Paper ¿Es la economía “disruptiva” una fábrica de “camareros”? (El lado oscuro de la economía “colaborativa”) Introducción: la sociopatía de la economía disruptiva



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Perspectivas sociales y del empleo en el mundo - Tendencias 2017 proyectan que un poco más de 201 millones de personas en todo el mundo estarán desempleadas este año, y otros 2,7 millones se unirán a sus filas en el 2018.
El mundo necesita un crecimiento económico más sostenible, equitativo y con abundancia de empleos. La clave del éxito será un mercado laboral con instituciones fuertes y relevantes, que dependan y promuevan los principios y derechos internacionalmente aceptados de los trabajadores.
Los salarios mínimos y la negociación colectiva pueden desempeñar un papel importante. Una tendencia notable durante los últimos años ha sido la adopción o incremento de los salarios mínimos por parte de los países, con la esperanza de mitigar la desigualdad, siendo México el ejemplo más reciente. Y, la tendencia va a continuar: Sudáfrica, por ejemplo, también está considerando la posibilidad de adoptar un salario mínimo nacional.
Estas son buenas noticias. Datos recientes, incluidos entre ellos aquellos preparados por la Comisión de Salarios Mínimos en Alemania, demuestran que los salarios mínimos bien diseñados -que satisfacen las necesidades de los trabajadores y sus familias, al mismo tiempo que tienen en cuenta las condiciones económicas- pueden marcar una diferencia verdadera en el extremo inferior de la distribución del ingresos, sin perjudicar significativamente al empleo.
También se pueden adoptar medidas a nivel internacional, mediante la implementación de sistemas de apoyo para ayudar al avance de los objetivos fundamentales relativos al trabajo decente y la inclusión económica. Por esta razón, la OIT y el Banco Mundial han puesto en marcha una Alianza mundial para la protección social universal, cuyo objetivo es garantizar que las redes de seguridad social -incluidas entre ellas las jubilaciones y las prestaciones para padres, las por discapacidad y las por hijos a cargo- estén disponibles para todas las personas, cubriendo a los cientos de millones de personas en todo el mundo que están desprotegidas en la actualidad.
Ampliar el acceso a oportunidades de trabajo decente es la manera más efectiva de aumentar la participación en el mercado laboral, sacar a las personas de la pobreza, reducir la desigualdad y fomentar el crecimiento económico. Este abordaje debe estar en el centro de la formulación de políticas. El abordaje alternativo es un mundo feroz y competitivo en el que demasiadas personas se sentirán excluidas. Uno no necesita mirar más allá de los titulares del día en los medios de comunicación para ver la inestabilidad e inseguridad que puede ocurrir - y que ya ha ocurrido- a consecuencia del segundo.
(Guy Ryder is Director-General of the International Labor Organization)
- Apelando a la política de la disrupción (Project Syndicate - 31/1/17)

Londres.- El voto del Reino Unido para abandonar la Unión Europea y la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos expusieron una profunda división generacional. Los millennials cosmopolitas y los pensionados nacionalistas -lo que Thomas Friedman llama “la gente web” y “la gente muro”- no parecen tener nada en común. Pero ambos apuntan a la misma crisis de representación política.



En el Reino Unido, por cada votante a favor de “Irse” de menos de 24 años, hubo tres de más de 65. En Estados Unidos, Trump ganó el 53% del voto de más de 65 años, pero consiguió el apoyo de apenas el 37% de los jóvenes entre 18 y 29 años.

En ambos casos, los mayores se sintieron atraídos por la retórica pesimista que despotricaba contra el daño que les generaba a sus comunidades el libre comercio, el movimiento libre, el amor libre y la tecnología libre de seres humanos que afectaba sus empleos y su seguridad económica. La gente joven era mucho más optimista sobre el futuro, sus perspectivas personales y el potencial de la tecnología -y mucho más empática con los grupos marginados.



Los pesimistas ganaron y ahora se sienten bastante esperanzados. Los ex optimistas ahora temen lo peor.

Sin embargo, a pesar de sus actitudes esencialmente diferentes frente a la tecnología y a la globalización, la Gente Web y la Gente Muro tienen una cosa en común: tanto una como la otra son profundamente escépticas de las instituciones existentes. Piensan que la democracia representativa ha colapsado y ven el potencial creativo de la disrupción.

La Gente Muro quiere acabar con el sistema existente, con la esperanza de que surja algo mejor -algo que se parezca un poco más al mundo familiar de los tiempos pasados (o por lo menos más parecido a sus gustos)-. La Gente Web, por su parte, cree que la tecnología debe transformar la política y las instituciones, de la misma manera que transformó los periódicos, los servicios de taxi y los hoteles.

Un ejemplo de la mentalidad web es Vyacheslav Polonski, un científico de la red de 27 años y de origen ucraniano, que pasó tiempo en Harvard y actualmente está concluyendo un doctorado en redes sociales en la Universidad de Oxford. “Estamos lidiando con un mundo del siglo XXI”, me dice, “pero nuestro sistema político no ha evolucionado desde el siglo XVIII y XIX”.

Polonski señala que nuestras instituciones gubernamentales se establecieron no sólo antes que Facebook e Instagram, sino inclusive antes que la televisión y la radio. Mientras que nuestra economía hoy se caracteriza por la elección, la personalización y la participación, nuestra política sigue sofocada por la burocracia, los intereses especiales y partidos políticos arraigados pero en decadencia. “En la medida que nuestro gobierno se vuelva más ágil”, dice, “la gente podrá votar por agendas e ideas específicas, y no por un partido político”. Como resultado de ello, “la política se parecerá más a Uber: más descentralizada, más abierta, más inmediata”.

Para resaltar su punto de vista, Polonski me conecta con su amiga María Luisa Martínez Dibarboure, una abogada novata de 27 años que es una de las fundadoras de El Partido Digital, un nuevo partido político digital en su Uruguay natal. “Vivimos en una crisis de representación”, me dice Dibarboure por Skype (¿dónde si no?). “Una vez que la gente llega al poder”, se lamenta, “vota de acuerdo a sus propias preferencias”, no las de los votantes que la llevaron allí.

La solución de Dibarboure es utilizar Internet para garantizar una representación precisa. El Partido Digital actualmente trabaja para tener un representante en el parlamento. Ese representante utilizaría Internet para consultar a sus electores antes de cada voto parlamentario, asegurando así que realmente sea una voz para sus votantes.

Más interesante, los electores podrán delegar sus votos a otros, quizás amigos con más experiencia en cuestiones específicas. Fred el economista podía votar en mi nombre en cuestiones económicas y Anne la científica podría votar por mí en cuestiones ambientales.



El concepto de Dibarboure no se basa ni en elecciones ni en referendos. En lugar de una democracia representativa o directa, ofrece lo que ella y Polonski llaman “democracia líquida” -un sistema que combina lo mejor de ambas-. “Nos interesa la representación, no la ideología”, aclara. “No representamos a la izquierda o a la derecha… Esto tiene que ver con la gente”.

Polonski y Dibarboure son miembros de una comunidad de 6.000 “formadores globales”, reunidos por el Foro Económico Mundial. Estos jóvenes entre 23 y 27 años son creativos, están conectados, son cosmopolitas y derraman energía. Se sienten alicaídos por los recientes resultados electorales (“2016 fue el año en el que perdí la fe en la humanidad”, dice Dibarboure). Pero mi sensación es que se recuperarán pronto y encontrarán oportunidades en las disrupciones políticas de hoy.

Esto no quiere decir que estas disrupciones sean la respuesta para sus problemas, o inclusive para los problemas de la Gente Muro. Por el contrario, las disrupciones políticas de hoy podrían hacer que algunos de los resultados que estos grupos defienden sean más difíciles de alcanzar.



La gente mayor y la gente joven por igual anhelan poder recapturar las oportunidades que tuvo la generación de la explosión de la natalidad posterior a 1945. Pero esas oportunidades fueron posibles gracias a un compromiso con la acción colectiva, a un amplio respaldo de la redistribución y a un crecimiento económico fuerte -y hoy no podemos contar con nada de eso-. Por el contrario, la reacción violenta contra la globalización y la inmigración probablemente perjudique el crecimiento global, mientras que la necesidad de construir coaliciones ad hoc de los voluntariosos mina el progreso en la construcción de nuevas instituciones. Para muchos hoy, redistribución se ha convertido en una mala palabra.

De manera que la política respaldada por la Gente Muro no es la respuesta. Pero tampoco lo es la política de la Gente Web. Si bien la política disruptiva y canalizada vía Internet puede derrocar el statu quo -las revoluciones de la Primavera Árabe nos lo enseñaron-, no ha resultado particularmente efectiva a la hora de crear alternativas sustentables.

Los reclamos de los mayores y de los jóvenes son muy reales. Los réditos económicos de las últimas décadas no se compartieron lo suficiente. Los partidos políticos están más en deuda con ellos mismos que con las comunidades a quienes representan. Existe un socialismo para los ricos y un capitalismo para los pobres. La guerra contra el terrorismo está creando más terroristas. Y los sistemas de comercio y migración están perdiendo apoyo.

En lugar de defender al status quo de la contrarrevolución, la clase política debería trabajar para crear un sistema nuevo -que responda a las necesidades de la gente-. Tanto los jóvenes como los mayores hicieron conocer sus demandas. Es hora de responder.

(Mark Leonard is Director of the European Council on Foreign Relations)

- Democratizar la inteligencia artificial (Project Syndicate - 2/5/17)

Oxford.- La inteligencia artificial es la próxima frontera tecnológica, con potencial de cambiar el orden mundial para bien o para mal. La revolución de la IA puede ayudarnos a terminar con la pobreza y transformar instituciones disfuncionales; pero también puede consolidar la injusticia y aumentar la desigualdad. El resultado dependerá de cómo manejemos los cambios que se avecinan.

Por desgracia, el historial de la humanidad ante las revoluciones tecnológicas es más bien pobre. Piénsese en Internet, que tuvo un impacto enorme en las sociedades de todo el mundo: cambió la forma de comunicarnos, trabajar y entretenernos; transformó radicalmente ciertos sectores económicos; obligó a cambiar modelos de negocios tradicionales; y creó algunas industrias totalmente nuevas.

Pero Internet no trajo consigo el tipo de transformación integral que muchos anticiparon. Es evidente que no resolvió los grandes problemas, como erradicar la pobreza o llevarnos a Marte. Como dice Peter Thiel, cofundador de PayPal: “En vez de autos voladores, tenemos 140 caracteres”.

De hecho, en cierto modo, Internet agravó nuestros problemas. Aunque creó oportunidades para la gente común y corriente, creó muchas más para los más ricos y poderosos. Un estudio reciente realizado por investigadores de la London School of Economics revela que Internet aumentó la desigualdad: beneficia más a las personas educadas de altos ingresos, y a las corporaciones multinacionales, a las que ayuda a crecer a gran escala y eludir sus responsabilidades.

Pero tal vez la revolución de la IA pueda traer los cambios que necesitamos. Esta tecnología (que busca mejorar las funciones cognitivas de las máquinas para que puedan “aprender” por sí mismas) ya está transformando nuestras vidas. Creó autos sin conductor (voladores, todavía no), asistentes personales virtuales e incluso armas autónomas.

Pero esto es apenas una ínfima parte del potencial de la IA, que promete producir transformaciones sociales, económicas y políticas que todavía no llegamos a entender. La IA no será una industria nueva, sino que penetrará y alterará para siempre cada industria que ya existe. No cambiará nuestras vidas, sino los límites y el significado mismo de ser humanos.

Cómo y cuándo se producirá esta transformación (y cómo manejar sus amplios efectos) son cuestiones que quitan el sueño a académicos y a políticos. La era de la IA genera desde visiones paradisíacas en las que todos los problemas de la humanidad están resueltos hasta temores de una distopía en la que nuestra creación se torna una amenaza existencial.

Hacer predicciones acerca de grandes avances tecnológicos es notoriamente difícil. El 11 de septiembre de 1933, el famoso físico nuclear Ernest Rutherford declaró, ante una nutrida concurrencia: “Pretender extraer energía de la transformación de los átomos es una insensatez”. A la mañana siguiente, Leo Szilard formuló la hipótesis de la reacción nuclear en cadena inducida por neutrones, y poco después patentaba el reactor nuclear.

El problema, para algunos, es suponer que los nuevos avances tecnológicos son incomparables con los del pasado. Muchos académicos, expertos y profesionales suscribirían la opinión del presidente ejecutivo de Alphabet, Eric Schmidt, que dice que los fenómenos tecnológicos tienen propiedades intrínsecas exclusivas que los seres humanos no comprendemos y que es mejor no interferir.

Otros tal vez cometen el error opuesto, de confiar demasiado en analogías históricas. El escritor e investigador de la tecnología Evgeny Morozov, entre otros, prevé cierto grado de dependencia respecto de la trayectoria histórica, por la que los discursos actuales definirán nuestras ideas sobre el futuro de la tecnología y así influirán en su desarrollo; luego, las tecnologías futuras incidirán a su vez en el discurso y se creará una especie de ciclo de retroalimentación positiva.

Para analizar una revolución tecnológica como la de la IA, debemos hallar un equilibrio entre ambos modos de pensar. Necesitamos una perspectiva interdisciplinaria basada en un vocabulario compartido y en un marco conceptual común. También necesitamos políticas que se ocupen de las interconexiones entre la tecnología, la gobernanza y la ética. Iniciativas recientes como la Alianza sobre la IA o el Fondo para la Ética y la Gobernanza de la IA son un paso en la dirección correcta, pero les falta la necesaria participación de los gobiernos.

Son pasos necesarios para responder algunas preguntas fundamentales: ¿Qué nos hace humanos? ¿Es la búsqueda de la hipereficiencia (la mentalidad “Silicon Valley”)? ¿O es la irracionalidad, la imperfección y la duda: características fuera del alcance de cualquier entidad no biológica?

Sólo respondiendo estas preguntas podremos determinar qué valores debemos proteger y preservar en la era de la IA que se avecina, mientras reconsideramos los fundamentos y las cláusulas de los contratos sociales, incluidas las instituciones nacionales e internacionales que han permitido la extensión de la desigualdad y la inseguridad. En el contexto de la amplia transformación producida por el ascenso de la IA, tal vez podamos reformular el statu quo para que garantice más seguridad y justicia.



Una de las claves para la creación de un futuro más igualitario tiene que ver con los datos. El avance de la IA depende de la disponibilidad de grandes conjuntos de datos sobre la actividad humana (dentro y fuera de la red) y su análisis, con el objetivo de distinguir patrones de conducta que puedan usarse para guiar la conducta y la cognición de las máquinas. Para que todos tengamos poder en la era de la IA, es necesario que cada persona (no las grandes empresas) sea dueña de los datos de su creación.

Con una estrategia correcta, tal vez podríamos garantizar que la IA empodere a las personas como nunca antes se vio. Pese a la abundante evidencia histórica que siembra dudas de que así sea, tal vez la clave esté en la palabra “duda”. Como dijo el fallecido sociólogo Zygmunt Bauman: “Cuestionar las premisas ostensiblemente incuestionables de nuestro modo de vida es sin duda el servicio más apremiante que nos debemos a nosotros mismos”.

(Maciej Kuziemski is a public policy scholar at the University of Oxford and Atlantic Council Millenium Fellow)

- La paga del salario del miedo (Project Syndicate - 9/5/17)

Londres.- Si todo lo demás falla, inténtese lo que antes era impensable. La mayor parte de las veces no es un mal principio de política económica, y puede que sea justo lo que se necesite hoy: muchos países occidentales (ciertamente Estados Unidos, Japón y Alemania, y probablemente el Reino Unido, y pronto gran parte del resto de la eurozona) deberían impulsar la intervención directa del Estado en las negociaciones salariales, especialmente para quienes ganan menos.

Japón ha destinado los últimos 15 años a luchar con un débil crecimiento, una demanda interna anémica (especialmente entre las familias de menores recursos) y la cada vez mayor desigualdad y pobreza. En EE.UU. hoy predominan condiciones similares; de hecho, ayudaron a la elección de Donald Trump como presidente al crear un grupo suficientemente grande de lo que con bastante razón llamó “estadounidenses olvidados”. Y antes de su victoria, condiciones similares llevaron a los “rezagados” británicos a votar por el Brexit.



Sin un importante aumento de los salarios (principalmente salarios mínimos obligatorios) el populismo seguirá prosperando y la mayoría de las economías occidentales seguirán bajo el yugo de un crecimiento lento. La desigualdad seguirá aumentando, no solo en cuanto a ingresos y riqueza, sino también de percepción sobre la influencia. Y la tentación de buscar soluciones cortoplacistas (como cerrar fronteras y adoptar medidas proteccionistas) se volverá irresistible.

Sin embargo, la sugerencia de que los gobiernos deberían tomar la iniciativa para elevar el precio de la mano de obra menos calificada probablemente se reciba con las cejas arqueadas y comentarios en voz baja de que debo de estar loco. ¿No sé qué si se aplican salarios más altos nos arriesgamos a elevar el desempleo? ¿No he escuchado sobre el “despertar de los robots” y el creciente poder de la automatización, en términos más generales, para destruir empleos? ¿No creo en las soluciones de mercado?

La respuesta a las tres preguntas es “sí”. Pero las políticas se deben adaptar a las condiciones y reflejar las opciones entre los intereses de los diferentes grupos que compiten entre sí (de hecho, la política gira precisamente alrededor de eso). Y las condiciones actuales, junto con los intereses de los “rezagados”, indican que lo una vez impensable se ha vuelto esencial, si es que no inevitable.

La principal razón porque los gobiernos vacilen ante la perspectiva de intervenir en la fijación salarial es el recuerdo de los fallidos controles de precios y salarios durante el periodo de alta inflación de los años 70, controles que dieron origen a distorsiones problemáticas y de gran calado. Pero una segunda razón, y más actual, tiene relación con el cabildeo de las empresas que argumentan que la competitividad corporativa depende del trabajo barato. Los gobiernos también tienen su propio interés que considerar, ya que a menudo el sector público da empleo a muchos trabajadores por el salario mínimo.

Sin embargo, es hora de armarse de valor. Las medidas fiscales (como recortar impuestos o elevar el gasto público) están demasiado limitadas por la alta deuda pública para servir de mucho en el estímulo de la demanda, y los intentos de usarlas para redistribuir recursos de los ricos a los pobres han creado sus propios problemas. La política monetaria (en especial, los vastos programas de “facilitación cuantitativa” de impresión de dinero impulsados por los bancos centrales en los últimos años) también ha perdido espacio en horas que aumenta la inflación y los balances de los bancos centrales alcanzan tamaños antes nunca vistos. La intervención salarial es prácticamente la única opción que queda.

Más aún, es probable que los riesgos de elevar el salario mínimo no sean tan altos como parece, no al menos por ahora. No hay duda de que hay tiempos en que pueden conllevar una reducción del empleo, pero hoy no es así: países como Estados Unidos, Japón, Alemania y el Reino Unido están prácticamente con pleno empleo.

El riesgo que existe en estos países no es que haya más paro, sino que los salarios se congelen, causando así que la demanda de los hogares se mantenga baja o crezca solamente de manera marginal e impidiendo con ello la inversión empresarial. En los Estados Unidos, los bajos salarios en los quintiles inferiores del mercado laboral han desalentado a millones de personas en edad laboral de siquiera buscar empleo. Ciertamente eso puede ayudar a reducir el índice de desempleo oficial, pero aporta poco a la economía.

El salario mínimo federal estadounidense de $ 7,25 por hora es un tercio inferior en términos reales (ajustado a la inflación) que su punto máximo en 1968. El salario mínimo legal promedio de Japón de ¥ 823 ($ 7,40) por hora es poco mayor. Incluso en los lugares donde las autoridades han dado pasos para elevar los salarios mínimos (el Reino Unido desde el año pasado, así como estados de EE.UU. como California y Nueva York, que apuntan a un techo mínimo de $ 15 por hora para el año 2020), no están avanzando lo suficientemente rápido ni lejos. Japón está elevando su salario mínimo solo ligeramente por encima de la inflación.



La desigualdad sigue siendo el azote de nuestra era, en que el poder de negociación de los trabajadores menos cualificados se ve gravemente socavado por la automatización y la competencia de los países en desarrollo. Los gobiernos deben adoptar medidas más osadas si no desean que los grupos “olvidados” queden atrás ni desafectados permanentemente.

En los años 60, el plan de “duplicación del ingreso” de Japón ayudó a que el país desarrollara una economía de consumo. Tal vez haya llegado el momento de lanzar un programa de “duplicación del salario mínimo”, con implementación a lo largo de unos cuantos años a fin de dar a las empresas la oportunidad de ajustarse. Para los gobernantes que han recibido el apoyo financiero de los muy ricos y el electoral de los rezagados, un plan así tendría todas las de ganar en términos políticos. ¿Interesado, Presidente Trump?

(Bill Emmott is a former editor-in-chief of The Economist)

- Un nuevo rumbo para el liberalismo económico (Project Syndicate - 13/6/17)

Ginebra.- Desde la revolución agraria, el progreso tecnológico siempre ha alimentado fuerzas opuestas de dispersión y concentración. La primera ocurre con la erosión de viejos poderes y privilegios; la segunda, cuando se expande el poder y el alcance de quienes controlan las nuevas capacidades. La denominada Cuarta Revolución Industrial no será una excepción.

La tensión entre dispersión y concentración ya se está agudizando en todos los niveles de la economía. A lo largo de la década de 1990 y los comienzos del nuevo milenio, el comercio creció dos veces más rápido que el PIB, sacando de la pobreza a cientos de millones. Gracias a la globalización del capital y del conocimiento, los países fueron capaces de desplazar recursos a sectores más productivos y mejor remunerados. Todo esto contribuyó a la dispersión del poder de mercado.

Pero esta dispersión se produjo en paralelo a una concentración igualmente marcada. A nivel sectorial, un par de industrias clave -especialmente en los sectores financiero y de tecnologías de la información- lograron una creciente cuota de ganancias. Por ejemplo, en Estados Unidos el sector financiero genera solo el 4% del empleo, pero representa más del 25% de los beneficios empresariales. Y la mitad de las compañías estadounidenses que generan ganancias del 25% o más son firmas tecnológicas.



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