Paco ignacio taibo II



Descargar 3.36 Mb.
Página1/100
Fecha de conversión24.05.2018
Tamaño3.36 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   100

Pancho Villa

Una biografía narrativa

PACO IGNACIO TAIBO II

Planeta

Diseño de portada: Ana Paula Dávila



Fotografía de portada: Archivo

© 2006, Paco Ignacio Taibo II

Derechos reservados

© 2006, Editorial Planeta Mexicana, S.A. de C.V.

Avenida Insurgentes Sur núm. 1898, piso 11

Colonia Florida, 01030 México, D.F.

Primera edición: agosto de 2006

ISBN: 970-37-0334-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta,

puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna

ni por ningún medio, sin permiso previo del editor.

Impreso en los talleres de Litográfica Ingramex, S.A. de C.V.

Centeno núm. 162, colonia Granjas Esmeralda, México, D.F

Impreso y hecho en México - Printed and made in Mexico

www.editorialplaneta.com.mx

www.planeta.com.mx

info@planeta.com.mx

Por un breve tiempo, también los bandidos

tienen su reino, su justicia, su ley.

RAMÓN PUENTE

El cantar de gesta de la revolución

cabalga en el corcel de Villa.

MAURICIO MAGDALENO

No lo entienden. Harán de él caricaturas,

semblanzas de un detalle o de un aspecto de

su persona; fabricarán con él leyendas y novelas.

RAMÓN PUENTE

T. Roosevelt: Villa es un asesino y un bígamo.

John Reed: Bueno, yo creo en la bigamia.

T. Roosevelt: Me alegra mucho saber que cree en algo.

Es muy necesario para un hombre joven creer en algo.

(Citado por Granville Hicks)

Amigo, la historia de mi vida se tendrá

que contar de distintas maneras.

PANCHO VILLA

Este libro es para Jorge Belarmino Fernández Tomás,

que venía a mi casa al menos una vez por semana

para que le contara esta historia, a fin de impedir que

yo la estropeara; y para Pino Cacucci, que cuando

se enteró de que estaba escribiendo una biografía

de Pancho, se declaró villista eterno.

CERO


ENTRAR EN LA HISTORIA

I

Aquí se cuenta la vida de un hombre que solía despertarse, casi siempre, en un lugar diferente del que originalmente había elegido para dormir. Tenía este extraño hábito porque más de la mitad de su vida adulta, 17 años de los 30 que vivió antes de sumarse a una revolución, había estado fuera de la ley; había sido prófugo de la justicia, bandolero, ladrón, asaltante de caminos, cuatrero. Y tenía miedo de que la debilidad de las horas de sueño fuera su perdición.



Un hombre que se sentía incómodo teniendo la cabeza descubierta, que habiendo sido llamado en su juventud “el gorra chueca” no solía quitarse el sombrero ni para saludar. Cuando después de años de estar trabajando en el asunto el narrador tuvo la visión de que Villa y sus sombreros parecían inseparables, Martín Luis Guzmán, en El águila y la serpiente, la corroboró: “Villa traía puesto el sombrero [...] cosa frecuente en él cuando estaba en su oficina o en su casa”. Para darle sustento científico al asunto el narrador revisó 217 fotografías. En ellas sólo aparece en 20 sin sombrero (y en muchos casos se trataba de situaciones que hacían de la ausencia del sombrero obligación: en una está nadando, en otras cuatro asiste a funerales o velorios, en varias más se encuentra muerto y el sombrero debe de haberse caído en el tiroteo. En las 197 restantes porta diferentes sombreros; los hay stetsons texanos simples, sombreros de charro, gorras de uniforme federal de visera, enormes huaripas norteñas de ancha falda y copa alta, tocados huicholes, sombreros anchos de palma comprimida, texanos de tres pedradas, salacots y gorras de plato de las llamadas en aquellos años rusas. Su amor por el sombrero llegó a tanto que una vez que tuvo que ocultar su personalidad, consiguió un bombín que lo hacía parecer “cura de pueblo”.

Esta es la historia de un hombre del que se dice que sus métodos de lucha fueron estudiados por Rommel (falso), Mao Tse Tung (falso) y el subcomandante Marcos (cierto); que reclutó a Tom Mix para la Revolución Mexicana (bastante improbable, pero no imposible), se fotografió al lado de Patton (no tiene mucha gracia, George era en aquella época un tenientillo sin mayor importancia), se ligó a María Conesa, la vedette más importante en la historia de México (falso; trató, pero no pudo) y mató a Ambrose Bierce (absolutamente falso). Que compuso “La Adelita” (falso), pero lo dice el “Corrido de la muerte de Pancho Villa”, que de pasada le atribuye también “La cucaracha”, cosa que tampoco hizo.

Un hombre que fue contemporáneo de Lenin, de Freud, de Kafka, de Houdini, de Modigliani, de Gandhi, pero que nunca oyó hablar de ellos, y si lo hizo, porque a veces le leían el periódico, no pareció concederles ninguna importancia porque eran ajenos al territorio que para Villa lo era todo: una pequeña franja del planeta que va desde las ciudades fronterizas texanas hasta la ciudad de México, que por cierto no le gustaba. Un hombre que se había casado, o mantenido estrechas relaciones cuasimaritales, 27 veces, y tuvo al menos 26 hijos (según mis incompletas averiguaciones), pero al que no parecían gustarle en exceso las bodas y los curas, sino más bien las fiestas, el baile y, sobre todo, los compadres.

Un personaje con fama de beodo que sin embargo apenas probó el alcohol en toda su vida, condenó a muerte a sus oficiales borrachos, destruyó garrafas de bebidas alcohólicas en varias ciudades que tomó (dejó las calles de Ciudad Juárez apestando a licor cuando ordenó la destrucción de la bebida en las cantinas), le gustaban las malteadas de fresa, las palanquetas de cacahuate, el queso asadero, los espárragos de lata y la carne cocinada a la lumbre hasta que quedara como suela de zapato.

Un hombre que cuenta al menos con tres “autobiografías”, pero ninguna de ellas fue escrita por su mano.

Una persona que apenas sabía leer y escribir, pero cuando fue gobernador del estado de Chihuahua fundó en un mes 50 escuelas.

Un hombre que en la era de la ametralladora y la guerra de trincheras usó magistralmente la caballería y la combinó con los ataques nocturnos, los aviones, el ferrocarril. Aún queda memoria en México de los penachos de humo del centenar de trenes de la División del Norte avanzando hacia Zacatecas.

Un individuo que a pesar de definirse a sí mismo como un hombre simple, adoraba las máquinas de coser, las motocicletas, los tractores.

Un revolucionario con mentalidad de asaltabancos, que siendo general de una división de 30 mil hombres, se daba tiempo para esconder tesoros en dólares, oro y plata en cuevas y sótanos, en entierros clandestinos; tesoros con los que luego compraba municiones para su ejército, en un país que no producía balas.

Un personaje que a partir del robo organizado de vacas creó la más espectacular red de contrabando al servicio de una revolución.

Un ciudadano que en 1916 propuso la pena de muerte para los que cometieran fraudes electorales, inusitado fenómeno en la historia de México.

El único mexicano que estuvo a punto de comprar un submarino, que fue jinete de un caballo mágico llamado Siete Leguas (que en realidad era una yegua) y cumplió el anhelo de la futura generación del narrador, fugarse de la prisión militar de Tlatelolco.

Un hombre al que odiaban tanto, que para matarlo le dispararon 150 balazos al coche en que viajaba; al que tres años después de asesinarlo le robaron la cabeza; y que ha logrado engañar a sus perseguidores hasta después de muerto, porque aunque oficialmente se dice que reposa en el Monumento a la Revolución de la ciudad de México (esa hosca mole de piedra sin gracia que parece celebrar la defunción de la revolución aplastada por una losa de 50 años de traiciones), sigue enterrado en Parral.

Esta es la historia, pues, de un hombre que contó, y del que contaron, muchas veces sus historias, de tantas y tan variadas maneras que a veces parece imposible desentrañarlas.

El historiador no puede menos que observar al personaje con fascinación.

II

En la memoria de los supervivientes las vacas son más grandes, las montañas más altas, las llanuras siempre interminables, el hambre mayor, el agua más escasa, el miedo, apenas un destello fugaz. No exagera el que cuenta, es un problema de las pocas luces del que escucha. El narrador ha tratado de escuchar en medio de este rumor interminable e inmenso que surge del villismo y de la figura de Pancho. Siente que en ocasiones lo ha logrado, no siempre.



José María Jaurrieta, que acompañó a Villa durante su etapa guerrillera durante tres años, dijo: “Si el lector ha pasado una temporada en el campo, especialmente en la noche, cuando es más desesperante la soledad, habrá observado que la fogata tiene el poder supremo de reunir y hacer hablar a los hombres”.

Villa contó sus historias centenares de veces en torno de esas fogatas, en las horas muertas durante los viajes en tren, en las interminables cabalgatas. Y otros contaron a otros lo que él les había contado. Y éstos a otros. Y así lo seguimos contando.

Pancho Villa hablaba como si supiera que durante un centenar de años sería sujeto de apasionados amores populares, de enconados odios burgueses y material magistral para novelas que nunca se escribieron. Pero no, lo suyo no es conciencia histórica predatada, lo suyo es simple pasión de magistral narrador oral que sabe que en el detalle está la credibilidad y que toda historia contada se mejora y se empeora, pero las versiones no tienen por qué parecerse absolutamente, obligatoriamente. No existe la historia, existen las historias.

Todo contador de historias sabe que la verosimilitud, la apariencia de verdad de su efímera y personal verdad, a fin de cuentas está en el detalle. No en lo que se dijo, que habría de volverse frase propiedad y uso de eso que llaman la historia, sino en cómo se contó el anillo con una piedra roja falsa que alguien movía con una mano gesticuladora, cómo se habló del color de las botas. El contador de historias sabe que el número exacto es esencial: 321 hombres, 11 caballos y una yegua, 28 de febrero; que la supuesta precisión de la exactitud, así sea falsa, amarra la historia que ha de ser contada, la solidifica, la fija en la galería de lo verdadero de verdad.

Es sabido que no necesariamente las historias más repetidas son las más ciertas; son sólo eso: las más repetidas. Y es conocido y evidente que a lo largo de una vida una persona será muchas personas, con los ecos del que fue cruzándose con el que es, o con el que parece ser.

El que escribe conoce y respeta estas maneras de recuperar el pasado. Pero más allá del respeto, es difícil hacer historia con estos materiales. Optó tanto por tratar de establecer “qué fue realmente lo que pasó”, como por dejar muchas veces al lector tomar la decisión, o gozar como él gozó el moverse entre narraciones muchas veces contradictorias. Por eso a lo largo de la historia aparecerán tantas versiones que desafinan en el detalle.

Mientras escribía este libro el narrador sufrió y peleó con este universo de maravillosos cuenteros y “mentirosos” villistas que fueron sacados a patadas de la historia oficial, y regresaron a la historia social y popular por los gloriosos caminos del cuento, la anécdota, la narración oral y la leyenda.

No menos mentirosos fueron sus opositores, pero apelaron y siguen apelando al documento fraudulento, al parte militar que exageraba pero quedaba en el archivo, a la nube de humo que ocultaba, al silencio oficial, a la versión obligatoria, al historiador a sueldo. Mentían desde el poder.

III

El villismo y Villa en particular generan una doble mirada, incluso entre sus admiradores, en el mejor de los casos condescendiente. Una combinación de admiración, repulsión, fascinación, miedo, amor, odio. Para el civilizado (algunas escasas veces) lector del siglo XXI, la venganza social, el furor, el desprecio por la vida propia y ajena, la terrible afinidad con la violencia, desconciertan y espantan. Acercarse a Villa en busca de Robin Hood y encontrarse con John Silver suele ser peligroso. Mucho mejor es narrarlo.



Para aquellos a quienes gustaría que el pasado funcionara como una Biblia, una ruta guía, una lección transparente, un manual para corregir el presente, este es el libro equivocado. El pasado es esa caótica historia que se lee conflictivamente desde el hoy y obliga al historiador medianamente inteligente a contar y no a juzgar, a no masticar, ordenar y manipular la información para cuadrarla a una hipótesis. Sobre todo, a no censurar. Que el lector asuma la interpretación, el juicio de la historia, la afinidad, el amor o la reprobación. Esa es su responsabilidad. Partamos del supuesto de que Pancho Villa no se merece una versión edulcorada de sí mismo, ni se la merece el que escribe después de haberle dedicado cuatro años de su vida, y no se la merecen desde luego los lectores.

IV

Las fotografías han sido tratadas como material informativo y no como ilustraciones, por eso tienen una distribución muy irregular a lo largo del libro, concentrándose en ciertos momentos de la vida del personaje y prácticamente desapareciendo en otros.



La literatura sobre la revolución ha sido usada en el mismo sentido; se trató de separar la crónica de la ficción (Campobello, Rafael F. Muñoz, Azuela, Martín Luis Guzmán), pero esta última a ratos mostraba la certeza, la riqueza informativa, la reflexión y la impresión subjetiva que se escondía en la crónica y en la historia, y así vino a dar a estas páginas.

Lamentablemente, la voz de Villa que se emplea con frecuencia en el texto entre comillas no es del todo su voz, muchas veces es la voz que le han prestado sus secretarios, sus biógrafos y sus amanuenses. Sin embargo, algo queda.

NOTAS

a) Agradecimientos. Cuando uno no tiene becas ni sueldos del programa nacional de investigadores, ni ayudantes, ni salario universitario, ni horas pagadas para la investigación, ni estudiantes que hacen labor de “negros”, lo que uno tiene son buenos amigos, maravillosos amigos, por ejemplo: Paloma Saiz, Marina Taibo III (que hizo todo el trabajo de reconstrucción fotográfica), Lilia Pérez Franco, Eduardo Suárez, Pedro Salmerón, Jesús Vargas, Rubén Osorio, Ana Lucía González (en Guadalajara), Luis Iván Carlos (en Chihuahua), Roberto Orozco, Gerardo Segura, Alfonso Vázquez (en Saltillo), Raúl Zorrilla, Claudia Rivers, David Romo y Juan F. Álvarez (en El Paso), José Rómulo Félix Gastélum (en Hermosillo), Rosina (en Gómez Palacio), Gabriel y Quevedo (el otro, en Aguascalientes), Alejandro Jiménez del archivo de El Universal, las bibliotecarias del Basave, Alejandro Padilla, la dirección del diario La Prensa, el personal de la Biblioteca de México, la doctora Cristina Adler (en Gijón), Carlos Montemayor, Agustín Sánchez, Diego y Patricia Valadés.



b) Los libros se hacen con otros libros o contra otros libros. Quede aquí entonces un elogio a la estupenda biografía de Villa escrita por Friedrich Katz. La abrumadora y maravillosa erudición de Katz hace de su libro lo más cercano posible a una Biblia del villismo. Me vi obligado a leer su Villa por segunda vez cuando había terminado la última fase de mi investigación, para no contaminarme, y aun así encontré en esta segunda lectura decenas de pistas y claves para la interpretación del personaje. Mientras estaba escribiendo tuve que preguntarme muchas veces: ¿por qué hacer una nueva biografía de Villa si la de Katz es un libro monumental? Y afortunadamente me respondí: porque quizá los enfoques son diferentes; mientras Katz hizo una muy completa sociología del villismo, yo seguí fielmente al personaje, tratando de que no se me escapara de las manos la “historia de vida”. Espero que mi versión le guste.

Muchas veces a lo largo de la investigación fui sorprendido por la lucidez de Jorge Aguilar Mora. Su libro Una muerte sencilla, justa, eterna; sus prólogos a Cartucho, Gringo rebelde, las memorias de Vargas Arreola y las notas sobre Martín Luis Guzmán, me sorprendieron una y otra vez. Una muerte sencilla... es un libro que contiene una de las pocas lecturas originales de la Revolución Mexicana escrita en los últimos tiempos, quizá por eso ha sido ignorado y ninguneado por una academia que, en el mejor de los casos, podría ser calificada de mediocre. Varias veces me vi siguiendo sus ideas, sus aproximaciones informativas y narrativas y sus pistas. Muchas gracias.

Un tercer libro resultó un invaluable aliado en esta investigación: la tesis de Pedro Salmerón sobre la División del Norte. Un excelente trabajo de geopolítica y sociología.

Tengo que agradecer a los tres autores el oxígeno que me proporcionaron, que sepan que este libro fue escrito al lado de los suyos. No puede decirse lo mismo de otros muchos.

c) Esposas y compañeras, excluyendo relaciones casuales. Una lista bastante incompleta de los “amores de Villa” daría los siguientes resultados:

María Isabel Campa (duranguense), fines de los años 90. Dolores Delgado, con la que se casó en Lerdo, Durango, el 17 de agosto de 1909. Petra Espinoza (o Petra Vara) de Santa Bárbara, Chihuahua, rapto y boda en Parral antes de la revolución. Asunción Villaescusa (la relación debe de haber sido en 1910.) Luz Corral, de San Andrés, se casa por la iglesia el 20 de mayo de 1911; se recasará con ella en Chihuahua el 16 de octubre de 1915, boda civil. Esther Cardona Canales, de Chihuahua. Piedad Nevárez, de Ciudad Jiménez (1912). Juana Torres, de Torreón, Coahuila; boda civil y religiosa el 7 de octubre de 1913. Paula Alamillo, de Torreón (1913). Guadalupe Coss, de Ciudad Guerrero, boda religiosa el 16 de mayo de 1914. Macedonia Ramírez, de Nazas, Durango (1914). Librada Peña, de Valle de Allende, matrimonio en Santa Bárbara, Chihuahua (1914). María Dominga de Ramos Barraza, Guadalupe, Zacatecas (enero de 1915). Margarita Sandoval Núñez de La Barca, Jalisco (1915). Francisca Carrillo, de Matamoros, Coahuila, donde se casaron en 1916. María Hernández. María Isaac Reyes, boda religiosa en 1919. María Arreola Hernández. Cristina Vázquez se casó con él en Santa Bárbara, Chihuahua. Guadalupe Perales (o Guadalupe Peral), de Rancho Arroyo de Santiago (hacia 1915). María Leocadia. Guadalupe Valderrama (o Balderrama), de Santa Isabel. Aurelia Severiana Quezada, apodada la Charra (1916). Soledad Seáñez, distrito de valle de Allende, Chihuahua, boda religiosa 1 mayo 1919. Austreberta Rentería, de Parral, Chihuahua, boda civil 22 de junio de 1921. Manuela Casas, en Santa Rosalía, boda por la iglesia en 1922. Gabriela Villescas (El Mimbre). María Amalia Baca. Paz Villaseñor. (Louis Stevens: Here comes Pancho Villa, tiene un buen registro de los amores de Villa, al igual que Carrasco: Vida del general Francisco Villa, “Pancho Villa tuvo 19 esposas y a todas les cumplió”, “Las esposas de Francisco Villa”.)

d) Hijos. La lista sería la siguiente:

Reynalda Villa Campa, n. 1898. Felícitas Villa Delgado, n. 1910. Micaela Villa Espinoza, n. septiembre 1911. Luz Elena Villa Corral, n. 25 febrero 1912. Esther y Francisco Villa Cardona, n. 1912, gemelos. Agustín Villa Villaescusa, n. 1912-1913. Águedo Villa Nevarez, n. 1913? Juana María Villa Torres, n. 1914? Evangelina “X” Alamillo, n. 1914? Octavio Villa Coss, n. 13 octubre 1914. Ernesto Villa Ramírez, n. 1916? Miguel Villa Seáñez, n. 1916? Celia Villa Peña, n. 28 enero 1915. Alicia Sandoval Núñez, n. 1916. Francisco Carrasco, n. 1917. Eleno Villalva Reyes, n. 12 julio 1920. Antonio Villa Seáñez, n. 1920. Miguelito Villa Arreola, n. mayo 1920. Martín “X” Vázquez, n.? Francisco Villa Rentería, n. 1922. Trinidad Casas, n. 1922. Hipólito Villa Rentería, n. 1923 (póstumo). Guadalupe Villa Quezada, n.? “X” Villa Quezada, n.?, Ernesto Nava, n.?

e) Las citas que sobraron y que no fueron usadas al inicio del libro.

“Aquel gigante conmovedor que era Villa”, José C. Valadés.

“La historia no es una ciencia exacta, divaga, hay que dejársela a los soñadores, que la recomponen por instinto”, Patrick Rambaud.

“No me importa lo que escriban sobre mí mientras sea la verdad”, declaraciones de Francisco Villa al Chicago Tribune, 31 de marzo de 1915.

UNO

LOS QUE NO TIENEN HISTORIA



Alguna vez, el que sería Pancho Villa le dijo al periodista Silvestre Terrazas: “Si mi madre se retrasa 24 horas más de parto, nazco adivino”. No está muy claro por qué un retraso en el nacimiento podría producir tal género de transmutación, conversión o futuro oficio, pero nada estará demasiado claro en lo que será una historia dominada por los cuentos, las leyendas, los chismes y las versiones, muchas de ellas contradictorias y enfrentadas. Lo que parece claro es que el acontecimiento se produjo el 5 de junio de 1878 a las tres de la tarde.

Algunos de los que ahí no estaban, narrarían años más tarde, con grandes licencias y abundantes disparates, que ese día “cayó una tormenta y durante los relámpagos hubo un cambio en el tamaño, el color y el curso de Venus: una advertencia del cielo que significaba las dificultades que enfrentaría el recién nacido”; o que “cuando nació, era un monstruo de más de cinco kilos de peso, tenía el cabello rojizo y unos enormes ojos de búho”.

El lugar que produciría tan delirantes invenciones no parecía gran cosa. Un punto situado cerca del fin del mundo, un pequeño caserío, ni a rancho llegaba, llamado La Coyotada, a cuatro kilómetros del verdadero rancho, Río Grande, y a ocho kilómetros de San Juan del Río (una minúscula población del estado de Durango, en el centro norte de México). Todo dentro de los inmensos terrenos de la hacienda de Santa Isabel de Berros.

La Coyotada no tenía más de cinco o seis casas de adobe y tejas, sin ventanas, con pequeñas troneras para la ventilación, a orillas del río San Juan. El escenario estaba presidido por una enorme roca que a causa de la erosión había creado algo que semejaba la cabeza de un pato y dominaba el pequeño valle.

En una de esas cabañas aislada en una lomita nacería el que habría de ser registrado por sus padres Agustín y Micaela como Doroteo Arango Arámbula y luego bautizado en la iglesia católica como José Doroteo.

Estos son los hechos, pero...

Durante mucho tiempo los nativos de Durango se disputaron con los chihuahuenses desinformados la región natal de Villa. Una vez el autor escuchó a un chihuahuense decir a su esposa, nacida en Durango, una frase que, en el reconocimiento y derrota, dejaba zanjado el debate: “En Durango habrá nacido, pero en Chihuahua se hizo guerrillero”. A lo que su esposa contestaba cantando el corrido de Pancho Villa escrito por Ángel Gallardo, que a la letra dice: “Durango, Durango, tierra bendita, donde nació Pancho Villa, caudillo inmortal”.

Para hacer de esta disputa inocente algo más barroco, se metieron en el asunto los colombianos aportando exóticos datos respecto del lugar de nacimiento del joven: el Doroteo Arango/ futuro Pancho Villa colombiano, era, según un diccionario editado en 1965, hijo de padre colombiano, Agustín (nativo de Antioquia), y madre mexicana. Pancho, según esto, nació en Medellín (Colombia) y cuando tenía cuatro años sus padres viajaron a Maracaibo (Venezuela) y luego a México, donde se establecieron en Durango. Esta loca versión se había originado en la barcelonesa enciclopedia Sopena en los años treinta.

En esta conjura surrealista terciaron los estadounidenses, quienes también reclamaron la nacionalidad del futuro personaje. Varios soldados del 10° batallón de Caballería juraron en 1914, y decían que otros de sus compañeros podían confirmarlo, que Pancho participó en la campaña de 1882 contra los indios (de ser así, tendría cuatro años) siendo estadounidense, negro y sargento primero. Su nombre real era Goldsby y se incorporó al ejército en Maryland. Goldsby/Villa tuvo problemas en Fort Davies y cruzó el Río Grande para volverse bandido en México bajo el nombre de Rondota. Era un negro de color muy claro y podía pasar por mexicano. Los testigos decían que lo habían reconocido por fotografías y cruzaron la frontera para hablar con él. Que Pancho Villa gozó conversando con ellos y no negó la historia que le contaban (¿Cómo la iba a negar? ¡Le habría encantado!).



Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   100


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal