Obras publicadas de ltdia cabrera



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Más sobre los Lucumí, Mandingas, Ararás, Carabalís

Son muchos los que dan la razón a Odedei al referirse a los lucumí: "Los más nobles de las tribus de la Costa, altos, con hermosas y a veces regulares y nobles facciones de grave expresión. Orgullosos, litigantes, difíciles de manejar al comienzo de su vida de esclavos, pues son amantes de la libertad y fácilmente excitables a la violencia, pero si se les trata bien y con justicia, son los mejores y más dignos de confianza". Así los juzgó la Bremer. Y Gan Edén: "No son solamente orgullosos y valientes sino muy inteligentes". En el ingenio los ha visto encargados del cuidado de la complicada maqui­naria, y dato interesante, habla de un amigo suyo, ajedrecista notable, que fue derrotado por un lucumí. Este lucumí hacía cuatro años que había llegado a Cuba y hablaba el castellano tan bien como cualquier criollo. De su orgullo, lo que cuentan los extranjeros que citamos, coinciden con lo que sabíamos por sus propios descendientes. La injusticia que se cometiese con ellos los sacaba de quicio y se hacían solidarios del castigo que se imponía a un compañero inocente. La indignación que en ellos suscitaba una azotaina indebida, los llevó con frecuencia al suicidio. Aquí tenemos un ejemplo que se acuerda perfectamente con otros parecidos conservado en el rico archivo de la memoria de nuestros negros.

"Un amigo mío que había comprado ocho lucumí llegados reciente­mente, tuvo pronto ocasión de castigar ligeramente a uno de ellos", escribe el Physician (Notes on Cuba, Boston 1844). "El látigo se le administró acostado boca abajo en el suelo, y cuando se le ordenó que se pusiera en esa posición, los otros siete esclavos se acostaron junto a él y pidieron que se les azotase también. Solicitud que fue negada; se les dijo que si en algún momento debían de ser castigados, se les castigaría.

Un muchacho, el culpable, fue azotado antes del almuerzo, cuenta mi amigo, y no hacía mucho que estaba yo sentado a la mesa, cuando el contramayoral, un negro, llegó a la puerta para aconsejarle que fuese don­de se hallaban los esclavos, porque estaban sumamente excitados, cantando y bailando. Inmediatamente tomé mis pistolas y corrí al lugar. Los ocho

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negros, cada uno con una cuerda amarrada al cuello, al vernos se escabulle­ron en distintas direcciones, buscando árboles en que colgarse. Ayudados por otros esclavos nos apresuramos en apoderarnos de ellos y rescatarlos; unos murieron, otros pudieron ser salvados cortando las sogas de que colgaban antes de que expirasen. Se llamó al Capitán del Partido para que examinara los cuerpos de los muertos, lo que hizo minuciosamente para ver si descubría en ellos alguna marca de latigazos, pero felizmente para mí no halló ninguna, pues hubiese tenido que pagar una suma fuerte. El resto de los esclavos se negó a trabajar. Le pregunté al Capitán que si se suicida­ban yo sería acusado. Me respondió que seguramente se me declararía culpable si encontraban en los cadáveres la menor huella de maltrato. Mis vecinos le ofrecieron a uno de los esclavos llevarlo a su casa pero no consintieron en separarse. Yo no sabía qué hacer, cuando determiné, a riesgo de infringir la ley, castigarlos a todos, e inmediatamente después fueron a trabajar y ahora están con la cuadrilla, y son, de mis negros, los que mejor se portan".



Charles A. Murray presenció la siguiente escena cuando era huésped del Sr. D., -la publicidad no era de buen tono en aquella época, se considera­ba un atentado a la vida íntima, y Mr. Murray calla el nombre del hacen­dado—: "Uno de sus negros se ha ahorcado; es un joven de la tribu lucumí, el No. 2. Hace nueve o diez meses que está en la Isla y nunca ha sido castigado ni se ha quejado de ningún maltrato. Pidió el traje nuevo que se le debía de dar y se lo puso; tomó un cerdo que tenía, su machete, sus pequeñas pertenencias, lo reunió todo bajo un árbol y se colgó de una rama".

Murray achaca este proceder a una creencia —"superstición"— prevale­ciente en su tribu: que en el otro mundo esos objetos podían servirles... Claro que el suicidio en los africanos obedecía, a veces, en opinión de mis documentos vivos, "al deseo de volver a Guinea", a reunirse con un ser querido. Los lucumí creían en la reencarnación.66

Su altivez, porfiaban Bamboche y otros contemporáneos suyos de ori­gen lucumí, se debía exclusivamente, no a que fueran tercos o valientes, no; a "que eran los negros más civilizados de África". (Y de todos los lucumí, "los lucumí Oyó; los que hablaban más bonito".)

Estos viejos tenían la noción de una pasada grandeza que sólo se apoya­ba en lo oído a sus mayores sobre la importancia de los lucumí en un tiempo indeterminado y al mando que ejercían sobre otras naciones que habían sido sus vasallos, como la de los arará (Dahomey).

A que eran superiores a los demás africanos, "más civilizados e inteli­gentes",67 y a que se importaron errnotable cantidad desde fines del siglo XVIII, alcanzando estos envíos de mercancías humanas su máximum a

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mediados del XIX, en tiempos de O'Donnell, ha de atribuirse también en concepto de los negros, repetimos una vez más, que hoy sea la religión lucumí la que se ha conservado tan viva y con la mayor pureza, imponién­dose y absorbiendo a las demás, con el atractivo de su mitología, de sus sistemas de adivinación, de sus ritos, de su música, de su lengua "más fácil de aprender". Pero, sin desplazar la magia de los congos. En La Habana, Matanzas, Santa Clara —el tiempo nos faltó para aventurarnos en Cama-güey y en Santiago de Cuba, donde la influencia haitiana es notable a primera vista-, las prácticas bantú se mantenían tan vivas como las yoru-ba. En todas, el Ngangulero, recatado en la sombra, figuraba en buen lugar junto al Olorisha, como en la actualidad continúan ambos actuando en los ghettos cubanos del exilio.

En cambio, en toda la Isla desapareció la huella de la religión musulma­na a juzgar por lo poco que de ella nos relatan los viejos, "su Santo se llamaba Alá", y que era la de aquellos famosos mandingas que fueron muy buscados y apreciados en toda Cuba: "instruidos, pacíficos, activos, gracio­sos y finos, los más aptos a disciplinarse y al servicio doméstico".68 como anotó otro autor anglo-sajón.

En los carnavales, sus comparsas la Mandinga Moro Rojo, Mandinga Moro Azul,69 Turcos de Regla, desfilaban por las calles de La Habana con las comparsas de los Congos de Chávez, Alacrán, Alacrán Chiquito, los Curros, la Culebra... (" ¡que la culebra se murió, Calabazón son son!"); los Hijos de Quirina, los Chinos, y en tiempos del Presidente José Miguel Gómez, recuerdo haber visto pasar alguna por mi Calzada de Galiano, celebrando el triunfo de su candidatura.

Estos mandingas del Senegal, "que metían tanta bulla en sus Cabildos cuando estaban de fiesta u ofrecían honras por algún capataz o cacique muerto y lo tenían en túmulo", llegaron a Cuba a comienzos de la colonia.

"Había jolofe, fula, bikas, de pelo lacio, yola, sikuato, malé. Yo era niño en el ingenio y me acuerdo de los mandinga celebrando el día de San Manuel, cumpliendo con el año nuevo, hincados sobre una cruz de ceniza y luego girando en redondo como los lucumí en el ñangalé,70 y en el centro también había una paila con ogodó. Saludaban al año nuevo con su Sala maleko Maleko nsala.

Los mandinga de la media luna adoraban a Alá, a la luna y al arco iris. Adivinaban muy bien mirando en el agua. Se hacían respetar de los demás negros. Sí, eran un poco altaneros".

En Remedios recordaba un negro viejo unas pocas palabras mandingas, lengua que se hablaba en todo el Senegal.

"Dio se llama Alá. El caimán, bamba; la candela, dimba. Dimba ¿eh? simbo no, simbo é dinero en congo. Las estrella, lólo. A la calabaza, uno

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que la sembraba en su conuco le decía mira; un calabazón, mira guán guán. Una guayabera (camisa) dondoki. Y no sé má".



Fueron muchos a Cuba en 1830 y se hicieron apreciar por sus habilida­des. Eran fuertes, de buen humor, listos, aprendían pronto. Buenos para el servicio de mesa y para muchos oficios manuales. En Trinidad, donde se les consideraba también muy chistosos, me mostró, y luego me obsequió un nieto del millonario Justo Germán Cantero, una copa de madera exquisita­mente tallada por un esclavo mandinga.

"Eran pundonorosos. A uno que leía en un libro que sólo entendían otros mandingas, lo sorprendieron robando azúcar en el ingenio. Avergon­zado apareció colgado de la rama de un árbol".

Sin embargo, José Santos Baró no los quería. Aseguraba que eran muy malos, "y honrao, honrao... ¿mandinga?, no estoy creyendo". Y para no contrariar a Baró, consta que dos mandingas no lo fueron: Pablo Riverón y José de la Merced del Rey.

En 1864 los mandingas tenían un Cabildo en la calle de la Horqueta del barrio del Horcón: el de Nuestra Señora del Pilar, de la nación mandinga. En esa fecha sus Capataces y Matronas acuerdan trasladarlo al Caserío, o sea, a las orillas del pueblo de Marianao con estricta sugeción a las disposi­ciones gubernamentales.

"El Rey de la Nación se llama Benvenuto, mandinga, de 50 años, de oficio carpintero. Valentín Suárez, mandinga, de 55 años, Federico Hevia, mandinga. Las mujeres: Loreta Hernández, mandinga, y otras dicen que no han solicitado el traslado de dicho Cabildo a ningún otro punto, porque lo que pretenden es despedir de dicho Cabildo a los antiguos Capataces Pablo Riverón y José de la Merced del Rey por no convenir al Cabildo, pues además de rendir malas cuentas adeudaban ocho meses de alquileres de la casa en que están establecidos, y en tal virtud las referidas Reinas han nombrado por nuevos Capataces a Benavente del Rey, Agustín Suárez y Francisco Hevia, así como a Domingo de León, y para una buena inteligen­cia pusieron en la adjunta instrucción que pretendían trasladar el Cabildo a Marianao".

Hoy poco se habla de los mandingas, aunque de su sangre quedan muchos; sólo se les recuerda por un dicho que todos los cubanos conocía­mos y que aún se oye de tarde en tarde: ¡Kikiribú Mandinga!, a propósito de algo terminado definitivamente, sin dar lugar a una esperanza.

"Y hubo mucho arará.71 Su religión es como la de los lucumí, aunque no hablaban lo mismo. Tenían cinco tambores, el grande se llamaba Yonufo; el segundo Yonajo, el tercero Aplité, igué-gué, el cuarto; Okotó el quinto. (Un sexto era el Ogán.) A la cantadora, que los lucumí llaman Apwón, se le dice Ojasino, y a siete chuchos que ellos tienen para sus ceremonias:

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Akitipó. Los lucumí les dieron ifá para adivinar con ikis y con cadena. Babalú Ayé, de tierra de los lucumí se fue a tierra de los arará y reinó en Dahomi; Nana Bulukú también es oriunda lucumí. Mabú y Lisa son Santos muy grandes. Antes los lucumí y los arará, en el tiempo antiguo no se querían, pero sus guerras quedaron atrás... todo se olvidó y ahora llevan sus tambores a las fiestas de Ocha. Pero los ahijados de los Bokono arará (Bokono es el Padrino, la Vodunsi, la Madrina), no pueden sacar sus Santos (vodús), de la casa del Bokono".

"Como el arará era muy recogido no tuvo tanta influencia como el lucumí. En Matanzas hubo más arará que en La Habana, pero aún así los cabildos arará tienden a desaparecer".

El viejo Salakó, que he citado tantas veces, hablaba la lengua de los arará, el ewe. Decía que: "para los jóvenes, lo arará estaba ya fundido en lo lucumí". Todos mis informantes sabían que los dahomeyanos -dajomi, como pronunciaban ellos, su rey- "había vendido más negros que ningún otro soberano africano, y que guerreaban nada más que para tener negros que venderle al blanco". Vender hombres era normal en África. Cuando le preguntaba a Calazán qué pensaba de la trata, me decía que: "en África había esclavos y los morenos se aprovechaban encantados del negocio que hacían vendiendo su propia carne. Tanta culpa tiene el que mata la chiva como el que la aguanta, y el negro y el blanco, por la codicia se empata­ban. Uno vendía su gente y el otro se la compraba".

Otro viejo que lo sabía "por recuerdo de sus mayores", me aseguraba que la esclavitud en África era más cruel que en Cuba. ¡Envidiable memo­ria africana! La poesía es memoria, decían los antiguos. La memoria es la poesía que cultivaban esos negros que me hicieron confianza.

Pero nada me asombró tanto en mis conversaciones como la noticia que me dio (1944) uno de ascendencia conga, que me dijo llamarse Magabú, y con el que a mi gran pesar no pude volver a encontrarme. Indagando por él supe que vivía en Guanabacoa y que había muerto. ("De vejez".)

"Jesucristo, en la antigüedad", me dijo, "estuvo en el Congo, sí señor. En el mismo Congo. Y allí hubo iglesia y muchos congos cristianos. Ver­dad que sí".

¿De dónde había sacado tal cosa Magabú? No era del todo una grotesca fantasía, pues si Jesús en carne y hueso, jamás estuvo en el Congo, la religión de Cristo fue llevada allí por los portugueses a raíz del descubri­miento. El Manicongo Nzinga Nkuwu (rey del Congo) desde el 1482, había acordado un buen recibimiento al rey de Portugal y a los portugueses en la persona de Diego Cao. Una relación amistosa se estableció entre Nzinga Nkuwu y el monarca lusitano. Este le mandó artesanos, albañiles y carpin­teros para construir una iglesia, y Nzinga Nkuwu se convirtió al cristianis-

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mo. Más tarde su descendiente Nzinga Bemba, bautizado con el nombre de Alfonso I, llamó a su capital Kongo Mbansa, San Salvador. Hubo pues, iglesia -e iglesias- y congos cristianos, a comienzos del siglo XVI.

Doña Guiomar, la negra de la comedia de Lope de Rueda "Los Engaña­dos", responde al preguntarle Gerardo, uno de los personajes, "¿Qué, aqueso de casar? ¿Ya no quieres ser monja?

—No siñor, que tenemo una prima contritana religiosa monja priora Abadesa allá mi tierra de Manicongo muy honrada. Yo siñor queremo murtipricar mundo".

De aquellas tierras que bordean la bahía de Biafra, mortíferas para los hombres blancos en los días de la trata, vinieron muchos esclavos a Cuba. También se les llamaba generalmente, carabalíes —semi bantú— y proce­dían de numerosas "tierras" hoy mismo bien conocidas de los ñañigos, por lo que podríamos llamar la Leyenda de Oro de los Abakua: Efik, Ekoi, Bibí, Ibo, Abaya, Suama, Ota, Eluyo, Isieke, Briches, Okankua, Bríkamo, Agro, Ososo, Brasi, Kuna, Nklentati, etc. etc. Estos Carabalí nos dejaron su música, sus dialectos en las sociedades secretas de los abakuá, las confrater­nidades, "Potencias", "Juegos" o "tierras" de ñañigos, que funcionaban hasta hace poco en Cuba, muy perseguidos por el régimen comunista, que los ñañigos rechazan.72

Eran, como dicen ahora los exiliados cubanos que asesinan el español, "controversibles". En tiempos de la trata se les elogia como "laboriosos y formales", o se les tacha de "holgazanes, negligentes". Irascibles, difíciles, desobedientes. Como los makuá, "más graciosos y listos que ellos", de acuerdo con Herrera, convenía vigilarlos: Tifi tifi (robaban) y huían al monte.

"En su tierra eran candela, y aquí no eran dóciles como otros africanos. Usted habrá oído decir que los carabalí comían gente, y de veras que la comían. No era broma. Eso se llama tropófago. Los mismos bibí lo conta­ban. Recién llegados había que menearles el guarapo (azotarlos), pues algunos eran más haraganes que la quijada de arriba".

Este juicio sobre los carabalí concuerda con el del francés Massé, que comparándolos a los senegaleses -los mandingas— dice que "son menos finos y de costumbres menos dulces", y anota lo que ya sabemos por los mismos negros, que la mayor parte de los aguadores de La Habana -el agua se vendía a domicilio en botijas que horros y esclavos llevaban en carretillas—, eran carabalís briches, que califica de orgullosos y taciturnos, con hondas escarificaciones a ambos lados de la frente.

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Había aguadores negros en toda Cuba: en Santiago, eran negras las que repartían el agua potable.

Pero no siempre fue tan severo el juicio que merecieron los carabalí. Si sobre sus cualidades y defectos no coinciden los autores del pasado que anotaron lo que de ellos escucharon en las haciendas u observaron por sí mismos, los viejos documentos vivos que he consultado están unánimemen­te de acuerdo en un punto: en la ahorratividad pasmosa del caravalí.

"En ese estado de servidumbre amasan un pecunio del que saben muy bien usufructuar" (X. Marnier).

No es de extrañar que entre ellos se contasen tantos horros, producto de su notoria cicatería y su avaricia. Los congos les llamaban buimi y los criollos "Alejandro en puño". Verdad que los negros de nación en su mayoría no gastaban como los negros criollos —"derrochadores"—. Sus necesidades eran pocas, sus placeres... se reducían a beber malafo u otí -aguardiente-, a fumar tabaco, tabaco jorro, apagón, y por supuesto y sobre todo, a bailar.

"Los criollos, manirrotas y refistoleros, se burlaban de ellos, porque hubieran preferido morir de hambre a sacar una moneda de la muña lungat de la botija". Se reían y los envidiaban, decía Melitón que tenía sangre de suama. Calazán cuenta que no había carabalí que no contara con sus ahorritos —"la pavita echada"—, y los de algunos eran de importancia. Se acordaba de carabalís aparentemente tan miserables que era imposible sos­pechar que poseyeran el caudal que se les descubría al morir.

"En Suárez 81 vivían dos carabalís libres. Marido y mujer. Los dos vendían billetes de lotería. El enfermó, quedó ciego y murió poco después. Ella, Ña Francisca, dejó la venta de billetes y se puso a despachar bollos y chicharrones en la Plaza Vieja. Así se ganaban la vida muchos horros y esclavas que trabajaban para sus amas venidas a mal y con el tablero en la cabeza vendían dulces por las calles. La ahijada de Ña Francisca se ocupaba de ella. Pasó algún tiempo y Ña Francisca enfermó. Juana le llevaba el caldo a la Madrina y la cuidaba pensando que ya tenía edad para pasar a mejor vida y ella era su ahijada. Sin embargo Ña Francisca no murió. ¡Doló ya pasa! dijo un día y volvió a sus quehaceres. El bodeguero Rufino, dueño de "La Tía María", también se ocupaba de la carabalí, y la vieja le dio a guardar al gallego los papeles de sus propiedades.

Una mañana, como era su costumbre, Ña Francisca no fue a la bodega, ni al día siguiente tampoco. Rufino fue a ver lo que pasaba; tocó y tocó la puerta. La forzó y encontró muerta a la vieja. Mi madre vivía al lado de Ña Francisca, y por la mañana mi padrasto me contó en la tabaquería, lo que había ocurrido, y que los vecinos estaban cogiéndose el dinero de la muer­ta. A Juana la Grande no le avisaron. Salimos a la azotea de la casa de mi

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padrasto y por una claraboya entramos en la de Ña Francisca; brincando y trepando como los monos, salimos flechados con sólo ocho onzas que pudimos robarnos. Al novio de la ahijada de Ña Francisca, Juan Bacalao, le entregaron después, para que se lo llevara a Juana, de recuerdo, el espejo de la Madrina. El novio, al llegar a una esquina, porque le pesaba mucho, lo apoyó en el suelo para descansar, y salió un montón de centenes. En lugar de ir donde Juana la Grande, el novio se guardó el dinero. El bodeguero se quedó con las casitas. A mí me tocaron cuatro onzas; a la mitad con mi padrasto. Aquellos viejos guardaban los doblones y los centenes dentro de laticas, disimulados bajo una capa de ceniza. Era también costumbre escon­der el dinero detrás de los espejos, o en botijas debajo de las losas del piso".73

"En Misión 73 se enfermó otra morena carabalí, Teresa. Esta en vez de ahijada tenía nieta. Julián Pacheco, el encargado de la cuartería no le avisó a la nieta, dio parte a la Alcaldía y la llevaron al hospital de Paula. Teresa fue con un burujoncito muy apretado debajo del brazo. Cuando el médico le dio de alta, la morena, que era fuerte, empezó a gritar como una endia­blada: ¡mi moja! ¡ay mi moja! ¡yo no se va sin mi moja! Había llevado su almohada, su moja; en la almohada guardaba su dinero... y la almohada, busca que busca, no apareció.

¡Galán, galán! Pues señor yo trabajaba en la trapería de un americano; paleaba huesos. Allí se recogían trapos y se echaban en un tanque con unos líquidos, para hacer papel. Un día los chinos traperos arman el gran escándalo. ¡Una almohada con dinero! La reserva fue a ver y a coger lo que podía. Yo también cogí. La almohada tenía listas azules y rojas".

Sobre todo los pordioseros carabalí eran los que al morir dejaban muchas veces escondidas en sus covachas cantidades sorprendentes.

Estos carabalíes, hombres y mujeres, trabajaban con ahínco para com­prar su libertad,74 y llegaban a ser propietarios, en las ciudades, de casas y pequeños comercios, y en el campo de sitios y estancias que arrendaban, y de esclavos. Fueron con estos tan crueles que con mucha frecuencia inter­venían las autoridades y les prohibían que los tuviesen. Tampoco era raro que el negro esclavo, humillado, brutalmente maltratado, se vengase de su amo negro, dándole muerte.

Entre los negros de mis inolvidables tertulias de Pogolotti, se comenta­ban los abusos que cometían los horros, "que compraban esclavos para sacarles las entrañas".

"Por cada fuetazo que le zumbaba un blanco a su esclavo, el negro descargaba diez sobre las costillas deljjuyo".

"Ser esclavo de otro negro... no había mayor desgracia. La muerte, negro arrendado por negro. Más bárbaro que un mundele (blanco) para pegar".

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"Ningún esclavo de negro se cohartaba".

Aquellos y otros que son mis fuentes y cuyas palabras reproduzco sin alterarlas, no habían olvidado la crueldad, el rigor implacable de una Ña Francisca, carabalí, abuela, al decir de ellos, sin que me conste, del violinis­ta Brindis de Salas, que vivía en la calle de Águila, "casa con fachada de madera; no sabía leer ni escribir, como la mayoría de las mujeres de entonces, no digamos las negras, ¡ni las señoras de estrado! sabían. Pero Ña Francisca tenía rentas de casa, profesor de piano, ¡caray! y esclavos que no perdía ocasión de moler a palos".

Una casa de huéspedes en Teniente Rey No. 3, era propiedad de una negra, dueña además de muchos esclavos. No se dijo de ella que fuese mala con sus "eru".

En cambio, pretendían que otra carabalí llamada también Ña Francisca que era manca porque en una ocasión le pegó un bofetón a un blanco de alto rango, y fue a dar a la picota, donde en castigo le troncharon una mano, era muy odiada por los de su raza. Parece que el nombre de Francis­co y Francisca, gustaba mucho a todos los africanos. Otra Ña Francisca horra acomodada, que no era carabalí sino lucumí, insistía mi informante, era la misma a que se refiere un canto que acostumbraba a enseñarse a los niños de mejor cuna, nada a propósito por cierto, y que formaba parte con el "pollito" o la "pavita", del repertorio infantil de gracias obligadas que hacían las delicias de los mayores.

"A ver nene, di esos versitos que tú sabes"...

María Francisca la lucumí

tenía una cosa tamaño así

no son mentira que yo se la vi.

Y la criatura, a quien esperaba una salva de risas, indicaba con sus manitas, guiñando los ojos con sorprendente malicia, el tamaño y el lugar inconfun­dible en que se hallaba aquella cosa tan grande que tenía María Francisca, que fue igualmente famosa por su dureza.

La criandera de una actual septuagenaria nos dijo que "se enseñaba a los niños otros versitos de María Francisca, pero no hacían tanta gracia". Por ejemplo:

María Francisca...

¡No me lo diga que yo la vi

robando papa y ajonjolí!

La nieta de Ña Francisca, la rica carabalí, contaba quizás exagerando un poco, las atrocidades que cometía su antecesora y se felicitaba de haber

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nacido después de su muerte. Decía que cuando ella misma castigaba a sus esclavos, no paraba de azotarlos hasta que veía brotarles la sangre.



La madre de Yeya, eterna censora y contradictora de Bamboche, fue amiga de Ña Francisca, y la recuerda, al final de su vida, "ojijunta, seca, los dientes limados en punta, y muy perra; la cabeza echa de lado y abriendo las narices". Yeya también se acordaba de otra carabalí que murió en pocas horas retorciéndose en convulsiones, por haber despreciado a un lazarito —nianga le llamaban los congos a la lepra— que le pidió una li­mosna.75 Como en la Edad Media, el leproso, a los ojos del negro y de nuestro pueblo, era sagrado, y a consecuencia de este sacrilegio murió Ña Francisca. La lepra es una enfermedad sobrenatural que manda Nsambia. Así decían que Nfuá Insambi —morir por Dios es morir leproso.

Por violenta y despiadada, todavía recordaban los viejos a Inesita Ceba-Uos, que tan duramente castigó a su esclava María de la Luz, porque le sirvió la comida baja de sal, que la ley se la quitó. "Martínez Campos le dio la libertad a la pobre María de la Luz".

" ¡Ah! Martínez Campos, ese fue un buen español, aunque decían que tenía sangre cubana. Por eso quería a los cubanos. Cuando la primera guerra contra España, él estaba aquí tratando de tranquilizar los ánimos. Había un carnicero que tenía una cotorra que colgaba de la ventana de su casa, y cada vez que la cotorra veía pasar los soldados para San Ambrosio, gritaba clarito, clarito, ¡Viva Cuba libre! ¡Arriba muchachos! ¡Al mache­te, al machete! Le valió al carnicero que era Martínez Campos quien man­daba, y yo creo que por eso no le apretaron el pescuezo a la cotorra y a él no le hicieron nada. ¿Sabe como le llamaban los congos a Martínez Cam­pos? Nfumo Nbanza Baña".

Esta cotorra me recuerda la de unos amigos muy monárquicos que en Madrid, en vísperas de la guerra civil española, gritaba desde su balcón: ¡Viva Cristo Rey!

En esa Habana colonial en la que tan sórdidamente se habían enriquecido muchos carabalí, inolvidable para mis viejos cronistas, pululaban los men­digos de todos colores. También los había en mi niñez y me acuerdo perfectamente de los limosneros de mi barrio: de sus peculiaridades, de su léxico, y sobre todo de una mujer blanca, pequeñita, muy delgada, de edad indefinible y expresiones muy cómicas, llamada Pichincha. Me contaba que aquellos limosneros de la Calzada de Galiano eran compañeros y se lleva­ban bien sin quitarse nada los unos a los otros, aunque a veces discutían. Si la discusión era con ella, Pichincha se llevaba las manos a la cabeza,.decla-

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raba que le dolía mucho, y desaparecía. Un día, en el portal de mi casa, mientras le entregaba a Pichincha una peseta que yo a mi vez había pedido, apareció un limosnero desconocido, un ciego que se apoyaba en un bastón. Al pasar junto a nosotras se detuvo y le alargó la mano: " ¡Perdone herma­no!" respondió a su gesto Pichincha, echando la cabeza hacia atrás con aires de gran dama ofendida. ¡No volví a ver a aquel intruso!

Muchos de nuestros mendigos tenían una gran personalidad. No lo du­dará quien conoció en La Habana a la peripuesta Marquesa y al Caballero de París, con su capa negra y su cabellera a lo Luis XIII.

Pedir limosna no era una mala profesión. Se encontraban pordioseros en todos los barrios habaneros, y conocí a los de la iglesia de Monserrate en Galiano y a los de la iglesia de la Merced, en la calle de Habana. Se situaban en las puertas de los templos, de los comercios y edificios públicos, en las aceras de los cafés y teatros, en los mercados y paseos. De los pobres de nuestra parroquia recuerdo alguna vieja anécdota: las negras asistían con puntualidad a las misas, y de una de ellas, especialmente beatona y a todas horas rezadora —callada sus labios abultados se movían sin cesar marmu­llando oraciones—, decían que un domingo que se había colado un perro callejero en la iglesia, sin interrumpir su Ave María, le había advertido a un niño que se hallaba cerca de ella:

Dios te salve María

Llena eres de gracia

El Señor es contigo

Bendita tú eres...

¡Eh! Niño, espanta ese perro

que se mea entre todas las mujeres

y bendito sea el fruto de tu vientre,

Jesús.

En la Merced, otra limosnera al fijar la atención en un colega harapiento que se dirigía hacia el altar, no pudo contenerse y exclamó en voz tan alta que la oyeron otros fieles:



¡Jesús, María y José Todo aquello se le ve!

¡Sí que era una ocupación socorrida y apacible la de mendigo! Y lucrativa cuando se acompañaba de la venta de billetes de lotería. Y tanto mejor, si el limosnero, negro o blanco, era gracioso; eso le valía más que exhibir algún defecto físico, un pie deforme o una hermosa llaga, una "ñañara"

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sobre la que valseaban las moscas y libaban un licor acaramelado.



Dejar vacía la mano que se nos extendía suplicante sin depositar en ella aunque fuese una calderilla, eso, no socorrer al pobre, todavía se llamaba en mi infancia "un contradiós", era ofender a Nuestro Señor.

Entre nosotros la caridad era entonces un principio que se inculcaba al individuo desde que empezaba a razonar. Ese espíritu cristiano que impreg­naba una vida sencilla y estable, unas costumbres patriarcales, perduró bastante tiempo después de la Independencia. No pretendo embellecer el pasado; mas léanse los viejos testamentos en los que casi nunca falta un legado para los pobres o la "carta de libertad" para el esclavo, y a falta de testamentos, simplemente evoque y analice quien tenga edad suficiente y pueda hundirse en sus recuerdos, lo que en ese aspecto humanitario a que me refiero, fue la sociedad cubana. La caridad, esta bella palabra que ha desaparecido del lenguaje corriente por humillante, se practicaba en aque­lla Cuba que ha muerto, en una forma personal, íntima, cálida y espon­tánea. Digamos que mucho más recatada y sincera que la que funcionaba después, cuando imperaron los cronistas sociales, alabanceros desmedidos. No eran los ricos, como se pretendía, invariablemente "malvados" y egoístas, sin negar que algunos lo fuesen y lo son —sobre todo los nuevos—, y a sentirse altruistas a los nuestros no los impulsaba ninguna ventaja, como la exención de impuestos, ni exclusivamente la vanidad; lo cierto es que el cubano rico o pobre, de rareza dejaba de mostrarse compasivo.

En el pasado fue tradicional en las familias acomodadas de toda la Isla, dedicar un día de cada mes a socorrer a los menesterosos. Era "el día del pobre". Me acuerdo de los que desfilaban de dos a cinco de la tarde, subiendo y bajando la alta escalera de la casa de mis padres. La dádiva la entregaba, muchas veces, la dueña de la casa en persona, y en su ausencia una criada de toda confianza que venía a ser como un miembro de la familia. En Guanabacoa, declarada Villa con escudo de armas desde 1743, antaño lugar de temporada de la aristocracia habanera —eran famosos los baños de Barreto y Santa Rita—, Doña Dolorita Pedroso, sentada en la ventana de su casa se complacía en socorrer a cuantos indigentes acudían a pedirle, y no había para los protegidos de cada familia, discriminación racial. Con los blancos necesitados, los antiguos esclavos, viejos y queridos servidores, hijos o nietos de éstos figuraban en un plano de igualdad en la nómina y en el afecto. El "día del pobre" en los hogares cubanos acomo­dados, y repito, a lo largo de toda la Isla, era una institución que habla a favor de nuestros antecesores. Daban prueba de una bondad que no deja­ron de reconocer los que más criticaron nuestras costumbres. A pesar de su mala lengua, Demoticus Philalethes, pseudónimo de un cubano que ridicu­liza a algunos aristócratas y nuevos títulos de entonces, escribe en sus

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"Yankee Travel Through Cuba", 1853: "Es costumbre en las casas de La Habana distribuir los sábados pan y viandas a los pobres,76 y muchos mendigos van a buscarlos. Lo que algunos desaprueban, pues creen que es la vanidad más que la caridad la causa verdadera de este proceder, pero no puede negarse que esta virtud es general en toda la Isla. Y se me asegura que muchas familias pobres son mantenidas por personas ricas que les dan de treinta a cuarenta pesos77 mensuales, y esto en el mayor secreto. Siem­pre se han hecho suscripciones para obras caritativas y siempre la suma que se necesita se recauda en dos o tres días".

Los autores norteamericanos e ingleses que con menos simpatías juzga­ron a los cubanos considerándolos españoles, no pudieron negar que "los animaban sentimientos de bondad", y reconocen que la hospitalidad era una cualidad común a todas las clases sociales del país, aun a las más desprovistas.

Las altas hacían muy grata y económica la estancia en la Isla a los extranjeros. Sus hoteles solían ser las casas particulares, donde bastaba para que se les recibiese a mesa y mantel, unas líneas de presentación de un amigo; y algo que hoy nos pondría los pelos de punta: cuando se creyó en Norte América que la tuberculosis se curaba en climas cálidos, muchos tísicos vinieron a Cuba —"Cuba for the Invalid",78 buscando la salud perdi­da que, por supuesto, no recuperaban, las puertas de los criollos y españo­les en La Habana, y en ingenios y cafetales, se les abrían de par en par.

Por su clima insuperable, único en el mundo a juicio del Dr. Physician, Güines, y Matanzas, la Cumbre, se vieron muy favorecidas por estos enfer­mos de los pulmones, a quienes es posible que nuestro clima "insuperable" les adelantase la muerte.

Ni tampoco pudieron negarles que eran corteses. —Un autor creía que las buenas maneras que advertía en los criollos se asemejaban a las francesas—. En efecto, la cultura francesa predominaba en los medios más educados. La gente culta hablaba el francés y el inglés, y con preferencia el francés.79 En algunas familias las institutrices francesas para las niñas, eran buscadas, y los hijos se enviaban a estudiar a París, a Lovaina, a Madrid, y por la cercanía, más tarde, a los mejores planteles de Estados Unidos.

A otros extranjeros —norteamericanos— en cambio, les parecieron exce­sivas las reglas de la etiqueta española, los cumplidos, las fórmulas corrien­tes de cortesía, algunas de las cuales aún las empleaba el pueblo en este siglo. Si se celebraba un objeto o un animal, el dueño decía: está a su disposición, o es suyo. La respuesta indicada era: gracias, no puede mejorar

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de dueño. Así pudo comentar un anglo-sajón, que de haber aceptado todas las casas y cosas que se le habían ofrecido en Cuba, sería el dueño de una inmensa fortuna.



Otros confunden la amabilidad congénita del criollo con un fingimiento que denunciaba la procedencia española, y por consiguiente condenable como todo lo español. Con esto, se hacía patente el desconocimiento del carácter español, pues se les puede echar en cara una áspera franqueza que no concuerda con la untuosidad de la hipocresía.

Es verdad que en la vecina Gran Democracia que describe Mrs. Trollo-pe,80 que era alérgica, no lo disimula, a la patria de Washington y Jeffer-son, la cortesía solía brillar por su ausencia, solía no, estaba absolutamente ausente, afirmaba Mrs. Trollope. Pero la reemplazaba, y tenía sus admirado­res, una grosería sincera, genuina, que era una de las formas de expresar el "american citizen", sus ideales materialistas e igualitarios. "La ordinariez es de rigor", observan también otros autores menos severos. Hay que con­venir en que no era lo más exquisito de Europa lo que cruzaba el Atlántico para engrosar el "melting pot", el zambullo.

"Todas las ofensas que entraña la grosería pueden explicarse como el reconocimiento de un derecho que se debe a la igualdad", escribe la Con­desa de Merlin, que a propósito, le brinda un ejemplo de la educación yankee a su amigo M. Piscatory relatándole su viaje en tren de Washington a New York: "Durante el trayecto mi vecino decidió apoyar en mí su espalda. Lo rechacé con suavidad. No se dio por enterado. No se movió. No porque tuviese la intención de ser impertinente, sino porque así se sentía más cómodo. Ante eso, mi compañero de viaje, español por la sangre y francés por la educación, palideció y enrojeció. La indignación le brotaba por los poros. Apretó los labios y sus ojos echaron fuego. Yo temblé. De pronto, afectando calma, extendió las manos y apoyándolas en los hombros del tipo, tranquilamente lo puso en el lugar que le correspon­día.

—Si me hubiera encolerizado, él no hubiese comprendido nada.

Estos hábitos, efectivamente, aquí son corrientes, las malas maneras no se califican de insultantes: los golpes se pagan con golpes, el resto, con dinero. La moral, el orden, la virtud, la religión".

Leemos en "Gan Edén" el asombro de una americana que por el año 1850, en un café habanero, al pedir al camarero la cuenta del helado que había tomado, éste le respondió que lo había pagado un caballero que ya se había marchado. La americana, que era bonita, y en los comienzos de su estancia en Cuba se enfurecía por losjñropos que descubriéndose a su paso le lanzaban los cubanos: "¡Vaya con Dios, bellísima americana! ¡Viva América!", no tardó en acostumbrarse a ellos.

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Los juicios e impresiones que dejaron escritos los que viajaron y residie­ron en los Estados Unidos sobre el estilo de vida americana, de un "tedio magnético", como dijo Charles Dickens, (donde para alegrarse siempre hubo que recurrir al alcohol), las reseñas de acontecimientos cotidianos —robos, fuegos, violencias, alcoholismo— asombran porque no han perdido un ápice de actualidad y permiten pensar que en la pequeña colonia espa­ñola había más civilidad, más refinamiento.

Cuando en la nación grande que se apresta a celebrar sus doscientos años de independencia, demasiado pocos para ser leader del mundo, sufi­cientes para haberlo trastornado, comenzaron a usarse los tenedores, pues habitualmente se empleaba el cuchillo para comer y servirse, y esto tan tarde como a mediados de siglo, por los días en que nuestra Condesa de Merlin redacta sus cartas de New York, Washington y Philadelphia, que no aparecen en la traducción española del "Voyage á la Havane",81 prologadas por la Avellaneda, ya hacía mucho tiempo que en las mesas de la nobleza y de los ricos cubanos figuraban las más delicadas vajillas de porcelana, los más finos cristales y servicios de plata maciza. Los inventarios tan detalla­dos que aparecen en los testamentos anteriores a esa época, dan buena fe de la afición de los señores a comer bien y a ser servidos con lujo.

Contemporáneamente, de sus recepciones y comidas no recuerdo haber leído ni oído nada en Cuba, semejante a las observaciones de la terrible Mrs. Trollope. Por ejemplo, que las señoras cubanas tuviesen que cuidar, como las americanas, que los escupitajos de los "gentlemen" que mascan tabaco, no manchasen sus faldas.

Había ya verdaderos señores en Cuba, la lista sería larga, cuando los "wealthy citizen" americanos empiezan a desear pulirse. La visita de algu­nos aristócratas europeos, como el Príncipe de Joinville, los deslumhra, y de la década del cincuenta al sesenta, se imprimen en U.S.A. cientos de tratados de urbanidad y surgen avispados genealogistas buscando anteceso­res a los que no sabían quiénes eran sus abuelos.

No dando cabida para más el "May Flower", por cien dólares entronca­ban con una familia real al cliente que recientemente había aprendido en un "How to Behave" que era incorrecto sonarse las narices con los dedos y, lo que el más humilde peninsular o criollo no hubiese hecho jamás —era la peor de las groserías—, permanecer con el sombrero o la gorra calada en presencia de una mujer.

Quizá muchos cubanos se negarán a creer que el entonces activo, sucio, mal oliente New York de los landaus, faetones, coupés y ómnibus tirados por cuatro caballos con capacidad para veinte pasajeros, infestado de ratas, sus calles82 llenas de basuras que limpiaban los cerdos que andaban sueltos por la ciudad y eran los barrenderos, su pueblo sucio —pues no se baña—,

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sus cafés y teatros con los suelos cubiertos de escupitajos, era inferior a La Habana en higiene, maneras y prestancia.



Claro que la higiene es relativamente moderna, y que La Habana del siglo pasado, estaba lejos de ser lo que se dice una patena. Más limpia sin embargo, que la actual, que no se le muestra a los turistas.

En contraste con aquellos vecinos para los que sólo contaba el dinero, un francés define al hispanocubano: "cortés y consciente del honor; la cortesía y el honor constituyen esencialmente el carácter de un castella­no".

Fino, espontáneamente amable y servicial era en su mayoría el pueblo, y esas cualidades siempre pude apreciarlas en mi país, a cada paso. Corteses también eran los negros, y no creo mentir ni exagerar al decir que aquellos que conocí en mi infancia eran tan bien educados que hoy al lado de muchos blancos nuevos ricos, parecerían ellos los señores y servidores los flamantes ricachones. No eran menos afables y atentos los montunos, los que aun, en el campo, se expresaban como bozales.

Cuando Teresa de la Parra visitó La Habana quiso conocer a una hija de lucumí, que vivía en un solar, de la que le había hablado mucho. La viejita, que era encantadora, nos recibió con una naturalidad y una gentileza que nunca olvidó Teresa y al despedirnos dijo textualmente:

" ¡Dios mío, que hoy esté yo tan pobre que no tenga nada que ofrecer a las niñas que se han molestado en venir a visitar a esta pobre vieja!" Contrariada se llevó la mano a la frente. ¡Ya sé!, exclamó de pronto alegremente, y asomándose a un patio central largo y estrecho lleno de tiestos, bateas y fogones, le gritó a una vecina.

" ¡Fulana, hazme el favor! Trae acá uno de tus pollitos para regalárselo a las señoritas". Y con un pollo vivo, pues no nos quedó más remedio que aceptar el obsequio, tuvimos que cargar hasta llegar a casa.

De casta le viene al galgo. La amabilidad, la cortesía eran virtudes de los lucumí, para quienes, como es sabido, la hospitalidad se consideraba un deber, y yo había ido a verla acompañada de una extranjera.



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