Obras publicadas de ltdia cabrera



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matoko, le llamaban al tambor pequeño, al alcahuete. Acompañaba a la makuta un coro de cantadores. Eran los mismos bailarines. El que levanta­ba el canto se llamaba Gallo Makuta. Los bailarines, hombres y mujeres, le respondían al Gallo o gallero, plantado en medio de un corro de cantado­res. Era un baile agitadísimo.

CHakrichá

Chakrí Chakrichá...

—Tambó la muli (la muía) observa la viejita Juana, decía:



Kitán kitán

y junto lo tré

Ande tu vá pera yo

Allá requina baracó

¿Quién son picaro como tú?"

No pocos de mis informantes alcanzaron el glorioso Día de Reyes; frecuen­taron los Cabildos, "los reinados", bailaron y cantaron makuta. ¡Ki tumbo y alelé lele úm!

"Los primeros Cabildos que salían el Día de Reyes eran de los Congos Reales; los Mumbata y los Ganga. Iban al Palacio del Gobernador con un parasol enorme y llevaban los tres tambores: Llamador, Muía y Caja. Decía el llamador: Kimbán kimbán kimbán. La caja: Kereketeketén kereketeke-tén kereketeketén. El conjunto: Kimbá kimbá kimbá. El que toca los palos al pie de la caja, ese no se divertía.

Siempre había sido así, los primeros que desfilaban eran los congos; después iban los demás Cabildos, el lucumí, el Rey lucumí vestido de blanco, con ideripón (gorra roja), y a caballo; el arará, el mandinga, el carabalí. Los criollos llevaban una botella para pedir el aguinaldo. Canta­ban: ¡sácalo, sácalo que está escondido!, y los que les daban metían la moneda en la botella.

Cada congo tenía su baile. Muy bonito aquel que se bailaba con un gato disecado". Todavía estaba en pie, en el pueblo de Jovellanos, en la calle de San Lorenzo, la casa donde los congos daban sus fiestas, y en ella se bailaba ese baile "tan bonito" que gustaba a Bamboche. Era el Cabildo de los Congos Musunde. Debajo de un altar escondían su "fundamento" (ob­jeto de adoración). Un gato "albino" adornado con cintas y cencerros, me

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describen los que lo vieron. Cuando el Rey y la Reina bailaban, el Rey luciendo chaqué y bombín, se colgaba el gato de la cintura. Mientras bailaba nadie podía decirle una palabra, ni él debía hablar. En el tambor se ponía una señal. El Rey, se dirigía al tambor, daba dos pasos con cada pie, con una inclinación de cabeza saludaba al tambor y se volvía a la concu­rrencia y saludaba. Después avanzaba la Reina seguida de tres damas. Una la abanicaba, las otras dos llevaban la larga cola de su bata. Describiendo los mismos pasos que el Rey saludaba desde lejos al tambor y a la concu­rrencia. Entonces comenzaban los cantos:



Ma Rosario Ma Rosario Congo tá acabando...

Ma Rosario se llamaba el "Fundamento", es decir, el gato.

La casa que ocupaba aquel Cabildo era propia, y los congos celebraban sus fiestas públicamente. El Alcalde de Jovellanos, Don Francisco Gonzá­lez, era muy creyente. Les fabricó aquella gran casa y les .concedía todas las licencias que le pedían. Para saludar a los Reyes en los Cabildos congos, se repicaba el "San Guisao", un toque así llamado y exclusivo para S.S.M.M.

"Cuando los lucumí terminaban su fiesta, despedían a los Ocha y les daban las gracias con un canto; nosotros le dábamos gracias a Nsambia. Mamá Yamba bailaba y cantaba; llenaba su delantal de maní,



¡Je de je de jededé! y la conga le tiraba a los asistentes puñados de maní.

¡Je de jé dé jededé! Pina junka bai Santo Miniyó ¡Je de je de jededé!

La otra noche soñé que estaba con todos ellos oyendo cantar makuta: Nto tó tolíyayéyayé..."

Cuando se daba fin a un toque de yuca, me aseguraba una viejita "can­camusa", el tambor decía clarito, clarito:

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"Isaura lechuza Cernícalo fremboyán Avisa mayorá Que ya la fleta s'acabá".

Los toques más antiguos del tambor yuca, "los verdaderos", opinan Niño de Cárdenas, Juan O'Farrill, Herrera y Baró, eran los de Wataba, Watawa o Walubia, genuinamente africanos.

La Watawa -Kongrí Watawa-, dejó de tocarse; pero los viejos no olvi­daban que sonaba:

Ki Ki Kirijin ki Kejin kejín Ki kiri Jin.

Después reinó la Manawa de los criollos, y a fines de siglo el Kendeke o Muralla que acabó con la Manawa.

La Tahona era toque de rumba y "fue la madre del Kendeke y abuela del Wawankó. Era la rumba de los antiguos".

"Cuando yo nací"', dice Niño, "los congos apenas tocaban Tahona; pero de aquella tahona salieron los pasos de la conga, sí, de las congas de hoy para arrollar. Todo lo nuestro viene de atrás".

"Wawankó

Koromiya ¡Oh! Wawankó koromiya...

sí que bailé mucho.

La manawa se cantaba en todas partes. Sabá Caballero no era negro ni congo. Era mulato, pero hablaba como un congo y fue el Caruso de la manawa. Iba de una finca de Guamutas, en Matanzas, a cantar a San José de los Ramos, y cantaba de la mañana a la tarde, en congo y con los

congos.


Sabá andaba sin zapatos y los llevaba colgados de un hombro, y a la vez era muy elegante. Ombere, decía, pero hueso kangoma, burujo é... (Yo soy hueso kangoma.)

le mulero npongalán bié en la muía. (Muía se refería al tambor; que suene bien la muía.)"

Juan, entre otros, me canta esta manawa,



"Pero poco makerato Si guarina pide ngoma

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Ngoma no pide día domingo



Pero poqué motivo alacrán para rabo abajo ngoma

Cucaracha que tá bajo yagua

Si eteneme tiene diente

Cuenta hueso caliente

Kata pare ngondubiola

¡Ehl kindoki chamalongo tu kuenda

E wé He weíle blanco yo malo

Kuenda negro él lo manda mata

Kuenda chino él lo manda mata"...

Esta manawa, dice Juan después de un silencio, es del tiempo del cometa, aquel que metió mucho miedo, y ahora también me acuerdo de otro cántico.



Tata Perico ven acá

¡Júm!

Cuando cometa te salí ¡Ay ay! ya yo fu íriri!

quería decir, cuando salga el cometa me moriré".

Al anunciarse la aparición del cometa Halley se produjo un verdadero pánico en todo el país, pues ésta coincidiría con el fin del mundo, y el pueblo así lo creyó.

Grandes "manaweros" fueron el poeta congo que ya hemos menciona­do, Sabá Caballero, Ta Antonio y Mariano Oviedo del ingenio Saratoga, propiedad de un francés "Musiú Payet".

"Había en aquel ingenio un negro cimarrón incorregible. Era Mariano Oviedo. Musiú había dado orden de atraparlo y que se lo llevasen. Los Civiles (la Guardia) lo prendieron y lo metieron en el calabozo del Sarato­ga. Alguien le dijo que la Guardia iba a matarlo y entonces, Mariano Oviedo, en su calabozo, sacó este canto.

Hé lé lé soldao pañol no mata yo

Musiú Payet va mata yo Mariano Oviedo

No, no mata yo.

La dotación lo oyó cantar, se amotinó y pidieron en balde que lo perdona­ran. Musiú Payet desapareció. Castigaron a Oviedo. Murió, y poco tiempo después de su muerte a Musiú Payet le cayó la mala. Empezó a perder, a

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perder, y se arruinó completamente".

En aquellos alegres toques de manawa se producían lo que llaman mis informantes "porfías", que por los disparates que se oían provocaban la hilaridad de la concurrencia.

"Decía uno de ellos: Bibijagua mocha grano.

Respondía otro: Y mancaperro lo bota pa fuera.

—Y vueta riba nom hay ná.

—Yo taba yá.

—Por ese mimo motivo ya peje morí pó su lengua.

—Lagartija son sivisiante (sirviente).

—Otra vé yo taba allá. Vueta riba no hay ná.

—Juruminga61 é caballero...

En una de esas "porfías" se emperró un congo, que ya no podía más y

dijo:

—Cuando yo llega la Cabildo cotesía é lo primero. Bueno día tó lo Tata. Bueno día tó lo Mama. Saludando a mi Madrina. Saludo Nsambia poque mi madre son cotudera que ensarta un gúja siete legua. (Una aguja a mucha



distancia.)

El "gallo", un cantador que debía tener buena voz, se plantaba ante los tambores y "escribía". Escribir se llamaba el solo que entonaba y que coreaban los asistentes. "Otro gallero le arrebataba el canto, y se decían y se contestaban durante horas a puya va y puya viene. El criollo escribía improvisando. Las que más gustaban, las que hacían reír más a la gente, el autor las repetía y el público las aprendía". Se escribía (improvisaba), muy aprisa, y Juan, que tuvo "un gran pecho de gallo manawero", con su vocecita apagada, tampoco ahora puede detenerse para facilitarme la empresa de anotar sus cantos, "pues pierde el hilo de la retahila":



El ingenio la Gambolina

Ya la caña con volante

Ahora boyero la Polina

Echó vara arriba ngombe

Yo brinca volante. Entra Pancho Patinanga

Jutía tá en el monte. Gato pidió zapato

Jutía le contesta que no tiene bodega

Mañana si Dios quiere me voy casa Carnero

Pa que me preste su cayuca

Carnero me contesta que no pué prestar cayuca

Po que el día que cielo truena ¿con qué va toca su casco?

Tata Kian Kémbo yo lleva tré día

Conversando lo gallo abajo la loma

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Cabecera Kián Kembo si no siete luyande



Bakalán pemba ngo mandembo tuá rire

Mañana día Domingo tó la mayoca nía Manuela

Si no siete bangrima, día mundele bangadián

Si no es por eso mundele boberiame.

Nguembo kereto kubulanga Guen bué kereto angué nboe, kubulanga

Sakana cuento sakananga Yo brinca lusansa yo encontró nkala boca abierto

¿Cómo nkala no me muerde? Si yo habla mentira Siete Rayo uno huevo

Sambilán Sambianpunga Karabali wako matan wuan congo imbange

Lumueno va kánga mbua, ¡cucha bien!

Kolongu yaya. Cabeza negro viejo bueno pa la kiyumba

Y cabeza de Aura Tinosa bueno palo pa kindembo.

Cosa yo vito nunca vito

Mi padre son jatero enlaza toro con insengo

Mi madre lavandera nsukula lele munantoto

Mi marina coturera ¡cosa yo nunca vito!

Ensata guja bajo nube

Bueno biyaya, sube palo. Nunca angarra con la mano.

Ndile vamo la Baña a bucá tela real, porque aquí tienda

Don Pancho no vende má tela a real.

Gallito, abrí kuto, guiri mambi.

Cucha como yo kimbila Cabildo la gallina no le entra cucaracha

Porque Nsusu se lo ntamba.

Bueno, caballero, como no hay bulla no hay guerra.

Yo estaba chiquitico, yo sukula lele munantoto

Mandinga suku fíame, Santo Barbra Bendito.

Yo llega, caballero, río seco. Río seco tá corriendo.

Zacateca tá pescando. La mar quiere crece.

Gallo no hay lugar. Mosquito tá preso porque tiene malo genio.

Yo simba, yo lémba, yo cautivo cosa mala

Mundele lasimbiriko bondán tolo kawa lalá

Karabali tongoriame manda mbúa bricá lango.

Bueno caballero, Bamba cubana mata gando

Mató un kumbi día domingo.

To día tá peleando Sol con la^Luna, to día tá peleando. Kángara muka nani: día muerto de cunchencha

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Cuanto Kisondo guaddía manga.

Oíale cunvento guaddía tango...

Mayimbe, la mayimbe, abri kuto guaddiá mambo.

Mundele Kasimbiriko bondán toro que awalá lala

Liweña vá cambia palo, kunda ke Eh Dio Walubbia, yo me ñamo Walubbé

Gallo tiempo malo, Barikó Sarabanda

Kekeremene tiene diente, Mundele tá jugando

Po que tiene sikangombe; si no tiene sikangombe

Pa mi mundele bobería, mundele nkanga mboa

Mi pecho tá roncando, parece toro galano

Que etá nriba la loma. Luwanda, luwanda, yo só congo luwanda

Miran hueso mi cabeza, tú longán bisi Bakutu vira, hueso mi cabeza longán bisi

Ngóngoro su ekán suei, se cambié Ngóngoro suekan suei Tataburire ndiambo, buey cabeza

Ahora manca perro sube a mocha guano Ahora jicotea, guano que manca perro mochó

Lo va tendé la sabana...

Jicotea mocha guano, manca perro bota fuera

Cangrejo dice Kubulá kuame kubulanga

Tulanke, vamo a vé, vuela chulangué

Yo llama yerba buena, nunca pone malo

Yo saulembe congo diangúngua, ramo la cabeza.

Tuanilá con gualupe ello juntaron cabildo Padi cocina kimbamba. Y ello me convidaron pa di a come kimbamba.

Yo le conteté danto: yo no come kimbamba

Poque kimbamba, vianda mala, fue é que mató mi padre.

¡Gol Mambi dio. Saludando saludando

Yo saludo a Sambia que mi padre son ganadero, enlaza toro con guataca.

A veces no faltaban "gallos" blancos en los toques, y de un isleño llamado Don Antonio, mis viejos recuerdan estos fragmentos de una de sus improvi­saciones.



Yo vi una jicotea con dolor de cintura, Un gato muerto de risa y un cangrejo relinchando, Un sapo estaba llorando porque no tenía corbata.

Un día por diversión, sembré una mata malanga

Y del corazón saqué un mosquito mojiganga.

Vino un lechuzo con ganga

Un aura con tabardillo, Malo de un dedo un piojillo,

Y un sapo con espejuelos. También yo vide en el suelo Un majá preso con grillos...

Los negros se burlaban de los isleños, quienes, según Calazán, sólo arranca­ban a las cuerdas de sus guitarras, cuando acompañaban sus cantos, un sempiterno estribillo.



Charra varravá charra vana cha varrillo...

Antes de la guerra del 95, los negros viejos de Valdivieso, me cuenta Gaytán, cantaban unas décimas de otro canario, Don Marcelino de la Rosa, tío de Don Carlos de la Rosa, vicepresidente de Cuba el 1925.



Informaron la Gallinuela

el Martillo y la Chinchilla

Luego llega el Rabiahorcado

Y se pone a hablar con la Garza

Que el Déspota se aniquila

¡Ya las cosas han cambiado!

Luego viene la Yaguasa

Y les dice ¡Se acabó!

Porque Cuba es libre, afirmo yo,

Por la unión de las dos razas.

"Y no se crea usted que antes no había negros capaces de hacer versos, aunque no supieran leer", nos advertía entre otros, Capetillo. "¿No ha oído usted de José Isabel Aldecoa?



Los negros tintos

De que soy ufano

De calumnias y maldades

Me sacan ileso. Hay ave que cruza el pantano

Y no se mancha. Mi plumaje es de esos...


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Pero sí conocía la composición de Filomeno Arias, que fue patrocinado y luego dueño de esclavos. Era poeta e improvisaba en las fondas. Ya en tiempos de la República un día llegó al Central Soledad, y allí habló de la esclavitud...

Siendo un negro fiel y digno Un hombre puro y severo

Lo vendían por dinero

Igual que se vende un puerco.

Jugaban al gallo fino

Jugaban la dotación

El batey y la cosecha...

¡Qué bien sonaba la mecha

Cuando la Conspiración!

Entonces, en aquella era,

No se daba con estambre

Amarrado a una escalera.

Le daban de otra manera

Amarrado a un horcón,

Así pidiera perdón

Bien le saltaban la sangre

Cuando la Conspiración.

Ya se acabó aquel error

Esclavitud, despotismo,

Ahora si estamos lo mismo

Igual el blanco que el negro.

Ahora sí estamos mejor Compatriotas, ciudadanos, En el monte y en los llanos

¿Viva la tranquilidad! ¡Viva el Gobierno Cubano!

También muchos blancos escribieron festivamente remedando el hablar de los bozales, durante la colonia y a fines de ésta.

De Don Luis Alfonso, encuentro entre mis papeles, obsequio de una Alfonso, estos renglones.

¿Quiéne má fuete son que lo caballo ? ¿Quiene má peleadore que lo gallo?

¿Quiene má lindísimo anímale? ¡Ni chivo, ni gato, ni majá, ni olifante!

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Neye se ñama mujé...



Y é que laguanta ¡Merece que le den un bujio!

En otra parte le hace decir a la negrita que rechaza al negrito que la enamora:



Apátate de mi lado

Esperpento inconcebible

Para ti no etóy visible

Para tí mé vaporao...

La carta famosa de Campoamor encantó a nuestras románticas abuelas.

—Escribidme una carta señor cura -no estoy muy segura que no fuese también el travieso Don Luis quien la afrocubanizara:

—Críbeme una pota niño Ventura.

—Ya sé para quien es.


  • ¿Sabe quien é y no jabló ná?
    —Comienzo. Pedazo de melón...
    —Juté que tá poniendo?

  • ¡Tonta! Si eso es cariño.
    —¿Y neye lo comprende?

—Por supuesto que lo comprenderá. Una congoja al empezar me viene.

— ¿Juté son sajorí? ¿Cómo divina?

-Tu alma no tiene secretos para mí. El beso aquel que de marchar a punto...

— ¿Mité también sabe?

—Cuando se va y se viene y se está junto... ¡pues!

— ¡ Lo diablo son uté!

— ¿Qué es sin tí el mundo? Un valle de amargura... ¿y contigo? ¡un
edén!

—Jace la letra grande, Ño Ventura; pa que sentienda bien! —Si no regresas pronto a mi lado la pena me ahogará.

— ¡No pone que me joga!
—Mujer, eso se dice...
—Yo no no quiere.
—Entonces ¿qué pondré?

—Pónele que me rimo al bodeguero, que neye ya sabe.

— ¡Pero mujer, eso es un disparateL ¡Yo no lo pongo así!

—La disparata son que yo me mata, como uté dicí. Ño Ventura, si neye me quiere neye ya taba aquí. Saca tiempo que yo tá pera, pera, y ya yo tá cansa.

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—Pónele que yo sabe que en la Baña

neye tiene mujé

y que como no viene pa mañana

yo me compromete.

Pónele que esa negra simbegüenza,

si yo la tiene aquí

yo le ranea la pasa,

que no piense que se rí de mí.

Pónele que la mueble y que la argolla

que neye me empeñó

pa tá bailando con la negra criolla ¡yo se la va cobra!

Pónele que yo cribí

cata, cata, y conteta no ve...

Pónele que mal rayo que lo pata

po sinbregüenza que é. ¡Ah cuanta cosa yo le dicí

si yo sabe cribí! —Pues mujer, bravo amor,

así lo pongo y sople el vendaval. "A Ño Camilo". Ten, ¡Tiene bilongo hacete una pottá!

Durante la guerra de Independencia corrió mucho entre el pueblo este diálogo de la negra Cleta con el insurrecto José Toma:

—Hoy me encontrá con soldá

Y me punta con ecopeta


Me pincha con bayoneta
Dicie que me va mata

Que neye va acaba con pacífico insurrecto.

— ¡Siá! que nengane ese plato Mucha yuca hay que raya. Su reto tiene un globito Chiquito como ratón


  • neye lo ñama namita

  • si no jabre joyito

  • ahí lo coloca bien
    Cuando llega la tren
    Dinamita reventa

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To máquina barata

Y gente murí también

- ¡Ño José Toma, mira que pañol


Son malo pa pelea!

Neye di que va cabá Con Méjico y Novayol Nelle tiene un vapó Que foma cuadra la má.

- ¡Siá! qué cuara ni qué compá
Si né no tiene serrucho

Y manque negro jabla mucho


¡Mucha yuca hay que raya!

Volviendo a lo que hablábamos; entusiasmaban los cantos de puya, las makawa, macagua o mukawa, como decía Francisquilla, que no las olvida­ba. En su ingenio, a una negra que se iba a dormir con el maquinista... o con cualquier otro hombre, le cantaban:



"Tata Luca trae agua

Yo va lava pie. Yo me voy a casa Mbemba

Hata maruga

Mi guataca tá la pueta

Que lo muela bien Tata Luca

Mi cochino tá lo chiquero

Que lo cuide bien

Tango se va Monansó

Caballerito oye bien

Toy cantando mi Makawa

¡Pa tó la vida"

Tata Luca era el marido.

A estas puyas se les llamaba también "Macaguardias" y cantos de cañaveral. Eran armas que esgrimían las mujeres contra sus rivales, flechas que se lanzaban unas a otras en las bagaseras, sembrando, chapeando o cortando caña con sus machetes de abanico.

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"Tu mario son tuyo



Tu mario son tuyo

Son de mió también

Kindé kindé kindé

Sala maleko maleko nsala".

A otra negra adúltera que antes del alba iba a reunirse con un chino:

"Mañana maruga

Yo alevanta temprano

Yo vá calentó mi comía

Yo vá pa casa chinito

Hata lámanecé...

A las que se sospechaba o se sabía que le ponían cuernos a sus maridos o "arrimados", se les cantaba:



"Oliva mala vá rabia

Tú vá rabia Chiva mala tuvía va llora".

Una viejita, y no sé si por razones personales, ponía una expresión muy picara para cantarme:



"Mateo teo teo valiente Me compró túnico valiente

Zapatico valiente

Mateo teo teo valiente

Mateo día primero

Me compra manilla

Mantón de burato

Mateo teo teo

Mateito valiente

Compra cochino

Pá come é to lo día".

¿Sería este Mateo el marido blanco de mi informante, un español que libertó a su madre, con el que tuvo una hija, mulata clara, que conocí en un Central matancero?

"Belencita, mulata hija de isleño y arará, era la pata del diablo, y para reír le tiró este canto, en la bagasera, a la mujer de Fermín que estaba preña. Belencita no tenía hijos, la otra sí.

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-"Año que viene yo también va parí -"¿Hijo de quien né? -"Del Administraó.



Será mi sangre,

pero no mi coló".

Si se advertía que dos enamorados discutían o se distanciaban:



"Cuando yo junta contigo Nadie lo sabe

Ahora que yo etá pelea contigo To mundo lo va sabe".

Y la vida se pasaba cantando; se trabajaba cantando:



"Si me llama bagasero Pa llá yo vá Si me ñama cote caña Palla yo vá..."

"Todos los africanos son puyeros", opina Otako, "más ninguno lo es tanto como el congo" (lo mismo dicen de los lucumí sus descendientes) que las prodiga improvisándolas o acuñadas en refranes, para reír o para herir. En todo momento se empleaban y aún las oiremos cantar en el Nso Nganga por el Taita Nganga, ejecutando los ritos de su magia conminando a los espíritus. También a los amos que residían en la capital, cuando visitaban los ingenios y asistían a las fiestas, se les cantaban makawas.



"Amo acaba llega Que abuso no pué aguanta ¡Ah lamito caba viní, Amito caba vini! Julepe ya no pué guanta má. Lo ingenio cuero no má ¡Gope no acaba! Comida poco; amo no caba llega".

Y cuando el amo se marchaba:



"Mi amore mára la mareta Y no me dice aió

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Hata cuando yo no veo má Niña que pasea la luna Llega acá ".

Y se podía a bromear con el amo:

"La lotería que yo saca Lo suamo mío me la quita ¡Ah, fuá fuá fuá! Casaca branca que yo compra Pa lo figurimo que la pasea Vini mi suamo y me la quita ¡Ay fuá fuá fuá! Lo cochinito godo que yo cria Señó mi suamo se lo come Lo negro cravo no tiene ná No son ni chicha ni limoná Majá tintorero! sale la cueva Kuá kuá kuá.

Otra de las grandes diversiones que recordaban mis viejos amigos eran los juegos de Maní, y fueron los matanceros -dicen ellos- los que más se distinguieron en estos bárbaros torneos que consistían, puestos en filas los jugadores, en dar vueltas cantando, asestándose grandes golpes que fractu­raban huesos, rompían dientes y narices o en ocasiones dejaban tuerto,



Kurrukutún tún kurrukutún boa, Si maní sí maní mira gópe que mi dio

Inkisa si maní é é si maní Siman i mira gópe que mi dio.

Yanye obe é obe koniyán Yeo obe koniyán

Yé una é ya kueo akueo Cocotazo dobra yo

Yawe yá were para Má o wéngue ¡cuero wéngue!

Un hombre, a veces una mujer, se plantaba en medio de la rueda, se 92

estiraba y simulaba pegarle a alguno. Este al ver su gesto se ponía en guardia, pero a quien golpeaba era a otro de la fila. El que agredía salía entonces del ruedo y el que había recibido el golpe ocupaba su puesto.

A los juegos de maní acudía toda la gente de nación, y se jugaba en toda la Isla. Gustaba a ambas razas, como las repulsivas peleas de gallos, "y no eran sólo los ñanga bisu (un cualquiera) los que iban a presenciar los juegos, sino también blancos decentes". Se apostaba dinero a los puños, a la bestialidad de los "maniceros", como a las patas de los gallos. Muchas mujeres que en fuerza no tenían nada que envidiarle a los hombres, partici­paban del juego y daban cada puñetazo que descalabraban al más pintado.

"En el Central Mercedes Carrillo, donde jugaban maní congos y ararás, Micaela Menéndez, de un cacalotazo descuajeringaba a un hombrón".

En Trinidad gustaba tanto este deporte que se contaba que un alcalde y su hija lo practicaban. Lo mismo en la provincia de Pinar del Río, tierra adentro, que en Santa Clara y Camagüey, que en Oriente. Me aseguraron pocos años antes de marcharme de Cuba, que todavía en un pueblo de Vuelta Arriba, de tarde en tarde, un grupo de "guajiros negros" jugaba maní. No tuve tiempo de comprobarlo.

En La Habana, donde quedó en la población de color el recuerdo de dos "solares" célebres, habitados exclusivamente por africanos, "El Palomar" y el "Solar de Guinea",62 éste de considerables dimensiones, en Marqués González entre Zanja y San José, se jugaba maní.

En cambio no recuerdo que ninguno de mis negros, ni Bamboche, me hablara de las corridas de toros sino muy vagamente, —"que cuando empe­zó la guerra de los diez años había una plaza de toros por la calzada de Belascoaín", y anteriormente en Regla. En La Habana los negros no falta­ban a ninguna celebración cívica o religiosa. En los pueblos y ciudades de provincias asistían a los desaparecidos torneos que consistían en cucañas, en correr cintas, en arrancarle, al galope de un caballo, la cabeza a un gallo o a un pato. Los negros libres, en toda la Isla al igual que en la capital, convivían en un plano de buena amistad con los blancos del pueblo bajo.63

Los días de fiesta, "de fiesta entera" eran numerosos. Quedó como la más famosa e inolvidable para los negros viejos, la del Día de Reyes, de la que tanto escribieron en inglés y francés los forasteros que las presenciaron y a las que ya me he referido. Repetimos al dictado de quienes las presen­ciaron por la década del setenta, una descripción más:

"En La Habana, a las cuatro de la madrugada, ¿quién dormía la víspe­ra? ya salían los ñañigos a saludar los distintos juegos o Potencias. A las doce, primero los Congos Reales, luego los lucumí con la Culona al frente que bailaba delante de todos ellos... por eso quedó el dicho de parece una culona en día de Reyes, para criticar a una mujer gorda, y después seguían

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los arará, los mandinga, los carabalí, los makuá, los ganga, los mina; todos los Cabildos iban al Palacio del Capitán General. Después que desfilaban los negros de nación, pasaban los criollos vestidos de indios, y un grupo de Mayombe que no era una sociedad organizada, disfrazados de mujeres y con crespos en la cabeza. Después desfilaban "Las Claves", muy elegantes, de frac. La Clave Nueva, antes La Moralidad, El Trovador, El Desengaño. Bailaban poco, marchaban con mucho señorío y cantaban. La Clave del Trovador, que se llamó después La Discusión, era del barrio de los Sitios y el Puntillo. Las Claves se componían de grupos de hombres y mujeres que alquilaban casas que arreglaban muy bien, para de allí ir a otras casas a cantar. Rivalizaban unas con otras y gastaban mucho en el vestir, las muje­res en trajes de raso y mantas de burato. No abrían la casa hasta el momen­to de salir, para sorprender y hacer admirar sus lujos. La Clave Nueva cantaba que era una gloria oírla. En la sala de la casa colgaban un mapa de la Isla, porque cantaban haciéndose preguntas y respuestas y señalaban en el mapa con una varita. Estas Claves funcionaban en Noche Buena, y el Día de Reyes entraban en Palacio a cantar y a recoger su aguinaldo. Después no se retiraban hasta el atardecer. A las seis seguían bailando y cantando; de noche los negros figureros bailaban en las sociedades de recreo, como "La Divina Caridad". ("O en la de los Negros Catedráticos, que era como llamaban a una sociedad muy finústica, muy etiquetera".)

No fueron solamente los negros de La Habana los que podían en esa fecha sentirse transportados al África. En todos los pueblos y ciudades de la Isla, horros y esclavos experimentaban en ese día la misma ilusión: los bailes y desfiles, las máscaras e indumentarias de las diversas tribus impor­tadas, eran réplica de las que se veían en la capital. Escogemos al azar la relación de un Día de Reyes en un pueblo: en la pintoresca Villa de San Julián de Güines, narrada por Wurdermann.

"Cada tribu elige un Rey y una Reina y desfila por las calles con una bandera en la que han escrito su nombre, unas palabras ¡Viva Isabel!" —Isabel II— "y aparece el escudo de España. Sus Majestades van vestidas a la última moda, muy ceremoniosas y asistidas por una dama que sostiene un parasol sobre la cabeza de la Reina. Llevan sus atributos con esa digni­dad que tanto gusta a los negros y que conservan en presencia de los blancos. Toda la banda está bajo el mando de un Mariscal negro que con un sable desenvainado y un pedazo de caña clavada en su punta, se mueve continuamente cuidando del orden en las filas. Lo principal en este grupo es un negro atleta con un fantástico casco de paja, un grueso cinturón de hojas de palma y otros adminículos en su vestuario. Dondequiera que se detiene golpean los tambores, dejan oír sus sonidos monótonos, y esta figura amedrentadora recomienza una danza endemoniada que es la señal

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para un fandango general. Cuando estos grupos se detienen ante las puertas de las casas, recogen dinero que les dan los dueños. A menudo las mujeres se mezclan libremente con los espectadores. Sólo tres tribus pasearon las calles de Güines". Pero en La Habana, añade, "durante este día hay un perfecto guirigay (hub-hub), y la confusión que reina en la población de color es indescriptible".



El 6 de Enero terminaba con un baile popular en el que la alegría y animación, en toda Cuba, mezclaba a negros, mulatos y blancos.

En la antigua ciudad de Sancti Spiritus, nos cuenta el Comandante Gajate, los dos Cabildos o "reinados" más populares de las "naciones" africanas fueron el Congo y el Carabalí. Igual que en todas partes en Cuba, nombraban en ellos Reyes, Reinas, Generales y Capitanes a quienes mere­cían estos cargos, y cada "vasallo" se sentía orgulloso de pertenecer al Cabildo de su "nación". A veces se suscitaban problemas, y si era grave como ocurrió en Sancti Spiritus en un caso a resolver de la "nación" Mandinga motivado por las elecciones de su Directiva, los Mandinga apela­ron al Teniente Gobernador (Decreto del Ayuntamiento, 1873), y hubo que convocar a nuevas elecciones en el Teatro, presididas por el Síndico del Ayuntamiento.

El día de Reyes, desfilaban en las comparsas de los Congos, la corte del Reino en pleno. Llevaban al frente un heraldo que iba gritando: ¡Ahí vienen los Congos Reales, abre ancho campo grande!

Los Carabalí daban miedo con sus dientes afilados —sus dentaduras parecían serruchos- "¡Carabalí come gente!", y sus rostros tatuados a rayas, cicatrices que eran señales de su nobleza.

Hacían derroche de sus ahorros en la fiesta de Reyes cuando recorrían la ciudad con sus bandas de colores, coronas de hoja lata y sombrero de copa alta, y en la de Corpus Christi.

El día de San Juan era también de gran regocijo para los congos, que tenían a este Santo por Patrón. No se confunda, advierte un espirituano, la procesión de los Reinados -en que era notable y movía a risa a los mu­latos, que se mofaban de ellos, la circunspección que entonces observaban el Rey, la Reina y los Generales-, con la de los Diablitos, que en Corpus salían ataviados con arcos de barril en la cintura, de los cuales pendían a manera de faldas fibras de pita. Unos mostraban máscaras de animales, otros llevando enormes vejigas o disfrazados de mono, pedían dinero en las casas.

Los Reinados penetraban en la Iglesia con la debida compostura y allí hacían una ceremonia postrándose en el suelo. Luego servían de vanguar­dia a la procesión católica, que salía-después.

Los domingos y días feriados o "de dos cruces", siempre se reunían y

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divertían. En Sancti Spiritus el Cabildo congo estaba en 1878 en la calle de San Justo. Más tarde, por disposición gubernamental se trasladó a las afue­ras de la cárcel. Un General de este Reinado, Francisco Consuegra Congo, fue tan celoso de su prestigio que hizo conducir a su subordinado Teniente General, León Cancio, al cuartel de policía por haberle faltado al respeto y a la consideración que le debía. (Agosto de 1880.)

También en Santiago de Cuba era notable la comparsa de los Congos, sendereada por una pareja de negros, cada uno sosteniendo un pendón. Un macero se ocupaba de ordenar las danzas. A éste lo seguían un número de negros con casacas y entorchados de oro y tocados con tricórneos, en filas de a cuatro, muy ordenadamente, y unidos por pañuelos que sostenían por las puntas. Llevaban una velita y una sonajera. Después marchaba una banda militar, los músicos modestamente vestidos, un gran tambor, gran­des matracas con cestas de forma cónica, un arpa de caña brava (¿el Kinfuite?) y un güiro". Walter Goodman, que así nos lo describe en su "Pearl of the Antilles" el 1873, elogia la gracia de las mujeres, que detrás de la escolta del Rey, marchan de cuatro en cuatro vestidas de muselina floreada color de rosa, "con movimiento de ritmo ligero y gracioso, trope­zando suavemente". Y no se olvida de subrayar que "el negro despreciado y oprimido que iba a Palacio a saludar al Gobernador, no es esa criatura degenerada que se quiere hacer aparecer".

Los días de fiesta eran tan numerosos que hoy nos asombramos; en efecto, de los trescientos sesenta y cinco del año, doscientos eran laborales. Se consideraban "días feriados" o de "dos cruces" los que señalaba el almanaque como de precepto o de guardar, que eran los domingos y las fechas más importantes que festejaba la Iglesia, y había además los días de "una sola cruz", que eran también de precepto y en los que no debía trabajarse. En los feriados o de dos cruces, los Tribunales de Justicia cesa­ban en sus funciones. ¿Se cumplía al pie de la letra este precepto que rezaba desde atrás?: "prohibido a todos los dueños de esclavos que hagan trabajar a éstos en horas no admitidas por las costumbres, los domingos y demás fiestas que se titulan de guardar baxo pena de seis ducados". Pues sí, los Viernes Santos se suspendían las labores en los ingenios, y se cuen­tan leyendas de ingenios que se tragó la tierra por no cumplir ese precepto. De Navidades, carnavales, aniversarios oficiales de personas reales, de San­tos Patronos, de ferias y parrandas, nuestro pueblo negro y mestizo disfru­taba en grande. En las célebres Parrandas de San Juan de los Remedios eran los negros los que más se apasionaban por las competencias de los barrios de San Salvador y del Carmen, que salían en la "Noche Buena Chiquita", el ocho de diciembre y el veinticuatro. El que exhibía las faro­las más llamativas, disparaba más voladores y superaba los fuegos artificia-

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les del barrio rival, era declarado vencedor. Fue una negra vieja remediana la primera que me habló de aquellas parrandas y me citó las puyas que se lanzaban ambos barrios.



¿Dónde vas San Salvador

una noche tan oscura?

Voy a abrir la sepultura

que ya el Carmen se murió.

El San Salvador era un barrio pobre. Allí vivía la "zurrupia" —gente de menos, de "pijirigua", como decíamos en La Habana—, pero contaba con muchos chinos que eran expertos pirotécnicos, y también sus carrozas en la "Noche Buena Grande", eran notables. En el Carmen residía la gente rica, las familias de abolengo, y al reto del San Salvador, sus partidarios respondían:

/ Viva el Carmen con fervor

con su luz y su bandera! Que mueran las chancleteras

del barrio de San Salvador.

Estas parrandas no sólo en Remedios, en muchos pueblos de la provincia de Santa Clara, continuaban celebrándose cuando Cuba pasó a manos de Rusia. El día de San Juan, veinticuatro de junio, era de grandes verbenas, y aun vi la víspera de ese día, en La Habana, siendo pequeña, las últimas de aquellas fogatas que fueron tradicionales, arder en los arrecifes del incon­cluso Malecón. Contaban los viejos que en tal fecha ninguna mujer dejaba de cortarse un poco el pelo, y todo el mundo debía bañarse en el mar o en el río, para evitar —así se creía— que el cuerpo se cubriese de bichos. (Los pichones de aves que no volaban ese día, criarían gusanos.) Ignoro si en un tiempo los habaneros se bañaban en el Almendares —sus aguas se tenían por muy frías. En otras partes de la Isla, en Bayamo, por ejemplo, ese día las márgenes de su río se llenaban de hombres y mujeres de todas edades y colores.

Las aguas del veinticuatro de junio están benditas, como todo en la naturaleza: "Porque en tal fecha San Pedro bautizó a San Juan y San Juan bautizó a Cristo." Las viejas recordaban que en los finales del siglo pasado, todas las muchachas, en ese día, vestían blusas de marineras e iban, tarde y noche, a pasear con las señoras, en coches propios o de punto, por la Calzada de San Lázaro, frente al mar.

El populacho prendía grandes hogueras en los arrecifes. Recogían palos, tablas, cajones que pedían en las bodegas, paja, sacos, telas ya inservibles,

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cuanto desperdicio fuera buen pasto para las llamas, y construían simula­cros de casas con balcones y muñecos dentro de ellas, de tamaño natural, torrecillas, barcas, y todos trabajaban en aquellas fábricas condenadas al fuego, que debían arder la víspera de San Juan.

Allí en el litoral estaban los baños de mar que se llamaban Las Delicias, Romaguera, Los Campos Elíseos, San Rafael, Santa Lucía, los de Carnea­do. El día veinticuatro se comenzaba con un baño en el mar, y el día se pasaba bajo enramadas, en ventorrilos, cantando, bailando y jugando bara­jas, y allá en lo último, la chusma bailaba rumbas.

No faltará una nonagenaria, quizás una centenaria desterrada que re­cuerde también —de oídas, porque empezaron a declinar al final de la década del noventa—, los antiguos y alegres carnavales habaneros, en los que antes vio la hipocresía puritana de un John Perry64—le ruborizaban las mujeres cubanas paseando en sus volantas ¡sin sombrero y con los brazos desnudos! — "demasiada indecencia en la conducta pública para ser referi­da"... ¿indecencia? Era lógico que entonces donde quiera que estuvieren en tierras latinas, que son tierras risueñas y amables, los miles de Perry, representativos de la intransigencia e incomprensión —de la "asaura", que diría un andaluz—, viesen con malos ojos la alegría. La condenaban; les irritaba lo que llaman los franceses "la joie, la douceur de vivre", que jamás, ¡pobres! habían conocido. La mojigatería era la característica del tedioso país de Perry, donde hace poco más de un siglo una representación de bailes franceses (Francia nación pecaminosa), provocó tal escándalo que todo un numeroso público femenino, con gritos histéricos de pudorosa indignación, abandonó el teatro.

Se ha escrito que el Honorable Edward Everett, cubría castamente con un velo la desnudez de una copia del Apolo de Belvedere. No era decente decir legs —pierna— tratándose de una persona, sino limbs, quizás para evitar la posibilidad de una asociación de ideas pecaminosas. De las mujeres encinta se decía que estaban "in family way"; nunca se hubiera dicho que estaban "pregnant", como las vacas. (Los tiempos cambiaron en USA muy rápidamente y asombra que de aquellas pudibundeces que mueven a risa, se pasara a una pedagógica aceptación de la libertad sexual y sus aberracio­nes.

Esa hipotética viejita centenaria, desterrada, nos hablará también de las fiestas de San Rafael, en la loma del Ángel, de sus fuegos artificiales, de algunas de las camorras que siempre surgían entre soldados y civiles, y de las ricas tortillas de San Rafael que allí se comían. "Estar", "ser de Papa Upa", o abreviando, "de Upa-Upa", quería decir, y todavía hay cubano castizo que emplee esa expresión, algo que está o sabe muy bien, que es de buena calidad, tuvo su origen en un negro llamado Papa Upa que las

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cocinaba ese día, y los habaneros iban a comprarlas o a comerlas a la loma del Ángel en la fiesta de San Rafael - de Inle, como le llamaron a este Santo los lucumí.



Cuba, dijo el Vizconde Harponville, es (¡era!) un inmenso salón de baile. Desde luego, donde más se baila es en La Habana, allí, después de los trágicos acontecimientos de Santo Domingo, que tanto beneficiaron a Cuba, lindas mulatas francesas daban los mejores bailes de carnavales. Des­de muy atrás abundan los profesores de baile, que se anuncian en la pren­sa, y orquestas de buenos músicos de color, que también hacen música en las iglesias y en los salones de la aristocracia.

Con excepción del piano, se observa que, como virtuosos de la flauta, el cornetín y el clarinete, se distinguían los negros. Ganaban buen dinero en los teatros, en los bailes públicos y en los "guateques" y "changuis", de gente de menor cuantía, pero generosa. El padre del internacionalmente conocido violinista negro, Brindis de Salas, a quien el Emperador de Ale­mania dio el título de Barón, era director de una orquesta que gozaba de la clientela más distinguida de La Habana.

Hay los bailes de la alta sociedad, los públicos, de barrio; en los carnava­les se hicieron famosos los concurridísimos de máscaras del Teatro Tacón y los de Euscarriza, más pecaminosos que los de Tacón. Fueron los carnava­les en la época colonial de "asaltos" en todas las esferas sociales, y aún tenían lugar en La Habana después de la Primera Guerra Mundial.

Los cubanos que han nacido o crecido en el destierro pensarán al oír esta palabra que designa una acción delictuosa, que se trata de asaltos a mano armada. No, en aquellos tiempos los bandidos y los asesinos no tenían las facilidades ni gozaban de la impunidad que hoy tienen para actuar. Los asaltantes eran un grupo de amigos y amigas con ganas de divertirse que de improviso o previamente de acuerdo con las víctimas elegidas, iban a pasar la noche bailando en sus casas.

También en las fechas de San Juan, San Pedro y Santa Ana, que era cuando se celebraban los carnavales en los pueblos del interior, como en la bellísima Trinidad, corrían típicas comparsas de "mamarrachos"; se baila­ba hasta perderse el resuello. Se bailaba siempre menos en Semana Santa.

La Sirivenga, la Sirivaya

dice que la dejen descansar

que viene Semana Santa

y se quiere confesar.

Esta Sirivenga como la Calinga o Calinga:

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Toma y toma Caringa pá la vieja palo y jeringa.

Si Caringa se muriera

todo el mundo la llorara

y del mismo sentimiento

hasta luto le guardaran.

eran bailes que bailaba todo el pueblo. Y había los de "ponina", de las "escuelitas", los bailes de Cuna en los que confundidos los blancos —"niños", a menudo de muy buenas casas—, mulatos y negros, se extasia­ban en lentas ondulaciones o se movían a compás de un ritmo vivo y candente. Los negros de la colonia sabían bailar todos los bailes de los blancos. Los citadinos en sus ya mencionadas "Sociedades de Recreo", bailaban el minué:



El minuet baile alegre y gracioso se baila sólo entre dos

con los pasos medidos y airosos

que inspiran decencia y pudor. Hoy el baile, muchachas, muchachos,

la cuadrilla, la danza o danzón se abrazan, se besan,

¡ayí qué baile señor Don Simón.

El baile de la Tranca, de moda en la segunda mitad del siglo pasado; la danza criolla —versión de la danza española— que cruzó el mar y en Europa se llamó Habanera, tan en armonía con la suavidad de aquellas mujeres cubanas y la brisa que abanica la Isla. Y polkas, lanceros, rigodones, valses en las altas esferas; y zapateo, infanzón chiquito abajo, Timbiyi Bamba, Muchitanga, Titundia, Jardinero, Alamanda, Juan Guerengué y Juan Peri­llán, Culebra, Sonsorito, Yuka, Watabia, Wawankó, rumbas, Palatino, Co­lombia, Yambú.

"No se crea que sólo bailábamos tambor", dice Calazán que era "peti­metre"; y muchas ancianas que llevaban con orgullo los nombres de sus antiguos amos, me celebran con entusiasmo los bailes muy elegantes de la Sociedad La Blanca Espuma -1887-; de la Caridad, de la Sociedad de Carboneros, del Centro de Cocheros y de otras.

"Pero la sociedad negra más aristocrática en La Habana", me aseguraba una viejita recibidora que en sus buenos tiempos prestó sus servicios a familias habaneras muy distinguidas, "era la Divina Caridad, que estaba en la calle de Egido. Yo asistí a la recepción que se le dio a José Miguel Gómez cuando ganó las elecciones. Esta Sociedad era selecta, como la de Aponte en Bayamo".

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Todo pretexto era bueno para bailar. Hasta en los entierros, como hemos dicho, cuando cantando y bailando y burlando la ley, se llevaba en hombros la caja del "carabela" en la ciudad y en parihuelas en los pueblos de campo, hasta muy tarde.



Los "Altares de Mayo" o "Cruces de Mayo" encantaron a mis viejos cronistas de color, a los que vivieron en provincias y en La Habana.

Como no oí hablar de ellos a personas de mi medio, deduzco que desaparecieron muy temprano en las clases altas y que fue el pueblo quien los continuó hasta finalizar el siglo XIX.

La Cruz de Mayo comenzaba el día tres de este mes, justamente el día de la Santa Cruz. En la sala de la casa en que iba a levantarse un altar, se colocaba una primera tabla con un ramo de flores. "El Padrino del Altar", es decir, el que lo iniciaba, se abastecía de laguer -de cerveza-. Llegaba la primera visita y el padrino le arrojaba el ramo de flores y le ofrecía un vaso de cerveza. Este quedaba comprometido y por su cuenta agregaba otra tabla. Se repetía con varias personas la misma operación. El altar cobraba altura. Se decoraba con flores, velas, collares de cuentas de colores, mantas de burato y otros adornos, y a veces "eran lujosísimos", pues cada persona que agregaba una grada se esforzaba en que la suya fuese la más rica y llamativa. Completo, resplandeciente el altar, de noche se comía, se bebía a costa de los padrinos, y hasta el amanecer se bailaba con charanga. Esta es una orquesta compuesta de violín, arpa, flauta, maracas y botija o güiro de aire, que al soplarse sonaba "flú, flú". En la charanga se empleaba también como acompañamiento -lo había oído Miguel a sus mayores-, una quijada de caballo que se golpeaba con una cuchara sobre los dientes. Al comenzarse a armar un altar de Mayo, añade Miguel, "en la primera tabla, desnuda, se colocaba una vela encendida. El que la apagaba costeaba otra tabla, velas y cerveza. Se le decía: "La muñanga el que la tumba la paga". En altares de "malaguaje" —los más pobres— las botellas que lo adornaban se vestían de papel crepé, y en botellas, flores de papel y velas de sebo, consistía su decoración.

"Pero se bailaba durante nueve noches seguidas, se comía lechón, se jugaba, se cantaba y se divertían de lo lindo". "La cruz se buscaba en el cielo. En este mes las estrellas aumentan el tamaño para acompañarla".

Por último mencionaremos la extraña fiesta que tiene por pretexto el velorio -holgorio- de un parvulito...

Prohibidos terminantemente,65 no dejaron de celebrarse hasta muy tar­de, "la Intervención Americana entorpeció mucho esas cosas", Bamboche, Omí Tomí, Sandoval, Niní, casi todos mis viejos amigos asistieron a ellos. Eran verdaderas rumbas, y al pequeño, que con frecuencia se corrompía expuesto mucho más tiempo del que puede resistir en el trópico un cadá-

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ver, "se vestía a capricho", es decir, se disfrazaba, como la hijita de un tocador de clave, compadre de Calazán, "que lucía muy graciosa vestidita de turca en su cajita blanca". Y el que podía tenía a orgullo cambiar varias veces de traje al muertecito.

El baile era esencial en la vida de bozales y criollos, que bailaban todos los domingos. "Y lo será siempre, a Dios gracias y si Dios quiere". Nada más cierto que lo escrito al respecto el 1897 por Francisco Barrera y Domingo.

"Todo negro por natural influjo es amantísimo a el baile y a la música como se ve diariamente, aunque estén agonizando y rendidos de el trabajo más penoso, en oyendo un tamboril o flauta, es tanto lo que se regosijan y alegran que no hay ponderación para explicarlo; muriendo están y al soni­do quanto más triste mejor para ellos, abren los ojos y procuran levantarse y se levantan sólo para bailar; más que esqueletos se están haciendo muecas y meneos más de una hora sin cansarse; tal es la alegría y la pasión que interiormente conmueve aquellos spíritus animales y vitales".

Y así para curar a peninsulares padrejonarios, hipocondriacos, en su mayoría catalanes a quienes un quebranto en sus negocios no les producía un infarto cardíaco como hoy a profesionales, comerciantes, hombres de empresa y... desterrados cubanos, sobre todo en estas latitudes, pero les hacía perder el equilibrio y los convertía en enfermos imaginarios, sumidos en negra melancolía, aconseja "que vayan a visitar y que vean los bailes y música de los Cabildos de negros, los cuales divierten mucho el ánimo. Por causa de esta diversión se han curado de su padrejón muchos catalanes quincuagenarios y sexagenarios".

A lo que, hay que hacerles justicia, contribuían mucho las negras y las mulatas airosas que tanto les gustaban.

Los Cabildos, en todos los tiempos, estuvieron abiertos a los blancos. Hazard, ("Cuba with pen and ink", 1873), anota que valía la pena de visitarlos intramuros, en la calle de Egido. "No debe vacilarse lo más míni­mo en entrar a ellos, pues el visitante será siempre tratado con el mayor respeto por todos, incluyendo a los bailarines, que se sienten felices de contar con un público blanco".

Más no eran sólo las fiestas ruidosas, los guateques de guángara y rufa-landaina las que disfrutaban los negros. También las silenciosas, quiero decir, las religiosas y de Semana Santa. En La Habana, la procesión del Viernes Santo, a la que asistía todo el Gobierno. El Excelentísimo Ayunta­miento de la ciudad de San Cristóbal de La Habana, el ejército, las congre­gaciones de Santo Domingo, San Francisco, San Felipe, La Merced, Be­lén... A la procesión del Domingo de Resurrección, cuantos tenían carruaje la seguían: la nobleza a todo lujo, el Capitán General, el gobierno en pleno,

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el ejército, los voluntarios. Recorría varias calles de lo que luego se llamó La Habana antigua: Cuba, Sol, Oficios, Habana. Después de los coches de las señoras, los de las bellas mulatas de ringo rango querindangos de los patentados y señorones que iban muy serios y empaquetados marchando en la procesión. "Esa era la que más me gustaba", me comentaba una anciana amiga, "la procesión del Santo Entierro, que salía de la Plaza de Armas, con todo el Cabildo de etiqueta con velas encendidas, la oficiali­dad, los soldados, el Clero. Todo el mundo a pie, cerrado de negro. Detrás del túmulo del Señor iban las tres Marías. Era muy solemne".

En cambio, para la centenaria Teresa Muñoz, el Santo Entierro no podía compararse a la procesión de la Resurrección. "En la iglesia de Santo Domingo se hacía el descendimiento. San Juan y la Virgen María estaban allí. La procesión salía de la Catedral muy temprano en la mañana. Las dos iglesias, Santo Domingo y la Catedral, echaban a vuelo las campanas. ¡Pa­recía que en todo el cielo se repicaba! Las de Santa Teresa empezaban a sonar desde las cinco, al amanecer. La Magdalena estaba en la Catedral y al primer campanazo salía, iba a Santo Domingo, entraba en la iglesia, hacía una reverencia y como si hablara con la Virgen, volvía a la Catedral. Tres veces iba y venía, y en el tercer conciliábulo, salía con la Virgen y con San Juan y entraban los tres juntos en la Catedral, donde ya el Señor estaba sentado en el trono, con una banderita blanca en una mano. Luego, todos en procesión recorrían varias calles. Regresaban y empezaba la fiesta de la Resurrección. Todo era alegría. Ni el jueves ni el viernes Santo, en que el Señor estaba muerto y se iba a las iglesias a besarle los pies -yo iba al Espíritu Santo- no había tráfico, no rodaban coches ni carretones, si acaso el de algún médico. Y ni música ni baile. Nada. Eso sí, se vendía alfañique y alcoza, y pregonaban:



¡Alcoza, alcoza, a medio y a dos la cara de Dios!

Con -clara de huevo y azúcar se hacía una pasta y se formaban la mar de figuras, la cara de Jesucristo, caballitos, perros, botecitos, zapaticos..."

En provincias no hay un solo pueblo que no celebre sus fiestas religio­sas, procesiones de sus Santos Patronos o de la Santísima Virgen. En las antiguas procesiones a mediados del siglo pasado, una niña vestida de ángel, en coche descubierto (en una carretela) adornado con banderas, ramas y flores, recorría las calles precedida por seis jinetes disfrazados de indios, seguido de otros tantos con traje de moros. Detrás desfilaba la música y todo el pueblo. La procesión se detenía en un lugar convenido y allí el ángel, es decir, la niña alada declamaba un poema, una loa, alusiva al Santo que se celebraba o a la Virgen María...

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Los que asistieron y escribieron sobre esas fiestas pueblerinas de Pascuas y Santos Patronos, cuentan que la población se dividía en dos bandos —bando azul y bando rojo—, que elegía cada uno a una reina. Surgían rivalidades y peleas femeninas y... masculinas, pero la reina del bando o patio, que también se decía así, que triunfaba, invitaba a su contrincante derrotada en las elecciones a un baile, y así bailando todos amigaban.

De sus dos genealogías, la española y la africana, heredaron los cubanos la pasión del baile.




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