Paper ¿Es la economía “disruptiva” una fábrica de “camareros”? (El lado oscuro de la economía “colaborativa”) Introducción: la sociopatía de la economía disruptiva



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- Los más vulnerables ante el empleo: ¿cuántos y quiénes son? (Fedea - 17/3/17)

(Por Florentino Felgueroso)



Ayer se presentaron los resultados de un proyecto en el que tuve la suerte de participar. Digo suerte porque durante unos cuantos meses me permitió colaborar con (y sobre todo aprender de) varios expertos pertenecientes a un grupo representativo de entidades sociales entregadas a la inserción laboral de los colectivos más vulnerables: la Cruz Roja Española, el Secretariado Gitano, la Fundación Foessa -Caritas-, Inserta (de la Fundación Once), y la Fundación Tomillo, bajo el impulso y coordinación de la Fundación Accenture. En definitiva,  las personas y entidades mejor informadas de las barreras a las que se han de enfrentar día a día millones de personas en su acceso al mercado de trabajo, barreras responsables del drama social del paro y la pobreza que los indicadores oficiales del mercado de trabajo solo son capaces de reflejar parcialmente. Y, personas y entidades que con su trabajo diario intentan innovar y aportar soluciones para que se puedan superar estas barreras. El proyecto es una pequeña pieza más de una iniciativa colectiva, denominada Juntos por el Empleo de los más vulnerables, en la que participan cerca de un millar de organizaciones del sector privado y del tercer sector, y a la que Fedea se ha adherido aportando un granito de arena académico.
Lo que presentamos fue un primer estudio sobre Población Especialmente Vulnerables ante el Empleo en España. Su objetivo: cuantificar y caracterizar a las personas más vulnerables, el colectivo objetivo de las ONGs que trabajan en la colocación, orientación y formación de este segmento del mercado de trabajo.
En principio, este objetivo parecía fácil de alcanzar. Bastaba en efecto con utilizar las bases de datos de estas ONGs y contabilizar a todas las personas que tenían registradas: unas 500.000. Pero, en realidad, éstas solo son las personas que han acudido para participar en sus programas, ya sea directamente o “transferidas” desde servicios públicos de empleo y servicios sociales. Acudir a una ONG supone aceptar habitualmente que se está atrapado/a en la trampa de la pobreza o exclusión social, y que se necesita ayuda para salir de ella,  y no todos los que están afectados por este fenómeno están dispuestos a aceptarlo, ni tienen información sobre el tipo de servicios que pueden ofrecer las entidades sociales. Sus registros no son, por lo tanto, suficientes para llegar a cuantificar el colectivo de personas más vulnerables ante el empleo.

Después de varias reuniones, acordamos conjuntamente que la persona tipo que queríamos caracterizar debía cumplir las siguientes condiciones: estar capacitada para trabajar, en el sentido de que desee trabajar y está disponible para el trabajo, residir en hogares pobres y estar en riesgo de permanecer atrapada en una situación de desempleo o de pobreza laboral, es decir, estar en situación de riesgo de no conseguir unos ingresos mínimos anuales con su propio trabajo en los próximos 12 meses. A esta persona la denominamos “especialmente vulnerable ante el empleo”. También decidimos rápidamente que el umbral de ingresos laborales mínimos sería el SMI, en lugar de una indicador relacionados con una media o mediana salarial, demasiado afectadas por efectos composición.

La solución alternativa al uso de los registros de las ONGs pasaba simplemente por utilizar los indicadores de pobreza o exclusión social, y analizar la vinculación con las situaciones laborales de las personas registradas en los servicios públicos de empleo o incluidas en alguna macroencuesta.  La opción de los datos de los registros de los SPE pronto fue descartada. Además de no proporcionar información sobre la composición de los hogares y sus rentas, la experiencia de las ONGs indicaba que una parte notable de los más vulnerables, ni tan siquiera están en alta como demandantes en los SPE. La opción de la macroencuesta más evidente era la Encuesta de Calidad de Vida (ECV) que proporciona el indicador AROPE (at risk of poverty or social exclusion)  y de riesgo pobreza  laboral (in-work poverty). Pero estos indicadores resultaban claramente insatisfactorios para identificar a nuestro colectivo, por múltiples razones: su información sobre rentas (y por lo tanto pobreza) llega con demasiado retrasos con un desfase medio de dos años respecto a la situación actual; la información sobre situación laboral y características de los empleos era demasiado limitada para nuestros propósitos, y la definición de riesgo no se refería a la trayectoria laboral más probable de las personas encuestadas, sino a las rentas pasadas de todos los miembros del hogar.


Así que emprendimos una marcha bastante atrevida. Utilizar como fuente de datos a la propia EPA. Nos permitía seguir a las personas durante seis trimestres consecutivas, tenía información precisa sobre el tipo de situación y condiciones laborales, los deseos de trabajar, la disponibilidad y los motivos para buscar o dejar de buscar empleo. Además,  su tamaño la hacía más representativa para hacer perfilados detallados y desde noviembre del año pasado están disponibles los microdatos de la muestra anual de salarios. Estos últimos datos nos permitieron estimar una ecuación de salarios e imputar un salario mensual a todos los miembros ocupados de los hogares incluidos en la EPA trimestral ordinaria y la de flujos.

Así que, en primer lugar, definimos un colectivo de referencia que denominamos potencialmente vulnerables y que está formado por las personas que aun siendo consideradas inactivas en la EPA, desean trabajar y están disponibles para el trabajo (IDTD), simplemente no habían buscado activamente empleo por algún motivo como el desánimo o por un impedimento familiar, de dependencia o físico. También incluimos a los parados (es decir, que si buscan activamente empleo) y, finalmente, las personas en precariedad laboral. Este último colectivo está formado por aquellas personas que en el momento de la encuesta estaban ocupados pero sus condiciones laborales implican que con frecuencia no consiguen alcanzar el salario mínimo anual. Según los datos de la ECV y de la Muestra Continua de Vidas Laborales (historiales de afiliación a la seguridad social), esto ocurre con alta frecuencia con las personas de bajos salarios (salarios mensuales equivalentes a tiempo completo), contratos temporales y fijos discontinuos que trabajen menos de 10 meses y con los empleos a tiempo parcial. Para los trabajadores a tiempo parcial se impuso como requisito que no fueran voluntarios, es decir, excluimos aquellas personas  que no deseasen un trabajo a tiempo completo, y los estuvieran realizando estudios en el sistema educativo reglado, y para los que tuvieran contrato temporal, que el tiempo restante del contrato fuera inferior a 10 meses, o fuera desconocido. Pueden leer en mayor detalle en el documento cómo se delimitó cada subgrupo y cómo evolucionó en la última década.



Este colectivo de vulnerables potenciales superaba los 10 millones de personas en el 4 trimestre del año 2016. Una vez localizado le hicimos pasar dos filtros: el primero que estuviera en un hogar con ingresos laborales (estimados) por unidad de consumo bajos (60% por debajo de la mediana) o que fuera un hogar de baja intensidad laboral (que el número total de horas efectivas trabajadas semanalmente por los miembros del hogar entre 18 y 59 años fueran inferiores al 20% de horas que podrían teóricamente trabajar a tiempo completo).

Y finalmente, para conseguir el colectivo especialmente vulnerable ante el empleo (EVAE) procedimos a aplicar un segundo filtro, con la ayuda de la EPA de flujos, estimamos la probabilidad de disponer de un empleo antes de 12 meses, y percibir un salario medio mensual (en los cuatro trimestre siguientes a la primera encuesta) superior al salario mínimo.  Para determinar los umbrales de probabilidad que permitieran asignar a cada persona al grupo EVAE utilizamos el análisis de curvas ROC.


En definitiva, paro aquí con la descripción de la metodología, y les remito al documento si desean más explicaciones. Los resultados principales se pueden mostrar en el siguiente gráfico:

graf

De los 10,3 millones de personas potencialmente vulnerables en 4º trimestre de 2016,  5,2 millones (un 51%) estaban en hogares de bajos ingresos o baja intensidad laboral, primer filtro), y de éstas, 4,2 millones de personas estaban en riesgo de permanecer sin empleo en el 2017, o en riesgo de estar en situación de pobreza en el trabajo (2º filtro), es decir, se ajustaban a nuestra definición de población especialmente vulnerable ante el empleo (EVAE).

Suponían el 13,9% de la población de 16 a 64 años, lo que denominamos tasa EVAE, un 6% está en riesgo de permanecer sin empleo y un 7,9% en riesgo de pobreza en el trabajo.  En el documento podrán encontrar como varían estas tasas según características sociodemográficas, nivel educativo y CCAA de residencia.
Conclusiones
Por decir la verdad, tenemos la ambición de que este indicador sea referencia para algo. Para empezar, porque es un indicador que permitirá analizar más rápidamente la evolución de la pobreza laboral al mismo tiempo que la evolución del paro y del empleo, y por lo tanto evitar conclusiones que pueden ser equivocadas cuando se hace con los indicadores actuales de pobreza que nos llegan con tanto retraso. Este indicador aún es muy mejorable, pero está en manos del INE, y le animo desde aquí a que tome el relevo, lo calcule regularmente o mejore la disponibilidad de los datos, para que no se tengan que hacer tantos supuestos a la hora de generar indicadores de este tipo.

Pero sobre todo, para que seamos conscientes de la magnitud del problema. Que la intensa creación de empleo de la que estamos disfrutando no beneficia a todos por igual. Sigue existiendo un colectivo de tamaño más que considerable que sufre el drama de la pobreza por las barreras a las que se ha de enfrentar en su acceso al mercado de trabajo. Que no son tiempos para los monopolios, sino para la colaboración de todos los sectores implicados en los servicios de empleo y formación. Cada uno con una mayor o menor peso en el segmento en el que se muestre más eficaz (y eficiente). Sinceramente, no veo otra vía.

- España, el tercer país de la UE en el que más subió la pobreza en la crisis (Cinco Días - 21/3/17)

La población en riesgo de pobreza creció 4,8 puntos durante la crisis y se situó en el 28,6% del total, solo por delante de Grecia, Chipre o Italia.

(Por Carlos Molina)

Tras seis años consecutivos de crisis, la economía española ha encaminado una recuperación inédita por la velocidad del crecimiento y por la diferencia frente a sus principales vecinos europeos. El PIB ha avanzado un 3,2% anual en 2015 y en 2016 y en esos dos ejercicios se han creado 958.000 puestos de trabajo (495.000 en 2015 y 463.000 en 2016), mientras que la tasa de desempleo ha retrocedido cinco puntos, desde el 23,7% al 18,63% de la población activa.
Unos beneficios que no han llegado a una gran parte de la población, muy castigada por el paro de larga duración, la falta de cualificación y los bajos salarios. Fue Ángel Gurría, el secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el que dio la voz de alarma la pasada semana durante la presentación del informe del citado organismo sobre la economía española. “La crisis ha dejado cicatrices que menoscaban el bienestar, siendo las más visibles unos niveles todavía muy elevados de desempleo, pobreza y desigualdad. Es fundamental que España consiga incorporar a un mayor número de personas al mercado de trabajo, pero también debe centrarse en la calidad del empleo para asegurarse de que las ventajas del crecimiento se comparten en mayor medida entre la población y para crear mejores oportunidades para las generaciones futuras”, remarcó Gurría durante su intervención. Un análisis que choca con el diagnóstico del Ejecutivo, que defiende la fortaleza de la economía española, con un crecimiento del PIB que duplica a la media de la zona euro y una creación de empleo de medio millón de puestos de trabajo que puede devolver la cifra de ocupados a niveles precrisis a final de esta legislatura.

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Los datos de Eurostat, la oficina estadística de la Comisión Europea, avalan las tesis de la OCDE. Este organismo mide la desigualdad a través de una estadística que compara la evolución de los ingresos del 20% de la población con la mayor renta disponible y la compara con los del 20 % con menor renta disponible. En 2008, el 20% más rico ganaba 4,9 veces más que el 20% más pobre; siete años después, esa cifra subió a 5,2, tres décimas de incremento. En esa estadística hay cuatro naciones (Lituania, Rumania, España y Estonia) donde la desigualdad ha crecido por encima de un punto, más de tres veces que la media en la zona euro. El caso de España es especialmente llamativo porque es el más grande y el más desarrollado de los cuatro. En 2008, el 20% más rico ganaba 5,6 veces más que el 20% más pobre, mientras que en 2015, esa cifra escala al 6,9. Solo Lituania, Rumanía o Bulgaria tienen porcentajes superiores. En el otro lado hay doce países de la UE en los que la brecha entre los más ricos y los más pobres se ha reducido en la crisis y entre ellos se encuentran Portugal (6), Alemania (4,8), Francia (4,3), Holanda o Bélgica (3,8).

El otro indicador que revela el deterioro de las condiciones de vida en España es el del porcentaje de población en riesgo de pobreza. Eurostat incluye aquí a los ciudadanos que perciban unos ingresos por debajo del 60% de la media nacional una vez recibidas las transferencias sociales correspondientes (pensiones, prestaciones por paro, ayudas públicas….). En 2008, el porcentaje de población en esa situación era del 21,7% en la zona euro, del 23,7% en la Unión Europea y del 23,8% en España. Siete años después, esos porcentajes se han situado en el 23,1% (subida de 1,4 puntos), en el 23,7% (sin cambios) y en el 28,6% (4,8 puntos). De esta manera, España se ha convertido en el tercer país de la UE en el que más población ha pasado a estar en riesgo de pobreza durante la crisis, con un avance de 4,8 puntos, solo superada por Grecia y Chipre, ambas sometidas a los ajustes draconianos tras ser rescatadas. En este avance ha tenido un peso determinante la devaluación salarial iniciada en 2012 y las sucesivas subidas de impuestos que se han aprobado en las dos legislaturas de Mariano Rajoy. Especialmente llamativa fue la subida del tipo general del IVA, cuyo incremento de tres puntos la situó como la nación que más incrementó la presión fiscal en ese tributo.

En diez de los 27 países que componen la UE, la población en riesgo de pobreza ha bajado durante la crisis. Especialmente llamativos son los recortes experimentados por los países menos desarrollados. El ajuste más importante se ha producido en el caso de Polonia, en el que ese colectivo ha pasado del 30,5% de la población en 2008 al 23,4% en 2015, con un ajuste de 7,1 puntos, seguido por Rumania, con otro ajuste de 6,8 puntos, en el que el colectivo afectado por el riesgo de pobreza ha descendido desde el 44,2% al 37,4% de la población.

- 35 años, sin empleo y “enganchado” a las pantallas: EEUU se pregunta qué hacer con sus nuevos ninis (Libertad Digital - 26/3/17)

Desde comienzos del siglo XXI, crece el porcentaje de norteamericanos en edad de trabajar que se quedan al margen del sistema.

(Por D. Soriano)

Del 81,5% en el año 2000 al 78,2% en 2017. Son tres puntos de diferencia en 17 años. No parece demasiado. Muchas otras estadísticas económicas se han movido más. Sin embargo, ésta es especialmente significativa y refleja un problema que tiene muy preocupados a economistas, periodistas, políticos e intelectuales norteamericanos. Es el tema del momento (para mal, claro).

Porque esas dos cifras reflejan el porcentaje de la población estadounidense entre 25 y 54 años que tiene un empleo. Hablamos de eso que los americanos llaman “prime working lives”, el momento en el que se supone que todo el mundo debería estar trabajando. Antes de los 25 se entiende que muchos todavía se están formando; y a partir de los 55, empiezan las prejubilaciones, posibles enfermedades, retiro para los que hayan ahorrado lo suficiente... Pero entre los 25 y los 54 no hay excusas. La incorporación de la mujer al mercado laboral había conseguido que esa cifra creciera casi sin interrupción desde la Segunda Guerra Mundial. Algún bajón de unos pocos trimestres que coincidía con las recesiones y poco más. Hasta ahora. Porque además no sólo ha caído el porcentaje de los que tienen un empleo, sino también la tasa de actividad (que incluye a los que, estando en paro, siguen dentro del mercado laboral, buscando un trabajo). Cada vez son más los que deciden, simplemente, quedarse al margen del sistema.

Son los nuevos ninis, adultos jóvenes, menores de 45 años, que no tienen trabajo ni quieren tenerlo, al menos en el corto plazo. Solteros en su gran mayoría. Viven en casa de sus padres y los pocos ingresos que obtienen los reciben por pequeños trabajos al margen del sistema o les llegan de programas de ayudas públicos.

¿Por qué?

No, no es el por el paro, que está en niveles históricamente reducidos. Porque además, como decimos, no sólo ha caído la tasa de empleo (porcentaje de los que tienen un trabajo): también se ha desplomado la tasa de actividad, que une a los que tienen un empleo y a los que, aunque estén en paro, están buscando uno. Y tampoco es por una recesión que hace años terminó: la tasa de empleo ha mejorado algo en los últimos trimestres gracias a la recuperación de la economía norteamericana. Además, la tendencia comenzó bastante antes de 2007.

Tampoco es normal: desde la Segunda Guerra Mundial nunca ha habido un período tan prolongado de tiempo en el que se haya registrado un descenso de esta ratio. Por eso es uno de los temas de moda entre los economistas y periodistas estadounidenses.

En la búsqueda de culpables, los analistas señalan a algunos sospechosos habituales y también a nuevos elementos que están cambiando el paisaje de la sociedad americana. Así, en primer lugar se apunta a la globalización y a la automatización, que han acabado con miles de empleos en el sector industrial. Según esta versión, las últimas décadas han visto como desaparecían las oportunidades laborales para los estadounidenses de baja cualificación (aquellos que no terminan el high school o que se limitan a sacarse el título de secundaria). No es sólo que haya menos empleos en los sectores que han ocupado estos trabajadores, que también; sino que, además, el tipo de trabajo al que tienen acceso es más precario, peor pagado y corre más riesgo de ser eliminado en cualquier momento por la creciente robotización.

En este sentido, se dibuja un panorama en el que adquieren relevancia aspectos que podríamos llamar económicos, como los bajos salarios y la falta de estabilidad en estos nuevos empleos. Pero que también tiene una perspectiva social. Podría resumirse en algo así como: “No es sólo cuestión de si el salario que cobra este tipo es más alto, igual o más bajo que el que cobraba un trabajador de baja cualificación en 1985. Es que, además, no es lo mismo, desde el punto de vista de su realización personal, trabajar en un WalMart, que es lo que tiene más a su alcance el nini del 2015, que hacerlo en una planta automovilística en Detroit, como hacía su padre”.



Si el enfoque es correcto o no, es otro tema. Pero lo que sí es cierto es que buena parte de los nuevos empleos se están creando en el sector servicios. Muchos de ellos, por cierto, en sectores en los que tradicionalmente ha habido más presencia femenina (desde la educación a los cuidados médicos), algo que también cobra importancia cuando se analizan las cifras y se ve que, aunque también las mujeres han visto reducida algo su tasa de ocupación, algo nuevo y que rompe con una dinámica de medio siglo de integración en el mercado laboral, han sido los hombres de mediana edad sin formación el grupo demográfico que más ha sentido los efectos de este cambio de tendencia.

En segundo lugar, tenemos la caída de la remuneración para estos empleos. En general, toda la economía norteamericana ha sufrido este fenómeno, como el resto de las occidentales, por otro lado (de hecho, quizás en EEUU se ha notado menos que en otros países). La prima de cualificación (lo que puede esperar ganar un titulado universitario frente a un trabajador que sólo tiene estudios secundarios) se ha disparado en el último medio siglo, especialmente en determinadas ocupaciones asociadas a la tecnología, el cuidado de la salud o los mercados financieros.

Para numerosos autores, el Estado del Bienestar norteamericano tiene su parte de culpa en este fenómeno. La discusión tradicional en este punto ha girado en torno a la dimensión de las ayudas. Ahora se pone la lupa más en el diseño. Porque a pesar de lo que se crea en Europa, en muchas partidas el gasto de las de las diferentes administraciones norteamericanas no está tan alejado de las del Viejo Continente. Pero la clave no es sólo cuánto, sino también cómo. Aquí tendríamos varios problemas relacionados. El primero es quién recibe estas ayudas: tanto en EEUU y en Europa, buena parte del gasto vuelve a los bolsillos de la misma clase media que los pagó antes con sus impuestos, en un juego de ida y vuelta ineficiente y con pocos réditos para aquellos que entran en una situación puntual de necesidad. La segunda derivada tiene que ver con la famosa trampa de la pobreza: un esquema de subsidios que acaba consolidando la situación contra la que en teoría lucha.

Las cifras nos indican que existe una población creciente que está estancada en esta situación, ya sea por miedo a la pérdida del que hasta ahora es su único medio de vida o por falta de las habilidades más básicas que el mercado demanda. Y lo que debería ser una ayuda puntual, acaba cronificando una realidad indeseada. En este sentido, el Estado norteamericano (como muchos europeos) se ha mostrado dolorosamente incapaz e ineficiente en la readaptación de los trabajadores que se quedaron atrás por el cambio tecnológico o de los jóvenes que fracasaron durante su etapa educativa.



Por último, existe un último elemento, sorprendente quizás, pero al que muchos analistas señalan como culpable en parte del fenómeno: las posibilidades de ocio de calidad a bajo precio. Internet ofrece en estos momentos una alternativa para esos ninis treintañeros que antes no existía. Es decir, hace 20 o 30 años, un tipo de mediana edad sin empleo tenía pocas opciones más allá de darse un paseo por el pueblo o deambular de acá para allá con los amigos. Ahora tiene, por unos pocos dólares, acceso a juegos online, películas, series y todo tipo de redes sociales. Cuidado, esto tiene efectos que también son positivos: por ejemplo, el descenso en la tasa de criminalidad de los últimos años se asocia, al menos en parte, al tiempo que muchos jóvenes desempleados pasan en casa y que les aleja de tentaciones más peligrosas.

Pero desde el punto de vista del mercado laboral, la combinación es explosiva. Bajos salarios, empleos poco atractivos, cierre de industrias tradicionales, subsidios mal diseñados que desaniman la formación y la reintegración en el mercado laboral, y distracciones de todo tipo y al alcance de un click. Ryan Avent, corresponsal de The Economist y autor de La riqueza de los humanos, un libro publicado hace unos días en España, sobre las nuevas formas de empleo y los riesgos que suponen para determinadas clases de trabajadores, lo explica así:

La sociedad suele proporcionar un suelo de ingresos mediante programas de subsidios, el apoyo de la familia o la beneficencia. Cuando los ingresos del mercado disponible caen por debajo de ese suelo, los ciudadanos dejan de buscar trabajo y, en su lugar, deciden vivir con la familia, del paro o de ayudas estatales. Y tal elección se volverá más atractiva a medida que la tecnología reduzca el coste de servicios básicos y del ocio. Pasar la vida tumbado en el sofá de tu hermano viendo Netflix puede ser bastante deprimente, pero si el único trabajo disponible es embrutecedor y agobiante y encima reporta un salario ínfimo, entonces el desempleo puede presentarse como la opción más atractiva.

Las cifras

Lo cierto es que sobre las causas hay mucha discusión. Unos y otros buscan culpables. Hay quien, como Avent, se fija más en los salarios. Otros apuntan a cambios sociales, interferencias normativas o rigideces de los mercados. Pero de lo que casi nadie duda es de la magnitud del problema y de que es creciente. No hay ningún gran medio norteamericano que no le haya dedicado reportajes, columnas, artículos y análisis en el último año. Los siguientes enlaces, de Commentary Magazine, The Atlantic o The Washington Post son sólo un ejemplo. También lo reflejan estadísticas oficiales internacionales, como el OCDE Employment Outlook, y nacionales, como las del Bureau of Labor Statistics.

Y menudean los libros publicados en los últimos años que tratan este tema con enfoques muy diversos, centrándose en temas sociales o económicos, desde la izquierda o la derecha. Muchos de ellos se han convertido en bestsellers y sus conclusiones son glosadas, criticadas y analizadas en los medios. Casi se ha generado un subgénero, con títulos como El desmoronamiento, de George Paker (en España, publicado por Debate), Hillbilly, una elegía rural, de J.D. Vance (que publica Deusto en los próximos días), Men Without Work: America's Invisible Crisis de Nicholas Eberstadt o el ya mencionado La riqueza de los humanos, de Ryan Avent (en Ariel).

Éstas son algunas de las cifras más preocupantes:

- La tasa de empleo entre los norteamericanos de entre 25 y 54 años está en el 78,2%, a 3,5 puntos de su máximo del año 2000. Es cierto, ha mejorado algo desde el 74,9% de 2011, pero sigue siendo un nivel muy bajo, similar al de mediados de los años 80, cuando el ritmo de la incorporación de la mujer al mercado laboral parecía marcar una tendencia ascendente imparable para la ratio de ocupación general.

- Si ampliamos un poco la muestra, la relación número de trabajadores / población adulta total está en mínimos de tres décadas. Es cierto que en parte es culpa de la jubilación de los baby-boomers y también le afecta el fenómeno de los jóvenes que alargan su etapa universitaria. Pero hay mucho más. Y esto tiene una enorme importancia económica. Simplemente volviendo al nivel de ocupación entre la población adulta en el año 2000, se añadirían 10 millones de empleos a la economía norteamericana. Si sólo tomamos la población de 25 a 54 años, nos encontramos un déficit de 5 millones de empleos.

- En 1957, el 97% de los hombres entre 25 y 54 años formaba parte de la fuerza laboral (ya fuera porque tenía un empleo o porque buscaba uno), ahora mismo, esa cifra ya está por debajo del 90%. Como dice George Will en su columna del WP, incluso las estadísticas deberían cambiar para reflejar esta realidad. Cuando se crearon, las cifras de paro eran la medida del problema, porque se intuía que cualquier adulto en edad de trabajar que no tuviera un empleo lo estaría buscando. Y los pocos que no lo hacían, era porque tenían una razón justificada (estudiantes, personas con enfermedades graves…). Nadie había previsto este fenómeno de inactivos voluntarios.

- Tampoco es buena la imagen si la comparamos con lo que está ocurriendo en otros países ricos. Por ejemplo, en el conjunto de la OCDE, la tasa de empleo para adultos de 25 a 54 años se mantuvo más o menos constante entre 2000 y 2014, de 75,8% a 76,0%. En EEUU pasó de 81,5% a 76,7%. Entre los hombres, el descenso fue del 89 al 83,6%. Incluso entre las mujeres, especialmente entre las de baja cualificación, se está observando, por primera vez en medio siglo, un descenso en su participación laboral. De hecho, la tasa de actividad y empleo de las mujeres sigue por debajo en todos los grupos de edad, pero como el descenso para los hombres de mediana edad es más acusado, la brecha de participación en el mercado laboral se está cerrando poco a poco (no deja de ser una triste noticia que lo que durante unas décadas se consiguió porque las mujeres accedían al mercado ahora se logra porque los hombres salen del mismo).

- La tasa de actividad para hombres de 25 a 54 años estaba en 2014 en el 88,2% (usamos este año porque es el último para el que hay cifras de la OCDE para todos sus países). Sólo Italia con un 87,7% tenía un dato inferior. Incluso España, a pesar de sus problemas de paro, mostraba un 92,6% de tasa de actividad para este grupo de población.

- Es cierto que el número de trabajadores en EEUU está en máximos, con más de 152.000 millones de personas con un empleo. Como también lo es que el paro está en mínimos, por debajo del 5% (cerca de lo que siempre se ha considerado pleno empleo técnico). Pero eso es porque desde el año 2000 la población en edad de trabajar se ha incrementado en un 18%. Mientras, el número de horas trabajadas ha crecido sólo un 4%. La ratio horas trabajadas por cada adulto en edad de trabajar ha caído un 12% desde comienzos de siglo.

- No es sólo cuestión de empleo. La productividad también se resiente en la primera economía del mundo. Entre 1948 y el año 2000 el PIB per cápita creció a un ritmo medio del 2,3%, incluso con la recesión de los años 70. Desde comienzos del siglo XXI, apenas roza el 1% anual. Como explica Nicholas Eberstadt en Commentary Magazine, “si entre el año 2000 y 2016 el crecimiento del PIB per cápita hubiera sido como el del medio siglo anterior, ahora mismo el estadounidense medio ganaría un 20% más”.

- Por cada hombre parado de entre 25 y 54 años, hay dos ninis. Por primera vez desde los años 40, hay más jóvenes adultos de menos de 35 años viviendo con sus padres (35%) que en pareja (28%). Sólo el 15% de los ninis de mediana edad declararon que están en esa situación por su incapacidad por encontrar un empleo; el resto aducía diversos motivos no relacionados directamente con problemas del mercado laboral. El 22% de los hombres jóvenes que estuvieron desempleados en 2015 declaró que tampoco había trabajado en ningún momento del año anterior.

- No sólo es que no trabajen, es que además no hacen nada útil, como actividades comunitarias o vecinales. Pasan el día pegados a una pantalla. Las encuestas dicen que estos ninis adultos pasan una media de 2.000 horas al año viendo la televisión, navegando por internet o jugando videojuegos. Visto así, es como un empleo a jornada completa.


El futuro

¿Y ahora qué? ¿Será también en esto EEUU un indicador adelantado de lo que le espera al resto del mundo occidental? En España las tasas de ocupación, sobre todo entre los hombres, siguen todavía muy por debajo de su nivel previo a 2007. Así, en el último trimestre de 2016 había 18,5 millones de ocupados según el INE, 10 millones de hombres y casi 8,5 millones de mujeres. Pues bien, nueve años antes, la cifra total era de 20,7 millones de ocupados, con 12,1 millones de hombres y 8,6 de mujeres: los dos millones perdidos en esta crisis han sido empleos de hombres.

En nuestro país, la tasa de actividad (que suma a los que tienen un empleo y a los parados que lo buscan) ha subido del 50 al 53% entre las mujeres, pero ha caído del 69 al 65% entre los hombres. En nuestro caso, el descenso se debe en parte a los menores de 30 años, muchos de los cuales han abandonado el mercado laboral para volver a las aulas; o no han dejado la escuela, como habrían hecho durante la burbuja de la construcción. Pero igualmente es un dato preocupante.



Volviendo a EEUU, no hay duda de que sigue siendo una de las economías más productivas y dinámicas. Pero cada vez lo es menos. No es extraño que sus economistas más famosos se pregunten qué está pasando con la primera potencia mundial. Tyler Cowen, en The complacent class, habla de una sociedad estancada y acomodada en todos los ámbitos (incluso en cuestiones que pueden parecer una anécdota como el ocio o las relaciones sociales). Algo que en el terreno económico se traduce en que las personas buscan empleo con menos intensidad, hay menos movilidad (y no sólo económica, también geográfica o incluso social), experimentan menos cambios a lo largo de su carrera laboral y se han olvidado del espíritu emprendedor que una vez caracterizó a EEUU. Las consecuencias son difíciles de prever. Tampoco es seguro que este estancamiento vaya a quedarse con nosotros para siempre o que no pueda cambiarse.

Aunque por ahora hay algunos datos preocupantes. Por ejemplo, el premio Nobel de Economía de 2015, Angus Deaton, publicó ese mismo año un paper junto con Anne Case en el que los dos investigadores llegaban a unas conclusiones demoledoras: desde 1999, la esperanza de vida entre los hombres blancos de clase media sin estudios superiores se ha desplomado, sobre todo por lo que denominó “muertes por desesperación”, es decir, aquellas derivadas del abuso de las drogas, del alcohol o directamente, por el incremento de los suicidios.

Son muchos los que han utilizado buena parte de estas cifras para explicar el ascenso y triunfo de Donald Trump. Y lo cierto es que en algunos aspectos sí que se intuye una sociedad dividida entre un entorno urbano, residente sobre todo en las costas, próspero y dinámico, y un interior rural, atrasado y que se siente olvidado por Washington.

La potencia renovadora e innovadora de la sociedad americana está a prueba. En el pasado, supo salir adelante. Ahora tiene ante sí nuevos retos, por ejemplo el envejecimiento de su población y la renovación de sus fuertes estructuras comunitarias, que han sido siempre la base de su sociedad, el sustento de sus instituciones y el contrapeso a sus políticos. Porque el problema de esos ninis de 25, 30 o 35 años no reside sólo en saber qué están haciendo con su vida ahora. En algunas encuestas, el grado de satisfacción que declaran respecto a su situación actual no es muy inferior al de sus coetáneos con un empleo. La pregunta es qué piensan hacer en el futuro y si seguirán igual de satisfechos dentro de 10 o 15 años. Cuál es el límite para que sigan contentos desde el sofá de casa de sus padres. El número de matrimonios o nacimientos se está hundiendo en determinados segmentos de la población americana. Curiosamente, sólo los niveles superiores de renta y estudios mantienen el ritmo en cuanto a bodas y descendencia. También aquí se da una curiosa paradoja: en los años 50 o 60, la imagen de un soltero de 30 años, que ni estudiaba ni trabajaba, ni tenía familia ni pensaba en tenerla, se asociaba en la imaginación popular a un niño bien, que iba de fiesta en fiesta sin preocuparse del futuro porque tenía el respaldo de la fortuna familiar. Ahora es un tipo en el Medio Oeste, tirado en el sótano de sus padres, jugando al Call of Duty en red con un puñado de jugadores de medio mundo. ¿Será capaz la sociedad americana, como ya hizo en el pasado con otros grupos de población, de ofrecer también a este hombre una opción más atractiva para su vida?

- “Muertes por desesperación”, el mal que afecta a las personas blancas sin estudios de EEUU (El Economista -



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