Paper ¿Es la economía “disruptiva” una fábrica de “camareros”? (El lado oscuro de la economía “colaborativa”) Introducción: la sociopatía de la economía disruptiva



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Washington, DC.- La mayoría de las economías están en busca de una receta para un crecimiento económico inclusivo, en la que se implementen tasas altas de inversión, innovación rápida y fuertes alzas del PIB junto con medidas para reducir la desigualdad de ingresos. Los conservadores insisten en que el crecimiento requiere de impuestos bajos y de incentivos como mercados laborales flexibles para estimular la iniciativa empresarial. Pero para reducir la desigualdad hacen falta niveles más altos de gasto gubernamental y tributación (excepto cuando el gobierno busca un gasto deficitario para estimular una economía deprimida).

Se suele invocar el modelo económico escandinavo para achicar esta brecha. El sistema de “flexiguridad” danés, en particular, históricamente ha ofrecido un desempeño económico sólido junto con una desigualdad baja. Economistas prominentes como Philippe Aghion han publicado excelentes análisis de cómo este modelo podría equilibrar crecimiento, igualdad y satisfacción general de los ciudadanos en otras partes del mundo.



Estos economistas sostienen que los mercados laborales con pocas restricciones en cuanto a contratación y despido, impuestos bajos a la iniciativa empresarial e incentivos generosos para la innovación son compatibles con una distribución de ingresos relativamente equitativa, un alto gasto social por parte del gobierno y políticas sociales igualadoras como la educación gratuita universal.

Este modelo ha sustentado un debate en curso en Europa, que hoy es relevante en Estados Unidos, porque la nueva administración de Donald Trump ha prometido ayudar a los “perdedores” de la globalización mejorando al mismo tiempo la innovación y el crecimiento. Pero en Estados Unidos es mucho más difícil, desde un punto de vista político, ofrecer razones a favor de un gasto público generoso en educación, atención médica y seguridad financiera para los jubilados, porque hacerlo siempre plantea el espectro de impuestos altos.



Un modelo de crecimiento inclusivo parecería tener que cuadrar el círculo en materia de políticas. Tendría que aumentar sustancialmente el gasto público, especialmente en educación, beneficios de desempleo, capacitación y salud.

Resulta útil analizar los números de los ejemplos danés y sueco a los que se hace referencia con tanta frecuencia. En términos generales, esos países tienen excelentes indicadores económicos. Si bien el crecimiento del PIB no es mayor que en Estados Unidos, la mayoría de la gente comparte un nivel de vida alto, mientras que las encuestas demuestran que los escandinavos (especialmente los daneses) están entre las personas más felices del mundo. Pero, como demuestra el siguiente cuadro, esos países también tienen uno de los gastos gubernamentales y ratios tributación-PIB más altos de la OCDE.

government spending percent gdp

Si Estados Unidos, hipotéticamente, adoptara la política de educación gratuita universal de Dinamarca, pero mantuviera su ratio impuestos-PIB sin modificar, su déficit fiscal superaría el 6% del PIB. Estados Unidos ha experimentado déficits tan altos sólo durante la Segunda Guerra Mundial y la Gran Recesión de 2008-2009, cuando se implementó un gigantesco paquete de estímulo para impulsar la economía. De modo que el solo hecho de ofrecer educación gratuita universal en Estados Unidos haría subir el déficit del país al nivel más alto que se haya registrado en tiempos normales.

En el contexto de esta comparación, parecería que el círculo no se puede cuadrar sin un importante giro macroeconómico. Los países escandinavos son más pequeños y pueden recaudar ingresos y administrar los servicios públicos de manera más eficiente. Pero, aun si Estados Unidos se acercara a esta eficiencia -una tarea difícil en un país tan grande y diverso-, la solidaridad social seguiría exigiendo impuestos efectivos altos, como en Dinamarca y Suecia.

Otro componente crucial del modelo escandinavo es la flexibilidad del mercado laboral. En el índice de “Legislación de Protección del Empleo” de la OCDE, Estados Unidos arroja un resultado de 1,2 en una escala de 0 a 5, donde cero indica flexibilidad plena. Por su parte, el resultado para Francia y Alemania es 2,8, para Italia 2,9 y para Dinamarca y Suecia 2,3 y 2,5 respectivamente. Esto demuestra que, aunque los mercados laborales escandinavos son más flexibles que en otras partes de Europa continental, el mercado laboral estadounidense es mucho más flexible -y ofrece menos seguridad- que cualquiera de ellos.

Este amplio cálculo estático sugiere que deberíamos proceder con cautela a la hora de aplicar las lecciones del modelo escandinavo a países grandes como Estados Unidos. De modo que, para evaluar el impacto a largo plazo que un modelo puede tener en el bienestar de los ciudadanos, necesitaríamos un análisis más dinámico en el curso de por lo menos diez años. Recién ahí podríamos medir hasta dónde la inversión y la innovación responderían a los incentivos, cuánto costaría la educación universal gratuita en el mediano plazo o cómo incidirían las estructuras demográficas en las diferentes políticas sociales.

El análisis económico por sí solo no puede dirimir el debate político entre derecha e izquierda. Lo que puede hacer es ayudar a acotar y focalizar ese debate. La clave es que los participantes en ambos lados sean más explícitos respecto de los valores y objetivos que, a su entender, debería procurar la sociedad, y cuantifiquen sus presunciones sobre cómo un desempeño dinámico responderá a incentivos particulares. Recién ahí una democracia puede elegir de manera efectiva cuál sendero seguir.

Un buen análisis económico puede permitir que los “populistas constructivos” debatan con los “populistas post-factuales e ilusorios” que parecen estar en aumento, con un discurso alternativo realista -que sea transparente y esté basado en expectativas creíbles de las políticas y los resultados económicos-. En otras palabras, el análisis económico puede facilitar las buenas decisiones; no puede tomarlas.
(Kemal Derviş, former Minister of Economic Affairs of Turkey and former Administrator for the United Nations Development Program (UNDP), is a vice president of the Brookings Institution. Karim Foda is a research analyst at the Brookings Institution)
- Un New Deal para salvar a Europa (Project Syndicate - 23/1/17)
Londres.- “No me importa lo que cueste. ¡Recuperamos nuestro país!” Este es el mensaje orgulloso que se escucha por toda Inglaterra desde el referendo del Brexit en junio pasado. Y es una demanda que está resonando en todo el continente. Hasta hace poco, cualquier propuesta para “salvar” a Europa era vista con misericordia, aunque con escepticismo sobre su viabilidad. Hoy, el escepticismo gira en torno de si vale la pena o no salvar a Europa.
El repliegue de la idea europea está siendo impulsado por la fuerza combinada de una negación, una insurgencia y una falacia. La negación del establishment de la UE de que la arquitectura económica de la Unión nunca estuvo pensada para sustentar la crisis bancaria de 2008 ha resultado en fuerzas deflacionarias que deslegitiman el proyecto europeo. La reacción predecible ante la deflación ha sido la insurgencia de partidos antieuropeos en todo el continente. Y, lo más preocupante de todo, el establishment ha respondido con la falacia de que una “federación light” puede frenar la ola nacionalista.

No puede. Después de la crisis del euro, los europeos se estremecen ante la idea de darle a la UE más poder sobre sus vidas y comunidades. Una unión política de la eurozona, con un pequeño presupuesto federal y cierta mutualización de las ganancias, las pérdidas y la deuda, habría sido útil en 1999, cuando nació la moneda común. Pero ahora, bajo el peso de las gigantescas pérdidas bancarias y las deudas heredades causadas por la arquitectura defectuosa del euro, la federación light (como propuso el candidato presidencial francés Emmanuel Macron) es demasiado poco demasiado tarde. Se convertiría en la Unión de la Austeridad permanente que el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schaüble, ha buscado durante años. No podría existir mejor regalo para la “Internacional Nacionalista” de hoy.
Para decirlo en términos sencillos, los progresistas necesitan formular una pregunta directa: ¿Por qué la idea europea se está muriendo? Las respuestas son claras: desempleo involuntario y migración intra-UE involuntaria.
El desempleo involuntario es el precio de una inversión inadecuada en toda Europa, debido a la austeridad, y de las fuerzas oligopólicas que han concentrado empleos en las economías superavitarias de Europa durante la resultante era deflacionaria. La migración involuntaria es el precio de la necesidad económica en la periferia de Europa. La gran mayoría de los griegos, búlgaros y españoles no se mudan a Gran Bretaña o Alemania por el clima; se trasladan porque deben hacerlo.
La vida para los británicos y los alemanes mejorará no construyendo cercos fronterizos electrificados y replegándose al seno del estado-nación, sino creando condiciones decentes en cada país europeo. Y eso es precisamente lo que se necesita para revivir la idea de una Europa democrática y abierta. Ninguna nación europea puede prosperar sustancialmente si otros europeos son víctimas de la depresión. Es por eso que Europa necesita un New Deal mucho antes de empezar a pensar en una federación.
En febrero, el movimiento DIEM25 revelará un New Deal europeo, que lanzará al mes siguiente, en el aniversario del Tratado de Roma. Ese New Deal estará basado en un principio rector simple: todos los europeos deberán gozar en su país natal del derecho a un empleo digno del que puedan vivir, una vivienda decente, atención médica y educación de alta calidad y un medio ambiente limpio.
A diferencia del New Deal original de Franklin Delano Roosevelt en los años 1930, un New Deal europeo debe materializarse sin las herramientas de una federación operativa, sino basándose en las instituciones existentes de la UE. De lo contrario, la desintegración de Europa se acelerará, sin dejar nada detrás para federar.
El New Deal europeo debería incluir cinco objetivos precisos y los medios para alcanzarlos bajo los tratados existentes de la UE, sin ninguna centralización del poder en Bruselas o una mayor pérdida de soberanía:
· Una inversión verde de gran escala que estará financiada por una asociación entre bancos públicos de inversión (el Banco Europeo de Inversiones, KfW y otros) y bancos centrales (sobre la base de dirigir el alivio cuantitativo a bonos de proyectos de inversión) para canalizar hasta el 5% del ingreso total europeo a inversiones en energía verde y tecnologías sustentables.

· Un programa de garantía de empleo para ofrecer empleos con salarios dignos en los sectores público y sin fines de lucro para todo europeo en su país natal, disponible a pedido de todos los que lo quieran. Con la condición de que el programa no sustituya empleos en la administración pública, traslade la antigüedad o reemplace los beneficios existentes, ofrecería una alternativa para la elección entre miseria y emigración.


· Un fondo anti-pobreza que se ocupe de las necesidades básicas en toda Europa, que también debería funcionar como el cimiento de una eventual unión de beneficios.
· Un dividendo básico universal para socializar un porcentaje mayor de los crecientes rendimientos del capital.
· Una protección anti-desalojo inmediata, representada en una regla de derecho a alquilar que permite a los propietarios que enfrenten una ejecución hipotecaria permanecer en sus hogares mediante el pago de una renta justa pautada por las juntas comunitarias locales. En el más largo plazo, Europa debe financiar y garantizar una vivienda decente para todos los europeos en su país natal, restableciendo el modelo de vivienda social que ha sido desmantelado en todo el continente.
Tanto el programa de empleo como el programa anti-pobreza deberían basarse en una versión moderna de una práctica antigua: la banca pública para fines públicos, financiada por una reforma monetaria pragmática pero radical al interior de la eurozona y de la UE, así como en países europeos no pertenecientes a la UE. Específicamente, todos los ingresos de señoreaje de los bancos centrales serían utilizados para estos fines.
Además, se establecería en cada país un mecanismo electrónico de compensación pública para depósitos y pagos (fuera del sistema bancario). Las cuentas fiscales servirían para aceptar depósitos, recibir pagos y facilitar transferencias a través de la banca online, aplicaciones de pago y tarjetas de débito emitidas por entidades públicas. Los saldos activos luego podrían ser prestados al fondo que respalde los programas de empleo y anti-pobreza, y estarían avalados por un esquema de seguro de depósitos europeos, mientras que los déficits estarían cubiertos por bonos de los bancos centrales, ofrecidos a tasas bajas por los gobiernos nacionales.
Sólo un New Deal europeo de estas características puede frenar la desintegración de la UE. Se debe estabilizar a todos y cada uno de los países europeos y hacer que se vuelvan prósperos. Europa no puede sobrevivir ni como una ley de la selva ni como una Unión de la Austeridad en la que algunos países, detrás de una máscara de federalismo, están condenados a una depresión permanente y donde a los deudores se les niegan derechos democráticos. Para "recuperar nuestro país", tenemos que recuperar una decencia común y restablecer el sentido común en toda Europa.
(Yanis Varoufakis, a former finance minister of Greece, is Professor of Economics at the University of Athens)
- El trabajo en un futuro automatizado (Project Syndicate - 25/1/17)
Londres.- Hoy las tecnologías disruptivas están dictando nuestro futuro, a medida que las innovaciones difuminan cada vez más los límites entre los ámbitos físico, digital y biológico. Los robots ya están en nuestras salas de operaciones y restaurantes de comida rápida; hoy podemos usar imágenes en 3D y extracción de células madre para desarrollar huesos humanos a partir de las células del propio paciente, y la impresión en 3D está creando una economía circular en que podemos usar y reutilizar las materias primas.
Este tsunami de innovación tecnológica seguirá cambiando profundamente nuestra manera de vivir y trabajar, y cómo funcionan nuestras sociedades. En lo que hoy se llama la Cuarta Revolución Industrial, convergerán las tecnologías que alcanzan su mayoría de edad, como la robótica, la nanotecnología, la realidad virtual, la impresión 3D, la Internet de las Cosas, la inteligencia artificial y la biología avanzada. Y a medida que se las siga desarrollando y adoptando ampliamente, producirán cambios radicales en todas las disciplinas, sectores y economías, y en la manera como las personas, las compañías y las sociedades producen, distribuyen, consumen y desechan los bienes y servicios.
Asimismo, han dado origen a ansiosas preguntas sobre el papel que los seres humanos desempeñarán en un mundo dominado por la tecnología. Un estudio realizado por la Universidad de Oxford en 2013 estima que cerca de la mitad de los empleos de Estados Unidos se podrían perder debido a la automatización en las próximas dos décadas. Por otra parte, economistas como James Bessen, de la Universidad de Boston, argumentan que la automatización va de la mano con la creación de nuevos empleos. Entonces, cuál de las dos consecuencias es… ¿nuevos empleos o un desempleo estructural masivo?
En este punto podemos estar seguros de que la Cuarta Revolución Industrial tendrá un efecto disruptivo sobre el empleo, pero nadie puede predecir todavía la escala del cambio. Así que antes de tragarnos todas las malas noticias, deberíamos ver sus precedentes históricos, que sugieren que el cambio tecnológico tiende más bien a afectar la naturaleza del trabajo que la oportunidad de participar en el trabajo mismo.
La Primera Revolución Industrial movió la manufactura británica de los hogares a las fábricas y marcó el inicio de la organización jerárquica. Se trató de un cambio a menudo violento, como lo demostraron las famosas revueltas de los luditas en la Inglaterra de principios del siglo diecinueve. Para encontrar trabajo la gente se vio obligada a migrar desde las áreas rurales a los centros industriales, y durante este periodo surgieron los primeros movimientos sindicalistas.
La Segunda Revolución Industrial vino de la mano de la electrificación, la producción a gran escala y las nuevas redes de transporte y comunicaciones, y creó nuevas profesiones como la ingeniería, la banca y el profesorado. En ella surgieron las clases medias, comenzando a exigir nuevas políticas sociales y un mayor papel en el gobierno.
Durante la Tercera Revolución Industrial, los modos de producción se automatizaron más aún con la electrónica y las tecnologías de la comunicación y la información, y muchos empleos humanos pasaron de la manufactura a los servicios. Cuando los cajeros automáticos llegaron en los años 70, se supuso al principio que serían un desastre para los trabajadores de la banca, pero en realidad la cantidad de sucursales se elevó con el tiempo, a medida que bajaban los costes. La naturaleza del trabajo había cambiado: se volvió menos transaccional y más centrado en el servicio al cliente.
Cada revolución industrial anterior conllevó disrupción, y en la cuarta no será diferente. Si tenemos en mente las lecciones de la historia podemos gestionar el cambio. Para comenzar, tenemos que centrarnos en las habilidades, no solo en los empleos específicos que vayan a surgir o desaparecer. Si determinamos las habilidades que necesitemos, podemos educar y entrenar a la fuerza de trabajo humana para aprovechar la totalidad de las nuevas oportunidades que cree la tecnología. Los departamentos de recursos humanos, las instituciones educacionales y los gobiernos deberían liderar este esfuerzo.
En segundo lugar, la experiencia del pasado ha mostrado una y otra vez que es necesario proteger las clases más desposeídas: los trabajadores vulnerables al desplazamiento por parte de la tecnología deben tener el tiempo y los medios para adaptarse. Como vimos en 2016, puede haber consecuencias de largo alcance cuando un alto nivel de desigualdad en las oportunidades y resultados hace que la gente crea que en el futuro no hay lugar para ellos.
Por último, pero no menos importante, para asegurarnos de que la Cuarta Revolución Industrial se traduzca en crecimiento económico y frutos para todos, debemos colaborar entre todos para crear nuevos ecosistemas normativos. Los gobiernos tendrán un papel crucial en esto, pero los líderes empresariales y comunitarios también habrán de colaborar con ellos para determinar las regulaciones y estándares correspondientes para las nuevas tecnologías e industrias.
No me hago ilusiones de que esto vaya a ser fácil. La política, no la tecnología, marcará el ritmo del cambio, e implementar las reformas necesarias será un trabajo lento y difícil, especialmente en las democracias. Requerirá una combinación de políticas de vanguardia, marcos normativos ágiles y, sobre todo, alianzas eficaces más allá de los límites de las naciones y las organizaciones. Un buen modelo a tener en mente en el sistema de “seguridad social flexible” de Dinamarca, en que un mercado laboral flexible va acompañado de una sólida red de seguridad social que incluye servicios de capacitación y actualización de las habilidades para todos los ciudadanos.
Puede que la tecnología avance con rapidez, pero no producirá el colapso del tiempo mismo. Los trascendentales (de hecho, revolucionarios) cambios por delante ocurrirán a lo largo de varias décadas, no como un Big Bang. Las personas, compañías y sociedades tienen tiempo para adaptarse, pero no hay tiempo que perder. Debemos comenzar ahora la creación de un futuro en el que todos podamos beneficiarnos.
(Johan Aurik is Managing Partner and Chairman, Global, at A.T. Kearney)
- Trabajo decente o política indecente (Project Syndicate - 25/1/17)
Davos.- La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas compromete a los Estados miembros a “no dejar a nadie atrás”. Un componente fundamental de dicho compromiso – incluido en la propia agenda de la del Organización Internacional del Trabajo – es el trabajo decente para todos. En un momento histórico en el que la frustración y la desilusión de los trabajadores se están expresando en los procesos electorales en todo el mundo, este objetivo no podría revestir mayor importancia.
Hoy en día, la expectativa de que cada generación estará en una mejor posición que la anterior, tanto social como económicamente, ya no es algo que automáticamente se deba esperar que ocurra. Para muchos, la movilidad descendente se ha convertido en la nueva normalidad.

No es de extrañar, por lo tanto, que la frustración que se cocinaba a fuego lento durante mucho tiempo, debido a la forma en la que se ha manejado la globalización y el resentimiento que surge por la distribución injusta de sus beneficios, hubiesen energizado la reacción política que azota al mundo últimamente. Este desencanto surge, al menos en parte, por las experiencias que viven las personas con relación a sus trabajos, ya sea por la exclusión del mercado laboral, las malas condiciones laborales o los salarios bajos.
En muchas partes del mundo, incluyendo en algunos países de Europa, el desempleo ha sido persistentemente alto en los últimos años. Pero, incluso tener un puesto de trabajo no es garantía de seguridad financiera: muchas personas que tienen empleos saben que sus puestos de trabajo son vulnerables, y ha habido un avance inadecuado en la calidad de los puestos de trabajo, incluso en países donde los indicadores económicos agregados están mejorando.
Según el informe de la OIT sobre los salarios mundiales, Desigualdades salariales en el lugar de trabajo, publicado el mes pasado, el crecimiento de los salarios a nivel mundial se ha desacelerado desde el año 2012, del 2,5% anual al 1,7% en el 2015 - su nivel más bajo en cuatro años. Si se retira de los cálculos a China, país que experimentó un crecimiento particularmente rápido en los salarios, la cifra de crecimiento anual de los salarios a nivel mundial cae del 1,6% a apenas un 0,9%.
La desilusión de los trabajadores se profundiza al saber que, a medida que sus salarios promedio crecen lentamente o se estancan, los muy ricos están haciendo significativamente mucho más ricos. Como muestra el informe de la OIT, si bien los salarios han aumentado gradualmente en casi toda la distribución de ingresos, en la mayoría de los países los salarios han aumentado considerablemente más para el 10% de los empleados en la parte superior de dicha distribución, e incluso mucho más para aquellos en el 1% superior.
En Europa, el 10% de los empleados que son mejor remunerados recibe, en promedio, el 25,5% del total de los salarios, mientras que el 50% de aquellos que perciben los salarios más bajos llega a recibir sólo el 29,1% de dicho total de salarios. El porcentaje del total de salarios que percibe el 10% mejor remunerado es aún mayor en algunas economías emergentes: por ejemplo en Brasil (35%), la India (42,7%) y Sudáfrica (49,2%). En Europa, el 1% mejor remunerado gana alrededor de € 90 ($ 95) por hora, ocho veces más que los asalariados que perciben el monto de salario que equivale a la mediana, y 22 veces más que el salario promedio del 10% en la parte inferior de la distribución de salarios.
Ahora nos enfrentamos al doble desafío de mejorar la situación de los que están en el extremo inferior de la distribución de salarios, al mismo tiempo que se crean suficientes nuevos empleos de alta calidad para las decenas de millones de nuevos participantes en el mercado laboral cada año. Debido a que la economía mundial todavía no se ha recuperado plenamente de la crisis económica mundial que comenzó hace una década, superar estos desafíos no será tarea fácil.
De hecho, es probable que el crecimiento de la mano de obra continúe superando la creación de empleo. Es por eso que las

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