Modalidades textuales 2º de bachillerato



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Modalidades textuales – 2º de bachillerato

(Germán lee un folio manuscrito en el que hace anotaciones con rotulador rojo. Lo que lee, primero le da risa y luego le indigna. Pone un cero en el folio, lo deja en el montón de la derecha y coge otro del montón de la izquierda. Lee una frase, pone en el folio un gran cero y lo deja en el montón de la derecha. Coge otro folio. Está volviendo a enfadarse cuando llega Juana.)

Germán- ¿Qué? ¿Cómo ha ido?

Juana- Podías haberme acompañado.

Germán- No voy a misa desde los catorce años.

Juana- No era una misa. Era un funeral.

Germán- No pensé que fuera tan importante para ti. No era un pariente, ni un amigo. No irás a decirme que Bruno era un amigo.

Juana- Por no estar sola. Por poder hablar con alguien.

(Silencio.)

Juana- Conocí a las mellizas. Son tal como Bruno las describía. ¿Me cambio y nos vamos al cine, a una divertida?

Germán- No te cambies, estás muy guapa. Pero deja que acabe esto. Echa un vistazo, esto sí que es divertido.

(Vuelve a su lectura. Juana hojea el montón de la derecha.)

Juana- Cero. Tres. Cero. Hombre, ¡un cinco! Dos. Cero… ¿Tan malos son?

Germán- (Sin dejar de leer.) Peores. El peor curso de mi vida.

Juana- Eso ya lo dijiste el curso pasado. Y el anterior.



(Germán pone un uno en el folio, se lo da a Juana y coge otro.)

Germán- (Lee.) “El sábado estuve viendo la tele. El domingo estaba cansado y no hice nada”. Punto final. Les di media hora. Dos frases. Cuarenta y ocho horas en la vida de un tío de diecisiete años. El sábado, tele; el domingo, nada. (Pone un cero en el folio y se lo da a Juana; coge otro.) No les he pedido que compongan una oda en endecasílabos. Les he pedido que me cuenten su fin de semana. Para ver si saben juntar dos frases. Y no, no saben. (Lee.) “Los domingos no me gustan. Los sábados sí que me gustan pero este sábado mi padre no me dejo salir y me quito el móvil”. (Pone en el folio un gran cero y lo deja en el montón de la derecha.) Intenté explicarles la noción de “punto de vista”. Pero hablar a éstos de punto de vista es como hablar a un chimpancé de mecánica cuántica. Les leo el comienzo de Moby Dick, se supone que todos saben de qué hablo, que han visto la película. Les explico que la historia la cuenta un marinero. Pregunto: “¿Y si la hubiera contado otro personaje, por ejemplo el capitán Ahab?”. Me miran asustados, como si les hubiera planteado el enigma de la esfinge. “Bueno, me vais a hacer una redacción contándome lo que habéis hecho este fin de semana. Tenéis media hora”. Y me entregan esto. ¿Qué fatalidad me condujo a este trabajo? ¿Hay algo más triste que enseñar literatura en bachillerato? Elegí esta profesión pensando que viviría en contacto con los grandes libros. Sólo estoy en contacto con el horror. Y lo peor no es enfrentarse, día a día, con la ignorancia más atroz. Lo peor es imaginar el día de mañana. Esos chicos son el futuro. ¿Quién puede conocerlos y no hundirse en la desesperación? Los catastrofistas pronostican la invasión de los bárbaros y yo digo: ya están aquí; los bárbaros ya están aquí, en nuestras aulas.



(Coge otro folio.)

Juana- No sabía si darles el pésame. Estaba por irme cuando se me acercó una de ellas, no sé cuál, no las distingo. Me dijo que mañana irán a la galería a hablar del futuro. “A hablar del futuro”. ¿Me escuchas?



(Germán está absorto en lo que lee.)

Juana- ¿Pasa algo?



(Silencio.)

Germán- (Lee.) “El pasado fin de semana, por Claudio García. El sábado fui a estudiar a casa de Rafael Artola. La idea partió de mí, porque hace tiempo que deseaba entrar en esa casa. Este verano, todas las tardes me iba a mirar la casa desde el parque, y una noche el padre de Rafa casi me coge mirando desde la acera de enfrente. El viernes, aprovechando que Rafa acababa de fracasar en la clase de Matemáticas, le propuse un intercambio: “Tú me ayudas a mí con la Filosofía y yo a ti con las Matemáticas”. No era más que un pretexto, claro. Yo sabía que, si aceptaba, sería en su casa, porque la mía está en una calle que Rafa no pisará jamás. A las once toqué el timbre y la puerta se abrió ante mí. Seguí a Rafa hasta su cuarto, que es como yo me imaginaba. Me las arreglé para dejarlo ocupado con un problema de trigonometría mientras yo, con la excusa de buscar una Coca-Cola, echaba un vistazo a la casa. Esa casa en la que por fin me encontraba, después de haberme imaginado tantas veces allí dentro. Es más grande de lo que suponía; mi casa cabe cuatro veces en ella. Todo está muy limpito y ordenado. “Bueno, basta por hoy”, me dije, y estaba a punto de volver con Rafa cuando un olor me llamó la atención: el inconfundible olor de la mujer de clase media. Me dejé guiar por ese olor, que me llevó hasta el salón. Allí, sentada en el sofá, hojeando una revista de decoración, encontré a la señora de la casa. La miré hasta que levantó sus ojos azules. “Hola. Tú debes ser Carlos”. Su voz era tal y como había previsto; ¿dónde enseñarán a hablar a estas mujeres? “Claudio”, contesté, sosteniéndole la mirada. “¿Buscas el baño?”. “La cocina”. Ella me condujo hasta allí. “¿Quieres hielo?”. Me fijé en sus manos mientras sacaba los cubitos: alianza en la derecha y sortija en la izquierda. Se sirvió un Martini. “Coge lo que quieras”, dijo. “Estás en tu casa”. Ella volvió al sofá y yo a la habitación de Rafa. Le resolví el problema de trigonometría. Va a necesitar mucha ayuda para sacar las Matemáticas este curso. Continuará”.



(Silencio.)

Juana- ¿Dice “Continuará”?

Germán- Entre paréntesis.

(Pone un siete en la redacción y coge otra.)

Juana- ¿Un siete?

Germán- No tiene faltas, y de vocabulario no está mal. No es Cervantes, pero comparado con los otros… ¿Qué nota le pondrías tú?

Juana- Yo llevaría esa redacción al director.

Germán- ¿Por qué? ¿Porque la madre de su compañero Rafa tiene los ojos azules?

Juana- ¿Quién es este chico?

Germán- Me parece que es uno que se sienta en la última fila, pero no estoy seguro. Todavía no los conozco. Estamos en la segunda semana de curso.

Juana- ¿Le pones un siete y te quedas tan ancho? “Continuará”.

Germán- ¿Si le pongo un seis te quedarás tranquila? Menos de un seis no puedo ponerle.

Juana- Se ríe de ti y le pones un siete.

Germán- ¿Se ríe de mí? No me había dado cuenta.

Juana- Se ríe de todo. De ti, de su compañero Rafa, de la madre de Rafa… (Lee.) “”Claudio”, contesté, sosteniéndole la mirada”. ¿Quién se cree que es? ¿Por qué no le pides que lo lea en clase, en voz alta, a ver si ese otro, ese Rafa, le da un buen sopapo. A no ser que el tal Rafa… (Lee.) “Rafael Artola”. ¿Existe? Lo mismo todo es una fantasmada.



(Germán hojea en el montón de la izquierda. Encuentra el folio que busca.)

Germán- (Lee.) “El sábado por la mañana estudié Matemáticas con mi amigo Claudio. Por la tarde fui con mi padre a jugar al baloncesto. Fue un partido muy disputado, pero ganamos y nos fuimos todo el equipo a celebrarlo. El domingo…”.



(Sigue leyendo en silencio. Le pone un cinco y lo coloca en el montón de la derecha.)

Juana- ¿Un cinco? Parece un buen chico. Al otro le pones un siete y a éste un cinco.

Germán- No es clase de Ética, ni de Religión. Es Lengua y Literatura.
Juan Mayorga: El chico de la última fila

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: «¿Platero?» y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal...

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel...

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

—Tien' asero...

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

Juan Ramón Jiménez: Platero y yo (1914)

El primer día de su preceptoría Atenodoro me dijo que se proponía enseñarme, no los hechos que yo podía averiguar en cualquier parte, sino la adecuada presentación de los hechos. Y lo hizo. Un día, por ejemplo, me preguntó bondadosamente por qué estaba tan excitado; me resultaba imposible concentrarme en mi tarea. Le dije que acababa de ver un gran número de reclutas desfilando por el Campo de Marte, para ser revistados por Augusto antes de ser enviados a Germania, donde había vuelto a estallar la guerra.

«Bien —dijo Atenodoro, siempre con la misma voz bondadosa—, como eso te ocupa a tal punto la mente que no puedes apreciar las bellezas de Hesíodo, éste tendrá que esperar hasta mañana. A fin de cuentas, ha esperado setecientos años, o más, de modo que no se enojará por un día más. Y entretanto, ¿qué te parece si te sientas y tomas tus tabletas y me escribes una carta, una breve reseña de todo lo que has visto en el Campo de Marte? Como si yo hubiera estado ausente de Roma y tú me enviaras una carta a través del mar, digamos a mi casa de Tarso. Eso mantendrá ocupadas tus inquietas manos y será una buena práctica».

Garrapateé alegremente en la cera, y luego leímos la carta juntos, para corregir las faltas de ortografía y composición. Me vi obligado a admitir que había dicho unas veces poco y otras demasiado, y que por lo tanto ordené los hechos equivocadamente. El pasaje que describía las lamentaciones de las madres y novias de los jóvenes soldados, y cómo la multitud se precipitó hacia el puente para un último saludo a la columna en marcha, habría debido ir al final, y no al comienzo. Y no habría debido mencionar que la caballería tenía caballos; eso se daba por supuesto. Y en dos ocasiones mencionaba el incidente del traspié del corcel de Augusto; una vez era suficiente, si el caballo había tropezado una sola vez. Y lo que me había dicho Póstumo, cuando regresábamos a casa, sobre las prácticas religiosas de los judíos, era interesante, pero no tenía nada que ver allí, porque los reclutas eran italianos, no judíos. Además, en Tarso él tendría probablemente más oportunidades de estudiar las costumbres judías que Póstumo en Roma. Por otra parte, no había mencionado varias cosas que a él le habría interesado conocer: cuántos reclutas había en el desfile, cuán avanzado estaba su adiestramiento militar, a qué guarnición se les enviaba, si parecían alegres o tristes de que se les enviara a combatir, qué les había dicho Augusto en su discurso.

Tres días después Atenodoro me hizo escribir una descripción de una pendencia entre un marinero y un vendedor de ropa, que ese día habíamos presenciado juntos, mientras paseábamos por el mercado de harapos, y lo hice un poco mejor. Primero aplicó esta disciplina a mis escritos, luego a mis declamaciones, y finalmente a mis conversaciones generales con él. Me dedicaba interminables esfuerzos, y gradualmente me volví menos disperso en mis pensamientos, porque nunca permitía que pasara sin comentario una frase descuidada, ajena a la cuestión o inexacta.

Robert Graves: Yo, Claudio (1934)

Contraataque

Negar que la televisión influye en el ambiente que se respira es una afirmación cínica. Hasta en esa prehistoria televisiva en la que sólo había dos cadenas los niños salíamos a la calle a jugar inspirados por la película de la tarde. La tele marcaba, aunque fuera fugazmente, novedades en el vocabulario y en el humor. Ahora también. Pero cuando hoy se afirma que aquello que se emite, aunque no mata, sí genera ciertos hábitos, hay que prepararse para el contraataque. Es el contraataque de los que suponen que cualquier crítica a lo que se ve en televisión es un intento solapado de acortar la libertad de expresión; el contraataque de aquellos que dicen que se programa lo que el público demanda sin entender que usted y yo también somos público y también querríamos practicar el sedentarismo de sofá viendo algo inteligente (no necesariamente documentales de animales, por favor); el contraataque de los que de inmediato tachan de puritano al que afirma que hay un exceso en televisión de agresividad verbal, y que ya no se trata de defender a la población infantil, sino de defender los oídos de cualquier adulto que en su trabajo y en su vida normal no hace un uso tan machacón de esas groserías que inundan los diálogos televisivos; es el contraataque de los que te callan la boca diciendo que, al fin y al cabo, la tele es un botoncito que se pulsa por voluntad propia, sin advertir que es precisamente la facilidad de acceso a su disfrute, que además exige poco esfuerzo mental, lo que la hace tan embaucadora. Es el contraataque de los que te dicen, entonces, ¿qué quieres, empezar a prohibir contenidos, hacer sonar un pitido cuando alguien dice un taco? Lejos de mí la intención de prohibir nada, pero, permítanme introducir un concepto, como decía Allen: ¿no podríamos encontrar un término medio entre ponerle dos rombos a Barrio Sésamo y escuchar a un locutor preguntarle al invitado "y entonces qué, te la follaste"?



ELVIRA LINDO, El País 28/11/2007

Adolescentes como bisabuelos

A medida que uno va cumpliendo años, descubre un motivo de pesar del que nadie le habló nunca ni se suele hablar en general, y que no se cuenta, por tanto, entre las más clásicas "lacras" de la edad. Quizá se deba a que la gente va perdiendo expectativas o es olvidadiza o va cambiando en exceso, y a que deja de desear lo que ansió en su juventud, lo cual daría la razón a ese viejo dicho cuya formulación no recuerdo, pero cuyo sentido viene a ser: "Quien es un revolucionario en la veintena, será un conservador en la sesentena, y quien no cumpla con eso se constituirá en anomalía y carecerá de corazón primero y de razón después". Supongo que en algunos aspectos yo mismo me atengo al modelo, pero no puedo evitar deprimirme cuando veo que pasan las décadas y que ciertas cosas que uno esperaba que cambiaran o desaparecieran en el transcurso de su vida no lo hacen, sino que permanecen más o menos inalterables; o bien que retornan con fuerza hábitos y formas de pensamiento que se creían superados o periclitados. En España es especialmente fácil tener esa sensación, la de que hay un terrible sustrato que tal vez puede quedar oculto durante una temporada, pero que siempre acaba por resurgir. Los que padecimos el franquismo tendíamos a achacarle lo más lamentable de nuestra sociedad, y pensábamos que, cuando terminara, mucho mejoraría en todos los ámbitos. No voy a decir que no fuera o no haya sido así, en gran parte. La mera idea de vivir de nuevo bajo algo reminiscente del franquismo produce escalofríos de horror, y eso que el Gobierno que vamos a tener a partir de ahora se le puede asemejar a la larga, con su mayoría absolutísima y la falta de repugnancia de su partido -incluso "comprensión"- hacia uno de los periodos más criminales y sórdidos de nuestra historia. Pero, independientemente de quiénes gobiernen, en España hay cosas que siempre suben a la superficie, una y otra vez: la grosería y la zafiedad ufanas, la mala leche y el rencor, a menudo inmotivados; el temor a la Iglesia Católica y el consiguiente aprovechamiento de ésta para medrar económicamente e intervenir en las vidas privadas de los ciudadanos; la falta de piedad, la manía de echar la culpa de los propios actos y decisiones a otros y no asumir nunca una responsabilidad.



No es que me fíe de las encuestas, que casi siempre están mal hechas o son sesgadas, por no decir que nacen amañadas: las propias preguntas que se incluyen en ellas -y su formulación- bastan a menudo para que den un resultado falso y distorsionado. Teniendo todo esto en cuenta, ha habido, sin embargo, una reciente entre adolescentes que me ha dejado abatido. Las respuestas de mil y pico estudiantes de Secundaria en torno a las relaciones de pareja y los "papeles" de mujeres y hombres son tal sarta de tópicos, antigüedades y sandeces que casi explican por sí solas por qué transcurren los años y el fenómeno de la violencia machista, por ejemplo, no se mitiga en absoluto, por mucho que se llame la atención sobre el problema, se tomen mil medias preventivas y se cursen leyes para castigar duramente a los maltratadores y proteger a las maltratadas. Si un 60% de esas almas aún cándidas -esos estudiantes- suscribe que la chica debe complacer a su novio; si un 44% de las almas femeninas encuestadas cree que, para "realizarse" -signifique lo que signifique a estas alturas expresión tan hueca y necia-, "necesita el amor de un hombre"; si el 90% está de acuerdo en que "el chico debe proteger a su chica" (claro que en la investigación ni siquiera figuraba la pregunta inversa, si la chica debe proteger a su chico, ni tampoco si éste debe complacer a aquélla); si el 52% de las jóvenes opina que los muchachos son agresivos y sólo un 1,8% que son "tiernos" -signifique también eso lo que signifique-; si el 0% de los varones consultados "se identificó con ser comprensivo", como si ser eso -algo amplísimo- supusiera una merma de su virilidad o una injuria; si el 34% juzga aceptable espiar el móvil de su pareja si sospecha que ésta le es infiel, y el 65% ve en los celos una prueba de amor; si todo esto es así, cabe concluir que los adolescentes actuales no se diferencian apenas no ya de sus padres o abuelos (calculando que los primeros ronden los cuarenta años y los segundos los sesenta y cinco), sino de sus bisabuelos, esto es, de gente nacida hacia 1920, antes de la Guerra Civil y de la República, recién terminada la remota Primera Guerra Mundial. Sin duda estos adolescentes llevarán vidas muy distintas, algunos beberán y se drogarán, todos tendrán su perfil en Facebook y se sentirán desnudos sin sus móviles, y no pocos se habrán ya iniciado en el sexo con alegría y ausencia de culpa. Pero, en lo relativo a su concepción de las relaciones sentimentales o de pareja, son unas antiguallas, unos simples y unos catetos de mucho cuidado, y su visión es en esencia la misma que la que podían tener los campesinos más ignorantes y arcaicos bajo la Dictadura de Primo de Rivera, pese a que ninguno de estos chicos tendrá la menor idea de quién era este Primo de Rivera ni de qué Dictadura fue la suya. ¿Qué diablos se les enseña y transmite? Si los resultados de esta encuesta no resultan deprimentes para quienes de jóvenes creíamos que el tiempo y la extensión de la cultura pondrían fin a las más elementales sandeces y tópicos, que venga la gente de mi generación y lo vea. O incluso la de la generación anterior.

Javier Marías, El País, 11 de diciembre del 2011

Wir sind ein Volk! (I)

La historia reciente de Berlín está llena de claroscuros, de sucesos vergonzosos y de historias de superación. Acabo de pasar una semana en la capital alemana y la ciudad, por supuesto, está genial, pero de nada sirve ir para allá si no te cuentan algo de su historia. Y todos sabemos lo típico (primero Hitler y los nazis, luego los comunistas y el muro) pero en realidad apenas sabemos nada de lo que se ha cocido y se sigue cociendo en esta ciudad que es ya un mito de nuestros tiempos.

Para empezar, el muro de Berlín no tiene nada que ver con el famoso telón de acero que separó, tras la II Guerra Mundial, a los capitalistas de los comunistas. Bueno, sí tiene que ver, pero no son, en absoluto, la misma cosa: el asunto es más complicado. Alemania, la perdedora por antonomasia (ya había perdido en la anterior guerra mundial), fue dividida en dos repúblicas: la RFA, federal o capitalista, controlada por los aliados (americanos, franceses y británicos); y la RDA, democrática o comunista, controlada por los soviéticos. La capital del antiguo III Reich de Hitler, Berlín, se quedó en la Alemania comunista, pero a su vez fue repartida entre los cuatro ganadores de la guerra. En resumen, Berlín estará en la parte soviética de Alemania, pero tres cuartas partes de ella van a pertenecer a los aliados, mientras que el resto será la capital de la Alemania comunista. Si aún no les queda claro, miren el mapa:

Insostenible, ¿verdad? Pues con el inicio de la Guerra Fría y la polarización de los bloques comunista y capitalista, la situación se hará más insostenible si cabe. Dividir un país tiene un pase, pero dividir a su vez una ciudad que queda dentro de la parte comunista, tiene mandangas.

En los años 50 ocurrió lo que se llama el "milagro económico alemán": la Alemania Federal se recuperó sorprendentemente del debacle de la guerra. No sucedió lo mismo en la parte oriental, y Berlín se convirtió en un coladero por el que la población comunista huía a la zona occidental casi masivamente. Y claro, a la Alemania Federal, encantada, le faltaba tiempo para adoptar a los nuevos capitalistas y plantarles un nuevo pasaporte en las manos.

Tanto es así, que en 1961 la Alemania Oriental terminó construyendo el famoso muro de Berlín, circular y de más de 150 kilómetros, de los cuales más de 40 km. dividían la ciudad de norte a sur, separando las dos partes de Berlín e intentando aislar el Berlín occidental, que se quedó como una isla dentro de la Alemania Democrática. La ciudad quedará así:

Adiós al libre (o semi-libre) traspaso entre un Berlín y otro. Adiós a los amigos, adiós a parte de tu familia. Adiós a lo poco que quedaba de una ciudad, ya arrasada de por sí tras la guerra. Berlín será, hasta 1989, una ciudad dividida por el "Mauer", que simbolizará durante casi tres décadas la vergüenza de un mundo dividido. Y los berlineses sufrirán en carnes esta vergüenza, como si no tuvieran ya suficiente con el trauma de la barbarie nazi.

Pero lo gracioso es la historia de cómo cayó el muro, casi treinta años después. Algo que jamás fue premeditado pero que dice mucho de la capacidad de superación del pueblo alemán y de la esperanza que aún se puede tener en el género humano.


Wir sind ein Volk! (II)


A finales de la década de los 80 del siglo XX, los alemanes de la parte oriental empezaron a perder el miedo. La situación política se había relajado y en la RDA empezaron a darse concentraciones exigiendo al gobierno que escuchara su opinión.

La cosa no empezó en Berlín, sino en otra ciudad de la RDA: Leipzig. En el blog www.descubriendoelmuro.blogspot.com se cuenta así:



Todo empezó a la sombra de la Nikolaikirche (iglesia de San Nicolás). El lunes 4 de septiembre de 1989, tras un sermón en la iglesia, se produjo en la plaza una pequeña manifestación de apenas un centenar de personas en favor de la paz...

A través del boca a boca y gracias a las informaciones de las televisiones de la Alemania Occidental, los ciudadanos de la Alemania Oriental supieron de esta manifestación y en diversas ciudades de la RDA se sucedieron manifestaciones durante el lunes siguiente.

El lunes 9 de octubre de 1989, ya eran más de 70,000 personas manifestándose por las calles de Leipzig pidiendo democracia bajo el lema "Wir sind das Volk!" (nosotros somos el pueblo). Las fuerzas policiales no intervinieron, sorprendidas por la gran cantidad de manifestantes.

El siguiente lunes, el 16 octubre, ya eran 120,000 manifestantes. Esta vez el ejército estaba presente durante la manifestación, pero quizás por miedo a una masacre tampoco intervino.

El siguiente lunes eran ya más de 320,000 manifestantes!!!

Los ciudadanos de la RDA salían en masa a las calles pidiendo democracia y los dirigentes comunistas estaban sorprendidos por el rumbo de los acontecimientos.

El 4 de noviembre de 1989, los ciudadanos de Berlín, animados por las Montagsdemonstrationen de Leipzig, salieron a la calle.... más de un millón de personas se manifestaban por la Alexanderplatz....

Mientras tanto, miles de personas huían hacia la Alemania Occidental a través de Checoslovaquia...

Con esta situación, el gobierno de la RDA se dio cuenta de que una renovación era necesaria. El consejo de ministros aprobó un paquete de medidas para renovar el país, y se convocó a la prensa internacional para el día 9 de noviembre. Dentro de este paquete de medidas se incluía la regulación y facilitación de los viajes al exterior, pero ni mucho menos el libre traspaso de las personas a un lado y otro del muro. Un conjunto de casualidades y la heroicidad del pueblo alemán se encargarían de allanar el camino en sólo un día: ese mismo 9 de noviembre de 1989.

La persona elegida para comunicar este nuevo paquete de medidas a la prensa fue Günter Schabowski (en la foto), miembro del Partido Socialista Alemán. La leyenda cuenta que esa misma tarde Schabowski se fue a su casa a descansar y prepararse para la rueda de prensa, que era a las 18 horas.

Poco antes de las 6 de la tarde, Schabowski salía de su casa y se dirigía a la sede del gobierno donde se iba a celebrar la rueda de prensa. Pero antes de llegar se cruzó con un miembro del partido que le entregó una carpeta en la que había un proyecto de ley: la apertura total de las fronteras entre las dos Alemanias. Un proyecto que sólo figuraba a título informativo y al que aún le faltaba el visto bueno del consejo de ministros.

Pues bien, parece ser que nuestro Günter llegó a la conferencia de prensa, explicó a los periodistas las nuevas medidas tomadas por el partido y a continuación abrió la carpeta que le habían entregado minutos antes. Creyendo que también en estos papeles se hablaba de las medidas ya aprobadas por el gobierno, leyó lo siguiente:

"Los viajes privados al extranjero se pueden autorizar sin la presentación de un justificante — motivo de viaje o lugar de residencia. Las autorizaciones serán emitidas sin demora. Se ha difundido una circular a este respecto. Los departamentos de la Policía Popular responsables de los visados y del registro del domicilio han sido instruidos para autorizar sin retraso los permisos permanentes de viaje, sin que las condiciones actualmente en vigor deban cumplirse. Los viajes de duración permanente pueden hacerse en todo puesto fronterizo con la RFA."

Tal vez nuestro Günter no fuera consciente de lo que estaba leyendo, pero un periodista avispado sí, y le preguntó:

-¿Cuándo entrará en vigor esta medida?

A lo cual, Schabowski, tras hojear las notas y mirar confuso a sus compañeros de partido sentados junto a él, contestó:

-En cuanto lo diga, inmediatamente.

Esto ocurrió a las 18.57 horas, cuando Schabowski, sin saber qué más decir, dio por terminada la conferencia de prensa. En pocos minutos, miles de alemanes orientales se acercaron a los puestos de control del muro, al grito ya consagrado de "Wir sind das Volk!". Los jefes de control de los puestos no sabían que hacer con esa gente. Llamaron al gobierno, pero nadie contestaba (pues menudo revuelo debía de haber en el gobierno). Se llamaron los unos a los otros a los distintos puestos de control, y en todo el muro la situación era la misma: miles de alemanes pidiendo pasar. Wir sind das Volk!, ¡nosotros somos el pueblo!

¿Qué hacer? ¿Dispararles? Mientras, desde la parte occidental de Berlín, llegaban también los otros alemanes, que se unieron al coro de gritos, con una variación: "Wir sind ein Volk!" (¡Nosotros somos un pueblo!). En los puestos de control, la confusión fue tal que terminaron por abrir las puertas, y en Berlín se tiraron tres días de juerga bebiendo y abrazándose bajo ese nuevo lema (Wir sind ein Volk!) con el cual los alemanes salían por fin de la penitencia que el mundo les había hecho pagar durante más de cuarenta años.

El resto es historia. Y hay que ir a Berlín para vivirla.

En tanto que de rosa y de azucena


se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

y en tanto que el cabello, que en la vena


del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera


el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,


todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

Garcilaso de la Vega 1498 – 1536)

Mientras por competir con tu cabello,


oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello.


siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:

goza cuello, cabello, labio y frente,


antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o vïola troncada


se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Luis de Góngora (1561-1627)

¡Esa guirnalda! ¡pronto! ¡que me muero!


¡Teje deprisa! ¡canta! ¡gime! ¡canta!
que la sombra me enturbia la garganta
y otra vez y mil la luz de enero.

Entre lo que me quieres y te quiero,


aire de estrellas y temblor de planta,
espesura de anémonas levanta
con oscuro gemir un año entero.

Goza el fresco paisaje de mi herida,


quiebra juncos y arroyos delicados.
Bebe en muslo de miel sangre vertida.

Pero ¡pronto! Que unidos, enlazados,


boca rota de amor y alma mordida,
el tiempo nos encuentre destrozados.

Federico García Lorca, (1898-1936)

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