Pasear y leer



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PASEAR Y LEER
(Apuntes de fin de curso)

Antonio González





ÍNDICE


1. Donde nací

2. Fin de curso

3. Hebe


4. A Marialuisa

5. Pemán


6. Limpieza de carpetas

7. Universidad

8. Un lento adiós

9. Cumpleaños

10. Elogio de la literatura

11. La venta de Juan Palomeque

12. Aeropuerto

13. Elogio de Muñoz Molina

14. Lunes de Resaca

15. Abundio

16. PES

17. Papa Miguel



18. Ayer

19. Un relato inacabado

20. Testamento



1
DONDE NACÍ
Al llegar, desde el Campo de Gibraltar, a este pueblo granadino donde nací --va a hacer cincuenta años muy pronto--, la primera sensación que experimento es la de la sequedad, limpieza y finura del aire. Vivir con mi familia algunos días, en la casa donde nació mi esposa, pasear por estos campos solitarios --el olor de la madreselva junto al río...-- y pararme a saludar a algún hombre mayor que me conoce desde que nací: el reencuentro con mi infancia, el calor de la tierra.

Ayer, sábado, salí solo a pasear un poco, para airearme, antes de ponerme a corregir exámenes finales; pero no me apetecía volver a encadenarme a la tarea, y el paseo se fue alargando... Veo en la tierra las huellas de una fuerte y reciente tormenta: caminos y laderas abarrancados por el agua... El río baja bravo y henchido, con profunda ronquera de río satisfecho. En las lomas el viento norte sopla suave y fresco, en la sierra aún queda mucha nieve.

Al volver me paré en casa de mi amigo Antonio. Mientras nos tomamos una cerveza, hablamos de Juan Olid, el héroe del unicornio: con admiración de lectores agradecidos y entusiasmados.

17-06-01





2
FIN DE CURSO
Mi vecina y colega Mila me trae un CD para que lo oiga: Sonetos del amor oscuro, cantados por Amancio Prada. Le pregunto de quién son esos sonetos y siento un bochorno inmenso al oír su respuesta: "De García Lorca". Será, pienso, que sigue pasando en los institutos de ahora lo que pasaba en la Facultad cuando yo era alumno: "El siglo XX nunca se estudia"... Quizá mi memoria tampoco es ya lo que era: no lo lamento demasiado cuando olvido otros datos, pero en la literatura...

Hoy, primer día sin alumnos en el Instituto, tendremos las sesiones de evaluación... No sirven de mucho: cada profesor a sus alumnos los tiene ya evaluados en su asignatura... Pero tampoco están mal estas reuniones: se entera uno de alguna circunstancia a tener en cuenta respecto a algún alumno, hay casos dudosos...

En las correcciones de los últimos días, centrándome ahora sólo en el primer curso de Bachillerato, he confirmado, una vez más, que, salvo alguna honrosa excepción, los muchachos sólo estudian un día, el que precede al examen. Para entonces la explicación del profesor está olvidada; los apuntes, que no se pasaron a limpio en su momento, son un una maraña inextricable... Intentan memorizar del libro de texto algún rollete que no comprenden, prescinden --¡no hay tiempo!-- de la lectura de cualquier fragmento literario de los que allí aparecen... ¿Pero entonces las clases? Las clases hágalas usted amenas, que para eso es el maestro y para eso le pagan, que nosotros ya estudiaremos para el examen... Se añade que en el nuevo sistema la materia de la asignatura es amplísima: toda la lengua, todos los lenguajes, toda la literatura...

En fin, pensemos en lecturas agradables para el verano, olvidémonos de los exámenes. Vamos a releer a García Lorca... Recuerdo (¿memoria de viejo?) aquel lejano curso de Latín y Humanidades en el Seminario... Iba un servidor a participar en aquel concurso de redacción que patrocinaba Coca - Cola (que todavía existe, al parecer, pero del que yo no he visto nunca publicidad por el Instituto)... Algún profesor me recomendó, para ir formando mi propia escritura, leer a Lorca y a Pemán... Y fui obediente y los leí muchísimo... Pemán estaba más a mi alcance; Y después, en el verano, continué leyéndolo y releyéndolo en aquellos dos preciosos volúmenes de la colección Austral que me regalé: la Antología de poesía y el que contenía dos obras de teatro: Noches de levante en calma y Julieta y Romeo; hasta sabérmelos casi de memoria.

19-06-01



3
HEBE
Tiene cuatro años. Es mi hija menor, lo mejor que ha parido madre en este universo. Es inteligente, tierna, prudente, considerada y graciosísima, por decir sólo la infinitésima parte de sus bondades. Cuando me abraza y me dice "¡ay mi niño!", se me derriten hasta los huesos. Ella es como una pella de blanca manteca que yo quisiera estar amasando siempre. Llevarla de la mano por la acera es como estar enchufado a una milagrosa batería que me llena de vida la vida. Cogerla en brazos me convierte en el dios más feliz del universo.

De mis hijas mayores, Clara y Alma, sólo diré por ahora que me han traído esta mañana las notas del Instituto (tercero y primero de la ESO): son, respectivamente, óptimas y buenas. Clara, Alma y Hebe.


20-06-01


4
A MARIALUISA
En la cena de compañeros he hecho lectura pública de los versos que siguen:
En la etapa de tu vida que ahora empieza,

recuerda que te queremos, Marialuisa.

Para nosotros tu presencia es suave brisa,

y tu ausencia será nube de tristeza.

Como esta nube nos traiga la pereza,

el próximo curso no pisamos clase:

nos pedimos una baja colectiva

y esperamos que esta nube se nos pase

por más que el Insti se vaya a la deriva.

Marialuisa, Marialuisa, Marialuisa,

para nosotros tu presencia es fresca brisa.

Tú no eres para nosotros compañera,

eres duende, hada, musa, tabernera

de ricos licores que la Gracia expende

y sólo la tienda del Olimpo vende.

Si en el sitio adonde vas no te quisieran

igualito que nosotros te queremos,

iremos a separarte de esos memos

y, aunque todos los poderes se opusieran,

a llevarte, a devolverte, a retornarte

a los que aún no te han perdido y ya te esperan.
21-06-01



5
PEMÁN
Ayer por la tarde comencé a leer España bajo el Franquismo, edición de Josep Fontana (Crítica). El libro recoge aproximadamente la mitad de las ponencias (las de interés más general) de un "coloquio" (un congreso, más bien, diría yo) celebrado en el salón de actos de la Facultad de Ciencias Económicas de Valencia en noviembre de 1984. Los ponentes son todos profesores del departamento de Historia Contemporánea de esta Universidad. Fontana se disculpa por permitir que su nombre aparezca en la portada por "las convenciones del mundo editorial", y hace una introducción de treinta páginas titulada "Reflexiones sobre la naturaleza y consecuencias del franquismo". En esta introducción leí una cita de José Mª Pemán que me pareció espeluznante:
Los incendios de Irún, de Guernica, de Lequeitio, de Málaga o de Baena, son como quemas de rastrojos para dejar abonada la tierra para la cosecha nueva. Vamos a tener, españoles, tierra lisa y llana para llenarla alegremente de piedras imperiales.

Arengas y crónicas de guerra. Cádiz, 1937

No asociaba yo a aquel escritor con quien tanto me encariñé de adolescente con tan alto fervor por la causa de la "cruzada imperial". Sabía, naturalmente, que había sido partidario de los alzados en la guerra, que no tuvo que sufrir el exilio de tantos escritores y artistas y supervivientes republicanos en general, que había compuesto la letra de aquel himno nacional Arriba España... Pero yo a aquel viejecito que en tal grado poseía la chispa del gracejo gaditano, que había sido autor de tantos versos que yo leí y releí... Recuerdo la celebración de un 30 de Mayo en el Seminario... Un compañero recitó de memoria en la pista del frontón, ya bien entrada la noche, el poema de Pemán "Feria de abril en Jerez". Me gustó tanto aquella recitación, que me propuse aprerenderlo yo también íntegramente de memoria, a pesar de su larga extensión. Y lo memoricé, aunque yo no le di la tabarra con él más que a mi familia, una vez llegadas las vacaciones, especialmente a mi madre, que era, y sigue siendo la pobre mía, analfabeta. En fin... Don José María, a ti no te voy a releer este verano, como a Lorca, árbol quemado en aquella "quema de rastrojos": tiene cojones tu metáfora, viejo cabrón. Pero te jodes, porque aquel árbol ya había dado muchos frutos, entre otros estos Sonetos del amor oscuro, que ahora me canta, con su bien timbrada y melodiosa voz, Amancio Prada:

¡Esa guirnalda! ¡Pronto! ¡Que me muero!

¡Teje deprisa! ¡Canta! ¡Gime! ¡Canta!

Que la sombra me enturbia la garganta

y otra vez viene y mil la luz de enero.


22-06-01



6

LIMPIEZA DE CARPETAS
En mis labores epilogales del curso, en la carpeta de 4º de ESO, encuentro unas soleares que escribí en abril... Les mandé a los alumnos que compusieran una, vendiendo el ejercicio con el argumento de que la soleá es lo mínimo que se despacha en literatura (aunque no lo sea realmente, ya que la literatura está llena de poemas más breves; recordemos aquella jarcha de dos versos, poema tan intenso como breve: ¿Qué faré, mamma? / Meu al-habib est ad yana. O nuestro rico refranero): tres versos octosílabos con rima asonante entre el primero y el tercero... Ya se pueden imaginar las joyas literarias que la inmensa mayoría de los alumnos escribe en estas ocasiones... El trabajo de la abuela de encontrar y tirar la piedrecita en el puñado de lentejas, se invierte al corregir los ejercicios: buscamos una lenteja en el puñado de piedrecitas... ¡Tiempos difíciles para la enseñanza de la literatura!...

Para ilustrarlos en cuanto a la composición de la soleá, les escribí en la pizarra algunas de Lorca; también alguna escrita por mí cuando tenía la edad de estos alumnos (sin decirles la procedencia); y estas cuatro que compuse para la ocasión, y que ahora me da pena romper:


Me he mirado en el espejo

y en lugar de ver mi cara

he visto la de mi abuelo.

.........................................

Tienes la gracia en el culo.

Ojalá tu triste madre

te hubiera parido mudo.

.........................................

La gracia de un mal alumno

está en estudiar muy poco

y probar que sabe mucho

.........................................

Siempre habrá alguna avecica

que nos cantará al albor

(si somos de oreja fina).

23-06-01




7
UNIVERSIDAD
Por estas fechas, una nueva ley, por la que se rija la Universidad, se está gestando. Esperemos que sea para bien, porque, desde fuera, uno tiene barruntos de que el medio universitario, paradójicamente, es adonde menos han llegado los cambios sociales que se han producido en España durante el último cuarto de siglo. Lo que nos cuentan, por ejemplo, de primera mano los sobrinos, supone un triste panorama: catedráticos que no aparecen por clase (ocupados en faenas de más brillo, obsesionados por su afán de prestigio), o que actúan como padrinos de jóvenes profesores que en no pocos casos son bastante ineptos; favoritismo descarado ejercido también con determinados alumnos, explicaciones que se demoran eternamente en el tema sobre el que el catedrático ha hecho sus trabajos de investigación, y nula atención al resto de los temas que constituyen la asignatura... Claro que no hay que pensar que sólo haya de esto... Todas las épocas han tenido sus grandes maestros universitarios, e igualmente los tiempos actuales.

En las áreas de Filología y Ciencias Sociales (¿Hay alguna ciencia que no sea social?), que son las que me resultan menos lejanas, se constata un defecto que es un exceso: la desmadrada inflación de publicaciones. Miguel Ángel Garrido así lo recoge en un reciente libro que aspira a ser, si no es, manual universitario: Nueva introducción a la teoría de la literatura (Síntesis. Madrid, 2000). Copio del él un largo párrafo, muy gráfico, del capítulo titulado "Didáctica de la literatura":


En el ámbito estricto de la docencia universitaria, la actual enfermedad de los estudios vive en precario bajo el síndrome de la publicacionitis: la literatura secundaria sobre cualquier tema, y aún la crítica de la crítica y sus posteriores apostillas y reseñas, se desborda en una marabunta de publicaciones efímeras e irrelevantes en las que, en el mejor de los casos, se puede rastrear el hilo de las argumentaciones en tres o cuatro estratos hasta sus inconfesables fuentes. Esta "literatura" de segundo y tercer grado en que se glosa la glosa y se perora y discute en términos que sonrojarían al más mediocre de los gramáticos bizantinos sólo sirve para engrosar los tramos curriculares de los docentes: esa excrecencia investigadora (es un decir), que casi nunca aporta nada verdaderamente decisivo a la literatura tiene una función ancilar pero no para la ciencia (¡y no digamos para el arte!), sino para los contratos de los profesores universitarios que, de esa manera, ven resueltos o mejorados sus futuros laborales: se suceden así artículos, comunicaciones e intervenciones diversas en congresos en una faramalla monstruosa que crece en progresión geométrica, inversamente proporcional a su interés, y que amenaza con ocultar, bajo su hojarasca, casi siempre vacua, perentoria [?], circunstancial, el motivo inicial (¿alguien lo recuerda?) de toda esa avalancha: el texto literario y los caminos para su elucidación.

(pags. 325-26)


Aparte que el estilo no me parece el más adecuado para un manual, y que algún adjetivo podría haberse colado subrepticiamente en lugar de otro parónimo (¿formará parte este libro de la hojarasca impresa que critica?), nos permite hacernos una idea del triste panorama.

Desde hace bastante tiempo vengo yo también quejándome (quejas al viento sordo) de otro lamentable fenómeno que se percibe en este "ámbito" de la didáctica de la literatura: los profesores que publican no tienen nunca claro para qué lectores escriben (¿dan por sentado que no hay lectores?); parecen incapaces de quitarse de encima la sensación de estar siendo siempre juzgados por sus colegas. Ello trae como consecuencia el poco valor didáctico de las publicaciones destinadas, aparentemente, a los estudiantes, o a un amplio público medianamente culto. Cualquier maestrillo sabe que explicar bien un tema a los alumnos implica estar mirándoles a la cara, que es el espejo del alma, para ir viendo si entienden, si se cansan, si se entusiasman o se aburren... Cualquiera que escribe un texto del tipo que sea para su publicación, tiene que estar pensando en un perfil más o menos determinado de lector... Pues bien, se diría que estos sesudos profesores universitarios, cuando escriben para sus alumnos, están pensando (me refiero a los que

no están pensado sólo en su propia carrera, según la cita de Garrido), no en estos posibles alumnos, sino en las opiniones que les merecerán a sus colegas, y en los libros o artículos en que, a su vez, las expresarán. Un caso concreto (no por ser, ni mucho menos, de los peores, al contrario; por eso es el que ahora se me viene a la mente mientras olvido los demás), aunque no reciente:

El Libro de Buen Amor es, "sindudamente" (como decía un cierto amigo; ¿qué habrá sido de él?), la gran obra de la literatura castellana del siglo XIV. Se transmitió a los tiempos modernos, con muchos desperfectos, en tres manuscritos: dos de finales del siglo XIV y uno de principios del siglo XV. En versión modernizada, está al alcance de cualquier lector de mediana cultura, dispuesto, eso sí, a hacerse cargo de que su composición se realizó hace casi siete siglos. Es un libro ameno, variado, divertido, contradictorio, profundo, inquietante (a su autor, tomado como símbolo del pueblo español dedica un poema Gabriel Celaya en Cantos iberos: "¡Hola, Juan Ruiz, alto y bajo, tan real...!"). Para quien no es filólogo o estudiante de Filología, recomiendo la versión modernizada que, con enorme cariño y dedicación, hizo María Brey, de absoluto rigor y fidelidad al texto original. Es una modernización que se publicó por primera vez hace casi medio siglo, y que la autora siguió retocando en ediciones posteriores, limando pequeños fallos, buscando la pulcritud absoluta. Es una versión, insisto, destinada a un amplio público; sin embargo la autora no se resiste a ir colocando una batería de anotaciones a pie de página que no están destinadas a estos lectores, sino a los colegas, que pueden opinar sobre este trabajo con otra autoridad que la de los lectores. Estas notas están fuera de lugar para los "lectores naturales" del libro: su contenido es propio de una revista de filología. en este caso concreto, el perjuicio para el lector es menor: lee el texto y prescinde de las notas; pero es que en el lugar de esas notas tendría que haber otras: las muy interesantes que podría haber escrito la autora pensando en sus lectores naturales, y no en los que leían el Libro en la edición de Julio Cejador y sólo circunstancialmente tenían en cuenta la versión modernizada.

En fin, confiemos en que la nueva ley, que ahora se discute, contribuirá a sanear en todos los aspectos el mundo universitario.


24-06-01




8
UN LENTO ADIÓS
El curso acaba despacio... Se van haciendo los últimos exámenes; uno de ellos es, efectivamente, el último; pero no es la última clase... Si no vamos a poner un examen, a estas últimas clases llegamos preguntándonos si estarán los alumnos en el aula; en el caso de que efectivamente no hayan desaparecido, si estarán dispuestos a realizar algún trabajo para mejorar su conocimiento de la asignatura... Hace unos días , en una última clase de 1º de Bachillerato, la gran mayoría de los alumnos se había largado. Almudena, alumna aventajada del grupo, se fue (con mi permiso) a una clase de COU, vacía ya, llevándose a unos cuantos a explicarles algo de Matemáticas. A los pocos que se quedaron les dije que, puesto que ellos iban a tener todavía algún examen, que se pusieran a estudiar; que yo iba a corregir (agobiado yo también, como siempre en estas fechas, por el retraso en la corrección) y que se acercara a mi mesa el que quisiera preguntarme algo. Esto es algo que procuro evitar en una clase normal: las preguntas "íntimas", que son las únicas que, en general, están dispuestos a hacer los alumnos: ¿por temor al ridículo, por la costumbre de que todo sea privado, por falta de confianza con sus compañeros?... El muchacho levanta apenas el antebrazo y pregunta en un susurro inaudible:

--Puede venir? --Yo a mi vez le contesto con una interrogativa:

--¿Me vas a preguntar algo de mi vida privada o me vas a contar algo de la tuya?

--No...


--Pues entonces habla en voz alta y clara para que te oigamos todos.

--No... Déjelo. Es igual...

En fin: hoy pueden venir a preguntarme "en la intimidad"... Alguien se me acerca y me expone una duda que me confirma lo que ya sé: que el curso no debería estar acabando, sino empezando, porque estamos como al principio... Luego me pongo a corregir mientras ellos estudian, es decir, mientras charlan en voz baja... Alguno se levanta... El más caradura se acerca a curiosear qué exámenes estoy corrigiendo, y qué calificaciones les pongo... Los increpo para que empiecen de una vez a estudiar... El más caradura, un repetidor pasota, guasón y de colmillos retorcidos, contesta que están estresados, y que así no pueden estudiar... Los demás van tomando confianza, se acercan también a ver mis correcciones, y termino la clase corrigiendo rodeado de un corrillo que hace quinielas sobre la nota que voy a poner en cada ejercicio.

Luego vienen las sesiones de evaluación: también habrá alguna que será la última... La última cena de compañeros, a la que he asistido excepcionalmente porque despedíamos a la querida compañera Mª Luisa. La entrega del último boletín de calificaciones al último alumno, que llega tarde por no sé qué. El último papel de los infinitos que hay que rellenar en esta pesada burrocracia. El último claustro... Hay que dejar preparado el examen de septiembre, que luego aterrizamos como de la luna o más allá, y cuesta dios y ayuda meterse en faena. Hojear algunos libros de texto, candidatos a ser manuales el próximo curso. Hay que poner orden en el departamento, en la biblioteca, en la taquilla, en el casillero... Mientras tanto la novela que hemos elegido para empezar las vacaciones se ve postergada días y días, empezada ya, pero exasperadamente preterida...

Por fin llega un baño de playa que nos sabe de verdad a verano: monte, sudor, olor de hierba seca y chapuzón, gozoso chapuzón: ¡Ha llegado el verano: gaudeamus igitur!
26-06-01



9
CUMPLEAÑOS
Nunca he sabido la fecha del cumpleaños de mi madre. En cierta ocasión le leí la fecha que constaba en su documento de identidad: me dijo que no se correspondía con las referencias de estación que ella tenía sobre su propio nacimiento. Algo así:

--Aquí dice 20 de septiembre.

--No... A mí siempre me han dicho que yo nací en la primavera...

Me desentendí del tema...


Mi padre sí sabía muy bien la fecha de su nacimiento, y la repetía con frecuencia; no para que nadie olvidase el regalo, o por algún otro motivo de festejo, cosa de los tiempos de ahora (para fiestas, ya estaban la de la patrona y unas cuantas más...), sino para demostrar cultura: sólo los ignorantes --como mi madre-- desconocen la fecha de su nacimiento. Mi padre sabía leer y escribir: había aprendido en aquellas clases que se daban en el ejército a los reclutas iletrados. Mi padre estaba bien orgulloso de saber leer y de no tener que firmar con la estampación de las huellas dactilares (" firmar con el dedo").
Yo celebro (es un decir) por los comienzos del verano el feliz acontecimiento. Nunca he dado mayor importancia al asunto. Recuerdo que, siendo yo estudiante universitario, al poner la fecha en alguno de los últimos exámenes del curso, me dije: "Esta fecha me llama la atención... ¡Ah! ya caigo: es mi cumpleaños" Y nada más. Referiré, aquí y ahora, un par de anécdotas relativas a mi nacimiento; se corresponden con la versión materna y paterna, respectivamente:
La materna. Toda aquella mañana mi madre anduvo lavando en la Acequia Baja... Luego se puso de parto; y parió en la casa con la ayuda de la matrona o partera del pueblo. Después, cosa natural, tuvo hambre. La tía Isidora (la Iciora) le frió el único huevo que había en la casa. Para aliñarlo quiso ponerle el chorreoncito de vinagre que a mi madre le gustaba. Pero aquí vino la gracia, la desgracia: mi abuelo había guardado un desinfectante para curarle las mataduras a la burra ¡en el barril del vinagre! Toda la cocina se llenó de mal olor, y hubo que tirar el huevo frito. Y mi madre ayunó...
La paterna. Mi padre estaba segando en un cortijo situado a hora y media de camino del pueblo. Ya tenía dos hijos varones; y le hacía ilusión tener una niña. La cuadrilla comía migas, era medio día, a la sombra de un olivo cuando se presentó el Moreno, que llegaba del pueblo con el aprovisionamiento:

--¡Primo, tu mujer ya ha criao!

--Pero, ¿qué ha tenío: un niño o una niña?

--Un macho.

--¡Me cago en tal... Ya no quiero más migas! --Mi padre soltó una blasfemia tan redonda y negra como la sartén en la que comían las migas, al tiempo que arrojaba al suelo violentamente la cuchara... No sé cuántas migas llevaba comidas mi padre... Se puede deducir de los términos del relato que al menos las había probado, de modo que el ayuno de mi madre en aquella celebración fue más radical. La anécdota masculina la conozco por Manolo el Cabo, que entonces era un muchacho de catorce años, ya metido a trabajar como un hombre...

27-06-01





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