Numero: 67 fecha: Enero-Febrero 1995 titulo de la revista: Hacia un Nuevo Orden Político indice analitico: Un Nuevo Orden autor: Luis Méndez, Augusto Bolívar [**] titulo: En la Génesis de un Nuevo Orden Político



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NUMERO: 67

FECHA: Enero-Febrero 1995

TITULO DE LA REVISTA: Hacia un Nuevo Orden Político

INDICE ANALITICO: Un Nuevo Orden

AUTOR: Luis Méndez, Augusto Bolívar [**]

TITULO: En la Génesis de un Nuevo Orden Político. Un Corto e Intenso Período del 1° de Enero al 21 de Agosto [*]

TEXTO:
Introducción


Las categorías del análisis de período
Es válido reconocer que "lo inmediato nos abruma y esto sucede especialmente en la política" lo que quiere decir, en otros términos, que el presente es difícilmente discernible en sus aspectos esenciales (Bolívar et al., 1990). Pero al mismo tiempo, también, se debe aceptar que, a veces, los procesos políticos, a causa de su repetición se hacen habituales, banales y, por tanto, se consideren monótonos y sabidos. Estas diferentes formas de apreciar lo real político parecieran responder a una cierta maligna determinación sicológica o caracterial del observador que hace que: o, nada sea comprensible o, todo haya estado dicho desde siempre. En este ámbito es el que se mueve el sentido común, sea éste vulgar o culto. [1]
Sin embargo, el conocimiento efectivo de lo que sucede en política -sin que deje de estar la subjetividad comprendida, en sus diversas manifestaciones- dependerá de los momentos significativos por los que atraviesan los procesos sociales y que influyen incontestablemente en las perspectivas subjetivas tanto del sentido común como del experto. Sin embargo, lo que está en entredicho es si es posible analizar la política presente -sin caer en el subjetivismo excesivo o el objetivismo ingenuo- con algún grado de cientificidad, es decir, en una consideración superior de explicación y comprensión que la que se manifiesta en el sentido común.
Hasta ahora, y quizás por siempre, el análisis del presente político ha sido dejado principalmente en manos de un cierto periodismo, de la grilla politiquera o, este último tiempo, de grupos de intelectuales que creen poseer la dignidad científica y moral que les permite juzgar respecto del presente político relevante lo que realmente pasa e indicar cuál es el mal camino que no hay que seguir. La academia, por su parte, antropólogos, sociólogos y cientistas sociales en general, paradójicamente, parece mirar con desprecio este aspecto de lo real presente y prefiere refugiarse y observar lo antiguo, lo pasado, a través de la historia o de la filosofía, pues supuestamente estas ciencias se acomodarían mejor a la pretensión de una verdad sólida y contundente que la que podría otorgar una débil reflexión sobre el presente. Para estos guardianes del espíritu de los tiempos, los intentos de seguir metódicamente lo real político no es más que una ciencia chatarra o, por qué no, como decía otro "sociólogo universal", !dejémoslo en chatarra sin más!
Una vez asumida la posibilidad de tratamiento del presente político en forma científica, no basta con la intención de "seguir la realidad política presente" a fin de comprender el sistema político actual. Por muy "riguroso" y "científico" que sea el método utilizado, los procesos seguidos, por su propia naturaleza -tal o cual proyecto económico, o determinado movimiento social, por ejemplo- son formas medianamente consolidadas y, por ello, también expresiones distorsionadas de las contradicciones subyacentes en la realidad socioeconómica que son esencialmente inestables en su conformación como objeto de estudio, y que sólo afloran una vez que el equilibrio de la contradicción se rompe y se deja paso a la posibilidad de una nueva forma de reestructuración del devenir o del orden político.
Aunque exista intención verdadera y vocación científica en la observación de la realidad política actuante, ésta no será suficiente si no existe un "método" que, sin apartarse de lo inmediato, pueda dar cuenta de las condiciones que han permitido su manifestación y que sea capaz de estructurar un sistema de significación que dé cabida en forma comprensible a lo observado. El análisis del presente político, o análisis de la coyuntura, es uno de los intentos metodológicos que propone abordar ese desafío. Para ello, ha distinguido tres rutinas en su desempeño: el seguimiento de proceso, el estudio de la coyuntura y la construcción de períodos. [2] (Bolívar et al., 1991)
El análisis de "la" coyuntura es tan determinante en el análisis político del presente, que sin él la realidad aparecería monótona, sin cambio. Y para un espíritu poco atento, como obviamente conocida, siendo que, en rigor, esta realidad es lo menos conocido por estar, entre otras cosas, siempre en constante transformación, preparando, sordamente, el cambio que se hará explícito en una coyuntura. Después las contradicciones volverán a hacerse explícitas y, otra vez el sentido común, culto o no, encontrará de nueva cuenta que todo es evidente, sin importar los desajustes que pudieran existir respecto de sus juicios pasados, y otra vez se equivocará, pues lo que ha surgido como antagonismo explícito, por contundente que se estime, no será más que una posibilidad que busca su realización.
No todo el presente es coyuntura e inmediatamente cognoscible en su banalidad como creería el sentido común culto, pero tampoco es inmediatamente cognoscible aquello que la realidad fragua en su interior, "realmente". Las contradicciones de lo real inmediato no sólo son inasibles a consecuencia de que los signos que revelan su existencia son mínimos y muchas veces inexistentes para la experiencia sensible, sino porque, aunque estos pudieran develarse, su existencia sería evidentemente incompleta dado que los inevitables cambios futuros la obligan a presentarse como algo necesariamente inacabado y, por lo tanto, siempre será inútil buscar la consistencia en algo que está en gestación.
Seguimiento de proceso y coyuntura son momentos de una misma realidad, instancias necesarias e interdependientes del proceso de investigación. Sin la coyuntura, el seguimiento de proceso es ciego. Este último, a su vez, sin la coyuntura es pasado puro, simple nostalgia estética. Sin embargo, ambos momentos del análisis no deben quedarse solamente en este constante ir y venir entre un presente inmediato y un pasado fijo, que lo llevaría al infinito. Está en la esencia misma del procedimiento la necesidad de buscar constantemente las condiciones que le den cauce a una nueva coyuntura. Si se tiene suerte y ésta se produce efectivamente, ahí se cerrará una etapa del proceso de investigación y será necesaria la construcción de un período. (Bolívar et al., 1991)
La distancia que media entre dos coyunturas es lo que llamamos período. En este contexto, el análisis de período no es otra cosa que el análisis histórico de lo contemporáneo. Es el momento, dentro del proceso de investigación, en que es necesario detenerse y reflexionar sobre lo obrado. Después de haber realizado la crítica de lo real inmediato y ordenar su devenir -es decir, convertir el método no en un instrumento sino en el desarrollo mismo de lo real- es necesario fijar lo elaborado, a fin de que sea posible la autocrítica y la reflexión, como medio para asegurar que la mirada y el juicio no se hayan pervertido con el dogma, la precipitación o la estulticia, permitiendo así recomenzar el análisis del presente político inmediato. (Bolívar et al., 1991)
La construcción de período es un requisito ineludible en la comprensión de lo real inmediato y constituye la dimensión donde se explican los hechos históricos. Aunque en este momento del análisis de coyuntura no se trate de la historia en el sentido general del término: relación de la sucesión de fenómenos sociales pasados hechos comprensibles a través de su descripción o atribución de sentido, sino más bien, el análisis de coyuntura -y las instancias que lo suponen incluida la construcción de período- se inscribe en la práctica de la sociología política, la cual, entre otras cosas, siendo plural tanto en las teorías como ciencias que convoca "...no es un cuerpo de certezas; ella se caracteriza por una actitud de investigación; ella es un conjunto de investigaciones que se funden..."..."interrogándose constantemente sobre 'la construcción de lo político (...) por consecuencia el camino que se le impone al investigador es el de un relativismo metodológico" (Lagroye, 1991 pp. 17 y 18).
Los períodos no son una realidad ontológica pero mucho menos una entelequia metafísica. El período es construido, pero no es producto del capricho del investigador, aunque suela suceder en otras disciplinas; surge de la mediación entre dos coyunturas que por la evidencia efectiva de existencia ponen límites objetivos al interregno que se quiere analizar, es decir, marcan exigencias propias del devenir social desde puntos de inflexión reconocidos universalmente. Pero en análisis del presente, aunque no pocas veces en los trabajos historicistas, los períodos no se abren ni se cierran en forma rígida -a pesar de que formalmente comiencen y terminen en una coyuntura- y a veces pueden ser incluidos en un período más largo o ser atravesados por otro período que se inicia en su interior. La validez de la construcción de un período no reside en la concordancia de la cosa explicada con la explicación sino en la capacidad -muy pragmática- que la construcción del período pueda otorgar para explicaciones más vastas, o en la complementación comprensiva de aspectos particulares de la realidad política.
En el análisis de período aparecen ligados con igual valor el análisis de las dos coyunturas, el seguimiento de proceso y el análisis del período como tal, es decir, las características estructurales que distinguen ese momento histórico de otros. O lo que es lo mismo, no vasta el relato o la secuencia de hechos es necesario determinar sus características estructurales.
La génesis de un nuevo orden político
Desde el primer momento en que se manifestaron los sucesos de Chiapas, el 1° de enero de 1994, El Cotidiano se apegó a esta coyuntura e intentó sacar el máximo provecho de ella, considerándola, en todos sus posteriores análisis, como punto de partida privilegiado para la comprensión del sistema político mexicano contemporáneo, incluidos los posibles cambios significativos que pudieran ser anunciados y efectivamente realizados después de esa fecha. [3] Se trataba de considerar estructuralmente, con la máxima profundidad posible, ese momento histórico singular, la coyuntura, a fin de determinar las posibilidades reales de que se constituyera en punto de partida de un nuevo orden social, diferente al que había prevalecido hasta antes de 1988 pero, fundamentalmente, con anterioridad a 1982.
En diciembre de 1993, cuando estábamos en pleno seguimiento de proceso, nos sorprendíamos (Bolívar y Méndez, 1994a; Méndez, 1994) de que a pesar de que la realidad social pedía a gritos por lo menos una manifestación sería de oposición -no a una forma determinada del poder sino una muestra de cuestionamiento al orden global comenzado a construir a principios de los ochenta no hubiera, sin embargo, ninguna señal de discordancia que inquietara el poder constituido. La sorpresa no radicaba tanto en la falta de conflicto sino en el hecho que después de tantos años que se había estado construyendo un "tránsito hacia la modernidad" (Bolívar, 1990) posibilitado en gran parte por una profunda y larga "derrota obrera", [4] (Méndez, 1994), tanto económica como política, parecía que se volvía a lo mismo, y es más, se retrocedía. El título de el análisis de coyuntura -Ni para Gato pardo, cambiar casi todo para que casi nada cambie (Bolívar y Méndez 1994a)- que escribíamos en ese momento, quería ilustrar nuestra impotencia analítica -o la incapacidad de la realidad de expresar claramente la contradicción- al constatar que, a pesar de los cambios sustanciales realizados durante toda la década de los ochenta, nada significativo ocurría en el orden económico el cual terminaba, en 1993, con un decrecimiento del PIB. Ni nada sucedía tampoco en el orden político que ese mismo año finalizaba con la elección del candidato del Partido Revolucionario Institucional, Luis Donaldo Colosio, mediante los mismos métodos tradicionales que habían caracterizado el sistema que se pretendía sobrepasar. [5]
Los acuerdos firmados en el Tratado de Libre Comercio (TLCAN) (Méndez, 1994), pero sobre todo el sorprendente V Informe Presidencial del Ejecutivo Federal de noviembre de 1993, donde se destacó que lo fundamental era la consolidación antes que lo que faltaba por realizar, eran signos evidentes de que algo no calzaba.
Lo que no calzaba se puso de manifiesto en la coyuntura de enero de 1994 [6] Posteriormente intentamos hacer un análisis de la coyuntura (Bolívar et al., 1994c), es decir, una reflexión estructural en la que mostrábamos que el primero de enero de 1994 había abierto un período -que todavía no termina de definirse- en el que destacan dos fenómenos singulares: el primero la emergencia de una reacción contenida de los sectores más pobres de la población, hasta ese entonces sin manifestación explícita importante ante el proceso de modernización y, por otra parte, la exigencia de vida democrática, específicamente en el terreno electoral, demandas imperativas que habían sido expresadas también singularmente por medio de las armas. Sin embargo, estas dos cuestiones que se habían hecho explícitas, habían dejado oculta una tercera que sólo se manifestó en marzo con el asesinato de Luis Donaldo Colosio: el carácter mismo del centro del poder, cuestión que sólo fue insinuada en mayo en Bolívar y Méndez (1994d).
La emergencia, en la coyuntura de enero, de tres cuestiones: la problemática insurreccional, el carácter del nudo del poder y la demanda de democracia económica y política, dejó planteado el desafío de tratarlas con mayor profundidad.
El primer aspecto que analizarnos fue el balance que, como insurgencia, se había planteado el EZLN desde los inicios de 1994 (Bolívar y Méndez, 1994e) donde constatábamos con cierta ligereza, aunque no sin cierta razón también, que el conflicto armado había derivado en un diálogo, que si bien deseado por la mayoría de la ciudadanía, al cambiar los guerrilleros de terreno -de la guerra a la política- habían perdido parte importante de su capacidad contestataria del orden vigente, cuestión que estaba al centro de sus demandas originarias. Sin embargo, la respuesta negativa a las proposiciones hechas por el Comisionado para la paz puso en cuestión, nuevamente, el orden vigente por parte del EZLN, y la posterior renuncia de Manuel Camacho a su cargo de mediador volvieron a tensar la contradicción entre cambio y restauración en el sistema político. El resultado favorable al PRI en las elecciones de agosto dejó en suspenso la línea de desobediencia civil propugnada en un primer momento por el EZLN, y los conflictos al interior del PRD, que anunciaban una relación más flexible con el Partido oficial, parecían contribuir también a que esta acción no prosperara demasiado. No obstante, tantos meses de ingobernabilidad en Chiapas habían logrado radicalizar las posiciones de los diferentes sectores sociales en la entidad, tanto que, después de la elección presidencial, la región se encontraba al borde de la guerra civil, situación que, obviamente, se constituía como obstáculo al deseo del nuevo gobierno de instaurar un nuevo orden político.
El segundo tema abordado fue el del nudo del poder a través del análisis del asesinato de Luis Donaldo Colosio, hecho que puso en evidencia que el centro oculto del poder, su carácter más secreto, había sido descuidado y postergado por cuestiones supuestamente explicativas pero que resultaban triviales al conocerse los entretelones del dramático asesinato. En los primeros análisis se descubre -como hipótesis- que si bien se puede hablar de una obvia contradicción entre los aparatos de gobierno, incluido el Partido oficial, y el resto de la sociedad política, faltaba mucho por analizar: no sólo las contradicciones al interior del aparato de gobierno, cuestión ya develada desde hace años con el surgimiento de la élite en el poder de los años ochenta y el proceso de desalojo de antiguos cotos de poder al interior del PRI, sino, sobre todo, las contradicciones e instancias de poder y control hasta ahora no suficientemente vistas, al interior de esta misma élite. [7] (Bolívar y Méndez, 1994d).
Por último, el tercer gran tema analizado, la democracia económica y política, permanecía en el trasfondo de la temática de la insurrección y del centro oculto del poder: la demanda de una parte "importante" de la sociedad mexicana, por hacer efectiva la democracia económica para las grandes mayorías explotadas, la exigencia del ejercicio transparente del poder y una real reforma política capaz de generar procesos electorales limpios.
El seguimiento de procesos hecho desde el momento mismo en que se abre la coyuntura de enero de 1994 tuvo su primer hito relevante en "La coyuntura del 23 de marzo" -punto desarrollado en este escrito. Posteriormente, el asesinato de Ruiz Massieu, mostraba la relatividad en que pueden ser considerados los períodos: si bien desde la coyuntura de enero a la de agosto hubieron elementos suficientes para caracterizar estructuralmente ese momento histórico, y en ese lapso de tiempo se habían cerrado varias de las alternativas o desafíos abiertos en enero de 1994, no era menos cierto que la muerte del Secretario General del PRI y las circunstancias que involucraron directa e indirectamente a toda la estructura de poder, dejaron abierta la posibilidad de considerar como una unidad de análisis el transcurso de tiempo que va desde la Primera Declaración de la Selva Lacandona a la asunción al poder de Ernesto Zedillo Ponce de León. Sea cual sea el cierre de período, lo cierto es que, como dijimos en la sección anterior, los períodos no son una verdad ontológica y el corte debe hacerse en función de la capacidad explicativa mayor que tenga cada opción. Por el momento, en este trabajo hemos elegido la primera opción, sin dejar de referirnos a algunas de las circunstancias que se dan con posterioridad a ese cierre y que hemos llamado "El nuevo período".
En lo general, el análisis de este período se estructura alrededor de las siguientes problemáticas:
- el cuestionamiento del orden a través de un ataque directo y armado al gobierno constituido;

- la demanda de justicia para los más oprimidos que significa un cuestionamiento al orden económico y jurídico vigente;

- una demanda inminente de cambio en las formas de reproducción del sistema político especialmente las referidas a los procesos de representación;

- y, por último, las "nuevas" formas e instancias de acción ocultas en el centro mismo del poder.


La primera cuestión releva principalmente: el tipo, forma y consistencia de la legalidad y legitimidad del sistema vigente; la capacidad de acción y respuesta de la sociedad y el gobierno frente a la demanda perentoria de cambio y, por último, la rigidez o ductilidad del sistema ante el cambio.
La segunda instancia del período tiene que ver con la capacidad del sistema de cambiar en la concepción de redistribución del excedente económico como cuestión que supone la vigencia de las políticas económicas y el análisis de la estructura económica del país.
La tercera temática que impone el período es el de la posibilidad de cambio de las formas de representación de la sociedad en las instancias de poder central, cuestión que trae consigo los mecanismos de elección, de reclutamiento de los partidos u otras instancias de poder y representación de sus afiliados y, en términos gruesos, la problemática de la participación en el poder de la sociedad.
La cuarta cuestión es un desafío metodológico y sustantivo respecto del análisis del poder central, lo que obliga a una evaluación sobre las formas de poder ejercidas por intermedio de la estructura legal del sistema, y también de aquellas que influyen en el poder sin estar estatuidas formalmente.
Un corto e intenso período
La coyuntura del 1° de enero de 1994 [8]
El conflicto
El análisis de la coyuntura sirve tanto para cerrar como para abrir un período. La coyuntura de enero posee varias posibilidades de cortes relevantes para la construcción de períodos, en una primera instancia, reabre la problemática de la lucha insurreccional armada concluida en los años setenta. También puede considerarse como un cierre del período abierto en 1988 en el que se construye la ideología del proyecto modernizador iniciado en 1982 y cuya expresión es el liberalismo social. Y, por último, cerrar o marcar una etapa decisiva en el período de el nacimiento del Estado social.
La solución que a lo largo del sexenio venía dando a los conflictos políticos el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, nos hizo suponer que, por primera vez en casi 20 años, un gobierno de la república terminaría su período constitucional sin preocupantes crisis económicas ni amenazantes rupturas políticas. Ligero fue el juicio. Muy pronto la realidad se encargaría de contradecirnos. Del sureste mexicano llegó una nueva y peligrosa advertencia de quiebre institucional, la más importante de los últimos 50 años en el país. En unos cuantos días, organizados destacamentos armados, provenientes de la siempre miserable, reprimida y discriminada población chiapaneca, pondrían en cuestión el orden económico y político impuesto por el gobierno salinista: el liberalismo social.
Cuando todo parecía estar dispuesto para que la nueva clase política continuara el impulso a su proyecto modernizador, sin bruscas alteraciones sociales ni molestas interpelaciones legislativas. Cuando desde el aparato estatal se presumía el éxito político de Pronasol y el candidato priísta a la Presidencia de la República imaginaba un México moderno y competitivo al exterior, así como justo y democrático al interior, otro México, harto de injusticia, pobreza y marginación, y lejos, muy lejos de las supuestas bondades del recién aceptado Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, hizo escuchar su voz.
Ajenos a los espacios institucionales, miles de mexicanos, por siglos oprimidos y discriminados, manifestaron violentamente su oposición al proyecto estatal de recuperación económica, y al autoritario ejercicio del poder con que se impuso.
A las 0:30 horas del día 1° de enero de 1994, grupos indígenas armados, organizados militarmente en un ejército nombrado Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) tomaron por asalto cuatro ciudades de Los Altos de Chiapas (San Cristóbal de las Casas, Las Margaritas, Altamirano y Ocosingo), difundieron una declaración de guerra al ejército federal mexicano [EZLN, 1994] e hicieron un llamado a los poderes legislativo y judicial para que,
"haciendo uso del derecho constitucional, se (depusiera) al gobierno ilegítimo de Carlos Salinas de Gortari y a su gabinete y en su lugar se (instaurara) un gobierno de transición formado por personalidades y partidos políticos, para que (fuera) éste el que (convocara) a elecciones en igualdad de circunstancias y no como ahora que serían ilegítimas y desequilibradas" (ver Recuadro 1).
A partir de este tormentoso e inesperado inicio de año, el proyecto estatal de recuperación económica y las unilaterales y autoritarias decisiones políticas que creaba para facilitar su imposición, mostraron la fragilidad de los equilibrios sociales en que se apoyaban. No fue la acción partidaria la que desestabilizó la voluntad transformadora del Estado, mucho menos las organizaciones sociales reconocidas y legítimamente establecidas que, teórica mente, podrían haberle puesto freno al despotismo esta tal; la amenaza al proyecto modernizador salinista, y en general a la vertical estructura de poder creada por los gobiernos de la Revolución, llegó desde lo más profundo del subdesarrollo mexicano, sin aviso, fuera de la ley y por medio de las armas. El sistema político mexicano resintió el efecto de un desconocido golpe para el cual no estaba preparado (Méndez, 1994b).
Ante lo certero del impacto, la primera reacción del gobierno salinista fue responder a la "ilegal" violencia del ataque guerrillero con la violencia "legal" del aparato estatal. En los primeros diez días de enfrentamientos, el ejército mexicano se propuso terminar, de golpe, con la insurrección. La alternativa militar se impuso en Los Altos de Chiapas. Ni el gobierno ni su ejército parecían dispuestos a darle una salida negociada al conflicto. Los resulta dos de la guerra comenzaban a ser desastrosos para las comunidades indígenas localizadas en la zona de combate.


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