Obras publicadas de ltdia cabrera



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los gallos",20 pero no niega que se encuentran muchos "cuya conducta caballerosa y su devoción al culto les asegura el amor y el respeto de su rebaño, y que en todo actúan como fieles pastores. (Hay más tolerancia en Cuba, dice, que en muchas colectividades católicas europeas.)

"El clero es tolerante y está respetado, sin que nadie le regatee sus derechos, el país es poco religioso, es decir, poco beato", observa a la vez, hace más de cien años, el sevillano D. Antonio de las Barras, "tan poco beato que las familias oyen misa el 1 de enero y entienden que ésta sirve para todo el año" y "hay extranjeros de todas religiones y sectas que no hacen ostentación de la práctica de sus cultos y todos los tratan e intiman con ellos sin preocuparse si pertenecen o no a la misma confesión".

Pero a pesar de que aumentaba el número de los descreídos e indiferen­tes, a pesar de lo precario de la educación religiosa, ser católico era, lo es aún, tan natural como respirar. "En el interior de las poblaciones, en proporción con la mayor o menor ilustración religiosa de sus habitantes, se mide el entusiasmo de sus fíeles: todos católicos en la masa aunque como siempre hay bastantes pecadores pero no herejes y libertinos".21

No importa, como advierte el Reverendo Abbot el 1830, que "la negli­gencia en las formas se acentúa, que los jóvenes en las procesiones perma­necen cubiertos en presencia de la Santa Hostia, mientras sus padres ex­tienden sus blancos pañuelos en el suelo seco o húmedo, en cualquier lugar de la calle en que se hallen, y a su paso se hincan de rodillas"; que en pleno auge de la industria del azúcar, según Salas y Quiroga, "sea vergonzoso que un país tan adelantado en la industria esté en tan considerable atraso en punto a instrucción —el esclavo rústico no recibe ninguna, ni siquiera el consuelo de la religión—", es innegable que nuestro pueblo, jamás en su ignorancia o aparente despreocupación religiosa, llegó al punto de dejar de bautizar a sus hijos, considerando que era un sacramento indispensable; ineludible como el de la extremaunción.

"A la hora de la muerte nadie se olvidaba de Dios. Los que echaban nitrato de plata en la pila de agua bendita de la iglesia del Cristo, decían que eran libres pensadores y cantaban como gallos en la puerta de la iglesia en las misas de gallo, a las doce de la noche, haciéndose los graciosos, buscaban al cura si un pariente estaba en artículo de muerte o lo pedían ellos mismos si se sentían morir". La anciana señora que así me hablaba, me describió una escena que yo, por mi edad, no pude presenciar.

" ¡Corre, que por ahí viene la Majestad! ¡Busquen las velas, pronto! Era que pasaba el Viático, sonando la campanilla que lo anunciaba. El cura llevaba los Santos Óleos para el moribundo. La gente, en las ventanas o en los balcones, encendían velas, y el público en la calle, blancos y negros, seguían al Viático. El que podía compraba su vela e iba detrás. Si alguna

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persona en las casas por delante de las que pasaba su Divina Majestad, sabía tocar el piano —y entonces se tocaba mucho el piano—, tecleaba la Marcha Real. Las mujeres en las ventanas, en los portales y en las calles, se arrodi­llaban, los hombres se descubrían. Cuando el Viático llegaba a casa del moribundo, la gente que lo acompañaba se quedaba a la puerta esperando, con las velas encendidas. Al entrar, el sacristán daba tres campanillazos. Luego, al retirarse, seguía tocando por la calle; y de nuevo se acompañaba al Viático hasta la iglesia".



Arrodillarse al paso del Viático era, como en todos los países católicos, una muy antigua costumbre que se observó en Cuba hasta la guerra Hispa-no-Americana. El primer artículo del Bando de Buen Gobierno del Exmo. Señor Conde de Santa Clara (28 de enero de 1799) ordenaba:

"Que oído el toque de la campana que anuncia por las calles el Santísi­mo Sacramento, deberán arrodillarse todos en tierra, sin distinción de personas, no verificándolo dentro de las volantas como quiere satisfacerse exigiéndose irremisiblemente seiscientos maravedís a los contraventores por la primera vez doblándose en las siguientes aplicándose las dos terceras partes a los clérigos que acompañan a Nuestro Señor y la otra para la justicia que lo execute y no teniendo con qué pagar esta multa sufrirá tres días de prisión".

No recibían instrucción religiosa en los campos, pero creían en la efica­cia de la absolución y de los Santos Óleos, y libres los negros en los pueblos y ciudades, por propia determinación solicitaban para sí y los suyos, en sus últimos momentos, la presencia de un sacerdote católico. Y la visita del cura sucedía a la del Babaloricha o Nganga o vice versa. Ya sabemos que desde que comenzó la trata el bautizo fue obligatorio para que las almas paganas de los negros no se consumiesen en las llamas eternas del infierno, y que así salvado el bozal, no se le calentaba la cabeza con sermones ininteligibles que daban lugar a dichos como el que ha llegado hasta nosotros: "Quedarse como negro en el sermón" —los pies fríos y la cabeza caliente. De las interpretaciones que daban los bozales a las ense­ñanzas del cura, se contaban anécdotas graciosísimas: al capellán del inge­nio que le pide al bozal le repita lo que acaba de explicarle sobre las tres personas de la Santísima Trinidad, éste le responde resueltamente:

"Santísima Trinidad é pina, mamey, zapote".

Su actitud de asombro durante algunas ceremonias y fiestas eclesiásti­cas, fue objeto de risa no sólo de blancos sino de negros criollos avispados. El ladino se burlaba del bozal.

Una negra lleva a su negrita por primera vez a una fiesta de la Iglesia. La negrita curiosa al ver a un monaguillo que balancea el incensario humeante y oloroso ante el altar, le pregunta a su madre:

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—Mamita, ¿qué es eso que sube y que jía?



—Cállate borrica, ese é la zúcaramandinga pá jumearle sabroso el hocico a la Víngen.

De la ingenuidad del africano, de la impresión que le causa una festivi­dad católica, del juicio que forma de éste se ríe y nos habla el autor de los conocidos versos de "Un negro que fue a la fiesta de San Marcos en su pueblo".

En cuanto a otro sacramento, el del matrimonio, se recomendaba a los amos que los negros se casasen por la iglesia. No importaba que pertenecie­sen a dueños de dotaciones de distintos ingenios. La iglesia los instaba a evitar las uniones ilícitas entre sus esclavos. Tarea difícil que de rareza pudo cumplirse.22 Por una pudibundez difícil de imaginar, que mueve a risa, cuando a principios del siglo XIX (1818) los puertos de la Isla se abren al comercio internacional, repugna a la moral de los hacendados tener negras en sus tierras. José Antonio Saco dice que estos consideraban escandaloso tener en sus haciendas negros de ambos sexos que no fuesen casados... "Y las pocas mujeres que se traen de Guinea", protesta un abolicionista "sirven para el placer de los tiranos".

El 1833, el Capitán Alexander cuenta que "un viejo español mentecato no permite ninguna ujer en sus fincas. Alega que sería dar lugar a que sus negros observaran una conducta inmoral. No necesito detallar las conse­cuencias de este criterio, sino dejar sentado que sus negros están siempre huidos". Se afirma que hubo fincas en que la totalidad de los esclavos eran hombres.23

La restricción de la trata modificó, forzosamente, un criterio tan ab­surdo, y contra natura; pero parece que en los ingenios, el número de hombres, no por moralidad, superó siempre al de mujeres.

Y después de tan larga digresión, volvamos a nuestros congos.

Otro de mis maestros, Gaytán, también sentía por ellos grandes simpa­tías. Como Niño, tenía sangre lucumí. Su madre, de la finca "El Deleite de Gaytán", y su padre, eran lucumí, así como una abuela, que recordaba siempre cantando:

Wé gué lé gué Ara gogó enisá niro

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Badi badi so Iyá temí Baga dái wi mo deimo yo.

Había crecido en las "Tejas de Valdivieso" donde abundaban los congos y convivían en buena armonía lucumí, ganga ñongoba, ganga kisi, algunos mandingas, ararás y carabalís. Gaytán se complacía en contarnos cómo se fabricaba en la finca todo lo que hacía falta: las velas para alumbrarse; se derretía grasa animal, de carnero y cera de abejas, se cocinaban ambas sustancias y una vez entibiadas le echaban hilos de algodón, para mechas, dentro de los moldes. Se tejían sacos de henequén distintos a los actuales, y sogas de majagua, guama y henequén. De la playa -Salinas de la Playa de Méndez—, se llevaba a las Tejas, en garrafones, el agua del mar, para apro­vechar la sal que quedaba en el fondo. El también cargaba agua andando a pie una legua. Para salar los alimentos y darles buen gusto, los congos tomaban el palmito de la palma pequeña, que abrían para sacarle el cora­zón, y seco, lo empleaban para dar sabor. Los lucumí de la costa mezcla­ban, para guisar, el agua dulce con la salada. En general, los negros eran muy industriosos, y en las haciendas alejadas de la capital o de los pueblos, fabricaban cuanto hacía falta.

"Cazaban un animal, lo cortaban y arreglaban, sin que se le posaran las moscas, y comían de su carne seca durante un tiempo. Los pescados no los escamaban. Los abrían por el medio, los secaban al aire y los guardaban para su consumo. Hacían carbón, construían bohíos. Todos los sábados teníamos fiesta en Valdivieso. Se hizo una casa con horcones de caña brava, techada con pencas de guano y allí bailábamos al son de botija y timbalito. También se tocaba yuca. No se oía hablar español. Una nieta de Ma Viviana, morenita como Casimira Martínez, que hablaba más congo que castellano, casó con un blanco y vive en La Habana... ¡Pero ya no quiere hablar congo, la refistolera!

"Había entre aquella negrada unos congos Makinimá, y uno de ellos tocaba un instrumento que era una güira con un alambre, que apoyaba contra el pecho. Mientras tocaba no podía cantar. En las Tejas estaban todos contentos, saludables, viviendo y comiendo a la africana, cada uno con sus costumbres, y sus 'Santos'. El barracón era muy grande y cada uno jugaba como en su tierra. Donde~no había barracón había Cabildo".

Al revés de lo que siempre oí en La Habana a muchos negros viejos habaneros, que ser enviado al ingenio significaba para el esclavo la amenaza de un castigo horrible, y lo ratifica un forastero francés que escribe el 1817: "Los ingenios son teatro de abusos espantosos y por eso los esclavos de la ciudad los consideran lugares^ de castigo", casi todos mis otros viejos informantes, que habían nacido y vivido en ingenios y haciendas, creían

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que se estaba mucho mejor en el campo que en la ciudad.



Si el esclavo doméstico se maleaba, "se reviraba" o "emperraba", se le mandaba a pasar una temporada al barracón del ingenio, muy recomenda­do al Mayoral, y allí se le tenía un tiempo recapacitando, y la estancia se prolongaba de acuerdo con la gravedad de la falta cometida. Si ésta no admitía perdón, el infeliz jamás regresaba. Entonces, era posible, solía ocurrir que la pasión de ánimo más que los castigos físicos o la fatiga, no tardaba en matarlo.

"Si el negro Juan Joseph no anduviere del todo derecho, te lo enviaré para que me lo vendas en un ingenio", le escribe desde México el presbíte­ro Arango a su hermano Casimiro.

Es decir, que para el esclavo rural, no obstante la ruda faena de los meses de zafra, la autoridad abusiva del odioso contramayoral que pesaba continuamente sobre él, ¿sería igualmente terrible el traslado a la capital?

La labor agotadora de los ingenios, todas las miserias, las humillaciones, los insultos —a que eran tan sensibles los negros, que de pena o de ira se suicidaban o se dejaban morir de hambre—, han sido descritas por Anselmo Suárez y por Cirilo Villaverde en las páginas más sombrías de su novela Cecilia Valdés, tan leída y popular, y antes del movimiento abolicionista, Barrera y Domingo, con su pintoresco y mal estilo, nos ha dejado el cuadro siguiente del "infierno en vida" que era el ingenio para el bozal.

"Dos horas antes de amanecer se levantan todos los negros, así los nuevos venidos de África como los viejos ya en el ingenio, al insufrible trabajo del campo. Un manatí o látigo de cuero es su desayuno sin más motivo ni más falta que querer su mayoral o contramayoral.

"Desde las tres de la mañana está trabajando, al norte, al frío, al aire, al rocío, sereno, agua, etc. Todas las intemperies les caen encima a estos desdichados, desnudos, encueros y sin poder volver la vista a ninguna parte; así están hasta las ocho: tocan la campana y van a almorzar, ¿pero qué?, una raíz de yuca o un boniato asado o cocido en un caldero, este es todo su almuerzo, sin más pan, que por maravilla lo prueban ni aun enfer­mos, pues el cazabe alguna vez cuando enfermos se los dan. Reciben al mismo tiempo que el almuerzo la ración para la comida, la que se compone de un no muy grande pedazo de tasajo o carne de cecina como llamamos en España, más podrida y vieja que un cuero de hacer abarcas. Se la van entregando a un famoso cocinero que la va zambullendo así como se la dan, en un caldero más sucio que una chimenea y más lleno de cardenalillo que espátula de boticario.

"Entregada la ración del cocinero, vuelven al campo bigorizado aquel estómago con aquel tan nutritivo y decantado almuerzo, permaneciendo así trabajando hasta las doce, exaustos de fuerza y muertos de hambre, se

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retiran a su buhío o podridísima choza a comer aquella malísima y cortísima ración, acompañada de un plátano asado. Lleno el estómago de tan esplén­dida, sabrosa, nutritiva como abundantísima comida, los dejan descansar para que así hagan mayor asiento y se digiera en la túnica felposa estomáti­ca, hasta las dos, y luego vuelven a su acostumbrado afán del campo hasta la oración, que se retiran otra vez a su choza, más pobre que cuantas tuvieron en la Tesaida los más rectos Santos y penitentes anacoretas.

"Días, semanas, meses y años permanecen en esta faena exceptuando el tiempo de la molienda, que entonces es aún peor, pues no descansan ni de día ni de noche. Aquí es soberano Dios de las misericordias, adonde tenéis a estos pobres infelices y miserables esclavos con vuestra diestra poderosa, trayéndoles luces a su tosquísimo entendimiento para que no se desesperen y se maten todos, pues aunque muchos lo hacen, hay muchísimos más que se abstienen de tan miserable atentado y sufren con tolerancia todas las penalidades de la Esclavitud, palos, hambres, sedes, enfermedades horri­bles, desnudeces, fríos, lluvias; vientos, escarcha, contumelias, afrentas, baldones, ultrajes, etc. etc., y si esto es entre christianos qué vamos a dejar a los franceses e ingleses y demás sectas protestantes; esto es muchísimo peor, como lo tengo visto en una colonia de ellos".

Tan desgraciada, nos dice el Licenciado, es la existencia de los esclavos en el ingenio, "privados de todo humano remedio, condenados a un traba­jo continuo, expuestos continuamente a los rigores de un mayoral brutal o de un amo codicioso y feroz. De esta vida tan miserable depende que unos metan las manos en los trapiches para que se estrujen, otros se queman los brazos o se los cortan, otros se harrojan en las calderas hirviendo del azúcar, otros asesinan a los mayorales y les sacan las entrañas y se las comen, otros asaltan a cuantos tienen dominio en ellos aciéndose después zimarrones o montaraces huyendo a los bosques y comiendo lo que en­cuentren".

Pero no se olvida de decir, en calidad de testigo y quizá también un poco exageradamente: "No niego que en las colonias españolas hay inhu­manidades, pero afirmo que hay mil millares de veces más humanidad que inhumanidad. El ejemplo es claro, para cada negro que se liberta en las colonias francesas e inglesas, se libertan en las españolas mil, y juro por la Santa Cruz que no exagero nada de cuanto llevo dicho en línea de los castigos a los pobres negros esclavos, que es nada en comparación de lo que vi en Santo Domingo con los esclavos franceses del Guaranico", y añade refiriéndose a la crueldad, especialmente de los franceses: "Collares de hierro con largas y afiladas puntas; calzones y medias de la misma manera, muslos, nalgas, brazos, cara y cuellos despedazados de los azotes, máscaras de hierro con puntas agudas y que sólo dexan libre la vista y un poco la

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voca. Así los hacen hacer los mandados por toda la ciudad, y por mucho tiempo así descansan estos infelices. Vean ahora los imparciales si esto se usa en España". (Muchos autores franceses al referirse a la parte española de la isla de Santo Domingo, convienen que en aquella los españoles no maltrataban tanto a los negros o que éstos, más que esclavos, son como compañeros de los amos.)

En efectOi no se hace mención en Cuba, ni en tiempos en que se trataba con mayor dureza a los esclavos, que éstos sufrieran tormentos compara­bles a los que eran sometidos en las colonias inglesas según Waller y en las francesas según Vartec. Los documentos del siglo XVI nos dicen que los delitos cometidos por los negros tenían pena de azotes: se les ataba a una ceiba o a la picota y allí públicamente recibían el número de latigazos que merecía su culpa; o pena de cárcel, cepo y grillo como se continuaba haciendo en el XIX. En caso de reincidencia se les enclavaba la mano derecha o se les cortaban las orejas. Pero nuestros más furibundos anties­clavistas, por mucho, y con razón, que cargasen la mano de horrores, no nos han presentado un personaje semejante a Chaperon, encerrando a un negro en un horno; ni nos describen, aparte de los zurrigazos más o menos numerosos pero inseparables de la esclavitud, el suplicio del esclavo culpa­ble que destrozan amarrado a un caballo, los pies atados bajo el vientre del animal y las manos en la cola; el horror del negro que entierran vivo dejándole fuera la cabeza —como hacían en África los mismos africanos con sus enemigos— bañada de miel para que las hormigas y las auras vinieran a devorarla. O la exasperación de aquel que le abrían heridas a propósito y le vertían en ellas manteca hirviente; del que le encendían un fuego en el vientre o le aplicaban planchas al rojo candente en los pies para curarle la "cimarronería".

Como a los blancos delincuentes, en Cuba a los delincuentes negros se les daba garrote, pero no se les colgaba clavados por las orejas. El derecho esclavista en las colonias españolas desde muy temprano suprimió y persi­guió estas horribles salvajadas, como era el desjarretamiento, cercenar orejas y brazos. Se sabe que igual que a las reses, se "calimbaba" a los esclavos, pero esto dejó de hacerse por orden de Carlos III, y a la marca impresa al fuego en la carne sucedió durante un tiempo una planchita de lata con el nombre del siervo, que se le colgaba al cuello.

No se supo en Cuba lo que era la Croix de fer de Saint André (la cruz de hierro de San Andrés),24 la máscara a que alude Barrera y Domingo, que se le ponía a los golosos de caña y de guarapo que encantaba a los negros. Ni los Quatre Piquets (las cuatro picas), ni L'Echelle (la escalera), Hamac (hamaca), Brimballe25 y otros castigos oficiales, de los que Madden, al atacar "las terribles atrocidades de la esclavitud española", no puede decir



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una palabra. Allá los verdugos eran esclavos que condenados a muerte, para que desempeñasen sin piedad ese oficio les conmutaban la pena. Además, por mutilar, quemar, colgar, azotar, etc., algo podían cobrar.

El legendario Conde Barreto, que según cuenta la conseja pactó con el Diablo y cuando murió, una noche de tormenta, éste se lo llevó y quedó el féretro vacío, dejó sin embargo encomendado en su testamento que se diese la libertad a varios de sus esclavos. Testamento que tuve en mis manos y que no se acuerda con la fábula urdida en torno al satánico personaje, que nunca se entretuvo en "bruler le cul du négre"26 (quemarle el culo al negro).

En Cuba se castigó "con prisión, cadena, mazo y cepo", y con azotes "que no pasaran de veinticinco", para los esclavos, y hasta 1883 de rareza para los... semiesclavos, los empadronados. Pero las labores del ingenio durante la zafra exigía de bozales y criollos un esfuerzo superior a sus fuerzas: "Hay ingenios", escribe un inglés a mitad del siglo pasado, "donde los esclavos, de las veinticuatro horas del día, trabajan veintiuna (?), donde hombres y mujeres son conducidos como bueyes a la labor y con menos piedad que a los bueyes. El cultivador de caña" —no era tan extenuante el trabajo en las vegas y cafetales- "calcula que al tratar así a sus esclavos estos pueden morir al término de siete años, y que entonces es hora de renovarlos". Siete años de vida cubrían los gastos de inversión y dejaban buenos beneficios...

No obstante, parece lógico que al hacendado, aún cuando fuese un monstruo, le convenía que le duraran más los esclavos, sobre todo, cuando cada uno valía -a mediado de siglo- quinientos pesos y más. Por otra parte, la pobre mentalidad hispano-criolla no sabía calcular así, le faltaba ese frío sentido práctico que sabe cómo hacer dinero de todo. Quizá por eso no hubo en Cuba las "breeding farms", granjas de crianza de negros que abastecían a los hacendados sureños y que a ochocientos dólares por negro, resultaba un negocio brillante. Mas se insiste en que muchos inge­nios durante la zafra -y en esto no se obedece un Bando que desde 1842 dispone que se trabajen diez horas diarias, distribuidas según el criterio del amo, al esclavo sólo se le conceden dos para dormir. Media hora para almorzar y una hora para la comida. "Los negros van casi desnudos a los campos. Las negras tienen para cubrirse un saco de café. Le abren un agujero en el medio para meter la cabeza, y dos en las esquinas para los brazos". Una anciana señora que pasó su infancia en un ingenio me asegura que "cuando las esclavas daban a luz, a los dos días salían a trabajar".

A veces la faena no termina con el día: "Las noches de luna cargan madera o materiales de construcción, o se les emplea en otros menesteres hasta las nueve, que suena la campana que los conduce a su establo, al

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barracón, donde se guardan como un rebaño, los hombres separados de las mujeres y cerrados a cal y canto. No digo que en todos los ingenios se trate mal a los esclavos; pero de ellos abusa una gran mayoría, como tengo oído de boca de hacendados españoles".

"El domingo no les trae ningún reposo a estos desgraciados; porque de diez a cuatro de la tarde se les permite filantrópicamente, trabajar en sus campos. Individuos de ambos sexos son azotados cruelmente con un látigo de cuero de vaca. En resumen, los negros en los ingenios de Cuba, están mal vestidos, sobrecargados de trabajo y mueren en la proporción de diez por ciento al año, a pesar de la humana y excelente regulación fiscal promulgada por el gobierno español".

Y una anciana señora cubana, Doña Bélica Xenes, cuya familia se distin­guió entre otras cosas por su bondad con su dotación, me contaba:

"Yo he visto a los esclavos en otros ingenios, no en el de mi padre, donde se les trataba muy bien; él les tenía tanta lástima que cuando la guerra del 68 vinieron a requisarle sus negros, compró uno en mil pesos para no entregar ninguno de los suyos. Sí, pues yo los he visto sucios, harapientos, descalzos, con un chaquetón y unos pantalones de rusia, y a las pobres negras, con una camisa de tela gorda, todo el día trabajando, y chapeando también de noche clara, hasta las diez, para volverse a levantar al toque de madrugada. Y con hambre, infelices, no comían más que harina, tasajo y plátano, y eso sin sal, porque no les daban sal. ¡Ni sábanas para taparse del frío! Yo guardaba comida y les daba cuanto podía, porque muchos venían a verme desayunar y a pedirme, por la ventana de mi cuarto; y se volvían locos de alegría con lo que les daba. Aquello me partía el alma y sufría del triste espectáculo de la esclavitud".

Un párrafo de nuestro tantas veces citado Licenciado Barrera y Domin­go, le hubiera evocado a nuestra anciana amiga la avidez suplicante de aquellos ojos que ella no había podido olvidar, cuando del otro lado de su ventana de barrotes de hierro contemplaban comer a la niña que ella fue, transida de piedad: "No pierden de vista cuantos bocados usted haze, se alegran sobremanera cuando le dan alguna cosa, y si es cantidad, que les ha fortalecido el estómago, se arrodillan agradecidos, vaylan, estiran los bra­zos, en fin, todo es alegría".

Son los mismos gestos, que por atavismo he visto en algunos negros yiejos cuando en estado de trance, "montados" por su Santo en la fiesta de Ocha, extendían una mano al blanco bien vestido, que depositaba en ella una moneda. ¡El Ingenio! Escuchando a Doña Bélica Xenes me venía a la mente lo que escribió la Bremer sobre aquella sociedad esclavista que conoció y detestó: "Cuanto más noble es una mujer en Cuba es posible que sea menos feliz".

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"Si hubieses visto a los cimarrones, los que huían a los montes, cuando volvían destrozados por los perros, hechos un horror, a veces más muertos que vivos. ¡Qué herejía! ¡Y les curaban las mordidas con sal y aguardien­te! A Don Pedro Armenteros le trajeron un esclavo de los suyos que se había huido y se enfureció tanto al verlo tan maltratado, que le dio una apoplejía y murió de repente".



Es incomprensible que la esclavitud no produjese en toda persona aun medianamente sensible la misma compasiva indignación que hacía excla­mar públicamente a un sincero antiesclavista inglés durante la campaña abolicionista en Inglaterra, que tantos beneficios había obtenido de la trata: " ¡Con tal que los negros se liberen inmediatamente, nada me impor­ta que corra a torrentes la sangre de los blancos y que Inglaterra pierda todas sus colonias, en las que viven esclavizados seres humanos".27

El espectáculo deprimente que le ofrece a D'Harponville un ingenio que visita en Güines, movido por negros famélicos y esqueléticos, y las mons­truosidades que cuenta haber presenciado el no muy "reliable" inglés Mad-den, para quien la esclavitud en la Isla, como ya sabemos, "es la más destructiva par la vida humana, la más perniciosa a la sociedad, la más degradante para el esclavo, más envilecedora para el amo, peor que en cualquier otro país esclavista en la faz habitable del globo", y dice que podría hablar de muertes de negros perpetradas con inmunidad, de negras — ¡qué raro!— separadas de sus hijos, de ingenios en que no se ve un solo negro viejo (?), de crímenes abracadabrantes cometidos por los mismos dueños, la esclavitud habría de inspirar en toda alma bien nacida la piedad que encontramos expresada en estas líneas de la Bremer: "Es cierto que oigo con frecuencia a las negras conversar y cantar durante su incesante tarea, imperturbables al chasquido del látigo, y que de noche oigo cantos africanos y alegres exclamaciones, aunque si vienen del trapiche les falta melodía y música. También sé que los trabajadores de este ingenio se turnan cada siete horas, de manera que disponen de seis, cada cuatro horas para reposar y refrescarse, y durante dos noches descansa el ingenio y pueden dormir; pero aún así, no logro conformarme a esto. Ni aún ahora, aunque puedo soportarlo mejor desde que he visto a los esclavos en su labor y en buen aspecto, incluso la alegre apariencia que en general tienen en esta plantación". Porque en Cuba, en algunos ingenios -sobran testimonios— y así nos lo dice otro viajero, Dana, no siempre se abusaba de la cuarta en el ingenio que visitó: "Hace tres años que no se azota un esclavo. Y ese castigo no se le ha inflingido aquí a ninguna mujer."

Y Salas Quiroga: "Se habla mucho del rigor con que los esclavos son tratados en la Isla de Cuba. Hay erTesto una exageración marcada aunque no deja de ser odiosa la verdad".28

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Es un lugar común que repiten cuantos visitaron la Isla durante el período esclavista, que los esclavos domésticos —de los que hablaremos en otras notas—, son felices y los que están destinados a los ingenios están penando en el infierno y si no en el purgatorio. "Sobre todo", escribe X. Marnier, "los negros que están confiados a un intendente (mayoral) cuan­do el dueño del ingenio reside en la ciudad. Allí los esclavos constreñidos a una ruda labor están expuestos a duros castigos. En el ingenio, para vengar­se de malos tratos que los desesperan, se rebelan, se suicidan y otros huyen a los montes, donde son perseguidos por perros que olfatean su pista mejor que el lebrel la caza. Frente a esos perros el negro más osado pierde toda decisión y trata de defenderse, pero enseguida se aterra. El perro le salta a las orejas y lo vuelve al redil y al trabajo con la cabeza ensangrentada.



"Debo aclarar que esos casos no son frecuentes y estoy convencido de que los negros que forman la mitad de la población de Cuba29, son gene­ralmente, por no decir que todos, más felices y están más satisfechos con su suerte que aquellos que libertados por la filantrópica Inglaterra, tienen el honor de vivir en sus colonias. Los ingleses, sin embargo, gritan indigna­dos cuando el nombre de Cuba se pronuncia ante ellos. Dicen que le han dado setenta mil libras a esta pérfida Isla para que no practique más la trata pero, ¡ay! se han evaporado al sol de la administración, y la trata continúa tranquilamente".

Los forasteros que vienen del Norte, también nos dice el autor de "To Cuba and Back", "son lo suficientemente crédulos para imaginar que verán cadenas y huellas de sangre, y si tienen cartas de presentación para dueños de esclavos de clase alta, al contemplar su manera de vivir y escuchar en su mesa las anécdotas que cuentan las señoras, no hallan signos de corrupción o violencia; probablemente pensarán que han visto lo que es la esclavitud en su totalidad. Mas no saben que la gran hacienda de caña con humeantes chimeneas, de la que no oye decir nada y que no visitará, ha pasado a manos del acreedor de su dueño en bancarrota, y está en las de un adminis­trador que desea sacar lo más que pueda en el más breve tiempo y vender a los esclavos sin tomarse el menor interés por el futuro de estos.

No saben que el otro ingenio que pertenece a un joven que pasa la mayor parte de su tiempo en La Habana, es un antro de licencia y cruel­dad. Ni que los perrazos atados en la perrera de la casa donde se hospeda son los sanguinarios mastines cubanos que están amaestrados para perse­guir y apresar a los negros fugitivos; que los ladridos que escucharon la noche anterior se debieron a la captura de un esclavo en la que participa­ron todos los blancos. No saben que el hombre de mala traza que ayer se presentó y que las señoras trataron con cierta repugnancia, es un cazador profesional de esclavos".

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Tampoco es fácil y muelle la vida del amo si éste cuida a fondo de sus intereses y es consciente de sus deberes. Con respecto a sus esclavos, apun­ta el mismo autor, "tiene que defenderlos de los otros negros y de los blancos, con pocas probabilidades de saber la verdad de boca de negros y blancos, y hacer cumplir las obligaciones que se imponen a los que se casan. Vigilar el robo, las violencias y la vagancia dentro del ingenio. Averi­guar lo que ha de suprimirse y lo que es preciso prevenir; la labor que es necesario realizar, mas no de modo abusivo, y todo esto sin ayuda efectiva, tropezando con los obstáculos que le oponen los intermediarios blancos. No es sólo a su propia gente a quien el dueño tiene que vigilar. Son las raterías y violencias de otros ingenios y fincas vecinas, las visitas nocturnas que prohibe la ley, los robos de los negros horros del vecindario y de los blancos de abajo, que han de impedirse y castigarse. El dueño es un policía y a la vez un economista y un juez".



A las buenas no era difícil manejar a los negros, opinaban por experien­cia los hacendados sensatos y humanitarios de la época. Positivamente no es el amo a que están obligados a obedecer y a respetar "como a un padre", y que tiene derecho a imponerles penas, a quien se le ocurría maltratar a sus negros.

"El amo era bueno", así lo creía el esclavo. "Mi suamo" casi siempre representaba a los ojos de la dotación el papel de un mediador compasivo que lo salvaba de la inflexibilidad del aborrecido mayoral.

Si el amo está en el ingenio de buena gana le sirve de padrino al esclavo culpable. Intercede, suspende un novenario30, le hace quitar los grillos o lo libra del cepo.

"Mi suamo" es la encarnación oportuna del ángel de la Misericordia. Debe haber sido conmovedora la escena que ofrecían los esclavos dando la bienvenida al amo, cuando éste llegaba a sus tierras. Todos, jóvenes y viejos, mujeres, niños, los negritos en traje de Adán y Eva,31 que se pasan el día jugando y correteando, se arrodillan a su paso y le piden la bendi­ción. A quien el esclavo detesta con toda su alma, a quien ninguno perdo­nó, es a ese hombre de la "musinga -ngombe", del "pacha", de la "cascara de vaca", del látigo.

Un poco de su odio, de haberlo habido, pudo haberlo reservado el esclavo, y todo descendiente de africano, a Cristóbal Colón, que enseguida se dio cuenta que el trabajo de un solo negro valía más que el de cuatro indios (y por supuesto, al sublime Padre Las Casas). Su odio se concentró en aquel personaje siniestro que lo vigilaba a toda hora, sonando el cuero, el tipo más repugnante que produjo la esclavitud, sólo comparable al reye­zuelo, jefe o pariente que los vendía en África al blanco. Este personaje era el Mayoral, tradicional verdugo del esclavo, y sus contramayorales mucho

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más miserables y aborrecibles, porque eran de su propia raza. Desde el 1832 el Mayoral debía ser blanco.

¡Ahí Mayorá-son malo Tira cuero dó mano... ¡Marayo parta lo May ora Que to mi cuepo me etá temblá! Que témbere que témbe neye, Que témbere que témbe fuá Vamo Francico a trabaja Que tu no quiere y refunfuña...

Era el jefe supremo de la dotación. Tenía bajo su dirección las labores agrícolas que se desarrollaban en las tierras del ingenio. Los contramayora­les, negros siempre, eran capataces de cuadrillas y los encargados de casti­gar a los esclavos, mujeres y hombres, destinados al "chapeo", a las siem­bras, a los cortes de caña y a otras faenas.32 Abusaban de sus poderes y arbitrariamente "les meneaban el guarapo", es decir, les pegaban a los que les eran antipáticos, vengaban viejas rencillas tribales, y descargaban todo su rencor en las mujeres que no respondían a sus avances.

Catalino Murillo, que vio de párvulo dar un boca-abajo a una negra embarazada, me grita: "¡El canalla en el ingenio no era el dueño, era el mismo negro cuando podía pegar!"

Si tenemos en cuenta la observación de un buen conocedor de bozales, "la inclinación a mandar que en ellos pasa de toda moderación", y una crueldad primitiva, no es raro que a los adjetivos con que aún se maldice la memoria del negro Mayoral, se añada invariablemente "que no hay peor astilla que la del mismo palo". Si no exactamente en un infierno, en un purgatorio debían vivir los esclavos rurales, cuando leemos anotaciones tomadas del natural como esta del Reverendo Abbot (1823): "Los capata­ces castigan los pecadillos con tres golpes de látigo; los Mayorales las faltas mayores, y éstas se limitan exclusivamente a un número de azotes. El amo, por las grandes ofensas, robo, borrachera, etc., se toma la libertad de ordenar a veces, hasta doscientos azotes", pero "atiende con cuidado las espaldas heridas. Desde mi ventana observé a los negros agrupados en orden, un poco antes del amanecer, para presenciar el correctivo del Mayo­ral. Oí los chasquidos del látigo, pero ningún otro ruido. Oí diez golpes más, cuando ya estaba a media milla de mi camino". Escenas semejantes eran normales en la vida de un ingenio. El látigo, si no caía en el lomo del negro, restallaba sin cesar, simbólicamente, en el aire, como el del domador de fieras, menos dignas de compasión que el esclavo.

" ¡Malo, malo el ingenio en que faltaba el amo! Porque en ese la negrada siempre estaba maltratada, y los Mayorales, que mandaban en jefe, se despachaban a su gusto dando leña y haciendo todo el mal que podían. Cuando los dueños llegaban, se levantaban los castigos, se acababa el abuso mientras estaban allí en la casa de vivienda", nos decía también un hijo de esclavo que nunca abandonó los cañaverales.

Y Salas y Quiroga: "El señor vive en los meses de cosecha no como un rey


entre su pueblo, sino como un patriarca entre sus hijos. Todo allí, casas,
máquinas, animales, hombres, es propiedad suya. Si se descompone una
caldera o se quiebra el brazo un negro, igualmente está obligado por su
interés propio a componer la caldera o curar el brazo. Así que este lazo
entre el interés y la humanidad favorece notablemente a la raza oprimida.
El señor tiene relegadas sus facultades en el Mayoral, generalmente hombre
rústico y duro, pero vigilante, inteligente. Este es el que dispone los casti­
gos y los ejecuta; el que reprende y mortifica; el que va siempre con un
látigo en la mano y rodeado de armas. Por eso raras veces los esclavos lo
aman".

La Condesa de Merlin repite más o menos lo mismo que cualquiera de mis viejos nacidos en barracones y bohíos de ingenios de la provincia de Matanzas, y estos negros no han leído a la bella escritora franco-cubana. "El amo", cuenta Mercedes de Santa Cruz y Montalvo, "cerca de los esclavos los escucha, los perdona si han merecido algún correctivo, y con­tiene al Mayoral siempre áspero e inmisericorde en sus rigores. El enemigo más temible es el contramayoral, esclavo como los otros, y por esto más duro y cruel con sus compañeros, especialmente con los que han sido de una tribu enemiga de la suya: entonces llega a ser implacable, por espíritu de venganza".

Y también el difunto Cipriano, que tenía cuando lo conocí, como Juan
O'Farrill, los ojos claros de los negros centenarios, me explicaba que: "Los
negros que venían de Guinea, por causa de las guerras que andaban allá en
sus tierras, seguían aquí sin hacer las paces y queriéndose comer vivos. Si el
contramayoral era lucumí y le tocaba castigar a uno de Dahomí, ya sabía
el de Dahomí lo que le esperaba, y si le gustaba su negra o su hija, ya
sabían también lo que pasaría.33

"Siendo yo niña" -me contaba Doña Bélica Xenes-, "en la Emilia de Pablo Armenteros, había un Mayoral que exageraba tanto los azotes que ya no podían más los pobres negros. Los despertaba a latigazos. Era un hombre sin conciencia. El contramayoral, José Catalino, que me daba miedo porque era un negro muy feo, tenía los ojos salientes como bolas, entró en el barracón a ver qué pasaba que no salía el Mayoral ni los esclavos. Adentro, entre José Catalino y los negros, hicieron picadillo al Mayoral".




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