Obras publicadas de ltdia cabrera



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criaturas convertidas en un simple elemento de la fortuna pública y desti­nados a pasar por la tierra sin dejar más recuerdos que aquellos que se dispensan a un animal doméstico", y esos anuncios le inspiran más aversión por la esclavitud que el espectáculo de los esclavos... "Yo diría que acepta­da esta triste herencia, no se ha descuidado nada para atenuar el carácter odioso de la esclavitud. No sólo la legislación es más liberal, más paternal, menos exclusiva que en ninguna otra parte del mundo; no solamente se ha rodeado la existencia del negro de garantías más seguras y se les ha abierto una vía más ancha para conquistar la libertad, sino que he de añadir, la nación se ha prestado sin esfuerzo a la aplicación de estos principios huma­nos. Hay una gran diferencia, lo digo con pesar, entre el tratamiento que reciben los negros en nuestras colonias y el que reciben en Cuba, sobretodo en las ciudades, donde la suavidad de las costumbres, sin borrar la flagrante iniquidad de la esclavitud, lo equipara a una domesticidad análoga a la de los países europeos".

El inglés Madden6 reproduce el conocido juicio de Tocqueville para rebatirlo después: "Es públicamente notorio en el Nuevo Mundo, que la esclavitud ha adquirido con los españoles un carácter peculiar de suavidad; uno puede convencerse de esto leyendo las Ordenanzas de los reyes de España, en una época que entre otras naciones europeas las leyes para el gobierno de los esclavos estaban fuertemente teñidas de barbarie. El espa­ñol, que se mostró tan cruel con los indios, ha tratado siempre a sus esclavos con singular humanidad. En sus colonias, la distinción entre ne­gros y blancos era menos acusada que en todas las demás, y la autoridad del amo más parecida a la de un padre de familia que a la de un dueño". Pero esto, dice Madden que es falso. "Los españoles han tratado siempre a sus esclavos con singular inhumanidad". "Lo que llamamos humanidad para el negro, no hay un solo propietario en Cuba que no lo considere injusto para el hacendado". "Cambiad el término de indios por negros, la palabra mina por ingenio, la misma obra de exterminio se sigue llevando a cabo. ¡Y se dice que los negros son una raza feliz! ¡Qué error decir que la esclavitud es benigna en las colonias españolas!"

Con toda la profunda antipatía que la esclavitud y cualquier tipo de opresión despierta en los que contemplan la libertad como un bien supre­mo, el libro de Madden choca por su enconado apasionamiento. Situándo­nos en la época es demasiado evidente que lo que lo guió no fue su altruismo, sino un mal disfrazado interés de funcionario inglés.7

De mis largas encuestas con viejos que habían sido esclavos y con sus hijos, se desprende que por lo menos en La Habana, abundaban más los amos buenos que los malos, súTque esto quiera decir que no los hubiese odiosos y bestiales. Pero es elocuente que lo observado por Humboldt lo

reconocieran muchos abolicionistas extranjeros que visitaron y escribieron sobre Cuba: que de cada cuatro negros, uno fuese libre, indica que efecti­vamente, las leyes favorecían la emancipación.

En general, y en apoyo de lo que tantas veces hemos oído, y no es ésta la primera vez que lo recalcamos, ni será la última, las relaciones entre las dos razas siempre fueron cordiales, y esto, según los mismos negros, en los días lejanos de la colonia, en pleno dominio español, y en la República, hasta su fin.

El extranjero, en su primer paseo por La Habana señorial y campechana del siglo pasado, que era un muestrario de gentes de todos los colores, como lo fue la anterior al régimen actual, que ha perdido la risa y la sonrisa, se sorprendía del espíritu democrático que predominaba en nues­tro país. Antaño podía hacer comparaciones, como las hizo la sensible Frederika Bremer, con el despotismo que en los Estados Unidos, supuesta cuna de la libertad y de la igualdad entre los hombres, se mantenía a la "colored people" en un estado degradante. Esas diferencias no se observa­ron jamás en Cuba, "he visto en el muelle a un pobre cargador sacar un tabaco y saludar a un caballero, y éste detenerse y darle fuego para que lo encendiese", señala escandalizado un anglo-sajón como algo inconcebible.

Creo que ese espíritu llano y cordial, un sentido de humanidad que hacía honor al cubano de las clases altas, le venía de su raíz española y cristiana. Un viejo autor inglés, George Barrow (The Bible in Spain), admi­te que en el trato social, "en ningún país del mundo" (como en España), "se muestra el sentimiento que se le debe a la naturaleza humana o una mejor comprensión de la conducta que debe observar el hombre hacia sus semejantes. He dicho que España es uno de los pocos países en que la pobreza no es tratada con desprecio".

Otro anglo-sajón diría que para un español, "todos los hombres son iguales ante Dios", y no es de extrañar que la buena disposición, el trato humano que se dispensaba al negro y que advirtió en la Cuba esclavista el francés Huber, le inclinara a escribir que todos los cubanos "de empresa" eran liberales.

En "Algunos datos sobre los negros esclavos y horros en La Habana del Siglo XVI". Tirada aparte de la Miscelánea de Estudios dedicados a Don Fernando Ortiz por sus discípulos, colegas y amigos, Habana, 1956, nos dice María Teresa de Rojas: "Los documentos de la esclavitud en nuestra Isla no revelan, pese a la dureza de los tiempos, una crueldad o un despotis­mo sistemático por parte de los amos, y a juzgar por ellos mismos se desprende u otras veces se adivina fácilmente, que el corazón ponía un acento de noble humanidad entre las relaciones del amo y del siervo". Sobre las innumerables cartas de libertad - ¡ya en los comienzos de nuestra

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historia!- que transcribe y aparecen en los tres volúmenes de "índice y Extractos del Archivo de Protocolos de La Habana", concedidas a esclavos y en su mayoría a hijos de esclavos nacidos en las casas de sus dueños, aclarando éstos que los libertan porque: "Lo he criado en mi casa, por el amor que le tengo y por el buen servicio que de su madre he recibido", ponen de manifiesto que los prejuicios raciales no influían en ellos.



De la lectura de esos documentos, María Teresa de Rojas concluye que, lo que hacían tantos amos españoles, era libertar a sus propios hijos engen­drados en sus esclavas.

La leyenda negra nunca dejó de influir profundamente en los juicios apasionados de los cubanos, a quienes, cuando ya no era necesario, se les enseñó a mirar con encono o desdeñosa tolerancia hacia España, acentuán­dose este desprecio, que llegaba a convertirse en complejo de inferioridad en los hijos de españoles, más antiespañoles que los hijos de cubanos.

Estaba en lo cierto el periodista español que cita Don Ramón María de Araiztegui en "Votos de un Español", "convenceos hijos de Pelayo; pudis­teis haber hecho muchas cosas en Cuba, pero ya se os ha dicho mil veces: jamás hicisteis un español".

"Los cubanos odian a España y a ese odio lo sacrifican todo" —cita de Arrieta, cubano, autonomista—, "odio, que rebajando al que lo siente, debemos con pena confesar, está en el fondo del carácter cubano en gene­ral, y de esto no puede prescindir cuando se trata de España y de cuanto es español, odio que hace tiempo no se desdeña de apelar a los epítetos y calificativos más denigrantes que muestran hasta dónde puede pervertirse, merced a la exaltación política, la mejor índole". Con el "soplo perverso y ponzoñoso de las pasiones políticas", se contaba que un profesor de aquel gran plantel cubano de educación "El Salvador", había dicho en una lec­ción de geografía: "España es un borrón en el mapa, pasémosla por alto".

Esa fobia antiespañola, que llevó a dos famosos intelectuales cubanos, ya en tiempos de la República, a proponer que se suprimiese en la enseñan­za —y así se hizo—, la cátedra de historia de España, la mantuvieron viva con sus exhibicionismos patrioteros, los que especulaban y se sustentaban con caldo de huesos de héroes mambises.

Se nos convenció con una imparcialidad desmoralizadora, que la causa de todos nuestros males se debe exclusivamente a nuestro origen hispánico. Cierto que este razonamiento tiene la ventaja de absolver de todo pecado la conciencia nacional, —pero, ¿hasta qué punto teníamos conciencia na­cional?— haciendo único culpable de nuestros defectos y errores a España, la "ominosa" de la inflamada retórica libertaria.

Repasando la historia, esa antipatía violenta y la división que entre cubanos y españoles —peninsulares, como se les decía—, advertían los de

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afuera, empezó a amagar después del siglo XVIII —recordemos que los cubanos, blancos y negros, corrieron a empuñar las armas contra los ingle­ses, y cuanto se despreció, durante y después de la ocupación, a los que se pusieron de su lado, y qué calificativo recibieron las mujeres que aceptaron sus atenciones-. No influyó inmediatamente en Cuba el ejemplo de la independencia norteamericana, a la que tanto España como Francia contri­buyeron. Sólo a comienzos del siglo XIX, tan preocupado de libertad —una minoría selecta de patriotas cubanos (1823) hace sentir sus ansias de inde­pendencia—, la aversión de los cubanos se fue agravando. La conciencia cubana era todavía en gran parte española hasta mediado el siglo, y lo prueba la indiferencia que mostró el pueblo por la expedición del General Narciso López. En aquella fecha comenta un agio-sajón: "No tienen los cubanos un deseo ardiente de libertad ni de independencia: quieren mayo­res facilidades y reforzar el presente sistema de gobierno".



Por la propaganda y manejos de los ingleses, la política en acecho de los yankis, con los ojos puestos desde muy temprano en la "Sugar Island", despertaron lógicamente el recelo de España. Esta desconfió de los cuba­nos y los alejó de los cargos públicos más importantes, medida que fue muy eficaz para alentar los ideales separatistas, y claro está que la misma Madre Patria contribuyó a cavar ese foso que dividió a peninsulares y a criollos, por sus negligencias, sus errores administrativos, su inflexibilidad, la falta de genio político de sus políticos, y según sus implacables detracto­res, con las venalidades de algunos Capitanes Generales, que más tarde palidecerían comparadas a las de un gobernador provisional norteamerica­no, que dio a los cubanos muy provechosas y bien aprovechadas lecciones de deshonestidad administrativa.

Así el tiempo confirmó lo escrito por José Antonio Saco, al negarle España a los cubanos los derechos políticos que estos justamente reclama­ban: "Cuba se perderá para España".

Murray8, y otros, ya antes de mediar el siglo, había anotado que "los cubanos se sienten humillados si se les llama españoles, y un nativo de la vieja España se sentiría aún más humillado si le llamamos cubano o haba­nero. Sin embargo, las maneras de un cubano son tan ceremoniosas e hidalgas como las de cualquier viejo español". (¿Qué diría hoy, en Miami, de las maneras de los que un agudo periodista ha llamado aquí "cubicho-nes"?)

Salas y Quiroga (1840) constata la verdad de lo que se dice sobre la triste situación en que se hallan en la Isla padres e hijos: "Unida y compac­ta la clase blanca con respecto a la raza africana, separada ligeramente por tres grandes clases: nobles, ricos y pobres, está dividida en su totalidad por dos grandes fracciones: peninsulares y americanos", y el simpático e impar-

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cial de las Barras y Prado, para no alargar las citas, nos explica con su buen criterio las causas de esta separación ya tan marcada, pues: "Que el hom­bre honrado debe decirlo todo, el elemento español que impera en Cuba no está compuesto en general de hombres de gran cultura e ilustración, sino por hombres de dinero, y este es un motivo de menosprecio para la gente ilustrada del país, educada en los principales colegios del extranjero, la cual se encuentra por desconfianza alejada de toda intervención en los asuntos públicos".



Era cierto, agrega Barras con su habitual sinceridad, que: "La gran masa de inmigrantes que vienen destinados al comercio, salen de las aldeas de las provincias del Norte, sin haber tenido trato alguno con la gente culta y sin más conocimientos que las primeras letras. Aquí, en contacto con una sociedad adelantada, muchos adquieren rudimentos de educación y un barniz puramente exterior de refinamiento en las costumbres y gustos; y cuando hacen dinero y se encuentran al frente de sus negocios o se retiran a vivir de sus rentas, se llenan de vanidad y orgullo y se creen, por su posición adinerada, competentes en todos los conocimientos que afectan a la administración y a la política. Por regla general se hacen conservadores y reaccionarios, porque les parece que lo de liberal delata su origen plebeyo y se les puede descubrir la hilaza de su origen"... "No hay reunión en que reine verdadera fraternidad y se componga de iguales elementos".

Pero los criollos que cuidaban de sus intereses, acudían a los Besamanos del Capitán General, como fueron después, en el siglo XX, quizás con menos dignidad, a bailarle el agua y a beberle el whisky al Embajador americano y a congraciarse con los nuevos Capitanes Generales, los Presi­dentes de la República^

Al proclamarse Cuba libre, a pesar de los malos recuerdos que dejaron los voluntarios y la calle de la Muralla, los españoles no fueron perseguidos ni la alegría del triunfo ocasionó venganzas y desórdenes, el rencor de los cubanos se transformó en burla y desdén.

Ha pasado tiempo, no mucho, y ahora en este curioso año de 1978, en que sólo Dios sabe las agradables sorpresas que se le preparan a la humani­dad, parece que debido a una curiosa experiencia histórica y a una cierta inesperada —por inconcebible— decepción sufrida por la mayoría de los cubanos, molesta menos, se hace menos desdeñable y no se reniega tanto, de "nuestro origen hispano. Es más, ya muchos se sienten orgullosos de sus raíces.

En fin, sanguinarios, despóticos, estúpidos, se nos enseñaba que habían sido los españoles, esos antecesores abominados en toda América. "Apode­raos de la instrucción y el país será vuestro", había aconsejado sabiamente a los que soñaban ín liberar a Tuba de la garra española, el venerado

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Maestro Don José de la Luz y Caballero, "el Sócrates cubano"9, adelantán­dose a su tiempo.



Pero hablábamos de los congos y de los lucumí, y de estos dos grupos étnicos se puede afirmar que se repartieron el campo místico de la Isla con sus "Regla Lucumí" y "Regla de Congos, Mayombe o Palo Monte". Ac­tualmente, allá en la Isla, en vano perseguidos, y aquí en el exilio, flore­cientes, el Padre Nganga o Palero, de ascendencia o filiación conga, no cede en número e importancia al popular Oloricha, Babaloricha (el Padre de Santo) de ascendencia o filiación lucumí. Abiertamente actúa el lucumí, porque desde siempre "fue más franca su religión, sus fiestas y su música, más finas"; solapadamente, por ser más reservada su Regla; rudo, descon­fiado y temido era el congo.

" ¡Bruto y malo como guao!", concluía resueltamente al hablarnos de ellos mi gran informante la sacerdotisa Odedéi, lucumí hasta más no poder, pecando quizá de apasionada pues guardaba de un congo un pésimo recuer­do. Aunque su opinión coincide con la que unas décadas antes recogía Sir Charles A. Murray,10 de boca de hacendados y dueños de esclavos. "Con­gos reales, loaldos (loangos),11 mondongos, etc., son holgazanes, malva­dos, con tendencia a escaparse; vivos en sus diversiones, música y bailes, pero mentirosos, rateros y dados a todo género de bellaquerías".

De su afición al aguardiente da idea la ironía de esta anécdota que me brinda S. Herrera, como rigurosamente histórica.

El congo Francisco de la Cé —los esclavos llevaban el apellido de los amos—, capataz del Cabildo, convoca a junta y se expresa en estos térmi­nos sobre dos necesidades apremiantes que confronta la Sociedad: "Siñore, hay que asé un junta pa compra un vitío pá la Reina..." Se oyó a los congregados murmurar entre dientes: —Si se pué, si pué, ya verá.

" ¡Atención, conguería! Po qué eta reunión se ha reunió pa que díci yo, Francisco de la Cé, que etá fomá pa lo negro progresa y bibí mejó, y que pa progresa hay que compra garafón aguariente y..."

Aplausos. Un repentino entusiasmo estalló entre la concurrencia y cada congregado, vaciando sus bolsillos:

"¡Quisejaga! ¡Aquí tá! ¡Yo ponga tó!

Al contrario otros informantes negros que eran de ascendencia lucumí y que los habían conocido muy de cerca, conviviendo con ellos, nos decían, sobre todo de los congos reales, que "eran muy civilizados; tenían en sus cabildos un ceremonial de corte, un reinado". No eran brutos, no, brutos

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eran los Benguela, los Mondongos, los Musulungo, los de Ampanga. Por eso había muchos caleseros y criados de mano de casas ricas que eran congos reales.



Durante todo el período colonial y por algún tiempo después, fueron numerosos los Cabildos de todas las "naciones" y de congos -Basongo, Mumbona, Bateke, Mundemba, Bakongo, Musabela, Kabinda, Bayaka, Benguela, Mondongo, Mayombe, Ngola, etc.— en La Habana y en pueblos y capitales de provincias. Antaño el Bando de Buen Gobierno del Exmo. Sr. Conde de Santa Clara, Ordenador y Capitán General, Publicado en la ciudad de La Habana el día 28 de enero de 1799, los situó extramuros por lo ruidosas que eran sus fiestas y velatorios.

Mis más ancianos informantes los alcanzaron en función y los frecuen­taron algunos, "allá por el setenta, cuando Napoleón perdió el mando en Francia y aquí estaba andando la Guerra de los Diez Años", dice Bambo­che, que vistió uniforme de voluntario y como otros contemporáneos suyos añoraba la Colonia, el Cabildo, el Día de Reyes abolido el 1884 -"por culpa de los ñañigos"-, los Carnavales y la Semana Santa. En las últimas décadas del XIX, estos Cabildos, donde se baila los domingos, como siempre y como en toda Cuba, ocupan casas en las calles de Monse-rrate, Maloja, San Nicolás, Salud, Compostela y otras habaneras, y en Regla, Guanabacoa y Marianao. Algunos se mantuvieron hasta el inicio de la primera guerra europea. El de los lucumí, "Changó Terdún", que tuvo sus días de gloria, terminó lastimosamente -"se desprestigió, se robaban los fondos, aquello fue un relajo"-, tan tarde como el 1927 ó 1928.

El Cabildo de los Congos Reales, al decir de aquellos viejos, gozó de mucho prestigio y disponía de una buena recaudación. Los de Santa Clara, Santi Spiritu, Remedios, Sagua, Santiago de Cuba, también fueron impor­tantes. A propósito recopiamos lo que nos cuentan en una de las fichas que conservamos:

"Aquello era congo di Ntótila de verdad, el mismo reino Congo con el Rey y la Reina, la Corte, los vasallos, y todo con orden y respeto. Por eso al Cabildo Congo le decían Reinado. Las fiestas eran muy buenas, las mejores; allí se gastaba lujo, el Rey se ponía frustraque y espada y se sentaba en trono con la Reina, y alrededor la Corte. Allí se gobernaba a la africana, ¿quién le tosía a algunos de aquellos taitas, a un Rey o al que venía a ser su Ministro o segunda Plaza?" En un daguerrotipo que poseía el que fue gran conocedor de nuestra historia y de nuestras costumbres colo­niales, Don Manuel Pérez Beato, el Rey del Cabildo, a quien se le da también el título de Capataz, aparece luciendo casaca engalonada, zapatos con hebillas y el pecho atravesado por una banda. Este no llevaba espada, pero empuñaba un bastón del que pendía una borla. Un sombrero en

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forma de tricornio, con plumas, cubría su cabeza.



Don Fernando Ortiz, en su agotado ensayo sobre los Cabildos escribe que, cuando el gobierno español prohibió que desfilaran por las calles el Día de Reyes, descrito también en muchos libros por extranjeros que visitaron la Isla, no pretendía impedirle a los negros el derecho de reunión. El 1885 el Bando de Buen Gobierno aclaró: "La reunión de dichos Cabil­dos debe continuarse". El Gobierno sólo se proponía vigilarlos de cerca para evitar los desórdenes que ocurrían (por lo que sus reuniones las presi­día el Celador del distrito, que solía hacer buenas migas con los negros), "sin causar molestias a los negros ni violentar sus costumbres". ¡Sin violen­tar sus costumbres! ¿Se hubiera concebido entonces nada semejante, escri­to en inglés, en el vecino gran país de la libertad?

Entre otras causas, esa preocupación humanitaria que reflejan las leyes esclavistas españolas desde siglos atrás, esa tolerancia que hoy nos sorpren­de, es lo que explica que las culturas africanas —lenguas, religiones, músi­ca— hayan subsistido en Cuba tan vivas y que el negro cubano haya podido conservar sus Roots, las raíces que perdió completamente en U.S.A.

A propósito, esta carta fechada en 1926, que agradezco a Pierre Verger, hace muchos años le fue dada a título de curiosidad en Dahomey. Se trata de uno de los incontables Baró de Matanzas, de Esteban Baró, que segura­mente conocí en mis andanzas por aquella provincia. Está dirigida al rey de Dahomey (su rey), y dice textualmente:

"Jovellanos, 18 de agosto de 1926.

Al honorable señor Su Majestad el Rey Príncipe de Dahomey. Muy señor mío: Después de saludarlo con el mayor respeto y consideración como rey de esta nación Arará Dahomey, el que escribe a usted es el señor Esteban Baró, Presidente de la Socie­dad y sus descendientes que se denominan San Manuel aidájue-dóaorosú gadaguiridá atindó ojádota me recomienda de acerle el presente escrito como hijo de africano mi padre se llama Tosú, nación tierra Sabalú aboomé, la madre de mi padre se llama Afresí sodú fiyí dojó Sabalú Tomé, el padre de mi Papá se llama Bosu aghué yetobí aguógomi bisese eyirojó Sabalú Tomé. Mi madre Asonsiede fiyirojó tacuame Tomé. Mi abuela Sé yidó. Abuelo Gando fiyirojó Tacuamé Tomé y yo siendo hijo de africano por parte de mi padre y de mi madre, que todos son naturales de África asegún consta en la presente doy fe de los mismo para que conste que yo soy de la misma raza de esta misma nación arará y lo pongo en su conocimiento con el fin de tener comunicación directa con usted porque así es mi deseo por tener necesidad de ir allá en cuanto yo pueda porque entiendo idioma africano y por esa causa le dirijo la

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presente para saber el carácter y los fines de su respetable nación y al mismo tiempo le ruego a su majestad me de contes­ta y al mismo tiempo me mande un libro simple de su reinado. Dirección:



Señor Esteban Baró y Tosú

Presidente Sociedad Africana San Manuel

Jiquima letra H. Jovellanos,

Provincia de Matanzas, Cuba"

En general, los congos, en concepto de todos eran "muy chistosos, bambo­lleros a matarse y mentirosos hasta no má". El malafo, aguardiente, como hemos dicho, les encantaba, y empinaban el codo de lo lindo. Por chisto­sos, de preferencia, fueron los bufones de blancos y negros criollos en tiempos de la colonia. Para darme una idea de lo embusteros que solían ser estos congos, Calazán me refería algunas anécdotas muy divertidas de un viejo que contaba cómo habían combatido ellos, "los hijos del Rey Mel­chor", y vencido al rey de Inglaterra. Copio: "y a ese negro no se le podía contrariar porque se enfurecía. Yo lo imitaba después para reírme, pero no delante de él. Oiga cómo contaba lo de la batalla..." Y Calazán remeda­ba el habla y los gestos de aquel congo: "Yo va sé uté lo criollo cuento de mi tiela, pero que no son cuento. Eso son veda po Dio Santo Bindito y si no son veda, Mamá Punga me condene. Cuando ley Mechó contendía con ley ingle, né tá sentao en su trono y visa que baco ingle tá la bahía. Ley Mechó manda bucá Genera en Jefe. Viene Genera en Jefe. Né mira pó teojo. Purao manda bucá Jefe artillero. Viene Jefe artillero. Jefe artillero trae alifante grandísimo como montaña. Pone cañón riba alifante. Mete piera, mete yero, metralla, tó, tó que encuentra, tó dientro metió cañón. Acaba y va coge punterío cuala ingle. Coge bien punterío cuatro mese. Upa cañón, acueta cañón. Coge bien punterío ¿eh? cuatro mese coge punterío. Cuanda é manda ¡Fuego! ¡Bún! Cañón tá sei mese sonando ¡ta tín, ta tín, ta tín! Y tó baco ingle va ¡timbó! ¡timbó! ¡Lé! pa fando la má.


  • ¡Alabao!, dijo uno.

  • ¡Relambío, tripa quema, criollito basura miéda no sabe ná! Yo no jabla
    mentira. ¡Cara! ¡Sambiampungo Kinpanga salayalembo!"

Muchos congos a los que se daba el apodo de Mbaka (enanos), se caracterizaban por su baja estatura, y como muestra de su propensión a mentir, Eyeo nos contaba a qué achacaba uno de ellos, un famoso tocador de yuca, la pequenez de su raza. ____

"Allá tiera nosotro, hombre no cabe pó pueta, mujé no cabe pó pueta.




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