Palabras para ganar vida



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PALABRAS PARA GANAR VIDA


El novelista francés Alexandre Jardin tiene muchos lectores siempre que publica un libro. Pero parece que este éxito no le satisface lo suficiente. He leído en la revista Lire que está muy preocupado por el fracaso escolar, la delincuencia juvenil, la violencia en las escuelas... Y no puede entender que todo esto aún esté por resolver.

Ha fundado una asociación, Relais Civique, porque cree que las soluciones existen y que hay gente dispuesta a trabajar en ellas. Una de sus iniciativas es leer y hacer leer, y comenta: “Al principio se rieron de mí, pero ahora, en 3000 escuelas, 5000 jubilados voluntarios enseñan el placer de la lectura a los alumnos. Porque hoy en día todo pasa por el texto escrito. Ésta es la clave”. El periodista que le entrevista se queda tan perplejo como yo. ¿La clave es lo escrito y no la imagen? ¿Y el placer de leer puede hacer disminuir la delincuencia, los problemas de reinserción...? El novelista está convencido de ello. Ha creado un programa – 1000 palabras – partiendo de un estudio de Claude Bardon: “Cuantas menos palabras tiene un ser humano, más violento es”.

Curioso ciudadano, este escritor. Sus colaboradores se dedican a explicar a los líderes de las bandas juveniles de barrio que la auténtica fuerza se basa en las palabras. Y dice que ha sido un éxito hacerles leer Los tres mosqueteros. Dumas tiene una sugestión narrativa que impresiona. Jardín reconoce fracasos, pero está satisfecho de los resultados en la cárcel: un adolescente ha aprendido 300 palabras. “No se ha convertido en un corderito, pero ha cambiado su universo mental”.

Un verso de Sylvia Lynd: “Una sola palabra me ha cambiado la vida...”. No es necesario que sea una palabra importante. Ni hay que enseñar a violentos o asociales con textos pedagógicos, es más fácil que descubran la fuerza de las palabras – el placer de las nuevas ideas – en divertidos libros de aventuras.



, estoy de acuerdo. Cuantas más palabras, más pacíficos. Si las palabras naufragan, surge el riesgo de que queden flotando las peores ideas.

Josep Maria Espinàs, El Periódico



  1. Resume en una frase la tesis que se expone en el texto.

  2. Explica el significado de la metáfora que aparece al final del texto.

  3. Aclara el significado de las siguientes palabras y expresiones aparecidas en el texto: perplejo, sugestión narrativa, universo mental.

  4. Di un sinónimo y un antónimo de las siguientes palabras extraídas del texto: voluntarios, colaboradores, líderes.

  5. Di la persona, número, tiempo, modo y voz de las siguientes formas verbales del texto: satisface, he leído, queden.

  6. Explica por qué llevan acento las siguientes palabras: ésta, cárcel, sí.

  7. Indica la categoría gramatical de las siguientes palabras: aún, porque, disminuir, necesario.

CONVERSAR, CONVERSAR...

Una mente y un aparato fonador forman una combinación potente. Un mismo individuo es capaz de hacer dos cosas: pensar y hablar. Un chimpancé piensa más que habla y un loro habla más que piensa. Hubieron de pasar millones de años de chapuzas a golpe de selección natural, pero al final llegó el día en el que la conversación se hizo posible. Hablar, escuchar, pensar, hablar de nuevo. La conversación fue y la conversación fue buena. Un mundo de mentes solitarias, asombradas todas ellas por su propia existencia, se pusieron a conversar y a combatir así su miedo a no conocer. El habla afinó la mente y la mente sofisticó el habla. Comenzaba así la era del conocimiento abstracto, la era de la mente parlante.

La conversación tiene un curioso caso particular y una notable variante. El primero se da cuando las dos mentes conversadoras resulta que son la misma mente, cuando una mente conversa con ella misma: es la reflexión. Hablarse, escucharse, pensar, hablarse de nuevo. El segundo sentido – figurado – se da cuando una de las dos mentes resulta que no es una mente sino la propia naturaleza. Es cuando una mente pregunta a la naturaleza y ésta se digna responder la provocación. Perturbar, observar, pensar, perturbar otra vez. La mente conversa con una realidad: es la experimentación. Pensar y experimentar, dos formas de conversar. La ciencia es conversación. Las virtudes y los vicios de un científico se parecen mucho a las virtudes y los vicios de un conversador.

Virtudes: imaginación con la metáfora, olfato para lo contradictorio y lo incompleto, afición por las convergencias ocultas, más interés por las preguntas y las negaciones que por las respuestas y las afirmaciones, alegría por el cambio (incluso si afecta a la propia opinión), pánico al aburrimiento, afición por la discrepancia y... disposición a reírse de uno mismo. El científico y el conversador virtuosos creen en la conversación y, para ellos, el interlocutor es un lujo.

Vicios: navegación a la deriva (abrir más paréntesis de los que se cierran), apego a la verdad vigente (conversar para conservar), propensión a usar el turno de palabra ajeno para escarbar entre las recetas blindadas, es el horror al silencio, es el “síndrome de la bicicleta” (si dejo de pedalear me caigo), o sea, no hay tiempo para ponerse a pensar. El científico y el conversador viciosos no creen en la conversación y, para ellos, el interlocutor (sea éste una mente ajena o la propia naturaleza) es un fastidioso trámite a sortear.

Comprender y aprender quizá sean, en último término, actividades rigurosamente individuales. Pero siempre ocurren en el extremo de alguna forma de conversación. Conversar es quizá el mejor entrenamiento que puede tener un ser humano para ser un ser humano... no recuerdo haber conversado mucho durante los veinte años que he pasado en las aulas.

Jorge Wagensberg, en Mundo Científico


  1. Resume en un máximo de tres líneas el texto.

  2. Explica qué recurso literario o procedimiento retórico aparece en esta frase: Un chimpancé piensa más que habla y un loro habla más que piensa.

  3. Aclara el valor gramatical de los dos usos de fue en esta frase: La conversación fue y la conversación fue buena.

  4. Aclara el significado de las siguientes palabras y expresiones extraídas del texto: sofisticó, olfato para lo contradictorio y lo incompleto, afición por las convergencias ocultas, conversar para conservar, recetas blindadas.

  5. Indica la categoría gramatical de las siguientes palabras, diga su primitiva y la categoría de ésta: solitarias, virtuosos, conversador.

  6. Di cuál es el antecedente de ésta que aparece subrayado en el texto.

EL PODER DE LAS PALABRAS

Investigaciones recientes demuestran que hablar regularmente a los bebés durante el primer año de vida tiene un profundo efecto positivo en el desarrollo de su cerebro y de su aptitud para aprender. El número de palabras dirigidas a las criaturas al día constituye el estímulo más poderoso para agudizar la inteligencia y avivar la capacidad de razonar, de resolver problemas y de relacionarse con los demás. Cuantos más vocablos por hora escuche el pequeño, mejor. Las palabras no tienen que ser complicadas o esotéricas, basta con que sean pronunciadas en tono afirmativo por un ser humano afable, atento, interesado y envuelto emocionalmente con el bebé. Los mensajes transmitidos por la radio o el televisor no tienen este impacto saludable.

Los cimientos del pensamiento racional se establecen en los primeros meses de existencia, mucho antes de que la criatura muestre signo alguno de distinguir entre una idea abstracta, como “mañana” o “ayer”, y su chupete. El cerebro del recién nacido está ansiosamente esperando recibir los primeros estímulos del nuevo entorno para configurar las conexiones entre los millones de neuronas que forman el entramado de materia gris que le va a permitir ser perceptivo, inteligente, adaptable y creativo.

Mientras que los genes gobiernan el desarrollo del cerebro humano antes de nacer, una vez que venimos al mundo son los mensajes del ambiente los que dominan este proceso. El flujo constante de imágenes, de sonidos, de olores, de caricias, y, sobre todo, de palabras acompañadas de contacto visual y de emoción, es lo que impulsa y determina la organización de la mente del pequeño.

Es cierto que las criaturas también maduran en compañía de padres o cuidadores reservados o taciturnos. De hecho, la gran mayoría de los bebés aprende a sentarse, a gatear, a andar, a hablar, a comer solos y a comunicarse, independientemente del nivel de actividad verbal que experimenten en el hogar familiar. Pero la habilidad para comprender y discurrir en una sociedad tan tecnológica, tan diversa y tan compleja como la nuestra no brota espontáneamente ni con la misma fuerza en ámbitos estimulantes y aburridos.

La influencia del equipaje genético y de las experiencias de la infancia en la formación de la personalidad del adulto ha sido reconocida desde que el monje Gregor Mendel y el psicoanalista Sigmund Freud hicieran públicos sus descubrimientos, pero el enorme peso del habla es algo nuevo. Esto no quiere decir que debamos bombardear a los niños pequeños con todo tipo de información, pues cuando el cerebro se expone a estímulos excesivos se autoprotege y se apaga. Lo importante es conectar emocionalmente con el bebé a través de las palabras. Esta sintonización sirve como imán para el desarrollo intelectual y emocional de la criatura.

Un significado de estas investigaciones es que los niños progresan más cuando están redados de personas que no sólo son responsables y cariñosas, sino además habladoras, que se expresan con claridad y que utilizan términos que acaparan la atención y permiten la participación de los pequeños. De todo lo cual se deduce la conveniencia de promover proyectos educativos para padres y cuidadores, lo mismo que programas de intervención precoz que fomenten la comunicación y el dinamismo verbal, tanto en el seno de la familia como en las guarderías.

Vivimos en un océano de palabras, pero, como pasa a los peces en el agua, casi nunca somos conscientes de que éstas enlazan nuestras actividades y fraguan las relaciones. Y en el caso de nuestros bebés, las palabras tienen además el poder de configurar las facultades del alma y, de paso, decidir su suerte.

Luis Rojas Marcos, en El País Semanal



  1. Resume en una frase la tesis que se expone en el texto.

  2. Aclara el significado de las siguientes palabras y expresiones aparecidas en el texto: palabras esotéricas, cuidadores taciturnos, dinamismo verbal.

  3. Relee atentamente el tercer párrafo del texto. Toma nota de todos los medios o canales citados, a través de los cuales se puede establecer comunicación con una persona.

  4. Di un sinónimo y un antónimo de las siguientes palabras extraídas del texto: aptitud, conexiones, brota, fraguan.

  5. Di la persona, número, tiempo, modo y voz de las siguientes formas verbales del texto: escuche, sean pronunciadas, ha sido reconocida.

  6. Explica la metáfora del último párrafo del texto: vivimos en un océano de palabras.

REALIDAD A GRANEL

No hace muchos días, al salir a la calle temprano un domino en que la ciudad estaba vacía a causa de un puente, mi sobrino dijo: “Mira, ya hay gente por la tele”. Naturalmente, lo que quiso decir fue “por la calle”. Reímos el lapsus y lo disfrutamos durante un buen rato. Si embargo, cuando ya fue de noche y me puse a repasar el día que había transcurrido, recordé especialmente interesada esas palabras que, si bien fueron fruto de un simple error, respondían en cambio a una inquietud que últimamente me ronda por la cabeza.

Es fácil constatar que en los últimos tiempos la realidad tiene en el mundo más seguidores que nunca. Basta con repasar la programación televisiva para darse cuenta. Todos los nuevos programas con éxito duradero responden a l esquema planteado en los reality show, es decir, son realidad en directo. (Y luego pasa lo que pasa, que si la tele es como la realidad, la realidad es como la tele). Pero no nos quedamos ahí. La cosa es más amplia. Proliferan también de un modo asombroso las películas y las novelas basadas en hechos reales. O, mejor dicho, aumenta su éxito. (Al fin y al cabo, ficción basada en hechos reales es gran parte del cine de serie B estadounidense, u otro tanto pasa con algunas de las mejores obras de la literatura).

¿Qué está pasando? ¿Qué tiene la realidad para que queramos disfrutarla incluso en los espacios tan frecuentemente reservados para la ficción? ¿Cómo puede ser que la realidad en directo sea el sistema de evasión preferido por una inmensa mayoría?

La respuesta más fácil, más directa y más obvia es, naturalmente, que la realidad no necesita elaboración de ningún tipo. Se come cruda, tal como viene. No hay que descodificarla ni interpretarla y, por supuesto, no exige conocimientos de ninguna clase. En definitiva: no reclama la asistencia de la imaginación. Y es probablemente en este último elemento en donde se halla el quid de la cuestión.

Cayó en mis manos hace unos días un muy breve libro que habla del amor por los libros y de la necesidad indudable que de ellos tiene el mundo. Su autor es el sociólogo Franco Ferrarotti y se titula Leer, leerse. La agonía del libro en el cambio de milenio. A pesar de que su discurso puede resultar para algunos excesivamente apocalíptico, no cabe duda de que las preocupaciones de Ferrarotti tienen fundamento y se basan en hechos contrastables. En ese sentido, hablaba de los contenidos televisivos – y no tanto de la televisión - como de uno de los grandes enemigos del aprendizaje, de la inteligencia, de la curiosidad. La conclusión del autor es que, dentro de no tantos años, podría hablarse de la existencia de “un proceso planetario de colonización interior que tal vez un día se pueda, retrospectivamente, valorar en sus contornos dramáticos como un genocidio psíquico”.

Interesante, sin duda, el concepto de genocidio psíquico por él empleado: asusta pensar que, en efecto, llegue a convertirse en realidad por medio de una especie de lobotomía colectiva que no requiera intervención quirúrgica, sino, sencillamente, un aumento gradual y casi imperceptible de las dosis de realidad y una disminución ascendente de cualquier material cultural de reflexión como, por ejemplo, los libros.

Cuando en Estados Unidos existía otro tipo de esclavitud – la de los negros por el hecho de serlo; qué vergüenza histórica para la humanidad –, estaba totalmente prohibido que los esclavos aprendieran a escribir o a leer, porque ése era un camino seguro hacia la formación de ideas propias. Aquel sistema adolecía, sin embargo, de un mal intrínseco: todo lo prohibido pasa, por definición, a ser siempre lo más deseado. El sistema es ahora sin duda más sutil, pero los objetivos son los mismos.

Andamos todos intuyendo que pasan cosas graves sin vuelta atrás, pero estamos ocupados con nuestros trabajos, los hijos, las hipotecas, la segunda vivienda, etc., y no nos queda tiempo para andar luchando contra lo que, en última instancia, podrían ser tan sólo molinos de viento que parecen gigantes.

Al fin nos va a pasar con tanta realidad lo que al Quijote con tanta novela de caballería, que nos vamos a volver locos. Y todo para darnos cuenta, ya demasiado tarde, de que la realidad no era verdad.

Flavia Company, en El Periódico


  1. Resume el texto en un máximo de tres líneas.

  2. Aclara el significado de las siguientes palabras y expresiones aparecidas en el texto: colonización interior, genocidio psíquico, lobotomía colectiva.

  3. Observa estos tres ejemplos de conectores extraídos del artículo: al fin y al cabo, en definitiva, en última instancia. ¿Cuál es su función textual?

  4. Indica la categoría gramatical de las siguientes palabras, diga su primitiva y la categoría de ésta: frecuentemente, descodificarla, indudable, esclavitud.

  5. Di un sinónimo y un antónimo de las siguientes palabras extraídas del texto: lapsus, proliferan, quid, apocalíptico.

  6. Explica qué significan la siguientes frases del texto: Se come cruda, molinos de viento que parecen gigantes.

  7. Di cuál es el antecedente de su, lo que.

MELOCOTONES MADUROS PARA LEER

Al mal tiempo, buena cara. Ante las noticias que afirman que los índices de lectura de nuestro país están entre los más bajos de Europa, sólo podemos reaccionar leyendo más y más. ¿Por qué lees tanto, papá?, me preguntó mi hija el otro día. No supe qué responderle. Intenté ponerme en su lugar y adivinar qué impresión debo causarle arrastrando siempre algún libro, entrando y saliendo de casa con bolsas cargadas de tesoros procedentes de pequeñas librerías o de grandes superficies, ordenando los libros a todas horas, en un inútil afán por respetar un orden alfabético o temático, de tamaño o cronológico. Intento recordar cuándo empezó todo y sitúo el descubrimiento de la lectura en dos títulos cruciales: El gran Meaulnes, de Alain Fournier, y una edición abreviada de Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Bastaron aquellas dosis para crear una adicción que todavía dura y contra la que, pese al mucho tiempo y dinero que me obliga a invertir en ella, no pienso luchar. Al contrario, la cuido y estimulo, y reincido en el público vicio de comprar más volúmenes de los que puedo leer. ¿Acaso no compramos más comida de la que podemos digerir y más ropa de la que pensamos ponernos?, me digo en un innecesario ejercicio de autojustificación.

De vez en cuando, algún agorero saca a pasear sus estadísticas sobre los índices de lectura e intenta desanimarme con su retórica barata de la derrota. Pero yo resisto. ¿Cómo cree que debería estimularse la lectura?; suelen preguntar los que leen poco a los que todavía leemos. No lo sé. Probablemente con una mezcla de imposición en la infancia, de estímulo en la adolescencia y de oferta en la madurez. Otros han intentado caminos diferentes, públicos y privados, y no siempre se han salido con la suya. A mediados de los años noventa del siglo XX, por ejemplo, el polémico político Newt Gringrich implantó un programa educativo llamado Learning by Earning (“Aprender ganando dinero”), de aplicación en 29 Estados de Norteamérica, que consistía en pagar a cada alumno dos dólares por libro leído. La empresa Pizza Hut, en cambio, intentó fomentar la lectura a través de una campaña en la que, durante una histórica jornada, regalaba una pizza a cambio de un libro leído. Todo vale si la causa es buena, es cierto, pero sospecho que la remuneración en efectivo o en especie no es el método más sensato para contagiar un hábito que sólo puede disfrutarse plenamente si es voluntario. Quizás de lo que se trata es de hacer ostentación del propio placer que produce para provocar la envidia o, en su defecto, la curiosidad de los demás. Sentarse en algún rincón del comedor y sumergirse en una lectura que nos hace reír o llorar, pensar o gritar, y que los que te rodean te vean. Como mis hijos, que me ven saltar de alegría cuando tropiezo con alguna maravilla y estampar violentamente los libros contra la pared cuando me parecen una estafa inadmisible. La pasión podría ser, pues, un buen punto de partida.

Hace poco, visité a un amigo gravemente enfermo. Le costaba hablar. Se había refugiado en un pequeño pueblo y vivía lejos del mundanal ruido. No tenía televisión ni la echaba de menos. Comentamos la dureza de su incierta y valiente convalecencia. En un momento dado, me comentó que lo que más difícil le resultaba era no poder leer. Al parecer, la medicación le provocaba un embotamiento mental que le impedía concentrarse en el sentido de frases y argumentos. Con impotencia, me mostró un montón de libros y lamentó, casi con lágrimas, no poder devorarlos como si fueran, dijo, melocotones maduros. La comparación me pareció muy hermosa. Entre el montón de libros pendientes de lectura había biografías, ensayos, antologías poéticas, alguna novela policíaca, de todo un poco. Me conmovió que mi amigo, que tantos motivos tenía para quejarse (de la dureza del tratamiento, del carácter de los médicos o de las enfermeras, de su situación económica, de la pérdida del cabello...) sólo lamentara no poder leer. Al llegar a casa, me juré que leería todavía más, quizás esos libros que, por razones de salud, mi amigo ya no podrá leer. Y allí encontré, de algún modo, una forma de consuelo. Porque la lectura proporciona, además de la posibilidad de viajar y de aprender, de alegrarse y de conmoverse, de sentir y de descubrir, una forma real y contrastada de consuelo. Y cuando, dentro de unos años, mi hija pueda comprenderlo, le contaré que leía por los libros que mi amigo ya no podrá leer. Por esa, entre muchas y variadas razones.

Sergi Pàmies, en Jano



  1. Explica cuál es el tema del texto.

  2. Aclara el significado de las siguientes palabras y expresiones aparecidas en el texto: agorero, retórica barata, remuneración en efectivo o en especie .

  3. Di un sinónimo y un antónimo de las siguientes palabras extraídas del texto: índice, público, ostentación, embotamiento.

  4. Di por qué llevan acento las siguientes palabras: qué, librerías, autojustificación, reír.

  5. Indica cuál es el antecedente de la, los (devorarlos), lo (comprenderlo).

  6. Explica qué significan la siguientes frases del texto: Al mal tiempo, buena cara; cuando me parecen una estafa inadmisible.

LA ESCRITURA

Esta coincidencia entre enseñanza y escritura es clara desde el comienzo de la historia de la pedagogía. En Grecia se generaliza la figura pedagógica del maestro en el siglo VI, en la generación de Pericles, al mismo tiempo que se extiende la tecnología de la escritura. Maestros y escritura van a ir desde entonces de la mano: desde el momento en el que el didaskalos, el enseñante, es básicamente un maestro de letra, un grammatikes, alguien que enseña a leer y a escribir. Para entonces, el poeta, que compartía con el maestro las funciones de la enseñanza, cede su lugar al sofista. El poeta enseñaba a un coro y a actores todos los elementos que integran una tragedia o una comedia. El sofista asume, con su industria de la persuasión racional, la primera enseñanza formalizada.

La primera y fundamental consecuencia de la introducción de la escritura en la educación es la desintegración de la unidad que en la antigua pedagogía formaban música, palabra y danza. Este paso, aunque lento, fue irreversible en nuestra cultura.

Los logógrafos son los principales protagonistas de este cambio. Su función es escribir (en griego, graphein) el resultado de sus investigaciones (historie) de poesía a discurso. De ahí que logos signifique desde entonces también “a pie” y “en prosa”.

Con los logógrafos, la épica, el saber tradicional de los griegos transmitido oralmente, deviene libro. Y es también a partir de este momento que le libro toma la forma de objeto de conocimiento por excelencia.

Un modelo nuevo de educación que va a perdurar hasta nuestros días, se inaugura con la introducción de la escritura. La paideia, el antiguo sistema de iniciación en la edad adulta, que responde a un modelo heroico, queda desplazado por la nueva tecnología. La paideia se basaba en el dominio de la palabra y de las armas, aplicadas a las dos ocupaciones básicamente masculinas, la discusión en la asamblea y el combate en la guerra. La épica transmitía entonces no sólo el pasado mítico y ejemplar sino también conocimientos precisos sobre el cuerpo humano, por ejemplo, por medio de modelos de conducta que eran a la vez recuerdo del pasado y proyección de su ejecución futura, pues las gestas pasadas (mitos) debían ser puestas de nuevo en obra (erga). De ahí que Platón escribiese que Homero, el primer poeta épico, había educado a Grecia. Pues educar, transmitir el legado cultural, era en gran parte trabajo de poetas. Recordar y decir estaban unidos estrechamente en la paideia.

En el nuevo modelo de educación, presidido por la escritura, se separarán recordar y decir. El texto escrito suplanta al poeta: la antigua función de memorización de hazañas ha sido derrotada. A partir de ahora, recordar implica leer, se asimila a leer. Pues quien aprende no debe recordar las cosas sino las letras que las significan. Mientras, los nuevos poetas escriben otras, muchas de las cuales ya no van a ser representadas: ha comenzado el largo proceso de la alfabetización.

Ana Poca, La escritura


  1. Explica cuál es el tema del texto.

  2. Qué consecuencias crees que tuvo para la poesía perder su carácter instrumental.

  3. Propón expresiones sinónimas para las palabras subrayadas del siguiente fragmento: Esta coincidencia entre enseñanza y escritura es clara desde el comienzo de la historia de la pedagogía. En Grecia se generaliza la figura pedagógica del maestro en el siglo VI, en la generación de Pericles, al mismo tiempo que se extiende la tecnología de la escritura.

  4. Di un sinónimo y un antónimo de las siguientes palabras extraídas del texto: persuasión, deviene, mítico, legado.

  5. Escribe palabras en castellano que provengan de las griegas didaskalos, grammatikes.

  6. Di la persona, número, tiempo, modo y voz de las siguientes formas verbales del texto: compartía, fue, signifique, escribiese, separarán.

  7. Di de qué tipo son las siguientes aparecidas en el texto: van a ir, queda desplazado, debían ser puestas.

DE LA CARTA AL CORREO ELECTRÓNICO

Esta mañana han llegado a mi ordenador ocho mensajes electrónicos. Cuatro procedían de desconocidos, mensajes indeseados, y algunos indeseables, que he borrado sin leer. Los otros cuatro eran de amigos y conocidos que me ofrecían informaciones concretas, me planteaban demandas o respondían a solicitaciones mías. Hoy también el cartero ha dejado en casa un fajo de correspondencia postal, una buena parte comercial y administrativa, y la mayoría pura propaganda. Pero ninguna carta personal. De hecho, hace semanas y quizá meses que no he recibido una carta, quiero decir un papel escrito un poco extenso con una firma al final.

La conclusión parece fácil de extraer. El mensaje electrónico está sustituyendo a la carta. Y con notable ventaja además, porque llega mucho más rápido y porque la respuesta puede ser inmediata. Y la combinación del mensaje e Internet abre posibilidades de comunicación inimaginables en otro tiempo. La carta, que en principio estaba siempre escrita a mano, tenía unos modelos propios, lo que se llamaba estilo epistolar. Incluso la gente menos acostumbrada a escribir seguía unos estereotipos tradicionales de cómo se organiza una carta, y los que iban a la escuela hojeaban un manuscrito donde se familiarizaban con diferentes tipos de cartas. Y los más letrados tenían modelos más ambiciosos, ciertas correspondencias famosas. Así, las cartas de Madame de Sevigné, las de Santa Teresa o las Cartas de Amor de la Monja Portuguesa figuraban en las antologías de textos literarios.

Eso no ocurre en los correos electrónicos. Pero las diferencias no son sólo formales. Los correos electrónicos no tienen ninguna voluntad de estilo porque sustituyen a la conversación telefónica, o sea que tienen por modelo el lenguaje oral, menos preocupado por la corrección que el escrito. Si llamamos a alguien y comunica o no está, el correo electrónico se convierte en un sustitutivo de la conversación que queríamos mantener. El mensaje es esencialmente pragmático, se refiere a un solo hecho concreto y suele pedir acción inmediata.



La carta, en principio, tenía contenidos más amplios, informaba sobre la situación del escritor y de su entorno, exponía intenciones y sentimientos, era, en definitiva, más personal. De forma que a pesar de que era más lenta en llegar, una vez que llegaba, su presencia producía una mayor intimidad entre el escritor y el receptor, y eso tanto si era una carta inspirada por el amor como si lo era por la discrepancia o por el odio. Y eso sucedía porque escribir y mandar una carta tomaba su tiempo, había que pensarla, reflexionar, poco o mucho, sobre lo que se diría y sobre la mejor forma de decirlo, quizá hacer un borrador o romper lo que ya se había escrito y volver a empezar. Incluso la carta escrita en un arranque exigía meditar la construcción de cada frase.

Y a esa morosidad en su redacción se correspondía el espacio más dilatado de tiempo que ocupaba su recepción. Se podía leer, mejor devorar, de corrido y se podía esperar el momento más apropiado para leerla o para releerla, y se podía incluso guardarla como prenda que resistiría el paso del tiempo. En un rincón de algún cajón descansaban las cartas de los tiempos de noviazgo, las primeras cartas de los hijos, la correspondencia con un amigo que se fue al extranjero, las postales que mandaban amigos y conocidos cuando se iban de viaje...

Las cartas guardadas no había ni que releerlas; sólo la caligrafía, tan diferente en cada caso, era suficiente para evocar a la persona que la escribió y con la evocación revivir un tiempo pasado. Pero me resulta difícil imaginar a alguien coleccionando hoy mensajes electrónicos. Los mensajes pasados se acumulan en la memoria del ordenador hasta que un día, temiendo que su acumulación haga más lento su funcionamiento, apretamos la tecla que los hace desaparecer. Tecla que en los teclados actuales se llama Supr o Borr, pero que en los primitivos se titulaba Del, abreviatura de los más contundente del imperativo latín deleatur, que significa “sea destruido” o mejor “sea aniquilado”.

Y así, el mensaje electrónico, rapidísimo y efímero, se nos convierte en símbolo apropiado de nuestro tiempo, instalado en el puro presente, cada vez con raíces más escasas en el pasado, cada vez con menos voluntad de perdurar en el futuro.


Miquel Siguan, en El Periódico


  1. Expón la tesis del texto.

  2. Aclara el sentido del párrafo final del texto.

  3. Comenta el uso de los distintos tiempos verbales en el texto.

  4. Propón expresiones sinónimas para las palabras subrayadas del texto: La carta, en principio, tenía contenidos más amplios, informaba sobre la situación del escritor y de su entorno, exponía intenciones y sentimientos, era, en definitiva, más personal. De forma que a pesar de que era más lenta en llegar, una vez que llegaba, su presencia producía una mayor intimidad entre el escritor y el receptor, y eso tanto si era una carta inspirada por el amor como si lo era por la discrepancia o por el odio.

  5. Explica el valor textual del conector así en: Así, las cartas de Madame de Sevigné, las de Santa Teresa o las Cartas de Amor de la Monja Portuguesa figuraban en las antologías de textos literarios.

  6. Indica la categoría gramatical de las siguientes palabras, di su primitiva y la categoría de ésta: indeseados, inimaginables, hojeaban, dilatado.

  7. Di un sinónimo y un antónimo de las siguientes palabras extraídas del texto: pragmático, discrepancia, borrador, evocación.

  8. Di la persona, número, tiempo, modo y voz de las siguientes formas verbales del texto: han llegado, llamamos, sea destruido.

INTERNET Y EL PAPEL
Uno recuerda aún cuando muchos de los pioneros de Internet explicaban, cuando la red de redes empezó a propagarse entre las masas boquiabiertas, que la cosa era tan chula y tan definitiva que arrasaría con todo lo conocido hasta el momento, empezando por los libros, que perderían la partida de todas todas. Que cada tanto alguien se descuelgue con declaraciones apocalípticas es algo habitual. No pasa medio año sin que, creyéndose la mar de original, alguien anuncie la muerte de la novela, la muerte del teatro o la muerte del dinero al contado. Pero mira tú por donde, pasan las décadas y – mejor o peor según los casos –, la novela, el teatro y el dinero al contado siguen existiendo. Con lo de Internet y los libros pasa algo parecido. Internet era la estocada definitiva al obsoleto mundo del papel impreso, un mundo en declive y del que se burlaban muchos interneteros de la primera hornada, que siempre es la más radical entre los tecnófilos. Pronto – decían – las grandes novelas clásicas se cargarán del ordenador y se leerán en la pantalla o en un e-book. Enarbolando la bandera medioambiental, los más melodramáticos ponían énfasis en remarcar que el papel se consigue a base de asesinar pobres árboles indefensos.

Entonces resulta que pasan los años y uno ve que de lo dicho no hay ná. Que la oferta de libros es cada vez más amplia, tanto que entrar en una librería es enfrentarse a montañas y montañas de volúmenes. Cada vez hay más novelas, más libros de relatos, más ensayos, más biografías, más libros de autoayuda y – oh paradoja de las paradojas – más libros sobre Internet. Los libros sobre Internet son fáciles de distinguir. Salvando honrosas excepciones, son especialmente feos, con colorines horrendos, cargados de iconos y con veleidades gráficas del nivel más primitivo de la comunicación humana. En los últimos meses, la oferta de libros sobre Internet se ha multiplicado de forma especialmente alarmante y ahora ocupa mesas y mesas de las librerías. Mesas en las que, hasta no hace mucho, había libros que ahora se han visto arrinconados.



Y uno se pregunta: si era tan evidente que Internet mataría al libro, ¿cómo es que cada vez se publican más libros explicando cómo funciona Internet, y las páginas que hay, y cómo montárselas uno, y que si esto y que si aquello? Si tan caduco es el libro y tan absurdo es leer sobre papel habiendo esa maravilla que son las pantallas de ordenador, ¿cómo es que, de una vez por todas, no dejan ya de publicar libros, en papel, para explicar cómo funciona el mundo de las tres uves dobles? A no ser que el plan sea que el libro muera no por la presión de Internet sino del montón de libros sobre Internet con el que cada semana inundan las mesas de las librerías.
Quim Monzó, en La Vanguardia



  1. Anota los principales argumentos que expone el autor en defensa de los libros.

  2. Anota todos los géneros literarios que aparecen citados en el texto y defínelos brevemente.

  3. Localiza estas expresiones en el texto y explica su significado: declaraciones apocalípticas, el obsoleto mundo del papel impreso, los más melodramáticos, veleidades gráficas del nivel más primitivo.

  4. Describe la forma de estas palabras aparecidas en el texto y aporta un sinónimo y un antónimo: boquiabiertas, interneteros, hornada, tecnófilos, enarbolando.

  5. Qué valor semántico aporta a estas expresiones la reduplicación: red de redes, paradoja de las paradojas, mesas y mesas.

  6. Busca un ejemplo de polisíndeton en el último párrafo del artículo. Explica qué función suele desempeñar este recurso.

  7. Di cuál es el antecedente de el que que aparece en la última frase del texto.

QUERIDO LIBRO, TE ESCRIBO
Hace unos veranos, a propuesta de un semanario, participé junto a U. Eco, G. Pontiggia y G. Riotta en la composición de un relato colectivo publicado por entregas. La trama, que Eco hacía partir de una maldición faraónica, fue complicándose progresivamente con una extraña secta de fanáticos (parecida a la tenebrosa organización criminal Spectra de las películas de James Bond), que intentaba apoderarse del mundo arrebatando la escritura a los hombres. Naturalmente, dimos al relato un final feliz, pero por debajo se adivinaba un problema que a todos nos preocupaba: la desaparición del libro. De manera jovial, nos planteamos una cuestión que hoy puede parecer de gran actualidad, pero que es tan antigua como el mundo: el dualismo (y el conflicto) oralidad / escritura. El mito pertenece a la oralidad. La voz es el factor fundamental de la creación. En el principio fue el verbo. Dios no escribe, habla. Es su voz la que graba en la piedra las leyes que Moisés recogerá. Cristo habla, pero carece de biblioteca, al igual que Sócrates o Buda. Todos ellos predican y sus palabras serán recogidas por sus discípulos, algunos de los cuales, como Platón, expresan incluso su desprecio por la escritura. En el curso de los siglos, en efecto, a la voz se le ha atribuido una fuerza misteriosa; no hay más que pensar en el mito de Orfeo o en el misticismo de los distintos santos.

Hoy en día se oye decir que las nuevas tecnologías (Internet, CD-ROM, etc.) podrían provocar la desaparición del libro, inaugurando una civilización distinta. Sin embargo, el propio U. Eco ha afirmado recientemente a este respecto que, al igual que otros instrumentos, como las tijeras, el martillo, el cuchillo, la cuchara o la bicicleta, que desde su invención no han podido ser mejorados, el libro sigue siendo la forma más manejable y cómoda de transportar la información. Por mucho que se esté de acuerdo con él, no puede dejar de observarse que en nuestros días el trato que recibe el libro peca de presunción y arrogancia, al magnificarse la eficacia de los medios de comunicación más modernos, y que las instituciones culturales otorgan a la televisión una posición de privilegio (como si le hiciera falta), en detrimiento de la letra impresa. Y, sin embargo, nuestra civilización, desde finales de la Prehistoria hasta hoy, ha ido edificándose sobre la escritura: en tablas de arcilla, en papiros, en tablillas de cera, en papel, en libros. Ello no excluye, naturalmente, cierta dimensión lúdica, que forma parte intrínseca del arte de narrar, ni las pasiones que pueden provocar los libros. En ellos se encierran los más variados sentimientos. Indignación, pero también paciencia; disciplina, pero también cierta forma de desorden que puede entenderse como liberación. Y también epicureísmo, estoicismo, la observación de la vida que pasa, el sentido del tiempo, el amor que nunca conoceremos, los sueños, los deseos, la aceptación de la propia infelicidad, la voluntad de luchar contra ella, nuestras contradicciones: en resumidas cuentas, nuestra manera de ser hombres. Y todo viene de los libros. Porque gracias a ellos sabemos reconocernos como en un espejo, somos capaces de descifrarnos, podemos leer lo que fuimos y en lo que nos hemos convertido. Sin los libros no seríamos más que ignaras criaturas desnudas que se verían a sí mismas de manera del todo inmanente y para las que la vida constituiría un mero registro de comidas y descansos sin fisonomía alguna. Quizá con todo lo dicho no haya contribuido en exceso a aclarar el problema de la futura muerte del libro. Tal vez, más sencillamente, sólo haya pretendido parafrasear la canción de Lucio Dalla: “Querido libro, te escribo / así me distraigo (o me consuelo) un rato”.


ANTONIO TABUCCHI, en El País


  1. Anota los principales argumentos que expone el autor en defensa de los libros.

  2. Localiza estas expresiones y explica su significado: relato colectivo publicado por entregas, en detrimiento de la letra impresa, cierta dimensión lúdica, epicureísmo, estoicismo, ignaras criaturas desnudas que se verían a sí mismas de manera inmanente.

  3. Di un sinónimo y un antónimo de las siguientes palabras extraídas del texto: fanáticos, jovial, carece, magnificarse.

  4. Explica qué quiere decir Tabucchi con la siguiente afirmación: En el principio fue el verbo.

  5. Di cuál es el antecedente de ello y de las que.

  6. Explica por qué se acentúan las siguientes palabras: hacía, desaparición, tecnologías, él.

POR QUÉ DEJÉ DE SER ADICTO A LA TELEVISIÓN
He olvidado cuándo me convertí en un adicto a la televisión. Debió de ser después de ser arrestado y expulsado de Suráfrica por la Agencia de Seguridad del Estado como subversivo peligroso. En aquella época no había televisión en Suráfrica. Al igual que yo, la televisión estaba considerada como algo peligrosamente subversivo y capaz de animar a los negros a sublevarse contra los sostenedores de supremacía de los blancos que habían creado el apartheid. [...]

Volví a Gran Bretaña y descubrí la televisión por primera vez. Eso fue en 1962. Y fue entonces cuando me hice adicto. Tuvieron que transcurrir 34 años para que las circunstancias me obligaran a mostrarme duro conmigo mismo y a tomar severas medidas para curarme de mi adicción. Para empezar, mi salud empezaba a resentirse, y no, como podrían suponer ustedes, porque me hubiera aficionado al sillón-ball y no hiciera ejercicio, sino porque mi tensión sanguínea empezaba a alcanzar cuotas que alarmaron a mi médico. Pero no era el único que estaba alarmado.

No todo el mundo sabe que poseo un bullterrier, un animal famoso por su fuerza física y por tener los nervios bien templados. Pues bien, cada vez que encendía el televisor, ese can sin nervios temblaba como un azogado: sabía lo que se le venía encima. Tenía claro como el agua que, en cuanto un político aparecía en pantalla – Thatcher era la peor –, yo me enfadaba tanto, e insultaba a gritos a esas criaturas que se negaban a dar una respuesta directa a la pregunta más sencilla, que toda la habitación se tambaleaba, y mi esposa, una mujer razonable, se iba a otro lado de la casa y hasta nuestros cuatro gatos abisinios se refugiaban en el jardín.

En vista de los avisos del médico y de la crisis nerviosa del perro, intenté evitar los informativos y los programas que trataban de política. Veía eso que llaman comedias y deportes, y descubrí que solía quedarme dormido de puro aburrimiento. Después de eso, me incliné por los programas sobre la naturaleza. Parecían lo suficientemente seguros. No soy vegetariano, pero estuve a punto de hacerme después de ver a leones, hienas, leopardos y carnívoros de una especie u otra perseguir a algún pobre antílope, matarlo y luego regodearse con su esqueleto. A continuación vino el cinismo. La naturaleza sanguinaria todo garras y dientes me recordaba demasiado el comportamiento humano como para sentirme mínimamente a gusto. Los programas sobre historia eran peor. Sobreviví a la última guerra (¿La última guerra? Han pasado más de 50 años y se le sigue llamando la última guerra. Es un chiste de muy mal gusto), y no veo por qué tienen que seguir recordándomela una y otra vez.

Eso era la BBC. Las cadenas comerciales eran todavía más perturbadoras. Justo en el momento en que alguna película empezaba a interesarme, cortaban para la publicidad, muy bien hecha y todo eso, pero no quiero saber que un detergente en polvo deja las camisas más blancas ni que los gatos prefieren una marca de comida a todas las demás. En cualquier caso, daba la impresión de que siempre era el mismo gato. Me daba pena. Sin duda trabajaba demasiado y, además, empecé a sospechar que estaba enganchado a la comida, o que la comida enlatada contenía una dosis de algo que chifla a los gatos. Ese gato me daba qué pensar en cuanto me sentaba y lo observaba por enésima vez. Teníamos algo en común, ese gato y yo. Yo me iba directo al televisor igual de automáticamente que él se iba directo a la comida de lata. Me había enganchado a la televisión. Tenía que cambiar. Y eso hice. No me arrepiento. En cualquier caso, había otras objeciones más serias en las que pararse a pensar. Supongo que una de ellas debe de ser que los que hacen los programas tienen que complacer a sus patrocinadores comerciales, y éstos, a su vez, exigen audiencias enormes ante las cuales poder anunciar sus productos. Dicho en pocas palabras, no importa lo brillantemente que estén hechos; los programas tienen por objeto atender a gente con gustos tan diversos que prevalecen los denominadores comunes mínimos y dan por hecho que la capacidad de atención de la mayoría de los espectadores es extremadamente limitada. Pocas veces he visto un programa serio que no trivializara el tema sometido a discusión. Todo se orienta a la imagen: la política, la psicología, la historia, la ciencia, cualquier asunto que se les ocurra.

El mundo se enfrenta a problemas que abarcan desde el desempleo masivo hasta los desastres ecológicos, y todo lo que consigue el espectador es hacerse una idea de lo más somera y superficial. Lo que este espectador consigue es una sensación de impotencia y depresión. En una era en la que la información se transmite inmediatamente, sería de esperar que el mundo reaccionara inmediatamente ante los horrores en Bosnia, Ruanda y otras tragedias humanas semejantes. Claro que algunos individuos lo hacen, y al menos podemos agradecer a la televisión el que les motive, pero estoy seguro de que la mayoría de nosotros movemos la cabeza con gesto de desesperación y cambiamos a otros programas que nos entretienen o que nos sirven de escape.

Personalmente, he optado por volver a la lectura. Por lo menos, con un libro, uno puede estudiar en profundidad y releer y asimilar interiormente, y no está sometido a las frases pegadizas del momento. Por el momento, he logrado curarme de mi adicción. Ya no veo la televisión. De hecho, ya ni siquiera tengo televisor. He vuelto a la palabra impresa, y mi médico, mi mujer, mi perro y los cuatro gatos están encantados.

TOM SHARPE, en El País



  1. Resume en una frase la tesis del texto. Explica qué recursos humorísticos utiliza el autor para destacar sus argumentos.

  2. Anota los géneros televisivos nombrados y las objeciones que plantea el autor a cada uno de ellos.

  3. Propón expresiones sinónimas de las siguientes: nervios bien templados, temblar como un azogado, por enésima vez, idea somera.

  4. En la parte final del texto, se hace referencia a una paradoja relacionada con la cantidad de información que reciben los individuos y su capacidad de reacción. Explica en qué consiste esta paradoja.

  5. Di la persona, número, tiempo, modo y voz de las siguientes formas verbales del texto: he olvidado, volví, obligaran, abarcan.

  6. Indica la categoría gramatical de las siguientes palabras, di su primitiva y la categoría de ésta: resentirse, vegetariano, enlatada, pegadizas.

  7. Explica lo que significan los siguientes términos: apartheid, sillón-ball, abisinios, trivializara.



TELERREALIDAD
Dicen que la telerrealidad (término derivado de la expresión inglesa real-life soap) ha invadido nuestras pequeñas pantallas. La han puesto de moda algunos programas en que la gente realiza actividades cotidianas o no, con las cámaras como testigos, pero es una vieja idea. La telerrealidad parece que nación en Norteamérica, como tantos otros males (y bienes, ojo) que azotan al mundo entero. Surgió con An American Family, emitida por la PBS en 1973, una serie en la que se filmaba durante bastante tiempo “la verdadera vida de las gentes verdaderas” de aquel país. El asunto fue rodando de una manera u otra, y cuenta entre sus logros con un programa de MTV USA, The real world, de 1992, en el que siete jóvenes compartían apartamento por tres meses; o con la Expedición Robinson del cantante Bob Geldof para la televisión sueca. A estas alturas, el fenómeno ha transformado la manera de ver y hacer televisión en casi todo el mundo. No me atrevo a decir que en todo porque yo soy asidua del canal internacional de Egipto y de otros dos más que aún no he conseguido averiguar de dónde vienen, y sospecho que las cosas, afortunadamente, todavía son distintas en según qué rincones del planeta.

Digamos que si la telerrealidad fuera más realidad que tele, el género se incluiría sencillamente en el apartado “Documentales”. Pero la cuestión no está tan clara como parece. De hecho, los canales públicos anglosajones se la “inventaron” para conectar de algún modo ingenuo a la gente con la vida real, mientras que los canales comerciales la han raptado para, mediante inducciones dramáticas, ingredientes artificiales, una manipulación alevosa y el sometimiento escrupuloso a las reglas del marketing, hacer de ella una lucrativa fuente de ingresos fáciles y un anodino espectáculo de masas. Luego, ¿qué tiene que ver todo eso con la realidad?

Hay propuestas de telerrealidad que no han llegado a las televisiones españolas. Por ejemplo I want your baby, consistente en seleccionar al mejor donante de esperma. Sick Days, o cómo pillar el mayor número posible de enfermedades en un tiempo limitado. Big Diet, o adelgaza como puedas, pues por cada kilo que pierdas ganarás uno de oro. Fear Factor, especial para masoquistas, aquí se trata de torturar al concursante con sus más íntimas fobias (arañas, gusanos). Mi favorito es Heaven or Hell, una emisión israelí en la que se somete a un pleito bíblico a los participantes tratando de averiguar si son santos o pecadores: les filman a escondidas y luego ponen en evidencia sus presunciones morales con el ejemplo grabado. Como El día del juicio final, sólo que puedes levantarte una pasta en vez de esa vulgaridad a largo plazo de ir al cielo o al infierno.

La vida real puesta en escena ni es vida ni es real. A lo sumo es una representación ceremoniosa e interesada de la existencia. Pero resulta curioso comprobar cómo se utiliza la palabra “realidad” como signo de prestigio, de democracia aunque sea televisiva, en unos tiempos en los que la imaginación cotiza a la baja en los índices bursátiles de la vida real.


ÁNGELA VALLVEY, en ABC

  1. Haz un breve resumen, en un máximo de tres líneas, del texto.

  2. Comenta la metáfora que aparece en el último párrafo del texto.

  3. Explica qué significan las siguientes expresiones extraídas del texto: manipulación alevosa, lucrativa fuente de ingresos, anodino espectáculo de masas, pleito bíblico.

  4. Di un sinónimo y un antónimo de las siguientes palabras: cotidianas, masoquistas, presunciones.

  5. Di cuál es el antecedente de la y de sus.

  6. Explica por qué no llevan acento las siguientes palabras: serie, ingenuo, marketing, real.

DEMANDAR AL MUNDO ENTERO
Un juez alemán acaba de demandar a dos empresas transnacionales, Coca-Cola y Mars, responsabilizándolas de sus achaques diabéticos. Al parecer, dicho juez, ávido consumidor de chocolatinas y del brebaje más divulgado del mundo, pretende que, por cada miligramo de azúcar disuelto en su sangre, las empresas demandadas apoquinen tropecientos millones, que le sirvan para sufragar su tratamiento médico y para reparar los desaguisados de una dieta excesivamente golosa. A nadie se le escapa que esta iniciativa, tan rocambolesca y estupefaciente, está inspirada en la moda de las denuncias contra las industrias tabaqueras, que tan gruesos beneficios han reportado a los presuntos damnificados de allende el Atlántico, y que ya empieza a calar en la vieja Europa. Recientemente varios presidentes autonómicos, en una apoteosis de populismo y desvergüenza torera, han promovido similares demandas, que espero que se tropiecen con el discreto juicio de unos jueces no demasiado turulatos. Pero si, finalmente, prosperasen estas demandas, ¿por qué no culpar a Coca-Cola de nuestra diabetes, siguiendo el ejemplo de este juez germánico? ¿Por qué no culpar a los fabricantes de chorizos de nuestro colesterol? ¿Por qué no culpar a los editores de libros de nuestra miopía? ¿Por qué no demandarlos a todos por enemigos de la salubridad pública y diezmadores de la Humanidad?

Uno de los fenómenos más escandalosos y característicos de nuestra actual sociedad consiste en la declinación de responsabilidades. Del mismo modo que el joven se apalanca en casa de los padres, para soslayar las intemperies de la vida, la masa reniega de su libertad de elegir, para sentirse más protegida y encarceladita en las mazmorras del Poder. El tabaco, como los brebajes transatlánticos con sabor a regaliz, las chocolatinas, los chorizos o los libros, es un producto de venta legal y compra voluntaria. Nadie nos asalta en la calle, ni a punta de pistola nos obliga a comprar una cajetilla de Ducados; nadie nos obliga, tampoco, a fumarlos bajo coerción invencible. Podría aducirse que la adicción a la nicotina anula nuestra voluntad, pero eso equivale a defender las inercias del cuerpo sobre el imperio de la inteligencia. Y es que, salvo cuando el tabaco es alterado con sustancias que artificialmente exacerban su estímulo, el consumo de cigarrillos – como el de chorizos o chocolatinas – es un acto que depende de nuestra voluntad, un acto libre, en cuya comisión asumimos una serie de riesgos que a nadie se le ocultan. Si las autoridades sanitarias no hubiesen propagado las cualidades malignas del tabaco, o si los medios de adoctrinamiento de masas se hubiesen encargado de ocultar estos datos, acaso tendrían justificación estas demandas. Pero cuando la información es diáfana y el consumo de tabaco voluntario, ¿a cuento de qué las demandas contra las tabaqueras?

Nos hallamos frente a un caso flagrante de cinismo, o si se prefiere de morro, en el que los presuntos damnificados por el tabaco, aprovechando cierto clima de histeria social, pretenden que a la dimisión de su voluntad se le otorgue cobertura jurídica. Nos hallamos, también, ante un síntoma social que desborda la mera anécdota: cada vez está más extendida la idea cautiva y resignada de que los hombres somos individuos desguarnecidos, huérfanos de voluntad, que por picaresca o desvalimiento, deben buscar cobijo en estructuras de poder que suplan su falta de responsabilidad. ¿No es ésta la sociedad que retrataban, en sus utopías más sombrías, los maestros de la ciencia ficción?

JUAN MANUEL DE PRADA, en Blanco y Negro




  1. Di a qué maestros de la ciencia ficción se puede referir el autor al final del artículo.

  2. Expón en una frases la tesis de este artículo.

  3. Propón un sinónimo culto y uno estándar para cada una de estas palabras: apoquinar, tropecientos, turulato, morro.

  4. Explica el significado de las siguientes expresiones: empresas transnacionales, achaques diabéticos, desaguisados, apoteosis de populismo y de desvergüenza torera.

  5. Indica la categoría gramatical de las siguientes palabras, di su primitiva y la categoría de ésta: salubridad, diezmadores, encarceladita, adoctrinamiento.

  6. Explica qué función tienen las interrogaciones que se encuentran al final del primer párrafo del texto.


EL HÉROE COMO PROYECTO MORAL
Entre los numerosos equívocos y desconciertos suscitados en torno a la vida moral hay dos supremamente frecuentes y graves: el error de confundir libertad con omnipotencia (planteado normalmente de modo negativo: como no podemos todo lo que queremos, no tenemos en verdad un querer libre) y la confusión entre carácter social, interpersonal, del proyecto ético y la repercusión pública de normas, gestos o valoraciones éticas. En cuanto al primero de tales malentendidos, habría que señalar que la libertad – precisamente porque existe – es algo determinado, condicionado y limitado, una energía de opción que cuenta con motivos y circunstancias y cuya eficacia no es ni mucho menos infinita. En lo tocante al segundo, nunca se insistirá lo suficiente, por lo visto, en que la ética es una cuestión privada referida al ámbito interpersonal, no un comportamiento público que debe ser sometido a refrendo o a careo ante usos, pudores y prejuicios establecidos.

Es en este contexto de equívocos en el que cobra relevancia ética la figura del héroe. El héroe, en el sentido que aquí nos interesa, no es una anécdota histórica ni la apoteosis glorificadora de algún hombre particularmente digno de aprecio, sino un ideal de conducta libre, la mejor perspectiva desde la que considerar la acción justificada.

Para algunos, heroísmo es fanfarronería y arrogancia ultrajante, cuando no militarismo; para otros, idolatría infantil pro una paternal imagen fuerte y protectora. Sin embargo, creo que estos puntos de vista yerran lo esencial de la figura que nos ocupa, al menos considerada en cuanto a su importancia ética.

El designio de la ética es proponer un sentido suficiente y totalizador a la acción humana. La acción es enfrentamiento y edificación, riesgo y mesura, arrojo, fidelidad e innovación, búsqueda de la eficacia más vital y perdurable. Todas estas categorías están recogidas y ascendidas en la categoría del héroe. Por otra parte, la ética se ocupa inmediatamente del querer humano, del contenido y la estructura de su voluntad. Preguntarme por lo que debo hacer o por la opción mejor entre carias, indagar los criterios de acuerdo a los cuales valorar y justificar las decisiones de mi libertad, todo ello viene a condensarse en una pregunta fundamental, que es el objeto formal de la ética toda: “¿Qué quiero yo realmente?”. Pues bien, el ideal de héroe es el de una voluntad a la vez esclarecida y triunfante, una voluntad que sabe, quiere y puede, una elección a la vez legítima y eficaz. Por último, la ética busca ante todo la fuerza, es decir, el aliento para vivir la mejor posibilidad de lo humano. Y si se preocupa de las virtudes – cuyo nombre procede de vir, fuerza excelente – no es en cuanto pretensión de establecer un código con cuyos preceptos juzgar las conductas, sino para reclamar la promesa de indestructibilidad que forma el núcleo vigoroso de ciertos comportamientos.


FERNANDO SAVATER, El contenido de la felicidad


  1. Aclara la relación que existe entre ética, voluntad y libertad según la argumentación de Fernando Savater. Elabora un esquema que recoja la información fundamental del texto.

  2. Explica qué diferencias de matiz presentan estas series de sinónimos extraídos del artículo de Fernando Savater:

    • equívoco, desconcierto, confusión, malentendido

    • determinado, condicionado, limitado

    • refrendo, careo

    • pudores, prejuicios




  1. Describe las siguientes formas verbales: habría que señalar, yerran, proponer, ascendidas.

  2. Localiza estos conectores en el último párrafo del texto y explica su valor textual: por otra parte, pues bien, por último, es decir, no...sino.

  3. Explica el significado de las siguientes expresiones extraídas del texto: omnipotencia, apoteosis glorificadora, fanfarronería y arrogancia ultrajante.

LA GLOBALIZACIÓN
Para definir qué es la globalización, algo que puede resultar útil es pensar de forma sencilla. Como siempre, cuando las cosas son demasiado complicadas. Pensar de forma sencilla. ¿Cuál es el combustible de la globalización? El dinero. Tal vez no sea útil recordarlo: reducida a lo esencial y privada de los oropeles, la globalización es un asunto de dinero. Es el dinero que está buscando un campo de juego más vasto, porque confinado en su terreno habitual no puede multiplicarse en demasía y muere por asfixia. Si producís stracchino (cierto tipo de queso cremoso que se produce en la región italiana de Lombardía), y os habéis convertido en el líder del sector, y no podéis pretender que la gente de vuestra ciudad se gaste más dinero en comprar stracchino del que ya se gasta, entonces, si queréis seguir enriqueciéndoos, sólo os queda una posibilidad: vender vuestro stracchino en la ciudad de al lado, y a lo mejor ir a producirlo allí, ordeñando las vacas ajenas. Durante siglos, practicar este truquito significó una sola cosa: la guerra. Invadir la ciudad cercana. Sea cual sea la manera en que os la hayan contado, la guerra siempre se ha hecho para poner dinero en movimiento, para conquistar otros mercados, para posesionarse de los recursos ajenos. Para hacer respirar al dinero. Y aquí se muestra con evidencia la revolucionaria anomalía de la globalización: que, de hecho, es un sistema estudiado para hacer respirar al dinero a través de la paz. No sólo no le sirve la guerra: necesita la paz. Nunca venderéis stracchino a un país que está en guerra con el vuestro; ni iréis a producirlo a un lugar que corre el riesgo de ser bombardeado, ni siquiera aunque os regalen la leche. El dinero occidental ha conquistado los países comunistas comprándolos, esencialmente: la solución se ha demostrado infinitamente más práctica que lanzar un par de bombas atómicas. Hace sólo unos cincuenta años, lanzarlas era todavía el único sistema conocido.

No es difícil comprender hasta qué punto es éste un giro vertiginoso y, en cierto sentido, una “primera vez” en la historia de la humanidad. El dinero que decide moverse no ya utilizando la guerra, sino la paz. Lo mínimo que puede uno imaginarse es que los problemas sean muchos y que todo esto resulte realizable sólo con la condición de una decisión colectiva, de una adhesión de masas, incluso irracional, al proyecto. Y es aquí, en este preciso momento, cuando nace la palabra globalización y su mito. Si puedo establecer una comparación, la que me pasa por la cabeza es el Oeste. También allí el objetivo era el de ensanchar el terreno de juego del dinero para permitirle reproducirse. El Oeste era el ensanchamiento ideal del terreno de juego: kilómetros de tierra a los que bastaba con ir a apropiarse y llenar de consumidores. El único problema era, en aquel mundo de entonces, la distancia. Y he aquí la solución: el ferrocarril. Algo así como Internet hoy en día, el ferrocarril reducía los espacios y el tiempo. Acercaba lo que estaba lejos. Hacía de un espacio inmenso un único país. Era necesario, sin embargo, construirlo, y para hacerlo se requería dinero, y para encontrarlo era necesario que unas cuantas personas arriesgaran su dinero, y más necesario todavía que un montón de gente pensara en subirse a ese tren y se fuera a rehacer otra vida a miles de kilómetros de distancia. Era necesario que un montón de gente creyera que el Oeste existía de verdad. Era necesario hacer real el Oeste en la cabeza de la gente, incluso antes de que se convirtiera en algo verdadero en la realidad. Aquellos ferrocarriles no habrían partido nunca si no hubieran conseguido subir en ellos, antes de construirlos, la fantasía de la gente. El Oeste es el prototipo perfecto de una mercancía peculiar, destinada al éxito: algo que no existe pero que puede convertirse en real con la condición de que todos crean que existe.

Hace diez años, la globalización era exactamente algo de este tipo. Algo que no existía pero que podía convertirse en real: previo pacto de que todos se convencieran de que existía. Pero para hacer que el tren partiera efectivamente, era necesario que el mundo se subiera al mismo. Para poner en movimiento el dinero, era necesario que se moviera el dinero de todos. Para construir un nuevo campo de juego era necesario que todo el mundo tuviera ganas de salir al campo. En cierto sentido, era necesario que la imaginación colectiva saltara por encima de los hechos, para luego poder llevárselos consigo. Ese salto en el imaginario tiene un nombre: globalización. Nuestro Oeste.

El inconveniente es que este nuevo mundo de la globalización – más rico, más moderno, casi completamente pacífico – sería un campo abierto regulado por la ley del más fuerte. Plantearos si estáis a favor o en contra de la globalización no significa plantearos si estáis a favor de los alimentos transgénicos o si os gusta Nike, o si os da miedo la desaparición de los dialectos, o si los salarios de los chinos que hacen vuestras zapatillas os parecen justos o dan pena. Significa preguntaros si, para vivir en un mundo más rico, estáis dispuestos a vivir en un mundo selectivo, competitivo, duro, donde los vencedores ganan y los derrotados pierden.

¿Cuál es la solución? ¿Oponerse por la fuerza a la globalización? En los tiempos de la revolución industrial, destruir las máquinas no llevaba muy lejos: el problema era más bien imaginar un nuevo y civilizado mundo del trabajo, e intentar hacerlo realidad. Hoy la situación no parece muy distinta. Es intuyendo un mundo nuevo como se puede soportar el impacto de la globalización: limitarse a defender lo viejo, ¿a qué puede llevarnos?

Por esto se me ocurre pensar que la idea de una globalización “limpia” tiene que pasar, necesariamente, a través de una especie de revolución cultural, que necesite que el mundo acepte pensar en el futuro, sin prejuicios, y esté dispuesto a dejar de defender un presente que ya no existe. No creo que, si existe una globalización “buena”, ésta puedan realizarla cerebros que destruyen McDonalds o se niegan a ver cine americano. Pienso en algo distinto. Pienso en gente convencida de que la globalización, tal y como nos la están vendiendo, no es un sueño equivocado: es un sueño pequeño. Quieto. Bloqueado. Es un sueño gris, porque procede directamente del imaginario de ejecutivos y banqueros. En cierto sentido, se trataría de empezar a soñar ese sueño en lugar de ellos, y de hacerlo realidad. Es una cuestión de fantasía, de tenacidad y de rabia. Es tal vez la misión que nos aguarda.


ALESSANDRO BARICCO, Next (Sobre la globalización y el mundo que viene)


  1. Expón tu idea de globalización y di cuáles crees que son sus principales manifestaciones.

  2. ¿A qué hechos históricos se refiere el autor en este fragmento? “En los tiempos de la revolución industrial, destruir las máquinas no llevaba muy lejos: el problema era más bien imaginar un nuevo y civilizado mundo del trabajo, e intentar hacerlo realidad.” ¿Qué relación guardan estos hechos con la acción de algunos movimientos antiglobalización?

  3. Señala los bloques temáticos en que se puede dividir el texto de Baricco. Indica cuál es la idea principal de cada bloque y resume la tesis global del texto.

  4. Sustituye por sinónimos las palabras subrayadas: Reducida a lo esencial y privada de los oropeles, la globalización es un asunto de dinero. Es el dinero que está buscando un campo de juego más vasto, porque confinado en su terreno habitual no puede multiplicarse en demasía y muere por asfixia.

  5. Analiza morfosintácticamente esta oración simple: “¿Cuál es el combustible de la globalización?”

  6. Localiza ejemplos del uso de la segunda persona gramatical en el texto. ¿Por qué crees que la utiliza el autor? Explica cómo contribuye la segunda persona a reforzar el carácter didáctico del texto.

  7. Un procedimiento habitual de los escritos argumentativos es la ejemplificación, es decir, la presentación de argumentos o ideas mediante ejemplos o modelos conocidos por los lectores. Busca ejemplificaciones en el texto. ¿Te parecen acertadas?

EL SUBJUNTIVO
En varias oportunidades recientes, leyendo libros o artículos, he tropezado con autores que, como los ecologistas de la lengua, alertan sobre la creciente desaparición del subjuntivo. En los diarios, en las conversaciones, en la radio o en la televisión, se habla o escribe ya sustituyendo el subjuntivo por el presente de indicativo o, cuando no, en las frases de condicional, empleando el subjuntivo en lugar del pretérito imperfecto. Curiosamente, no es sólo un fenómeno español. En francés, por ejemplo, han dejado de emplearse corrientemente verbos tan evocadores como los que terminan en eussent o assent. Quienes pretenden hablar francés usándolos, pasan ahora por extravagantes. Pero en italiano sucede prácticamente lo mismo. Tampoco se utilizan cuando se debería expresiones como se io andassi. Finalmente, en cuanto al inglés, el subjuntivo ha dejado de existir entre los emigrantes y los más jóvenes.

A los muchachos españoles que hablan castellano les resulta igualmente difícil, por lo que se ve, expresarse diciendo “estaremos allí cuando ella venga” y dicen: “estaremos allí cuando ella viene”. De la misma manera, a menudo, no se usa la forma “si me tocara la lotería me compraría un piso”, sino “si me tocaba la lotería me compraría un piso”. El subjuntivo va hundiéndose como un pez enfermo bajo la superficie del idioma.



Pero ¿tan grave resulta la pérdida del subjuntivo?, le preguntaron a Humberto Eco para el libro titulado significativamente El fin de los tiempos. Y Eco contestó: “Me parece muy importante el subjuntivo porque es el único que expresa el tiempo de la hipótesis y de lo posible, de lo no-real”. El subjuntivo es, en efecto, el tiempo que crea en el habla y la escritura la escena cóncava de la suposición. Gracias al subjuntivo se añade una trasrealidad como el forro de raso a un vestido de noche o, en suma, como la dimensión donde se desdobla el soñado cuerpo del lenguaje. Juan José Millás escribió una novela, titulada El orden alfabético, que está obsesivamente centrada en el extravío de palabras y formas. Y con la experiencia de su lectura se siente el pavor de la mutilación. El pavor a la disgregación suave del cerebro y del espíritu por el continuado desmedro del habla.
VICENTE VERDÚ, en El País



  1. Di cuál es la tesis del texto.

  2. Explica qué es un símil. Localiza algún ejemplo de símil en el texto.

  3. Propón expresiones sinónimas para los fragmentos subrayados: “El subjuntivo es el tiempo que crea en el habla y la escritura la escena cóncava de la suposición”. “El pavor a la disgregación suave del cerebro y del espíritu por el continuado desmedro del habla”.

  4. Explica el significado de las siguientes frases y expresiones extraídas del texto: como los ecologistas de la lengua, el subjuntivo va hundiéndose como un pez enfermo bajo la superficie del idioma.

  5. Explica por qué se acentúan las siguientes palabras: sólo, fenómeno, debería, escribió.

  6. Di todo el modo subjuntivo de los verbos “leer, venir, expresar”.

  7. Completa estas tres oraciones escribiendo correctamente la forma verbal entre paréntesis:

    • Si me (tú avisar), lo habría tenido preparado.

    • Aunque nos lo (él prometer), será bastante difícil creerle.

    • Si se lo (nosotros pedir), lo harían gustosamente.

LA COSA
Ayer salí de casa temprano. Nada más pisar la calle, me topé con un conocido. “¿Qué, cómo va la cosa?”, me preguntó, y le contesté que la cosa iba bien, dentro de lo bien que pueden ir las cosas. “Bueno, te dejo, porque tengo muchas cosas que hacer”, le dije, pero, como la prisa ajena no suele merecer ningún respeto, me retuvo: “Sólo una cosa, mira...”, y me contó una cosa. Al poco, me crucé con otro conocido: “¿Cómo te van las cosas?”, me preguntó, y al pronto me quedé dubitante, porque aquel conocido se interesaba por mis cosas en plural, que es una categoría aún más abstracta que la que representa la cosa en singular. De todas formas, para no contradecirme con respecto a la respuesta que le había dado al primer conocido, según la cual la cosa en singular iba bien, pensé que asegurarle que las cosas en plural iban bien no suponía ninguna incoherencia, de modo que le dije que las cosas en plural iban bien.

Llegué a un negociado municipal: “¿Se le ofrece alguna cosa?”, me preguntó el funcionario, y les expuse la cosa pertinente. “¿Alguna otra cosa?”. Pero no, yo disponía de una sola cosa afecta a ese negociado. Al salir, me crucé con un tercer conocido: “Tengo una cosa para ti. Ya te la llevaré algún día, porque ahora tengo muchas cosas entre manos”, y me dejó intrigado por la esencia y condición de esa cosa críptica. Poco después me crucé con un cuarto conocido: “Tengo que decirte una cosa, pero ahora no me acuerdo de qué cosa se trata”, me informó, de modo que la angustia me atenazaba el ánimo a consecuencia de esa cosa ignota que el tercer conocido tenía que darme fue reemplazada por la angustia novedosa de esa información imprevisible que el cuarto conocido me daría en cuanto pusiera un poco de orden en su memoria.

Entré en una sucursal bancaria. Tenía cita con el director desde hacía cosa de un mes. “El director está de vacaciones”, me informó el interventor. Como es lógico, protesté por aquella informalidad. “Así son las cosas”, sentenció el interventor regente, asumiendo de ese modo la fatalidad intrínseca que determina el rumbo de las cosas.

Al cruzar la plaza, vi a un anciano que se apoyaba angustiosamente en una farola. “¿Le pasa a usted algo?”, le pregunté, y me dijo que, de pronto, le había entrado una especie de cosa mala por el pecho, y aquello me sobrecogió, porque suponía la evidencia de la malignidad de la cosa, de su capacidad diabólica para herir o matar, y sentí miedo de la cosa. De manera que, como quien no quiere la cosa, volví sobre mis pasos y entré en casa.


FELIPE BENÍTEZ REYES, en El Periódico



  1. El nombre cosa es una palabra cajón o comodín; es decir, una palabra con un espectro significativo tan amplio, que vale para designar casi todo, pero sin apenas precisión. Haz una lista con todas las palabras comodín que se te ocurran.

  2. Di un sinónimo y un antónimo de las siguientes palabras: temprano, ajena, ignota, intrínseca.

  3. Indica cuál es la categoría gramatical de las siguientes palabras extraídas del texto: dubitante, incoherencia, afecta, diabólica.

  4. Explica el uso de los diferentes tiempos verbales en el texto y justifícalo.

  5. Indica cuál es el antecedente de la en te la llevaré, su en su capacidad diabólica.

  6. Comenta si es correcto el uso del gerundio en la siguiente frase: asumiendo de ese modo la fatalidad...

¿CÓMO ESTÁS YOU EL DIA DE TODAY?
[Entrevista con Ilán Stavans, titular de la primera cátedra de spanglish en Estados Unidos].



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