Pobreza y uso del tiempo en los hogares en México



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La pobreza de tiempo en México.

Conceptos, métodos y situación actual
Araceli Damián1

Centro de Estudios Demográficos y de Desarrollo Urbano

El Colegio de México

… ahora quería recuperar el tiempo perdido, palabras estas insensatas entre las que más lo sean, expresión absurda con la cual suponemos engañar la dura realidad de que ningún tiempo perdido es recuperable

(José Saramago, La caverna, 2000)
Introducción
El enfoque dominante para la identificación de la pobreza en México y en el mundo basa su análisis en el método de la línea de pobreza (LP) o método del ingreso (véase World Bank, 1993; CEPAL-PNUD, 1992; CEPAL, varios años, INEGI-CEPAL, 1993; Lustig y Székely, 1997, Comité Técnico para la Medición de la Pobreza, 2003). Este enfoque considera como pobres a aquellos hogares cuyo ingreso está por debajo de una línea de pobreza. Por otro lado, también se han elaborado estudios basados en el método de las necesidades básicas insatisfechas (NBI), en los que se definen las variables e indicadores (educación, vivienda, acceso a la salud, etc.) que determinará si un hogar es pobre o no; el nivel mínimo para cada indicador y, los hogares que quedan por debajo de este umbral son considerados como pobres (véase Coplamar, 1982; Conapo, 1993; Mack y Lansley, 1985; Desai y Shah, 1988). Ambos métodos son incompletos. De acuerdo con Boltvinik (1992), el primero ignora elementos tales como la educación, los servicios de salud o la calidad y el espacio de la vivienda.2 El segundo no considera al ingreso como parte de las fuentes de bienestar de los hogares. Ninguno de estos métodos considera al tiempo que requieren los hogares para el trabajo doméstico, la educación, la recreación y el descanso.

Para ilustrar la importancia de tomar en cuenta al tiempo como parte de la medición de la pobreza imaginemos dos hogares hipotéticos cuyo ingreso es igual a la línea de pobreza de $1,000.00 per cápita y, por tanto, desde el punto de vista de la pobreza por ingresos no serían considerados como pobres. El primer hogar está conformado por Juan, quien vive con su esposa e hijo de 3 años. Juan gana $3,000.00 y su esposa se hace cargo del cuidado del menor y del trabajo doméstico. El segundo hogar está conformado por Ana y su hijo de once meses. Ana es una trabajadora doméstica que gana $2,000.00. No tiene con quien dejar a su hijo, pagar una guardería está fuera de su alcance, por lo tanto tiene que amarrarlo para salir a trabajar. A pesar de que, desde el punto de vista del ingreso, estos dos hogares están en circunstancias similares, tienen diferencias abismales en términos de su disponibilidad de tiempo y por tanto en su calidad de vida.

El presente artículo tiene como objetivo:

1) Presentar una revisión de distintos aportes teórico que han dado lugar al desarrollo de metodologías de medición de la pobreza de tiempo;

2) exponer los dos métodos de medición de la pobreza que consideran al tiempo como una variable para su medición, el del estándar generalizado de pobreza propuesto por Vickery (1977) y el índice de exceso de tiempo de trabajo (ET), que forma parte del Método de Medición Integrada de la Pobreza desarrollado por Boltvinik (1992, 1999, 2000a);

3) Evaluar con evidencia empírica los parámetros normativos utilizados para el cálculo de pobreza de tiempo del MMIP, con base en encuestas de ingreso y gasto de los hogares (ENIGHs) y de empleo (ENE).

4) Comparar las diferencias en el uso de tiempo entre pobres y no pobres por esta dimensión con base en el módulo de uso de tiempo levantado en forma paralela con la ENIGH, 1996.

5) Analizar en que forma modifica el cálculo del porcentaje de pobres al combinar la pobreza de ingreso con la de tiempo.

6) Presentar el perfil sociodemográfico de los pobres de tiempo en México.

El tiempo como un recurso esencial para la satisfacción de necesidades
El tiempo es un recurso fundamental de los hogares y su disponibilidad (o su carencia) afecta directamente la calidad de vida. Aun cuando existen numerosos trabajos que han estudiado al tiempo desde diversas perspectivas, muy pocos lo han vinculado al análisis de la pobreza.3 No obstante, en la literatura sobre pobreza existen diversas referencias a la necesidad de incorporar al tiempo en su medición. Por ejemplo, a principio de los noventa el comité encargado de revisar el método oficial para medir la pobreza en Estados Unidos reconoció que “dos familias con similares recursos económicos pueden tener una vasta diferencia en recursos de tiempo que de alguna manera debe ser tomada en cuenta para determinar su bienestar material” (Citro y Michael, 1995: 422). A pesar de reconocer la veracidad del viejo adagio “tiempo es dinero”, dicho comité no llegó a un acuerdo de cómo incorporar este recurso en la medición de la pobreza y, por tanto, lo excluyeron de la medición. Este comité basó su trabajo en la propuesta desarrollada por Vickery, que se analizará más adelante, y en el trabajo de Haveman (en coautoría con otros autores).4

Asimismo, Piachaud (1987) afirma que uno de los aspectos largamente ignorados en la definición y medición de la pobreza es el tiempo y la producción doméstica. De acuerdo con este autor “la pobreza es frecuentemente definida como la falta de recursos monetarios. El ingreso es normalmente definido como control sobre los recursos, pero por conveniencia este control es medido como ingreso monetario. Para fines de comparación entre distintas situaciones, el control sobre los recursos debería incluir una medida de producción doméstica –la cual depende del tiempo y las oportunidades” (p. 155). No obstante, este autor no hace una propuesta concreta sobre cómo incorporar al tiempo en la medición de la pobreza, sino que deja este tema dentro de una agenda de investigación.

Oscar Altimir (1979: 20) en su estudio pionero sobre la pobreza en América Latina afirma que ”los hogares cuenta con el recurso constituido por el tiempo y las habilidades de sus miembros, que pueden aplicar a actividades remunerativas o a otros quehaceres, dentro del condicionamiento impuesto tanto por los mercados de trabajo como por el medio social.” Mas adelante sostiene que los hogares solventan sus necesidades mediante la aplicación de sus recursos (tiempo, habilidades, empresas o activos para generar ingresos o venderlos para financiar gastos de consumo) y del ejercicio de sus derechos (prestaciones de la seguridad social o acceso a los sistemas subsidiados de educación, salud y vivienda) (Ibid. pp. 21). No obstante, a pesar de que señala que “la medición de la pobreza sobre la base de una definición multivariada que tenga en cuenta diferentes dimensiones del bienestar es posible” (p.24), opta por utilizar al ingreso como la única variable para la medición de la pobreza. Argumenta que existen dificultades en la agregación de indicadores múltiples del nivel de vida en un solo indicador (p.25).

Desde el enfoque de las necesidades humanas, Doyal y Gough (1991: 190) establecen que la ausencia de tiempo libre (después de considerar las actividades productivas y reproductivas) es un indicador para evaluar la satisfacción de la autonomía, una de las dos necesidades humanas básicas identificadas por estos autores.5 Otros enfoques consideran al tiempo de manera indirecta. Por ejemplo, Townsend (1979: 250) en su famoso libro sobre la pobreza en Gran Bretaña propone como indicadores para medir el grado de privación estándar de un hogar: si éste no ha tenido una semana de vacaciones el los últimos doce meses; si los adultos no han invitado a algún amigo en las últimas cuatro semanas; si no han salido fuera con un amigo en ese mismo periodo de tiempo; si no han tenido una tarde o noche de entretenimiento en la última semana. Siguiendo la tradición de Townsend, pero incorporando la percepción de la población sobre lo que es necesario para la mayoría de ésta en un estudio reciente de la Gran Bretaña (Gordon et al., 2000) incluye preguntas sobre la necesidad de contar con ciertos bienes o realizar algunas actividades que afectan la disponibilidad de tiempo en el hogar. Los bienes y actividades que se relacionan con la disponibilidad de tiempo (y que fueron considerados como necesarios por la mayoría de la población ) son: visitar a amigos o a familiares; celebrar ocasiones o fiestas especiales, como navidad; asistir a la escuela de los hijos en días especiales (día del deporte, por ejemplo); tener un hobby o actividad recreativa; tener lavadora de ropa; recoger a los niños de la escuela; tener una comida con amigos o familiares; tener televisión; realizar un asado o comida especial una vez a la semana; y disfrutar de vacaciones una vez al año.6

Desde la economía neoclásica la disponibilidad de tiempo se ha abordado en relación a la restricción que impone el trabajo doméstico (pero sobre todo el cuidado de menores) a la participación laboral. De esta forma, como lo señala Boltvinik (2004, cap.3) el hogar ideal (en sentido Weberiano) para los economistas es aquel en que todos sus miembros son asalariados, realizan todas sus comidas fuera del hogar y contratan los servicios de lavado, planchado y aseo del hogar. Los requerimientos de tiempo para trabajo doméstico serían igual a cero, necesitándose únicamente tiempo para el trabajo remunerado y el consumo. Así las actividades realizadas por los hogares se llevarían a cabo exclusivamente en la esfera del mercado (la venta de fuerza de trabajo y la compra de mercancías para el consumo). De esta manera, los hogares se convertirían en unidades puras de consumo, mientras que las empresas se especializarían en la producción / comercialización y el Estado sería el arbitro entre los demás agentes sociales y el encargado de proveer bienes públicos y servicios colectivos. Este modelo, sin embargo, tiene serias dificultades para funcionar, sobre todo por la existencia de hogares con requerimientos de crianza de menores, ya que la intervención de la fuerza de trabajo familiar es (prácticamente) inevitable, aunque el empleo de servidores domésticos o la crianza de menores en establecimientos especializados pueden disminuir fuertemente esta necesidad.

En el esquema neoclásico del modelo de la organización económica de los hogares (véase Becker, 1965) se reconoce que éstos requieren de tiempo para realizar diversas actividades que quedan fuera del ámbito del mercado. Para este enfoque los hogares buscan el bienestar de sus miembros no sólo mediante la venta o renta de sus recursos para obtener el ingreso para comprar bienes y servicios,7 sino que “sus recursos son utilizados dentro del hogar para producir bienes y servicios que contribuyan al bienestar de sus miembros: alimento, ropa, vivienda, servicios básicos de salud, socialización, cuidado, amor, esparcimiento, entre otros” (Bryant, 1990: 2).

En este modelo el tiempo es uno de los principales componentes de los recursos físicos y humanos con los que cuentan los hogares para buscar su satisfacción (o bienestar). Dentro de lo que se denominan actividades de trabajo se encuentran las mercantiles y las no mercantiles (o también llamadas domésticas) (Bryant, 1990: 7). En este modelo la maximización de la satisfacción (o del bienestar) por parte de los hogares está sujeto a restricciones monetarias y de tiempo. De acuerdo con Bryant (1990: 9) desde “los cincuenta y sesenta los economistas reconocieron la importancia del tiempo como una restricción del comportamiento. Debido a que el consumo involucra tiempo además de bienes y servicios, diversos académicos se dieron cuenta de que los hogares enfrentaban una restricción tanto de ingreso, como de tiempo limitado. Además, los recursos de tiempo y dinero están íntimamente relacionados debido a que el ingreso de los hogares aumenta a costa del recurso tiempo: los hogares intercambian su tiempo por sueldos y salarios en el mercado de trabajo.”

Más allá de las innumerables debilidades de este modelo,8 lo que importa resaltar aquí es que se reconoce al tiempo como un recurso necesario para que los hogares realicen diversas actividades vitales para el funcionamiento de la sociedad en su conjunto y puedan satisfacer cabalmente sus necesidades básicas. Sin embargo, la forma dominante de medir la pobreza considera al ingreso como el único recurso para medirla. Es decir, está rezagado con respecto a la teoría económica, en la cual se sustenta.


La medición de la pobreza de tiempo
En la actualidad se pueden identificar dos métodos de medición de pobreza desarrollados de manera independiente y que incluyen al tiempo como una variable fundamental para medirla. 9 El primero propuesto desde la economía neoclásica por Vickery (1977) y otro desde la perspectiva de las necesidades humanas y las fuentes de bienestar de los hogares por Boltvinik (1992, 1999). Una de las diferencias más fuertes entre los dos métodos de pobreza de tiempo es que mientras Vickery tiene como objetivo determinar el máximo número de horas que los adultos del hogar (mayores de 17 años) pueden dedicar al trabajo doméstico y extradoméstico, Boltvinik busca establecer la carencia de tiempo libre en el hogar.
La maximización del tiempo de trabajo (doméstico y extradoméstico)
Vickery (1977) elaboró una propuesta alternativa a la forma oficial de medir la pobreza en los Estados Unidos, sin embargo, sus propuestas no han sido retomadas hasta el momento. Su propuesta se basa en los postulados de Gary S. Becker (1965) sobre la asignación del tiempo en los hogares. Becker señala que existe un costo monetario para las actividades no productivas que debe ser considerado en la función de utilidad de los hogares, ya que el tiempo dedicado a éstas podría haber sido utilizado productivamente. De acuerdo con este autor los hogares son unidades tanto productivas como maximizadoras de utilidad (Ibid: 494-495). Critica a los economistas que separan tajantemente la producción del consumo, suponiendo que la primera ocurre en las empresas, mientras que el segundo se presenta en los hogares. De acuerdo con Becker “un hogar es realmente una ‘pequeña fábrica’: combina bienes, materias primas y trabajo para limpiar, alimentar, procrear y producir bienes útiles” (Ibid: 496). El enfoque del ingreso total, como Becker llama a su propuesta, permite, según el autor, unificar el tratamiento de todo tipo de sustituciones entre ingreso pecuniario y no pecuniario, independientemente de su naturaleza o si éste se lleva a cabo en el trabajo o en el hogar.

Becker sostiene que si bien el costo de oportunidad del llamado “consumo productivo” (dormir, comer y hasta jugar) ha sido considerado en el pensamiento económico, éste no había sido incorporado en el análisis de la toma de decisiones en el hogar.10 De esta forma, los miembros del hogar que son relativamente más eficientes en las actividades del mercado usarán menos de su tiempo en las actividades de consumo y viceversa (Becker, 1965: 512). De esta forma, los hogares enfrentan una restricción no sólo de ingreso sino también de tiempo.

Siguiendo el pensamiento de Becker, Vickery (1977: 27) sostiene que “si el mínimo nivel de consumo para no ser pobre requiere tanto de dinero como de producción doméstica, entonces los estándares oficiales de pobreza no miden correctamente las necesidades de los hogares”. Vickery (1977: 29) propuso un método de medición de la pobreza que llamó el estándar generalizado de pobreza,11 el cual considera la carencia de ingreso y de tiempo. Uno de los supuestos básicos de su modelo es que ni el nivel mínimo de tiempo12 ni el de ingreso13 por sí solos son suficientes para proveer un estándar de vida sin pobreza.

Esta autora propone calcular una línea de pobreza (LP) que incluye una cantidad de dinero adicional para pagar bienes y servicios que sustituyan el trabajo doméstico (o cuidado de menores) si el hogar no cuenta con suficientes horas-adulto para realizarlo. Uno de los principales problemas del índice de Vickery es que supone que todos los adultos del hogar están dispuestos a trabajar, a la tasa salarial prevaleciente, que no existen periodos de desempleo y que, si se trabajan menos horas de las que podrían hacerlo los adultos es por razones de preferencia. De acuerdo con el autor, la falta de horas-adulto desfavorece sobre todo a los hogares monoparentales encabezados por mujeres, quienes deberían de recibir una mayor compensación en los programas oficiales de ayuda contra la pobreza dada su carencia de tiempo.

Vickery propone remediar este problema mediante el establecimiento de normas de ingreso y de tiempo requerido para trabajo doméstico y extradoméstico. Plantea que “los recursos de cada familia están determinados por sus activos y por el número de horas adulto disponibles para ganar ingreso en el mercado o para producir bienes y servicios de consumo fuera de éste.”

Para construir el índice del estándar generalizado, Vickery (1977: 29) supone que los miembros del hogar requieren tener un tiempo mínimo (T0) (además del necesario para mantenerse física y mentalmente sano), para administrar el hogar (y en su caso, para supervisar a las personas contratadas para llevar a cabo las labores domésticas necesarias) y para convivir entre ellos con el fin de que éste funcione como unidad, independientemente del ingreso con el que cuenten, y un mínimo de dinero para satisfacer sus necesidades básicas (M0) independientemente de la cantidad de tiempo disponible en el hogar. Un segundo supuesto es que ninguno de los niveles mínimos de tiempo y dinero son suficientes por sí mismos para proveer un estándar de vida sin pobreza. Si sólo se cuenta con la cantidad de tiempo T0 (o de dinero M0), entonces el hogar necesita una cantidad de dinero M1 (o de tiempo T1) para alcanzar el umbral de pobreza (gráfica 1). La curva del umbral de pobreza que representa la combinación de dinero y de tiempo mínimos para tener un estándar de vida sin pobreza puede verse en la curva que forman los puntos AB de la gráfica 1.

Para establecer las normas de tiempo mínimo requerido en el hogar la autora se basó en una encuesta de presupuesto de tiempo realizada en Estados Unidos a 1400 hogares de clase media con la presencia de jefe de hogar y esposa en 1967. Las normas de requerimientos de trabajo doméstico están basadas en los tiempos que dedican a las actividades domésticas los hogares con desempleados, dado que Vickery supone que los hogares pobres son “menos eficientes” que la clase media para realizar este tipo de actividades.

Por otra parte, la norma de ingreso mínimo está basada en la “canasta alimentaria económica” definida por el departamento de Agricultura de los Estados Unidos como nutricionalmente adecuada para casos de “emergencia de uso temporal cuando los recursos están bajos” (itálicas agregadas). El costo de esta canasta es multiplicada por tres para obtener el ingreso total mínimo o M0. El punto T1, M0 representa la combinación del mínimo de insumos de mercado con el correspondiente tiempo necesario para que el hogar no sea pobre. Por su parte M1, T0 corresponde a la situación en donde la máxima substitución de dinero por tiempo no mercantil se ha hecho para mantener el nivel de consumo del hogar en el umbral de pobreza. M1 es igual a M0 más la cantidad de dinero necesaria para contratar el tiempo de otros para realizar las labores domésticas o adquirir bienes producidos en el mercado (Vickery, 1977 31-32).

Vickery establece como norma de tiempo mínimo necesario para el mantenimiento físico y mental sano de una persona 81.4 horas a la semana (7.6 horas diarias para dormir, 0.3 para descansar, 1.2 para comer, 1.1 para cuidados personales y 10 horas de tiempo libre a la semana). Tomando en cuenta que una semana consta de 168 horas, las disponibles por cada adulto en el hogar para realizar trabajo doméstico o extradoméstico son de 86.6 (Tm) (Vickery, 1977: 33). Los requerimientos de tiempo de trabajo doméstico (T1) dependen del número y edad de los miembros del hogar (véase cuadro 1). Así por ejemplo, un hogar conformado por un adulto y un menor requeriría 57 horas a la semana de trabajo doméstico. Si el adulto trabajara 40 horas a la semana, le quedan disponibles 46.6 horas para dedicarse al trabajo doméstico. Por lo tanto el hogar requerirá, además del dinero para cubrir la canasta mínima (M0), un ingreso adicional que le permita contratar el tiempo de una persona por alrededor de 10 horas a la semana, o pagar los servicios que no puedan ser cubiertos dentro de las 46.6 horas de las que dispone (ejemplo, lavado de ropa, comidas fuera de casa, guardería, etc.) Si el hogar no cuenta con este ingreso adicional, entonces es considerado como pobre.14

Al utilizar el estándar generalizado de pobreza aumenta el número de hogares pobres encabezados por mujeres con presencia de miembros de hasta 17 años de edad que se incrementa en 14% (272,000 hogares más con estas características), lo que a su vez aumenta el porcentaje total de pobreza de 8.8% a 9.3% del total de hogares en Estados Unidos en 1973 (Vickery, 1977: 34-35).

La propuesta de Vickery puede criticarse desde diversos puntos de vista. En primer lugar se construyó con una visión minimalista tanto de la línea de pobreza como de los requerimientos de tiempo libre en el hogar. Como fue señalado, la línea de pobreza utilizada sólo debe ser consumida temporalmente o en caso de emergencia. Se podría preguntar si la pobreza de los hogares tiene un carácter temporal o de emergencia. Por otra parte el establecimiento de canastas mínimas ha sido criticado sobre la base de que ignora el hecho de que los hábitos de las personas no están determinados por tal ejercicio de minimización (Sen, 1984: 12).

Además, la línea de pobreza utilizada por Vickery está totalmente alejada de las prácticas sociales, ya que supone que los hogares pueden comprar muy pocos productos en el mercado y que por tanto todos los alimentos consumidos por los miembros del hogar son preparados en casa (incluyendo las “entre comidas” o “snacks”). Esto requeriría que al menos un miembro del hogar dedicara todo su tiempo disponible a trabajo doméstico y que fuera un eficiente administrador(a) con habilidades para comprar inteligentemente (Vickery, 1977: 30, itálicas agregadas), situación que no concuerda con la disponibilidad de tiempo-adulto en la mayoría de los hogares pobres.

Por otro lado, en lo que se refiere al cálculo de la pobreza de tiempo Vickery asigna un precio de substitución del tiempo de trabajo doméstico por bienes y servicios adquiridos en el mercado muy bajo. 15 Además, el cuidado de menores es una actividad que tiene por lo general mayores costos que el del pago al trabajo doméstico y, por tanto, los hogares con requerimientos de este tipo de servicio quedarían clasificados como no pobres, a pesar de que su ingreso resulte insuficiente para cubrir esta necesidad.

La norma de tiempo libre de 10 horas a la semana es muy baja para los estándares socialmente observados. Suponiendo que estas horas se disfrutan los domingos, los adultos no tendrían derecho siquiera de mirar la televisión entre semana. Situación que se aleja considerablemente de la realidad. 16


El enfoque del tiempo libre
Desde el enfoque de las necesidades humanas, Boltvinik (1992, 1999, 2003) ha planteado que para la satisfacción de éstas los hogares disponen de seis fuentes de bienestar, entre las cuales se encuentra el tiempo disponible para educación, recreación, el descanso y las tareas domésticas.17 Siguiendo a diversos autores (Marx, Markus, Sen, Maslow; Doyal y Gough, Lederer; Kamenetzky), Boltvinik establece que las necesidades humanas son el elemento constitutivo del florecimiento humano,18 pero que no es a partir de este eje en el que podemos llegar al concepto de pobreza. El corte para distinguir a los pobres de los no pobres debe realizarse en el eje del nivel de vida. Para Boltvinik (2003: 11) “la diferencia entre ambos ejes consiste en que en el del florecimiento humano está el ser humano completo, con todas sus necesidades y capacidades, mientras que en el del nivel de vida están solamente los elementos económicos de dichas necesidades”.19

El autor plantea que existen tres tipos de satisfactores de las necesidades humanas: los objetos (bienes y servicios), las relaciones y las actividades. En todos los casos se requiere que el individuo invierta tiempo personal. Sin embargo, mientras que en algunos casos el tiempo es un satisfactor secundario (como el tiempo que dedicamos a comer, aunque no lo es el dedicado al abasto de alimentos y a su preparación), en otros cobra mucha mayor centralidad, como es el caso de las relaciones y las actividades (Boltvinik, 2003: 17).

Para obtener estos tres tipos de satisfactores los hogares cuentan con las seis fuentes de bienestar antes señaladas. A partir de éstas Boltvinik (1992) desarrolló el Método de Medición Integrada de la Pobreza. Este método combina el de la LP y el de necesidades básicas insatisfechas (NBI). Además, incorpora un índice que mide el exceso de tiempo de trabajo (ET).20 Este autor parte de una crítica a las mediciones de pobreza basadas en los métodos parciales de LP o NBI. De acuerdo con él, la limitación principal de estos métodos “consiste en que proceden, el primero, como si la satisfacción de necesidades básicas dependiera solamente del ingreso o del consumo privado corriente de los hogares; y el segundo, en sus aplicaciones usuales, elige indicadores de satisfacción de necesidades que básicamente dependen de la propiedad de activos de consumo (vivienda) o de los derechos de acceso a servicios gubernamentales (agua, eliminación de excretas y educación primaria), por lo cual implícitamente deja de tomar en cuenta las demás fuentes de bienestar. Es decir, en la medida en que las fuentes de bienestar consideradas por ambos métodos son distintas, el autor concluye que más que procedimientos alternativos, como se les suele considerar, son complementarios (Boltvinik, 1992: 355).

Asimismo, señala que las fuentes de bienestar tienen distintos grados de sustituibilidad. Por ejemplo, con un mayor ingreso se pueden sustituir algunos derechos de acceso a bienes o servicios gubernamentales, atendiendo necesidades como salud y educación privadamente, o bien, sustituir la no-propiedad de algunos activos de consumo (verbigracia, rentar una vivienda). Sin embargo, no hay sustituibilidad entre algunas fuentes. Con ingresos adicionales no se puede sustituir la falta de tiempo disponible para educación y recreación; si no están desarrolladas las redes básicas de agua y drenaje, no será posible (o será muy caro) acceder a estos servicios (Boltvinik, 1992, 355). Con el fin de evitar duplicidades, Boltvinik identifica cuales fuentes de bienestar tienen que ser verificadas por LP (las necesidades que dependan fundamentalmente del consumo privado corriente) y cuales por NBI (las necesidades que dependen conceptualmente o de manera preponderante -y para la mayoría de los hogares- del gasto público, y de la inversión acumulada del hogar).

Para el cálculo del tiempo disponible se utiliza en el MMIP el índice de exceso de tiempo de trabajo (ET). Este índice permite clasificar a los hogares entre pobres y no pobres por tiempo, de acuerdo con la disponibilidad de personas en el hogar para llevar a cabo el trabajo doméstico y extradoméstico. Cabe resaltar que una preocupación fundamental de Boltvinik al elaborar este índice fue considerar si los hogares cuentan con tiempo libre una vez que hayan cubierto sus actividades necesarias en el ámbito doméstico y éxtradoméstico. El autor considera que la cantidad de tiempo libre está, en parte, socialmente determinada ya que “depende de las costumbres sobre la duración de la jornada de trabajo, sobre los descansos semanales y anuales, inversamente de los ingresos del hogar (los hogares con problemas de ingresos se verán impulsados a intentar alargar las jornadas de trabajo o a incorporar más miembros a dicha actividad) y de preferencias individuales” (Boltvinik, 2000a: 5.) Asimismo, la necesidad de tiempo de recreación varía de acuerdo con la edad de los miembros del hogar. Por ejemplo, el tiempo necesario para actividades lúdicas es mayor para los niños y adolescentes, que para los adultos. A continuación presentaré una evaluación de los parámetros normativos del ET.



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