Obras publicadas de ltdia cabrera



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No es menos curiosa que la nota anterior lo que dice Alexander sobre el sepelio de los párvulos. La misma crítica que hace a los funerales tal como se practicaban en Cuba —y no parece ser muy exacta su descripción—, la encontramos en la mayoría de los viajeros que escribieron sobre nuestras costumbres.

La condesa de Merlin observa: "El entierro de una persona de alto rango se hace en La Habana con una pompa que parece pagar anticipada­mente la deuda de los recuerdos. Colocan el cadáver en un carruaje de cuatro ruedas, el único tal vez que existe en la ciudad. Los clérigos y las comunidades de frailes van rezando en alta voz junto al carruaje y ensegui­da se ve un gran número de negros de gran librea, adornadas de galones y de escudos de armas, en calzón corto, caminando en dos filas, con cirios en la mano. Los quitrines de lujo cierran la comitiva que se prolonga hasta la infinito. Un negro de librea, mi querido Marqués, es un espectáculo curioso y divertido, bien poco en armonía con la seriedad de semejante comitiva, y aunque a pesar mío, para no faltar a la verdad histórica, mezclo a las tristes imágenes de esta carta, la pintura de este vestido lujoso y grotesco que se lleva en estos casos.

Las familias de La Habana tienen la costumbre de prestarse mutuamen­te sus esclavos para mayor ostentación en los entierros". Sin duda que debe haberse reído, como lo escribe, de los negros, engalanados con aque­llos trajes de paño bordado, cubiertas las cabezas con un sombrero de tres picos, "jadean y soplan como cetáceos, se desabrochan las casacas, se suben las mangas hasta los codos, mueven los hombros como para desem­barazarse de aquel peso, y para completar la caricatura, sus sombreros apenas conservan el equilibrio para no caérseles de la cabeza". ("Voyage á LaHavane, 1840.)

De los velorios en Santiago de Cuba, Hippolyte Pirron nos dejó este apunte: "Junto al muerto pasa la noche, sin devoción, una docena de personas. En la sala, para los que velan, hay una mesa abundantemente servida con platos exquisitos y vinos, y durante toda la noche se bebe, se conversa, se ríe. Los dolientes hacen como los demás, aunque en ciertos momentos van a arrodillarse frente al cadáver y lanzan gritos espantosos. El instante en que hay que gritar está reglamentado: una media hora, poco más o menos, antes de salir el cadáver. ¡A gritar! y lloran y aullan para que se tenga una buena opinión de sus sentimientos y para satisfacer a las almas de los que se van".

Desaparecieron los negros cortinajes, los impresionantes catafalcos, los zacatecas de indumentaria inolvidables para los que alcanzamos a verlos en nuestra infancia: extraños, diablunos, anacrónicos personajes con peluca, tricornio, pantalón corto y casaca roja. Los muñidores de las funerarias en

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la primera década de la república, siguieron vistiendo igual que los zacate­cas, menos los galones que ribeteaban las casacas con los blasones de las familias de los esclavos, que hacían guardia al cadáver de los amos y luego cargaban su féretro.



Dos zacatecas iban plantados en el estribo de atrás de la carroza fúnebre tirada, de acuerdo con los medios económicos del finado y sus herederos, por una o más parejas de caballos empenachados. Recuerdo los de tres parejas —los más costosos— al zacateca montado en un caballo de la prime­ra pareja, vestido enteramente de negro. Pasaron los años y también deja­ron de cubrirse con telas, hasta en las familias más tradicionalistas o atra­sadas, como se prefiera llamarlas, los espejos y adornos, ¡las estatuas!, en los hogares que había visitado la muerte. "Se aliviaron" los lutos, que eran rigurosos e interminables. Tanto que en la ciudad de Santa Clara la autori­dad se creyó en el deber de combatirlos por el tiempo que duraban. El traje de estos lutos, muy largo, semejaba la sotana de un cura. Un capirote puntiagudo cubría la cabeza del doliente, y un manto pendiente del capiro­te caía sobre su espalda. A ese lóbrego atuendo el pueblo villaclareño llamaba loba. ¿Fue este vestuario el origen del que llevaban las "viudas" de Trinidad en nuestro siglo; que no eran tales viudas, sino enamorados que a la media noche acudían a una cita y se ocultaban bajo este disfraz? Aún en la década del 40 transitaban algunas "viudas" por la oscuridad de las callejuelas trinitarias cuando la ciudad dormía.

Y los tiempos cambiaron aún más; muy de prisa después de la primera guerra mundial, y por último, se llevaron a velar los muertos a las agencias funerarias, versiones cubanas y ruidosas de los "Funeral Homes" —los cabarets de los muertos, como los llamaba con mucha gracia, una gran señora cubana. Pero no perdieron del todo los velorios el carácter social sui generis, expansivo, de los antiguos, que choca con la imagen y la solemne etiqueta silenciosa de la muerte y que ha sorprendido siempre, es compren­sible, a los extranjeros, sobre todo a los yankees, para quienes a fuer de realistas y prácticos, la muerte sólo obliga a los vivos a un acto de presen­cia, lo más breve posible, en la funeraria, con la consiguiente rápida con­ducción del cadáver al cementerio. Time is money! ...

Aquí en el exilio, la vieja costumbre de acompañar el cadáver de un amigo y a sus familiares la noche previa al entierro, aunque desaparecerá por falta de tiempo, se conserva aun gracias a los propietarios cubanos de funerarias. En estos velorios se tiene la oportunidad de reunirse con viejas amistades de las que se había perdido el rastro, y con otras que por los impedimentos de una nueva y dura vida de trabajo, de*prisa odiosa, se ven muy de tarde en tarde, precisamente en algún velorio.

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En memoria de aquel Jorrín "palero" visité una mañana de lluvia lo que fue el ingenio del amo de su antecesor. Ahora al recordarlo me viene el rico olor que trasciende en nuestra tierra de su entraña húmeda. No olvido el fango en que se hundían nuestros pies hasta alcanzar la puerta y franquear el umbral de la casa de vivienda ruinosa; las goteras sonoras que caían en una palangana en medio de la sala, ni el coro de ranas y guasábalos que nos llegaba por una ventana abierta a la desolación de un campo abandonado. En un rincón, la bastonera que guardó, seguramente, los bastones de Don Manuel Jorrín, su butacón, un sofá y una mesa isabelina, otra del mismo estilo de factura cubana y la luna turbia de un gran espejo tallado y desdorado, en el qué diariamente al avanzar el atardecer, asomarían los rostros fantasmales de los que allí moraban el 1868.

"Crains dans le mur aveugle un regard qui t'epie".

En el patio, rodeada quizá sin sospecharlo, de algunas esclavas muertas hacía casi un siglo, una mujer blanca, ya vieja, encargada de cuidar la casa, que se entretenía en cultivar rosas Francia, príncipe Negro, Bombón Cuba­no y claveles, me permitió curiosearlo todo. De pronto, en la típica y amplia cocina, un rayo de luz bañó los azulejos a mano alzada, y tres gatitos que vivían en ella salieron del horno a calentarse al sol. En el último cuarto de la casa estaba el baño: una batea, una cuveta para baños de asiento, palanganas y lebrillos españoles que despertaron mi codicia de coleccionista.

La buena mujer traza la historia de otros aparatos higiénicos que conser­va la casa. Una silla de servicio y varios bacines de loza, recalcando que los había de plata.

"Después de la Guerra de Independencia se usaron bacines de esmalte", y concluye a mi gran sorpresa, " ¡después de la guerra, ya no busque comodidades!"

Decididamente, esta señora, bien aferrada a su tiempo —un tiempo inmóvil— o a su pasado que para ella es presente, desprecia el water closet admirable, las duchas y los bidets modernos que aquí en USA no se usan.

Cesó la lluvia. No tardó en oírse respirar al sol y visito las ruinas del barracón desierto, donde callando a los pájaros, canta un niño unas déci­mas a desgañitarse y escapa al verme. Después de andar un rato por los alrededores me encuentro con una guajira que regaña a un mozalbete en la puerta de su casa. Contestando a mi saludo se cree en la obligación de explicarme por qu4 el muchacho, que debe contar unos catorce o quince años y es su hijo, lleva el pelo tan largo. Es que había enfermado gravemen­te y su abuela le ofreció a San Francisco, si lo curaba, no pelar al chico

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durante un año. No era tan severa la promesa; a otros niños se les dejaba varios años con el pelo largo. Nada de eso, valdría hoy.

Buscando con quien hablar e informarme sobre los congos, que deseaba conocer mejor, tuve la suerte aquel día, de toparme con un antiguo vecino de "Las Cañas" de Don Juan Poey, que aunque era descendiente "por parte de madre" de minas56 como lo era Omí Tomí ("de esas minas que comían tierra se abrían heridas, se echaban a las calderas, se mutilaban o suicidaban con tal de no doblar el lomo") de congos sabía mucho. No retuve su nombre, aunque me contó cosas interesantes sobre Mayombe que ya saldrán más adelante a colación.

Todavía por la década del cuarenta vivían en la colonia "Cocodrilo" tres congos Makuá: Santiago, Benita y Anacleta. Estos Makuá que a fines del siglo XVIII comenzaron a llegar a Cuba, procedían de la costa Oriental de África, de Mozambique57 y fueron numerosos en la Isla.

De los makuá kaurele, "que adoraban a los muertos", de su baile, también nos habló Gaytán:

"Hacían su música con dos tambores chicos. Uno se toca con dos palitos, el otro con las manos. Cuando los congos de Las Tejas terminaban su makuta, entraban a tocar los makuá. Bailaban en parejas. El hombre descalzo de frente a la mujer, lucía chaleco negro y pantalón blanco corto. La mujer con chancletas y bata de muchos vuelos. Por lo tonudo imitaban a los pavos reales. El daba un brinco e iba hacia ella. Decían los tambores:



¡Pan! Kai kitín kitin tín ¡Pan!

y la caja:



Kéte kéte kéte téke téke ten kénke tikén ká

Retrocedían, volvían a avanzar.

La lengua de los makuá era difícil y no se habló corrientemente. Tam­bién de la parte de Mozambique "que era de los portugueses, trajeron unos parientes de los makuá, muy simpáticos, bonitos, negros como el azabache, que querían a los amos como perros". No recuerda mi informante el nombre de esos negros. Y otros, que "se iban volando para su tierra, por lo que no se compraron más".

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Parece que hubo muchos esclavos que volvieron volando a África, cuando no había transporte aéreo, sin suicidarse. ¿Cómo explicar este fenómeno? Sencillamente se trataba de brujos, "brujos que volaban". A juicio de Ceferino, voladores eran casi todos los congos hechiceros —los de Angola volaban de un territorio a otro—, y las brujas también. (La violencia de trance de Mayombe, los saltos convulsivos, las vueltas vertiginosas, dan lugar a pensarlo.)

En apoyo de lo dicho refería el caso de un príncipe congo Mboma que cayó prisionero de otro reyezuelo, con una sobrina suya y doscientos desgraciados más y fueron vendidos al negrero. Destinados a Cuba, en la travesía, este negro, después de despedirse de su sobrina, todavía adoles­cente, le aseguró que regresaba volando a su país y se lanzó al mar. La sobrina, a los pocos días de llegar a La Habana fue trasladada, en un lote de cincuenta esclavos, a un ingenio. Andando el tiempo pudo obtener noticias de su familia al reconocer como coterráneo suyo a uno de los nuevos esclavos que había adquirido su dueño. Este le aseguró que su tío vivía aún, que gozaba de excelente salud y que no le había mentido en el barco al confiarle que se arrojaba al mar para volar a África.

En toda Cuba se creía en la existencia de las brujas voladoras que de noche chupaban la sangre a los niños. El chófer que nos guiaba en Bayamo no lo dudaba. Estas de que me hablaba aquel buen bayamés no tienen nada que envidiar a las de Matanzas, las temibles de Corral Falso, Mamá Viviana o Tona. Allí, al igual que en toda la Isla solían volar las Canarias, como aquella Doña María de que hemos hablado en otra parte, que fue por los aires a Tenerife y sorprendió a su marido con otra mujer.

Por suerte hay medios de castigarlas dejándolas sin piel, según nos relató un viejo matancero que vio volar, no a una mujer sino a un brujo ndoki de su pueblo de Bemba.

"En una finca por Madrugas había una que era la causa que ninguna madre viera crecer a su hijo: todos los niños morían porque ella les chupa­ba la sangre.

Había en el pueblo unos jimagüitas muy bonitos con los que la ndoki no se atrevía. Crecieron un poco y pidieron permiso y la bendición a su madre para ir a librar a la gente de aquella bruja diablada y como a los Ibeyi no se les niega nada la madre los dejó ir. (Estos Ibeyi, como el narrador, eran lucumí.) Es sabido que tienen grandes virtudes, poderes, que nacen adivinos y curanderos, y que el pueblo los considera como seres extraordinarios.

Ya lejos de su bohío uno de los jimaguas le dice al otro:

-Apoya tu oído en la tierra pues me parece que por ahí viene la bruja volando. Así era. Oyó un ruido como de un moscardón enorme y en el



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ruido una voz: Mamá bi oba va come uté yén yén, va come uté. ¡Era la ndoki!

Los Ibeyi improvisaron una carpintería y se transformaron en carpinte­ros. Apareció la vieja.

— ¿Han visto pasar a unos niños jimaguas?

—No señora, aquí hacemos bateas; no ha pasado nadie;

Se alejó muy molesta porque sabía adonde iban los jimagüitas y sospe­chaba cuales eran sus intenciones, pero como ellos se crecieron, la vieja no los reconoció. Llegaron al pueblo, recuperaron sus formas y entraron en una casa donde fueron bien acogidos y explicaron lo que se proponían. En ella habían muerto ya dos niños y la madre temía que el que había nacido hacía unos meses corriese la misma suerte que los otros. Inmediatamente los jimaguas prepararon un cubo con sal y ceniza. A la medianoche apare­ció la bruja, y como es costumbre de ellas se quitó la ropa y luego la piel del cuerpo. Los Ibeyi, que velaban, se apoderaron de la ropa y de la piel y la impregnaron de sal y ceniza. Así es que la vieja, como no puede volverse a poner la ropa y la piel por culpa de la sal y de la ceniza se quedó sin cuero. Sorprendida por los jimagüitas estos llamaron al pueblo, que se arracimó al fondo de la casa y la amenazaba mientras ellos cantaban imi­tándole:

"Mamá bi oba no va a come na, uté yén yén, no va come ná uté".

La mataron a palos, que es lo que merecen estas brujas".

La ruda, la sal y la ceniza les son funestas, pero también si el sol las sorprende fuera de su piel contribuye a matarlas.

En Manzanillo me contaron lo que había sucedido hacía años con dos brujas blancas (isleñas), que fueron volando juntas a una casa. Pero en aquella casa crecía una planta de ruda, y como esta planta es enemiga de las hechiceras, antídoto de brujerías, no se atrevieron a entrar, y un vecino insomne las oyó dialogar junto a la puerta:

—Entra tú.

—No, entra tú.

- ¡No, por nada del mundo, que dentro hay ruda!

Alzaron tanto la voz que despertaron a la madre de un hermoso niño cuya sangre se habían prometido vaciar. Su habitación daba a la calle y entreabriendo la ventana la mujer gritó:

-¿Qué tiene la ruda?

-Por picuda y aguda, no se sabe el contenido de la ruda.

Y levantaron el vuelo como dos tinosas.

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Mariwanga no es solamente el nombre que oiremos dar a muchas ngangas y a la diosa Oyá de los lucumí, cuando se la invoca y actúa en "juegos" de Palo Monte Cruzado y en la Regla Kimbisa. Mariwanga fue una mujer de carne y hueso, una negra esclava del ingenio La Diana de Soler.

"Mariwanga vino a América con dos hermanas suyas. Estas fueron a Santo Domingo o a Puerto Rico. A Mariwanga le tocó venir a Cuba. Pero al llegar a la Diana le advirtió al Contramayoral que el día que le sonara la musinga (el cuero) en las costillas, no la vería más. Y ese día llegó. Ella se escondió en la letrina y de allí volvió a África volando.

Mariwanga se entretenía en tirarle kimbamba (brujería) a los congos de Soler y de los alrededores, pero todos creían que quien arremetía contra ellos era un hombre. Tan seria se puso la situación que un Nkisa de los mayores y de vista muy clara, buscando quien era el enemigo, vio al fin en el espejo la figura de una persona acostada en el suelo: ya tá, dijo. Aquí tá uno con cabeza pa bajo convesando con cazuela. ¡Ah!, pero é tiene nalga­torio grandísimo. ¡Matako mandunga! Ese culo gordo no parece de hom­bre". Fueron siguiendo al "yimbi" —médium-, que los llevó a gatas, olfa­teando el suelo, siguiendo el rastro, hasta un bohío que era el de Mariwan­ga. Ella abrió la puerta.

" ¡Yo misma soy Mariwanga! ¡Yo tengo siete sayas! Y se fue quitando las siete sayas y tirándoselas una a una al Mbua, al que la había descubier­to. Luego les cerró la puerta.

Las Cabezas de Prenda (los brujos) hicieron junta y allí mismo recono­cieron a Mariwanga, y en esa junta que se llamó Cobayende, reconocieron también el valor del Palo Caballero".

"Cuando una mujer dice a ser bruja como Mariwanga, que se amarre el Taita el pantalón. Son el diablo, y todas tienen madera de brujas. Pero señor, si al Diablo lo engañó una muchacha con carita de yo no fui. Ella dijo una mañana en la plaza que quería casarse con un hombre que tuviese todos los dientes de oro, todos los dedos con anillos de oro, bastón con puño de oro, leontina de oro, reloj de oro, abotonadura de oro, la hebilla del cinturón de oro, gafas de oro, espuelas de oro, oro, oro en todas partes. ¡Un hombre de oro! El viento le llevó sus palabras al Diablo. Fue a verla a su ventana. Era bonitilla, y se enamoró. Pidió prestado todo lo que ella quería y se presentó en su casa.

Aquí estoy, le dijo. Yo soy el que quieres para marido. ¡Mira! A la vista de tanto oro la madre dio su consentimiento. Y se casaron. Pero después de la boda se fue a su finca en tierra de Diablos, llevándose a su mujer y el baúl de ésta. Antes, en el camino, devolvió dientes y prendas a los que se las habían prestado: a un dentista los dientes, a un abogado con quien tenía tratos, las gafas; a un chulo de Jesús María, el cinturón con hebilla de

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oro; a un magistrado la leontina de oro, el reloj, el bastón, y los anillos a una busquenque ;58 las espuelas al calesero de un conde que vivía del juego, y se las alquiló.

Al verlo sin chispa de oro, se le cayó el alma al suelo a la muchacha. ¿Cómo me zafaré de este adefesio? —se preguntó. El Diablo la instaló en su casa y le encargó a su centinela el Gallo, que no la perdiese de vista. A la primera ocasión, ausente el Diablo, que laboraba su campo, la muchacha, con idea de fugarse, se acercó al muro que cercaba la finca, y en el momen­to de saltarlo, el gallo, que la vigilaba, le avisó al Diablo. Este corrió a buscarla. Meses después, la muchacha llenó dos ntuku (sacos) de maíz y los vació en el suelo a la puerta de la casa, confiando que mientras el gallo comía tendría tiempo de escapar. Pero el gallo, que era muy perspicaz, estaba sobre aviso, picoteó el maíz:

Kóngoro makongo ¡tóc! Kóngoro makongo, ¡tóc, tóc! Kóngoro makongo,

y mientras huía la muchacha, acabando de tragar el último grano la vio:



Kóngoro makongo, Kóngoro makon... ¡tóc! Kóngoro makongo Kokorí kongo ¡Yombo se va!

dio el alerta y otra vez la muchacha tuvo que volverse atrás. No importa. Dejó pasar algún tiempo, el necesario para que el Diablo olvidase aquella segunda intentona, y un día, muy cariñosa, le pidió un favor:

—Quiero que le lleves a mi madre mi baúl como un recuerdo. No lo necesitamos, pero prométeme que no lo abrirás, porque yo estaré mirán­dote.

—Te lo prometo.

En un descuido del Diablo la muchacha se metió dentro del baúl. El Diablo lo cargó sobre sus hombros.

—Pesa, murmuró, y salió andando con la rapidez con que se mueven los pies de los diablos.

— ¡No lo abras que te estoy mirando!, le decía ella a cada rato.
—No, mi mujer.

Se detenía el Diablo, y la voz de la muchacha lo espoleaba:

— ¡Sigue, sigue, Matoko (marido), que te estoy mirando!

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Sonreía el Diablo y apretaba más el paso. Llegó a casa de la suegra y le entregó el baúl.

El Diablo jamás volvió a ver a su mujer. ¡Tan joven y tan linda!"

El tambor que se empleaba para tocar en los cabildos y sociedades de recreo congas, el tambor para divertirse hombres y mujeres, era la makuta "padre del tambor Yuca", el tambor largo que se hacía sonar con un palo. Lo acompañaban otros dos, de los cuales sólo uno se golpeaba con la mano.

Comparemos las descripciones de mis informantes con las que dejaron algunos autores extranjeros que presenciaron los bailes de los esclavos en los ingenios. Cuenta la Bremer, excelente observadora:

"Ahí están reunidos en el terreno detrás de la casa y a la sombra de un gran almendro, unos cuarenta o cincuenta negros, hombres y mujeres, todos vestidos de limpio; los hombres en su mayoría con camisas o bluso­nes, las mujeres con trajes largos y sencillos. Allí vi representantes de varias naciones africanas, congos, mandingas, carabalís, lucumís y otros, bailando al modo africano. Cada nación imprime a sus danzas sus propias varia­ciones, pero en lo esencial todas son iguales. Estas requieren siempre un hombre y una mujer, y representan invariablemente una serie de cortejos en los que el amante expresa sus sentimientos, en parte con un temblor de todas sus coyunturas, de manera que tal parece que va a caer hecho peda­zos cuando da vueltas y vueltas alrededor de su pareja, como un planeta en torno al sol, y en parte por unos magníficos saltos y evoluciones, a menu­do envolviendo a las señoras con ambos brazos pero sin tocarlas*9 sin embar­go, esto varía en las distintas 'naciones'. Un negro, un carabalí, puso tierna­mente su brazo alrededor del cuello de su pequeña dama mientras le colo­caba una monedita de plata en la boca. Y un contramayoral negro, un hombrecillo feo, bajo cuyo látigo había visto a las mujeres trabajando, se aprovechaba algunas veces de su cargo para besar a las jóvenes bonitas mientras bailaban con él, y para interrumpir el baile de otro hombre con alguna linda negrita y ocupar su lugar, pues es costumbre que si alguno de los mirones arroja un palo o un sombrero entre los bailadores, estos se separan y el que lo arroja puede sustituir al bailarín. De este modo la mujer debe bailar con tres o cuatro compañeros sin abandonar su puesto".

Wurdermann nos dejó las siguientes líneas sobre estos bailes de negros en Matanzas:

"Los domingos los dedican a divertirse. En muchas partes de la ciudad, en Pueblo Nuevo, se verán ondear banderas que señalan los sitios en que se

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congregan los negros para bailar sus danzas nacionales, pues aquí todas las tribus que se han traído de África conservan sus costumbres. Uno puede imaginarse viéndolos divertirse que se está en sus tierras natales. Su baile es único. La música de dos o tres tambores, hechos de troncos huecos de árbol y sellados con parches de cuero de vaca sin curtir; un grupo de hombres y mujeres vestidos llamativamente, que llevan el compás con las manos y una mujer avanza e inicia una danza lenta, arrastrando los pies, chancleteando y haciendo varias contorciones, reta a uno de los hombres. El más decidido de ellos sale al ruedo y ambos luchan por ver cuál de los dos se cansa primero, la mujer dando pasos que el hombre intenta superar, entre los gritos de la concurrencia. Una mujer que ha sacado a dos o tres buenos mozos de la arena, le cede al fin su lugar a alguna bella impaciente que ha estado contemplando sus triunfos con envidia. A veces un negro robusto ocupa el campo mucho rato y las mujeres, una tras otra bailan para ser vencidas y retirarse celebradas por la risa de los espectadores. Todo el tiempo se escucha un canto sordo, monótono como la música de los tambores, en el que se repiten tres o cuatro palabras en un tono más o menos animado a medida que la acción de los bailadores crece o disminuye en rapidez.



Estos bailes están bajo la protección de la Autoridad Civil que los autoriza los domingos y días de fiestas religiosas".

Advierte que el orden que los preside es debido al respeto que le tienen a sus Reyes y Reinas los negros de cada tribu.

A los toques de makuta —yuca o makuta, dicen indistintamente mis informantes-, iban las negras vestidas con lo mejor que tenían. El bailador de makuta bailaba con un delantal de piel de gato montes o de venado. Llevaba a la cintura, en los hombros y en las piernas, campanillas pequeñas y cascabeles; colgada del pecho, una gangarria. El hombre marcaba el compás con todo el cuerpo y perseguía a la mujer, metida en una falda anchísima, para "vacunarla": se detenía de pronto ante ella, haciendo un movimiento brusco y frontal con las caderas. Se daban muchas vueltas y se oía decir a la makuta: Tinguí tiki tikín.

Hubo grandes bailadores de makuta; Villayo fue uno de ellos; su fama llegó a eclipsar la de Pancho Becker.

Niño de Cárdenas nos describe así la orquesta que animaba aquellas "Kisomba Kía Ngóngo", fiestas de congos:

"Tres tambores la formaban. El cachimbo, que es el tambor que marca; la caja, que es el más sonoro, que da los golpes, y la muía que lleva el compás. El koko se sitúa detrás de estos tres tambores, y el kinfüite,6Oque era un tamborcito como un arpa con una soga que se frotaba con un paño mojado, Kii Kii... A ese conjunto se le daba el nombre de makuta. Samlile




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