Paper ¿Es la economía “disruptiva” una fábrica de “camareros”? (El lado oscuro de la economía “colaborativa”) Introducción: la sociopatía de la economía disruptiva



Descargar 2.25 Mb.
Página14/29
Fecha de conversión24.05.2018
Tamaño2.25 Mb.
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   29
13/9/17)

España ocupa el puesto 44 de 130 países analizados y se sitúa a la cola de toda Europa

La media mundial de aprovechamiento del talento es del 62%

(Por Raquel Pascual Cortés)

“Nos enfrentamos a una crisis de talento mundial”. Así de tajantes se muestran los expertos del Foro Económico Mundial, conocido comúnmente como Foro de Davos por celebrar en esa ciudad suiza su asamblea anual. En su Informe de capital humano presentado hoy se incluye un índice según el cual solo se ha desarrollado el 62% del potencial de capital humano existente en todo el mundo.

Así, tan solo 25 países aprovechan el 70% o más de todo el talento de sus trabajadores; si bien la mayoría de Estados solo dispone de entre el 50% y el 70% de su capital humano y hay 14 países, por debajo del 50%.

España obtiene una mala puntuación. Según este análisis comparado, los autores del informe alertan de que aprovecha el 65,6% del potencial talento de sus ciudadanos, solo ligeramente por encima de la media mundial. En otras palabras: España desaprovecha más de un tercio de su capital humano.

De esta forma, la economía española ocupa el puesto 44 de los 130 países analizados y se sitúa a la cola de los Estados de la Unión Europea. De hecho, solo Grecia utiliza menos porcentaje de su capital humano, al aprovechar el 64,6% de su capital humano.

Este foro denuncia que “los esfuerzos por desarrollar todo el potencial económico de las personas, (en países en cualquier fase de desarrollo) se están quedando cortos debido a un despliegue ineficaz tanto de habilidades en la fuerza de trabajo como en el desarrollo de habilidades futuras, y también como consecuencia de una falta de oferta adecuada de formación continua para quienes están ya trabajando”.

En definitiva, explican que la adquisición de habilidades no acaba con una educación formal sino que el desarrollo del capital humano requiere también la aplicación y acumulación de habilidades mediante el trabajo. Pero si esta ecuación falla, “por desgracia, es frecuente que las economías posean el talento requerido, pero que no consigan desplegarlo”, añaden.

El top ten del listado de países que más capital humano aprovechan está copado en esta edición del informe por un buen número de pequeños países europeos (Noruega, Finlandia, Suiza, Dinamarca y Eslovenia). Solo dos grandes potencias económicas han logrado entrar en este selecto grupo: Estados Unidos y Alemania, que ocupan los puestos cuarto y sexto, respectivamente.

Parámetros analizados

Este estudio evalúa fundamentalmente cuatro variables para conocer el capital humano que aprovechan los países: su capacidad, medida por las inversiones en la educación reglada; el despliegue, que mide la aplicación y acumulación de habilidades en el trabajo; el desarrollo, consistente en la educación formal de los nuevos trabajadores y el reciclaje de quienes ya tienen un empleo; y el conocimiento, que mide el abanico de conocimientos especializados que se utilizan en el trabajo.

Según estos parámetros, España obtiene su peor puntuación a la hora de aplicar y acumular las habilidades de los trabajadores en sus puestos de trabajo, ya que en esta materia ocupa el puesto 101 de los 130 países analizados. Por el contrario, se sitúa en el puesto 30 del ranking en la educación formal de la nueva generación de trabajadores y de aquellos que ya llevan un tiempo en el mercado laboral.



https://www.weforum.org/reports/the-global-human-capital-report-2017
- De Uber a Deliveroo: el reto laboral de los nuevos modelos de negocio digitales (Expansión - 16/9/17)

(Por Javier G. Fernández)



La legislación aún no se ha adaptado a los desafíos que plantean algunas de las empresas de la economía digital, que requieren nuevas relaciones laborales.

Gorra negra, camiseta naranja, bermudas y bicicleta al hombro. Así llega Manuel (nombre ficticio), de 27 años, a su encuentro con este diario. Es jueves, son las ocho de la tarde y los jóvenes comienzan a arremolinarse alrededor de la boca de Metro de Tribunal, en el centro de Madrid. Saluda a un par de compañeros y se sienta en un banco cercano. Su jornada laboral acaba de empezar. “Aquí esperamos hasta que llega algún pedido”, explica mientras descarga la caja con el logo de Deliveroo donde transporta la comida. Ha pagado 60 euros de depósito por ella y un soporte para transportarla en la bicicleta.



“Todo corre de nuestra cuenta y si tenemos un accidente o por lo que sea no podemos trabajar la empresa no se hace cargo de nada”, asegura. Manuel es uno de los más de 1.000 riders que trabajan para Deliveroo en España, la mayoría en Madrid y Barcelona. Sus compañeros y él conforman el engranaje que hace posible que cuando un usuario encarga un pedido a través de la aplicación de su móvil, éste llegue a su casa u oficina a tiempo. Son trabajadores autónomos y, pese a que emplean la mayor parte del día en atender los pedidos de la app, es una relación mercantil la que les une al gigante de la comida a domicilio. “Soy yo quien me hago cargo de abonar todos los meses la cuota de 275 euros a la Seguridad Social, haya pedidos o no”, asegura.

Para ser rider basta con inscribirse a través de la página web de la compañía y fijar la disponibilidad. Después, es la empresa la que adjudica las franjas horarias en función de la “fiabilidad” del repartidor. “Ellos deciden cuándo trabajan y qué encargos aceptan. Pero claro, si hay más riders que quieren trabajar para una misma franja horaria tenemos que elegir. En esa criba entra su fiabilidad para lo que tenemos en cuenta el número de pedidos que rechaza”, explica por teléfono Diana Morato, directora general de Deliveroo en España. En la práctica, explica Manuel, esto se traduce en “disponibilidad total”. “La empresa te asigna las horas en función de tu desempeño la semana anterior y te penaliza si no puedes atender algún pedido o no te inscribes en las horas pico -que suelen ser de 20:00 a 23:00-”.

En julio, Manuel y sus compañeros decidieron plantarse y convocaron un paro en toda España, según ellos el primero de una compañía de la nueva economía. Entre sus reivindicaciones estaba que la tecnológica les garantizase una jornada mínima de 20 horas de trabajo a la semana y que les pagaran dos pedidos por hora, hubiera encargos o no. La respuesta de la empresa fue un nuevo modelo de colaboración, al que se han suscrito el 70% de los riders, que eleva los ingresos brutos por hora de 10,50 euros a 12,50. “El salario medio en España está en 1.600 euros por 40 horas semanales, un rider que trabajase en estos términos tendría el salario medio de un español”, responde Morato a los que les acusan de ofrecer unas condiciones de trabajo precarias.

Cerca de la mitad de los riders de Deliveroo son menores de 25 años y, de esos, la mayoría son estudiantes, según datos de la propia empresa. Es el caso de Manuel que está preparando unas oposiciones al tiempo que trabaja algunas horas a la semana para Deliveroo. Los repartidores pueden trabajar para varias plataformas, elegir el número de horas que están disponibles y solicitar a otras personas que entreguen los pedidos en su nombre.

Trebor Scholz, profesor en la New School de Nueva York y columnista habitual de medios como Le Monde o The Washington Post, es probablemente uno de los mayores expertos del mundo en lo que se refiere a la nueva economía. En un ensayo publicado recientemente, el docente denuncia como a raíz de la crisis económica y la necesidad de muchas personas, sobre todo jóvenes, de acceder a algún tipo de ingreso, se han creado mercados donde antes no había, aprovechándose de la infraestructura (coche, apartamento, tiempo...) de la gente. “A la sombra de una mayor comodidad en el acceso a ciertos servicios de una parte de la población, existen por contrapartida importantes costes sociales para la clase trabajadora, sobre todo la menos cualificada”, señala en su obra, donde cita a compañías como Uber o Airbnb.

Casos como el de los conflictos laborales de Uber y Deliveroo son sólo la punta del iceberg de la nueva economía digital que, además de crear empleo, está transformando profundamente las relaciones laborales. “Hay una fricción muy evidente entre una normativa laboral muy poco flexible y un nuevo modelo de negocio de prestación de servicios. Hay actividades que se van a desarrollar cada vez más a través de relaciones mercantiles y si no conseguimos que estas relaciones se desarrollen de forma correcta, tanto el trabajador como la plataforma se van a encontrar ante una situación de inseguridad jurídica”, sostiene el director de Adigital (Asociación Española de la Economía Digital), José Luis Zimmermann.

Para Zimmermann, el problema no está en que estos nuevos trabajadores sean autónomos o no sino la rigidez del mercado laboral. “Lo que lleva a la precariedad es la inflexibilidad de la ley laboral”, destaca, al tiempo que reclama una reforma de la figura del autónomo que permita que la cotización del trabajador sea proporcional a sus ingresos. “La mayoría de los riders son ocasionales. Lo hacen para complementar rentas y querrían hacerlo en diferentes plataformas. Esta figura de prestador de servicios ocasional no está recogida en la legislación laboral”, concluye.

Uber


Al calor de la revolución tecnológica han surgido en los últimos años un puñado de empresas que han visto en la intermediación a través de plataformas online un jugoso negocio. Una de las más polémicas es Uber. La compañía norteamericana de transporte con conductor ha provocado sonoras protestas entre los taxistas, un sector muy regulado y poco acostumbrado a la competencia, que ahora ve como estas empresas le arrebatan una porción del mercado. Al igual que sucede con Deliveroo, Uber actúa como intermediario entre los conductores, que deben aportar su propio coche, y los usuarios que buscan un medio de transporte para cubrir determinados trayectos. A cambio de proporcionales clientes, la aplicación cobra a los conductores una comisión del 25% del precio de cada viaje.

En Madrid, la única ciudad en la que está presente Uber en España, sólo pueden operar conductores autónomos que dispongan de una licencia VTC (Vehículos Turismo con Conductor) o bien empresas propietarias de flotas que tengan contratados sus propios chóferes. De media, aseguran desde Uber, un conductor autónomo puede cobrar hasta 2.000 euros al mes, descontando el pago de las protecciones sociales y siempre en función de las carreras que realice; mientras que los chóferes que trabajan para empresas de flotas tienen garantizado una retribución fija de entre 1.200 y 1.400 euros brutos mensuales.

La valoración del conductor por el usuario es el método que tiene Uber para medir el desempeño de sus trabajadores. A más estrellas, más posibilidades de recibir clientes. En caso de mantener puntuaciones bajas, explican desde la tecnológica, “se contempla la posibilidad de desconexión del conductor”.

- El futuro incierto de una juventud confundida (Expansión - 15/9/17)



(Por Pedro Fraile)

El igualitarismo radical ha encontrado un nuevo frente en el que pelear. A su pugna por equiparar de forma coercitiva el ingreso entre clases, países y sexos, acaba de añadir ahora la paridad incondicional entre generaciones. El argumento -que a veces parece más una acusación- es que la generación que ahora se jubila, o está a punto de hacerlo, se apropia indebidamente de lo que justamente pertenece a los mileniales. Es como si las huestes del baby boom hubiesen despojado a la juventud actual del bienestar y de la prosperidad que les correspondería por derecho natural. Esta es la impresión que se desprende del séptimo informe de la Comisión Europea Evolución Social y del Empleo en Europa, presentado este verano. El análisis, que inmediatamente han secundado las voces del igualitarismo izquierdista español, alerta sobre la necesidad de avanzar hacia la equidad intergeneracional amenazada por la globalización, el desempleo y el riesgo de pobreza de los mileniales europeos, que se enfrentan ahora a mercados laborales más exigentes. El igualitarismo del momento arguye que el cambio técnico que se avecina, especialmente la digitalización y los robots, va a dejar a la gente joven sin opciones de encontrar un trabajo digno, seguro y estable, y que esto creará una brecha social insalvable entre los jóvenes y los mayores sin que los primeros puedan ya escapar de la pobreza. El informe incide en la amenaza de una sociedad sin equidad intergeneracional, en la que una clase oprimida -en esta ocasión definida por la fecha de nacimiento- estará condenada a la pobreza por otra dominante, que ya se está apropiando injustamente del conocimiento y de los recursos por haber llegado antes a ellos.

En opinión de la Comisión, y de muchos de nuestros intelectuales izquierdistas, la solución a esta situación no puede ser más clara: el Estado tiene que intervenir forzando la redistribución desde los mayores a los más jóvenes a través de rentas mínimas garantizadas, subsidios a los salarios escasos y poco estables y tratos fiscales favorables. Pero el problema de esta manera de atajar el conflicto es que, en primer lugar, no estamos seguros de cómo serán los valores y preferencias de la sociedad futura. Además, como en todas las soluciones estatistas, esta estrategia considera a los jóvenes como niños incapacitados para decidir su propio porvenir. La evolución futura de los mercados laborales es bastante impredecible, pero no es aventurado pensar que van a ser diferentes los conceptos que se tengan sobre la permanencia continuada en un solo empleo, la movilidad geográfica, la estrategia personal para las pensiones y la adquisición continua de conocimientos y de capital humano, por ejemplo. Adicionalmente, la predicción de la Comisión es aún más paradójica si tenemos en cuenta que las generaciones jóvenes son “las mejor preparadas” de la historia. Si esta afirmación es cierta, nuestros jóvenes no tendrán dificultad alguna en adaptarse a los requisitos técnicos del futuro. Pero si no lo es -y todo indica que no- entonces tendremos que promover una alteración profunda de nuestro sistema educativo, y esto implica fundamentalmente un cambio en las preferencias de los demandantes de educación, es decir, un cambio de las motivaciones y de los proyectos vitales de los jóvenes y sus familias que, además de evitar el fracaso escolar, les encauce hacia la adquisición de formación, incluyendo la educación técnica, como un valor prestigioso además de rentable. Está claro que en un sistema de educación básicamente público tiene que haber una participación del Estado en este cambio. Pero el impulso principal ha de ser privado. Han de ser los propios jóvenes los que entiendan que el cambio técnico del futuro es un reto personal que únicamente a ellos compete.

Desafortunadamente, el mayor obstáculo para esta transformación imprescindible son los propios jóvenes: su cultura, sus actitudes y sus expectativas. A partir de la segunda posguerra -el punto usual de referencia es la publicación de The Common Sense Book of Baby and Chid Care, de Benjamin Spock en 1946- ha tenido lugar una revolución silenciosa, lenta e imparable en los valores familiares sobre la educación en todo Occidente. Los principios de jerarquía, disciplina y esfuerzo han sido progresivamente desplazados por los de permisividad, gratificación instantánea y rechazo de la autoridad familiar. En un contexto económico cerrado esto podría haber sido un problema estrictamente privado, pero a medida que las economías se han ido abriendo, los mercados se han hecho cada vez más competitivos y, por lo tanto, ha crecido la exigencia de una educación más rigurosa, que ponga el énfasis no solo en los conocimientos técnicos sino en algunas habilidades sociales, como la aceptación de las relaciones jerárquicas, el trabajo en equipo, la asunción de responsabilidades o la toma de decisiones. El reto, por lo tanto, es lograr que una generación que piensa que se le debe todo comprenda que, en realidad, no se le debe nada, y que solo a través de su propio esfuerzo podrá competir en los futuros mercados laborales. Los "reyes de la casa" van a tener que ponerse a trabajar.

- Soy el hijo del miedo: el triste sentimiento que solo entenderán los nacidos en los 80 (El Confidencial - 16/9/17)

La situación ha sido mala para todos, pero nuestras particulares circunstancias nos han impedido quitarnos de encima una ansiedad que nos ha hecho conservadores y conformistas

(Por Héctor Barnés)

Es una de esas conversaciones entre amigos de final de vacaciones, cuando la hora de hacer las maletas está cerca. El sol se pone, asoma el retorno a la rutina y, con él, las conversaciones sobre el nuevo año laboral con sus expectativas, esperanzas y agobios. Se hacen cálculos: ¿nos compensan nuestros sacrificios personales en lo laboral? La cuenta nos sale a perder. Se recuerda que nuestros padres no convirtieron sus empleos en un camino de realización personal. Eso lo hicimos nosotros, los profesionales creativos; para ellos, su realización éramos nosotros. Y en ese maremágnum de sentimientos, me doy cuenta de que estoy solo a la hora de experimentar uno del que no consigo sacudirme: el miedo.

“Claro”, me responde mi amigo Jesús como si hubiese experimentado una epifanía, “tú solo has vivido eso”. Le he explicado mi teoría. Los nacidos a mediados de los años ochenta accedimos al mercado laboral cuando este era un erial, cuando la crisis acababa de estallar y las puertas se cerraron cuando nos tocaba entrar. La de muchos de nosotros fue una travesía en el desierto: becas de tres meses, empleos precarios, paro y estudios que se acumulaban en el currículo y que no servían para más que para tranquilizar la conciencia en espera de tiempos mejores. Un cúmulo de experiencias que comenzaron a cincelar un miedo a volver a pasar por todo ello que nunca se ha desvanecido, ni siquiera después de la seguridad que debería garantizar un contrato indefinido y cinco años en el mismo puesto.



Por supuesto, el miedo no es ni mucho menos exclusivo de mi generación, pero quizá sí la herida en forma de condicionamiento pauloviano que ha dejado en nuestras actitudes vitales. Si mi colega, una década mayor que yo, se sorprendía, era porque para él la crisis había sido algo pasajero. Vivió los (hinchados) buenos tiempos en su sector, y a pesar de la inestabilidad y del paro brutal, su sensación era que tarde o temprano las cosas volverían a parecerse a lo que eran. En mi corazón, no obstante, sé que todo solo puede ir a peor. He percibido a menudo esa tristeza y resignación entre mis coetáneos, pero no entre los que nacieron cinco años antes o después.

De acuerdo, es posible que los menores que yo quizá experimenten una sensación parecida. Hay, no obstante, una diferencia sustancial. Fui criado a base de promesas que señalaban que si era buen estudiante y hacía lo que debía hacer -sacar buenas notas, esforzarme, tener ilusión- todo iría rodado. La falta de correlación entre esa guía que escribieron para nosotros y la realidad que vivimos nos ha convertido en descreídos. Los que venían detrás aprendieron rápido la lección que nosotros experimentamos en nuestras carnes, fuimos carne de cañón en la España en la que todo iba a ir bien siempre. Rebaja tus expectativas, chaval.

Los años perdidos



A diferencia de los nacidos en los noventa, hemos sido -y seguimos siendo- presos de nuestras expectativas. Y el miedo tiene una consecuencia clara, el conservadurismo o, mejor dicho, el conformismo. Cuando tienes la sensación de que el suelo se puede abrir bajo tus pies en cualquier momento, y que cualquier cambio será a peor, nada como aferrarse a lo (poco) que tenemos. Y eso nos ha llevado a aceptar condiciones laborales lamentables, a tragar con trabajos poco gratificantes, a exigir poco y agradecer mucho, pero también a estancarnos, a evitar riesgos, a pensar en nuestros sueldos de mileuristas precarios como si fuesen el empleo indefinido y bien pagado que esperábamos, como el náufrago que se deleita pensando que el agua del mar es champán. Porque sabemos que la alternativa (paro, frustración, desesperación) es más dolorosa.

Resulta difícil acostumbrarse a ciertas realidades que la dinámica de la crisis puso de manifiesto, como ver que a pesar del esfuerzo, tu puesto termina siendo para el compañero enchufado o el que ha cursado el máster correcto. Hemos visto cómo en muchos casos, la generación posterior nos ha adelantado por la derecha, algo sencillo si tenías un mínimo de curiosidad. Sospechamos que los años perdidos han marcado para siempre nuestra biografía, una herida que adquiere la forma de ese hueco difícil de explicar en el currículum o de la imposibilidad de competir en experiencia con los que tienen apenas cinco años más. Una diferencia que, en muchos casos, ha provocado que la posibilidad de tener hijos se haya retrasado hasta ser prácticamente una utopía.

Entre unos y otros, entre los que comenzaron su carrera en la España precrisis y los que llegaron advertidos, estamos nosotros. Ocurre cada vez que hay un gran bache económico, como en 1992. Pero otras circunstancias sí nos pertenecen por completo, para empezar que cuanto más grande es la burbuja, más duro resulta el despertar. Otro ejemplo que puede parecer banal: internet llegó a nuestras vidas en la adolescencia, de manera que ni hemos vivido la época analógica ni crecimos inmersos en ella como los “millennials”. Mientras nosotros arañábamos datos en la Encarta, ellos han tenido acceso a cantidades ingentes de información, pero también han gozado la posibilidad de establecer lazos con otros que compartiesen sus aficiones. Una vez más, entre dos aguas.

Puede parecer un factor superficial, pero no lo es en la medida que ha condicionado nuestra forma de relacionarnos. No compartimos la sensibilidad que los jóvenes sienten hacia el cambio y lo transitorio, hacia las personalidades, apariencias y comportamientos dúctiles; en eso nos parecemos más a nuestros padres. Una vez aceptada esa rebaja de expectativas y que no a todo gran esfuerzo le sigue una gran recompensa, los que nacieron en los noventa gozan de esa libertad del que no tiene nada que perder pero sí mucho que ganar. No hablo únicamente de bienes materiales, sino también de explorar las posibilidades de la vida. Frente a las autobiografías que muchos teníamos escritas de antemano, los lazos que atan a los jóvenes a sus ideas románticas de adolescencia son más débiles. Por decirlo rápido: si ni siquiera sabes si podrás tener hijos, la jaula del ciclo estudios-curro-piso-hijos se rompe para siempre.

¿Soy el hijo de las excusas?

Este discurso me suena convincente. Teniendo en cuenta que es una generalización, suena razonable, y cada vez que lo explico en voz alta, mis interlocutores asienten y me dan la razón. Qué peligro. La pregunta quizá debería ser la siguiente: ¿es este análisis un reflejo de una realidad generacional o no es más que una narrativa que hemos construido sobre nosotros mismos? En definitiva, ¿no es otra manifestación más de esa mentalidad de excusar nuestros errores y cobardías y apelar constantemente a factores externos para justificar nuestro estancamiento? ¿No es una especie de profecía autocumplida que nos hace sentirnos aliviados al entendernos víctimas?

Al fin y al cabo, toda generación -incluso microgeneración, como es el caso- construye sus propios discursos identitarios que, como bien sabe la psicología, sirven para protegerse ante las amenazas del mundo, buscando explicaciones externas a problemas internos. Es lógico que los nacidos a mediados de los setenta, o a comienzos de los sesenta -no digamos los que han vivido lo peor de la posguerra- arruguen el morro ante mi razonamiento. Muchas microgeneraciones han atravesado sus problemas, pero ninguna como la nuestra ha creado tantas narrativas a partir de ello. Eso sí lo hemos aprendido bien: nuestro “yo” estaba mucho más hinchado que el de nuestros padres, que nos recordaban una y otra vez lo buenos que éramos.

Siempre es un problema que uno sea capaz de construir una buena narrativa sobre sí mismo, sobre todo si eso le exime de afrontar sus responsabilidades. Volvemos a esa conversación entre amigos de final del verano, con el último sol de las vacaciones ya oculto. Los problemas de cada cual afloran poco a poco, como una manera de relativizar mi confesión: un gran éxito profesional pero una vida personal reducida al mínimo, ansias por cambiar de vida sin tener clara la dirección a seguir, el anhelo de una estabilidad pequeñoburguesa… Pero eso no hace desaparecer la angustia. Se atribuye a Séneca la sentencia “el colmo de la infelicidad es temer algo cuando ya nada se espera”. Esa es nuestra tragedia personal e intransferible, pero también nuestro refugio frente a la tormenta: habernos visto obligados a renunciar a nuestras expectativas y, aun así, seguir teniendo miedo.

- España desperdicia un 34% de su talento (Expansión - 17/9/17)



Nuestro país figura entre los que peor maneja su capital humano de toda Europa. El desempleo, la falta de puestos para perfiles cualificados y el escaso apego de los jóvenes a la Formación Profesional son algunas de las principales causas.

Aunque vivamos en una época en la que cursar estudios superiores es menos elitista que nunca y en la que cada año se crean nuevas e innovadoras profesiones -algunas, incluso, a medida-, en el mundo apenas se está aprovechando un 62% del talento existente. Según un reciente estudio del Foro Económico Mundial sobre el desarrollo del capital humano - entendido, en este caso, como el conjunto de conocimientos y habilidades que permiten crear valor dentro del sistema económico-, sólo 25 países de los 130 analizados aúpan este porcentaje por encima del 70%.

Para elaborar este informe, el organismo se ha basado en una visión que pone a las personas en el centro del ecosistema laboral (nada de robots esta vez) y ha valorado su formación, capacidad, creatividad y destrezas. En cada país se ha calificado con una nota de 0 a 100 la tasa de alfabetización, la cantidad de titulados de cada nivel educativo sobre el total de la población, la calidad de los diferentes estudios, la especialización de la fuerza laboral, la disponibilidad de puestos para perfiles cualificados, la tasa de empleo y el porcentaje de subempleo, todo ello dividido en diferentes franjas de edades.

Teniendo en cuenta todos estos factores, el Foro Económico Mundial considera que Noruega es el país que más explota su capital humano (concretamente, alcanza un grado de desarrollo del 77,1%), seguido de Finlandia (77,07), Suiza (76,48), EEUU (74,84), Dinamarca (74,4), Alemania (74,3), Nueva Zelanda (74,14), Suecia (73,95), Eslovenia (73,33) y Austria (73,29). En el extremo contrario se encuentran Yemen (con un índice de 35,48%), Mauritania (41,19), Senegal (43,33), Etiopía (44,44) y Malí (46,02).

España, muy lejos de los primeros puestos



Para toparnos con nuestro país debemos dejar atrás este “top 10” y desplazarnos hasta el cuadragésimo cuarto puesto del ranking ya que, según este estudio, la cuota de España apenas alcanza el 65,6%, lo que implica que desperdicia el restante 34,4% del talento nacional. Así las cosas, nos situamos por debajo de la media europea (situada en un 71%) y de países como Rumanía, Tailandia, Hungría, Chipre, China, Ucrania, Rusia o Kazajistán. De hecho, sólo estamos un paso por delante de Emiratos Árabes Unidos, Grecia Armenia, Serbia o Filipinas.

El Foro Económico Mundial destaca que en la nota global española hacen mella las altas cifras de desempleo - destacan especialmente el paro juvenil, un problema común al resto del Viejo Continente-, la baja participación de la población en la fuerza laboral, la escasa oferta de puestos de empleo cualificados o el alto porcentaje que alcanza el subempleo (contratos de pocas horas, retribuidos por debajo del mínimo y que no permiten al trabajador desarrollar todas sus capacidades). Tampoco ayudan la calidad del sistema educativo, el poco éxito de la FP entre los jóvenes o la escasa apuesta que hacen las empresas por la formación de su personal.

Por contra, España figura entre los mejores en cuanto a alfabetización, paridad de géneros en la educación secundaria, porcentaje de matriculación universitaria de las personas de entre 15 y 24 años y disponibilidad de mano de obra cualificada.

Crisis de talento global



El Foro Económico Mundial aprovecha este informe para advertir de que los cambios que se avecinan al mundo laboral con la cuarta revolución industrial traerán consigo una demanda inusitada de nuevas capacidades, lo que, a su juicio, enfrentará a la humanidad a una “crisis de talento global”.

El economista y fundador de este organismo, Klaus Schwab, asegura que, ante esta novedosa y desconocida situación, se necesitará un cambio de mentalidad y llevar a cabo una “auténtica revolución” que prepare el sistema educativo para las próximas décadas.



“Saber qué cualidades resistirán y seguirán siendo relevantes a pesar de las innovaciones tecnológicas y de los cambios de modelo económico será la clave del éxito de los trabajadores del futuro”, concluye el estudio.

¿Por qué se desaprovecha?



Schwab explica que en la actualidad se dan, fundamentalmente, dos situaciones antagónicas que son las causantes de que un 38% del talento global caiga en saco roto. Por un lado, muchos países forman trabajadores muy cualificados, pero apenas ofrecen puestos acordes a su formación. Por otro, muchas economías, sobre todo las que están en vías de desarrollo, sólo se centran en aumentar su mano de obra, persiguiendo modelos que se basan en el empleo barato, sin preocuparse por “la diversificación de las habilidades de sus ciudadanos o por que adquieran conocimientos profesionales más avanzados”.

- La mitad de los progenitores proporciona apoyo financiero a sus hijos adultos (Expansión - 24/9/17)

Educación superior, gastos comunes y salud, principales fuentes de gasto.

La dependencia financiera de los padres es un canal de ingresos difícil de cortar por parte de sus descendientes. El 50% de las personas con hijos mayores de 18 años les proporciona apoyo financiero de forma regular, e incluso la mitad de ellos mantiene la ayuda aunque superen los 30 años. Que las necesidades de los hijos son prioritarias sobre las propias queda reflejado en que siete de cada diez personas destinarían fondos a la educación superior de sus hijos en detrimento de sus propios fondos de pensiones.

Que un hijo es una obligación de por vida queda reflejado en el estudio El poder de protección, enfrentando el futuro, elaborado por HSBC. En él se demuestra cómo los padres apoyan a sus hijos en la edad adulta, algo muy común en todas las geografías. Es más, casi la mitad (48%) de los padres que destinan fondos propios apoyan a un hijo en edad adulta los hacen durante más de 12 años, hasta que sus vástagos superan la treintena. Esto ocurre a pesar de que la mayoría de los padres (61%) que apoyan a sus hijos adultos creen que estos deberían conseguir su independencia financiera al afrontar la vida adulta.

Por zonas geográficas, los padres son más protectores en Oriente Medio y Asia, con especial incidencia en Emiratos Árabes Unidos, que en Europa o el continente americano. El principal destino de estos fondos se dedica a la educación (59%), mientras que casi la mitad (49%) ayuda con los costes de vida cotidiana, tales como facturas, alimentos y reparaciones en el hogar. También ayudan con la atención médica y dental (33%) y los costes de alquiler / alojamiento (27%). Más de uno de cada cuatro (27%) ayudan a sus hijos incluso a pagar las vacaciones.



Esta práctica supone que los padres gasten de promedio el 37% de sus ingresos en apoyo a sus descendientes en edad adulta, mientras que el 56% se priva de invertir en sí mismo para poder dedicar más fondos a la familia, incluso a costa de sus ahorros para la jubilación: El 78% daría prioridad al pago de la universidad / educación superior de sus hijos en lugar de su propio fondo de pensiones y un 26% ha tenido que retirar fondos de sus propios ahorros e inversiones para apoyar a un hijo en edad adulta, mientras que un 12% se han endeudado más.

Otra de las consecuencias negativas para el futuro de los padres es que descuidan su propio futuro: según el estudio de la entidad británica, el 67% de los padres que apoyan a sus hijos adultos no tienen un seguro que cubra una enfermedad grave o un accidente que les impida trabajar y el 60% no tienen seguro de vida.

- Más de 400.000 ciudadanos piden que se renueve la licencia a Uber en Londres (El Economista - 23/9/17)

Más de 400.000 ciudadanos instan este sábado, en una petición online al regulador de transporte londinense Transport For London (Tfl), a que revoque su decisión de no renovar la licencia a la empresa estadounidense Uber en Londres.

La decisión fue anunciada este viernes al considerarse que las medidas de seguridad que ofrece Uber son insuficientes para sus usuarios.

En la petición online cursada mediante la plataforma Change.org, iniciada por Uber London, se advierte de que “si esta decisión prevalece, más de 40.000 conductores con licencia se quedarán sin trabajo y privará a millones de londinenses de una manera de transporte conveniente y asequible”.

La licencia de la compañía multinacional expirará, si la situación no varía, el 30 de septiembre, al concluir Tfl que Uber “no reúne los requisitos” necesarios para operar en la ciudad, debido a cuestiones de “seguridad ciudadana”.

El regulador cuestiona los controles que Uber, que gestiona una aplicación telefónica de servicios de taxi, hace a sus conductores así como su actitud ante posibles delitos graves.

Uno de los firmantes de la petición online, Glenn Gathercole, de Londres, indicó hoy a medios locales que la empresa proporciona una “alternativa necesaria” a otras formas de transporte por ser “más eficiente, segura y económica”.

El alcalde de Londres, el laborista Sadiq Khan, ha respaldado la decisión de Tfl, organismo que preside, y declaró este viernes que “estaría mal seguir emitiendo una licencia a Uber si esto puede suponer un riesgo para la seguridad de los londinenses”.

- No temas al robot robatrabajos: 3 síntomas de que ya está pasando algo mucho peor (El Confidencial - 24/9/17)

La automatización hará prescindibles muchos empleos, dicen. Pero el problema quizá no se encuentre ahí, sino en qué estamos dispuestos a hacer para conservar nuestro puesto

(Por Héctor Barnés)

Voy a empezar como un viejo columnista. Estaba cortándome el pelo el otro día en mi barbería de confianza cuando comencé a explicarle a la peluquera por qué prefiero ir a un establecimiento de barrio que a una de esas cadenas que cada vez abundan más en las grandes ciudades. Ella había comenzado su carrera, como tantos otros, en una de estas franquicias, y tenía mejores motivos que yo para detestarlas. Yo, como mucho, me había llevado algún trasquilón; ella había tenido que enfrentarse a algunas de las peores dinámicas laborales que uno puede imaginar, pero que son cada vez más comunes.



Eso se traduce en un sueldo base bajísimo y un montón de complementos que dependen del número -sí, del número- de cortes que los peluqueros sean capaces de hacer durante su jornada. En definitiva, da igual que el usuario de estas cadenas de “fast food” capilar quede más o menos contento, lo importante es la velocidad. Dado que el número de clientes potenciales es limitado y cada uno supone un significativo ingreso adicional, uno puede imaginarse la dinámica de zancadillas al compañero y arribismo que terminan poniéndose en juego en este contexto de inexperiencia, precariedad y jornadas larguísimas. Como explicaba la peluquera, es difícil decir que no a dicha dinámica cuando estás dentro; tan solo cuando consigues salir de ello te das cuenta de hasta qué punto has renunciado a tus principios por un puñado de euros.

Ante escenas como esta, es difícil no compartir el sentimiento de Rick Deckard al final de “Blade Runner” al sospechar que era un replicante: ¿y, si en realidad, los robots que nos van a robar los trabajos somos nosotros? Los sistemas de automatización tan solo resultan rentables si son más baratos y eficaces que la mano de obra humana que sustituyen. Por lo tanto, si devaluamos la calidad del empleo hasta el punto de que la robotización sea la más barata de las posibilidades, no deberemos temer por perder nuestro puesto. El truco para no ser sustituidos es ser más baratos, obedientes y cansarnos o averiarnos menos que un androide.



Ya lo explicó Norbert Weiner, el padre de la cibernética, en “El uso humano de los seres humanos”: “Recordemos que la máquina automática es justo el equivalente económico del trabajo con esclavos. Cualquier forma de trabajo que compita con él deberá aceptar las consecuencias económicas del trabajo de esclavos”. La lógica es palmaria y terrible, pero real. Tan solo convirtiéndose en un robot (o algo aún menos humano), el hombre puede competir con ellos. Lo sabía bien el sociólogo Sidney Willhelm cuando retrató en “Who Needs the Negro?” cómo la revolución tecnológica en las industrias manufactureras de ciudades como Chicago o Detroit provocó que “el negro haya pasado de un estado histórico de opresión a uno de inutilidad”. Rendirse a condiciones cada vez peores es la manera de evitar quedar obsoleto, aun a riesgo de ser víctima de esa opresión.

La jornada laboral de 90 horas



Localizo en Twitter una sorprendente oferta de trabajo retuiteada por un amigo que vive en Londres. Se trata de Deep Learning, una de esas empresas punteras de inteligencia artificial que prometen cambiarlo todo “igual que la electricidad lo hizo hace 100 años”. Lo llamativo, no obstante, no es su carácter disruptivo, sino el mensaje que aparece bajo la etiqueta de “una fuerte ética de trabajo”: “No es raro ver a los miembros del equipo en la oficina tarde por la noche; muchos de nosotros trabajan habitualmente entre 70 y 90 horas a la semana”. Una ética muy decimonónica, teniendo en cuenta que la reivindicación de una jornada de ocho horas diarias de Robert Owen tiene ya más de dos siglos.

Más llamativo resulta que sea uno de esos sectores de alta cualificación y, en concreto, una labor que supuestamente ofrece un gran futuro profesional. Mi colega me recuerda que estos horarios no son aún normales en España, pero sí en empresas de Silicon Valley; también, que es imposible escribir código de calidad con un horario semejante. Son cada vez más los que señalan que programar es uno de los empleos esclavos por excelencia del sector tecnológico. En un texto que se viralizó hace un par de años, Kenneth Parker recordaba la experiencia de un compañero que era “uno de los mejores trabajadores” que había visto en su vida, siempre dispuesto a trabajar más, incluso en fines de semana. “Su productividad no fue tan buena cuando lo internaron en una institución mental”.

Después de publicar la oferta de trabajo, y probablemente a causa de la caña que la empresa recibió en Twitter, el texto cambió ligeramente. Como suele ocurrir en estos casos, el remedio fue peor que la enfermedad: el “muchos de nosotros trabajamos habitualmente entre 70 y 90 horas a la semana” ha sido sustituido por “muchos de nosotros trabajamos y estudiamos habitualmente más de 70 horas a la semana”. Es otra de las trampas de los discursos laborales: al considerar que la formación beneficia al individuo y no la empresa, las horas extras destinadas a ella no se consideran parte de la jornada laboral, sino una ventaja para el empleado que, como un programa de “software”, ha de actualizarse continuamente para no quedar obsoleto.

ver imagen en twitter

- Por qué Londres quiere echar a Uber de sus calles (Expansión - 24/9/17)

(Por Amparo Polo)

La aplicación de taxis se ha hecho imprescindible en la vida de millones de londinenses, pero las autoridades consideran que su forma de actuar es “un peligro” para los pasajeros. La presión de los “black cabs” ha sido clave en la prohibición de este servicio.

Tahir, uno de los 40.000 conductores que Uber tiene en Londres, estaba indignado el viernes. “Que el Ayuntamiento no renueve nuestra licencia es una vergüenza. Solo muestra la presión que han hecho los “black cabs” (taxis negros tradicionales) y sus sindicatos” explicaba mientras me llevaba a una entrevista.

Horas antes, el órgano que regula el transporte público en Londres (Transport for London, TFL) había anunciado que los coches de Uber, la aplicación de taxis para el móvil, no podrán circular a partir del 30 de septiembre en la capital, tras haber decidido no renovarles la licencia en la capital. El Ayuntamiento acusa a la firma de “no estar preparada” para realizar su trabajo y de ser un “peligro” para los consumidores.

Hace cuatro meses, TFL ya avisó a la compañía estadounidense de que tenía que poner su casa en orden y mejorar sus prácticas si quería seguir trabajando en esta ciudad, uno de sus mercados más lucrativos. Al parecer, la respuesta no ha convencido a las autoridades.



La actividad de Uber desde que obtuvo su primera licencia en Londres, en 2012, ha sido muy controvertida. Se le ha acusado de congestionar el centro de las ciudades, de no comprobar que sus conductores no tuvieran antecedentes criminales; de no investigar tres delitos sexuales en los que conductores de la firma atacaron a pasajeros, según Scotland Yard; y de ser la causa del aumento de los accidentes de tráfico en la capital. También han sido criticados por no cuidar de las condiciones laborales de sus conductores. Su principal enemigo durante todo este tiempo ha sido el taxi tradicional, que se adaptó tarde a las necesidades tecnológicas de sus clientes y cuyas tarifas son un 30% más caras que las de la aplicación.

Democratizar el taxi



Imaginar Londres sin los coches de Uber es difícil, dado el éxito de la compañía en esta ciudad y la legión de fans que tiene. Unos 3,5 millones de personas tienen descargada su aplicación. Un artículo de Financial Times decía ayer que la firma ha logrado “democratizar el uso del taxi”, gracias a su facilidad de uso -un simple click en el teléfono móvil- y sus precios más bajos.

Ayer, más de 700.000 londinenses habían firmado la petición “Salva a Uber”, en un intento por convencer a las autoridades de la gravedad de la decisión. “Mi vida cambiará sin Uber. A peor, desde luego”, explica un ejecutivo español que ha hecho de la aplicación de móvil una herramienta de trabajo imprescindible.

A pesar de las acusaciones de falta de seguridad, muchos directivos se sienten más seguros en un Uber, ya que su rastro puede ser seguido a través de la aplicación de móvil. También es más fácil valorar el servicio o mostrar una queja, gracias a la opción existente en tiempo real. Y, por supuesto, no tener que pagar en efectivo, ya que el importe se carga directamente en la tarjeta de crédito, ofrece una gran comodidad.

Londres fue la undécima ciudad del mundo en la que Uber lanzó su servicio, pero se ha convertido en una de las más rentables y un gran ejemplo de cómo la compañía puede cambiar la vida de las grandes capitales. En 2015, -últimos datos conocidos- la compañía de San Francisco duplicó sus beneficios en Reino Unido, mientras registraba pérdidas en la mayoría de sus mercados, especialmente en Estados Unidos e India.



Los londinenses gastan más dinero que los ciudadanos de Nueva York, San Francisco, Tokio o Singapur en transporte, según un análisis de Goldman Sachs. En total, destinan a esta partida un 6,9% del Producto Interior Bruto de la ciudad. El mercado del taxi de Londres está valorado en unos 11.500 millones de dólares y, además de Uber y los black cabs, incluye también a los llamados mini cabs -como el operador Addison Lee. Londres es un paraíso para este tipo de transporte por el alto número de jóvenes ejecutivos que deben hacer largos recorridos por la ciudad y que, en la mayoría de los casos, no tienen coche.

Así trabajan



El éxito de Uber en Londres en los últimos años ha hecho que miles de personas dejaran sus trabajos y se unieran al proyecto. Tahir, de origen pakistaní, me cuenta que trabaja unas diez horas al día y que gana entre semana 90 o 100 libras diarias, después de pagar un 25% de sus ingresos a Uber. Si trabaja el fin de semana, la cantidad asciende a 150 o 200 libras diarias. Al mes, su salario puede ascender a más de 3.000 libras (3.200 euros), una cantidad con la que muchas familias de clase media sueñan en Reino Unido.

Sin embargo, su trabajo ahora pende de un hilo. “Es más de lo que podría ganar con cualquier otro trabajo al que puedo aspirar”, dice el conductor. “Ahora no sé qué voy a hacer. No entiendo cómo pueden dejar a 40.000 personas en la calle”, asegura.



La forma en que Uber contrata a sus empleados también ha sido motivo de fuertes disputas. La firma dice que su aplicación es un simple intermediario entre conductores y pasajeros y que, por lo tanto, no tiene empleados. Los conductores, sin embargo, han intentado movilizarse para lograr avanzar en derechos sociales, como las bajas laborales, que ahora no están cubiertas por la compañía.

Momento clave

La decisión de TFL llega en un momento clave para Uber, envuelto en numerosos escándalos corporativos que han llevado a cambiar al consejero delegado, a modificar el consejo de administración y a la dimisión del fundador de la firma, Travis Kalanick.

Dara Khosrowshahi, el recién aterrizado consejero delegado, escribió el sábado un mensaje en la red social Twitter rogando a Londres que reconsidere su decisión. “Querido Londres: no somos perfectos, pero tenemos 40.000 conductores y 3,5 millones de clientes que dependen de nosotros. Por favor, trabajad con nosotros para que las cosas salgan bien”, dijo. Para este ejecutivo, fichado del portal de viajes Expedia para intentar enderezar la dirección del grupo, la decisión de Londres es un golpe tremendo, justo cuando varios fondos están a punto de realizar una inversión millonaria en la compañía. SoftBank Vision Fund lidera una posible inyección de 10.000 millones de dólares, que podría tambalearse ante un revés de este calado.



Algunos analistas temen que otras grandes ciudades, donde el servicio de Uber no es bienvenido, sigan la senda de la capital británica e intenten bloquear sus operaciones.

Críticas


TFL y el Ayuntamiento de Londres se enfrentan ahora a acusaciones sobre si su decisión ha sido más política que operacional. El Partido Laborista, los sindicatos y muchos columnistas de izquierdas han respaldado el fin del negocio de Uber en Londres, por considerar que la compañía no cumple con los mínimos requisitos de protección de sus empleados. El Partido Conservador, por el contrario, ha lamentado la decisión. “TFL podría haber exigido cumplir las normas de una forma más efectiva y cambiar sus operaciones. Pero de allí a cerrar el negocio con pérdida de miles de empleos va un trecho. Es excesivo”, aseguraba un miembro del partido.

Victoria de los black cabs



Uber es uno de los mejores ejemplos de lo que es un negocio disruptivo que amenaza negocios tradicionales, como también lo son el portal de vacaciones Airbnb o los nuevos bancos online. Pero la batalla entre los black cabs y los coches de Uber no es solo por el negocio. Simboliza también una lucha racial y cultural. en la compleja sociedad londinense. Mientras la mayor parte de los taxistas tradicionales son blancos y británicos, los conductores de Uber son africanos y asiáticos -muchos de origen pakistaní, indio y de Oriente Medio-. El taxista de Londres, en general hablador, con opinión de todo lo que ocurre, orgulloso de su profesión y con una larga trayectoria, no oculta su rechazo hacia esta otra nueva hornada de conductores. Les irrita especialmente su falta de conocimiento, ya que se dedican exclusivamente a seguir su GPS para llegar al punto de destino. Los taxistas de Londres, por el contrario, tienen una extensa formación que les obliga a pasar un examen llamado The Knowledge, que consiste en tener un conocimiento enciclopédico de las 25.000 calles de la ciudad y 20.000 lugares de interés, como atracciones turísticas, iglesias y escuelas. No importa lo remota o pequeña que sea la arteria a la que un pasajero se dirige. Basta con nombrarla para que el taxista, sin ayuda de GPS ni de libro, sepa dónde está. En la capital hay 21.000 taxistas tradicionales y todos ellos han superado esta prueba, que obliga a tres años de preparación. A los conductores de Uber y a los de los mini cabs, por el contrario, no se les exige ninguna formación al respecto.

Resultado



El debate y la lucha legal prometen ser largos. Londres ya ha sido acusada por Uber de no apoyar los avances tecnológicos y de no ser una ciudad tan abierta como predica su alcalde. Pero la ciudad parece decidida a poner coto a los excesos de los nuevos negocios, a pesar de la batalla que promete librar los consumidores y los conductores.

- El mito de la regulación en la creación de empleo y la segmentación (Vozpópuli - 25/9/17)

No cabe seguir ahondando en el desmantelamiento del marco de relaciones laborales en cierto equilibrio para dejar un solar detrás de la negociación colectiva.

(Por Alejandro Inurrieta)



Uno de los mayores mitos que trasciende países, economistas y políticos de toda índole es el papel de la regulación (básicamente la protección) en la creación de empleo y el fomento de la segmentación. Así, se pueden encontrar numerosos artículos académicos que supuestamente lo demuestran, pero también existen otros en sentido contrario. El problema es que las instituciones que llevan a cabo recomendaciones de política económica, o incluso imposiciones legislativas, léase la Comisión Europea, OCDE, FMI, o el Banco Mundial, solo leen y se apoyan en una parte de la literatura, demostrando un sectarismo impropio de este tipo de organismos.

En este sentido es muy útil y sano leer y analizar lo que no se cuenta dentro del mainstream económico en este campo para poder comparar los resultados, y así tener todos los instrumentos para actuar en política económica. Para ello es imprescindible bucear en la monografía que sobre este tema ha publicado ETUI (Instituto Europeo de Sindicatos en sus siglas en inglés), editado por Martin Myant y Agnieszka Piasna. En él, se compilan los estudios realizados sobre nueve países de la UE, mostrando unos resultados muy diferentes al mantra que se ha instalado en el ideario colectivo: la protección al trabajador es mala para el empleo y la propia regulación es la causa de la excesiva segmentación, especialmente en Italia y España.

La primera gran conclusión a la que lleva el libro es que la regulación en el mercado laboral no es la principal variable que interfiere en la creación de empleo. En consecuencia, las medidas puestas en marcha por los diferentes gobiernos para remover la legislación que, supuestamente limitaba la creación de empleo se han sobreestimado. El experimento de Eslovaquia es paradigmático. Los cambios sucesivos en la protección de los trabajadores, siempre a peor, no han cambiado apenas las decisiones de contratación de los empresarios, quienes se mueven siempre bajo el prisma de la demanda efectiva y expectativas de futuro, algo que no acaban de entender los que legislan a golpe de consejos de laboratorios académicos que, por supuesto, jamás han contratado.

La segunda conclusión tiene que ver con la correlación entre segmentación y protección de los trabajadores indefinidos. El fuerte aumento de la contratación no indefinida en los países donde más se ha reducido la protección, Italia y España, iría en la dirección contraria. El entusiasmo de los empresarios en el uso de contratos precarios, con fuerte presencia de la causalidad, revelaría que esta tendencia tiene más que ver con la estacionalidad y con las condiciones de la demanda, que con el grado de protección del trabajador. Esta forma de contratación acarrea graves costes sociales, pero también económicos. Esto incluye los efectos psicológicos de la inseguridad, la emigración de personal cualificado, la pérdida de interés del empleador por la formación de su fuerza laboral, restricciones en el acceso al crédito y por ende el debilitamiento de los sistemas públicos de pensiones y la incapacidad de ahorrar de la gran parte de los trabajadores. En suma, lo único que se ha conseguido es inclinar la balanza de forma descarada hacia el empleador, dejando al empleado sin ningún poder de negociación, salvo honrosas excepciones.

Yendo al caso particular español, podemos encontrar todas las contradicciones apuntadas que deberán hacer pensar a los que siguen apostando por mayores dosis de desregulación y pérdida de derechos laborales. No hay que olvidar que la Reforma Laboral en España es como la novela de Michael Ende: una historia interminable. Nunca es suficientemente radical para calmar la sed de los que pretenden desmontar el frágil equilibrio entre capital y trabajo. Pero también coincide con Ende en el símil fantasioso que generan los efectos de la misma.

No hay que olvidar que si analizamos el índice homogéneo de respuesta a las reformas creado por la OCDE (con un valor de 0,55, solo por debajo de Grecia, Portugal, Irlanda y Estonia). Esta sensibilidad a las reformas no se ha visto compensado por drásticas reducciones en el desempleo en España, pero tampoco en las principales economías. Este fracaso no ha hecho recular n un milímetro a los hooligans de las reformas por el lado de la oferta, y así en el último informe de la OCDE: “Going for Growth interim report 2016”, vuelve a recomendar a España que reduzca aún más la protección de los trabajadores indefinidos y aumente la flexibilidad de la formación de salarios, eliminado de facto la negociación colectiva sectorial. De hecho, lo que están proponiendo es que desaparezca el Estatuto de los Trabajadores y que cada empresa disponga de plena libertad de horarios, horas extras, así como eliminar el salario mínimo, las vacaciones o financiar parcialmente las bajas por enfermedad y por maternidad.

En suma, después de analizar todas las sucesivas reformas laborales desde 1984, cuando Solchaga abrió el melón de la precariedad, se puede decir que han fracasado en el objetivo de reducir drásticamente el desempleo estructural, o en eliminar la segmentación del mercado. El porcentaje de trabajadores temporales se mantiene entre los mayores de Europa, y si sumamos el número de trabajadores que trabajan menos horas que las deseadas, nos llevaría a una cifra real de desempleo cercano al 30%, como apunta el BCE. Adicionalmente, la participación de los salarios en la Renta Nacional no deja de reducirse, con una fuerte presión deflacionista al perder el trabajador, de facto, el derecho a la negociación colectiva, al generalizarse la negociación individual en las pequeñas y medianas empresas.



La demanda efectiva y las expectativas es lo que lidera las preferencias de los empresarios para la contratación temporal y no la excesiva protección de trabajadores.

Todas estas prácticas han logrado dos objetivos colaterales. Por un lado, desactivar por completo el papel de los sindicatos de clase, fomentando las agrupaciones sectoriales, sin apenas poder de negociación, y siempre fomentando la desunión del mundo del trabajo, como si eso fuese sinónimo de mejora en la productividad. Por el otro, favorecer la reducción de salarios de forma estructural, incluso en épocas de bonanza aparente como el actual, al mantener un ejército de reserva tan amplio como el actual.



En conclusión, no cabe seguir ahondando en el desmantelamiento del marco de relaciones laborales en cierto equilibrio para dejar un solar detrás de la negociación colectiva. Si queremos construir un país mejor, solo cabe reforzar las instituciones que siempre han generado mejoras en las condiciones de trabajo y con ello la productividad. No hay que olvidar que la causalidad no va de la productividad hacia el salario, sino al revés. Son los incrementos salariales, y sus mejoras sociales, las que generarán las ganancias de productividad. Y de esto también hay evidencia empírica.

- “Karoshi”: el fenómeno de matarse a trabajar (literalmente) en Japón (El Español - 26/9/17)

El Ministerio de Sanidad, Trabajo y Bienestar registró el año pasado 117 muertes y 86 suicidios por karoshi.

(Por Jesús Mediavilla González)

¿Quién no ha oído nunca eso de hacer una “huelga a la japonesa”? Según esta leyenda urbana, muy extendida en España, los empleados trabajan más de lo habitual como medida de presión para provocar una superproducción que desplome los precios y provoque grandes pérdidas a las empresas. Este es un ejemplo de la percepción que se tiene de los nipones como trabajadores constantes y locos por su oficio, quienes hasta para protestar trabajan.

A pesar de este mito, lo cierto es que la expresión de “matarse a trabajar” adquiere un significado literal en Japón. La muerte por exceso de trabajo es un auténtico problema de salud pública en este país, donde cada año fallecen o se suicidan cientos de personas por los problemas físicos y mentales que acarrean las extensas jornadas laborales, las cuales incluso pueden superar las doce horas.

A este fenómeno se le ha acuñado un término propio: karoshi. Según el Ministerio de Sanidad, Trabajo y Bienestar de Japón, durante el año fiscal de 2016, 260 fallecimientos fueron denunciados como muerte por exceso de trabajo, aunque las autoridades sólo validaron 117 como tal. En cuanto a los suicidios por este fenómeno, se registraron 498 demandas siendo autenticadas 84 de ellas. En 2015, la cifra fue superior, alcanzando las 189 muertes, aunque los expertos creen que son muchas más.

Mariko Inoue, experta de la Organización Internacional del Trabajo, explica a EL ESPAÑOL que “las largas jornadas de trabajo y la falta de vacaciones pagadas son la causa principal de karoshi”. Sin embargo, “los cambios en el mercado de trabajo en Japón debido a la crisis, el aumento del porcentaje de trabajadores no regulares, y los cambios en la industria”, están detrás de este mortal suceso en la actualidad.

Según Inoue, el origen del karoshi no es preciso, pero se cree que fue el doctor Tetunojo Uehata quien acuñó el término en 1978, el cual fue reconocido políticamente en 1987. El primer caso registrado como tal fue hace unos cuarenta años cuando un hombre de 29 años falleció tras trabajar excesivamente en el departamento de distribución de uno de los periódicos más grandes del país. Sufrió una apoplejía -suspensión súbita de algunas funciones cerebrales, debida a hemorragia, obstrucción o compresión de una arteria del cerebro-.

Algunos de los casos más sonados

Lo que más sorprende de este mortal fenómeno es que la mayoría de las víctimas son jóvenes, como es el caso de Matsuri Takahashi, de 24 años. Esta joven trabajaba en la mayor empresa de publicidad de Japón, Dentsu, y llevaba varios meses consecutivos encadenando jornadas de 20 horas de trabajo diarias, superando con creces las 100 horas extra al mes.

Takahashi residía en un dormitorio dentro de la misma empresa para así poder aprovechar al máximo el tiempo. Un día, su cuerpo y su mente dijeron basta. Se lanzó al vacío y puso fin a su vida el pasado mes de diciembre. Este acontecimiento suscitó un gran revuelo mediático y el entonces presidente de la compañía dimitió. Las investigaciones determinaron que la joven solía salir a las cinco de la mañana del trabajo y que además la empresa falseaba las cuentas de las horas de trabajo.

El pasado mes de agosto, las autoridades reconocieron el caso de un ginecólogo de 30 años que murió hace un año. Este médico llegó a superar las 200 horas extra de trabajo, lo cual le causó severos trastornos mentales. En seis meses tan solo libró cinco días, trabajó en el turno de noche más de cinco veces al mes, e incluso superó jornadas laborales de 30 horas trabajando ininterrumpidamente.

“Nuestro hijo se derrumbó intentando cumplir con sus responsabilidades (...). A menos que las condiciones laborales mejoren, esta tragedia puede repetirse”, lamentaron sus padres en un comunicado.

El último caso ha sido el de un joven obrero que suicidó tras trabajas largas jornadas en la construcción del nuevo Estadio Nacional de Japón que acogerá los Juegos Olímpicos de 2020. El operario, de 23 años, llegó a trabajar más de 200 horas extra al mes, muy por encima de las 80 recomendadas por la legislación laboral japonesa.

A principios del mes de marzo, el empleado, cuyo nombre no ha trascendido, informó a la compañía su renuncia y, tras más de un mes desaparecido, se halló su cuerpo en la prefectura de Nagano (en el centro de Japón). Apareció junto con una nota que hizo concluir a la policía que se había suicidado.

Cómo diagnosticar el karoshi

Para autentificar una muerte o suicidio que se ha provocado debido a un exceso de trabajo, la víctima debe haber trabajado más de 100 horas extra el último mes, o bien 80 horas durante en dos o más meses consecutivos de los últimos seis.

Después de varios años de presión por parte de los familiares de las víctimas, en el año 2014 se creó una comisión parlamentaria formada por todos los partidos japoneses para llevar este problema al Parlamento y regularlo por ley. Y se consiguió. Las horas extra máximas por mes se han limitado a 80

Además, se define como karoshi la muerte causada por el suicidio, por una enfermedad cerebrovascular o afección cardiaca, o las enfermedades relacionadas con problemas del corazón o trastornos mentales, siempre que se demuestre que la víctima ha realizado al menos una centena de horas extra mensuales.




Compartir con tus amigos:
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   29


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal