Obras publicadas de ltdia cabrera



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para aligerar la carga o evitar algún contagio. Lo que pensando en negrero no tenía mayor importancia, pues no mermaba sus ganancias: a $450, y a veces a $ 1,500 la pieza, unas cuantas que se tragara el mar ¿qué más daba? El 1847 el negro que se vendía en Cuba en $650 se pagaba en África a $10. Ya en tierra, tras la dantesca travesía que duraba hasta tres meses, el africano llegaba a menudo en el colmo de la fatiga; extenuado, como se decía "alma en boca y huesos en un costal".44

El 1783 el Dr. Dionisio de Quesada le escribe desde Camagüey -donde por el momento se facilita conseguir bozales a precios equitativos— a Don Casimiro Arango: "mi padre llevó tres, porque estaban muy estragados, y en su casa, siendo reducida, temió se le apestaran; dichos negros no son capaces de hacer trabajos de consideración pero los que tenían intención de comprarlos querían irlos experimentando y acariciando para que perdie­ran el temor y no se huyeran como suelen hacerlo los de aquella calidad. De los tres que llevó mi padre, me consta que enfermaron dos, y aunque uno se curó en casa" —se curaban sólo con alimentos frescos, después de los atrasados que les daban en el barco-, "el otro fue preciso remitirlo al depositario para que lo medicara hasta que se restableció".

Normalmente, la mercancía humana, por buena y resistente que fuese, llegaba por fuerza, ligeramente averiada.

"Lo que sí debía chivar mucho era el reconocimiento. Eso de que lo traquetearan a uno por sus partes para saber si estaba bueno por ahí"', comentaba Juan B. que conocía "mucha historia antigua". "Pero en fin, menos mal si después de tanto miedo,45 tanta apretazón, tanta peste, tanto peligro, encontraba aquí un buen amo". Porque la suerte de aquella pobre bestia en que habían convertido al africano, trocándolo en su tierra por tabaco, aguardiente, pólvora, telas, cacharros, cuentas, abalorios —codicia­dísimos eran los collares de corales—, para que en América se dispusiese de ellos como de una cosa; se vendiera, se alquilara, se cambiara por "muía o caballo" —esto se leía con frecuencia en los anuncios— o se jugara a la pata de un gallo —que así jugó su dueño a Policarpo en una feria—, iba a depender exclusivamente de eso, de dar con un dueño de buen corazón.

La relación que hace Massé de su visita a un mercado de piezas de india de La Habana, vale la pena de ser traducida. Vamos a trasladarnos con él al año 1825. "Los barracones ocupan un terreno considerable. Se construye­ron para las tropas destinadas a la recuperación de Pansacola hace cuarenta años. Le costaron al Rey cuatro millones y se harían por quinientos mil francos. Dicen que algunos de los constructores están presos todavía en el Morro.

En estas casernas se encierran los rebaños de negros a medida que desembarcan y se venden. Se componen de una gran pieza cubierta de paja

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y dividida en varios departamentos. En el primero se hallan los empleados, carceleros; los siguientes están reservados a las esclavas (mujeres); al fondo están los hombres. Varias salidas comunican a un gran patio, y a un extre­mo se hallan varios anexos destinados a cocinas y otros fines. En el dormi­torio de los esclavos, a ambos lados, se han distribuido sus lechos, tarimas a un pie de alto del suelo. De día, a menos que no haga mal tiempo, se les obliga a andar por el patio. Unos toldos los protegen del sol y hay bancos de madera o de piedra dispuestos a lo largo de las paredes.

Se embarca a los desventurados negros como a paquetes de algodón o de pimienta; se les trata durante la travesía como si fuesen cargas de patatas o naranjas, que se lanzan al mar si se estropean,46 y los restos, más o menos considerables deciden la suerte de la especulación en el intervalo que transcurre entre el desembarco y la venta.

Hay que decir en elogio del gobierno español que ante sus ojos, hasta cierto punto, no se atreven a violar los sentimientos humanitarios con que ha de tratárseles. No puede decirse lo mismo de otras Administraciones europeas en América. Se cuentan trece negrerías. Se les puede visitar ex­ceptuando las horas de reposo. La alimentación que allí se les da a los esclavos me ha parecido sana y bastante abundante. Se tiene cuidado de hacerles cantar y bailar a menudo y de que marchen en cadencia. Por la mañana los negros y las negras se bañan en el mar cercano, y aunque desnudos los dos sexos, no ocurre nada contra la decencia". Observa que la actitud de las negras recuerda la de la Venus de Mediéis, pero sin proponér­selo, porque es una "pose" habitual de ellas, —avec la méme gráce— (con la misma gracia). "Al salir del barco cada negro recoge su taparrabo y lo usa mientras no está vendido. Gracias a la dádiva de un capitán o marinero, algunos se hacen turbantes con otro pañuelo, o lo usan como bufanda.

No faltan comerciantes generosos que regalan a los negros de su carga­zón coberturas de lana. Un colono que visita el mercado examina si los hombres son vigorosos, jóvenes y de buena raza".

No podía imaginarse Massé que hubiera mujeres tan negras y sin embar­go bonitas, y se rebela contra el prejuicio que hace "ñatos" a todos los negros: " ¡No! No todos los negros tienen la nariz aplastada ni los labios tan gruesos, inclusive hay negras que por la pequenez de sus bocas darían envidia a más de una francesa.

A menos que un negro se encuentre muy enfermo no se le consiente dejar de cantar y bailar con sus compañeros, para que parezcan alegres y saludables. Un vendedor de negros, un negrero, es tan cuidadoso de su mercancía como un tendero. Las danzas son expresivas; consisten en pa­seos, otras me parece que tienen un carácter guerrero y religioso.

Separados de sus mujeres los negros no tienen un aire muy satisfecho.



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En sus andares, en sus gestos y posiciones, las negras respiran voluptuosi­dad, y a falta de hombres se distribuyen el papel, pudiéndose apreciar en sus bailes el temperamento de sus países, en general lascivos. Casi todas las esclavas son de talla pequeña y bien formadas. Había una que no se cansa­ba de bailar, obligando a las demás, y sus guardianes blancos no le prohi­bían este exceso que la hacía feliz. Una linda bailarina debe caer muerta de cansancio. Las negras bozales no son coquetas. Había una mandinga desnu­da; sus aires, sus gestos, dejaban apreciar toda la pretensión que es capaz de exhibir la 'petite maitresse' de un país civilizado. Tenía un chai nada más, que se arreglaba coquetamente de mil maneras, más que para cubrirse, para revelar sus encantos.

Varias marcas sirven para distinguir a las naciones. Los brazos, los senos, las mejillas, la espalda reciben tatuajes, a veces bellos, que son adornos individuales; otros son el cuño de la nación a que pertenecen. Los cabellos tejidos demuestran una paciencia inaudita; pondrían a prueba el arte de nuestros peluqueros. Su arreglo debe ocuparles el día entero.47 En la escla­vitud tienen que sacrificar este adorno que da tanta gracia a sus cabezas. Las nucas se afeitan a los pocos días del desembarco".

Massé penetra en el barracón número siete. (Al que lo acompaña le gustan las negras.) Allí una joven africana le pide tabaco. El francés le regala un paquete que la transporta de alegría. La esclava lo distribuye entre sus compañeros, que acuden, rodean a los blancos bondadosos, to­man sus manos y gritan ¡tabaco! "La primera palabra que aprende el bozal es Habana, la segunda, tabaco".

Massé distingue una gran variedad de matices en la coloración de los negros —entre los carabalí, descubre que los hay como rojos—, ve algunos que son más bien amarillos, otros... "negros rubios con el pelo rojo", y dice: "No hablo de negros blancos que serían objeto de curiosidad", y sin embargo los había, los hay —los albinos—, para los lucumí hijos de Obata-lá.

"Muchas ladinas toman parte en los bailes y cantos de sus compatriotas recien llegados. A algunos negros de afuera, los guardias les permiten mez­clarse con las nuevas víctimas, a otros los echan, porque vienen a desmora­lizarlos".

Y llega el día de la venta, que se anuncia en un pequeño billete que se recibe con el periódico.48

"Los compradores esperan la hora fijada en la pieza en que se alojan los guardianes. Todos los negros están encerrados en la otra, y la puerta que conduce a ella, al abrirse a los compradores, es asaltada por sus agentes. Es curioso observar cómo se disputadlos puestos frente a esa puerta. Un hombre en mangas de camisa suda a mares. Suena la hora, la puerta se abre



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al fin, y los compradores o sus agentes, se precipitan sobre los negros. Realmente el espectáculo es horrible. Cada uno se hace del mayor número de negros que pueda reunir para escoger después. Cuando se ha hecho la selección y completado la compra y salen los esclavos con sus pañuelos al brazo, entonces, qué gritos, qué gemidos, lanzan sobre todo las mujeres, quienes por el sitio que ocupan en la habitación son las primeras expuestas a la irrupción de aquellos bárbaros. Empavorecen, se abrazan todas, dan muestras de una violenta desesperación. Los compradores se esfuerzan en calmarlas. Se las selecciona, se rechazan del grupo las menos frescas, o que han sido puestas de lado por otros compradores.

Las esclavas escogidas reciben vestidos, y entonces las mujeres lloran menos. La vista de una gran camisa empieza a consolarlas. Algunas veces se escribe por la parte de atrás de la camisa, el nombre del dueño y el nombre que se le dará a la esclava. Pero a veces sucede que hermanos y hermanas o padres e hijos están en grupos diferentes y se hacen gestos, se señalan con la mano, y ahí empiezan los gemidos. Se venden juntos la madre y el hijo pequeño, y estos lloran viendo llorar a la madre. Una señora blanca lleva de la mano a un niño; acaba de comprar tres negritos y se los enseña a su hijo; los negritos acarician a su dueño, aunque ya éste los empuja".

La operación que hacen los compradores examinando al esclavo se la calla Massé, para no ofender el pudor.

"Se les mira el sexo pues si tienen hernias, el trabajo las agrava. Todas las mujeres estaban ya tranquilas y vestidas, cuando oí unos gritos agudos en la cocina, adonde se habían retirado unos negros, acurrucándose junto al fuego. Era una negra joven que tenía una venda sobre los ojos, amenaza­da de perder la vista,49 la que gritaba de aquel modo a medida que se marchaban sus compañeros".

Massé, que calcula siempre en francés, nos dice que una pieza, un negro de primera, valía 420 piastras, y un muleque, un muchacho, 400; que en aquella fecha ya no se hacían créditos por diez y ocho meses; la mercancía se vendía al contado. La carga no se vendía toda el mismo día, y siempre quedaba en los barracones un remanente de enfermos, de ciegos, ¡y había quien especulaba con estos desechos humanos, quien los compraba a su propio riesgo, por cincuenta o cien pesos!

H. Tudor el autor de "A Narrative of a tour in North America" (with an excurtion to Havana). Vol. II, London 1834), vio en la bahía un barco negrero que llegó con doscientos cincuenta esclavos. Lo cazó el schooner Skip Jack, pero pudo escapar en la oscuridad de la noche; y vio el sitio en que estaban confinados los esclavos, desnudos con taparrabos y exhibidos como cerdos. De acuerdo con sus edades, se hallaban en lotes sentados en el suelo, comiendo, devorando más bien, una mezcla de plátanos salcocha-



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dos salpicada de huevo y arroz, una especie de potaje que se hubiese dado a un puerco.

Tres de estos infelices estaban muy enfermos debido al hacinamiento durante el largo viaje, uno de ellos, especialmente, parecía moribundo. Postrado y quejándose en el suelo, desnudo como había venido al mundo. No era más que hueso y pellejo. Nadie le tuvo lástima, nadie le dio ropa, comida o medicinas, como si sus amos comprendieran que perderían pron­to el dinero que gastasen en él, pues la muerte se le acercaba. A pesar de su deplorable estado, dice que todos fueron puestos a la venta, y que al negro que yacía postrado en tierra se le alzó del suelo para demostrar que no estaba muerto, y un posible comprador no perdiese del todo la esperanza de verlo restablecido. Sin embargo, el hambre y la enfermedad lo habían minado y se desplomó exhausto. "Los especuladores de sangre humana, extraño es decirlo, ofrecieron dinero por este cuerpo inservible y por otros dos negros enfermos, que se vendieron en... dos pesos". Inquiriendo a la mañana siguiente Tudor supo que el pobre negro había muerto en la noche.

De los barracones en extramuros en que se efectuaban las ventas de esclavos, escribe Bachiller y Morales: "Yo recuerdo, y era muy niño, la alegría con que se dirigían a las personas con quienes simpatizaban, gozo­sos y complacidos, especialmente los jóvenes, para que los sacasen de esos corrales".

Proverbialmente por dichoso, repetimos, se tenía después de su venta el africano que no era llevado a un ingenio a expiar su crimen: el de haber nacido negro.

Tres décadas más tarde que Massé, un autor que ya hemos citado, Richard Henry Dana Jr., acompañado por un rico e inteligente hacendado, visita también los barracones de Regla, cruzando en unos minutos la bahía en el "Ferry boat", aquel "ferry" que comunicaba La Habana con Guana-bacoa, que muchos habaneros, reglanos y guanabacoenses recordarán, pues funcionó hasta el 1928.

Estos anchos y cortos vapores de rueda que hacían ese servicio desde madrugada hasta la noche a mediados del pasado siglo, y además de pasaje­ros —el pasaje costaba un real sencillo, medio real el de niños de cinco hasta ocho años y el de los negros—, transportaban carga, quitrines y volantas con un solo caballo y sus caleseros, y otros tipos de carruajes, carretones, carretillas, vacas y bueyes.

En Regla, cuenta Dana, "pocos minutos de camino nos llevan a una pequeña factoría donde todos los trabajadores son chinos. En el patio posterior de ésta hay una serie de edificios bajos a los cuales se llevan los esclavos para exhibirlos. En el 'Ferry boat' traíamos a un individuo de

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poca estatura y rostro delgado, que era un vendedor. Allí los esclavos, dirigidos por un negociante y un corredor, forman un semicírculo. El Sr. les habla bondadosamente. Están vestidos y no se les examina más que los ojos; no se requieren exhibiciones de su fortaleza y de habilidad, nada de esos registros ofensivos, sobre los cuales hemos leído tanto; qué exámenes había hecho o iba a hacer el negociante en mi ausencia, no lo sé. El lote consistía en unos cincuenta esclavos de ambos sexos y de todas las edades, algunos viejos y otros muy viejos, y el Sr. se negó a comprarlos todos. El traficante le ofreció entonces separarlos y el Sr. eligió la mitad de ellos, que fueron puestos aparte.

Observé la circunspección de todos —de los elegidos y los rechazados. Era difícil descifrar el carácter de sus emociones. La desesperanza se fijaba en las caras de unos, y en la de otros hubiera sido difícil decir si la ansiedad o la decepción que se leía en ellos se debía a que habían sido escogidos o rechazados. Cuando se hizo la separación y advertí que los esclavos no se atrevían a sugerir si un lazo natural o de afecto se rompía con esto, pregunté al Sr. si algunos de ellos no serían parientes. Me dijo que se ocuparía de ello, pues nunca separaba a los familiares.

Habló con cada uno de los que había escogido preguntándoles si entre los que habían sido puestos de lado tenían algún familiar. Fueron pocos los que señalaron a sus parientes y el Sr. los compró. Una esclava era una madre anciana y otra una hija pequeña. Me siento satisfecho de que en este caso no se hubiese llevado a cabo una separación.

Le pedí al Sr. me dijese en qué se basó para seleccionar a los esclavos, pues no me parecía que había elegido sólo a los más vigorosos. En la raza, me respondió. Aquellos negros probablemente eran oriundos de África, bozales, excepto el más joven. Los tatuajes de las razas les eran conocidos a los hacendados. Nombró una más inteligente que las otras, más difícil de manejar, pero muy superior cuando era bien tratada. Todos los que com­pró, sin importarle la edad o la fuerza, pertenecían a esa raza. Pienso que esa tribu preferida era la lucumí, aunque no estoy seguro".

Y sin duda lo era. En aquellos años de gran prosperidad económica —del cuarenta al sesenta y ocho—, es cuando la demanda de lucumís fue mayor.

Pero sustituyendo a los primitivos trapiches que se movían por fuerza animal, dejando muy atrás aquel notable adelanto que en la industria del azúcar representaba por el 1818 -que fue un gran año para Cuba-, la máquina de Martín Lamy que ¡hacía dos revoluciones por minuto! y daba un chorro de guarapo superior al de los trapiches corrientes, se introducen

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en Cuba, del 1830 al 40, las máquinas de vapor. Estas se van perfeccionan­do cada vez más y aliviarán las fatigas del esclavo. El cuadro que me han pintado mis ancianos informantes sobre sus trabajos en el ingenio, no muestran los mismos colores sombríos que emplearon muchos autores al describirnos las miserias de la esclavitud rural. Sus noticias se ajustan más bien a las que da Gallanga en su libro "La Perla de las Antillas", escrito el 1873, y otros contemporáneos suyos: "Es liberal y realmente patriarcal el trato que se da a los esclavos en Cuba". Gallanga los vio en los ingenios de Poey y de Zulueta, "gordos, con movimientos lentos, zalameros y a ciertas horas ruidosamente alegres".



Los esclavos en los ingenios que visité, nos dice, "están cargados de trabajo. De noche muelen las máquinas hasta las tres. Sin embargo, la suerte está muy lejos de ser lo miserable que se imagina.

Hay dos fases en la producción del azúcar. Primero: el trabajo en el campo de caña, que puede ser y es actualmente, ejecutado en una gran proporción, por trabajadores libres y en muchos casos por hombres blan­cos.

Segundo: el trabajo en la casa de azúcar, que tritura la caña y convierte el jugo en azúcar, que en una gran proporción lo hace la maquinaria, que diariamente se perfecciona. El orgullo de dueños de ingenio como Poey y Zulueta, es el haber logrado reducir la labor que antes hacían los esclavos y disminuir notablemente el número de 'manos' —en cientos y miles—, dejan­do a los que quedan una tarea que no es de ningún modo más pesada que la de los operarios de las fábricas de Manchester, Sheffield o New Castle. Zulueta sólo emplea quinientos obreros manuales y hábiles en el campo y en el ingenio".

La condición del esclavo había mejorado indudablemente. Veinte años antes el Dr. Physician observaba que a pesar que la faena del esclavo es fuerte durante la zafra —en los ingenios más que en los cafetales—, pues ésta comienza en noviembre y termina a principios o fines de junio, "los negros se ven sanos y fuertes. No pierden el sueño ni el apetito". De las veinticuatro horas del día, disponían de cinco o seis para dormir, dos para comer y reposar al mediodía. Los domingos, tarde y noche repiqueteaba el tambor. Y el 1888 Mathurin M. Ballou,50 declaraba: "Aunque aborrece­mos en su totalidad el sistema laboral cubano, no negamos sin embargo que los esclavos, en lo que a comodidad material se refiere, están mejor alimentados, alojados y cuidados que la cuarta o quinta parte de la pobla­ción de Irlanda y de la India, y es más, que esta comparación puede establecerse con la de la mayor parte del continente europeo".

El caso es que a mis viejos, los buenos y alegres recuerdos les habían borrado los malos; callaban las historias oídas si no vividas, de las insurrec-

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ciones de esclavos en los ingenios matanceros, de la conspiración del 1844, de los maltratos de contramayorales malvados, y sólo les agradaba reme­morar las fiestas y diversiones. Muchos a contrapelo me relataban un cri­men, un acto de violencia, un accidente, y estos eran frecuentes, como el que me cuenta Francisquilla (las viejas eran más dadas a narrarnos las calamidades que habían experimentado o presenciado).

"Nosotro tá bajo casa lo ingenio cuando ingenio era de masa. Un chino manila puso uno pincho pa coloca la masa y nosotro tá mira chino. Chino se decuidá. Chino enganchao, garrao entre masa que lo metió en el techo. Quita lo pincho. Vamo pone caña. ¡Dio bindito, Siñó! ¡Ni botón camisa apareció de chino! Y ese chino a mí me gutaba".

Lo cierto es que he conocido ancianos matanceros y villaclareños, que a pesar de la cercanía a la capital, nunca la visitaron, ni soñaron jamás en abandonar su terruño.

" ¡Se divertía uno tanto en el ingenio! Un día aquí era un tambor en un Cabildo de Santo, otro allá un plante de congo, y todos a bailar", suspiraba Heriberto. "Los congos tenían Cabildos en todos los pueblos. En Nueva Paz la mayoría eran congos. Yo iba con mi padre a las fiestas de Macurijes, Bemba y Sabanilla. Eran desafíos de bailes. Para mí los mejores bailarines, sin discusión, eran ellos. ¿Quién puede olvidar a Agustín bailando Mumbo-ma? Era algo único. ¡No, niña, usted no ha visto nada!"

"¡Aquellas fiestas de los Congos Reales! ¡Dios bendiga a mis Nkula51 que en Gloria están! Ya se acabaron- en Cuba los Congos Reales. Mire si eran grandes que el Día de Reyes, en el Palacio del Capitán General, hasta que no llegaban los Congos Reales, no se repartía el aguinaldo.

A veces la música de sus fiestas la hacían con botijuelas que sonaban como tambores: umbó kín bín bín Mbú...

El cabildo de los congos portugueses y de los congos reales estaba en el ingenio Santa Rita. El 'Santo' de los portugueses se llamaba "Gangasímba; el de los congos reales Yeyenkila, pero en las fiestas abiertas no bajaban". (En las fiestas profanas no se producía el trance.)

"Unión de Reyes, Alacranes, Cabeza, Camarioca, Bemba, Ceiba Mocha, Macurijes, Sabanilla del Comendador, Corral Nuevo, Nueva Bermeja, en todos esos pueblos bailé y toqué el tambor. ¡Levanta Ngoma Kokero bóbele Ngoma! ¿Entiende? Quiere decir, ¡a tocar, a hacer hablar el tam­bor!"

"Ay, las fiestas de los Hernández, mayomberos, en una casa que tenía un flamboyán inmenso, en la misma calle en que vivía Francisco Cataneo, un moreno muy inteligente, maestro, amigo de Juan Gualberto Gómez y de Campos Marquetti!"

Para estos descendientes de congos es un título de nobleza declarar que

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su antecesor era del ingenio Desengaño, del Ácana, del Santa Rosa o del Triunvirato, del San Cayetano, de la Luisa o del Armonía.



Makindó, del Flora, gracias a una lotería se libertó; claro que volvió al redil, a su provincia querida, la Ifé de Cuba para los lucumí, Mbanza Kongo para los congos, pero antes "caminó" toda la Isla, visitó todos los cabildos de congos —en Sagua la Grande el de Kunalunga, donde había un pozo en que tenían "sus Mbomas52 y grandes secretos". Aún existía antes de la entrega de Cuba a Rusia.

En tiempos en que vivía en Sabanilla del Comendador un rey Congo, "Melchor", iban a rendirle homenaje una vez al año, todos los congos matanceros, pues Melchor era rey de todos ellos.

Makindó consideraba que en la provincia de Santa Clara "la más sana de Cuba", acaso los congos fueron más numerosos que los lucumí.

"Es posible —me dice un 'pilongo'—53, había muchos; eran congos to­dos los que figuraban en la procesión de la fiesta de la Virgen de la Caridad del Buen Viaje, de la que eran muy devotos.

El 1890 vi el entierro de una conga Reina de Cabildo. En la calle, en cada esquina, se hacía una ceremonia: colocaban el cadáver en tierra y varios negros lo saludaban con grandes banderas españolas. La autoridad los dejaba en plena libertad de practicar sus ritos".

Sin embargo, en la colonia siempre se prohibió "que se conduzca a los Cabildos los cadáveres de negros para hacer bayles o llantos al uso de su tierra". Esta interdicción, que se renueva en todas las Ordenanzas poste­riores, en las municipales de la ciudad de La Habana del General José de la Concha, 1855, leemos: Cap. IV, Art. 40: "Para conducir algún cadáver a los cabildos y velarlos depositados en el interior hasta las veinte y cuatro horas, avisará el Capataz del cabildo al celador del barrio. Pena de dos a cinco pesos".

Cap. V. Art. 55.: "Los que formaren el duelo de los entierros de la gente de color, usarán sus trajes ordinarios y no disfraces; irán de dos en dos si marchasen a pie y no se detendrán en las puertas de las bodegas o de otros establecimientos públicos, a la ida ni a la vuelta del cementerio. Pena de cinco pesos".

Mas no parece que esta Ordenanza se cumpliera al pie de la letra en ningún tiempo. En el campo, por supuesto, era letra muerta.

"Al Ikú, (difunto) se le lloró siempre a la africana en el cabildo o en su casa", me aclara Calazán, "así era cuando yo nací y así fue antes de yo nacer, y así es. La Guardia Civil perseguía que se bailara la caja del muerto en los entierros, pero yo llevé a enterrar a muchos muertos, bailando. ¡Remando pá Boboya, remando pá-Boboya! y se paraba uno en las bode­gas a echar un trago.

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Tuné tuné vamo a casa Mamboya Tuné Tuné vamo a tuné tuné A casa Kanguera...

Bien claro especificaba el artículo 10 del antiguo Bando de Buen Gobier­no:

"Tampoco se permitirán bayles en las casas particulares donde esté expuesto el cadáver, ni llanto como se ha dicho, aunque bien podrán acompañarlo guardando la debida moderación, y si executaren lo primero se* exigirá la multa de dos ducados a los que actualmente baylaren y canta­ren, si fueren libres, y a los esclavos se castigarán con veinticinco azotes, aplicándose los insolventes libres por tres días a las obras públicas..."

(Como entences, entiéndase llanto por rito fúnebre.)

Makindó, igual que Calazán, rodando por la Isla, "lloró y bailó mucho muerto". Allá en Remedios tuvo un compadre, en Trinidad se "enredó" y quiso mucho "una temporada" a una conguita mbándola, pero en cuestio­nes de mujeres no tenía preferencias: confiesa que las de todas las tribus le gustaban. "Por aquel entonces", me contaban, "los negros libres de nación tenían tres o cuatro mujeres, y a una de ellas le llamaban La Principal o la Nkundi. La Principal tenía autoridad sobre las demás. Comía con el mari­do servida por las otras. Lo que sobraba era para éstas y los hijos. Los hijos varones no podían entrar en el cuarto en que dormía la Principal con su marido".

"A Tá Susano", me contaba Baró, "le conocí dos mujeres muy buenas que tuvo de por vida, Anita y Santa. Santa era mulata. Vivían en la misma casa y se llevaban admirablemente. Se querían mucho las dos. Sin embar­go, otras veces, las mujeres del mismo marido se encelaban, se odiaban, se agarraban de las pasas..., pero la costumbre era esa", y concluía Baró, "más cómodo era tenerlas juntas en una misma casa que una por aquí y otra por allá".

Como los lucumí, los congos anteponían el nombre genérico de Congo al de la tribu o región de que provenían: congo babundo, congo musakamba, congo mpangu, congo bakongo, congo musundi, congo loembi, congo mbángala, congo kisenga, congo biringoyo, congo mbaka, congo kabinda, congo ntótila, congo bangá, congo musabele, congo mpemba, congo maku-pongo, congo kasamba, congo motembo, congo makuá, congo kumba, congo ngola, congo kisamba, congo nisanga, congo muluanda, congo lundé butuá, congo nbanda, congo kisiamo, etc,

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De los nisanga conservo copia de una escritura del Archivo Nacional de La Habana: 1867-1869.



"Prío Morales, moreno libre, congo nisanga, exige se restablezca Cabil­do para tener deliberaciones. Capataces y Matronas serán Io Capataz, Co­rrales y 2o Eduardo Cabrera, 3o Ibañez. Ia Matrona, Mercedes Pulgarón, 2a Marta Tranquino, y 3a Apolonia Domínguez. Nombraron como Patrón al Señor Jesús, María y José.

Extramuros barrio del Pueblo Nuevo, calle de la Salud 167. Los antece­dentes de Merced Pulgarón, libre, y los de Apolonia. No tienen anteceden­tes. No son desfavorables. No pueden informar sobre Rosendo Ibañez, vecino de Pueblo Nuevo 4 Dr. en la última cuadra antes de llegar a Cuarte­les, en una casa de Cabildo, por cuyo motivo paso este expediente. Apare­ce después una certificación de Fermín Pérez. 7 Septiembre de 1867. El moreno libre Rosendo Ibañez, natural de África, de veinte.... sobre sirvien­te y vecino de la calle del Salvador no. 8, es de buena conducta y nada consta que lo perjudique. El barrio de Pueblo Nuevo y el determinado por el gobierno para establecer los Cabildos, y correspondiendo esta demarca­ción a la calle de la Salud 164 como se haya comprendida en el lugar designado, Noviembre 4 de 1867, concedido el permiso que se solicita aquí en la ciudad de La Habana en 25 de noviembre de 1867. Don Francisco de la Madrid, comisario de policía del IV Distrito, ante de mí el escribano del Gobierno se trasladó en virtud del decreto que antecede a la calle de la Salud 164 donde se hallaban reunidos varios individuos de los que compo­nen el Cabildo de Nación Congo Muango bajo la advocación de Jesús, María y José en número de 9 hombres e igual de mujeres y se procedió a la elección de Capataces y Matronas que han de regir el Cabildo, obteniendo votación unánime los individuos siguientes: Io Capataz Pico Corrales 2 y 3 Eduardo Cabrera y Rosendo Ibañez. Ia Matrona Mercedes Pulgarón. 2a Matrona Apolonia Domínguez. 3a Matrona María Marta Franquine. Dieron Francisco de Alvarado y Francisco de Castro". (Y se expidió el documento que da el gobierno en estos casos.)

Ese mismo año de 1867 se constituyen en La Habana otros dos Cabil­dos congos, concediéndoles patente. Cada vez que en esos expedientes se menciona a los Cabildos de Congos Reales, de Congos Ngola o de Agro, Carabalí Agro, nunca se omite declarar que "existen desde una época remota".

Juan O'Farrill había tratado a muchos ganga —"congos o parientes muy cercanos de ellos"— a gangas poangá, a ganga Ñongobá y a los ganga kueré,

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que bailaban con un delantal parecido al wabí de los lucumí, acompañán­dose de un tambor parecido al Ncheme de los abakuá, forrado como éste, pero sin cuñas.



He oído mentar a otros ancianos a los ganga kisi, que tenían su Cabildo en La Habana, y a los ganga gorá, romú konó, misense.

Si le damos crédito a O'Farrill, de toda la "conguería" eran ellos los mejores, los que más apreciaban los amos por su buen carácter y "porque no tocaban el piano" (no robaban). Eran honrados. Los ratos más diverti­dos y alegres de su estancia en el ingenio, Juan se los debía a ellos. Ningún otro africano contaba historias con tanta gracia. Todos los cuentos que me narraba en aquellas tardes inolvidables bajo el laurel mitológico de la de­rruida Quinta San José, deliciosamente complicados o deformados por su arteriesclerosis, los había aprendido con los ganga. Sólo les reconocía un defecto y gravísimo. Celaban como locos a sus mujeres, y el pobre Juan, que solía repetirse, volvía a poner de ejemplo a un Ótelo ganga que había tenido varias mujeres y a todas les prohibía que se asomasen a la puerta y que saliesen de casa. ¡Las enterraba en vida!

"Este negro enamoró a una negrita llamada Kombé, muy linda, y aun­que su madre le aconsejó que no le hiciese caso, la muchacha se encaprichó y se casó con él. Soyangué, el ganga, se llevó muy lejos a su mujercita, al monte, a un bohío en lo más solitario, donde sólo pasaban las arrias de carbón. Allí no iba nadie a visitarla, ni su familia, y al cabo de algunos meses, la muchacha desesperada le rogó que la llevase al pueblo, que se iba a volver loca de soledad. En aquel encierro no se volvió loca pero se enfermó. Se consumió. No hablaba, no tenía fuerzas para nada, no quería vivir más. Soyangué fue al pueblo a buscar un remedio que él conocía, y al volver la encontró muerta.

El ganga aquel tenía dos perros, uno se llamaba Wayorima y el otro Aé. Los dejó de guardia a cada lado del cadáver y volvió al pueblo a comprar una caja para enterrar a Kombó. Cargó con el ataúd de pino en la cabeza, acostó dentro a la muchacha, encendió cuatro velas y se sentó a la cabecera a llorarla.



Wayorima aé Kombó Soyangué Aé kombó Wayorima Soyangué.

(Somos nosotros Wayorima, Aé, Soyangué los que te velamos, Kombó.)

A eso de las cuatro de la mañana pasaron los carboneros con las arrias de carbón. Ven que hay un muerto en el bohío, paran y bajan a interesarse.

— ¿Cómo no nos avisó para acompañarlo?

¿Y sabe usted lo que les contesta el ganga?

—No avisa, no, poque hata dipué de mueta yo cuido mi mujé. Yo

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siempre ha sío celoso. Hata que no entierra yo no sabe si son buena pa mí solo na má. Aquí no quiere má acompañamiento. Y le señaló a los dos perros."



José Manuel Baró coincidía con Juan en ensalzarnos un día, en el pueblo de Limonar, aquel gracejo único de los ganga.

Toda su infancia había transcurrido en esta región que conocía al dedi­llo.

Vivió en el ingenio de los Grave de Peralta y en el cafetal de Crabb. De las ruinas del antiguo Ariadna de Chartrand, tan visitado a mediados del siglo pasado por los extranjeros que a pesar del temor que les inspiraba la fiebre amarilla cruzaban el mar, unos para contemplar las bellezas de la Isla, otros, los yankees, que la codiciaban, para estudiar qué ventajas ofre­cía su anexión o su compra,54 nos llevó al cafetal de Crabb, en lo que él llamaba Baró chiquito —seis caballerías y no recuerdo cuantos cordeles. Allí estaban las ruinas de la casa de vivienda, la casona que había conocido llena de animación y de vida, enteramente invadida por la vegetación; el batey desaparecido, y junto a lo que era enfermería —de ésta se conserva­ban los muros de la fachada— estaba la casa de sus padres... porque el esclavo que fue su padre, luego con su trabajo se convirtió en ganadero. José Manuel parecía realmente emocionado. Veía asomar por todas partes las figuras desvanecidas de antiguos conocidos, y hasta de animales, los fantasmas del perro Componte y de la perra Diana, de la finca Chartrand, feroces guardianes, tan temidos que nadie se atrevía a acercarse a ciertas horas por sus alrededores; la muía en que Tá Cesáreo daba vueltas a la noria cantando hipnotizado

Caminando caminando Caminando caminando ¡Hala muía! Caminando...

Frente a las altas tapias del pequeño cementerio se le presentaban las imágenes familiares de Lorenzo Baró, el pocero, Má Lení y su marido Chekué Chekué, Má Komé Chimba, que cocinaba un karalú exquisito, un caldo de yerbas que se recogían en el mismo batey, con maní y ajonjolí. Pablo Noka, el enterrador, "que debía sacar a los muertos de los ataúdes cuando los dolientes no pagaban los veinticinco pesos de rigor55 y los echaba en la fosa común". Polvo en el polvo, allí reposaban los blancos separados de los negros. Donde solevanta un enorme aguacate en la esqui­na del cementerio chino, sepultaban a los negros, y separados de todos, a los niños "judíos", sin bautizar.

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Allí en el Crabb este Baró trató con los ganga. Se les admiraba porque cantaban en los velorios unos cantos tan tristes, que todos los presentes lloraban. De repente variaban el ritmo, y con las lágrimas frescas aún o haciendo pucheros, la gente se echaba a reír a carcajadas. Era un arte que sólo tenían los ganga: hacer llorar e inmediatamente hacer reír.

"Moría un ganga, se corría la voz y de las fincas vecinas venían a su velorio", nos cuenta otro viejo que fue del ingenio Jorrín, y de apellido Jorrín.

"¿Usted sabe? el amo de mi padre era Miguel Jorrín y Moliner, hijo de Don Gonzalo Jorrín. Al rayar las cuatro de la mañana, los ganga dando vueltas alrededor del cadáver, cantando cantos muy importantes que par­tían el corazón, empezaban a despedir al muerto. Era siempre una mujer la que hacía de gallo (la que iniciaba los cantos). Decían en uno de ellos que Dios crió a sus hijos para comérselos, porque sus hijos cometían faltas y las faltas se pagan con la muerte. A semejanza de Dios, hoy los únicos seres en el mundo que se comen a sus hijos son el cocodrilo y el caimán".

Aquellos ganga adoraban un santo que llamaban Eserikika.

En el pueblo del Perico, Florinda Pastor era, hace años, jefe de una familia de más de cien individuos de origen ganga ñongobá. Formaban un clan cerrado y se dedicaban especialmente, me dio a entender, al culto de los antepasados. En sus velorios, todo el tiempo que el cadáver está de cuerpo presente cantan y bailan, y con los cantos comienzan los trances:

Doyan doyan Ikikiwe kikiwe yengué

Mañengue bandeo Yangué pa mi xvana yengué

lo mando al cielo Van koromaé Nengueré

Yaó bondé yá

Boyaya yambuke bongué

Lloró lloró kimbiya oro pondé

Con cantos lo acompañan al cementerio:



Indé indé bondé son de baina...

Cada cierto tiempo celebran sus ritos, y en los aniversarios de sus muertos, invocan y "lloran":

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Kereyan waio aó maó

Kere weyo yan weío

Vamo a llora morilé

Lloró lloró kimbiya oro

Pondé kengue un ke yambasina

Mamba chó wanwege iyaó Kende yao kende yao kende yao

Llama ó llama owé Llamando a Tá Bondó

Umbé ya mambe

Mamba tambulende

Mamba pangulembe

Mama kore mamambeke...

Diambo bondian bembé

Diambo ndián gondia abaní

■ i.


Florinda Pastor y su gente emplean en muchos de sus cantos una jerga entremezclada de palabras castellanas antiguas, bantú y yoruba. Por ejem­plo:

Dale manguengue, dale gongoni Dale kó we ma o Iyá Iyá Changó

Obé Obé Obé OyáOyá Oyá Changó koya ma diké obé obé obé.

(-Porque cruzamos Palo Monte con Ocha, me explican. Invocan también a los Orishas.)

"En todos los velorios de congos se canta y baila; todos se parecen. Se tocaba gongoriko o kinfüiti -Sikiringoma Yalulendo Tomasike-, por ejemplo:

Tango moana tango moana Füiri lurié tango moana

Bafiota füiri lurié

Tango moana lé mundele

Füiri lurié tango moana

Mungonga füiri lurié.

(Negro muere, se va, no vuelve más. Blanco muere, se va, no vuelve más.) Se cantaba girando alrededor del muerto envuelto en una sábana y tendido en el suelo, y se le recordaban prudentemente los servicios que había recibido de sus carabelas cuándo era vivo. Como hacen los ñañigos en los "nampes", se le dibujaban unas marcas con yeso blanco, y cuando

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cada grupo de africanos terminaba de cantarle, volvían a levantarlo del suelo. Pero los cantos de los gangas para los muertos eran, son los más bonitos".

En vez de blandones de cera el negro utilizaba como candelabro la cepa del plátano, en número de cuatro, seis, siete u ocho. Los congos musundi acostumbraban encender ocho velas. Los criollos, que eran los últimos en cantarle al difunto, encendían cuatro. Así en los velorios se reunían y fraternizaban los negros de todas las naciones, lucumí, arará, ausá, mandinga, carabalí, congos.

Desde cierto punto de vista los velorios que tanto disfrutaban los ne­gros, no dejaron de tener entre los blancos, y en las clases altas del país un cierto carácter festivo.

Por lo regular, y desde luego en relación con la importancia y populari­dad del desaparecido y su familia, eran muy "animados" y concurridos. En las casas de la aristocracia y de los ricos, "se pasaba muy bien", a pesar del imponente aparato fúnebre que se estilaba antes de mediados de siglo y en los tiempos a que se refieren mis informantes habaneros más ancianos: las paredes cubiertas de negras colgaduras en la cámara mortuoria, el alto catafalco de subido costo, sobre el cual se colocaba el féretro no menos suntuoso, y en torno, el mayor número posible, doce por lo menos, de grandes candelabros de metal o madera, los blandones de hachas de cera que debían arder constantemente. También entonces, el pesar de los pa­rientes del difunto debía expresarse en la forma más dramática; así, a todo pulmón, las mujeres gritaban su desesperación, eran presas de violentos ataques de nervios y las escenas desgarradoras y ensordecedoras se repetían espectacularmente a cada frase convencional de consuelo que en el "acom­paño a usted en su sentimiento", usual todavía, pronunciaban compungi­dos los que se acercaban a darles el pésame. Si la casa era de planta baja, la puerta del zaguán y aquellas grandes ventanas coloniales de románticos noviazgos, que daban a la calle se abrían de par en par, pudiendo el público disfrutar también del triste y ... movido espectáculo. Además, abiertas las puertas al público, podían entrar al velorio cuantos quisieran rezar por el alma del desaparecido, o persignarse ante el féretro. No era necesario para realizar un acto tan piadoso y que se agradecía, por lo demás muy corrien­te, tener la menor relación de amistad con la enlutada familia.

Así fue como uno de los parientes de un difunto descubrió en un rincón del zaguán de la casa en que estaba expuesto el cadáver, a un amigo suyo que lloraba a moco tendido. Se acercó a él y tratando de consolarlo le dijo: —" ¡Cuanto lo siento, no sabía que eras su amigo!

No, le respondió secándose las lágrimas, yo no lo conozco, pero acabo de enterarme que se ha hundido la goleta que llevaba mis sacos, de azúcar y

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estoy completamente arruinado. Pasé por aquí y ningún sitio me pareció más apropiado para llorar mi pena.



La fúnebre velada, a pesar de las explosiones de dolor, de los lamentos que eran de rigor, fuera de la cámara mortuoria se pasaba agradablemente, charlando, comentando los últimos acontecimientos, chismeando, los vie­jos, como hoy, recordando el pasado y criticando al presente. En algunos, para matar el tiempo se recurría a las adivinanzas, y había personas que tenían fama y se apreciaba su presencia en los velorios, por las muchas que sabían o que inventaban. A medida que avanzaba la noche el café, tazas de caldo suculento mantenían bien despiertos y locuaces a los concurrentes, y muchos compromisos amorosos se sellaban, podría decirse que a la luz parpadeante de los blandones de cera que mezclaban su olor al de las flores —en Cuba la muerte olía a azucenas-, y surgían nuevos amores platónicos entre la gente joven.

No se economizaba en tendidos y entierros. Los pobres hacían los más grandes sacrificios para tender y enterrar dignamente a sus muertos. El lujo desplegado en algunos sepelios del pasado, quedó grabado en la memoria popular, como el de la Condesa de la Reunión de Cuba, al que, hecho entonces insólito, se dijo que fue al cementerio un grupo de mujeres que socorría la Condesa; y los de otros personajes, como el del famoso abogado Anacleto Bermúdez, el de Don José de la Luz y Caballero, acompañado por miles de admiradores. A nuestro pueblo siempre le han encantado los velorios y los entierros.

"A uno le gusta llorar bien a su muerto", y ... " ¡qué bien lloró a su muerto!", es un comentario que oí más de una vez en honor de alguna viuda.

Veamos cómo nos describe el Capitán J.E. Alexander en sus Transatlan-tic Sketches, (1833), un entierro en La Habana:

"El cadáver se viste de gala, gran despliegue de velas. Las volantas de los amigos del difunto se reúnen y el féretro se coloca en la primera volanta, la cual se cubre con una tela negra. A los lados, van cuidándolo esclavos vestidos con largas casacas rojas bordadas de oro, con sombreros, y empu­ñando bastones. En procesión se dirigen al Campo Santo. Al llegar, el féretro se baja de la volanta, dejando al descubierto la cabeza del cadáver, que está en continuo movimiento por el rápido andar de los cargadores. Es una escena precipitada. Tras la misa, dejan caer el cadáver sin muchos miramientos, en una tumba poco profunda y se le echa encima cal y tierra, mientras el féretro se guarda para el próximo muerto que lo necesite. Cuando se entierran niños, los concurrentes cantan aires alegres ante éstos. Un funeral se conduce en La Habana de una manera que avergonzaría a la nación más incivilizada".

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