Papelucho 11



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  • Negro

Papelucho en Vacaciones

Marcela Paz

Papelucho número 11



o sabía que a mi vuelta de vacaciones la señorita Fresia me iba a dar de tarea una composición de la ídem. Por eso la dejé hecha antes de irme y también me quedó harto chora, con aventuras sulfurosas y espaciales.

Para que no se me perdiera, la escondí secretamente y apunté el escondite por si se me olvidaba; lo malo es que se me perdió el apunte para siempre jamás... ¿Dónde estará mi tarea? Total, llegando al colegio: -De tarea, niños, una composición sobre sus vacaciones -clamó la señorita Fresia, como quien dice «ahí va una Coca Cola».

Y
en la noche, dale con pensar y pensar en mi composición perdida... o tratar de inventar aventuras guerrilleras que le dieran envidia a los demás cabros. Pero, ¡nada! Hasta que por fin decidí escribir la pura verdad, aunque duela, como dice el dentista.

(El día antes de salir. Escenario dormitorio. Miles de porquerías encima de las camas.)



Papá. ¡Por fin saldremos de vacaciones! —Se abre la camisa y se hace cariño en la cara—. ¡No me afeitaré! —declama como si alguien le estuviera diciendo que se afeitara.

Mamá. Tampoco te cortarás el pelo... Hace ratito que estás queriendo ser hippie...

Papá. ¿Y a ti quién te critica tu moño de codorniz?

Mamá. Total, en campamento no hace falta la moda.

Yo. ¿Vamos a ir a campamento? —pregunto.

Papá. Llevaré equipo de pesca con aperos...

Yo. ¿Vamos a ir a campamento? —le pregunto.

Mamá. Sueño con no tener reloj y vivir sin horas... —bosteza y se estira.

Yo. Eso quiere decir que vamos a ir a campamento —me contesto.

El papá y la mamá amanecen vestidos de scouts. Se ven bastante pésimos por lo ancianos que son. Los dos se creen capitanes de equipo y no tienen ni la mayor idea de nada. El equipo soy yo y la Ji.

El suelo entero se vuelve bolsas, canastos, lienzas, cañas, gusanos, anzuelos, trapos, ollas y sacos de dormir. En total, trece bultos.

Mamá. ¡Trece! Número ideal para no olvidar cuántos son —clama.

Yo. ¿No llevamos carpa? —pregunto.

Papá. ¡Dormiremos al aire libre, por fin!

Mamá. ¿Y si llueve?

Papá. ¿Cuándo no? ¿Cómo se te ocurre que va a llover en verano?

Y partimos al sur.

Era un bus Galgo Azul súper choro. Como un avión sin alas. Inmenso, cataclíptico, con parlantes y excusado propio, dulces chilenos, montones de ruedas y música al paladar.

Volaba por rutas propias, bocineando a los autos y camiones intrusos que se entrometían en su camino. Atravesaba el largo Chile sin resuello...

Cuando bajamos del bus, el papá contó los bultos.

Papá. ¡Están justos los diez! —clamó churumbélico, con alegría paternal.

Yo. Eran trece, papá. La cuestión del número ideal —le soplé.

Papá. Tú te callas. ¡Ni locos, trece bultos para cuatro personas!

El bus Galgo Azul partió, sin nosotros.

Caminamos bien cargados, yo pensando feliz que por suerte se habían perdido tres canastos y eran tres menos que llevar. En el primer potrero, bajo el primer árbol, acampamos.

Papá (creyéndose O'Higgins). ¡Papelucho! A ver si limpias el terreno como buen scout. ¡Echa a un lado las ramas!

Él se golpeaba el pecho silbando a todo riñón.

Y avariento se tragaba todo el aire del sur. La mamá se soltó el moño y se creía gitana. Ligerito me di cuenta que me tenían de esclavo.

Mamá. ¡Amontona las hojas para tender los sacos de dormir!

Papá. ¡Arma una pira de palos para hacer el fuego! ¡Trae piedras grandes...!

Mamá. ¡Pon a un lado los bolsones de ropa!...

Papá. ¡Ayuda a tu madre a ordenar las ollas! ¡Trae el bidón con agua!

Corre aquí, corre allá. Yo trataba que fueran felices con un hijo obediente, aunque fuera un solo día. Me tragué las protestas, los rezongos.

Y así se hizo la noche.

Nunca jamás apareció el bidón con agua, ni el canasto en que venían los fósforos, la parafina y demases. Iban en viaje al sur en Galgo Azul...

Tampoco apareció el saco de dormir del papá donde había enrollado sus pantalones nuevos. Y claro, se acomodó en el mío, yo en el de la Ji y a ella la metieron en un canasto. Yo habría dormido igual en una olla; estaba tan cansado... Habíamos comido huevos duros y choclos cocidos como un mes antes. Nos moríamos de sed, pero en vez de agua o bebida tuvimos que contentarnos con el juguito de unos tomates reventados...

Con harta congoja y sonando la lengua seca en una boca sin saliva, nos dormimos.

Menos mal que los sueños los inventó Dios para consolarnos del desastre de lo que algunos llaman «campamento». Yo soñaba que iba en avión a chorro, cuando el avión se volvió submarino y yo un pez gigante que luchaba enredado en una red. La red era del papá, naturalmente.

Papá. ¡Papelucho! ¡Despierta! ¿No te das cuenta de que está diluviando? La crueldad del papá. ¿Por qué no me dejó seguir como pez gigante?

Yo tenía montones de cosas que hacer en el fondo del mar... Y por último, si estaba lloviendo a chorros, no iba a parar la lluvia porque yo despertara...



Mamá. ¿No te dije que trajéramos carpa? —gorgoreaba llovida—. ¡Qué desastre, Señor! ¡Qué tragedia! Estamos empapados y no tenemos refugio —chillaba estérica en la noche.

Papá (sacudiéndose y tiritando como los perros peludos que se caen al agua). ¡A quién se le ocurre llover en este tiempo! Pero luego amanecerá y saldrá un sol radiante que lo secará todo —se sentía de nuevo O'Higgins.

Mamá. ¿Cómo sabes las horas que faltan si no trajimos reloj? La oscuridad mojada se la estaba capeando la Ji en su canasto con una tapa de olla en la cabeza.

Pero nosotros los grandes, teníamos tilimbre en todo el cuerpo.

Yo decidí ayudarlos.

Yo. Hay que copiar a los monos y trepar a los árboles —dije con sabiduría. Y trepamos. Cada uno en su rama, decía que no le llegaba el agua. Pero la oscuridad era tremenda y brujurienta y el ruido nauseabundo. De repente yo divisé a lo lejos un auto bienvenido. Sus luces, aunque chicas, brillaban guerrilleras en la noche mojada trayéndonos mortales esperanzas.

Yo. ¡Papá, un auto! —mi grito rompió el ruido de la lluvia.

Papá. ¿Dónde, hijo, dónde?

Yo. ¡Ahí! ¡Allá! —gritaba yo apuntando con el único dedo que podía soltar de la rama. Claro él no me veía el dedo. Tampoco podía decirle yo a dónde mirara él si no sabía dónde estaba su cabeza.

Papá. ¡No hay nada! —dijo con voz de anestesista—. Estás soñando... Eso se llama espejismo, igual que en el desierto.

Yo. No es espejismo —lo contradecí—. El auto se mueve. Lo malo es que no avanza. Se bambalea, pero no se acerca...

Mamá. ¡También yo lo veo! —su voz parecía de parlante—. Es un auto, quizá un jeep... papá. ¡Sí, sí, tienen razón...! Una hoja me tapaba sus luces... Pero no es auto ni está lejos... Es algún gato o animalito trepado aquí en el árbol muy cerca.

El ex auto, ahora animalito, se movió sin avanzar.



Papá. Tendremos que espantarlo o matarlo. Puede ser un gato salvaje —gruñó.

Yo (furioso). ¿Y por si acaso lo vas a asustar o matar? Es mío. Yo lo descubrí y nadie me lo quita.

P
apá
. En realidad, yo no me siento seguro en esta rama. Tú eres más liviano. Apenas tuve que estirar la mano para pillarlo. Estaba tan cerquita de mí. Pero no era gato. Era algo sin pelos y un poquito helado y resbaloso. Al tiro me di cuenta que era una culebra. Y yo no les tengo miedo, sino que me dan pena porque nadie las quiere.

Le sujeté la cabeza y la dejé enroscarse en mi brazo.


Yo. Es mansito, papá. Lo tengo en mis brazos y tiene mucho frío —dije.

Papá. Quieras o no voy a matarlo para estar tranquilo. ¡Dámelo!

Yo. No puedo. No sé dónde está usted.

Papá. Ese absurdo amor por los animales... Entiende, Papelucho, los animales no tienen alma.

Mamá. ¡Ay! —gritó como si fuera ella la desganchada—. ¿Te quebraste algún hueso, lindo?

Papá. ¿Por qué iba a quebrarme algo? —furiondo—. No soy viejo ni enclenque... Trepo otra vez.

Mamá. ¡Ay! Te agarraste de mi pelo. No soy rama tampoco.

El papá embarrado y resbaloso no le achuntaba jamás a una rama. Se pescó de mi pierna y casi me la arranca. Por suerte cayó al suelo sin ella. Mi culebro asustado se enroscó tanto en mi brazo que me lo anestesió, y me vino calambre. Claro, me caí entonces, pero por suerte encima del papá. La mamá, al sentir la crujidera de ramas, saltó al suelo justo encima de mí... Pero mi culebro se salvó. Se desenroscó de mi brazo y partió en la noche... Yo me quedé estupeflatu mientras el papá y la mamá contaban sus machucones en la oscuridad.



Yo. Justo por eso yo quiero que lo pasen bien. No tienen otra vida. Puramente ésta.

Papá. No se discute trepado en un ár... —y ¡prum!

Se quebró el gancho en que se sostenía y se vino al suelo estrepontosamente. Por poco nos arrastra a todos con él, pero no se quejó.

Con el tremendo golpe que recibió la Tierra al caer la mamá encima de mí, paró la lluvia.

Una claridad subcutánea estropeó la regia negrura y la selva poco a poco se convirtió en potrero. Apareció el árbol y demases, todo lindo y brillante.

Yo tenía cototo de haber perdido a mi único amigo y me cargaba el día que con su luz no dejaba ver los ojitos luminosos que yo quería reencontrar. Para poder consolarme me juré que no me volvería sin mi culebro.

Justo que había jurado, dijo el papá: —Ahora empacaremos todo para buscar un sitio cerca de un río y hacer una ramada. Así tendremos agua y techo.



Mamá. Volvamos al camino y busquemos un hotel —la mamá ya no era scout... Y se armó la discusión: Que no porque llovió anoche va a llover otra vez, etc., etc., etc. Yo me alejé con disimulo y volví a trepar al árbol buscando mi culebro. Pero ¡nada!

Los gritos del papá me bajaron electrónicamente. Había que empacar y volví a ser esclavo.

—¡Que recoge, echa al canasto, estruja el saco de dormir...!

Cogí el saco con odio, y lo retorcí maldiciabundo. Quería reventarlo. Entonces sentí al fondo algo pesado. Palpé mirando al cielo, como miran los ciegos, y sentí a mi culebro en su dentror. Un hipo de alegría me dejó paralelo... Electrónicamente enrollé el saco, los tres sacos, recogí el cachureo en los canastos y me eché al hombro el «premiado». Feliz y sonrisoso seguí a mis paternales scouts a donde quisieran ir. Un esclavo con su secreto propio es más feliz que un rey.

A poco andar, una nube negra, y otra vez ¡zas! Se descarga el diluvio universal.

Papá. ¡A refugiarse cada uno donde pueda! —ordenó O'Higgins.

Mamá. Aquí, bajo este árbol... —gorgoreaba mandona.

Con el diluvio no se veía nada y cada uno corrió a meterse quizá dónde. Yo descubrí una casuchita como de perro chico, pero con cruz. Animita creo que las llaman y por lo general están cerca de una línea de tren. Me calzaba perfecta, con saco y todo y tenía hasta velas derretidas y chorreadas. En todo caso yo y mi culebro estábamos protegidos del diluvio. ¡Ojalá que los demás hubieran encontrado motelitos como éste para cada uno!

Yo ni sé cuánto tiempo pasé ahí hasta que paró la lluvia. En el sur es lo que pasa, no se sabe de horas porque el hambre es perpetuo.

Mientras estaba en mi refugio, desenrollé mi saco para dejar respirar a mi amigo. Y por suerte, porque estaba un poquito asfixiado con esa porquería plástica que meten dentro y no deja pasar el aire. Pero haciéndole respiración artificial, mi culebra revivió.

Cuando dejó de llover y se sintió mejor, salimos del motel. No se divisaba nadie, ni siquiera el árbol gigante en que pasamos la noche. Estábamos solos, mi culebro y yo.

Pensé: Estamos en el sur, y si hay una animita aquí es seña que estamos cerca de algún camino o de una línea de ferrocarril. Esa línea va al norte. Cuando uno no tiene brújula ni hay sol, ¿cómo puede saber a dónde va? Buscaría la línea, por si acaso. Total, me perdí. Ni luces de la Ji, ni pista del papá ni de la mamá. Solos mi culebro y yo, en plena selva chilena. Para no desconsolarme, le dije a mi culebro:

—Apenas encontremos un alambre en un poste, hacemos contacto y mandamos un teletipo con este aviso a algún diario: «Se ha perdido una mamá con papá y todo. Devuélvanse al remitente. Papelucho».

Mi culebro relampagueó su lengua y comenzó a animarse. Se ve que tiene vocación de detective. Poco a poco se me enrolló en el brazo y seguimos caminando. Mis violentos papas cada vez más perdidos y lejanos. La jungla chilena, con sus ruidos propios y su eco lejano, a cada rato me engañaba haciéndome oír clamores y escuchar: «¡Papeluchooo!»

—Espejismo —me dije, haciéndome de auto-papá. Mi culebro parecía asustado, porque también se oía un tamborileo perpetuo, y allá arriba zumbaba un avión y bajo tierra un terremoto se venía anunciando...

—¡Qué importa un terremoto en pleno campo! —tranquilicé a mi culebro—. ¡Qué importan los aviones allá arriba, mi Bartolomé!

Y así no más quedó bautizado. Y de postdata lo llamé Bartolo.

Éramos los dos solos en el mundo y avanzábamos. A cada paso se iba oyendo más inflamable el tamboreo. Y comencé a saber que no era espejismo. Se nos venía encima con su machaca y machaca. ¿Un pozo petrolero? ¿Alguna fábrica? Ojalá fuera de helados. ¡Teníamos tanto hambre!

D
e repente nos encontramos ante un campamento indio. Era una sorpresa chora que no nos esperábamos. Había una ruca maldita y unos enanos indios tamborileando el aire...

Los quedamos mirando, escondidos detrás de unas matas. Eran justo de mi porte y tenían el cuerpo pintado entre hippie y cebra. Les colgaban flechas y plumas, y no lejos ardía una fogata que olía a palo quemado. Eso me tranquilizó; no comían gente asada.

Junto con salir del escondite, los indios nos vieron y dejaron de tamborear. Parecían tenernos más miedo ellos a nosotros que nosotros a ellos. ¡Es inflamable tener por compañero a un culebro! Me sentí el vencedor, antes de haber peleado.

Los seis indios se vinieron acercando a nosotros y se pararon mirándonos con los ojos muy fijos en los nuestros. Los dibujos de sus cuerpos se retorcían un poco, cambiando las figuras. Ellos tenían tilimbre del Bartolo.

—¡Hola! —les dije para tranquilizarlos.

—¡Hola! —contestaron en coro, apuntando sus flechas.

—¿Amigos o enemigos? —pregunté.

En vez de contestar tamborilearon de nuevo.

—No entiendo teletipo —dije—. ¿Saben hablar chileno?

—¡Somos chilenos! —dijeron otra vez en coro. Y así fuimos haciéndonos amigos.

Resulta que no eran indios, sino un grupo de cabros de mi edad haciendo campamento. Se llamaban Cote, Andi Panda, Negro, Sedri, Rody y Japo. Eran tipos del uno. Tenían su propia carpa y no les importaba la lluvia porque lo pasaban brujurientamente bien. Me convidaron leche de tarro, pan y fruta, y lo único que me pidieron á cambio era que los dejara tocar al Bartolo.

Pero al Bartolo le dio por sacarle la lengua a cada uno.

—Somos de la Banda del Puma -dijo uno de los cabros tirándose pinta— y conocemos todos los secretos del sur de Chile. ¿Te gustaría ser de la banda?

—Ya lo creo —contesté y mi boca se puso jugosa con eso de hablar otra vez.

Salimos a pescar salmones en un río que era desconocido de todo el mundo, menos de ellos, y nos asamos un salmón completamente glucoso. Nunca comí algo más rico. Bartolo se enroscaba en los árboles mientras nosotros nos bañábamos en el río y jugamos a Tarzán, indios y montones de cosas.

Cuando llegó la noche, nos amontonamos en la ruca maldita y Bartolo prefirió quedarse afuera, porque era muy caliente con tanto cuerpo y poco hueco. Quizá se largó a llover y quizá no, pero ya no importaba...

Cuando sentí la lluvia pensé en los perdidos que andarían mojándose en la jungla chilena. ¿Qué diría la mamá al verme acurrucado en una carpa? Me compadecía de ella, de la Ji, del papá scout, y me bajó romadizo de pensar... De pena, me dormí...
Despertamos traspirando. El sol quemaba tremendo y era mediodía en toda la República, porque la sombra nos quedaba debajito de los pies. Así duermen los scouts, y uno despierta con hambre de puma.

Pero a la banda le quedaba de todo para comer y al poco rato el humito de la fogata olía a salchichas y nos chorreaban los jugos de ganas de morderlas.

Ya sin hambre, empezamos a planear.

Japo. Podríamos hacer negocio con el Bartolo —dijo.

Cote. Y ganaríamos montón de plata si lo amaestramos.

Rody. Él vería la suerte. Hay montones de gente que quiere saber cuándo se va a morir.

Negro. Pero, ¿cómo ve la suerte un culebro?

Rody. Tenemos que amaestrarlo.

Yo. ¡Al Bartolo no lo amaestra nadie! Lo harían sufrir y no lo aguanto.

Se armó la discusión:

—Que un culebro no sufre.

—Que un tío me contó que en la India ven la suerte.

—Que si es inteligente, qué le cuesta aprender.

—Que tú eres idiota si no aprovechas al Bartolo.

—Que te echamos de la banda si no lo dejas actuar.

—Que yo le enseño a hacer judo

—Que nadie me lo toca -clamé yo.

—Te echamos de la banda —dijeron todos en coro. El Bartolo les tiró un escupo y nos fuimos los dos...

Pero a los pocos pasos, nos alcanzaron los pumas.

Negro. Puedes quedarte con nosotros. Hemos pensado hacer un circo.

Cote. Ganaríamos montón de plata y el Bartolo no necesita trabajar.

Y así comenzamos a planear la cuestión del circo. Cada uno sabía alguna prueba choriflái, y los que no la sabíamos empezamos a practicar hasta aprenderla. La cosa iba resultando súper, aunque con hartos machucones y unas pocas narices sangrientas. El único que no se mataba de esfuerzo era Bartolo que, trepado en un árbol, nos sacaba su lengua muy feliz.

Ahora se trataba de salir a buscar un auditorio o quizá un canal de t.v. que transmitiera el programa.

Enrollamos en su palo la ruca de lona, recogimos el equipo y cargando cada uno con algo, partimos por la selva.

Mi cuerpo estaba pintado como el de ellos, con hartos signos brujos y flores pegadas y culebros preciosos. Yo era el domador de serpientes y caminaría en las manos llevando al Bartolo enrollado en mis piernas aéreas. Lo había ensayado un poco mientras los demás se costaleaban dando saltos mortales y demases. Marchábamos en pos de algún pueblo dando gritos selváticos, tamborileando para atraer nuestro público.

De pronto, crujió una rama y saltó a nuestros pies un puma chico. Era quizá una guagua, del tamaño de un gato, blandito y asustado aunque con ganas de ser feroz.

Lo correteamos hasta lograr pillarlo y nos hicimos su amigo convidándole un poco de chorizo y sacándole una espina de una pata. Lo bautizamos Caupolicán.

Con Bartolo a la cabeza, tres tambores, Caupolicán y los otros, el desfile del circo era impotente. ¡Sensacional!

Sólo faltaba el público. ¿Dónde se meterá en el sur de Chile? No se oía ni una sola voz, ni siquiera de espejismo. Nada. Nada.

Al igual que Colón, seguíamos caminando sin saber a dónde íbamos.

Y al igual que Colón, cuando nos sentimos desanimados y choreados, encontramos un papel arrugado en el suelo. Signo de gente. Más allá un tarro y algunas porquerías. Gritamos de alegría. Pero Caupolicán y Bartolo se pusieron nerviosos...

A poco andar, un sendero de pastos aplastados se fue ensanchando hasta parecer casi un camino, con sus huellas y todo. ¡Era la senda del triunfo! Aceleramos la marcha, los gritos, los tambores. Bartolo sacaba su lengua a mil por hora y Caupolicán se puso flatulento y hediondo.

Estábamos exiliados y jubilosos y a cada instante creíamos ver al público y oíamos aplausos y vivas.

Entonces divisamos una casa rodante y otra y otra. Tres casas. Era un pueblo en fundación. ¡Qué felicidad tendría su gente aburrida cuando vieran venir nuestro circo maravilloso con su sensacional programa... Nos dio como tilimbre de felicidad, pero frenamos la marcha para averiguar bien cómo ponerlos curiosos y con atracción animal.

Por separado, fuimos cateando a ver qué hacían.

Había que tener cuidado por si eran salvajes, antidiluvianos y amigos de la muerte.

Pero no había nadie. Todo desierto, por ningún lado gente...

Nos juntamos de nuevo y Japo nos aconsejó «respirar hondo y guardar silencio». Después de un largo minuto de este ejercicio, con todo respeto y sin hacer ningún ruido, nos metimos a una casa rodante.

Era el despipe. ¡Ahí había de todo y nadie a la vista!

Cordeles y un trapecio, calzoncillos con brillos de oro puro, cinturones con hebillas rutilantes y hasta trajes de tony.

—¡Un circo abandonado! —clamamos los siete.

—Es un milagro —dijo el Negro—. ¡Faltaban los artistas y llegamos nosotros!

Y, ya confiados, revisamos las otras casas rodantes abandonadas.

—¡Aquí hay una trompeta! —gritaba uno.

—¡Aquí un parlante! —chillaba otro, y a cada rato descubríamos más y más cosas. Con tal que no aparecieran nunca más los que las habían juntado. Porque es brutal encontrar cosas de nadie, cosas sin dueño. ¡Es victorioso!

Cada uno iba sacando lo que necesitaba para su número glucoso, y aunque hubo puñetes por el calzoncillo de lentejas de oro, quedamos todos lujuriosamente elegantes. Hasta inventamos más números aprovechando las cuestiones encontradas.

Y empezaron de nuevo a repicar nuestros tambores con el compás triunfal de la trompeta y el parlante que atronaba la selva como Juicio Final.

S
iguiendo la huella, divisamos entonces gente de verdad, público, allá muy lejos, lo único que nos faltaba. En este mundo la cuestión es tratar de lograr algo y se consigue.

Se veía un montón de público surtido: niños, viejos, mujeres, todos de ocasión. Aburridos. Sentados, sin hacer nada.

Al vernos venir se les alargó el cogote, les brillaron los ojos y quedaron supersónicos. Quizá creyeron que éramos marcianos. Se levantaron unos como para venir a nuestro encuentro, pero un gordo gigante abrió los brazos y detuvo a los asustados. Un flaco estiró la mano como queriendo robar el pantalón luminoso, pero el gordo lo sentó en el suelo. Y entonces el gordo sacó una huasca muy larga y con ojos de rinoceronte embravecido relinchó un «¡Atrás todos!» electrónico. El público quedó inmóvil y tan idiotizado como antes.



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