en el suicidio. Pero primero hace algo que para un personaje de ficción de 1914 no deja de ser francamente inusitado, y ha vuelto a ser mucho menos insólito después de 1914: va a Salamanca a pedir consejo a Miguel de Unamuno.

La profundidad con la que esta fantástica invención explora los problemas existenciales planteados en los primeros libros de Unamuno, está fuera de toda duda. La serenidad de Augusto cuando aún cree que puede morir de un acto que él elige de un modo consciente e independiente, se convierte en un absoluto terror cuando parece que en realidad su muerte será el resultado del capricho de un creador indiferente. La gran importancia teleológica que tiene para nosotros, como seres humanos, la diferencia entre los dos modos de morir, es algo que Unamuno siente de un modo muy profundo; pero el hecho es que ni conoce la respuesta ni siquiera se aventura a tratar de adivinarla. Como personaje de Niebla, Unamuno asume el papel de un dios contra el cual, si existe, es un deber de los seres humanos luchar y rebelarse. La rebelión tal vez no consiga nada en cuanto a cambiar nuestro destino -lo que por su lado, no es el núcleo de la cuestión-, pero devolverá a la existencia humana una cierta dignidad en los únicos términos aceptables para una visión auténticamente existencialistas.

Las obras posteriores tienen como notas distintivas el estudio de las pasiones humanas (la envidia y el cainismo) en Abel Sánchez; la voluntad y deseo de dominio, con enfoques varios, en Tres novelas ejemplares y un prólogo; la sublimación del instinto maternal en La tía Tula. Son pues, obras de tremenda concentración y técnica muy personal, difíciles de encasillar en las formas de la narración moderna.





Compartir con tus amigos:
1   ...   18   19   20   21   22   23   24   25   26


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal