Poemas de José Martí del libro "Versos sencillos"



Descargar 1.36 Mb.
Página18/26
Fecha de conversión22.05.2018
Tamaño1.36 Mb.
1   ...   14   15   16   17   18   19   20   21   ...   26

A D. Ignacio I. Gastelum

Mejor será no regresar al pueblo,

al edén subvertido que se calla

en la mutilación de la metralla.


Hasta los fresnos mancos,

los dignatarios de cúpula oronda,

han de rodar las quejas de la torre

acribillada en los vientos de fronda.


Y la fusilería grabó en la cal

de todas las paredes

de la aldea espectral,

negros y aciagos mapas,

porque en ellos leyese el hijo pródigo

al volver a su umbral

en un anochecer de maleficio,

a la luz de petróleo de una mecha

su esperanza deshecha.
Cuando la tosca llave enmohecida

tuerza la chirriante cerradura,

en la añeja clausura

del zaguán, los dos púdicos

medallones de yeso,

entornando los párpados narcóticos,

se mirarán y se dirán: “Qué es eso?”
Y yo entraré con pies advenedizos

hasta el patio agorero

en que hay un brocal ensimismado,

con un cubo de cuero

goteando su gota categórica

como un estribillo plañidero.

Si el sol inexorable, alegre y tónico,

hace hervir a las fuentes catecúmenas

en que bañábase mi sueño crónico;

si se afana la hormiga;

si en los techos resuena y se fatiga

de los buches de tórtola el reclamo

que entre las telarañas zumba y zumba;

mi sed de amar será como una argolla;

empotrada en la losa de una tumba.

Las golondrinas nuevas, renovando

con sus noveles picos alfareros

los nidos tempraneros;

bajo el ópalo insigne

de los atardeceres monacales,

el lloro de recientes recentales

por la ubérrima ubre prohibida

de la vaca, rumiante y faraónica,

que al párvulo intimida;

campanario de timbre novedoso;

remozados altares;

el amor amoroso

de las parejas pares;

noviazgos de muchachas

frescas y humildes, corno humildes coles,

y que la mano dan por el postigo

a la luz de dramáticos faroles;

alguna señorita

que canta en algún piano

alguna vieja aria;

el gendarme que pita...

... Y una íntima tristeza reaccionaria.

EL MENDIGO
Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma

de todos los voraces ayunos pordioseros;

mi alma y mi carne trémulas imploran a la espuma

del mar y al simulacro azul de los luceros.


El cuervo legendario que nutre al cenobita

vuela por mi Tebaida sin dejarme su pan,

otro cuervo trasporta una flor inaudita,

otro lleva en el pico a la mujer de Adán,

y sin verme siquiera, los tres cuervos se van.
Prosigue descubriendo mi pupila famélica

más panes y más lindas mujeres y más rosas

en el bando de cuervos que en la jornada célica

sus picos atavía con las cargas preciosas,

y encima de mi sacro apetito no baja

sino un pétalo, un rizo prófugo, una migaja.


Saboreo mi brizna heteróclita, y siente

mi sed la cristalina nostalgia de la fuente,

y la pródiga vida se derrama en el falso

festín y en el suplicio de mi hambre creciente,

como una cornucopia se vuelca en un cadalso.

HORMIGAS
A la cálida vida que trascurre canora

con garbo de mujer sin letras ni antifaces,

a la invicta belleza que salva y que enamora,

responde, en la embriaguez de la encantada hora,

un encono de hormigas en mis venas voraces.
Fustigan ci desmán del perenne hormigueo

el pozo del silencio y el enjambre dcl ruido,

la harina rebanada como doble trofeo

en los fértiles bustos, el Infierno en que creo,

el estertor final y el preludio del nido.
Mas luego mis hormigas me negarán su abrazo

y han de huir de mis pobres y trabajados dedos

cual se olvida en la arena un gélido bagazo;

y tu boca, que es cifra de eróticos denuedos,

tu boca, que es mi rúbrica, mi manjar y mi adorno,

tu boca, en que la lengua vibra asomada al mundo

como réproba llama saliéndose de un horno,

en una turbia fecha de cierzo gemebundo

en que ronde la luna porque robarte quiera,

ha de oler a sudario y a hierba machacada,

a droga y a responso, a pabilo y a cera.
Antes de que deserten mis hormigas, Amada,

déjalas caminar camino de tu boca

a que apuren los viáticos del sanguinario fruto

que desde sarracenos oasis me provoca.


Antes de que tus labios mueran, para mi luto,

dámelos en el crítico umbral del cementerio

como perfume y pan y tósigo y cauterio.

JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ, “AZORÍN”


LA GENERACIÓN DE 1898

I
De cuando en cuando se produce entre la gente nueva —escritores, artistas, ateneístas, etcétera— una protesta, más o menos ruidosa, más o menos trascendente, contra lo que, con excesiva rudeza, se llama los viejos. Días pasados, diversos hechos, sin conexión aparente, pero de una misma índole espiritual, han venido a traducir, a exteriorizar las aspiraciones latentes en la juventud. Algunos de estos hechos a que aludimos han sido: la elec­ción del Ateneo. La información abierta por nuestro cole­ga La Tribuna con el título de “El país de los viejos”, los artículos publicados por Ortega y Gasset en El Im­parcial, titulados “Competencia”, y en los que se plantea el “problema” de España con relación a la generación de 1898... Se nos permitirá que hagamos algunas obser­vaciones relativas a estos hechos que, si diversos en la apariencia, convergen, sin embargo, hacia un punto ideal. Ante todo, cuando se sintetiza la cuestión en la frase los viejos se comete una inexactitud que ‘lleva envuelta una injusticia. El problema no puede ser planteado en térmi­nos tan vagos e inconcretos; la juventud, además, al mostrarse ansiosa de justicia, no puede comenzar come­tiendo ella misma una dolorosa injusticia. No todos los escritores plantean en esa forma el problema; lo que ocurre es que la muchedumbre es simplista, unilateral, rectilínea, y al enfocar un problema, al hallarse frente a un asunto de palpitante interés, lo hace con afirmaciones o negaciones rotundas y categóricas, afirmaciones o ne­gaciones categóricas que, por otra parte, son necesarias para la obra vital, para la acción. Pero, en fin, el observador reflexivo no ha de tomar en cuenta este aspecto vital, anticrítico, de las multitudes, de lo que se llama la opinión, y ha de hacer su obra, su crítica, independiente­mente del tiempo, del espacio y de toda contingencia. y consecuencia sociales y políticas.

No, no se debe decir los viejos cuando se hable del problema de España. ¿Quiénes son los viejos? ¿Qué es ser viejo? Un hombre de setenta años puede ser más joven que otro de veinte; uno de veinte, lleno de vigor físico, de flexibilidad, puede tener una senilidad que no tendrá otro achacoso, lleno de años, cargado de alifafes. Se es viejo y se es joven por el corazón y por la cabeza. Pi y Margall era perfectamente joven cuando murió; lo fue durante toda su vida. Hoy don Francisco Giner tiene más juventud que millares de mozos que brujulean en el foro, en el Parlamento, en la política, en las redaccio­nes. Entre los muertos, Larra será eternamente joven; Balart será siempre viejo con sus poesías mediocres y su crítica mezquina. Digamos sencillamente, cuando ha­blemos de estas cosas, lo viejo, y no los viejos; lo viejo también, y no lo antiguo, puesto que en lo antiguo, entre lo que vivió en determinado momento histórico, hay cosas que continúan viviendo, que son actuales siempre —por lo menos hasta ahora— y que están más cerca de nos­otros que muchas cosas de ahora. ¿Quién duda, por ejemplo, que en arte, una página de La Celestina, o de Guevara, o del Lazarillo se halla más en contacto con nuestra sensibilidad que tales otras páginas de ahora escritas en un estilo seudoclásico, afectado, artificioso, calcado sobre el artificioso y afectado fray Luis de Gra­nada? ¿No lo estará también un romance de Góngora o de Lope, mejor que estos otros versos retumbantes y huecos que entusiasman a una burguesía iletrada? Y aso­mándonos a la política, ¿no son más modernos y no están más vivos muchos gestos, actos y dichos de Cam­pomanes, de Aranda, de Roda, que las idas y venidas, tráfagos y declaraciones de los liberales de hoy?

Lo viejo, en cambio, es lo que no ha tenido nunca consistencia de realidad, o lo que, habiéndola tenido un momento, ha dejado de tenerla para ajarse y carcomerse. Lo viejo son también las prácticas viciosas de nuestra política, las corruptelas administrativas, la incompeten­cia, el chanchullo, el nepotismo, el caciquismo, la ver­borrea, el “mañana”, la trapacería parlamentaria, el atraco en forma de discurso grandilocuente, las ”conveniencias políticas” que hacen desviarse de su marcha a los espíri­tus bien inclinados; las elecciones falseadas, los Consejos y cargos de grandes Compañías puestos en manos de per­sonajes influyentes, los engranajes burocráticos inútiles..., todo el denso e irrompible ambiente, en fin, contra el cual ha protestado la generación de 1898, pero cuya protesta ha sido preparada, elaborada, hecha inevitable por la crítica de la generación anterior.

Y al llegar aquí preciso es que nos detengamos un mo­mento para explicar esta última afirmación. No necesita el lector que recordemos que nada, ni en el mundo físico ni en el moral, se produce incausadamente; nada puede considerarse como primero; todo tiene sus raíces en el tiempo y se halla engendrado por una vigorosa concau­salidad. La protesta de la generación de 1818 —que Ortega y Gasset ha recordado— no hubiera podido pro­ducirse sin la labor crítica de una anterior generación. Como la literatura es el más fiel reflejo de la sensibilidad, se hará preciso, al historiar los últimos tiempos del si­glo XIX y los comienzos del xx, estudiar la literatura —la novela, la poesía, la crítica— para ver cuál era en ese período de tiempo la modalidad media del sentir entre los españoles. La novela, la poesía y la crítica podrían suministrarnos una viva luz sobre la época que abarca de 1870 a 1898. ¿Qué poetas y qué novelistas han domi­nado en esos años? ¿Cuál es la medida que nos dan de los sentimientos y de las ideas de sus contemporáneos? ¿Acusan esos artistas entusiasmo, optimismo, lucha, ac­ción, o, por el contrario, conformidad, pesimismo, resig­nación, inconsciencia, falta de curiosidad intelectual, ausencia de desasosiego espiritual?

Con temor empleamos todos estos vocablos; parécenos que; en ocasiones, las palabras son demasiado toscas, groseras, para expresar los matices, los sutilísimos cam­biantes de las ideas y de los sentimientos. Cuando en un artista literario —poeta o novelista— deseemos descubrir el reflejo de la sensibilidad de una época, nos veremos obligados, si no queremos exponernos a resultados in­exactos, a calar por la superficie de la obra, a desdeñar muchas cosas aparentes, a atenernos a un secreto y casi invisible ritmo, que es el que da su significación verda­dera al poema o a la novela. Hay en la obra artística algo que no es, por ejemplo, ni entusiasmo o desesperanza ni contentamiento o angustia (por dar concreciones senti­mentales de bastante relieve); algo que no cae dentro de los tópicos bien definidos y conocidos, y ese algo inde­finible, etéreo, inefable; ese hálito que rodea a la obra artística y que casi no se puede expresar, es lo que pre­cisamente nos da la medida de la sensibilidad del artista y lo que puede ser reflej o de la sensibilidad de sus con­temporáneos. ¿Cómo podremos guiamos, según estas nor­mas, en el período que va de 1870 a 1898? Intentaremos verlo otro día.


II
Prometimos en el artículo anterior hacer algunas con­sideraciones sobre la literatura del período que abarca de 1870 a 1898. Una prevención necesaria: la obra artística tiene dos aspectos trascendentales; uno es su valor técnico, estético; otro, su alcance y su influencia sociales. Una novela o un poema pueden reunir las dos condiciones; pueden ser de una gran belleza y a la vez ejercer sobre la sociedad una influencia considerable. Pero un poema o una novela pueden no tener valor estético y tenerlo social; y pueden no ejercer influencia ninguna social —al menos por lo pronto— y encerrar un considerable valor estético. Las canciones de Beráríger, por ejemplo, no contienen una gran cantidad de pura belleza lírica; ejercieron, sin embargo, una honda sugestión social. Ejemplo contrario: en 1850, Stendhall no representaba nada; Lo rojo y lo negro literariamente no existía; sobre ninguna tendencia literaria o núcleo de artistas ejercía ése y los demás libros de Beyle influencia. Sin embargo, ¿quién niega el considerable valor estético de Lo rojo y lo negro o de La Cartuja de Parma?

Entre nosotros, en el período citado, tres artistas lite­rarios han determinado una modalidad emotiva, senti­mental: Campoamor, Echegaray, Galdós. Repetimos que no tratamos de hacer un examen técnico, puramente lite­rario, de las obras de estos autores. En 1827 un librero de Valencia, el célebre Cabrerizo, lanzaba el primer vo­lumen de una serie de diminutos volúmenes, impresos, la mayoría de ellos, en gordezuelas letras egipcias; ese volumen se titulaba Las aventuras del último abencerraje; su autor era Chateaubriand. Al final del librito el editor advertía en una nota que si la obra gustaba continuaría publicando “en el mismo tamaño y gusto una colección dé las mejores obritas del género romántico”. Se publi­caron, en efecto, muchísimos más libritos de esta índole; nuestras abuelas —aquellas damas de crenchas ahuecadas y rotunda crinolina— tuvieron en sus manos novelitas, lindamente impresas, de Dumas, de Víctor Hugo de Walter Scott, de Ana Radcliffe. Y aquellos volúmenes de Cabrerizo ejercieron, sin duda, en la floración y desenvol­vimiento del romanticismo una influencia que obras per­fectamente literarias (El Trovador, las poesías de Zorri­lla, etc.), no ejercieron en el mismo grado, con la misma intensidad. En el período de 1870 a 1898 el teatro de Echegaray ha sugestionado profundamente al tipo medio del español y ha determinado en la sociedad literaria una porción de ramificaciones y derivaciones sumamente su­tiles y complejas. Echegaray —sea cual sea el verdadero significado de su obra— ha representado, para la masa, y en los efectos prácticos de su dramaturgia, la pasión, el ímpetu, la agresividad y el enardecimiento; el teatro de Echegaray ha sido un grito pasional y una sacudida violenta.

Campoamor representa a su vez la sorda y. dulce crítica de prejuicios, de ideas tradicionales, de sentimientos que parecían definitivos. Nada hay estable para Campoamor. Su poesía —suave y benévola— es como la corriente de un río plácido que va socavando, derruyendo, mordiendo poco a poco las orillas. El escepticismo se bebía sin sentir en la poesía de Campoamor; lo bebía la misma burguesía que más tarde había de asustarse de las consecuencias prácticas —el espíritu revolucionario— de esos versos.

En la Revista Contemporánea de 28 de febrero de 1877 don Manuel de la Revilla hacía un notable estudio de la obra de Campoamor y decía, entre otras cosas; “Damas aristocráticas que contribuyen al dinero de San Pedro y son enemigas del art. 11; gentes que se cuentan en el número de las personas sensatas que tienen que perder; niñas románticas y llenas de ilusiones devoran con placer estas máximas que en otros labios les parecerían impías, escandalosas y dignas de anatema” “¿Cómo este poeta revolucionario y heterodoxo es el niño mimado de las altas clases?”, se preguntaba a seguida Revilla. El secreto lo encuentra el crítico en el arte maravilloso del poeta para deslizar, calladamente, con suavidad, las ideas más subversivas. “Algún ligero toque de sentimentalismo, tal cual nota piadosa y mística, alguno que otro alarde de respeto a las creencias tradicionales, que recuerda invo­luntariamente las reservas de Montaigne”; todo esto —di­ce Revilla— le sirve a Campoamor para llamar la aten­ción de su público —burgués y elegante— sobre determi­nado punto y hacer que, mientras tanto, por debajo, clandestinamente se deslice su verdadero espíritu.

En Galdós la trascendencia de su obra —trascendencia revolucionaria-, reviste otro aspecto. Aparte de lo revo­lucionario que puedan ser algunas de las tesis de Galdós (la de Gloria, la de Doña Perfecta, por ejemplo), lo tras­cendente del novelista, lo fundamentalmente trascendente, está en otra parte. Hasta aquí habíamos divagado por lo abstracto, abstracta era la novela de Fernán Caballero; abstractas —aunque no lo parecen aparentemente——, las novelas de Alarcón; abstracto, terriblemente abstracto, el periodismo político y literario. Pero aparece Galdós; aparece silenciosamente, con sus ojos chiquitos escruta­dores, con su mirada fría y escrupulosa; aparece vién­dolo todo, examinándolo todo: las ciudades, las calles, las tiendas, los cafés, los interiores humildes, los espectácu­los, los campos, los caminos... Por primera vez la rea­lidad va a existir para los españoles. “Españoles, compa­triotas —parece decirnos Galdós—: vosotros habéis esta­do divagando hasta ahora; no os habéis fijado en lo que tenéis delante de los ojos; lo que tenéis delante de los ojos y lo que habéis de contemplar es la realidad viva, sangrante: la realidad española, con sus miserias, con sus dolores, con sus angustias.” Galdós iba paso a paso dán­donos sus libros repletos de menuda realidad; las nue­vas generaciones fuimos acercándonos, solidarizándonos, compenetrándonos con la realidad. En adelante, la tra­gedia de España había de saltarnos a los ojos; nuestro espíritu estaba ya fuertemente aferrado a ella. Habíamos visto; lógicamente, fatalmente, había de surgir el lamento y la indignación.

Unid, pues, el grito de pasión de Echegaray al senti­mentalismo subversivo de Campoamor y a la visión de realidad de Galdós, y tendréis los factores de un estado de conciencia que había de encarnar en la generación de 1898. Ya antes de esa fecha, esas derivaciones de la literatura habían de comenzar manifestarse en la crítica social. El Desastre precipitó la floración revolucionaria; la protesta adquirió caracteres de clamor nacional. Par­lamentarios y publicistas lanzaron al viento las más vio­lentas imprecaciones. Las examinaremos en otro artículo.

III
Existe una cierta ilusión óptica referente a la moderna literatura española de crítica social y política; se cree generalmente que toda esa copiosa bibliografía “regene­radora”, que todos esos trabajos formados bajo la ob­sesión del problema de España, han brotado a raíz del desastre colonial y como una consecuencia de él. Nada más erróneo; la literatura regeneradora, producida en 1898 hasta años después, no es sino una prolongación, una continuación lógica, coherente, de la crítica política y social que desde mucho antes a las guerras coloniales venía ejerciéndose. El desastre avivó, sí, el movimiento; pero la tendencia era ya antigua, ininterrumpida. Desde el siglo xvii —y aun antes— ha existido entre nosotros una aspiración reconstructiva, basada en la crítica, más o menos áspera, más o menos vidente, de nuestras cosas y de nuestras corruptelas; pueden servir como j alones para trazar la ruta de nuestra crítica social a través de los siglos los nombres de Saavedra Fajardo, Gracián, Ca­dalso, Cabarrús, Jovellanos, Larra... Pero, sin remon­tarnos a tanto, impórtanos ahora —para demostrar la perfecta unidad de la crítica antes y después de 1898— indicar algunos de los trabajos más importantes en que las nuevas aspiraciones están reflejadas.

De 1876, por ejemplo, es el libro de Eugenio Sellés La política de capa y espada, libro escrito en un estilo conciso, rotundo, plástico; libro repleto de menudos he­chos, de detalles, de particularidades; libro demoledor, disociador; libro en que se pulverizan viejos prejuicios, viejos tópicos, vicios puntos de vista. Nada más ins­tructivo que lo que en estas páginas se expone acerca del honor castellano (sólo iguala a este examen del honor castellano el hecho más tarde, en un estudio ma­gistral, por Alfredo Vicenti), acerca de la Patria, de la nobleza, del Rey, de los procedimientos políticos, de la moral política. “¡Ah! ¡Principios históricos, inte­reses seculares, tradiciones nacionales! —exclama el au­tor en el epílogo de su obra—. Hermosas palabras si tuvieran algo dentro, o, mejor dicho, si no tuvieran tanto malo dentro”.

En 1886 Valentín Almirall publica en francés, im­preso en Montpellier, su folleto L’Espagne telle qu’elle est. Se trata de un examen minucioso, acre, de nuestras costumbres políticas y administrativas modernas. Caci­quismo, chanchullos electorales, verborrea parlamenta­ria, incultura pública, abandono de los campos, despoblación, bandidismo..., todo lo pone de manifiesto cru­damente Almirall y todo le sirve para llegar a las finales conclusiones de su opúsculo. “Nuestra enfermedad es tan grave —dice el autor--- que sólo una fuerte sacudida puede curarnos o, al menos, aliviarnos”. La violenta sacudida que pide Almirall ha de destruir, entre otras cosas, “la uniformidad y el autoritarismo centralizador” y ha de barrer el pandillaje político. “Destruir hasta en sus más profundas raíces el falso parlamentarismo, ba­rriendo todos esos partidos, todas esas pandillas, todas esas bandas que se reparten el Poder y esparcen hasta los últimos confines de la nación la inmoralidad, que se ha convertido en el rasgo más saliente de nuestro carácter



Un año después que el libro de Almirall —al menos en la edición francesa——, en 1887, publicaba Pompeyo Gener su volumen Herejías. hay algo de extremado, de paradójico en el libro de Gener; pero, en general, y por encima de estas accidentales, deleznables estridencias, es preciso reconocer un hondo sentido de modernidad, un gran amor a la vida y una aguda e insaciable curiosidad mental. Salvará esto su libro (del cual se escandalizaron en su tiempo austeros varones), mientras se hundirán en el olvido tantas mazorrales disertaciones académicas, tan­to fárrago erudito acerca de nuestros clásicos, tanto libro­te insulso y mentido sobre nuestros valores tradicionales. En las últimas páginas de uno de los estudios que figu­ran en Herejías —el titulado “La decadencia nacional”—— Gener expone sus conclusiones. Se necesitan —dice al autor— dos cosas: una dictadura y una descentralización. No se asuste el lector de la palabra dictadura; lo que el autor pide es “una dictadura científica ejercida por un Cromwell darwinista injerto en Luis XIV, que fuera a la vez implacable y espléndido, y quien dice uno, dice uno o varios”. Esa dictadura, ese poder supremo y benéfico de uno o de varios liaría, entre otras cosas, lo siguiente: reharía, como quien vuelve un guante del revés al dere­cho, la Instrucción pública; crearía cátedras, escuelas técnicas, museos; aboliría las oposiciones, dando las cátedras al que supiera o lo hubiera probado con obras; si en España no había personal para ello, se iría a bus­car al extranjero; instituiría numerosas pensiones para todos los países de Europa, pensiones de ciencias, de artes industriales, de literatura; se esforzaría en hacer surgir hábitos de higiene en los ciudadanos; prohibiría la tala de árboles; poblaría de verdura los montes; prote­gería las industrias nacionales... “Y sí así y todo —ter­minaba Gener— España no progresaba y volvía a con­tinuar con su antigua decadencia, sólo quedaría el re­curso de marcharse de ella a los que aquí nacieran con aptitudes para la civilización a la moderna”.

No es necesario que citemos más ejemplos de crítica social, de literatura regeneradora anterior al Desastre. ¿Han dicho más de lo que va apuntado, han ido más lejos, después de 1898, Joaquín Costa, Macías Picavea, Maura, Sánchez de Toca, Silvela, Azcárate? Pues ahora nos falta ver cuál es el tipo de crítica formulado después del gran fracaso. Demostraremos de este modo la perfecta coherencia en la corriente ideológica española. Como tipo de crítica posterior a 1898 no vamos a tomar ni a Costa, ni a Macías Picavea, ni a don Antonio Maura —entonces militante en el partido liberal—, ni a otros publicistas y parlamentarios que figuraban en la izquierda política; no queremos que pueda tacharse de parcial al autor que citemos; lo escogeremos entre los escritores de la derecha. Uno de los más agudos y exactos críticos del problema de España ha sido don Damián Isern; católico fervoroso, conservador antiguo y convencido, no podía ser recusado Isern como demagogo, revolucionario y, anarqumzante. Abramos el libro de Isern titulado De la defensa nacional; no superan a estas páginas, si frías y monótonas, repletas de hechos, sincerísimas, ningunas otras páginas escritas con ocasión del Desastre. Se pu­blicó este libro en 1901. Espigaremos sumariamente y al azar. El autor, por ejemplo, nos dice que en España la justicia “esta condenada a vivir en perpetuos eclipses”; oligarcas caciques menoscaban la Constitución y falsean la justicia de arriba y la de abajo; pesan abrumadoras influencias sobre los Tribunales y Juzgados; la justicia municipal “queda reducida a mera delegación del caciquismo”; la tributación pública es injusta, desigual; no se funda, en su distribución, en las eternas normas de la justicia, y la voluntad de un oligarca o de un caci­que es superior, en el orden de la realidad, a los princi­pios fundamentales del orden constitucional”. Tan eviden­te es la injusticia, que aun “no pocos” de los oligarcas y privilegiados “se muestran convencidos de que en un periodo no muy largo habrá de ponerse término a sus pri­vilegios”. Las ocultaciones a la Hacienda son numerosas y formidables. Son inútiles entre nosotros las denuncias y las protestas en favor de la moralidad, del derecho, de la justicia. De un lado está la fuerza y el privilegio; de otro, los ciudadanos vejados y expoliados. “¿Puede vivir orde­nadamente un Estado en que, en casi todas las esferas de su actividad jurídica, los hechos van de un lado y el Derecho va por otro?” Los ministros resultan, “en mu­chos casos incompetentes e inhábiles; inhábiles e in­competentes son también los otros instrumentos de las acciones del Poder. El Estado se declara monárquico en su Constitución, y resulta en la realidad oligárquico. Se declara constitucional, y resulta despótico. Se declara re­presentativo, y las Cortes sólo representan a los oligarcas. Se declara parlamentario, y en las Cortes nada se resuelve por las discusiones y las votaciones, “sino por las componendas de entre bastidores”. En la Constitución se de­clara que todo español está obligado a defender la Patria, y resulta que gran parte de los llamados no acuden. Se dice que todos los españoles son admisibles a los empleos y cargos públicos, y “luego son admisibles a los empleos y cargos públicos los parientes y familiares de oligarcas y caciques”. Se dice que todos están obligados a contribuir proporcionalmente a las cargas del Estado, “y gran parte de los españoles, los deudos y amigos de oligarcas y caciques principalmente, o no tributan, o apenas tributan...

Algunas páginas más adelante, al tratar don Damián Isern de las causas del Desastre y de lo acontecido du­rante las guerras coloniales, escribe unas páginas admira­bles, emocionantes. De entre la grisura y frialdad de las páginas de este libro destacan soberbiamente aquellas a que aludimos. Nuestro pueblo —dice el autor— ignora muchas cosas de las relativas al gran fracaso; pero en el fondo de ese misterio adivina “algo” obscuro, algo negro, algo sucio quizá, y esos algos penetran en su alma”. A lo largo de esas páginas, en tanto que va el autor ma­riposeando sobre el misterio trágico, va repitiendo tam­bién de cuando en cuando ese ritornelo angustioso: “algo obscuro, algo negro, algo sucio quizá, y esos algos pene­tran en el alma”. Y ese fragmento de prosa —de elevada prosa lírica— acaba por penetrar en el espíritu del lector y conturbarle.

—¡Oh tragedia de España! “No puede sorprender a nadie —escribe nuestro autor— que máquina así dis­puesta produzca sólo efectos de demolición y ruina, y haya labrado para sí títulos de desconsideración social raras veces alcanzados en España por Poderes públicos”. Tal espectáculo fue el que presenció la generación de 1898 al advenir al arte y a la literatura. La gran corriente ideológica de 1870 a 1898, representada principalmente por Echegaray, Campoamor y Galdós, concluye lógica­mente —avivada por el Desastre— a la crítica social, ahora más aguda que antes, que florece desde 1898 hasta algunos años después. Imaginad todo lo que acabamos de transcribir —y mucho más— repetido, clamado, pregonado, multiplicado por mil voces iracundas y elocuentes de parlamentarios y publicistas; imaginad un lapso de diez años durante los cuales en el periódico, en el Parla­mento, en conferencias, en libros, no se ha gritado otra cosa. Cuando hayáis considerado tal hecho histórico com­prenderéis de qué manera ha podido moldearse la menta­lidad de la generación de 1898, y cómo ese vasto y acre espíritu de crítica social —tan copiosamente aventado a todos vientos— ha llegado a encarnar hoy sólida, fuerte, profundamente en la muchedumbre.

(De los caracteres literarios de la generación de que tratamos y de las influencias extrañas a las nacionales que han pesado sobre ella nos ocuparemos otro día).


IV
Terminemos estos breves apuntes; veamos —-sucinta­mente— lo que la generación de 1898 representa en las letras. En la literatura española la generación de 1898 representa un renacimiento: un renacimiento más o menos amplio o más o menos reducido ——si queréis—, pero, al cabo, un renacimiento. El término se presta a vaguedades; será preciso para que nos entendamos, definirlo. Un re­nacimiento es sencillamente la fecundación del pensamiento nacional por el pensamiento extranjero. Ni un artista ni una sociedad de artistas podrán renovarse —ser algo— o renovar el arte sin una influencia extraña. Nada hay primero, espontáneo o incausado en arte; aun los artistas que parecen más originales (por ejemplo, en pintura, un Velázquez o un Goya) deben toda su fuerza, todo su vigor, toda su luminosidad a una sugestión extraña a ellos. No se trata de mutaciones o rapsodias; las influencias de que hablamos son sugestiones etéreas, casi indefinibles, sutiles, que hacen despertar en el artista estados psicológicos latentes y determinan avivamientos de la sensibili­dad que, sin esas sugestiones, acaso no hubiera sido tan intensa o quizá no hubiera sido de ese modo.

La vida intelectual de un pueblo necesita una excitación extraña que la fecunde. Si se repasa nuestra historia literaria se verá que los momentos en que nuestros lite­ratos y pensadores han estado en comunión con pensado­res y literatos de otros países, son precisamente los mo­mentos de máxima vitalidad de nuestras letras. Señalemos los que, a nuestro juicio, son los principales entre esos instantes, mejor diremos casi los únicos; únicos, al menos en la Edad Moderna, 1600, 1760, 1830: he aquí tres fechas que se prestan a la reflexión, y que dicen ellas solas, escuetamente, mucho más de lo que se pudiera decir en largas declamaciones sobre las ventajas de la comunica­ción con el pensamiento mundial, sobre la aireación del propio intelecto, e inversamente, sobre los peligros funes­tos y desatentados de la reclusión en la propia casa, y la hostilidad a la sugestión extranjera. En 1600 Italia influye poderosamente sobre nuestros artistas y pensadores; Cer­vantes, Saavedra Fajardo, Gracián, Quevedo leen ávida­mente a los poetas, los políticos y los cuentistas italianos; de Boccaccio y de Ariosto hay huellas visibles en Cer­vantes (de Ariosto, sobre todo, en el Quijote); Saavedra Fajardo cita y torna a citar al Tasso; Virgilio Malvezzi hechiza profundamente a Quevedo; sobre Gracián —lo mismo que sobre otros coetáneos suyos— ejerce poderosa influencia Maquiavelo; y Petrarca, Boccalini, Botero, Bandello, Sannazzaro, Guicciardini, con otros muchos, determinan leídos y releídos por los nuestros, gustados, comentados y paladeados, a manera de un ambiente es­piritual, de un fuerte excitante, a cuya virtud renacen las energías literarias españolas.

En 1760 (la fecha puede ser ligeramente modificada) Francia principalmente es la que influye sobre el pensa­miento nacional. Si repasáis viejas, centenarias coleccio­nes de estas diminutas revistas del siglo XVIII —como las Memorias de Trevoux—, ved en ellas la más profunda causa de un avivamiento intelectual de España. Esas re­vistas, esos pequeños cuadernos, entran por los pueblos de nuestro país, penetran en las celdas de los conventos, hacen un ancho remanso en Oviedo —donde vivía el Pa­dre Feijóo—, y se desparraman luego, en espíritu, des­leídos, triturados, por otros cuadernos, por otras revistas, por otros libros. Una ávida curiosidad domina en el si­glo XVIII; brota el espíritu de crítica. Se lee ansiosamente los libros extranjeros. Surgen trabajos sobre filología, arqueología, historia literaria y eclesiástica, matemáti­cas, numismática, zoología, botánica, arquitectura... El impulso ha venido de fuera; lo han dado esos libros y esas revistas que saltan la frontera y se esparcen por las viej as ciudades.

Menos de un siglo más tarde el fenómeno torna a pro­ducirse. En 1830 los románticos franceses determinan en España un nuevo renacimiento literario. Cabrerizo lanza en Valencia multitud de traducciones de novelas románticas; en las Horas de invierno, publicadas por Ochoa en 1837, figuran barajados Víctor Hugo y Delavigne, Al­fonso Karr y León Gozlan. Añadamos que de 1930 a 1846 —singularmente en este último año— desfilan por España y traban relaciones con nuestros literatos una porción de poetas, novelistas y pintores franceses, tales como Dumas, Roger de Beauvoir, Gautier, Achard, Bou­langer...

En 1898 observamos idéntico hecho. Las influencias ahora son más complejas; pero gracia a esa comunicación con el pensamiento literario de fuera de España, se pro­duce entre nosotros una renovación de las letras. Hombres de la generación de 1898 son Valle Inclán, Unamuno, Benavente, Baroja, Bueno, Maeztu, Rubén Darío. Indi­quemos las diversas influencias que han obrado sobre las modalidades literarias de tales escritores.

Sobre Valle Inclán: D’Annunzio, Barbey d’Aurevilly.

Sobre Unamuno: Ibsen, Tolstoi, Amiel.

Sobre Benavente: Shakespeare, Musset, los dramatur­gos modernos franceses.

Sobre Baroja: Dickens, Poe, Balzac, Gautier.

Sobre Bueno: Stendhal, Brandes, Ruskin.

Sobre Maeztu: Níetzsche, Spencer.

Sobre Rubén Darío: Verlaine, Banville, Víctor Hugo.

Por encima de estas sugestiones particulares, como do­minándolas a todas, se podrían marcar algunas, ya indi­cadas entre los nombres citados, pero que tuvieron más fuerza que las demás. Tales son las de Nietzsche, Verlaine y Teófilo Gautier. El filósofo alemán era en 1898 desco­nocido en su verdadero carácter; comenzaba a asomar en Francia; se le había expuesto en un estimable libro en Italia. Pero Nietzsche era en la época citada para la juventud, tanto en España como en Francia, un rebelde, un anarquista. Pocos años después, cuando se le tradujo íntegramente al francés y se le estudió con cuidado, la idea de Nietzsche sufrió una transmutación considerable. Pero el pensador alemán hizo brotar en España muchos gestos de iracundia y múltiples gritos de protesta. Teófilo Gautíer, por otro lado, ayudó a la juventud de 1898 a ver el paisaje de España. Su Viaje a España fue leído y releído por aquellos muchachos que renovaban la memoria de Larra y comenzaron a amar los viejos pueblos caste­llanos. En 1891 Menéndez y Pelayo decía el libro de Gautier en su Historia de las ideas estéticas: “Su Viaje a España, que en Francia está considerada como obra maes­tra, y que entre nosotros, por una preocupación absurda, suele citarse como modelo de disparates sólo comparable con el de Alejandro Dumas, no es, en verdad, ningún do­cumento histórico ni arqueológico; pero en lo que toca a la interpretación poética del paisaje, difícilmente será superado nunca, porque la geografía física de la Península no está contada allí, sino vista con visión absorta desinteresada y esplendente”. La última su gestión de las tres citadas ——la de Verlaine— contribuyó a formar la mentalidad poética de Rubén, y a través de Rubén deter­minó la tendencia actual de la lírica. Agreguemos a estas influencias librescas las personales, directas, vivas, ejercidas por algunos extranjeros que convivieron con litera­tos del 98. Uno de esos extranjeros fue Cornuty, apasio­nado de Verlaine y fervoroso recitador de sus poesías; otro, el doctor suizo Pablo Smith, entusiasta de Nietzsche. Un ejemplar alemán de Nietzsche poseía Smith, y sobre su traducción a viva voz escribió Baroja unos artículos en El Imperial.

Un espíritu de protesta, de rebeldía, animaba a la ju­ventud dc 1898. Ramiro de Maeztu escribía impetuosos y ardientes artículos en los que se derruía los valores tradi­cionales y se anhelaba una España nueva, poderosa. Pío Baroja, con su análisis frío reflejaba el paisaje castellano e introducía en la novela un hondo espíritu de disociación; el viejo estilo rotundo, ampuloso, sonoro, se rompía en sus manos y se transformaba en una notación algebraica, seca, escrupulosa. Valle Inclán con su altivez de gran señor, con sus desmesuradas melenas, con su refinamiento del estilo, atraía profundamente a los escritores novicios y les deslumbraba con la visión de un paisaje y de unas figuras sugeridas por el Renacimiento italiano: los vastos y gallardos palacios, las escalinatas de mármol, las viejas estatuas que blanquean, mutiladas, entre los mirtos seculares; las damas desdeñosas y refinadas que pasean por los jardines en que hay estanques con aguas verdosas y dormidas.


Giardini chiusi, appena intraveduti

o contemplati a lungo pe’cancelli...
El movimiento de protesta comenzaba a inquietar a la generación anterior. No seríamos exactos si no dijéramos que el renacimiento literario de que hablamos no se inicia precisamente en 1898. Sí la protesta se define en ese año, ya antes había comenzado a manifestarse más o menos vagamente. Señales de ello vemos, por ejemplo, en 1897; en febrero de ese año uno de los más prestigiosos escri­tores de la generación anterior —don José María de Pereda— lee su discurso de recepción en la Academia Española. La obsesión persistente de la literatura nueva se percibe a lo largo de todas esas páginas arbitrarias. Pere­da habla en su trabajo de ciertos modernistas partidarios del cosmopolitismo literario: contra los tales arremete furiosamente. Pero páginas más adelante, el autor, no contento con embestir contra esos heresiarcas, nos habla de otros personajes “mas modernistas aún”, “los tétricos de la negación y de la duda, que son los melenudos de ahora” —¡oh melenas pretéritas de Valle Inclán!—, los cuales melenudos proclaman, al hablar de la novela, “que el interés estriba en el escalpelo sutil, en el análisis mi­nucioso de las profundidades del espíritu humano”. (Mas véase la fuerza del movimiento innovador: Pereda, que tan absurdamente declama contra la innovación litera­ria, sin enterarse en qué consiste, hace suya, ya casi al final de su discurso, la doctrina de un autor que dice que todos los idiomas “tienen en sí una virtualidad estética que obra en el espíritu del lector como manantial de deleite, independientemente del contenido interior de las ideas”... Y eso no es otra cosa que el fundamento del vitando, abominable, revolucionario simbolismo)

La generación de 1898 ama los viejos pueblos y el paisaje; intenta resucitar los poetas primitivos (Berceo, Juan Ruiz, Santillana); da aire al fervor por el Greco ya iniciado en Cataluña, y publica, dedicado al pintor cre­tense, el número único de un periódico: Mercurio; rehabilita a Góngora —uno de cuyos versos sirve de epígrafe a Verlaine, que creía conocer al poeta cordobés—; se declara romántica en el banquete ofrecido a Pío Baroja con motivo de su novela Camino de perfección; siente entusiasmo por Larra y en su honor realiza una peregri­nación al cementerio en que estaba enterrado y lee un discurso ante su tumba y en ella deposita ramos de viole­tas; se esfuerza, en fin, en acercarse a la realidad y en desarticular el idioma, en agudizarlo, en aportar a él viejas palabras, plásticas palabras, con objeto de apri­sionar menuda y fuertemente esa realidad. La generación de 1898, en suma, no ha hecho sino continuar el movi­miento ideológico de la generación anterior: ha tenido el grito pasional de Echegaray, el espíritu corrosivo de Campoamor y el amor a la realidad de Galdós. Ha tenido todo eso; y la curiosidad mental por lo extranjero y el espectáculo del Desastre —fracaso de toda la política española— han avivado su sensibilidad y han puesto en ella una variante que antes no había en España.






Compartir con tus amigos:
1   ...   14   15   16   17   18   19   20   21   ...   26


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal