Paper ¿Es la economía “disruptiva” una fábrica de “camareros”? (El lado oscuro de la economía “colaborativa”) Introducción: la sociopatía de la economía disruptiva



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Lo mismo ha ocurrido al nivel organizacional. El 10% más rentable de las firmas estadounidenses es ocho veces más rentable que la empresa media. En los años 90, este múltiplo era solo tres.

En gran medida, la creciente desigualdad económica se puede explicar por estas consecuencias de la concentración. La investigación de César Hidalgo y su grupo del MIT revela que en los países donde la concentración sectorial ha disminuido en las últimas décadas, como Corea del Sur, la desigualdad de ingresos ha disminuido. Y en los países donde esa concentración ha aumentado, como Noruega, la desigualdad se ha incrementado.

Se puede observar una tendencia similar a nivel organizacional. Un estudio reciente de Erling Bath, Alex Bryson, James Davis y Richard Freeman demostró que la dispersión del salario individual desde los años setenta está asociada a diferencias salariales entre empresas y no dentro de ellas. Los economistas de Stanford Nicholas Bloom y David Price confirmaron este resultado, y sostienen que prácticamente todo el aumento de la desigualdad de ingresos en Estados Unidos se debe a la creciente brecha en los salarios promedio que pagan las empresas.

Semejantes resultados no son solo el fruto de cambios estructurales inevitables, sino también de decisiones sobre cómo manejar esos cambios. A finales de los años setenta, a medida que se arraigaba el neoliberalismo, los responsables políticos ponían menos atención al hecho de que las grandes empresas convirtieran sus ganancias en influencia política y, en cambio, les preocupaba que los gobiernos protegieran a compañías no competitivas.

Teniendo esto en mente, los responsables políticos comenzaron a desmantelar las normas y regulaciones económicas que se habían aplicado después de la Gran Depresión y fomentaron las fusiones verticales y horizontales. Tales decisiones jugaron un papel importante en posibilitar una nueva ola de globalización, que difundió cada vez más el crecimiento y la riqueza a todas las naciones, pero también sentó las bases para la concentración de los ingresos y la riqueza dentro de los países.

La creciente “economía de plataformas” es un buen ejemplo. En China, el gigante del comercio electrónico Alibaba está liderando una iniciativa masiva para conectar las áreas rurales con los mercados nacionales y globales, incluyendo su plataforma de consumidor a consumidor Taobao. La iniciativa acarrea una dispersión sustancial: en más de 1.000 comunidades rurales chinas -los llamados “pueblos Taobao”- ahora más del 10% de la población se gana la vida vendiendo productos en esta plataforma. Sin embargo, dado que Alibaba ayuda a construir una economía inclusiva que comprende a millones de mini-multinacionales, al mismo tiempo expande su propio poder de mercado.



Actualmente, los responsables políticos necesitan un nuevo enfoque que resista la concentración excesiva. Esto que puede generar mayor eficiencia, pero también permite a las empresas acumular ganancias e invertir menos. Por supuesto, Joseph Schumpeter sostuvo que no hay que preocuparse demasiado por los ingresos monopolísticos, ya que la competencia borraría rápidamente la ventaja. Pero el desempeño de las empresas en las últimas décadas muestra un panorama diferente: el 80% de las compañías que obtuvieron una rentabilidad del 25% o más en 2003 también lo hacían diez años después. (En los años noventa, esa proporción se situaba en torno al 50%).

Para contrarrestar esa concentración, los responsables políticos en primer lugar deben implementar leyes de competencia más inteligentes, que no solo se centren en la cuota de mercado o en el poder de fijación de precios, sino también en las muchas formas de extracción de rentas, desde derechos de autor y normas sobre patentes que permiten a sus titulares beneficiarse de descubrimientos ya viejos, hasta el mal uso de la centralidad de la red. La pregunta no es “cuán grande es demasiado grande”, sino cómo diferenciar entre grande “bueno” y “malo”. La respuesta depende del equilibrio que las empresas logren entre captación y creación de valor.

Asimismo, los responsables políticos deben facilitar la creación de nuevas empresas. Un vibrante ecosistema emprendedor sigue siendo el antídoto más eficaz para la extracción de rentas. Por ejemplo, las tecnologías digitales tienen el potencial de contener más eficazmente el poder de los grandes oligopolios que la aplicación de severas medidas políticas. Con todo, las economías no deben depender únicamente de los mercados para producir el “movimiento” que tanto necesita el capitalismo. De hecho, incluso cuando los responsables políticos se llenan la boca con alabanzas al espíritu de emprendimiento, en muchas economías avanzadas ya está bajando el número de nuevas empresas.

Por último, los responsables políticos deben ir más allá de la presunción neoliberal de que ascenderán aquellos que trabajan duro y cumplen las reglas. Después de todo, la otra cara de esa visión, que se basa en una creencia básica del efecto igualador del mercado, es lo que Michael Sandel denomina nuestra “soberbia meritocrática”: la idea equivocada de que el éxito (y el fracaso) depende solo de nosotros.

Esto implica que las inversiones en educación y capacitación, aunque sean necesarias, no serán suficientes para reducir la desigualdad. También se requieren políticas que aborden frontalmente los sesgos estructurales, desde los salarios mínimos hasta los proyectos de un ingreso básico universal.

La economía neoliberal ha llegado a un punto de inflexión que ha sustituido la tradicional división política entre izquierda y derecha por una división diferente: entre aquellos que buscan formas de crecimiento menos propensas a la concentración extrema y aquellos que quieren acabar con la concentración cerrando mercados y sociedades abiertas. Ambas partes desafían las viejas ortodoxias, pero mientras una busca eliminar el “neo” del neoliberalismo, la otra intenta desmantelar el liberalismo completamente.

La era neoliberal ha llegado a su fin. Es hora de definir lo que viene a continuación.

(Sebastian Buckup is Head of Programming at the World Economic Forum)

- ¿Se está tornando irrelevante el crecimiento de la productividad? (Project Syndicate - 18/7/17

Londres.- Como señaló en 1987 el Premio Nobel de Economía Robert Solow, las computadoras están “en todas partes, menos en las estadísticas de productividad”. Desde entonces, el misterio de la “paradoja de la productividad” no ha dejado de crecer. La automatización ya eliminó muchos empleos; ahora los robots y la inteligencia artificial parecen traer consigo la promesa (o amenaza) de cambios todavía más radicales. Pero en todas las economías avanzadas, la productividad se desaceleró; en Gran Bretaña, hoy la mano de obra no es más productiva que en 2007.



Algunos economistas atribuyen esta desaceleración a poca inversión de las empresas, falta de capacitación de la mano de obra, obsolescencia de las infraestructuras o exceso de regulaciones. Otros señalan amplias diferencias de productividad entre los fabricantes industriales líderes y los rezagados. Hay incluso quien pone en duda que la tecnología de la información sea realmente tan potente.

Pero es posible que haya que ir a buscar la explicación todavía más hondo. Conforme las sociedades se enriquecen, tal vez sea inevitable una desaceleración de la productividad y que las cifras de PIB per cápita nos digan cada vez menos sobre el bienestar real de las personas.

El modelo mental habitual que aplicamos al crecimiento de la productividad está moldeado sobre la transición de la agricultura a la industria. Comenzamos con cien agricultores que producen cien unidades de alimento: luego el progreso tecnológico permite a cincuenta producir la misma cantidad, y los otros cincuenta se van a las fábricas a hacer lavarropas, autos o lo que sea. De este modo, la productividad general se duplica, y puede volver a hacerlo: cuando la agricultura y las fábricas se vuelven más productivas, algunos trabajadores encuentran empleo en restoranes o en servicios de atención de la salud. Damos por sentado que el proceso puede repetirse para siempre.

Pero también hay otras dos trayectorias posibles. Supongamos que los agricultores, más productivos, no quieren lavarropas o autos, sino que emplean a los cincuenta trabajadores excedentes como personal doméstico mal pago o como artistas mejor remunerados, para la provisión de servicios interpersonales difíciles de automatizar. Entonces, como sostuvo en 1966 el fallecido William Baumol, profesor de la Universidad de Princeton, el crecimiento general de la productividad se irá reduciendo lentamente a cero, incluso si en la agricultura nunca se detiene.

O supongamos que veinticinco de los agricultores excedentes se convierten en delincuentes y los otros veinticinco en policías. Entonces el bienestar social no mejorará en lo absoluto, aun cuando las mediciones de productividad aumenten (suponiendo que el valor de los servicios públicos se mide, como es convención estándar, por el costo de los insumos).



El crecimiento de actividades de servicios difíciles de automatizar puede explicar en parte la desaceleración de la productividad. Su amesetamiento en Gran Bretaña refleja una combinación de la automatización acelerada en algunos sectores y el veloz crecimiento de empleos de baja productividad mal remunerados (por ejemplo, el personal de reparto en bicicleta que trabaja para Deliveroo). En Estados Unidos, la Oficina de Estadísticas Laborales informa que ocho de los diez tipos de trabajo que más crecen corresponden a servicios poco remunerados, por ejemplo atención personal y asistencia sanitaria doméstica.

Pero puede que el crecimiento de actividades de “suma cero” sea todavía más importante. Basta un breve repaso de la economía para ver cuánta mano de obra talentosa se dedica a actividades que no aumentan de ningún modo el bienestar social, sino que sólo suponen competencia por el pastel económico ya creado. Son actividades ya omnipresentes: servicios legales, policía y prisiones; el ciberdelito y el ejército de expertos que defienden a las organizaciones contra él; las regulaciones para tratar de evitar la venta fraudulenta de servicios financieros y los cada vez más numerosos encargados de cumplimiento normativo empleados en respuesta a eso; los enormes recursos que se destinan a las campañas electorales en Estados Unidos; servicios inmobiliarios que sólo facilitan el intercambio de activos ya existentes; y gran parte de la actividad financiera.

Muchas de las actividades de diseño, creación de marca y publicidad no aportan nada en esencia. Que todo el tiempo haya modas nuevas compitiendo por nuestra atención no tiene nada de malo: la creatividad humana y la posibilidad de elegir son valiosas en sí. Pero no hay motivos para suponer que los diseños y marcas de 2050 nos harán más felices que los de 2017.



Esas actividades de suma cero siempre han sido significativas, pero su importancia crece conforme nos acercamos a la saciedad en muchos bienes y servicios básicos. En Estados Unidos, los “servicios financieros y empresariales” ya suponen el 18% del empleo, cuando en 1992 eran el 13,2%.

El efecto sobre las mediciones del PIB y la productividad se origina en las convenciones de contabilidad nacional. Si la gente destina una parte mayor de sus ingresos a competir por viviendas escasas, encareciéndose así las propiedades y los alquileres, el PIB y la “productividad” aumentan, porque el alquiler de viviendas se incluye en el PIB, aun cuando la oferta agregada de alojamiento no cambia. Desde 1985, la proporción que suponen los alquileres en la economía británica se duplicó, del 6% del PIB al 12%.

Asimismo, que haya más abogados de divorcio mejor remunerados aumenta el PIB, porque sus servicios los pagan consumidores finales. Pero que haya más abogados comerciales mejor remunerados no aumenta las cifras de producción, porque los gastos legales de las empresas son un costo intermedio. La proliferación de actividades intermedias de suma cero frena las mediciones de productividad, mientras que otras actividades de suma cero inflan el PIB pero no mejoran el bienestar.

Es posible que la tecnología de la información compense este efecto al mejorar el bienestar de las personas en formas que no se reflejan en las mediciones de producción. El comercio electrónico y los motores de búsqueda en Internet ahorran a los consumidores una millonada de horas que antes destinaban a llenar formularios, hacer llamadas telefónicas y esperar en fila. Hay servicios de información y entretenimiento valiosos que se dan gratis.



Contra lo que sostienen algunos economistas de derecha, esos servicios gratuitos no restan importancia al aumento de la desigualdad de ingresos. Si los costos de alquiler y traslado aumentan como consecuencia de una competencia intensa por propiedades bien situadas, no se los puede pagar con un “excedente del consumidor” gratuito. Pero la idea central sigue siendo importante: muchas actividades que generan mejoras del bienestar no aparecen en el PIB.

De hecho, puede ocurrir que la medición del PIB y las mejoras del bienestar terminen yendo por carriles separados. Imaginemos en 2100 un mundo en el que robots impulsados por energía solar, fabricados por robots y controlados por sistemas de inteligencia artificial, producen la mayoría de los bienes y servicios generadores de bienestar. Toda esa actividad supondría una cuota insignificante de la medición del PIB, simplemente por ser tan barata.

A la inversa, casi la totalidad de la medición del PIB reflejaría actividades de suma cero o difíciles de automatizar (alquiler de viviendas, premios deportivos, la remuneración de actuaciones artísticas, regalías de marcas, costos administrativos, legales y políticos). Las mediciones de productividad casi no crecerían, pero tampoco tendrían relación con mejoras del bienestar.

Todavía falta mucho para eso. Pero la tendencia en esa dirección puede ayudar a explicar la reciente desaceleración de la productividad. Las computadoras no aparecen en las estadísticas de productividad precisamente por lo potentes que son.

(Adair Turner, a former chairman of the United Kingdom's Financial Services Authority and former member of the UK's Financial Policy Committee, is Chairman of the Institute for New Economic Thinking. His latest book is Between Debt and the Devil)

- El proteccionismo no protegerá los puestos de trabajo (Project Syndicate - 2/8/17)

Cambridge.- Además de preocuparse por el futuro de los empleos de calidad, los líderes políticos de Estados Unidos y Europa harían bien en examinar los problemas mucho mayores que enfrentan los países asiáticos en desarrollo, que amenazan con ejercer una gran presión a la baja sobre los salarios globales. En India, donde la renta per cápita equivale a alrededor de una décima parte de la estadounidense, anualmente más de diez millones de personas abandonan el campo para desplazarse hacia las zonas urbanas. A menudo no pueden encontrar trabajo ni siquiera como chaiwalas, mucho menos como programadores. La misma ansiedad sobre el futuro de los empleos que tienen los estadounidenses y europeos es mucho más profunda en Asia.



¿Debe la India seguir el modelo tradicional de exportación de manufacturas que inició Japón y que han seguido tantos otros países, incluyendo China? ¿Cuál sería el resultado, si consideramos que la automatización volverá obsoletos la mayoría de esos trabajos en las próximas dos décadas?

Por supuesto, existe el sector servicios, en el cual trabaja el 80% de la población de las economías avanzadas, y donde la externalización de la India sigue liderando a nivel mundial. Lamentablemente, aquí las previsiones también son desalentadoras. Los sistemas automatizados de llamadas ya han reemplazado una parte sustancial del negocio global de centros de llamadas, y muchos trabajos de programación rutinarios también están perdiendo terreno frente a los ordenadores.

El progreso económico de China podría ser lo más destacable de los últimos 30 años, pero enfrenta desafíos similares. Si bien este país se encuentra mucho más urbanizado que la India, todavía está intentando hacer migrar a sus ciudades a diez millones de personas al año. La integración de los nuevos trabajadores resulta cada vez más difícil debido a la pérdida de empleos fruto de la automatización y a competidores con salarios inferiores como Vietnam y Sri Lanka.

En el último tiempo, el aumento del proteccionismo global ha agravado esta compleja situación. Así lo ejemplifica la decisión de Foxconn (un importante proveedor de Apple) de invertir 10.000 millones de dólares en una nueva fábrica en Wisconsin. Evidentemente, los 13.000 nuevos puestos de trabajo en Estados Unidos representan una ínfima parte de los 20 millones (o más) que India y China deben crear cada año, o incluso si se los compara con los dos millones que necesita Estados Unidos.

Estados Unidos y Europa podrían tener algún margen para hacer más justo el comercio, como Trump dice que hará. Por ejemplo, muchas plantas siderúrgicas chinas tienen controles de contaminación de última generación, pero se las puede desconectar para ahorrar costes. Cuando el resultado es que el exceso de producción se vende en los mercados mundiales a bajos precios, se justifica plenamente el que los países occidentales tomen contramedidas.



Desafortunadamente, el largo historial de proteccionismo comercial rara vez se expresa como un golpe “quirúrgico”. Con mucha mayor frecuencia, los principales beneficiarios son los ricos con contactos políticos, en tanto que los perdedores son los consumidores que pagan precios más altos.

Los países que se cierran demasiado a la competencia exterior finalmente pierden su ventaja, afectando su innovación, sus puestos de trabajo y su crecimiento. Por ejemplo, Brasil e India han sufrido históricamente políticas comerciales cerradas, aunque ambos países se han vuelto más abiertos en los últimos años.

Otro problema es que la mayoría de las economías occidentales se han vuelto profundamente interrelacionadas en las cadenas mundiales de suministro. Incluso el gobierno de Trump tuvo que reconsiderar su idea de retirarse del Tratado de Libre Comercio de América del Norte cuando se dio cuenta de que muchas de sus importaciones procedentes de México tienen un considerable contenido estadounidense. La imposición de altas barreras arancelarias podría costar tantos empleos en Estados Unidos como en México. Si Estados Unidos elevara drásticamente sus aranceles aduaneros, una gran parte de los costos se transferiría a los consumidores en forma de mayores precios.

El comercio también penetrará cada vez más en el sector de los servicios. El turco mecánico de Amazon (llamado así por la máquina para jugar ajedrez del siglo XVIII que en realidad escondía a una persona) es un ejemplo de las nuevas plataformas que permiten a los compradores contratar tareas muy pequeñas y específicas (por ejemplo, programación o transcripción de datos) pagando salarios propios del tercer mundo. El ingenioso lema de Amazon es “inteligencia artificial”.



Incluso si los proteccionistas pudieran detener la externalización de tareas, ¿cuál sería el costo? Sin duda, se requiere una regulación de las plataformas de servicios en línea, como ya lo ha demostrado la experiencia con Uber. Pero, dada la gran cantidad de nuevos empleos que India y China necesitan crear cada año, y con un Internet altamente permeable, es una locura pensar que las economías avanzadas pueden frenar eficazmente las exportaciones de servicios.

Por lo tanto, ¿cómo deberían los países enfrentar el imparable avance de la tecnología y el comercio? En un futuro previsible, se puede lograr mucho mejorando la infraestructura y la educación. Mientras el resto del mundo se tambaleaba con las secuelas de la crisis financiera de 2008, China siguió ampliando sus extensas cadenas logísticas y de suministro.

En un mundo en el probablemente las personas tendrán que cambiar de trabajo con frecuencia, y a veces radicalmente, se necesitan cambios drásticos en la educación para adultos, principalmente a través del aprendizaje en línea. Por último, los países deben lograr una mayor redistribución por medio de impuestos y transferencias. Las tradicionales políticas comerciales populistas, como las que Trump ha propugnado, no han funcionado en el pasado, y posiblemente lo harán incluso peor ahora.

(Kenneth Rogoff, Professor of Economics and Public Policy at Harvard University and recipient of the 2011 Deutsche Bank Prize in Financial Economics, was the chief economist of the International Monetary Fund from 2001 to 2003. The co-author of This Time is Different: Eight Centuries of Financial Fol…)

- Los nuevos monopolios (Project Syndicate - 22/9/17)

Stanford.- Hace más de 30 años que en las economías avanzadas, en particular Estados Unidos, la desigualdad de ingresos y riqueza está en aumento, el crecimiento del salario real (ajustado por inflación) está frenado, y los pensionados obtienen menos intereses por sus ahorros. Todo esto ocurrió a la par de un marcado aumento de las ganancias y de las valuaciones bursátiles de las corporaciones. Una investigación que realicé muestra que la causa principal ha sido el auge de la moderna tecnología de la información (TI).



La TI repercutió de muchas maneras en la economía; la computadora, Internet y la tecnología móvil transformaron los medios de comunicación, el comercio, la industria farmacéutica y un sinnúmero de otros servicios al consumidor. Los beneficios de la TI son inmensos.

Pero al permitir el ascenso de un poder monopólico y facilitar la creación de barreras al ingreso, el auge de la TI también ha tenido importantes efectos secundarios negativos en términos económicos, sociales y políticos (entre ellos, la proliferación de las “noticias falsas”).

Para empezar, la estructura misma de la industria informática permite la formación de poder monopólico. La TI mejora el procesamiento, el almacenamiento y la transmisión de datos, y los innovadores en el área se convierten en propietarios exclusivos de importantes canales de información, de los que excluyen activamente a la competencia.

Las empresas de TI podrían defender el poder monopólico por medio de patentes o copyright, pero para ello tendrían que revelar secretos comerciales. Así que por razones estratégicas, muchas empresas renuncian a la protección legal y en cambio consolidan su posición dominante en el mercado mediante el lanzamiento continuo de actualizaciones de software que, como norma, actúan como barreras contra los competidores. Y ante la posibilidad de surgimiento de tecnologías alternativas, es común que las grandes empresas compren a sus rivales, sea para desarrollar aquellas tecnologías por cuenta propia o para suprimirlas.

En cuanto una empresa innovadora consigue dominio en una plataforma, el tamaño se convierte en ventaja. La reducción del costo de procesamiento y almacenamiento de la información lograda en años recientes permite a las empresas más grandes reducir los costos operativos y aumentar rápidamente las ganancias conforme se multiplica la cantidad de usuarios (Google y Facebook son buenos ejemplos). Estas ventajas en materia de costos y economías de escala son prácticamente insuperables para la competencia.

Además, como estas empresas derivan poder de la información, la capacidad de usar datos privados de sus clientes como activo estratégico les permite reforzar su posición. De hecho, muchas plataformas informáticas no son organizaciones de producción en el sentido tradicional, sino servicios públicos para la coordinación y la puesta en común de información entre usuarios en diversos ámbitos. En síntesis, la TI permite crear barreras contra el ingreso al mercado, y luego alienta a las empresas líderes a reforzar su posición dominante. Y el poder monopólico va en aumento, conforme se acelera el ritmo de la innovación en TI.

En un trabajo de investigación reciente sobre los efectos económicos del poder monopólico, calculé unos niveles normales por encima de los cuales las ganancias o la valuación bursátil dejan de ser resultados fortuitos para convertirse en reflejo de aquel poder. Usando estos niveles, medí el componente monopólico de la valuación bursátil total (lo que denominó “riqueza monopólica”) y de las ganancias o rentas de los monopolios. Luego traté de determinar cómo han evolucionado estos indicadores.

El gráfico que aparece a continuación muestra el componente monopólico de la riqueza como porcentaje de la valuación bursátil total entre 1985 y 2015. Los datos muestran que en los ochenta la riqueza monopólica era inexistente. Pero a la par del desarrollo de la industria informática, aquella aumentó drásticamente; en diciembre de 2015, llegó a un 82% de la valuación bursátil total, lo que equivale a unos 23,8 billones de dólares. Es la riqueza adicional que se obtiene a través de un poder monopólico cada vez mayor, y no deja de crecer.

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Para poner en perspectiva el porcentaje de riqueza monopólica, veamos otro indicador relacionado que también aumentó marcadamente: el apalancamiento corporativo. En los sesenta, el porcentaje de los activos corporativos reales que se financiaba con deuda era inferior al 20%. En 2015, esa proporción ascendía a cerca del 80%; es decir, la mayor parte del capital de las corporaciones que cotizan en bolsa está en la forma de bonos negociables. Dicho de otro modo, los inversores han acordado financiar la deuda corporativa usando la riqueza monopólica como garantía, y la mayor parte de las transacciones en bolsa pueden considerarse una compraventa de títulos de propiedad sobre aquella riqueza.

Como muestra la tabla que aparece a continuación, nueve de las diez empresas con mayor riqueza monopólica en diciembre de 2015 tienen que ver con la TI, sobre todo con las comunicaciones móviles, las redes sociales, el comercio electrónico minorista y la industria farmacéutica. Asimismo, entre las cien empresas más importantes, las que están creando más riqueza monopólica son aquellas que han sido transformadas por la TI.

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Los ingresos creados por las empresas con poder monopólico se dividen en tres clases: ingresos del trabajo, ingresos por el pago normal de intereses al capital y ganancias monopólicas. Los datos muestran que en los setenta y principios de los ochenta, las ganancias monopólicas eran insignificantes. Pero desde 1984, su proporción aumentó sin pausa, hasta llegar en 2015 al 23% del ingreso total de las corporaciones estadounidenses. Es decir que en los tres decenios que precedieron a 2015, el poder monopólico llevó a que la participación combinada de los salarios y del pago normal de intereses al capital se redujera un 23%.

A la par que la creciente productividad y la acumulación de capital elevan los salarios y la renta del capital, el poder monopólico reduce la cuota que estos representan del total. Esto explica en parte por qué, en el período 1985 2015, el crecimiento salarial se desaceleró y los pensionados cobraron menos intereses por sus ahorros.

¿Por qué el creciente poder monopólico en la industria informática llevó a concentración de ingresos y riqueza en menos manos, y por tanto a más desigualdad?

Una parte de la respuesta sería que la formación de poder monopólico aumentó las ganancias corporativas y empujó al alza las cotizaciones bursátiles; esto benefició a una pequeña población de accionistas y directivos corporativos. Pero al inicio de sus carreras muchos emprendedores informáticos eran jóvenes y poseían una cantidad limitada de acciones, de modo que se necesita una explicación más elaborada.

Desde los ochenta, las innovaciones en TI han sido sobre todo en software, lo que dio a los innovadores jóvenes una ventaja. Además, los estudios de “prueba de concepto” para innovaciones en software suelen ser baratos (excepto en la industria farmacéutica): los innovadores en TI pueden poner a prueba ideas con muy poco capital, sin ceder una cuota importante de la propiedad de la empresa. Esto llevó a que las innovaciones informáticas exitosas concentraran la riqueza en menos personas (a menudo, más jóvenes).

No era lo mismo durante el siglo XX, cuando las grandes innovaciones en industrias líderes, como la automotriz, demandaban cuantiosas inversiones de riesgo. La necesidad de contar con muchos inversores llevaba a una distribución más amplia de la riqueza creada.



Los efectos secundarios negativos de la TI todavía no se comprenden bien, y se necesita con urgencia un debate público sobre la regulación del sector. En esto hay tres aspectos fundamentales. En primer lugar, las leyes antimonopolio actuales no son en general aplicables al poder monopólico derivado de la tecnología, de modo que se necesitarán medidas de otra índole para el sector informático. La regulación de los nuevos canales de transmisión pública de información, como las redes sociales, también obliga a una redefinición del concepto de interés público. En segundo lugar, el poder monopólico de las empresas de TI demanda adaptar los modelos impositivos habituales aplicados a los ingresos y la riqueza corporativos. Y en tercer lugar, hay que reevaluar las leyes de protección de la información privada, para impedir a las empresas de TI explotarla y manipularla en provecho propio.

Sobre todo, la opinión pública debe llegar a una mejor comprensión de los efectos económicos de la TI, particularmente de cómo es posible que tecnologías que beneficiaron a tantos enriquecieran a tan pocos.

(Mordecai Kurz is Professor of Economics, Emeritus, at Stanford University)

- Por qué Internet no impulsa la productividad (Expansión - 24/9/17)



(Por Juergen B. Donges)

Desde hace años, la productividad laboral de las economías avanzadas viene aumentando solo muy moderadamente. En Estados Unidos, la tasa en términos de PIB por hora trabajada es de apenas un 1% anual, menos de la mitad que en los años previos a la crisis financiera global y la subsiguiente Gran Recesión. En la zona euro, los registros son incluso inferiores, y son más pobres aún en los países de la periferia meridional una vez ajustados los datos oficiales sobre la productividad aparente por el efecto desempleo, que se había agudizado sobremanera durante la crisis. Con las mismas tecnologías al alcance de todos los países, no debería haber tal heterogeneidad. El que la haya apunta a la persistencia de defectos estructurales especiales en el sur de la eurozona.

La baja productividad no es una cuestión baladí o de exclusivo interés académico. Por el contrario, debería ser objeto de máxima atención por parte de los Gobiernos y de los agentes sociales. Pues si la evolución de la productividad continuara siendo débil por demasiado tiempo, empezarían a escasear seriamente los recursos necesarios para mantener los salarios en los niveles a que estamos acostumbrados para asegurar la sostenibilidad de los sistemas de pensiones y de la sanidad pública, y para poder cuidar del medio ambiente en la forma ecológicamente adecuada. Los líderes políticos europeos han tomado cartas en el asunto: el Consejo Europeo de jefes de Estado y de Gobierno ha recomendado que los países miembros de la UE establezcan Oficinas de Productividad (National Productivity Boards) para el seguimiento de la evolución de este factor en el país, la identificación de las circunstancias nocivas y el diseño de medidas correctoras, así como para intercambiar resultados y compartir las mejores prácticas.

Son conocidos los factores de carácter estructural que ralentizan los avances de la productividad. Por un lado, está el cambio demográfico que causa una reducción de la oferta de mano de obra cualificada (de los jóvenes). Por otro, hay mucha creación de empleos de baja calidad y en sectores poco sofisticados, como la construcción, el comercio minorista y los servicios domésticos. Finalmente, persisten los subsidios públicos y demás medidas protectoras de actividades maltrechas, lo cual no hace más que demorar la limpieza del mercado. Pero así y todo, el fenómeno de la baja productividad sorprende en vista de la revolución digital en marcha, a la que comúnmente se atribuye un significativo potencial de ganancias de productividad. No en vano los robots vanguardistas, las impresoras 3D, los servicios en la nube, las grandes bases de datos, el coche eléctrico y sin conductor y muchas más aplicaciones acaparan los titulares de los medios de comunicación y el interés de muchísimos ciudadanos. De la digitalización se espera que transforme los métodos habituales de producción, de trabajo y de organización empresarial. Aunque todavía estemos al principio de este nuevo entorno tecnológico, algo debería reflejarse ya en una evolución aceleradora de la productividad, pero no lo hace. ¿Una paradoja?

Sería tranquilizador si solo estuviéramos ante un problema de medición y evaluación correcta del PIB en la contabilidad nacional, que su relevancia tiene. Manejar el indicador de la productividad es relativamente fácil cuando se trata de captar la cantidad de bienes producidos y servicios prestados y de la fuerza laboral involucrada en ello. Pero es mucho más difícil medir las inversiones en activos intangibles que también generan valor, y no poco, como el conocimiento y el capital intelectual. Las mejoras en la calidad de los bienes y servicios, y concretamente siendo nuevos y técnicamente muy sofisticados, son difíciles de calibrar, incluso utilizando métodos hedónicos. Pero no por eso vamos a dejar de disfrutar de estas mejoras, por ejemplo, cuando usamos portátiles, tabletas y smartphones de alto rendimiento, automóviles equipados con la más variada asistencia técnico-electrónica, televisores HD y demás aparatos multifuncionales de uso doméstico.

Recuerdo cómo el célebre profesor Robert Solow, premio Nobel de Economía y pionero de la teoría neoclásica del crecimiento económico, advertía en el New York Times del 27 de julio de 1987, en pleno período de propagación de los primeros ordenadores, del misterio que suponía ver cómo en todos los sitios de Estados Unidos se trabajaba con computadoras sin que esto se reflejara en las estadísticas de la productividad del país. Algo parecido podría estar ocurriendo ahora: la estadística oficial va, por razones metodológicas, a la zaga de los procesos de la innovación digital, máxime cuando estos avanzan de un modo exponencial, es decir, multiplicando cada poco tiempo (meses, a veces) su potencial. Especialistas en la materia estiman que en el contexto de la digitalización habría que revisar el PIB al alza en medio punto porcentual o más, lo cual revelaría una elevación notable del crecimiento de la productividad.

En el debate público se suele hablar de la digitalización como si de una revolución generalizada se tratara. Se da por hecho que esta nueva tecnología se está propagando a través de toda la economía y a un ritmo elevado. Pero la realidad es otra. De un reciente análisis sobre la evolución de la productividad en la eurozona, realizado por el departamento de investigación del BCE (Boletín Económico, mayo 2017), podemos deducir que la digitalización no penetra toda la actividad económica con la misma rapidez e intensidad que caracterizaba las grandes revoluciones tecnológicas desde el comienzo de la industrialización a finales del siglo XVIII (como la electricidad, el teléfono, el ferrocarril o el automóvil).

Actualmente, existe una brecha notable entre un pequeño sector elitista dotado de recursos del conocimiento con empresas punta en innovaciones y volcados en una transformación digital de sus respectivos modelos de negocio, plataformas digitales incluidas, por un lado, y un amplio sector rezagado en materia de digitalización, tanto en la industria como en los servicios, por el otro. En el sector de vanguardia, el crecimiento de la productividad es espectacular, por cierto junto con la creación significativa de empleos bien retribuidos. Todo lo contrario se observa en el resto de la economía, donde numerosas empresas siguen operando con modelos un tanto tradicionales y a los trabajadores el nuevo entorno tecnológico les causa miedo por el riesgo de paro o ajustes salariales a la baja que pudiera crear.

Otra brecha es la que se ha abierto en diversos países entre las regiones urbanas y las rurales. En las primeras, donde suelen ubicarse las empresas punta, la productividad avanza con mayor fuerza que en las segundas, en las que el entorno tecnológico es más bien sencillo. La consecuencia es una creciente disparidad interregional con respecto a niveles y perspectivas de empleo y de salarios. Muchos ciudadanos en las regiones rurales se sienten como excluidos del progreso que promete la tecnología digital y manifiestan su enfado en las urnas, votando si pueden el populismo, como ocurrió recientemente en el Reino Unido con el brexit y en Estados Unidos con Donald Trump. Es, sin duda, para preocuparse.

Entre los factores que están contribuyendo a esta diversidad en la difusión de las tecnologías digitales destacan las regulaciones desmesuradas de determinados mercados, la burocratización excesiva de la economía y la provisión insuficiente de nuevos emprendedores con capital riesgo. La entrada en el mercado de nuevas empresas innovadoras, que sería la correa de transmisión de las nuevas tecnologías hacia actividades que van a la zaga de la digitalización, es complicada y costosa. Según revela el Informe Doing Business 2017 del Banco Mundial, que analiza anualmente el entorno institucional y económico para los emprendedores, no figura ningún país del euro entre los 10 primeros del ranking mundial (de 190 países). El país de la eurozona mejor evaluado es Estonia (duodécimo). Alemania ocupa el puesto 17 y España, el 32. Esto es un motivo más para seguir adelante con las reformas estructurales pendientes que flexibilicen los mercados y eleven la eficiencia en la asignación de los recursos, lo cual es una conditio sine qua non para dinamizar inversiones en I+D+i y, con ello, acelerar el futuro avance de la productividad laboral.

Además, sabemos que existe una clara correlación entre la productividad y la cualificación profesional de la fuerza laboral, sin la cual no es posible generar bienes y servicios con un elevado valor añadido. Esto subraya la importancia que tiene la inversión en capital humano, concretamente en ciencias naturales y materias adyacentes, así como los programas de aprendizaje profesional dual, que algunos Gobiernos entienden muy bien (tomándose en serio las evaluaciones PISA de la OCDE) y otros no tanto.

Tiene que quedar claro que solo con una buena preparación profesional la población activa podrá cosechar el dividendo digital.

(Juergen B. Donges es profesor emérito de Economía Política en la Universidad de Colonia)

- Para que el futuro nos funcione (Project Syndicate - 29/9/17)

Cambridge.- ¿Qué nos depara el futuro del trabajo, y cómo deberíamos prepararnos para enfrentarlo? Hasta ahora el debate se ha enfocado en los países desarrollados, pero es una cuestión que va a repercutir en todo el mundo.



Para los pesimistas, la introducción de nuevas tecnologías para propósitos generales –como la impresión 3D (en tres dimensiones), la inteligencia artificial, y el internet de las cosas– amenaza la demanda de mano de obra; sin nuevas formas de solidaridad social, como un ingreso básico universal, el futuro será de una indigencia generalizada. Para los optimistas, los últimos avances tecnológicos, como otros que han hecho progresar a la humanidad, prometen generar niveles de prosperidad sin precedentes.

Probablemente en este momento sea imposible decir cuál de los dos bandos tiene razón. Según lo expresó el físico Niels Bohr: “Es muy difícil predecir, sobre todo el futuro”. Para un sistema complejo, como lo es la economía mundial, ya es suficientemente difícil comprender el pasado, por ejemplo, el masivo declive del empleo en el sector manufacturero durante los últimos veinte años en casi todos los países. Lo que es más fácil establecer son los vínculos causales que pueden determinar el resultado.

El desplazamiento masivo de mano de obra no es un acontecimiento novedoso. Los luditas de principios del siglo XIX se sublevaron en contra de los telares mecánicos que estaban reemplazando la producción textil artesanal. Casi 60 años después, en 1860, el empleo en el sector agrícola estadounidense llegó a su máximo al alcanzar el 53% del empleo total. Hoy día, representa menos del 3%.

De hecho, desde apenas 1980, en la mayoría de los países se ha producido una importante disminución del empleo en la agricultura. En algunos de ellos, como Portugal, Malasia, Turquía e Indonesia, el porcentaje cayó más del 20%, mientras que en otros, como Grecia, Italia, Bulgaria, Hungría, Estonia, Polonia, Las Filipinas y Sri Lanka, el descenso fue de más del 10%.

Y no se trata solo del sector agrícola. De acuerdo a los Indicadores del Desarrollo Mundial, desde 1990, el porcentaje del PIB correspondiente a la industria manufacturera ha disminuido en 100 de los 124 países que reportan sus datos.



Entonces, si giros importantes en la composición del empleo han sido la norma, ¿qué hace que los cambios que hoy en día impulsa la tecnología resulten tan alarmantes?

Fundamentalmente, la tecnología es una manera de transformar “el mundo tal como lo encontré” al “mundo tal como quiero que sea”, de pastos a leche, de soja a filetitos de pollo, de silicio a teléfonos inteligentes. Y depende de tres formas de conocimiento: el incorporado a las herramientas; el codificado en recetas, manuales y protocolos; y el conocimiento tácito o knowhow que está en los cerebros.

Casi siempre, estas tres formas de conocimiento se complementan entre sí: como el café y el azúcar, mientras más se consume de uno, más se desea de los otros. Sin embargo, el progreso tecnológico ocasionalmente sustituye a uno por otro, como sucede con el té y el café. Hubo un momento en que las personas metían las manos en la tierra para plantar la próxima cosecha. Hoy día, las cosechadoras realizan esta tarea de modo mucho más rápido y sin esfuerzo. No hace mucho tiempo, los empleados de las líneas aéreas escribían a mano las tarjetas de embarque. Hoy ellas se envían automáticamente a nuestros teléfonos inteligentes. Lo que nos hace sentir temor son estas sustituciones: el conocimiento integrado a la máquina en lugar del knowhow del trabajo tradicional hecho a mano.



Si bien cada tecnología nueva reemplaza una forma de knowhow, crea otras. La primera revolución industrial redujo a tal punto el costo de los textiles que condujo a un auge en la demanda, la producción y el empleo en el sector textil. Del mismo modo, según lo señala David Autor del MIT, los cajeros automáticos reemplazaron a los cajeros humanos, pero disminuyeron tanto el costo de las sucursales bancarias que su número aumentó, lo que impulsó un aumento de los empleados que en vez de hacer caja se dedican a la gestión de las relaciones con los clientes (para lo cual los cajeros automáticos no son precisamente ideales). Hoy día, los sitios web han reemplazado a los materiales impresos, con lo que se ha creado una industria de diseñadores de páginas web.

Aunque se sabe cuáles son los empleos que las nuevas tecnologías reemplazarán, es más difícil prever la forma en que se explotarán las nuevas posibilidades. En 2001, muchos pensaban que se había sobreconstruido la infraestructura de fibra óptica de la internet dada la poca demanda del ancho de banda. Pero luego aparecieron iTunes, YouTube, Facebook, Twitter, Skype, y Netflix. De modo semejante, hoy día estamos tratando de predecir la índole del trabajo futuro antes de que se hayan inventado los empleos del futuro. El aspecto más incierto de las nuevas tecnologías es su capacidad de difusión. Si no se difunden a nivel mundial, van a profundizar una nueva brecha económica entre países y regiones ricas y pobres. Los servicios de telefonía fija y de suministro eléctrico se han difundido mucho menos que las armas de fuego y los teléfonos celulares.

Uno de los determinantes de la capacidad de difusión de una tecnología es la intensidad en el uso de knowhow. Es fácil enviar herramientas y códigos; pero el traslado del knowhow necesario para implementar la tecnología es algo completamente diferente. No se requiere mayor capacitación para usar un arma de fuego, mientras que un servicio de suministro de energía eléctrica requiere un numeroso equipo de personas con capacidades muy diversas para poder operar los generadores, instalar y mantener los cables de transmisión y las subestaciones, limitar los hurtos de electricidad, y obligar a los clientes a pagar sus cuentas a tiempo. Las tecnologías que requieren un knowhow más diverso, lo que se refleja en el tamaño y la heterogeneidad del equipo necesario para su implementación, se difunden de manera mucho más lenta o no se difunden del todo.

La difusión de una nueva tecnología también se ve afectada por su dependencia en la difusión previa de otras tecnologías. Uber depende de la difusión previa de teléfonos celulares, automóviles, y tarjetas de crédito. Si la implementación de una tecnología requiere menos knowhow y un número menor de otras tecnologías, es probable que se difunda de manera aún más rápida que las tecnologías que reemplaza.

Esto es lo que se llama saltos tecnológicos (leapfrogging). Como sucedió con el CAD-CAM, es decir, diseño y manufactura con asistencia de computadoras, es más fácil operar una impresora 3D que dominar todos los pasos necesarios para hacer esa misma pieza con métodos tradicionales.



Es posible que la inteligencia artificial haga que la tecnología dependa menos del knowhow y, por lo tanto, que sea más fácil de difundir. En contraste, es probable que el internet de las cosas exija la difusión previa de muchas otras tecnologías. Al fin y al cabo, la penetración de la energía eléctrica en 66 países es menos del 60%; y menos del 30% en 26 países.

Por último, la difusión depende de la capacidad económica que tengan los países para adquirir la nueva tecnología. Y ello, a su vez, depende de si esta facilita o complica su capacidad de encontrar bienes y servicios que puedan exportar. La globalización de las cadenas de valor ha hecho que para un mayor número de países y regiones sea más fácil participar en el comercio internacional porque cada país necesita reunir equipos menos complejos para cumplir con su rol en la cadena. Sin embargo, esto no ha sido bueno para lugares como Detroit, donde solían concentrarse industrias plenamente integradas.

En última instancia, la predicción del futuro no es lo relevante. Es más probable que el futuro de gran parte de los países sea prometedor si se enfocan en cerciorarse de que pueden dominar cada una de las nuevas tecnologías y explotar cada una de las nuevas oportunidades que se les presenten.

(Ricardo Hausmann, a former minister of planning of Venezuela and former Chief Economist of the Inter-American Development Bank, is Director of the Center for International Development at Harvard University and a professor of economics at the Harvard Kennedy School)




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