Papelucho 11



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El gordo de bigotes de cuerno de venado, se acercó a nosotros haciendo sonar su huasca.

—¿Quiénes sois? ¿Qué queréis? ¿De dónde venís? —preguntó ásperamente.

—¡Este es Bartolo! -dije con orgullo mostrando a mi culebro.

—¡Y este es Caupolicán! —dijo Cote con su voz de pitilla.

—¡Somos el sensacional Circo Puma Intramuscular! —resoplé yo por el parlante—. Sólo queremos público para dar la función.

El caballero de huasca se guardó su huasca de un huascazo.

—Aquí lo tenéis —dijo mostrando al grupo magistral—. ¿A qué hora comienza la función?

—Ahora mismo —contesté por el parlante. Mi voz era para asustar a cualquiera. Pero en ese momento al Bartolo se le ocurrió meterse en mi trompeta y tuve que largarla. Asomó su cabeza escupidora y sacadora de lengua y metido en la cuestión parecía un fenómeno.

El público nos rodeó aplaudiendo al Bartolo.

—¡Sentarse todos en círculo y que empiece la función! —rugió el bigotudo. Todos le obedecieron y la pista quedó hecha: una redondela como estadio, todos sentados en el suelo. Miles de ojos enchufados en el Bartolo y yo.

Era bien claro que lo que más interesaba era mi culebro-cohete. Porque metido en el cometón parecía algo lunar. O sea que su cabeza asomada en una punta y la cola al final era algo extra. También el traje duro que había elegido el Bartolo lo ponía nervioso y se retorcía con ojos fulgurantes.

La banda de los Pumas se largó a hacer sus números. Sus vueltas de carnero, sus saltos, su kárate y su judo. Los tonys, sus payasadas harto fomes. El público reía o pifiaba, que es igual que aplaudir. Era un público subdesarrollado. Yo entretanto trataba de sacar al Bartolo de la trompeta...

De repente, empezaron a tirarnos cáscaras y tomates y hasta piedras.

Entonces me adelanté con el Bartolo y anuncié su número:

—¡Señores! —dije—. Por primera vez se presenta en público el más famoso culebro don Bartolo y su amigo pumita Caupolicán. Pero antes de presentarlo, nuestro querido auditorio debe pagar su entrada al Circo Puma Intramuscular.

Una lluvia de monedas nos bombardeó hasta aturdimos. Es decir, nos salieron cototos en la frente y el Japo quedó tendido en el suelo, cara al cielo, sonriente y desconectado. El Sedri saltaba en una pata su dolor de canilla, mientras los otros arrancaban del bombardeo. El público gritaba rubicundo. Caupolicán y Bartolo hacían cosas tremendas estereofónicas.

Yo he oído decir que el éxito desvanece, pero no estaba seguro si era eso lo que nos pasaba a nosotros. Rotundamente desvanecidos había dos...

El bombardeo paró y algunos y otros empezaron a recoger monedas.

Ya ahí vino lo raro. La pista se llenó de cabros chicos-público y se nos vinieron encima a quitarnos las monedas. Se armó la gran pelea y volaban los puñetes, las patadas, zancadillas y canillazos. El público viejo se reía. Hasta que de pronto sonó un pito y el caballero bigotudo con los cachetes bien inflados de pitear, hizo bailar su huasca. El asalto quedó esterilizado. Y entonces don Bigote se acercó.

—Basta de chacota —dijo—. ¡Me intereso por la culebra!

—¡No se vende! —le contesté violento—. Y además es culebro.

—Ustedes se han robado los equipos de mi circo —dijo—. Van presos si no dan la culebra y el pumita.

—Creímos que eran de nadie estas porquerías —le dije—. ¡Ahí las tiene! —y a los de la banda ordené—: ¡Devolverlo todo!

Yo estaba tan furiondo que hasta los aturdidos volvieron en ellos. En un minuto les habíamos devuelto al bigotudo sus cordeles, sus fétidos trajes de tony y sus calzones de lentejas de oro.

—Oye, chico mal genio —dijo él sonrisoso, acercándose—. ¿Qué tal si negociamos el culebro y el puma? Entre amigos, compañeros de circo, se puede tratar, ¿no? Hasta podrían formar parte de la compañía y viajar con nosotros en las casas rodantes. Pensamos llegar al fin del mundo.

Me volví a consultar a los de la banda. Les tincaba como diantre la idea de ser del circo y más que todo llegar al fin del mundo...

—Di que sí —me soplaban entre dientes—. Piensa en las aventuras.

Yo me volví al Bartolo y lo miré en los ojos preguntándole. No me sacó la lengua, sino que se escondió en la trompeta parlante, y su cabeza desapareció para venir a salir por la otra punta. Yo me quedé con la trompeta en la mano y se la disparé al bigotudo. Bartolo vino a enroscarse en mi cogote feliz.

—Bartolo ha decidido que no —dije con sabiduría—. Es por él que se interesan y él no quiere.

—Yo les propongo que pongan Uds. las condiciones —la huasca sonaba suavecita en mis piernas.

—¡No hay condiciones! —le ladré al bigotudo.

—Está bien —dijo poniéndose más seco y haciendo sonar la huasca al lado de mis narices—, pero el más fuerte soy yo —y mostró con la huasca a su famoso público.

Sentí como un tilimbre en el estómago, pero Bartolo estiró su cogote y escupió al bigotudo. Eso me dio valor.


¡Lástima que siendo tantos no puedan defenderse de la mordedura venenosa del Bartolo! —me insolenté.

Junto con decirlo se me acercó un gallo inmenso, puro músculo cachimba, de esos que parecen montón de neumáticos. Me pescó de una oreja y me elevó en el aire y desde ahí me soltó. Cuando abrí los ojos en el suelo, vi saltar al Bartolo y enroscársele en su inmenso cogote y apretar y apretar... El matón cachiporra se iba poniendo rojo, negro y color mora y sus ojos se agrandaban como huevos en plato.

El bigotudo quiso acercarse para pescar al Bartolo, pero él lo escupió en la cara. El «público» retrocedió asustado.

—¡Haz que suelte al Gorila! —maldició el bigotudo—. ¡Esa fiera lo va a ahorcar!

—Lo soltará si prometen no fregarnos –dije rubicundo, y cuando todos juraron mandarse a cambiar, yo le ordené al Bartolo—: ¡Suéltalo y ven aquí!

Bartolo se desenrolló del tremendo cogote del Gorila, y se vino galopando a mis piernas amigas. El matón había caído al suelo y se revolcaba sobándose la garganta. El público y su jefe corrían a consolarlo, porque el grandote lloraba a chorros, tratando de respirar. Nosotros recogimos nuestro equipo y solamente nos llevamos de recuerdo la trompeta, que ellos dejaron tirada.
Caminamos un buen rato callados. Había tanto que hablar que más valía no decirlo, y así fuimos perdiendo de vista al enemigo con sus chegres casas rodantes y su circo de porquería.

Y apenitas los perdimos de vista, descubrimos allá lejos un ranchito, una casita de campo de verdad, sin ruedas ni patillas. Y justo fue verla y se largó a llover. ¡Chitas con el sur y ¡sus aguaceros!

Corrimos empapados a golpear la puerta, que se abrió al primer golpe.

Un olor a causeo nos alegró por dentro, y una viejita peluda nos invitó a pasar.

—Entren, niños —dijo arrugándose más— vengan a secarse un rato mientras pasa la lluvia...

Yo escondí rápidamente al Bartolo en la trompeta, para no asustarla. Las viejas se caen muertas por cualquier cosa. Caupolicán no daba miedo porque mojado parecía un quiltro cualquiera.

Nos empiluchamos, tendimos la ropa cerquita del horno y empezó a echar humo blanco. La viejita hacía sonar la lengua como animando un caballo y nos convidó causeo en una olla de greda bien jugosa. Nos conversaba de todo sin preguntar. De repente, dijo:

—Ustedes traen una culebra que se llama Bartolo...

Nos quedamos paralelos con el causeo en la boca sin tragar. ¿Cómo podía saberlo? ¿Cómo adivinaba su nombre?

—¿Es adivina? —le preguntó el Negro asustado. Ella puramente se arrugó más y no dijo nada.

—¿O es bruja? —preguntó el Sedri.

—Soy hechicera —dijo riendo sin un solo diente.

Y ahí me vino la idea.

—Entonces podría adivinar dónde está mi papá, mamá y la Ji... ¿Cuánto vale saberlo?

Sacó su lengua puntuda y la revolvió limpiándose los bigotes.

—La plata aquí no sirve —dijo pero el Bartolo sí. Me das el Bartolo y te digo cómo encontrar a tus padres...

Otra vez nos querían quitar nuestro Bartolo... Me quedé pensaroso. Era harta tentación encontrar a mi gente y dejarlos tranquilos de mí, pero entregar al Bartolo, ¡nunca jamás!

En un rincón nos amontonamos los siete. En secreto me alegaban:

—No vas a ser tan egoísta que por juntarte con tu gente vas a darle al Bartolo...

Claro, ellos no tenían problema; eran libres en su campamento y nadie los buscaba. Pero al pobre yo, lo creían perdido y uno sabe que la mamá de uno es de esa gente que siempre piensa lo peor, aunque requete sabe que nunca pasa nada. Porque ella es mal pensada de nacimiento y no tiene remedio. Por eso me revolvía adentro la famosa cuestión de la con ciencia, porque sin ciencia uno es mucho más feliz, Y perder mi Bartolo para siempre por puro que no se asusten gratis de uno, es harto mal negocio. Y por último, un rato más de yo perdido, no era tan atroz cuando faltaba poco para la noche y en la noche todos duermen.

Los otros comprendían mi problema.

—Si es bruja —dijo el Negro— se queda con el Bartolo y a lo peor tú ni encuentras a tu gente.

—Si es bruja pícara nos puede convertir a todos en sapos —dijo Sedri.

—Y puede hacer un caldo con el Bartolo —alegó otro.

—Y llevarnos a una cueva maldita...

—O echarnos en el cráter de un volcán...

—Si es adivina sabe lo que estamos hablando —dije con un calor tremendo en las orejas. Caupolicán gruñó mostrando sus dientecitos filudos. También él tenía miedo que lo entregáramos a la hechicera en vez de Bartolo.

—Total somos siete contra una —dijo el Negro—. No nos puede quitar a los amigos.

La bruja se dio vuelta y dijo:

—Ni siete ni setenta veces siete ni todas las fieras juntas pueden vencer a una hechicera —rió la bruja con una carraspera carcajada tan larga que creí se ahogaba.

La cuestión era hacer algo sin pensar, para que ella no alcanzara a adivinarlo. ¿Qué tendría tan súper el Bartolo que todo el mundo se lo quería robar y hasta los buenos se convertían en malos con tal de tenerlo?

Miré a mi culebro como pidiendo su ayuda. Desde el fondo de la trompeta me miró él a mí y me envió un mensaje. Era un mensaje aéreo sin comunicaciones. Directo.

Ipso flatus soplé por la trompeta y el Bartolo salió disparado escupiendo a chorro y sacando la lengua a mil por minuto. Corría por el rancho a grandes saltos y fue a pararse en su cola, muy derecho, delante de la bruja.

—Ven a mí, Bartolín —dijo ella con voz cremosa—. Te necesito, mi príncipe, para librarte de tu encantamiento...

La vieja se había vuelto color sandía y se le paraban los pelos de puro susto. Bartolo no se movía y la seguía escupiendo.

—Oiga, bruja —dijo el Cote—, éstos son otros tiempos y no hay hadas ni príncipes encantados, ni patillas. Ni siquiera el Bartolo le cree sus promesas.

Ella no le hizo caso; seguía aterrada mirando al Bartolo y poniéndose cada vez más verde. Ya no se atrevía a hablarle.

Pasaba el tiempo y los siete apiñados sujetábamos al Caupolicán que gruñía sulfuroso. La adivina tenía ahora los pelos tan parados, que topaban el techo de su rancho. Sus manos tilimbreaban electrónicamente haciendo castañear sus uñas. Los pelos de su nariz asomaban como balas encañonadas. Era algo folclórico, pero daba como pena la pobre vieja estupidizada.

Hice una carraspera y le dije rotundamente:

—Ya ve Ud. que Bartolo no la quiere, ni tampoco le cree. Así que mejor nos vamos...

Junto con decir esto Bartolo saltó a embutirse en la trompeta y Japo abrió la puerta del rancho. Todos se atropellaron en salir, Caupolicán el primero; Sedri y yo nos quedamos atrás para dar las gracias por el rico causeo.

Los pelos de la bruja se había bajado de golpe y sus manos se afirmaron en sus rodillas.

—Todo esto lo sabía yo de antes —dijo tristonamente— como también sé lo que les espera a Uds. allá afuera...

Ya estaba otra vez tentándonos para seguir negociando.

—No queremos saber lo que nos espera, preferimos la sorpresa -dijo el Negro y nos fuimos.
Había parado de llover y un sol de último minuto tiraba rayos rojos haciendo más verdes las hojas, más brillantes las gotas de agua limpia.

—Ahora no es problema orientarnos —dijo el Negro—. No hace falta la brújula porque sabemos que el sol se hunde en el mar. ¡Ese es el Oeste!

—¿Y qué sacamos con que sea el Oeste? —dijo el Japo.

—Bueno, al otro lado está el Este —dijo Andi Panda.

—Y aquí el Sur y allá el Norte —dijo otro abriendo los brazos y creyéndose brújula.

—¿Y qué sacamos con eso si no sabemos a dónde queremos ir? —dije yo—. Total, no sabemos ni de dónde venimos...


Lo único importante es no llegar a las casas rodantes —dijo el Rodri—. No quiero ver nunca más a esa gente.
Y ahí empezó la discusión: que veníamos de aquí, que no, veníamos de acá. Que si caminamos por ahí, nos topamos con el circo... Y dale y dale, todos poniéndose sulfurosos y rabiosos. También teníamos hambre, creo, porque cuando el Andi descubrió unas frutitas, nos largamos a devorarlas y hasta se nos pasó el mal genio. Eran frutas desconocidas y chirimpoyas. Comíamos haciendo carrera a ver quién comía más. Ni Bartolo ni Caupolicán las quisieron probar...

Por fin, ya sin hambre y con el último rayo de sol, largamos a Caupolicán para que nos sirviera de guía. Partió como un cohete ruso y apenitas lo podíamos seguir. Japo se iba quedando atrás y al poco rato el Andi y el Cote. Pero los demás seguíamos corriendo tras el pumita. Desde muy lejos se me venía anunciando un dolor conocido, de esos que llaman retortijón, pero no le hice caso. Me di cuenta que era yo el único que seguía corriendo. Atrás se había quedado el Rodri, el Sedri y hasta el Negro. Se divisaban echados en el suelo revolcándose. Yo también me eché al suelo, porque tenía como cuchillos en las tripas. Arrastrándonos nos juntamos todos, y allá lejos Caupolicán se detuvo cuando vio que el jueguito no seguía.

—¡Estamos embrujados! —lloriqueó el Japo poniendo blanco los ojos.

—¡Envenenados! -dijo Cote revolcándose y sobándose la camisa.

—¡Las frutas malditas! -gritó Rodri, rodando por el suelo.

—Hay que vomitar —dijo el Negro—. No me quiero morir y también es tremendo morir envenenado... ay... ay... ay...

—Yo fui el que más comí -¡huac! —el Sedri disparó su vómito como un manguerazo, saltando al pelotón que se revolcaba y sin tocarnos. Puso caras atroces, pero al poquito rato sonreía.

Lo mirábamos con envidia. ¡Si hubiéramos comido tanto como él! Pero no había caso. Dolor y más dolor. Tratamos de vomitar haciendo arcadas, hasta que al Sedri, que se sentía superman, se le ocurrió meternos una hojita de helecho en la garganta bien adentro y revolverla. ¡¡Huac!! A uno por uno nos curó y quedamos como nuevos. El cochino de Caupolicán olfateaba la cosa casi como tentado a comer... El pobrecito también tenía hambre. Habría que preocuparse, porque es carnívoro y no hay carnicerías en las selvas del sur. Ya se notaba más flaco desde ayer.

Oscurecía, pero poquito a poco. Volvimos a largar al hambriento pumita para que nos guiara a su supermercado o restorán o lo que fuera donde le gustaba comer, y lo seguimos. Bartolo se había devorado lo suyo mientras nosotros estuvimos envenenados y se enroscaba y desenroscaba jubiloso de mi cogote a la trompeta y viceversa.

Caupolicán había acortado el paso, olfateaba y olfateaba, arrastrando la nariz entre hojas y ramas. Aquí se detenía un rato y revolvía; más allá enterraba su hociquito y casi desaparecía tras él.

—A lo mejor nos lleva a su guarida —dije— y si su familia es grande...

La idea nos paró los pelos. Valor no nos faltaba, pero... ¿cómo íbamos a defendernos de miles de pumas, algunos de ellos furiosos, creyendo que les habíamos robado a su hijo único?

Retrocedimos un poco. La noche quería venirse encima, y además, ¿dónde íbamos a arrancar y escondernos si saltaban los pumas parientes de Caupolicán?

De pronto el pumita se aferró de una rama y trepó hasta perderse.

Dimos pasos atrás, algunos, pero no muchos, y esperamos...

Entretanto, planeábamos mil cosas para defendernos del asalto de fieras enrabiadas.

Crujió en esto una rama y nos corrió un tilimbre por piernas y espinazo.

Había saltado al suelo el Caupolicán y se acercaba, gordo, rechoncho, contento y satisfecho, relamiéndose feliz de su tremendo almuerzo.

¿Qué había comido arriba de ese árbol? ¿Qué animal sería su plato favorito que tan bien lo ubicó, lo comió y lo saboreó? Nos daba terror pensar lo que habría sentido el que estaba ahora en las tripas del leoncito chileno... Pero era un gran misterio. Y sería un misterio quizás siempre.

C
aupolicán nos miraba desde el suelo y parecía decirnos:

—¡Ya estoy listo! ¿Ahora qué?

Japo lo tomó en brazos y seguimos caminando por nuestra propia senda que era menos difícil que la de Caupolicán.

La oscuridad crecía y empezaban a oírse esos crujidos misteriosos de la noche, esos silbidos anónimos, esos suspiros lejanos.

Decidimos cantar para espantar los malos pensamientos y con la canción de Yungay a grito pelado se hizo más ligero el camino y más seguro llegar a alguna parte.

Y justo, no muy lejos, apareció una luz...

Era una luz musicóloga y tremenda, sulfurosa y alfombrillenta que hacía picar el cuerpo todo entero, aun desde lejos...

Paramos un momento; creo que algunos tenían como miedo, era tan raro el asunto en plena selva...

—Hay dos alternativas —dije a los Pumas—. O avanzamos o arrancamos...

No se oyó contestación, porque la música era cada vez más fuerte.

Caupolicán saltó de los brazos de Japo y avanzó hacia la luz. Bartolo alargó su cogote fascinado... ¡Teníamos que seguir; era una seña!

Dimos un paso, otro y otro. Cada uno pensaba con sus propios terrores científicos lunares, calladito. Yo estaba seguro de que sería algo espacial de la Nasa. Eso me daba tranquilidad y menos picazón.

Ya estábamos muy cerca.

La luz radiante y la música parecían desparramarse y desteñirse. Pero también se agrandaban... Nos quedamos paralelos un rato. Mirar no era peligroso.

Bartolo galopó hacia la luz. Caupolicán lo siguió.

—¡Es un enjambre de luciérnagas! —gritó el Negro que sabe mucho de otorrino—. Yo diría que asaltan un panal de abejas...

—¡Es una toma! —dijo el Andi—. Se han tomado la miel y...

No pudo terminar la frase. La música se vino encima... Eran abejas zumbonas, furiosas contra los asaltantes, y parecían tirarse en picada contra nosotros, creyéndonos los malos.

Caupolicán había dado media vuelta y galopaba abriéndose paso entre las quilas, Bartolo lo seguía y la luz antes maravillosa, era ahora como una nube desteñida que se agrandaba hasta desaparecer. Los Pumas y yo arrancamos aterrados del enjambre de abejas que nos seguía.

Sedri iba abriendo un túnel con su cuchillo. Las ramas de las quilas eran tan tupidas que resultaba difícil hasta para las abejas alcanzarnos.

En cuatro patas nos arrastramos y tapamos la entrada de nuestro túnel. Los ojos sulfurosos de Caupolicán nos alumbraban el fondo de esta cueva y Bartolo hacía llamear su lengua como una chimenea. El zumbido de las abejas se fue alejando poco a poco y su famosa música se acalló con una lluvia chora. Sólo nosotros la oíamos; no nos llegaba ni gota de agua en nuestro túnel.

Al día siguiente despertamos con unas risotadas. Alguien, no, muchos álguienes, se carcajeaban muy cerca, entre el ramaje. Se hubiera sido de noche nos habría asustado, pero a través del túnel se divisaba el sol de un día glorioso.

—¿Será otra vez la gente del circo? —preguntó Japo con boca churrasquera.

—No —dijo el Negro sabio—. Son chucaos... Yo conozco su canto pitancero.

—¿Chucaos? —preguntamos. No sabíamos si era un animal feroz, algún indio colonial o un tiburón de río. Porque no lejos se sentía correr agua...

—Los chucaos son lindos y puros pájaros. —Se metió entre las ramas del túnel y mostró uno. Era entre zorzal y pollo, algo grande, con el pecho bien rojo y alas negras; con su pico fuerte hacía risas o cuestiones de instrumento musical. Un pájaro churumbélico.

Poco a poco fuimos saliendo del túnel. Al estirar el espinazo y levantar la cabeza, nos cayó el hambre de golpe y para consolarnos hicimos un ejercicio mental-yoga-salchichónico. Cada uno contaba lo que estaría comiendo de más rico:

—Yo —decía el Negro— un inmenso hot-dog harto jugoso —y le chorreaba saliva sin querer.

—Yo, una sandía —decía el Andi.

—Yo, un pollo entero asado al palo —dijo otro.

—Yo, siete churrascos de lomito jugoso.

—Yo también —Yo también —Yo también —decían todos saboreándose su propia saliva. Pero no nos llenábamos. Caupolicán y Bartolo se buscaban la vida y los seguíamos, bien confiados, mientras los chucaos reían...

De pronto se detuvieron ante algo extraño. Caupolicán comenzó a lamer el suelo y Bartolo, todo misterioso y coqueto, se retorcía y bajaba su cabeza para levantarla muy alto: tragaba algo...

Descubrí que el pumita saboreaba miel, y cera con abejas y todo. Era lo que quedaba del panal. La crema. Increíble que las luciérnagas tan chiquitas ganaran a las abejas. De seguro eran electrónicas. Ahí estaban fallecidas las pobres abejas revueltas con su miel que chorreaba y chorreaba. De las luciérnagas ni luces, por ahora, aunque quizá en la noche volverían.

Nos pegamos un feroz desayuno medio alemán medio Ambrosólico, pero harto llenador. Estábamos pegajosos de las ojotas al pelo, pero felices de no sentir hambre.

Ni podíamos usar las manos porque los dedos se nos habían pegado unos con otros y apenitas podíamos caminar con la cantidad de hojas y ramas pegadas a las piernas.

—Yo sentí correr agua cuando estábamos en el túnel —dije, y volvimos a meternos en él. Sedri adelante iba ahondando el túnel con su cuchillo, mientras nosotros nos arrastrábamos, muy lento con pinta de árboles cada vez más grandes.

Éramos puras hojas, ramas, hierbas y demases. Ni nos rasguñábamos la cara de lo puro aforrada en hojas...

¡Y al fin, después de mucho, una quebrada con agua cristalina!

¡Zas! De un run todos chapoteando en el agua... que se llenó de hojas y de mugre. Pero nosotros, despegajosos, libres, revoleándonos entre piedras preciosas y tomando gratis cualquier cantidad de la bebida más rica. Porque el agua con la miel y las hierbas resultaba mejor que Coca Cola.

Y cuando nos cansamos, salimos, nos empiluchamos y tendimos las ropas a secar. Teníamos la esperanza de que el sol del sur nos dejara oscuritos o piel roja. Pero nada...


Mientras esperábamos que se secara la ropa, se nos vino encima un lote de queltehues gigantes, tipo guerrillero y con ganas de pelear.

—Son treiles —dijo el sabio—, no les hagamos caso...

Y en ese momento se me cayó la teja del problema de mis padres perdidos. Mejor dicho: ellos creían perdido a su hijo «Yo». Era un problema mío, y no tenía por qué fregar a los de la banda.

Sin decir nada, me calé la polera y el pantalón y le hice seña a mi amigo el Bartolo.

—¡Chao! —dije cuando llevaba unos pasos caminados.

—¡Eh, tú! —gritó alguien—. ¿Dónde te vas? ¿Y qué te crees que te llevas al Bartolo?

El Bartolo, que lo entiende todo, se me enroscó en el cogote y les sacó la lengua a los siete Pumas.

—Cuando encuentre a mi gente, vuelvo donde ustedes. Ahora me acordé de que me andan buscando...

—Pero si no sabes dónde están —dijo alguien.

—La cuestión es encontrarlos y si me quedo aquí es mucho más difícil que si camino...

—Depende —dijo el Negro— porque si tú caminas para un lado y ellos para otro...

—Total, el mundo es redondo y tenemos que toparnos —alegué.

Alegando y alegando se iban vistiendo todos. Caupolicán nos miraba esperando ordenes. Un puma sabe que él es bestia y no trata demandar al hombre, pero al amigo lo ayuda si lo ve entontecido.

Apenas se vistieron todos, partió el Caupo adelante a todo trote. Teníamos que correr para no perderlo de vista y sólo se detuvo cuando llegó a la orilla de un arroyo con harta corriente. Ahí se puso a olfatear y dar saltos, entre la orilla y el agua.

—Debe ser un mensaje —dijo el Japo.

—¡Claro, nos da la idea de irnos por el agua! —dije yo—. Es lo más rápido...

—Y más suave... —dijo el Japo que estaba más rasguñado que un banco de colegio. La verdad es que todos teníamos cara, piernas y cuerpo bien estropeado.

Hicimos unas canoas con cáscara de árboles, las ensayamos y aterrándonos fuerte cada uno a la suya, nos largamos al agua con tilimbre de risa. La corriente nos llevaba a todo chancho, saltando entre las piedras, tropezando y tambaleando entre raíces y troncos, chocando y dando brincos en olitas sulfurosas.

Vimos pasar bosques y más bosques, pájaros raros y ejércitos de bandurrias formando arcos en el cielo. Unos tiuques inmensos e insolentes nos seguían como queriendo atacarnos, pero el Bartolo, con su lengua relámpago, los espantaba desde el agua.

Todo se volvía ruidos y chapoteo, salpicadas y enredos de canoas.

Entre el alboroto de gritos y demases, estoy casi seguro de haber oído allá lejos la voz de mi mamá llamando: «¡¡Papeluchooo!!».

Pero no había caso de frenar las canoas. Cada vez la corriente nos tiraba más lejos y ahora los árboles se veían como un solo borrón. El viento nos doblaba atrás las orejas y a cada rato había que agachar la cabeza para que no la cortara alguna rama.

—¡A este paso vamos a caer al mar! —chilló Cote.

—Menos mal que el mar tiene playa —grité yo— y en las playas hay siempre pescadores y mariscos.

Junto con decir esto ¡zas! Un tirabuzón de remolino... Olas, peñascos, vertientes desde el cielo, acantilados de rocas lujurientas, volteos y tornillos de corriente alterna.

El primero en elevarse en una ola gigante, fue Andi Panda, que salió disparado contra el cielo y anduvo desapareciendo unos minutos... Pero volvió a caer entre las olas muy aferrado a su canoa gloriosa. Y tras él, enredadas las canoas del Sedri con el Rodri, se dieron vuelta en el aire y siguió viaje. Parecía un avioncito de mar, las dos canoas como alas. El Negro y yo quisimos imitarlos; con los brazos abiertos nos pescamos de los hombros ajenos, agarrados con fuerza de orangutanes, firmes las piernas de cada uno en su canoa. Pero llegaron el Cote y el Japo a hacer lo mismo y ahí se armó la crema. Logramos librarnos del enredo de piernas y canoas y ensayamos de nuevo. Con la potente intención de no morir, nos elevamos con otro remolino, bajamos y volvimos a subir hasta el cielo y así, subiendo y bajando al galope en las olas, sentíamos lo que siente un astronauta, sin gravedad o con y volviendo a tenerla golpe y golpe.

Resulta que de repente se nos acabó el asunto. Un mar inmenso, sin orillas de ramas ni de bosques, nos columpiaba con blandura.

El Negro metió la mano adentro y se la llevó a la boca:

—¡Oye! —dijo—. Este mar no tiene sal. A lo mejor es el Mar Muerto...

—Si es el Mar Muerto, floto —dije yo, y me tiré sin soltar mi canoa. Pero me hundí definitivamente. Se ve que no era el mar ese, y a no ser por el Negro que me pescó de las mechas y me ayudó a salir, ahí mismo me ahogo.

—Lo que pasa es que debe ser un lago del sur —dije escupiendo agua hasta por las orejas.

Suspiramos con pena. Ya que estábamos en plena aventura acuosa, habría sido más refulgente un océano de verdad y poder llegar a islas desconocidas. Habría sido choro encontrar una cápsula flotante de esas que se han perdido...

Miramos con desprecio estas aguas sin sal ni peligros, sin siquiera tiburones ni ballenas. Los otros, allá adelante, se reían felices, y despistados, convencidos de que iban a llegar al otro lado del mundo. No valía la pena desconvencerlos y tampoco era fácil, porque ya estaban lejos.

Por suerte se levantó una ventolera y las olitas suaves se alborotaron grandes y violentas, y como si las canoas fueran veleros, nos arrastró una corriente a todos a un rincón. Ahí nos juntamos como en islita flotante de canoas chocadas y enredadas.

—Viene un huracán —dijo el Negro y se le pusieron bien redondos los ojos—. Un temporal en el lago es cosa seria —explicó.

Más vale que no hubiera dicho nada, porque las caras de todos se pusieron bien jaras y estupidizadas. Por suerte no había tiempo de seguir conversando, sino que apenas podíamos sujetarnos cada uno en su canoa. Se llenaban de agua y con el mismo bailoteo se vaciaban sólitas.

El único tranquilo era el Bartolo y le sacaba la lengua al mismo huracán.

Cuando menos pensábamos, ¡zas! un tremendo sacudón y las siete canoas rechinaron chocando para quedar completamente autógrafas. Molidas. Puros pedazos y nosotros enrollados entre sus cáscaras.

¡Pero estábamos en tierra!

Empezamos a desenchufarnos unos de otros tratando de saber de quien era una pierna, un brazo o un cogote, pero felices de estar en tierra firme.

—¡Bendito huracán! —dijo el Negro—. Por él nos salvamos...

—Chitas que eres mamerto —al Andi Panda le gustan los peligros.

—Yo tengo la esperanza de que no estamos bien salvados —dije—. Total no sabemos ni dónde estamos ni si hay caníbales aquí —trataba yo de animarlos.

—Aunque sea un lago del sur, puede haber una tribu del tiempo de los indios, que no esté civilizada... —dijo alguien.

—No hay caminos ni seña de excursionistas intrusos. No tiene nada de raro que algún nieto de Lautaro haya salvado su tribu de la civilización.

—¡Qué choreza sería! —suspiramos.

—Habría que buscar armas para defendernos —dijo alguien.

—Con el Caupolicán y el Bartolo no hace falta armamentos.

Pero, por si las pulgas, nos dedicamos a buscar palos filudos para fabricar flechas. El viento se había ido a otro lado y la recogida de flechas fue bien rotunda. Como nadie tenía cordeles ni cuestiones de esas, cada uno tiridizó su camisa retorciendo las tiras para usarlas como cordeles y armamos así los arcos. Disparaban relejos...

—Hay que envenenar las flechas —dijo el Andi— para que sean mortales.


El Bartolo puede hacerlo cuando llegue la hora de guerrear. Primero hay que encontrar al enemigo. No hay que gastar la radioactividad del Bartolo.

Con las flechas bien metidas en la parte de atrás del pantalón y el arco al hombro, partimos por las selvas con el oído intento para sorprender nosotros primero al enemigo.

Mirábamos los árboles esperando ver saltar de entre sus ramas alguna fiera desconocida y antidiluviana. Pero nada. El cuchillo del Sedri volvía a funcionar abriendo paso y los pechos y espaldas otras vez se iban poniendo rojos de rasguños y demases. Al Japo le salió sangre de uno de ellos y aprovechamos para hacernos dibujos, pintarnos la cara y parecer apasionadamente feroces.

Pero otra vez empezaron a sonar las tripas lujuriosamente. Daban ganas de volverse a la casa y comer aunque fuera un pan duro.

—Busquemos alguna ensalada —dijo el Negro—. Total si le falta aceite, limón o sal, al ratito nos acostumbramos.

Y ahí mismo encontramos una mina de berros, fresquitos y sin uso. Nos tiramos al suelo y para no perder tiempo, mordisqueamos igual que las ovejas, en su propia mata, hasta quedar bien llenos. Y el berro es pura vitamina, porque nos levantamos sintiéndonos la muerte y listos para la peor batalla.

De repente, descubrimos un coleóptero raro, pero lindo, de color tornasol. El Negro fue a tomarlo y le salió un olor fétido, así que lo dejó irse con toda su hediondez. Cada uno tiene su modito de defenderse en este mundo.

Y cuando menos pensábamos, crujió el gancho de un árbol y saltó un puma gigante. (Claro, gigante al lado del Caupolicán, pero bastante grandote y medio flaco). Por suerte saltó a otra rama y todos soltamos el susto que nos habíamos tragado... Pero, justo cuando ya nos creíamos seguros, ¡paff! crujió el suelo y gruñeron montones y montones de pumas rugientes e inflamables. Parecía una horrible pesadilla. La selva se había llenado de fieras y de ojos furiondos, de hocicos llenos de jugos comilones...

—¡Apuntar y disparar! —chilló el Cote creyéndose jefe.

—¡No! —grité yo—. No asustemos a los pumas... Hay que parlamentar con ellos.

—Guardemos las flechas por si nos atacan los indios... —dijo el Japo.

Pero en ese momento uno de los pumas avanzó blando pero rotundo y nos mostró sus dientes. Fue como una orden, y todos los demás abrieron sus hocicos llenos de dientes filudos y ojos refulgientes, avanzando... avanzando... cataclípticamente.

Muchos de la banda dieron un paso atrás, pero otros no tu vimos miedo y avanzamos igual. Bartolo se me había enroscado en la cintura y yo llevaba al Caupolicán en los brazos. Un valor genial me recorría el espinazo.

El puma jefe se me enfrentó nauseabundo y abrió su choro hocico.

Yo no me moví y le alargué al Caupolicán, para que él parlamentara.

En realidad pensaba en ese momento que si el Caupolicán les explicaba algo a los pumas momios, los convencería de que éramos amigos y hasta podríamos llevarnos a varios con nosotros para darle compañeros al Caupolicán, tan huérfano.

Pero el Caupo, en vez de explicar, se quedó sintético. No dio un paso ni adelante ni atrás.

Los de la banda quedaron suspendidos, esperando, pero listos para atacar o arrancar. ¿Dónde iban a refugiarse si los pumas se trepan a los árboles? Más valía seguir parlamentando...

Mi corazón marca pasos iba haciendo sentir cómo corría el tiempo.

Yo le pedí socorro al Bartolo y él respondió.

No sé cómo logró alargarse tanto ni con qué se hinchó como una inmensa salchicha de colores fulgurantes, sicodélicos, quemantes. Su cabeza avanzó algo como un kilómetro y de su lengua de fuego empezó a salir una cuestión como laca diabólica pulverizada.

El puma jefe dio un paso atrás y cerró su hocico. Los otros lo imitaron. En el fondo a mí me dio como desengaño: el puma es tan valiente y tan chileno. ¿Podría tenerle miedo a un simple culebro como Bartolo?

Entonces comprendí que transmitía. Nosotros no tenemos carácter de animales y por eso no entendemos algunas de sus cosas. El Bartolo estaba haciéndole ver a los pumas que nuestra banda era una banda amiga y un poco perdida en el sur de Chile. Los pumas le habían entendido y nos dejaban en paz.

Sin ninguna ceremonia perdían todo interés por comernos o atacarnos y se volvían por distintos caminos...

Quizá el Bartolo les dijo que no teníamos carne sabrosa para pumas.

A medida que retrocedían los pumas, se desinflaba el Bartolo hasta quedar ídem que antes. En cambio el Negro y Cote se inflaron de protesta.

—¡Qué se han creído los pumas que no tenemos carne! —dijo uno.

—¿Y dónde dejan los músculos choros míos?

—¿Y mi sangre llena de violencia? Debe ser exquisita.

Pero los pumas no se habían ido. Se habían escondido y nos miraban raros... Yo pensé que eran desconfiados de nosotros. Y quise darles confianza. Me acerqué a uno amigosamente, pero gruñó. Los de la banda me garabatearon.

—¡Tarao!

—¿No ves que se están puro dominando?

Total le hice cariño al Caupo para mostrarles que éramos buena gente.

En ese momento el Bartolo, flaco y todo, partió haciendo tobogán por la selva y tuvimos que seguirlo. Era nuestro guía. Los pumas se apartaron entonces para darnos paso y se quedaron mirándonos mientras nos enredábamos entre las ramas y demases. Parecían estar montando guardia. Quizá era su guarida y nosotros fuimos unos intrusos.

Seguimos caminando hasta llegar a un campo sembrado de extraños seres. Cuestiones sin vida, bastante antidiluvianas, especies de esqueletos de profetas fallecidos antes de Cristo. Porque tenían unos cuernos grandes. Bastante inmensos que seguramente usaban como armas en los tiempos de entonces. Yo pensaba en la media sonajera y el medio enredo que se armaría cuando entraban en la batalla. Porque batalla hubo, y tan tremenda que todos quedaron de función.

—¡Chitas la batalla esta! —dijo el Sedri.

—Son esqueletos... —dijo Andi Panda—. Sin olor...

—Esqueletos de ciervos —dijo el Negro.

—¿Siervos de los españoles? —pregunté.


¡Idiota! Ciervo, el animal con cachos. La carne se la han comido los pumas. Por eso están gorditos. Este es un cementerio de ciervos.


—A lo mejor nos comen a nosotros y quedamos esqueletos... —dijo uno con tamborileo de dientes.

—¿Por qué no nos armamos con ellos? Podríamos ser un grupo de guerrilleros ultramarcianos... —dije.

Ipso flatus eligió cada uno sus armas. Eran huesos duros y rotundamente formados para guerreros.

Primero nos pusimos de coraza, es decir en vez de camisa, los costillares que protegían contra ramas, asaltos a cuerpo presente y tal vez flechas. En la cabeza nos plantamos los cuernos que nos dejaban de feroz altura y temible pinta. Por si los asaltantes eran boxeadores, nos protegimos la quijada o sea el mentón, con las calaveras de los tinados. Quedamos marcianizados. Y nos dábamos terror el otro al uno... Hasta al Caupo le dio susto de vernos. Sólo Bartolo parecía reírse con su lengüita electrónica. En cada mano llevábamos cualquier cantidad de huesos filudos que servían de flechas o cuchillos, según el caso.

Costaba caminar con la armadura nueva.

Era un enredarse en las ramas, y un rabiar y pelear porque por desenredar al otro, se enredaba uno con él y crujían los huesos y nos rasguñábamos iracundos y volaban los garabatos, puñetes y huesazos y los cueros del cuerpo se iban poniendo rojos de arañazos.

Y entonces vino la lluvia pacífica. Menos mal que cuando es verano y uno está rasguñado, el agüita cae bien al cuerpo y a la sangre sulfurosa. Así que nos dejamos llover enteros y nos dio risa tilimbre y se nos quitó la rabia y paró la lluvia justo a tiempo para seguir caminando...
(Yo no quería seguir más con la tarea de mis vacaciones, pero la señorita Fresia es de esa gente tremenda que tiene carácter y no hay quien la convenza de nada.

—Yo no lo encuentro justo —proclamé—. Llevo más de un cuaderno...

—Si es por el precio del cuaderno, te regalo otro —dijo sonrisosa.

—Es la tarea más larga del mundo... —rezongué.

—Hagamos un trato, Papelucho. Mientras estés escribiendo tus vacaciones, quedas libre de cualquier tarea de castellano.

Era un negocio, por fin. Los negocios son negocios, así que sigo...)





Como iba diciendo, mientras andaba y andaba, me vino el remordimiento familiar, o sea que me acordé de la mamá, del papá, de la Ji que nadie la entiende...

Y me fui quedando atrás para pensar en ellos tranquilo. Porque a lo peor nunca jamás iba a volverlos a ver y me daba congoja. Mi madre huérfana de hijo, mi padre con su famosa responsabilidad de jefe, mi hermana subdesarrollada tan pegoteada a mí. ¿Qué hacer? Yo los había buscado. Ellos me habrían buscado. Si el mundo fuera redondo, pero quieto y no diera vueltas, ya nos habríamos encontrado... Una lágrima caliente me cayó en pleno pecho y me di cuenta de que casi estaba llorando. Entonces me llamé al orden. Un hombre no llora y tampoco se desanima. Cada vez que yo sufrí pensando en lo que sufría mi mamá, resultó viceversa. Así que a lo mejor ella tenía magnesia y ni se acordaba de su hijo perdido... (otra lágrima). Entonces canté a todo riñón la Canción Nacional y me alegré.

Y justo que me había alegrado cuando al idiota del Japo se le olvidó que tenía cuernos, quiso darse una vuelta de carnero y se le enterraron los cachos hasta el cogote. Así que quedó perpetuamente asomado entre ellos como en un balcón de esos antiguos. Y lo grave es que creímos sería para toda la vida.

Forcejeamos y forcejeamos hasta que al fin lo colgamos de los cachos en un árbol y lo dejamos ahí para que cayera de su peso. Pero no cayó. Así que forcejeamos y forcejeamos y por fin nos colgamos todos de sus patas como un inmenso racimo de marcianos y tampoco cayó. Llegó el Caupo, de un brinco se trepó en el racimo y parece que fue la famosa gota de agua que llena la copa, porque ¡paff! todos al suelo, con sonajera repercutiente de huesos en todo el sur de Chile. Aunque nos demoramos bastante en armarnos de nuevo y nos sobraron muchos huesos quebrados del armamento, íbamos a seguir caminando, cuando descubrimos una mina de una especia de fresa salvaje, deliciosa. Su gusto era algo churumbélico, junto con descubrirlas las comimos a ver quién más ligero y quién más. Ojalá que fueran un poco como las cebollas, que acompañan un buen rato al que las come. Porque lo que pasa en el sur es la cuestión del hambre, que estorba bastante a los aventureros. Menos mal que quedamos tan inflados y hostigados para no comer más de esas frutillas en toda la vida.
Había aparecido el sol entre los árboles, y era como un faro de buque en lontananza apuntando un camino. Bartolo iba delante y nosotros a la rastra detrás con el Caupo, que a cada rato se enredaba en mis piernas. El pobre estaba cansado, porque era guagua y no señor: había ocurrido que fuera recién nacido. En todo caso, aunque le tuviéramos con pasión, no podíamos llevarlo en brazos estando tan armados y recomidos.

De repente cambió algo en el aire. Era como un frescor distinto, y una luz y reflejos acuosos en el cielo... Y justo que era otra vez el lago donde sucumbimos por el huracán, sólo que era otra orilla. Nos bajó la tentación de bañarnos, pero no de navegar. Poco a poco nos metimos. El fondo era de unas piedras ásperas rajuñonas y cargantes. Nos salimos y buscamos otro lado, ídem de ídem. Dolían tremendo los pies y total preferimos la tierra...

En eso sentimos un lejano motor. Miramos al cielo por si era un helicóptero buscándonos. No. Allá lejos se divisaba una lancha, en pleno lago. Iba a todo chancho, haciendo olitascachirulentas a sus costados y con popa sin tocar el agua. Yo miré con violencia y pude distinguir a los que la ocupaban: era mi padre, madre e hija con algún lanchero-taxi.

Me llené de viento y grité llamándolos... Pero ¡nada! ¡Qué manera de buscar tiene la gente! ¿Es que creían que me iban a encontrar ahogado y flotando en medio del lago?

Chillé más y los de la banda me ayudaron haciendo coro. Las voces nuestras se perdían paulatinamente. La lancha se alejaba...

Otra vez me quiso bajar la congoja y otra vez la atajé:

—¡Están paseando felices por el lago y ni se acuerdan de mí!

La lancha se perdió para siempre y yo me trepé en un árbol para verla hasta el último...

Vi hasta las olitas que dejaba atrás y creo que algunas gotas me salpicaron, porque tenía borrones en los ojos y como romadizo interior.

Pero entonces descubrí algo contundente: el sur en que estábamos nosotros era una isla, porque allá lejos, pero por todos lados, se divisaba el agua de la eterna laguna huracanada...

Cuando uno cree que está en un continente, y descubre que está en una isla desconocida, da una cuestión rara en la boca y la saliva se vuelve engrudo y las ideas ídem. Uno piensa, ¿qué me pasa? ¿Tengo miedo? -y se contesta- ¡Quizá! -que es de esas palabras que sirven para «sí» y para «no». En todo caso piensa en los demás, es decir en la banda de Siete Pumas compañeros y se dice: Entre los siete, con uno que tenga miedo, basta. El miedo es contagioso y si se nos pega a todos, siete asustados es cosa seria. Fijo que nos da terror...

—¡Me callo! —juré en mi dentror—. Es mi secreto... —y me sentí harto hombre de guardármelo.

Porque sacaba la cuenta que tenía un poquito de miedo, y bastante miedo al miedo de todos, y entre el miedo mío y el miedo al miedo, era mejor mi miedo, porque por lo menos era un poco más chico.

Bajé paulatinamente del árbol y mi cabeza estaba gacha, según dicen.

—No te pongas neurótico porque no te vieron —dijo el Negro—. Total ninguno anda con sus papis...

—¡Si supieran! —pensé—. ¿Cuándo y cómo vamos a salir de esta isla y llegar al continente? Quienzá si somos sus únicos pobladores y tendremos que poblarla... —levanté la cabeza con violencia y me dije: ¡Disimula! —y pesqué al Caupo y lo chacoteé para dejarme pensar.

J
apo y Sedri habían partido y los seguían los demás con Bartolo, así que mordisqueándonos con el Caupo nos fuimos detrás. Era mejor no perderlos de vista.

Es raro caminar por las puras, sabiendo que no va uno a ninguna parte, oyendo crujir las ramas y cantar algunos pájaros anónimos, sin importarle si es de día o noche, si aparecerán otra vez los pumas o algún rinoceronte, si se acabará el mundo o puramente nosotros... No dan ganas de morirse. Y yo tengo un invento que es muy choro, pero que se me olvida cada vez que tengo tiempo para escribirlo.

Tal vez con la pena de morirme y tanto pensar, me fui quedando atrás, siempre jugando con el Caupo, hasta que de repente él gruñó y se pararon sus pelos y sus orejas.

Entonces me di cuenta de que había un hombre mirándonos. Era un hombre chico, como de mi edad y con ojitos de ojales. Me miraba. Yo quedé paralelo. Uno no está preparado para encontrar un hombre vivo en una isla desierta.

—¡Hola hueñi! —me dijo sonriendo.

—¡Hola! —contesté y nos quedamos sonriendo.

—¿Tuyo el pangui? —preguntó mostrando al Caupo.

—Sí —ni sabía cómo seguir la conversación. En eso llegaron el Sedri y el Cote. El aparecido los miró siempre sonriendo y me preguntó:

—¿Son pañis?

—¡Claro! —dije por no decir sí ni no. No tenía la mayor idea de lo que me preguntaba. Parece que contesté bien, porque siguió sonriendo.

—Huincas... —dijo y le hice seña que «sí» con la cabeza. No podía estar insultándonos si seguía sonriendo. Fueron llegando los otros y se agrandó su risa y aparecieron en su boca muchos más dientes blancos.

A mí me había bajado una felicidad completamente centrífuga, justo al medio de mi centro y se me atropellaban las preguntas que le quería hacer al amigo hueñi. Pero si las hacía, los otros se iban a dar cuenta que estábamos en la isla... Así que frenaba a fondo.

—¿Vives aquí? —preguntó el Japo que no tiene complejos.

Me miró a mí y me imitó en el «sí» de cabeza.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Andi Panda.

—Pellín... —y rió con más dientes todavía.

—¿Eres huinca? —le preguntó el Rodri, que no le había entendido lo que nos dijo.

—Yo no —dijo—. ¡Ustedes sí!

Más vale que no le hubiéramos preguntado; nos quedamos tan estupidizados que ni sabíamos si era un insulto o lo contrario. En todo caso la cuestión era hacerse muy amigo de él, meterlo en la banda, y no soltarlo en jamás de los jamases.

—Andamos medio perdidos —dijo el Japo—; ¿por qué no nos llevas a tu casa?

Pellín miró al Bartolo y dijo «no» con la cabeza. Parece que no le caía bien.

—No es ofensor —le expliqué—, es amigo y bueno —y para demostrárselo envolví al Bartolo en mi cogote.

Pellín se rió con risa ronca y se acercó a tocarlo. Tenía unas manos chicas, morenas y duras, con las uñas muy rosadas y al Bartolo le cayó bien y estiró el cogote como para abrazarlo, pero Pellín se alejó.

—Tienen mala fama los culebros en esta isla —pensé.

Pellín nos llevó por un caminito misterioso donde había puras flores rojas, sin piedras ni ramas, completamente de cuento para niños chicos. Torcía por aquí y torcía por acá entre árboles inmensos, hasta llegar a una maravilla que nadie imaginaba. Un tremendo suspiro de asombro nos salió a todos en coro y las bocas se abrieron definitivamente.

—El castillo de Mancera —dijo Pellín mostrando el castillo con su dedo de uña tan rosada, y nos quedó mirando con orgullo.

—¿Tu casa? —preguntó el Japo sorprendido.

Pellín dijo que «sí» con la cabeza.

—¿Eres príncipe? —le preguntó el Sedri. Y Pellín no dijo nada, pero cerró sus ojitos de ojales como si fuera un sí.

—¿Podemos verla? —Andi Panda no se aguantaba las ganas de entrar a ese castillo hecho de piedra, con subterráneo, cañones de verdad y foso choros. El Pellín debía ser muy feliz de vivir ahí. ¿Dispararía alguna vez esos cañones?

Nos llevó a dar la vuelta alrededor del castillo y nos mostró el calabozo para los prisioneros, que era un horrible hoyo. Tuvimos que bajar una escala hecha en la tierra, pero tremenda de larga...

Si Pellín era príncipe, ¿dónde estarían sus soldados y dónde los prisioneros para ese calabozo? Pellín mostraba todo pero no explicaba... Ni siquiera nos llevó a su dormitorio ni a ver su corte. Me estaba sonando raro. Un príncipe sin corte ni soldados, y un castillo sin gente... Una isla desierta y un puro príncipe ahí solitario...

Mientras los otros hurgueteaban los cañones, yo me acerqué a Pellín y le dije en su oreja: ¿Cómo se llama esta isla?

—Isla Mancera —dijo—, río Tornagaleones y Valdivia —volvió a indicar con su uña rosada.

Así que era isla y este castillo de Mancera a lo peor no era tan maravilloso sino que una pura ruina... Pero, ¿qué pito tocaba ahí el Pellín? ¿Sería una momia de verdad? ¿O quizá un ánima...?

—Quiero ver dónde duermes? tú... —le dije al Pellín.

—¿Por qué? —preguntó.

—La cuestión de la curiosidá...

Se quedó pensaroso y después dijo:

—Cuando es noche yo duermo —y nada más.

Así que no era príncipe; no tenía dormitorio... Tampoco tendría lacayos con bandejas ni lanzas, ni menos trono o cosa por el estilo. ¿De qué le servía el castillo, entonces?

Saqué la cuenta de que si no le servía a él, podría servirnos a nosotros, estando desocupado. Ahí podíamos instalarnos y reconstruir la capilla, la casa del castellano y usar el calabozo para criar animales. Teníamos mucho que hacer. Pero la banda se había largado a recorrerlo todo y gritaban jugando a guerrilleros, saltando de un muro a otro, cayéndose a los fosos, etc.

El Pellín le había perdido el susto al Bartolo y le tocaba poco a poco la cola. El Caupo no se apartaba de mi lado.

Quise llamarlos a todos para organizar un plan, pero nadie me oía.

Trepé al muro más alto con el Pellín y desde ahí les grité...

¡Nada! Seguían su guerra churumbélica y estaban completamente sordos. Yo miré alrededor y vi otra vez mar por todos lados.

—¿Todo mar? —dije mostrándole el agua que rodeaba la isla.

—No —dijo—, Tornagaleones...

Pensé: el Pellín es mapuche. A lo mejor en mapuche Tornagaleones es mar... Y a lo peor tampoco sabe lo que nosotros llamamos isla... Otra vez el problema de las olas y temporales y canoas. Por ahora era preferible vivir en el castillo un tiempo hasta que se nos olvidara lo que es luchar con las olas. Lo mejor sería trazar mi plan con el Pellín y después explicarles a los otros el asunto y lo que íbamos a hacer.

—¿Tú vives solo aquí? —le pregunté. Tenía que averiguar si la demás gente del castillo habría salido de paseo y podía volver. Pellín se rió con su risa misteriosa sin contestar.

—¿Eres guardián del castillo?

—No. Huecuvi...

—¿Huecuvi? ¿Dónde está?

—Nunca se sabe —dijo—. Mejor no verlo...

¿Quién sería Huecuvi? Si era mejor no verlo, que se quedara desaparecido...

Yo quería explicarle a los otros la cuestión del Huecuvi desaparecido y que era él el guardián del castillo. Pero nadie contestaba a mis gritos y poco a poco me di cuenta que también toda la banda había desaparecido... ¿Los habría hecho aire el Huecuvi? ¿Se habrían perdido para siempre? ¿Qué iba a hacer yo ahí solo? ¿Dónde estarían todos? ¿En algún mundo brujo o convertidos en piedras o cañones? Me empezaron a picar las pestañas, algo así como que no me cabían los ojos en su hueco. Y también, yo que nunca tuve manzana de Adán como Javier, ahora tenía una que subía y bajaba a cada rato...

Ahí estaba yo solo, muy dueño del castillo de Mancera en medias con Pellín y dos amigos que ni hablan: Bartolo y Caupolicán. ¿Qué haríamos?

Conseguí tragarme la maldita manzana y le pregunté a Pellín:

—¿Dónde están mis amigos? ¿Los robaría Huecuvi?

Pellín se puso casi blanco, él que tenía un color lindo de ladrillo.

Pensé que no le caía bien Huecuvi, por eso le pregunté:

—¿Malo Huecuvi?

—Malo, malo... —dijo y se cruzó las manos sobre el pecho.

La cosa se iba poniendo fea. Si Pellín, que vivía en ese castillo, le tenía tanto miedo a Huecuvi y si Huecuvi andaba suelto... Bueno... Traté de consolarme pensando que las aventuras sirven por lo menos para contarlas. Saqué pecho y decidí ser valiente:

—¿Brujo Huecuvi? —pregunté rezando para que me dijera que no.

—Huecuvi mismo malo —dijo emblanqueciéndose otra vez. ¡Chitas! La cosa se ponía cada vez peor... Y no crean, mis queridos radioescuchas, que porque cuento el cuento no era eso tremendo. ¡Casi no lo cuento!

Se me pararon los pelos y al Caupolicán ídem. Parecía un pelotón redondo de pura pelería, y el Bartolo se largó a disparar su lengua metralleta, y a mis piernas le empezaron a sobrar las rodillas que chocaban...

—Tú... tú... tú... tú... —no me salió la palabra.

Ensayé de nuevo.

—Huecú... Huecú... Huecú... —¡Nada!

—¿Será el dia... dia... diablo? —pregunté por fin

Pellín dijo «sí» con la cabeza.

No crean que yo tenía miedo. Era mucho peor. Eso que sienten los héroes y hasta los más valientes cuando tienen delante un fenómeno ultraterrestre, de esos invencibles.

Miré al castillo y pensé que no era tan atroz convertirse en cañón o en piedra de la casa del castellano, o a lo mejor de la capilla. Total una piedra no se mueve ni tiene hambre. Uno es piedra definitivamente. Me consolé y le pregunté al Pellín:

—¿Cómo saber si el Huecuvi anda suelto por aquí? ¿Te atreves a recorrer el castillo? Tenemos con nosotros un puma y un culebro supersónico —y conseguí sonreír. Es lo bueno de cuando otro tiene más miedo que uno, se hincha uno de valor para darle al otro.

Le di la mano al Pellín. Era una mano media tiesa, y parecía más chica que la mía. Él se había achicado bastante ahora... Caminamos.

Primero bajamos los escalones de tierra que iban al calabozo.

No había nadie. Fuimos a la capilla y llamamos. No contestó ninguno. ¿Podrían contestar las piedras? Cada vez me iba convenciendo más que todos se habían convertido en piedra. Nadie de las familias de los de la banda lo sospechaba. El Japo tenía un hermanito chico que lo quería mucho... ¡Pobre Japito! con un hermano convertido en piedra y sin tener ni la mayor idea.

E
ntramos a la casa del castellano. El Caupo se me había trepado a los brazos y tenía frío. El Bartolo se enroscaba y desenroscaba como tornillo suelto. La casa del castellano estaba desierta.

Pero encontré en ella un hueso de ciervo de los que usábamos antes de llegar. Los de la banda habrían pasado por ahí antes de convertirse en piedras. Al menos era una pista.

Con el hueso-lanza comencé a escarbar entre los huecos de piedras. De repente saltó algo brillante... Tuve miedo que fuera el ojo de alguno de la banda. Podría ser del Sedri... que los tiene tan grandes. Ni me atrevía a mirarlo. Un ojo es un ojo y da respeto. Por fin me decidí. No era un ojo, era una piedra, quienzá si preciosa o hiper-valiosa. Serviría para el collar de alguna reina petrificada. Yo, nada que ver con reinas, pero, por si las pulgas, la guardé. Seguí escarbando. Otra piedra, de un rojo maquiavélico, pesada como bala, y también la guardé. Me servían para cuando yo fuera piedra: tendría algo distinto de las otras. Yo, al menos, me reconocería.

Aunque registrábamos todo y corríamos de un lado a otro, me empezaba la angustia de los demás. Hasta que por suerte encontramos en la casa del castellano, una cueva misteriosa. Era como para ratones gigantes y oscura tremenda. Daba tilimbre asomarse y el Pellín remecía la cabeza como una coctelera.

Yo, todavía valiente, metí la cabeza, estirando el cogote como si fuera el Bartolo, para no meter nada de mi cuerpo. Creí oír algo raro. Era como un guru-guru de agüitas sonrisosas. ¿Sería otra vez el Tornagaleones o chucaos marinos?

Le dije al Pellín que se asomara y como él no se atrevía, puse al Caupo en la puerta de la cueva. Partió hacia dentro muy tranquilo y no volvió nunca más. Así que obligados a esperarlo o entrar para sacarlo.

Me persigné y partí por el hoyo. Es lo malo de hacerse el valiente: tiene uno que seguir siéndolo aunque se arrepienta.

A medida que avanzaba, los gorgoritos se hacían cada vez más gordos... Y cuando más susto daban, de repente reconocí la risa de Andi Panda. Y también la del Japo, que es como salpicón. ¡Eran ellos, los muy taraos, escondidos de mí!

Así que me estaban jugando chueco.

Se habían arrancado para dejarme solo.

¿Se reían de mí? Yo iba a reírme de ellos, haciéndome el que ni me había dado cuenta que estaban desaparecidos. Ni siquiera sentí la felicidad de saber que no era el Huecuvi el que la revolvía. La rabia que tenía con ellos me tapó la alegría. De ahora en adelante, el Pellín y yo íbamos a formar una banda propia secreta y mapuche. No los veríamos nunca más.

—Tú y yo amigos —le dije al Pellín.

—Mucho mucho —dijo sonrisoso.

—¡Ellos no! —apunté hacia la cueva definitivamente.

—¡No! —repitió el Pellín por fin serio.

—Tú y yo banda Panguipulli —le dije.

—¿Sin Pangui? —preguntó. Se me había olvidado que pangui es puma en mapuche, y panguipulli, tierra de ídems. El Pellín tenía razón: si no estaba el Caupo, no le venía el nombre a nuestra banda.

—¿Cómo llamarla? —pregunté.

—Paillaco —dijo y me apuntó el agua.

Mientras yo pensaba qué podríamos hacer los dos sin ellos, oí allá lejos un sonido de campana. Era una cosa un poco musical, como sonora y suave, sin nervios ni mandato, difícil de explicar. Algo como si un picaflor chocara con la luna.

—¿Qué es eso, Pellín?

En sus medias palabras de chileno y mapuche me explicó que era una campana de oro. Parece que hace muchos años, en tiempos de los españoles, y justo cuando ellos hicieron el castillo de Mancera, amontonaron mucho oro y, para que estuviera seguro, lo fundieron en una inmensa campana. A los araucanos les cargaba el oro, porque eran distintos de la gente de ahora que pelea por él. El oro los había hecho sufrir... Tampoco querían que lo tuvieran los españoles. Así que un buen día, mientras los españoles andaban de picnic, se robaron tranquilamente la campana de oro y la echaron al río Calle Calle. Este es un secreto, que me contó el Pellín, un secreto de nuestra banda secreta Paillaco, y uno de estos días, cuando tengamos tiempo, la vamos a ir a sacar. Porque parece que esta campana tañe algunas veces, al anochecer, cuando va a pasar algo choro aquí en Mancera. Si suena con tañidos de oro es mejor que cuando parece puramente de plata, que es un modo de disfrazarse.

Hablando con el Pellín, me había olvidado que ahora yo era enemigo de la banda de los Pumas, y cuando vi acercarse al Sedri con el Caupo y los demás, olvidé ponerme en guardia. O sea en facha de ataque.

Venían sudorosos y mugrientos, con los ojos plomizos de tierra y las pestañas blancas con hartas telarañas.

Yo me hice el que no notaba su disfraz.

Empezaron a sacudirse y a fantochear y tirarse pinta de lo tremendo que era trepar por la cueva hacia afuera, de lo sofocante que era dentro, de la tierra que había y chorreaba encima de ellos, de los tesoros que habían encontrado.

No les dije ni pío de la campana de oro ni de la misteriosa banda Paillaco del Pellín y yo.

—Te encantará allá dentro —dijo el Negro revolviendo sus ojos lacrimógenos de telarañas.

Yo arrespingué los hombros con un «na que ver» de esos que sacan pica.

—Estamos seguros de que ahí hay tesoros... —dijo el Cote.

—¿De éstos? —pregunté desprecióse, mostrando las piedras que tenía guardadas.

Los seis se me vinieron encima, a tocarlas, a morderlas, a pesarlas. Los ojos les daban vueltas como hélices.

—¿Dónde las encontraste?

—¿Tienes más?

—Son piedras preciosas.

—¡Hemos descubierto un tesoro!

—Al pasito —interrumpí yo—. Uds. no han descubierto nada... Estas piedras son mías.

—Bueno, pero tú eres el jefe de la banda, el jefe de nosotros. Así que son de todos...

—¿Desde cuándo soy jefe? —pregunté.

Se miraron los seis y con ojos cataclípticos dijeron:

—¡Desde ahora!

—Así que yo soy jefe porque tengo un tesoro... —dije pensando fuerte para estar bien seguro. De todos modos me convenía ser jefe, porque el que manda, manda y se acabó. También es muy aburrido estar peleando con los amigos. ¿Qué sacaba con mis tesoros y mis piedras preciosas? También no me aguantaba las ganas de contarles la cuestión de la campana de oro... Y cataplún, se las conté.

A medida que hablaba, sentía que ellos se iban poniendo como más chicos, o quienzá si yo más grande, pero me sentía más duro y ellos más reverentes. Yo tenía esa cosa que llaman «vanidad» de que le hablan a uno. Pero yo creo que es vanidad cuando no hay motivo y no es vanidad cuando hay. Y yo tenía motivo.

—¿Y qué piensas hacer con la campana de oro? —me preguntó el Rodri.

—Muchas cosas —dije, y me tamborileaban las ideas lujurientas—. Tengo que hacer un plan con el Pellín...

—Y con nosotros —dijo el Cote—. Porque la campana será de la banda.

—Será, si logramos sacarla del río. No es fácil.

—¿Cómo sabes que no es fácil? -preguntó el Japo.

—Porque si fuera fácil la habría sacado otro —dije yo.

—¿Y cómo sabemos si está ahí todavía? —preguntó el Sedri.

—Porque con mis propias orejas la oí sonar —contesté.

El Pellín decía «sí» con su cabeza y sonreía con más dientes que nunca. Ya se le había pasado el susto del Huecuvi (diablo, en mapuche) y estaba otra vez contento.

El cielo se había nublado y lo que pasaba es que se estaba haciendo la noche. No sé por qué la noche trae el mal pensamiento de comer y es como terrible cuando uno ni tiene la mayor idea de dónde encontrar comida.

—¡Chitas que tengo hambre! —dijo el Rodri y todos suspiraron sobándose el cinturón.

No sé si el Pellín entendió o adivinó, la cosa es que empezó a hacer gestos para que lo siguiéramos. Y nos llevó por un caminito chirimpoya, que bajaba y subía, resbalaba, hacía dar unos saltos, trepar bastante y frenar a todo chorro cuesta abajo...

Y así llegamos a un bosquecito donde había una ruca hecha de barro y ramas con techo de totora bien chascona. Desde lejos se venía acercando un olorcito de humo retorcido con algo que podría ser pan amasado.

—¿Tu casa? ¿Tu mamá? —le pregunté al Pellín, cuando vi una viejecita india muy chora que esperaba en la puerta.

—Yo no tener Ñuque ni Chao —dijo el Pellín, y le entendí que eso era mamá y papá—. Ella mi Chuchu, yo su Tutu.

—¡Claro! Tu Güeli y tú su nieto —me expliqué para que oyéramos todos.

Esta viejita no tenía nada que ver con la hechicera bruja ambiciosa del Bartolo. Se parecía al Pellín y tenía dientes con sonrisa y todo.

Entramos, y mientras la Chuchu sacaba unas tortillas calentitas del horno, el Pellín se afanaba haciendo hueco en el suelo para que todos entráramos.

—Chali, chali —decía la dueña de casa pasando las tortillas tan calientes que nos quemaban las manos y teníamos que tirarlas al aire para enfriarlas un poco. Pero las devoramos calentitas, mientras el Pellín hablaba a toda vela en su idioma que no alcanzaba a entender. Apenas terminaba yo una tortilla, tenía otra en la mano, haciéndola saltar...

Entre el nieto y su güeli nos acomodaron un rincón blandito de hojas secas y los dos se arreglaron en otro, ahí cerquita. El horno se había ido apagando poco a poco y la oscuridad se iba poniendo tremenda con el sueño...

Es difícil dormirse cuando uno está cansado, pero es más difícil despertar al otro día.

Yo sentía entre sueños la cuestión musical de la campana de oro allá en el río, llamando para que la fueran a buscar. Dos veces desperté con el tañido de oro que lo ahogaban los ronquidos de la banda dormida.

Hasta que por fin la voz de la campana repercutió tan fuerte que hizo salir el sol y la noche se hizo día de un garrotazo. Yo salté del rincón y desperté a los roncadores, que aseguraban que la oían sonar y aun dormidos sentían su llamado.

Las abuelitas mapuches no tienen mañas como las de ciudad y ni se acuerdan de esas reglas de lavarse cara y dientes. Yo creo que por eso tienen dientes tan blancos y parejos. Al levantarse, la única obligación es recoger ramitas para el horno. Uno aprende a tostar harina y hacer ulpo, que es rico y llenador. La Chuchu nos dio también unas abejas revueltas con su miel.

Resulta que como soy jefe, aquí me llamo lonco.

Desde que soy el lonco de la banda Paillaco, me he puesto más rabioso, mandón y abusador, porque dan ganas de ver hasta dónde le obedecen a uno. Los obligo a recoger varillas y espinas para hacer cañas con anzuelo y a seguirme. El Pellín nos llevó hasta la orilla de Tornagaleones y pescamos cauques p'al mundo. Teníamos que engarfiarlos y, como eran pesados, los arrastramos hasta el rancho de la Chuchu. Quedaron descamaditos, listos para el almuerzo. La Chuchu los ahumó un rato y resultaron caballos. Los que sobraron los puso a secar para hacer algo como un charqui de pescado.

Total, con esto de comer y comer casi se nos olvida el negocio de la campana del río.

—Dejémosla para mañana —dijo el Negro.

—Vamos al castillo a buscar piedras preciosas —dijo el Cote.

—La campana para el último porque es tan pesada —dijo el Andi.

Estando llenos se creían la muerte y ni me hacían caso.

—¡Aquí mando yo! —chillé a todo riñón.

—¡No seái tarao! —dijo alguien y al tiro le di un puñete. Un lonco tiene que hacerse obedecer.

Pero junto con dispararlo, me llegó uno a mí. Alguien le pegó al rebelde y otro a éste. Y se armó la pelea entre los fieles y los infieles y quedó la tendalada. Pellín puramente miraba y el Bartolo y el Caupo se hicieron bien a un lado para que los caídos no los reventaran.

Como nadie ganó se partió en dos la banda: una la de ellos y otra la mía. La de los siete Pumas ahora era de puros tres, y los desgraciados ni sabían dónde encontré las piedras y menos dónde estaría la famosa campana.

Nos separamos furiondos y, para que ellos no nos siguieran, los fuimos despistando y despistando hasta que nos perdimos definitivamente.

Envueltos en ramas nos venían siguiendo los muy mamertos tres pumas, y cuando vieron que nos tiramos al suelo de lo puro cansados, se acercaron reverenciosamente haciéndonos la pata. No les convenía estar peleados si el Pellín era de mi banda, así que decidieron ponerse bien. Yo me aburrí de ser lonco, porque es harto cargante manduquear todo el rato.

Así que nos sentamos a descansar y planear el asunto de la campana.

—Lo primero que hay que hacer es bucear... —dijo Andi Panda.

—¿Tai loco? Con el tremendo río... Hay que ubicar la campana.

—Podríamos conseguir un helicóptero para verla —dijo el Japo.

—¡Claro! Con el montón que hay en esta isla. ¡Elígete uno! —rió el Negro.

—Ubicarla es la cosa —dije yo—, después bucear. Hay que hacerla sonar, pero de día...

—¿Y cómo? —le preguntó el Sedri a Pellín—. ¿Sabrá Chuchu cómo sonarla?

Pero Pellín mostró sus dientes sonrisosos. Nadie daba solución, así que fui a un lado para poder pensar. Había que tomar en cuenta lo que es una campana de las antiguas, de esas que sonaban para los incendios, según dicen. Era todo el oro que habían juntado los españoles y lo hicieron campana, quienzá para despistar. Había que pensar que sería pesada y que si los indios la echaron al río, tiene que haber sido desde una loma de la isla, haciéndola rodar. No quise pensar más. Con estos datos ya podíamos ubicarla.

—Hagamos una gran fogata —dije–; las campanas de antes se largaban a sonar con un incendio.

A todos nos pareció chora la idea. Buscamos una lomita con bajada al río, juntamos hartas ramas y Pellín hizo fuego con sus famosas piedrecitas que siempre anda trayendo.

L
a fogata prendió choriflái, con hartas llamaradas, crujidera de palos y más humo que un volcán. Allá lejos se oyó sonar la campana...

Y vamos apagando el fuego, que no es fácil en una isla sin mangueras. Hasta que por fin con piedras, ramas verdes y puñados de tierra, se apagó la cuestión.

—¡Allá oí yo el tañido! —dijo el Negro.

—¿Tañido?

—Yo la oí sonar por acá —dijo otro.

—Que aquí —Que acá —Que en esa punta —Que en ésta...

El Bartolo estiró su cogote y se paró en la cola. No le gustan las peleas y cuando lo vimos tan furiondo, nos quedamos paralelos. Creo que estaba trasmitiendo un mensaje y la cosa era entender lo que él quería decir.

Cuando se me enroscó en el cogote, le hice cariño y poco a poco se fue tranquilizando, hasta que de pronto saltó al suelo y partió todo ondulóse por un caminito que él mismo iba abriendo entre las ramas y bosques. Calladitos y obedientes, lo seguimos todos los Panguipullis con Pellín.

El Bartolo brillaba sulfuroso, lleno de anillos y flores hippies de colores bien locos, tornasoles, electrónicos, marcianos. No se podía perder entre la hierba siempre verde; alumbraba el camino como si el sol se le hubiera metido dentro. Nos llevaba por sendas desconocidas.

Y cuando menos pensamos, todo eso verde y castaño se convirtió en arena y en playita, una playa cualquiera con su río o su mar, pero harta agua con olitas y todo.

El Bartolo cruzó la playa y se disparó al agua como quien llega a su cama. ¿Estaba loco que íbamos a seguirlo así no más? Las olas de la orilla se iban engordando a medida que el sol bajaba... Y se ponían rojas y rugientes, con verdadera rabia.

Desde la misma orilla nos miraba el Bartolo como enojado de que no lo siguiéramos. Se había puesto pálido de rabia de culebro y no brillaba genial, sino descolorido y arenoso y dormilón.

Me acerqué a él para animarlo y me pilló una ola que me tiró rodando mar adentro, abrazado al Bartolo. Pero la misma ola nos devolvió después como si fuéramos basura. ¿Estaría defendiendo a la campana?

Nos revolcamos para secarnos los dos y rodando y rodando vi entre mis pestañas revueltas de arena, una red, una lona y un bote tumbado cerca.

Corrimos hacia él y nos metimos al bote, felices de haberlo descubierto. Pero de dentro salió una voz y un hombre.

—¿Es un asalto? —preguntó con voz ronca.

—Nooooo —dijimos en coro retrocediendo.

—¿Qué buscan por aquí?

Era un hombre barbón con hartos lunares, el pecho pintado con un ancla azul y una lolita fea con cola de sirena. Sus pantalones casi se le caían, mostrando un ombligo tan hondo como la cueva del castillo.

—Buscamos la campana de oro —dijo el Japo.

Rió y su nariz se agrandó con hartos hoyitos negros. Se rascó la cabeza y el cogote y se atajó la risa con la mano.

—Esa campana ha matado más gente que una guerra —dijo con carraspera.

—¿Cómo los mata? —preguntó el Cote asustado.

—Se los traga golosa, con harta agua —y largó otra carcajada que no acababa nunca. Al Bartolo le cayó mal su risa y le sacó la lengua. Al verlo se puso serio el gallo. Dio un paso atrás y se quedó sentado en un canasto lleno de algo un poco desconocido. Era una cosa entre tiras, güiras y porquerías con un olor muy raro. El canasto había rodado con él dentro del bote tan enredado en las malditas cuestiones, que parecía un pulpo gigante. Mientras más trataba de zafarse, más se enredaba y se iba poniendo rojo. Los pelos de su barba parecían de alambre embravecido.

Los dos con el Negro quisimos ayudarlo a desenredarse, pero fue fatal. Cortó las güiras y fue tirándolas lejos. Se levantó y le dio una gran patada el pobre canasto.

—¿Son culebras secas? —preguntó el Andi Panda. Con la pregunta estúpida del Andi, se le pasó la rabia.

—¡No! —dijo—. Son piuris. ¿No han comido nunca piuris? —preguntó.

Todos dijimos que no, menos el Pellín. El pescador le cerró un ojo, escarbó al fondo del bote y sacó una olla con un guiso.

—¡Pruébenlos! —dijo y más parecía una orden.

Nos miramos. Esa cerrada de ojo al Pellín nos daba desconfianza. Pero para no parecer cobardes, los probamos. Y nos gustaron. Probando más iban siendo más ricos y ese olor, que antes parecía raro, resultaba del uno. Él se sentó a comer con nosotros y se puso conversoso.

—Cuando yo era un cabro como Uds., me vine de mi tierra en busca de la maldita campana... —dijo mirando al río—. Dejé mi casa y la escuela y pasé muchos meses remando río arriba y río abajo. Las noches que oí sonar la campana, no se pueden contar. Ella me llamaba. Éramos cuatro los cabros que la íbamos a sacar del agua. Teníamos cordeles, cadenas, chuzos y hasta dos anclas para poder engancharla... Salimos una noche en que había luna y se veía claro como de día. El tañido de la campana también sonó clari-to. Tan clarito y tan cerca que estábamos seguros de estar encima de ella. Echamos las cadenas con e! ancla para sacarla y empezamos a remar en forma de remolino para no alejarnos y para enredarla bien. La campana de pronto se quedó calladita. Ni un sonido. Era seña que la habíamos encadenado... Pero en cambio las aguas se encresparon siguiendo el remolino y ahora era el bote el que no podía parar de dar vueltas y vueltas. Parecía una hélice de avión... Un compañero perdió el equilibrio y cayó al río. Tratamos de cogerlo, pero se lo tragó el remolino. Y al tragarlo sonó otra vez la campana. Las olas se aquietaron y el remolino también. Creíamos que había tiempo de salvar al amigo y nos sorteamos para tirarnos dos y otro guardar el bote y recogernos. A mí me cayó en suerte ser botero. Los otros se tiraron y nunca más aparecieron.

Una nube grande oscureció la luna y sonó la campana tristemente. Desde entonces, días y noches he buscado a los amigos náufragos. Nunca volví a mi casa; no quería volver sin ellos. Y así pasaron los años... Soy pescador solitario, y cada vez que encuentro un aventurero que quiere ir a buscar la maldita campana, yo le cuento mi historia y le salvo la vida. ¿Se las salvé a Uds.?

Nos quedamos callados. Pensamos mucho rato, aunque no tanto, porque total, ¿para qué servía una campana de oro?

Y contestamos que sí. El hombre quedó contento y nos convidó a dormir al fondo del bote.

Yo le conté la historia de mi gente perdida y entonces nos convidó a llevarnos a Niebla de paseo, por si los encontraba. Nos tapó con la lona y nos dormimos.
A la mañana siguiente, antes de que amaneciera, remolcamos el bote hasta la orilla, echamos dentro el canasto y nos acomodamos para remar por turnos. De repente me di cuenta de que no estaba el Pellín. Miré a la orilla, y allá lo divisé con su manito gorda y morena diciéndonos adiós. No había querido dejar sola a su Chuchu...

E
ra tan lindo ver la luz que iba derritiendo la noche y dándole cancha al sol que ni se hacía pesado tanto remar. Tampoco daba congoja pensar que a lo peor se habían terminado de verdad las vacaciones y lo íbamos a saber de un porrazo, al llegar a la orilla. Yo rezaba porque Niebla fuera más desconocido y más despistado y solitario que Mancera... Si hubiera sabido cómo era, yo no habría rezado. Dios no puede estar cambiando las cosas por darle gusto a cada uno que reza...

El sol nos rasguñaba las orejas y cogotes cuando llegamos a Niebla. Unos pescadores amigos del viejujo nos llevaron a comer un caldito en una hostería de playa. Estaba súper. Pero entre los pescadores había un gallo que le tenía miedo al Bartolo y mal ojo al Caupolicán. Además, le dio con hablarle en secreto con cara de Judas al viejo de los piuris, y yo me empecé a dar cuenta que rotundamente lo quería asesinar. Porque tenía un olor de lámpara y unos ojos de camarón y le silbaban las eses como microfilm.

Le dije al Japo que estaba a mi lado:

—Corre la voz que nos conviene desaparecer. Este gallo tiene pinta de traidor...

Japo corrió la bola y entonces preguntamos en secreto dónde era la «casita» y salimos disparados uno por uno. Pero el gallo traidor las paró al tiro, nos siguió y se chantó en la puerta cruzando los brazos.

Nadie se atrevía a salir, hasta que él le dio una patada a la puerta. Como era tan enclenque se cayó y nadie alcanzó a arrancar. El gallo encendió un pitillo, nos miró de hipo en hipo y con su modito microfílmico dijo con lengua traposa:

—Ningunito «ze mezcapa» —se acomodó la lengua que se le había enredado, y siguió diciendo—: «Zoy encargao de degor degor degorverlos a los mamitos que le que le buzcan puahí. Tengum micro listo» —y nos pescó de un brazo, de una oreja, de un cinturón o una pata y salió con toditos a la rastra. El judas era un gigante. Yo me acordé de los cuentos de cuando era chico. Por suerte en el micro había más gente y un chofer con cara de ídem. Y cuando el judas nos quiso quitar al Bartolo y al Caupo, el chofer se enojó:

—¡Son mascotas! —dijo y partió a todo chancho sin que pudiéramos despedirnos del viejito de los piuris, del castillo de Mancera, del Pellín y de nuestras vacaciones...
M
arcela Paz


(1902-1985)

Marcela Paz -pseudónimo de la escritora Ester Huneeus Salas- fue una mujer excepcional, capaz de construir una prosa fresca y natural.



Educada en su casa por profesores particulares quienes le enseñaron, además de las asignaturas habituales, los idiomas inglés, francés y alemán, comenzó a escribir desde muy joven en revistas y periódicos. Usó diferentes pseudónimos, entre los cuales se quedó definitivamente con Marcela Paz; Marcela, por ser admiradora de la escritora francesa Marcelle Auclair.

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