Obras publicadas de ltdia cabrera



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"Po que lo malo malo de l'antigüidá eran lo moreno mayorá", opina categóricamente Francisquilla Ibáñez.

Sobre lo que ocurrió con otro Mayoral en el San Joaquín, nos cuenta María del Peñón de Montalvo, hija de una esclava de María de Jesús Pedro-so: "El San Joaquín era de Don Joaquín Pedroso, lo llamaban Batalla, no sé por qué, pues él y su mujer eran muy buenos amos y cuidaba mucho de su dotación. Pero vendieron el ingenio, que compró Don Francisco Felicia­no Ibáñez. Ese trajo Mayorales malos, castigaban demasiado a los negros. Ibáñez estaba siempre en La Habana, y el Mayoral, Fermín Zopato, ma-yombero malísimo, lo tenía amarrado.34 A las mujeres nos enamoraba y como no nos dejábamos, ¡cuje con ellas! Por eso los negros decidieron acabar con él..." Francisquilla la interrumpe manoteando acaloradamente: "¡Ese Mayorá de San Joaquín, diablo, diablo! Y malo tó San Joaquín, tenía cepo, calabozo. Ese Mayorá con boca abajo mató a la difunta Agripi-na. ¡Embarazao que estaba Agripina, pobrecita! ¡Ay, lo que yo he vito chiquita yó, Señó! ¡Lo que yo pué contá! Mucha mujé tenía maca de buey en nanga" —marca de azotes en las nalgas—, "y cuando dotación mató Mayorá no se podía má. A machetazo y guatacazo ¡ah, bien mueto etá, so cabrón, bien mueto tá! Dipué llegó Símbico" —el Síndico— "y asunto se acaba".

Otra vieja, Cornelia, hace al Mayoral el único culpable de la infelicidad de los negros.

" ¡Si lo sé yo!, ese no tenía entrañas. Y mire, de Mayoral malo se libró mi madre, que era esclava de Teresita Herrera. Ella le dijo al Mayoral que no la llamara, que estaba preña, y una mujé preña recogía yerba ná má. El Mayorá le gritó palabra ocena y la amenazó, ¡agárrala para darle un boca abajo! y ella se le tiró arriba y lo agarró por un chivo largo que tenía. Se armó el gran sarimambé. Vino el dueño y botó al Mayorá, que se fue pal Manuelita. E que pal Mayorá si uno trabajaba bien ¡malo! y tó lo que hacía el eclavo era malo. El amo etaba lejo. El blanco tenía concernía es la verdá".

Juan Francés presenció la muerte de un amigo suyo al tirarle el contra­mayoral un cuerazo, sin ánimo de matarlo, pero se le enredó en el cuello y al retirarlo lo estranguló.

En La Florentina, recuerda otro testigo, "un Mayoral le puso de castigo a un moreno que a la campanada de la una, tuviese tumbados trescientos cordeles en cuadro, de caña. Se imagina usted, ¡un solo hombfe hacer eso! El negro metió mano a trabajar; si paraba el Mayoral lo sonaba, y tanto hostigó al moreno que lo volvió loco. Lo malo fue que no se huyó. Fue a quejarse al amo, pero el amo no le hizo caso. Tenía trabajo por la mañana, el domingo por la tarde estaba libre y fue al tambor; al llegar empezó a



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cantar:


¡Ay Dio Dio lo Mayorá! Dice que yo tumba cañavera Cope la una Yo tumba cañavera.

Los dueños muchas veces se sentaban a oír Yuka, y el amo le preguntó:

— ¿Por qué tú cantas eso? ¿Qué quieres decir?

"Que po que yo no pué tumba cañavera yo tumba é".

Y lo mató."

En el cafetal de Utrera, "un Mayoral enamorado de una negra que le era fiel a su marido, se lo mató. La negra cuando llegó el amo, que se había ausentado durante un tiempo, habló con él de noche y le contó el crimen del Mayoral. El amo sabía que era una buena mujer, seria y cumplidora, y resolvió despedirlo, pero el mismo día, varios chinos y negros que estaban en un descepe, mataron entre todos, a guatacazos, a aquel malvado".

Al Mayoral maldito se le achacaba que el negro, maltratado, escapase de ingenios y haciendas y se hiciera cimarrón.

"Huía por un mal momento que había tenido", dice Tiyo, "y cuando se serenaba, tenía hambre y se arrepentía, iba a la casa de un amigo del dueño para que le sirviera de padrino. Y no pasaba nada".

El negro, cual oveja descarriada, volvía al redil. Porque muchos no huían por maltrato, como le había contado su padre al viejo Mantilla, sino porque eran "haraganzudos", y no querían la brega de la zafra. En tiempo de zafra había epidemia de cimarrones en todo el país.

En Matanzas se iban muchos al Pan de Matanzas y en Oriente a la Sierra. En los campos lo gracioso era que muchos cimarrones iban a buscar comida y a proveerse de agua a los ingenios y fincas, encubiertos por los "carabelas" —compañeros— que no eran "piolas" y los protegían. Pero entre ellos estaban los que Ña Francisquilla llamaba los "piola", los negros adulones de los blancos, que eran de su misma dotación o de otros ingenios y fincas vecinas, que los denunciaban y se prestaban a cogerlos por unos pesos; y había los expertos en cazar negros, los rancheadores que "ranchea­ban", es decir, los que se dedicaban a perseguirlos con sus perros infernales que paralizaban de espanto a los fugitivos. Con un olfato infalible, estos perros les seguían el rastro por la manigua, bosques y lomas e invariable­mente los descubrían y atacaban. Sin embargo, había cimarrones que te­nían suerte, no daban con ellos y se "apalencaban"; en las montañas de Santiago de Cuba, muchos cimarrones se agruparon y formaron un pueblo. El pueblo del Palenque en Palma Spriano se llama así en recuerdo de los cimarrones. Allí en las montañas estaban a salvo.



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"Había morenos que no podían evitar ser cimarrones, se huían, se les perdonaba, volvían a huirse, y lo mismo que en los ingenios era en los cafetales y en las fincas, en los potreros y en la ciudad".

En los periódicos de la época aparecen continuamente, con las ventas de esclavos, anuncios como éste:

"Desde el Domingo 21 de Agosto se fugó de la casa de su amo el negro llamado Simón (Sara en su tierra) de nación mandinga fula, estatura 5 pies y 2 ó 3 pulgadas, nariz aplastada con la punta algo levantada, la cara redonda y la boca regular faltándole un diente en la quijada superior, su voz algo afeminada. Hay noticias que anda en la playa de Judíos de el Ojo de Agua, en las juntas o Cabildos de negros en los arrabales donde tiene paisanos que favorecen su evasión. La persona que lo entregara a Don Pedro Reguier, en Pueblo Nuevo, junto a la escuela pública, será gratificada con media onza de oro y al que lo ocultara, responderá ante la ley de los daños y perjuicios que haya ocasionado".35

Cimarrones hubo en Cuba en todos los tiempos, desde el Siglo XVI hasta el XIX, pero no se registraron en los campos insurrecciones realmen­te importantes de negros —y por cierto es un dato interesante, que estas les eran denunciadas casi siempre a los amos, por algún esclavo o esclava, fieles al extremo de dar por ellos la vida—, hasta las que ocurrieron el 1843 y 44 en la provincia de Matanzas.36

Aún cuarenta años más tarde, un matancero, Don Francisco Ximeno -su gran retrato al óleo, de niño, sentado en las rodillas de su negra nodriza, lujosamente vestida, presidía, ocupando un gran espacio de pared, la sala de mi amigo Manuel Ximeno—; le echaba las culpas de aquellos sangrientos sucesos que conmovieron a Cuba del 1843 al 1844, sobre todo a la crueldad de los Mayorales y contramayorales, que también en concep­to de La Sagra, eran una desventura para los hacendados.

Ya he dicho que a mis viejos de Pedro Betancourt y Jovellanos, en Matanzas, en La Habana a viejos matanceros de excelente memoria como Saibeke, no les gustaba evocar acontecimientos desagradables, aunque an­teriores a ellos, y cuando les preguntaba qué habían oído contar a sus padres de esclavos alzados "en tiempos de España", en los ingenios que conocían bien, Triunviriato de Alfonso, la Luisa de Baró, Alcancía de Peñalver, las respuestas eran evasivas, incoherentes las noticias. Sí, por allí "parece que hubo sus más y sus menos hacía muchísimo tiempo", y... "un fuego que por poco acaba con Matanzas". Les preguntaba también si ha­bían oído hablar de Plácido. No. Sólo una viejita de apellido Diago, me contestó, "ese fue un cantante" (¿querría decir un poeta?).

Tal vez se le pueda achacar la causa de aquellas revueltas a la "suavidad" de los Mayorales, a la poca disciplina y a la tolerancia de los amos, como

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escribe Wurdermann, que les permiten visitar a los esclavos de otros inge­nios e ir a las vallas de gallos —donde ya sabemos por el protestante Abbot, y otros autores—, que los curas, si el negro tenía dinero encima, apostaban con él mano a mano.

Pero más responsable parece que fue en las fechas a que nos referimos, un cónsul inglés, David Turnbull, agente oficial de los abolicionistas, cuyo libro traducido al español por Gustavo Pittaluga hijo, "Travels in the West. Cuba with Notices of Puerto Rico and The Slave Trade. London 1844", no pudimos llegar a publicar. Tampoco nos fue posible a María Teresa de Rojas y a mí ofrecer a los que se interesan por la historia de Cuba, la rica e inédita documentación que sobre la Conspiración inspirada por Turnbull, existe en el Ministerio de Ultramar en Madrid, que amablemente nos hizo copiar hace años, el Profesor Mario Hernández Sánchez-Barba. Turnbull llegó a la Isla el 1838 y ese mismo año fue nombrado Socio de Honor de la Real Sociedad Patriótica.

Ya había dejado de convenirle a Inglaterra la trata, o se le había escapa­do de las manos; bien podía condenarla por inmoral e inhumana. Graville Fox y el admirable Wilberforce, habían ganado la partida; desde el 1807 ningún barco inglés volvería a cargar un solo africano y la Gran Bretaña perseguía ahora, a los que clandestinamente los llevaban a Cuba, después de haber firmado, el 1817, un tratado con España por el que ésta recibió cuatrocientas mil libras y se comprometió a cesar de un todo aquel comer­cio infame el 1820. Pero los africanos continuaron llegando ilegalmente y el número de esclavos aumentó. Eran imprescindibles para el fomento de los ingenios, y treinta años de importación ininterrumpida después del tratado anglo-español convirtieron a Cuba en la mayor productora de azú­car del mundo. Lo era el 1850.

Los que dudaban de la sinceridad de los sentimientos filantrópicos, un poco tardíos, de la "Pérfida Albión", pues sabían que ésta ambicionaba el control exclusivo del comercio azucarero, pensaron que lo que se propo­nía, al liberar a sus negros de Jamaica, era dar un ejemplo impresionante que podría imitarse en Cuba. Inglaterra deseaba la destrucción de la agri­cultura en la Perla de las Antillas.

David Turnbull, todo lo contrario de un compatriota suyo que llevó su mismo apellido, Gordon Turnbull, autor, a fines del Siglo XVIII, de una inadmisible "Apología de la Esclavitud", era un ferviente abolicionista, magnífico propagandista y servidor excelente de los intereses de su gobier­no.

Se le acogió con esa hospitalidad tradicional criolla que tantos extranje­ros apreciaron y de la que otros se aprovecharon, como Turnbull, para sus fines. Era lógico que los cubanos de ideas avanzadas, como Don Pepe,

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recibieran con los brazos abiertos al representante de un país tan civilizado y abogado de una causa tan noble (me permito esta familiaridad de llamar Don Pepe a Don José de la Luz y Caballero, el maestro adorado de la juventud revolucionaria de la época, a quien mi padre veneraba, porque su retrato, su historia, sus aforismos, su estatua, me salían continuamente al paso durante mi infancia, con decir, que me dormí muchos meses mirando su efigie meditabunda, pintada al óleo, poco menos que de tamaño natural, pues a mi madre, sin saber dónde ponerlo, no se le ocurrió nada mejor que colgar, provisionalmente, a Don Pepe frente a mi cama).

Y era también muy lógico que el General Jerónimo Valdés, a la sazón Gobernador, celoso de la tranquilidad de la Isla, tuviese sus razones para vigilarlo de cerca... Turnbull no perdió el tiempo. Activo propagandista, como está dicho, sin medirse y adoptando una actitud de arrogancia muy inglesa, se entremetió de tal modo en los asuntos internos del país, que un criollo catedrático y abogado, José Agustín Govantes, protestó ante el gobierno de las intrigas e ingerencias del inglés, que Govantes tachaba de humillantes.

En verdad, las finanzas de la Isla no eran compatibles todavía con la filantropía que al fin, desplegaba Inglaterra con los negros, demostrando ahora con su conducta lo que había dicho en el Siglo XVII —cuando más provecho sacaba de ellos—, su filósofo Locke, tan admirado por Don Pepe: que era inconcebible que un inglés, un inglés gentleman, fuese partidiario de la trata; y Govantes y los hacendados, que temían una repetición de lo ocurrido en Santo Domingo -sin dejar del todo de ser caballeros—, alarma­dos con las propagandas inglesas, opinaban que la abolición de la trata, aunque deseada por la mayoría, no debía ser el resultado expeditivo y peligroso de las instigaciones interesadas de la Gran Bretaña, sino obra propia, fruto maduro de la prudencia. Aceptada en principio, reconocida su justicia, deseada, habría de realizarse gradualmente, cuidando de no ensangrentar ni arruinar al país. Y así fue cuando sin odios ni conmociones sociales, naturalmente, se decretó la libertad de los negros, cuarenta años después.

Las autoridades españolas pidieron la deposición de Turnbull concep­tuándolo como una amenaza a la tranquilidad del país. Lord Aberdeen, Ministro de Relaciones Exteriores, sucesor del Vizconde de Palmerton —que respaldaba los manejos de Turnbull—, le ordenó que abandonara la Isla. Lo que hizo en el mes de junio de 1842, para regresar a ella en octubre del mismo año; esta vez el General Valdés, hombre ponderado y de honradez intachable a juicio de todos —no se beneficiaba con la trata—, se creyó en el deber de hacerlo detener y de expulsarlo de Cuba. Pero la semilla que el gran abolicionista arrojó en las zonas azucareras más propi-

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cias dio frutos: después de revueltas que pudieron atajarse a tiempo, hubo otras más serias en el 1843 que costaron muchas vidas de esclavos, como la del ingenio Alcancía, de Peñalver, en Cárdenas -se dice que su dotación fue ganada por la propaganda de los maquinistas ingleses del ferrocarril de Cárdenas—, las del Triunvirato de Alfonso, en que los negros saquearon las fincas vecinas y prendieron fuego a los cañaverales, como en la Luisa de Baró.



El General O'Donnell, que sucedió al buen Gobernador Valdés, aumen­tó la vigilancia en aquellas jurisdicciones matanceras elegidas de antemano por Turnbull, que dejó agentes que continuaron preparando el terreno para una insurrección que comenzaría por Matanzas, para extenderse por toda la Isla, y contaría, como lo había ofrecido, con el apoyo de Inglaterra. En mayo de 1844, en Matanzas, que va a ser testigo de tristes acontecimien­tos, se observa algo anormal en el comportamiento de los negros, y corren rumores inquietantes. Es una esclava quien confiesa a su amo y amante, Santa Cruz de Oviedo,37 que se está tramando una conspiración para matar a todos los blancos. Lo esconde en la habitación en que los negros se reúnen secretamente para hablar y lo que escucha lo convence que la delatora no ha mentido. Informa a otros dueños de esclavos y se entrevis­tan con el Capitán General, que ni corto ni perezoso, inicia una investiga­ción oficial. Se sorprende a los cabecillas negros que ultiman los planes de su revolución; se dice que reunidos en casa de un pardo llamado Jorge López, hizo uso de la palabra Luis Guigot, emisario de Turnbull; hay mulatos y negros, los primeros más inteligentes y ambiciosos, a la cabeza, que marcharan unidos para exterminar a la raza blanca. Se descubre que para el cargo de Presidente de la Junta Central, estaba nombrado Gabriel de la Concepción Valdés; el poeta Plácido,38 para Tesorero, Santiago Pi­mienta; para General, Vargas; para Embajador, José Dodge, porque además de español hablaba inglés y francés. La revolución comenzaría con el alza­miento de las negradas de los ingenios, y la señal sería un fuego que se provocaría en una gran casa de madera propiedad de Don Antonio M. Lazcano. Los negros contramayorales eran el medio de comunicación entre la ciudad y los ingenios y haciendas.

Aquellas noticias sensacionales estremecieron a la población, como la conmovería más tarde la muerte de Plácido, recitando desde la capilla al patíbulo su "Adiós a mi lira", pura leyenda.

El sargento negro Domingo José Erice, después de declarar cuanto sabía de la conjura prefirió suicidarse a morir asesinado por hombres de su mismo color. En cuanto a Plácido, el gran personaje de la Conspiración de la Escalera, el mártir, se negó a confesar y sostuvo en todo momento que era inocente, pero mencionó a Don José de la Luz y Caballero y a Domin-

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go del Monte, que se hallaban en París. Se ha dicho que en el interrogato­rio conducido con la peor intención por el fiscal de la causa, Pedro Salazar, le prometió indultarlo si acusaba a del Monte y a Luz y Caballero.39 Lo que hizo también el moreno libre Miguel Florez, amigo de Turnbull, no obstante ser el inglés buen amigo de Luz y Caballero.

En fin, el 15 de junio de aquel año de 1844, un Consejo de Guerra condenó a muerte a los dirigentes de la conspiración, a Guigot, a Plácido, a López, Román, Quiñones, Pimienta y Torres. A presidio y a la pena de azotes a muchos esclavos y el día 22 al amanecer, en Matanzas, se cumplía

la sentencia.

Era perfectamente comprensible, honroso para Plácido, que se hubiese comprometido en aquel movimiento. No tenía por qué proclamar su ino­cencia sino enorgullecerse de haber declarado en su poema "El Juramen­to":



"Ser enemigo eterno del tirano

Manchar si me es posible mi vestido

Con su execrable sangre".

No le fue posible manchar sus vestidos con la sangre del tirano, pero sí,



"Morir a manos de un verdugo

Si es necesario para romper el yugo ";

y sus líricas protestas de inocencia, su conocida Plegaria a Dios, escrita la víspera de su muerte, no convencieron a muchos. Morir por la causa que había querido servir, confesar que anhelaba, porque era noble y justo, libertad y derechos sociales para la raza negra, hubiera sido más hermoso. Pero Plácido, aunque no era un buen poeta, era poeta; de apariencia más blanco que negro,40 y quizá no quiso pasar a la posteridad confundido con los negros. Cuentan que después de sentenciado, actuó con un valor que no se hubiese sospechado en el pobre Plácido hecho trizas de los días del interrogatorio. A uno de sus compañeros, condenado a muerte, a Pimienta, le dijo para darle ánimo:

" ¡Somos inocentes, la posteridad nos absolverá!"

La posteridad lo hizo mártir.

En el invierno de aquel año fatal, sucede, para terminar con esta histo­ria, algo inesperado.

Miguel Florez, el negro talabartero que se atrevió a denunciar a Luz y Caballero y a Domingo del Monte como implicados en la conspiración, acusa ahora al fiscal Salazar de haberlo obligado a calumniar a los blancos, y se retracta de los cargos imputados. El verdadero autor de aquellas menti-



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ras era Don Pedro Salazar. El General O'Donnell lo encausa, y sus fraudes y supercherías le valen ocho años de presidio en la cárcel de Ceuta. Allí muere loco. ¡La Lechuza! Se contó que Plácido, antes de morir, le anun­ció que después de muerto lo perseguiría en forma de lechuza,41 en la prisión, se le aparecía una que fijaba en él sus ojos amarillos, redondos y brillantes, y era tal el terror ue sentía Salazar, sabiendo que era el alma de Plácido que venía a visitarlo, que enloqueció.42 Y por último, veamos lo que escribió Wurdermann sobre la Conspiración:

Leopoldo O'Donnell, acostumbrado a las luchas civiles de la vieja Espa­ña, resolvió adoptar un sistema de terror nombrando una comisión militar que empleó los mismos medios que en Irlanda el 1798, y si cometió mayores excesos fue porque pudo actuar con toda impunidad. Como aque­llas de Dublín se establecieron en Matanzas y en Cárdenas, casas en que se torturaba. Se llevaba allí a los acusados y se les azotaba para forzarlos a confesar. El horror generalmente bastaba para doblegar la firmeza del ne­gro y arrancarle el secreto que guardaba en su pecho. Podría afirmarse que la urgencia del caso demandaba medidas rápidas y duras, pero las atrocida­des cometidas en Cuba este invierno, dejan una mancha indeleble en el carácter español y no admiten paliativos. En algunos casos mil azotes cayeron sobre un solo negro. Murió un gran número de ellos bajo esta tortura continua. Y aun muchos más de pasmo, heridas y gangrena. Obte­nida así la confesión, especialmente cuando el prisionero se hallaba bajo la tensión de un interrogatorio, no siempre podían ser exonerados. No eran pocos los que moribundos, declaraban que cuanto habían dicho era falso. Un número de hacendados blancos, criollos y de extranjeros fueron arres­tados por semejantes testimonios y confidencias. Abandonados al capricho de un subcomisionado que visitaba el ingenio, toda la población tenía miedo de pronunciar una sola palabra en contra de tales actos, y veían desesperados sacrificar sus propiedades. Hay que decir en honor de los cubanos, que su actitud de repulsa fue tan acentuada que influyó en que O'Donnell ordenara secretamente a sus agentes que moderasen su celo, y el Jefe de los Lanceros de Cárdenas, que cometió los actos más violentos, fue menos cruel. Se consideraba contrario —como hoy—, a la política de un gobierno despótico admitir que éste no obrase bien, y así los crímenes de esos hombres quedaban impunes. La conspiración fue aplastada al descu­brirse, y las proezas de los negros, repentinamente quedaron reducidas a una profunda sumisión. Está de más decir que los horrores de Santo Do­mingo se hubieran repetido. Muchos blancos hubiesen sido flagelados y quemados vivos, etc. Los planes estaban tan mal organizados que los insu­rrectos sólo hubieran podido presentarle a los monteros armados que los contuvieron, una masa inerte, y su revolución, destruirlos a todos".

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El francés Rosamonde de Bauvallon escribió que Turnbull, "arrojando la máscara de una hipocrecía humanista para arbolar la bandera roja de la insurrección, es una lección que no escapa a la perspicacia natural. Todos desean igualmente la supresión de la trata, y quizá sueñan en secreto con la independencia de la Isla".

Bauvallon encontró mucha gente con ideas progresistas y de orden en Cuba, y otros que se dejaron sorprender por la pérfida campaña del Cónsul inglés.

Mas volviendo al tema de los Mayorales como de todo hay en la viña del Señor, también los hubo que aunque habían de mostrarse severos con los "revencudos", los revoltosos, tajalanes y cimarrones, cumpliendo su deber, no hubiera sido justo llamarles malvados. Fueron muchas las veces que de niña, presente en las conversaciones "del fondo" —de los sirvientes—, cuan­do recordaban "cosas de antes", les oía comentar a los de mayor edad y a las "cotorronas",43 la suerte que habían tenido sus antecesores, porque al llegar a Cuba los habían comprado para quedarse en La Habana y no para llevarlos al monte.

En uno de aquellos paseos diarios en coche de caballo por los antiguos barrios de la ciudad, mi padre, que siempre me llevaba con él, me mostró una casa antigua, frente a los muelles, bajó cuyos portales se vendieron por algún tiempo los esclavos que llegaban al puerto. Mas no era aquél el mercado de ébano. Existían varios al otro lado de la bahía, en Regla.

Fue a mi padre, que como todos los cubanos de su generación (la del 68) había sido abolicionista, a quien oí contar por primera vez los horrores de la travesía del africano en el barco negrero. Se ha escrito tanto sobre el tema que no vale la pena repetir lo que todos sabemos. Sólo esta frase lapidaria de Bamboche:

"Si no hubiera habido tambor abordo, no hubiese habido esclavitud. Porque no habría llegado un solo negro vivo".

En efecto, para airear y alegrar un poco a los negros, los subían a cubierta y los hacían bailar.

Bamboche me contaba de un congo compadre suyo, brujo del pueblo de Cidra, que se puso tan triste cuando lo vendieron en Loango que se "emperró" y no quería comer en el barco para morirse, "pero le abrieron la boca con un aparato, como un calzador, y a la fuerza lo hacían comer, porque no podía cerrarla".

El único, y pequeño incidente que recuerda mi viejita de Pachilanga, de su viaje a Cuba, es que algunas "mercancías fueron lanzadas al mar, tal vez



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