Paper ¿Es la economía “disruptiva” una fábrica de “camareros”? (El lado oscuro de la economía “colaborativa”) Introducción: la sociopatía de la economía disruptiva



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- ¿Por qué lo llaman competitividad, cuándo quieren decir regreso a la edad media?

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Sociedades estafadas: cuando la evidencia nos explota en la cara

Hay modelos innovadores que llegan, irrumpen y se quedan. Amazon, Uber o Airbnb son compañías que, en los distintos sectores, han traído modelos disruptivos e innovadores que antes no existían. Ante eso hay dos opciones, protegerse y defenderse hasta la muerte, o competir, desarrollar nuevas ideas y crear soluciones alternativas.

Esta fase expansiva, que crea empresas cada vez más grandes que tienden a convertir un sector concreto en un coto privado, ha sido tolerada por los poderes públicos, alentada desde el entorno financiero, animada desde los bancos centrales y definida como positiva por los expertos, por las más diversas razones. La principal ha sido que generan empresas más eficientes, que permiten regular mejor sus costes y que, por tanto, acaban siendo mucho más beneficiosas para los consumidores, al ofertar productos y servicios más baratos.

Según Goldman Sachs, “un mercado oligopólico puede convertir un negocio de productos básicos de precios bajos en otro altamente rentable. Los mercados oligopólicos son poderosos porque satisfacen simultáneamente múltiples componentes críticos de una ventaja competitiva sostenible: un pequeño núcleo de empresas se enfrenta a una competencia menos eficaz, posee mayor capacidad de fijar los precios porque la elección de los consumidores queda reducida, consigue costes de escala gracias a la presión sobre los proveedores y eleva las barreras de entrada a nuevos jugadores”.

Los inventores de la “gig economy” (disruptiva, asociativa, colaborativa…) han descubierto que también hay una “carrera de los pobres” en las economías avanzadas (ahora en vías de subdesarrollo), y se pueden generar negocios vendiendo “armas” a los blancos y los indios.

Sacando “tajada” de la miseria ajena. Miseria de la “demanda”, que quiere vivir por encima de sus posibilidades, y miseria de la “oferta”, que tiene que aceptar condiciones abusivas.

Y todos tan “felices” (¿felices?), viajando en vehículos no controlados, que no pagan impuestos, que compiten deslealmente; subalquilando una habitación, un sillón-cama, o un… ¿trastero?; o comprando libros por Internet, que solo pagan un dólar por ejemplar al autor…

Todo lo que está ocioso (o subutilizado) se puede compartir: ¿también la pareja? ¿o los hijos?

Historias de “unicornios”: las bicis compartidas asiáticas que inundan Europa (¿un caso de Bici-“Mad”?)

Mobike y Ofo son líderes en China, con 600 y 700 millones de dólares de inversión cada una y unas 30 empresas más pequeñas que copian el modelo por detrás. Obike, de Singapur, tiene menos dinero (la última ronda fue de 45 millones) pero interesa por lo mismo: todas están en plena expansión internacional.

Son muy sencillas: escanear código, desbloquear, bloquear. Más que las públicas. También compiten en precio, con la media hora a unos 50 céntimos. Y están integradas con las apps de mapas y taxis (porque comparten inversores) y con WeChat Pay y Alipay (sistemas de pago móvil), que ya tiene todo el mundo en el teléfono.

Con tantos millones en el banco y después de haber tomado Asia, tanto Obike como Ofo y Mobike han venido a Europa: Mobike está en Milán y Manchester, Obike en Zúrich y Londres y Ofo acaba de lanzar en Cambridge.



Aparentemente, tiene sentido, el usuario gana -más bicis, que llegan a más sitios que las públicas y sin restricción para aparcar- y la ciudad en teoría también (¡fomentar la bici es bueno!). Pero su modelo de soltar mil bicicletas en la calle de un día para otro no ha sido del todo exitoso y ya ha cabreado a más de una ciudad europea.

Las apps para alquilar bicis son una realidad en muchas ciudades europeas y utilizan sitios públicos como aparcamientos. Los ayuntamientos aún no saben lo que tienen entre manos.

Obike es la primera de las múltiples tecnológicas asiáticas dedicadas al negocio de las bicis en Europa, otras, como las gigantes chinas Ofo y Mobike, ya han iniciado los trámites para operar. ¿El inconveniente? Su modelo de ocupación del espacio público no ha gustado en otras ciudades europeas -en algunos barrios de Londres las retiraron y en Ámsterdam las prohibieron- y en el consistorio madrileño están preparando una regulación específica.

Una app, te geo localiza y enseña las bicis disponibles a tu alrededor…

Lo primero: no siempre están todas las que salen sobre el mapa, por imprecisión del GPS o porque alguien las aparcó en un lugar poco accesible (como hacen algunos con los coches de carsharing en sus garajes).

Lo segundo: piden un depósito de 49 euros para empezar a usarla, reembolsable gratuitamente la primera vez que lo solicites pero con un recargo del 5% a partir de la segunda. El precio depende de los “puntos” que tengas y empieza en 0,50 € por cada media hora.

Encontrada la bici y hechos los trámites, cogerla es tan sencillo como escanear un código QR y desbloquear. A partir de ahí, lo que más te llamará la atención es que no tiene ni cambios ni marchas y que subir cualquier pendiente es laborioso. Eso sí: la bicicleta es grande y llamativa, así que la sensación de seguridad aumenta (porque los coches te ven mejor).

Lo siguiente es aparcar. En general las ordenanzas de movilidad (que aplican tanto a las bicicletas y motos compartidas como a las privadas, establece que debe estacionarse en las zonas reservadas para ello o, si no hay, en la calzada sin obstruir el paso. La aplicación indica que la bici debe devolverse en un aparcabicis, pero no incluye información sobre dónde están (algo que si hacen otras similares, como Yobike en Inglaterra).

La app no obliga, la app recomienda que la dejes en un aparcamiento designado. La ventaja es que no necesita estaciones. En Múnich, por ejemplo, hay unidades sueltas y otras agrupadas en puntos habituales como paradas de metro. El usuario se acostumbra a dónde las puede encontrar”.

Por otro lado, el sistema deja toda la responsabilidad a sus usuarios y penaliza o premia a quienes reporten bicicletas mal aparcadas. En Shanghái, donde las bicicletas sin base son ya parte del día a día en la ciudad, la gente las respeta bastante, son conscientes de su utilidad y valor. Lo de acabar en el río y tirarlas en cualquier lado sucedió durante los primeros meses, cuando era la novedad y se tomaba como un experimento y algo temporal.

“No indican dónde están los parkings, no tienen seguro por si pasa cualquier cosa y no dicen qué hacen con los datos (estos sistemas recogen origen, destino y ruta de sus usuarios y los términos de contemplan la posibilidad de compartirlos con anunciantes)”, apuntan fuentes regulatorias en algunas ciudades europeas.

Además del estacionamiento en las aceras y de todo lo anterior, a algunas autoridades les preocupa otra cosa: la recirculación de las bicicletas. Si el flujo es, como se espera, cuesta abajo: ¿subirá la empresa las bicicletas hacia arriba para evitar la acumulación que se ha dado en otras ciudades?

En Zúrich (por ejemplo) se ha subcontratado el mantenimiento y recogida a otra empresa. Hay dos empleados que por la tarde-noche localizan las bicicletas y las reagrupan si están lejos.

Mobike se lanzó en Manchester a finales de junio. Dos semanas después, la prensa certificó su fracaso: había bicicletas tiradas en el canal, en las papeleras o en los jardines de la gente. La empresa lo atribuyó a un “malentendido” (los usuarios no supieron cómo usarlo).

La situación en Londres no fue mucho mejor. Obike entró en julio con 400 bicicletas en el distrito de Hammersmith y Fulham y lo hizo sin consultar, así que el día de su inauguración y después de que aparecieran bicis hasta en las vías del tranvía, las retiraron con un tweet de regalo: “Hola, Obike. Estamos de acuerdo con el ciclismo en el barrio. Pero nos preocupan los sitios en los que habéis dejado las bicis. Hablad con nosotros”.

Otros distritos londinenses tampoco fueron consultados antes de lanzar y se enfadaron: necesitan saber dónde aparcarán las bicis y qué hacer con ellas si están mal, y la empresa, dicen, no ofrece vías de comunicación. Alquilar una Obike hoy es complicado: no siempre hay bicis donde la app indica -probablemente porque estén en dentro de edificios o aparcamientos- y no es raro verlas rotas por la calle.

El caso más llamativo es el de Ámsterdam, que en menos de un mes las prohibió. “No está permitido usar el espacio público como lugar de distribución”, indicó el Ayuntamiento, “que es lo que hacen las empresas de bicicletas de alquiler al tiempo que ocupan parkings que necesitan los residentes y visitantes de Ámsterdam”.

La ciudad está ahora hablando con las empresas del sector en busca de regulación. Mientras tanto, la Federación Europea de Ciclismo ya ha alertado de lo que viene y publicado un documento con recomendaciones para afrontarlo. En él, recomienda a las autoridades locales controlar el número de bicis que cada empresa suelta en las calles y exigirles acceso a los datos, porque registran los A-B y viajes de cada usuario. Que las ciudades lleguen a tiempo antes de que entren por la zona gris -como llevamos años viendo con modelos como Uber o Airbnb- es lo que aún está por ver.



Esto es lo que han engendrado Goldman Sachs y sus colegas de Wall Street: sin riesgo alguno de tropezar con la razón o resbalar sobre la lógica

- Stephen Paddock causó 59 muertos y más de 500 heridos (BBCMundo - 2/10/17)

Stephen Paddock, el hombre que causó 59 muertos y más de 500 heridos con sus disparos del domingo por la noche en un concierto en Las Vegas, poseía un total de 42 armas de fuego entre su casa de Mesquite, a unos 130 kilómetros del lugar de los hechos, y la habitación del hotel donde se hospedaba…

- Los fabricantes de pistolas se disparan en bolsa tras la masacre en Las Vegas (El Economista - 2/10/17)

Las acciones de los principales fabricantes de pistolas en Estados Unidos registran importante subidas en bolsa tras el que se perfila como el mayor tiroteo masivo de la historia del país. La matriz de Smith & Wesson, American Outdoor Brand Corp, opera con alzas de casi el 5% mientras Sturm, Ruger & Co sube un 4,4%. Por su parte, Vista Outdoor avanza un 3%.

Según Rommel Dionisio, director de Aegis Capital, tras tiroteos de estas características, como el de Orlando, en Florida, o el de San Bernardino, en California, “las ventas de armas suelen subir con fuerza durante los dos o tres meses posteriores a esta clase de eventos”.



La asombrosa contribución a la estulticia económica está batiendo todos los récords hasta ahora conocidos.

El capitalismo se estaba canibalizando a sí mismo

Ninguna preocupación por la desaparición de la clase media, la creciente desigualdad y las enormes dificultades para que el ascensor social se mueva del sitio. Se niegan a asumir que sin buenos salarios y beneficios, el gasto disminuye hasta pulverizarse, y los hogares comienzan a funcionar en modo austeridad. Sin empleados entregados, los clientes se marchan a cualquier otro sitio. Sin comunidades vitales que provean oportunidades y educación de calidad a sus ciudadanos, las empresas no pueden contratar a la gente que necesitan. Y así sucesivamente.

Las firmas no sólo necesitan gente con el dinero suficiente para gastar y un buen contexto social, también precisan crear una marca que las identifique. Y esto se hace, ofreciendo un buen producto o servicio, estableciendo unos lazos sólidos con proveedores, empleados y clientes, e investigando e innovandode modo que se cuente con las bases precisas para asegurar la continuidad y el éxito a medio y largo plazo.

Este tipo de ideas, que son también en las que confían muchos pequeños y medianos empresarios, tienen muy poco que ver con cómo funciona hoy el mundo de los negocios, que se ha desligado de ideas esenciales y ha abrazado el corto plazo, sin medir las consecuencias potencialmente desastrosas de seguir por este camino.

Muchos que tienen trabajos temporales, tal vez conduciendo un vehículo en Uber unas cuantas horas o trabajando en una tienda de café Starbucks. Oficialmente no están desempleados, pero posiblemente estén en un empleo por debajo de sus expectativas.

Hay muchas personas “en reserva”, disponibles para trabajar, que con un aumento relativamente pequeño de los sueldos, abandonarían su retiro temporal o sus empleos de medio tiempo para sumarse de lleno a la fuerza laboral.

Y si los empleadores saben que existen tantos de estos trabajadores potenciales, no tienen que subir tanto los salarios para llenar las vacantes que necesitan. 

¿Y qué les impide actuar de otra manera? Los principales accionistas de sus empresas exigen la máxima rentabilidad a corto plazo, aunque eso perjudicase la salud de la empresa. Han olvidado las bases de la buena gestión y están dedicándose en su lugar a recaudar dinero.

En un ejercicio peligroso de negación, estas bandas avariciosas despojan a las compañías, dejándolas con un núcleo lo más reducido posible y extraen efectivo de todo aquello que de otro modo hubiera generado valor a largo plazo.

Un estudio de 2015 halló que alrededor del 50% del tráfico web mundial procede de bots; hasta 50 millones de usuarios de Twitter y 137 millones de usuarios de Facebook exhiben comportamientos no humanos. Es verdad que hay bots “buenos”, por ejemplo, los que ofrecen atención al cliente o actualizaciones meteorológicas en tiempo real. Pero también hay muchísimos agentes nocivos que manipulan portales informativos para promover ideas extremas e información inexacta y hacerlas pasar por posturas populares comúnmente aceptadas.

“Según una denuncia reciente, mediante “manipulación emocional automatizada, enjambres de bots, dark posts (anuncios sólo visibles para el destinatario) en Facebook, pruebas A/B y redes de noticias falsas”, grupos como Cambridge Analytica pueden crear propaganda personalizada, adaptativa y en última instancia adictiva. El equipo de campaña de Donald Trump llegó a medir respuestas a entre cuarenta y cincuenta mil variantes de anuncios cada día, para luego adaptar y dirigir mensajes según los resultados”, dice Kelly Born (program officer for the Madison Initiative at the William and Flora Hewlett Foundation) en su artículo Seis características de la era de la desinformación, publicado en Project Syndicate - 2/10/17

Es hora de enfrentar la realidad.

La economía disruptiva explota la miseria de la oferta y la demanda, no produce nada. Solo son unos “traders” de la tacañería de los consumidores y la pobreza de los proveedores, que se aprovechan de ciertos vacíos legales, que compiten deslealmente y no pagan impuestos. Para los apóstoles de la “gig economy”, el trabajador solo es un “avatar”. Hijos del miedo.

Mini Jobs. Contrato de cero horas. Paquete de horas. Falsos autónomos. “Riders”. Autónomos por imperativo del mercado. Disponibilidad total. Trabajos extremos. Prácticas abusivas (lo habitual en estas prácticas en bancos son jornadas laborales de 14 horas diarias, pero en muchos casos llegan hasta las 22 si completan el famoso “magic roundabout” (tiovivo mágico); un práctica que consiste en abandonar la oficina en taxi a altas horas de la noche y hacer que el conductor espere en la puerta a que el sujeto se duche y se cambie de ropa para llevarlo de nuevo a la oficina). Hasta quieren ponerles un chip en el culo.

Una explotación medieval. Solo falta el “derecho de pernada”, y a veces ni eso (sexting).

Ahora, los dejo con la opinión de “los que saben” (o eso se supone).

- La opinión de algunos “grandes bonetes”, y ciertos “evangelistas digitales”

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- Una cartografía de nuestro futuro relacionado con la inteligencia artificial (Project Syndicate - 4/1/17)

Oxford.- Galileo consideraba a la naturaleza un libro escrito en el lenguaje de las matemáticas, y que era descifrable a través de la física. Su metáfora puede que haya sido demasiado avanzada para su entorno, pero no para el nuestro. Nuestro mundo es uno rodeado de dígitos que se deben leer a través de la informática.

Es un mundo en el que las aplicaciones de inteligencia artificial (IA) realizan muchas tareas mejor de lo que nosotros podemos. Como peces en el agua, las tecnologías digitales son los verdaderos aborígenes de nuestra infoesfera, mientras que nosotros, los organismos analógicos, tratamos de adaptarnos a un nuevo hábitat, uno que ha llegado a incluir una mezcla de componentes analógicos y digitales.

Estamos compartiendo la infoesfera con agentes artificiales cada vez más inteligentes, autónomos e incluso sociales. Algunos de estos agentes ya están delante de nosotros, y a otros se los puede distinguir en el horizonte, mientras que las generaciones posteriores son impredecibles. Además, la implicación más profunda de este cambio de época puede ser que lo más probable sea que estemos solamente al principio del mismo.

Los agentes de IA que ya han llegado vienen en formas “soft”, como ser aplicaciones, los oráculos digitales o “web bots”, algoritmos y software de todo tipo; y en formas “hard”, tales como robots, automóviles sin conductor, relojes inteligentes y otros aparatos. Están reemplazando incluso a los trabajadores de cuello blanco y realizando funciones que hace apenas unos años se consideraban fuera de los límites de la revuelta tecnológica: catalogar imágenes, traducir documentos, interpretar radiografías, volar drones, extraer nueva información de enormes conjuntos de datos y así sucesivamente.

Las tecnologías digitales y la automatización han estado reemplazando a trabajadores en la agricultura y la manufactura durante décadas, ahora están llegando a reemplazarlos en el sector de servicios. Más empleos antiguos seguirán desapareciendo, y aunque sólo podemos adivinar la magnitud de la próxima revuelta, debemos asumir que será profunda. Todos los trabajo en el que las personas sirvan de interfaz -por ejemplo, entre un GPS y un automóvil, entre documentos en diferentes idiomas, entre ingredientes y un plato terminado, o entre síntomas y el diagnóstico de la enfermedad correspondiente- están ahora está en peligro.



No obstante, al mismo tiempo, aparecerán nuevos puestos de trabajo, porque necesitaremos nuevas interfaces entre servicios automatizados, sitios web, aplicaciones de IA, y así sucesivamente. Alguien tendrá que garantizar que las traducciones del servicio de IA sean exactas y confiables.

Es más, muchas de las tareas no serán rentables para las aplicaciones de IA. Por ejemplo, el programa de Amazon Mechanical Turk declara que ofrece a sus clientes “acceso a más de 500.000 trabajadores de 190 países”, y se comercializa como una forma de “inteligencia artificial que es artificial”. Pero, tal como indica la repetición, los humanos “Turk” están realizando tareas que no requieren esfuerzo intelectual, y se les paga céntimos.

Estos trabajadores no están en condiciones de rechazar un trabajo. El riesgo es que la IA simplemente vaya a continuar con la polarización de nuestras sociedades -entre los que tienen y los que nunca tendrán- si no manejamos sus efectos. No es difícil imaginar una jerarquía social futura que sitúe a unos pocos patricios por encima de las máquinas y una nueva subclase de plebeyos por debajo. Simultáneamente, a medida que los empleos disminuyan, también lo harán los ingresos por impuestos a la renta; y es poco probable que las empresas que se beneficien de la IA voluntariamente vayan a participar activamente en el apoyo de programas adecuados de bienestar social para sus ex empleados.

En lugar de ello, tendremos que hacer algo para que las empresas paguen más, tal vez algo así como un “impuesto a la robótica” que grave a las aplicaciones de IA. También debemos considerar la legislación y las regulaciones para mantener ciertos puestos de trabajo “humanos”. En los hechos, tales medidas también son la razón por la que aún son escasos los trenes sin conductor, a pesar de ser más manejables que los autobuses o taxis sin conductor.

Incluso si se considera todo lo antedicho, no todas las implicaciones futuras que conlleva la IA son tan obvias. Algunos viejos trabajos sobrevivirán, incluso cuando una máquina realice la mayor parte del trabajo: un jardinero que delegue el cortado del césped a una cortadora “inteligente” tendrá simplemente más tiempo para centrarse en otras tareas, tales como el diseño del paisaje. Al mismo tiempo, se nos volverán a delegar otras tareas para que nosotros las realicemos (de forma gratuita) como usuarios, como por ejemplo el carril de autoservicio en el supermercado.



Otra fuente de incertidumbre se refiere al momento en que la IA ya no esté controlada por un gremio de técnicos y administradores. ¿Qué sucederá cuando la IA se “democratice” y esté disponible para miles de millones de personas en sus teléfonos inteligentes o algún otro dispositivo?

Para empezar, el comportamiento inteligente de las aplicaciones de IA desafiará nuestro comportamiento inteligente, porque estas aplicaciones serán más adaptables a la futura infoesfera. Un mundo en el que los sistemas autónomos de IA puedan predecir y manipular nuestras opciones nos obligará a repensar el significado de la libertad. Y tendremos que repensar la sociabilidad también, a medida que los acompañantes artificiales, los hologramas (o simples voces), los sirvientes en 3D o los robots sexuales o “sexbots” de tamaño natural proporcionen alternativas atractivas y posiblemente indistinguibles de la interacción humana.

No está claro cómo se desarrollará todo esto, pero podemos estar seguros de que los nuevos agentes artificiales no confirmarán como ciertas las advertencias de los alarmistas, ni darán paso a un escenario de ciencia ficción distópico. La novela Brave New World (Un mundo feliz) no está cobrando vida, y “Terminator” tampoco estará al acecho en un futuro muy cercano. Debemos recordar que la IA es casi un oxímoron o paradoja: las tecnologías inteligentes futuras serán tan estúpidas como vuestro automóvil viejo. De hecho, delegar tareas sensibles a estos agentes “estúpidos” es uno de los riesgos futuros.

Todas estas profundas transformaciones nos obligan a reflexionar seriamente sobre quiénes somos, quienes podríamos ser y quienes quisiéramos ser. La IA desafiará el estatus exaltado que hemos conferido a nuestra especie. Aunque no creo que estemos equivocados al considerarnos excepcionales, sospecho que la IA nos ayudará a identificar los elementos irreproducibles, estrictamente humanos de nuestra existencia, y hará que nos demos cuenta de que somos excepcionales sólo en la medida en la que seamos exitosamente disfuncionales.

En el gran software del universo, seguiremos siendo un insecto hermoso, y la IA se convertirá, cada vez con más frecuencia, en una característica normal.

(Luciano Floridi, Professor of Philosophy and Ethics of Information at the University of Oxford, is a faculty fellow at the Alan Turing Institute)

- De análisis económico a crecimiento inclusivo (Project Syndicate -



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