Poemas de José Martí del libro "Versos sencillos"



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RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN


LA CABEZA DEL BAUTISTA, “MELODRAMA PARA MARIONETAS”

La Bandera Roja y Gualda. Café y billares del in­diano. DON Igi EL GACHUPIN le decían en las tierras remotas por donde anduvo. DON Igi hace cuentas tras el mostrador, tiene un rictus de fantoche tris­te y hepático. En la acera de los billares hay rueda de mozos, se conciertan para salir de parranda y deshacer el baile de Pepiño el Peinado. Una muje­rona con rizos negros, ojeras y colorete, en el fon­do del café, juega con el gato. A su espalda brilla la puerta de cristales, y el claro de luna en el huer­to de limoneros. Noche de estrellas con guitarras y cantares, disputas y naipes en las tabernas, a la luz melodramática del acetileno. En la puerta de los billares, los mozos están templando. VALERIO EL PAJARITO alarga el cuello sobre la guitarra
VALERIO. —Primero, a la casa del cura. Hay que cantarle alguna pulla que le encienda el pelo.

EL BARBERO.—El cura con nadie se mete.

VALERIO.—Pues alguno se duele de sus pláticas. ¿Qué le va ni le viene al cura con que haya aman­cebamientos?

EL SASTRE. —Don Igi te paga, Valerio.

VALERIO.—Don Igi es librepensador y se ríe de pamemas.

EL ENANO DE SALNÉS.—Pepona, como mujer, es quien se consume viéndose señalada por la Iglesia.

EL SASTRE.—¡No es para menos!

VALERIO.—El cura, y todos los curas, predican el oscurantismo, y ninguno cumple su misión, que es de paz. Aquí están haciendo mucha falta los in­gleses.

EL BARBERO.—¿Has templado, Valerio?

VALERIO.—Por mí no se espera.

EL BARBERO.—Primero debiera ser un recorrido general.

EL DE SALNÉS.—!Lo apruebo! Viene a ser como un cumplido a la población.

EL BARBERO.—Justamente.

VALERIO.—¿Cuántos son los Pepes?

EL DE SALNÉS.—Pues el secretario, el teniente, el fiscal, Don Pepe Dueñas, Don Pepito, el presi­dente del Orfeón; Doña Pepita Puente, Pepitiña Rúa. En todas las calles tenemos Pepe. ¡En algu­na, tres!

VALERIO.—! Todo lo cotillas, Merengue!



Sobre un caballo tordillo, con jaeces gauchos, viene por la carretera un jinete. Poncho, jarano, altas botas con sonoras espuelas. Se apea con fan­tasía de valentón.
EL JÁNDALO.—!Salud, amigos! ¿A lo que parece, hay buen humor en este pueblo? No se extrañe la pregunta, que soy forastero.

VALERIO.—Pues sí, amigo, nos divertimos.

EL JÁNDALO.—Alberto Saco reclama su puesto.

VALERIO.—¿Qué puesto quiere Alberto Saco?

EL JÁNDALO.—Alberto Saco, donde entró, fue primero.

VALERIO.—En pocas villas habrás entrado, poco corrido los mundos.

EL JÁNDALO.—He rodado por todos los cabos del planeta. De América vengo.

VALERIO EL PAJARITO, parodiando al gaucho pampero, le alarga la mano en compadre, y el otro, en el mismo talante, choca la suya.

VALERIO.—¡Che! ¿Venite vos de la América? ¿Conocé vos la Pampa argentina?

EL JÁNDALO.—!Desde el cabo de Hornos al estrecho de Bering, nada me queda por conocer!

VALERIO.—Buena tierra toda ella para ganar plata. Se gana y se bota juntamente, pero el ahorrativo se enriquece. Hable Don Igi.
EL JÁNDALO entra por el ámbito de los billares, azotándose las botas con el rebenque, y haciendo el gallo se acerca a la mujer de los rizos.
EL JÁNDALO.—Niña, ¿se puede platicar al pa­trón?

LA PEPONA.—¿Tienen ustedes algún negocio?

EL JÁNDALO.—Una cuenta traspapelada.

LA PEPONA.—¿Usted no es de estos reinos?

EL JÁNDALO.—Yo soy un poco de todas partes.
DON Igi, curioso, viene al mostrador y se reclina a placer, cruzando los brazos, la pluma en la oreja y los espejuelos sobre la calva. El gato se escurre de los brazos de la mujerona. Taciturno y elástico, trepa al mostrador y se coloca al lado del tendero como para inspirarle.
DON Igi.—Honradez y trabajo ha sido mi lema durante veintisiete años que radiqué en Toluca. ¡Lo que es el sino de los hombres! Merito acababa de traspasar el negocio y retirarme, estalló la re­volución. ¡Son batallas campales todos los días y tiroteos a los trenes! El español, tan situado con el porfirismo, se ha visto más que fregado.

VALERIO.—Eso, patrón, ocurre por todo el ex­tranjero. Usted lo habrá visto.

DON Igi.—Yo en todas partes fanaticé por mi patria. ¡España sobre todas las naciones!

EL JÁNDALO, tirada la mangana a la hembra de los rizos, camina al mostrador, y la morocha amus­ga la oreja para entender lo que trata con el pa­trón. Sólo percibe el murmullo de las voces en sordina y el guiño verdoso de las caras bajo el mechero de la luz. DON Igi tiene una actitud de fantoche asustado. Con los pelos de punta, huraño y verdoso, se lleva un dedo a los labios.


EL JÁNDALO.—Pensé no me reconocería usted, Don Igl.

DON Igi.—No estás tan cambiado.

EL JÁNDALO.—No ha sido, con todo, al primer pronto.

DON Igi.—¿Dejaste tu nombre?

EL JÁNDALO.—Me pesaba.

DON Igi.—Siempre rodando.

EL JÁNDALO.—Siempre. Usted, ¿aquí radicado?

DON Igi.—Trabajando sin ver fruto. Arruinán­dome por dotar a este pueblo de café y billares. Un progreso que no saben estimar.

EL JÁNDALO.—¿Se ve usted incomprendido?

DON IGL—Y arruinado.

EL JÁNDALO.—¿Conque tan carente de plata?

DON Igi.—Quebrado.

EL JÁNDALO.—¿Tendrá usted crédito?

DON Igi.—Tampoco.

EL JÁNDALO.—Pues yo vengo por numerario.

DON Igi.—¡Estaba esperando esa puñalada!

EL JÁNDALO.—¡Soñación, Don Igi, que me vaya sin plata! A todo vengo dispuesto.

DON Igi.—!Prudencia!

EL JÁNDALO.—Decidido a publicar nuestro co­nocimiento.

DON Igi.—!Espera!

EL JÁNDALO.—Estoy rematado de condena, y la denuncia que haga hasta puede valerme una re­compensa.

DON Igi.—!Ten juicio!


EL JÁNDALO se volvió para mirar al fondo de los billares. Había sentido el magnetismo de los ojos de la mujerona, fosforecidos bajo el junto entre­cejo. LA PEPA le sonreía, pasándose la lengua por los labios, y le respondió con un guiño obsceno. En la acera de los billares, la ronda de mozos tem­plaba las guitarras.

EL JÁNDALO.—Don Igl, ¡tiene usted una buena hembra por compañera!

DON Igi.—¡Muy honesta!

EL JÁNDALO.—¿Va usted a pasaportarla como a la difunta?

DON Igi.—!Calla, malvado!

VALERIO.—!Che! El amigo, que pedía una gui­tarra, ¿ya no la quiere?

EL JÁNDALO.—Alberto Saco no más se raja. Don Igi, nos vemos.

DON Igi.—Así tendrá que ser. Horita, diviértete.

EL JÁNDALO.—!Venga la guitarra! Patrón, des­pida usted a estos amigos con una copa. Va por mi cuenta.

EL DE SALNÉS.—Mira si tienes la guitarra bien templada, Alberto Saco. Me parece que no ha de faltarle gracia para puntearla.

VALERIO.—Alberto Saco, ¡tú todavía no conoces a Merengue!
Babel de burlas. Los mozos entonan y rasguean en la acera de los billares, y de allí parten con una mazurca de aldea. La. mujerona se ata una liga, enseñando las medias listadas a los ojos del gato y del gachupín.
DON Igi.—Ese pendejo que has visto me pon­drá el revólver en la mano.

LA PEPONA.—!Ay, qué célebre!

DON Igi—No es modo de respuesta a un com­promiso tan urgente.

LA PEPONA.—Te llevo el aire.

DON Igi.—¿Y ni preguntas quién sea el tal sujeto?

LA PEPONA.—Un conocimiento que tienes de la América.

DON Igi.—¡El propio Satanás!

LA PEPONA.—¿Y qué le trae?

DON Igi.—! Perderme!

LA PEPONA.—¿Te pide el alma?

DON Igi.—!Me pide dinero!

LA PEPONA.—! Pues, sí, que no sabes hacerte el guaje!

DON Igi.—Ese sujeto es mi más mortal enemigo. ¡Y todo ello porque no quiero entregarle el fruto de mi sudor! Que trabaje! ¡ Que se sujete! ¡ Que aprenda en la escuela del mundo lo que cuesta el dinero! ¡Ese malvado quiere dejarme pobre!

LA PEPONA.—!Condenado pensamiento!

DON Igi.—! Arruinarme!

LA PEPONA.—¡No te dejes!

DON Igi.—¡Me cuesta ya muchos miles!

LA PEPONA.—!Ladrón!

DON Igi.—Esta noche volverá.

LA PEPONA.—¿Y si encontrase cerrado el esta­blecimiento?

DON Igi—Volvería mañana.

LA PEPONA.—¿Y si encontrase aún más cerrada tu bolsa?

DON Igi.—¡Me deshonrará, me calumniará con algún falso testimonio, y hará que me prendan!

LA PEPONA.—! Mucho le temes!

DON Igi.—! Cómo no! Ese malvado me ha hecho liquidar con un quebranto de algunos miles el ne­gocio de Toluca.

LA PEPONA.—! Espanto me das! ¿Qué oculto po­der tiene sobre ti ese sujeto?

DON Igi.—¡Será mi ruina!

LA PEPONA.—Higinio Pérez, ¡tú has cometido alguna gran culpa! ¿ Qué secreto es el tuyo? ¡ No pierdas la cabeza! Declárate con una mujer que te ha dado cuanto tenía, que no reparó en su de­coro para quererte!

DON Igi.—¡Ya está llamando!

LA PEPONA.—¡Asosiega! El gato, que saltó del mostrador al suelo, ha dado ese golpe.

DON Igi.—!Vendrá! ¡Acabará por dejarme en cueros!

LA PEPONA.—Pero ¿qué nudo de horca te aprie­ta ese Alberto Saco?

DON Igi.—Trae el nombre mudado.

LA PEPONA.—Higinio Pérez, ¡desahoga tu pecho en mi pecho! ¿De qué estás culpado? ¿ Acaso una muerte?

DON Igi.—!Por tan vil calumnia liquidé el ne­gocio de Toluca! ¡Ese trueno es hijo de mi difun­ta Baldomerita! ¡Mató a su mamá por heredarla, y me complicó en el crimen! ¡Lo creyeron, con el odio que allí hay para todos los españoles promi­nentes! ¡Por apasionamiento se indujeron en mi contra los jueces!

LA PEPONA.—¿Te condenaron?

DON Igi.—Era la tema rabiosa de los jueces, condenar a un gachupín. ¡Parcialidades! Todo, mo­tivado por la calumnia de ese Satanás.

LA PEPONA.—¡ Acaba! ¿Te condenaron?

DON Igi.—Sin fundamento. Inducidos, no más, por una hipoteca que pesaba sobre los bienes de la difuntita. Ahí radica la mala voluntad del hijo desnaturalizado. Quería heredar a su víctima, y encontró que no había tal herencia. Pensó que, a las escondidas, era yo el heredero.

LA PEPONA.—¡Y aunque lo fueses!

DON Igi.—Su pobrecita mamá le aborrecía más que yo le aborrezco. Desde chamaco mostró las más malas inclinaciones. ¡Un disoluto incontinen­te! ¡Pobrecita la difunta, tan contenta de saber que yo acrecentaría su dinerito, que siempre esta­ría redituando y creciendo! ¡Este saqueo, esta es­tafa, este latrocinio, no puede continuar! ¡Lo di­cho, me pone el revólver en la mano y a pique de perder la cabeza! ¡Mudó de nombre, mudó de cara, solamente su ruin condición no muda!

LA PEPONA.—Pues no parece que le hayas des­conocido.

DON Igi.—¡Me hizo la mueca de la difunta!

LA PEPONA.—¡Jesús, qué escarnio!

DON Igi.—!Despavorí con ella!

LA PEPONA.—Bebe una copa, que ahora lo que tú tienes es fiebre.

DON Igi.—!Sudores de muerte!

LA PEPONA.—Voy a cerrar el establecimiento.

DON Igi.—!Publicará mi deshonra! ¡Rebajará mi crédito en la plaza! ¡Es preciso ver de transi­girlo, y darle uno si pide ciento!

LA PEPONA.—¿Y rematar de una vez, no te hace más cuenta?

DON Igi.—¡Solamente la muerte liquida este saqueo!

LA PEPONA.—Todo hay que mirarlo. ¡Tú, Higi­nio Pérez, comienza por no aflojar la mosca!

DON Igi—¿Y entonces? ¿Dejar a ese tuno que me difame?

LA PEPONA.—Según el mal que te venga.

DON Igi.—Tendré pecho. Si desentierran la cau­sa, cegaré a los funcionarios del Consulado, me quedaré pobre, pero no verá un níquel ese matraco.

LA PEPONA.—No juegues con la cárcel ni te ex­pongas a perder lo que tienes. Del hombre arrui­nado, el mundo se ríe.

DON Igi.—!Me das buen consuelo!

LA PEPONÁ.—Cerraré el pico. Mejor sabes tú lo que más te conviene.

DON Igi.—! Ahorcarme!

LA PEPONA.—! No es el caso tan extremoso!

DON Igi.—Me toma muy viejo.

LA PEPONA.—Viejo y pendejo. Consientes que te roben, y te miras para hacerle un obsequio a quien te ha sacrificado su decoro. ¡Algunas muje­res estamos ciegas! ¿ Qué plata te pide ese hombre?

DON Igi.—Aún no se manifestó.

LA PEPONA.—¿Qué hablabas antes de ponerle fin con el revólver?

DON Igi.—¡Habla!... Me tiene en sus manos, y solamente la muerte líquida este negocio.

LA PEPONA. —!Tampoco te digo menos! Pero ¿por qué has de ser tú el señalado?

DON Igi.—¡Me toma muy viejo!

LA PEPONA.—A ese hombre, por estos lugares, nadie le conoce. Hoy pasó, mañana desapareció.

DON Igi.—Tiene los ojos de la difunta. ¡Me gana con ellos!

LA PEPONA.—Ese Alberto Saco me miró, y vol­verá a mirarme. Pues estando en ello, vería de sujetarle con alguna seña.

DON Igi.—¡Como no me haga la carantoña de la viejita!

LA PEPONA.—Bebe para quitarte el sobresalto. Busca ánimo en el copeo. El ron con ginebra, a estilo de navegante, es muy confortador.

DON Igi.—Para un caso como el que propones, conviene tener despejada la cabeza.

LA PEPONA.—Casi seguro que podrías clavarle por la espalda. ¡Bebe!

DON Igi.—Me descubres mi propio pensamiento.

LA PEPONA.—Cuando me mirase, yo le sujetaría con una seña.

DON Igi.—!Casual, que el facón está afilado de recién!

LA PEPONA.—Si diste el pasaporte a la vieja, te cumple no ser pendejo y rematar tu obra.

DON Igi.—Se le podría enterrar bajo los limo­neros, sin dejar rastro.

LA PEPONA.—¿Te reconoces salvado?

DON Igi.—Pepita, ¡esto nos une para siempre!

LA PEPONA.—¿Y esto te pesa? ¿Te pido algo? Soy tu esclava, sin esperar ninguna recompensa, y el día que de mí te canses, con ponerme el baúl en la acera me pagas.

DON Igi.—Pronto me tendrás sujeto.

LA PEPONA.—¿De mí desconfías, cuando por amor tuyo me echo encima una cadena? El presi­dio se abre para los dos.

DON Igi.—¡Justamente! El presidio se abre para los dos. ¡Justamente! No podrías tenerme en las uñas. ¡Eres un ángel!

LA PEPONA.—Te doy mi ayuda sin prendas. El día que de mí te canses, me pones en la acera.

DON Igi.—Higinio Pérez tendrá contigo la co­rrespondencia de un caballero.

LA PEPONA.—Nada pido.

DON Igi.—Cumpliré con mi conciencia llevándo­te a la iglesia.

LA PEPONA.—No te ates por ese escrúpulo.

DON Igi,.—Dame un besito.

LA PEPONA.—No quiero.

DON Igi.—!Eres muy rica!

LA PEPONA.—De ilusiones.

DON Igi.—Ilusiones y salud valen más que ri­queza. Ándale, un besito. No sea renuente, niña.

La Pepona.—Luego.

DON Igi.—Luego tendremos la fiesta.

LA PEPONA.—!No estás poco gallo!

DON IGL—Palomita, hay que cavar una cueva bajo los limoneros.

LA PEPONA.—Muy honda tendrá que ser.

DON Igi.—Para un cuerpo. No hay que perder la cabeza.

LA PEPONA.—A ti te lo digo.

DON Igi.—Negra, no te vayas sin darme un besito.

LA PEPONA.—Cuando lo merezcas.
Con un remangue, se sale al huerto lunero, y el indiano gachupín requiere sus libros para. ajus­tar la cuenta de debes y haberes. Llega de lejos, el final de una copla. Por la calle desciende el ras­peo de un pasodoble, y en el mismo trocaico compás rueda un tropel de pisadas. Jaleo de mozos en parranda. Se presiente el grupo de rondadores, concertándose en voz baja para la copla alusiva, delante de la puerta. Y salía la copla, punteada por ALBERTO SACO.
EL JÁNDALO. —Patrón, descorra la llave, por hacer gasto venimos, y a darle las buenas noches la lengua mojada en vino.
Aplausos y voces la celebran por bien cantada. Luego recae un silencio, y se presiente al grupo de rondadores recaído en el métrico problema de concentar otra copla. DON Igi saca del cajón dos taleguillos con dinero, y los esconde bajo una ta­bla del piso. Pálido, con los pelos como un gato espantado, sale a la puerta del ejido. Se oye el golpe del azadón bajo los nocturnos limoneros.
DON Igi.—!Paloma! ¡Palomita! ¡Venga, niña! No más te dilates, Pepita.

LA PEPONA.—¿Arde la casa?


Aparece levantando el azadón, que brilla a la luna, y queda en el umbral con gesto de dura inte­rrogación. DON Igi se pone un dedo en los labios. La ronda de mozos canta el repertorio de musa barroca y plebeya.
Parrandistas:
Asómate a la ventana,

que a cantarte hemos venido,

rosa la más soberana

en el pensil de Cupido.

DON Igi.—!Prudencia! Se oye el golpe de cavar la tierra.

LA PEPONA.—Está dura como un peñasco.

DON Igi.—Pues recién ha llovido.

LA PEPONA.—Empálmate el facón.

DON Igi.—Me impone la maldita carantoña

LA PEPONA.—!Ábreles! Y si no, espera.


Retocándose el peinado y jaleando las caderas, se acerca a una ventana y entorna la falleba: En­tra la luna. LA PEPONA cobra un prestigio popular y romántico, con el rasgueo de las guitarras, incli­nada sobre la noche de estrellas, para oír la copla.
EL JÁNDALO.—Niña, abra usted la puerta.

LA PEPONA.—¿Y no le parece a usted, amigo, que son horas de recogerse?

EL JÁNDALO.—¿Es la opinión de su esposo?

LA PEPONA.—No tengo ese tirano.

EL JÁNDALO.—De su protector.

LA PEPONA.—Diga usted del patrón, y acabemos.

EL JÁNDALO.—Pues dicho. Interróguele usted, primorosa.

LA PEPONA.—¿A santo de qué?

EL JÁNDALO.—A santo de Alberto Saco.

LA PEPONA.—¿De verdad es esa su gracia? ¿Y qué saca usted? ¿Las mantecas?

EL JÁNDALO.—A usted un cachito de lengua. ¡Debe ser muy apetitosa!

LA PEPONA.—¡Juicio!

EL JÁNDALO.—¡No me fleche usted esos ojos, morena!

LA PEPONA.—!Ya sabe usted lo suyo para ca­melar mujeres!

EL JÁNDALO.—Hasta hoy he vivido indiferente.

LA PEPONA.—Amigo, no pasa esa bola.

EL JÁNDALO.—¿Quiere usted darme la miel?

LA PEPONA.—!Que nos está mirando el público!

EL JÁNDALO.—Abra usted la puerta.

LA PEPONA.—Vuelva usted solo.
Se retira de la ventana y cierra. Con las manos en las caderas cruza el ámbito oscuro de los billares. DON Igi avizora, de codos sobre el mostrador, los pelos de punta, los anteojos en la frente, y el gato soplándole a la oreja.
DON Igi.—¿Alejaste a ese hombre?

LA PEPONA.—Ahora se va, para volver solo. Ca­zado lo tienes.

DON Igi.—¿Qué te habló?

LA PEPONA.—Pues me ha camelado.

DON Igi.—Tú le darías pie.

LA PEPONA.—No me traigas cargos de celoso en una hora como ésta.

DON Igi—Tampoco le temo. Ese hombre no pue­de darte ni agua. ¿Qué sacarías de irte con él, co­rriendo los mundos? ¡Trabajos! El hombre sin plata nunca puede hacer la felicidad de una mujer.

LA PEPONA.—!Qué hablar por no callar, Higinio Pérez!

DON Igi.—Como otras veces, te digo: Pepita, considera lo que te juegas.

LA PEPONA.—Porque lo considero, me opongo al latrocinio de ese Alberto Saco. Deja que me ca­mele, sé sordo y ciego. Le verías llegar hasta mis brazos, y no habías de moverte hasta el seguro momento de clavarle el facón. Esta noche acaba de sacarte más la plata ese aparecido de América.

DON Igi.—Vamos a pensar bien lo que se hace.

LA PEPONA.—El cuchillo debes tenerlo en la manga. Cuando entre, le ofreces una copa, y bebe­mos los tres. Tú no reparas si hacemos cambio, ni tampoco si me chulea. Piensa que entregártelo in­defenso es mi juego. Ya está en la puerta.

DON Igi.—¿Quién abre?

LA PEPONA.—Yo abro. No olvides convidarle.

DON Igi.—!Otra vez mi perdición ese pendejo!
LA PEPONA abre la puerta, y aparece en el umbral ALBERTO SACO. El puño del rebenque —un brillo de metal— levanta el extremo del poncho. Entra con reto de amigazo y compadre.

EL JÁNDALO.—Chulita, vengo a que usted me fleche.

LA PEPONA.—!Que nos está mirando el abuelo!

EL JÁNDALO.—Don Igi, salud y plata.

DON Igi.—Entra. Deja a la niña que cierre. Be­berás una copa.

EL JÁNDALO.—¿No será un veneno?

LA PEPONA.—Beberemos los tres para celebrar el conocimiento.

EL JÁNDALO. —El de usted y el mío. Con el pa­trón no es de ahora. Don Igi, ¡no se ponga tétrico!

LA PEPONA ¿Qué bebida es la suya, amigo?

EL JÁNDALO. —La más de su gusto.

LA PEPONÁ. —La que usted diga.

EL JÁNDALO. —Para decirlo déjeme usted sen­tirle el aliento.

LA PEPONA. —!Ay, qué gracia!

EL JÁNDALO.—Don Igi, esta mujer no es para un viejo.

DON Igi.—Hablas sin comedimiento.

LA PEPONA.—Ya ve usted cómo el patrón le re­conviene.

EL JÁNDALO. —Don Igi, me parece usted algo té­trico, y con esta mucana a su lado, es un mal gusto.

LA PEPONA.—A callar, y a tomar una copa. ¿Conoce usted esta botella?

EL JÁNDALO.—¡Cómo no!

DON Igi.—Hoy es de lo más caro en el comer­cio, no admite adulteraciones.

EL JÁNDALO.—Esta marca no vale un níquel.

DON Igi.—Pues no lo entiendes.

EL JÁNDALO.—Don Igi, ¡mucho roba usted si es así todo el género!

DON Igi.—No mereces respuesta.

LA PEPONA.—Diga usted qué bebida le agrada, y no ponga tachas.

EL JÁNDALO.—Hay que perdonar una chunga. La bebida es de mérito.

LA PEPONA.—Pues bebamos.

EL JÁNDALO.—!Y alegrémonos! Don Igl, pronto dejará usted de verme.

DON Igi.—En sueños te veo.

EL JÁNDALO.—¿Tiene usted enterada a la niña?

DON Igi.—Sabe quién eres.

LA PEPONA.—A dejar el pleito para mañana, que las sábanas nos esperan. Usted, amigo, excusa de buscar hospedaje. ¡Y ahora a cumplir y a ver­le el fondo al caneco!

EL JÁNDALO.—Es usted una mujer dispuesta.

LA PEPONA.—No se lleve usted mi copa, que será saber mis secretos.

EL JÁNDALO.—Ya sus ojos me los han contado.

LA PEPONA Es usted atrevido!

DON Igi.— ¡Tú le das pie!

LA PEPONA. — ¡Cuernos!

EL JÁNDALO. —Don Igl, vaya usted contando tres mil pesos.

DON Igi. —¡ Estás demente!

EL JÁNDALO. Pensaba pedirle a usted mucho más, pero en vista de que me llevo a esta niña, lo dejo en ese pico.

DON Igi.—¿A quién te llevas?

EL JÁNDALO. — A esta morena.

DON Igi. — Dale tú la respuesta que merece, Pepita.

LA PEPONA. — Siempre se desagera.

EL JÁNDALO. —Don Igi, ándele por la plata, y no más se preocupe por esta chinita. Es el trato que yo me la lleve. Una mujer como ésta a usted no le conviene.

DON Igi.—¡Insolente!

LA PEPONA. —Amigo deje las chanzas, y a be­ber formales. El pleito con el patrón lo transi­girá mañana.

EL JÁNDALO.—!Esta mujer me torea! Don Igi, vaya usted contando ese pico, que tengo el overo con la silla puesta.

DON IGL—Te daré un cheque. Pero ¡no por esa cantidad!

LA PEPONA.—Que se acabó por esta noche el pleito.

EL JÁNDALO.—Niña, esto ya no es de su incum­bencia. Don Igi, ándele por el talonario, que rabia usted de verme lejos.


Remata guiñando un ojo y sacando la lengua —la mueca de la difunta.— Don Igi, con pasos va­cilantes, llega al pie de la escalera. Inesperado es­trépito de cristales le hace girar como un fanto­che. El compadrito estrecha el talle de la coima y le pide los labios. Arden los ojos de la bribona. Por entre los pliegues del poncho saca una mano, y con el índice apuñala en el aire la espalda del JÁNDALO. El dedo, con luces de un anillo, se aguza rabioso. DON Igi se advierte el facón oculto en la manga. La punta, lenta y furtiva, asoma sobre los rancios dedos del fantoche. Parece cambiada la ley de las cosas y el ritmo de las acciones. Como en los sueños y en las muertes, parece mudada la ley del tiempo. La coima suspira rendida. Toda la mano blanca se posa sobre el cuello quemado de soles y mares. Sus ojos turbados se aprietan al res­plandor del facón que levanta el espectro amarillo de DON Igi. LA PEPONA, desvanecida, siente en­friarse sobre su boca la boca del JÁNDALO.

LA PEPONA.—¡Flor de mozo!

DON Igi.—¡Horita tenemos que ahondarle la cueva bajo los limoneros, negra!

LA PEPONA.—¡Roja estoy de tu sangre!

DON Igi —El flux hay que quemarlo.

LA PEPONA. —¡Bésame otra vez, boca de piedra!

DON Igi.—No le platiques al cadáver.

LA PEPONA.—¡Flor de mozo! ¡Yo te maté cuan­do la vida me dabas!

DON Igi.—Niña, ¿qué hace? ¿La boca le besa, después de ultimarle?

LA PEPONA.—¡La muerdo!

DON Igi.—! Supera el escarnio!

LA PEPONA.—¡La muerdo y la beso! ¡Valía más que tú, viejo malvado!

DON Igi.—Vil ramera, ¡me das espanto!

LA PEPONA.—! Anda a cavar bajo los limone­ros, malvado! !Quiero bajar a la tierra con este cuerpo abrazada! Bésame otra vez, flor galana! ¡Vuélveme los besos que te doy, cabeza yerta! ¡Abrazada contigo quiero ir a la tierra! ¡Tan desconocido, tan desconocido! ¡Venir a morir en mis brazos de tan lejos !... ¿Eres engaño? ¡ Te muerdo la boca! Vida, ¡sácame de este sueño!

DON Igi.—¡Mejor me fuera haberlo transigido con plata!







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