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COMPRENSIÓN Y APRECIO DE LA DEMOCRACIA

La democracia es una forma de gobierno en la que los gobernantes son elegidos por el pueblo mediante su voto libre, soberano y secreto. Se sustenta en leyes, procedimientos e instituciones que limitan el poder del gobierno en beneficio de los ciudadanos; existen condiciones, reglas y procedimientos para que los ciudadanos y ciudadanas contiendan por el poder político; se reconoce la igualdad política de las personas así como sus derechos fundamentales y se asegura la más amplia participación ciudadana en asuntos públicos.

En una sociedad democrática se hacen vigentes todos los derechos, hay justicia social y equidad, además, tanto la organización del poder político como las diferentes instituciones de la sociedad son democráticas; las personas actúan y se relacionan preferentemente de manera democrática en lo privado y en lo público y observan un conjunto de disposiciones éticas que les conminan a defender la democracia como el sistema en el cual quieren vivir.

La democracia como forma de vida

La democracia como forma de vida es un ideal que implica la aplicación de los procedimientos democráticos, la expresión de los valores cívicos así como el ejercicio de derechos y deberes en la esfera del gobierno, en las instituciones de la sociedad y en la vida cotidiana. Las relaciones sociales se fundan en la libertad, la justicia o la igualdad; en el respeto a los derechos civiles, políticos, sociales, económicos y culturales; en la búsqueda de fraternidad, paz y libertad para todos; en la tolerancia, la pluralidad, la autorregulación, la cooperación, el respeto, el diálogo y la construcción de consensos; así como en el cumplimiento de responsabilidades por parte de los gobernados y de los gobernantes.

Todo gobierno democrático necesariamente es un gobierno de leyes en el que se respetan los derechos humanos.

El gobierno democrático

La democracia como sistema político y como forma de gobierno está configurada por tres aspectos: la competencia política de líderes que contienden por el poder público en elecciones populares periódicas; el respeto al orden constitucional, expresado en la legalidad y la justicia; así como la participación ciudadana basada en ciertos procedimientos y soportada en un conjunto de principios entre los que se encuentra el de soberanía popular, mediante el cual el pueblo soberano faculta a un grupo de personas para que centralicen ciertas decisiones y ejerzan su autoridad en ciertos casos, pero también limita el poder de los gobernantes ya que formalmente su actuación es regulada y controlada por quienes los han elegido. El poder público emana del pueblo, pero la ciudadanía no puede considerar que su responsabilidad concluye con las elecciones, sino que requiere continuar apoyando y vigilando a los servidores públicos. La autoridad es necesaria en un contexto democrático, pero tiene límites establecidos en la ley, además de que debe basarse en principios y valores como la legalidad, la justicia y el bien común. Para evitar que el poder se concentre en una persona u organización y que se despliegue de manera autocrática, se procura un equilibrio de fuerzas mediante la división de poderes y el establecimiento de mecanismos para que la ciudadanía participe en su regulación. Tres ideas resumen las características de la autoridad democrática:

• Las leyes limitan el poder público y definen el quehacer de las autoridades.

• Las autoridades de los distintos niveles de gobierno se deben complementar para resolver los problemas de la ciudadanía, por lo que la ley establece las atribuciones de cada uno.

• Los derechos humanos, la democracia y la legalidad deben ser principios de actuación de las autoridades.

Como competencia cívica, el alumnado requiere comprender los distintos tipos de autoridad, particularmente de la autoridad democrática, conocer cómo está organizado su gobierno, las funciones y limitaciones de las autoridades en México, así como las características de la representatividad. También implica desarrollar valores y actitudes vinculadas con el ejercicio democrático del poder, las cuales podrán ser desplegadas al participar en los órganos de gobierno escolares, en las asambleas escolares y en procesos de toma de decisiones.



Para apreciar la democracia

Para construir actitudes de aprecio y defensa de la democracia es preciso valorar los principios democráticos, comprender los procedimientos, reconocer la necesidad de un gobierno electo libremente por el pueblo y limitado constitucionalmente por la ley, valorar la existencia de un proceso judicial justo, imparcial y expedito, comprender el funcionamiento de las instituciones y órganos de gobierno democrático, así como los rasgos de la ciudadanía democrática, sustentados en principios como el respeto a las decisiones de las mayorías considerando a las minorías, el pluralismo y la búsqueda del bien común.





Zaritzky, Graciela. “la formación para la convivencia y los derechos del niño”, en educación para la paz. Una pedagogía social para consolidar la democracia social y participativa, mesa redonda magisterio. 2011 tercera ed. pp. 155-180


La formación para la convivencia y los derechos del niño

Postgrado en POLÍTICAS Infanto-juveniles de la Universidad de Buenos Aires. Coordinadora del Programa Nacional para los Derechos del Niño y del Adolescente. Ministerio de Cultura y Educación de Argentina. Coordinadora en Argentina del Movimiento de Apoyo a la Cumbre Mundial por la Infancia. Presidenta y Fundadora de la Asociación Civil ADI (Asociación Derechos de la Infancia). Presidenta de la Asociación Civil Cultura, Infancia y Ciudadanía.

La intención de este trabajo es compartir reflexiones y anhelos acerca de la contribución que la escuela puede realizar a favor de los derechos de la infancia.

En este sentido, nos hemos centrado en la educación ciudadana y en la formación para la convivencia. Estos enfoques educativos no sólo se destacan por su alto compromiso ideológico con la equidad social, sino que además inauguran un espacio curricular para formar a los alumnos en el conocimiento y ejercicio de sus derechos.

Tradicionalmente, los derechos humanos fueron temas promovidos desde las organizaciones no gubernamentales. Tales iniciativas no siempre se ejecutaban articuladamente con el sistema educativo formal. A partir de la incorporación de la educación ciudadana y la formación para la convivencia, los Derechos del Niño adquieren un espacio y un tiempo propios en la escuela. Nada de lo que sucede en el curriculum es ingenuo; al discutir sobre él confrontamos proyectos de sociedad. Asumir los temas de la convivencia como contenido educativo implica la decisión de poner en tela de juicio ciertas tradiciones de la cultura escolar. Una definición de esta naturaleza desencadena procesos de cambio que operan en varios niveles: en el institucional, en el enfoque educativo y, sobre todo, en las actitudes personales.

Enunciaremos muy brevemente las transformaciones institucionales, para profundizar los siguientes aspectos:

1. Los enfoques educativos innovadores, en particular la educación emocional, y

2. Los procesos vivenciales que la enseñanza de los temas de la convivencia provoca en quienes la imparten.

Como método de exposición, desarrollaremos algunos conceptos aplicados a escenas cotidianas de la vida escolar, para analizarlas desde la perspectiva de la formación para la convivencia y el aprendizaje de los Derechos del Niño.
¿Qué entendemos por educación para la convivencia?

La convivencia puede ser vista como contexto o como contenido de aprendizaje. De algún modo, recuerda aquellos dibujos en los que figura y fondo se constituyen según el enfoque de nuestra mirada. Su naturaleza misma, de contornos flexibles, se distingue de una materia de estudio tradicional: Se explica en el aula pero también en el recreo, en la hora libre o en el comedor escolar. Aunque trata conceptos y técnicas, su centro de interés es la calidad de los vínculos. Si en otras disciplinas la relación maestro-alumno es el escenario de trabajo, aquí es el objeto. Como concepción educativa, se encuadra entre las perspectivas que integran lo emocional con lo racional y la persona con el entorno. Enseñar a convivir no es cuidar el orden. Si imaginamos que será suficiente con la dedicación marginal que se le asignaba a la conducta, y simplemente le agregamos un tiempo paran impartir los conceptos específicos, se reducen considerablemente las probabilidades de éxito. En efecto, la experiencia indica que es conveniente que encaremos esta enseñanza como un proyecto: con un diagnóstico inicial, un plan de acción trazado en el tiempo, metas, alianzas, detectando zonas de debilidad y puntos de fortaleza, elaborando sistemas de comunicación y de evaluación.

Pero la consideración de la convivencia como un contenido de aprendizaje también implica la asignación de un momento y un lugar para su transmisión.

Dicha definición opera en la organización educativa a través de modificaciones en el nivel curricular. En la jerga escolar se suele resumir esta idea diciendo que “así como los alumnos aprenden a leer y a escribir, también pueden aprender a relacionarse mejor con los demás”.



Los cambios en el nivel institucional

Desde diversas asignaturas o como tema transversal se han incorporado nuevos ejes conceptuales para fomentar la participación y la actitud democrática. Entre ellos podemos destacar:



  • Los Derechos Humanos y Derechos de la Infancia.

  • La ciudadanía como forma de participación en el mundo público.

  • La articulación de los intereses comunes e individuales.

  • Cooperación y solidaridad.

  • Reglas y normas para la organización de grupos.

  • Los conflictos como oportunidad para el aprendizaje de la convivencia.

  • La prevención de la violencia.

  • Participación y gestión organizada.

  • La pluralidad como integración entre lo igual y lo diferente.

En el nivel curricular, además de contenidos innovadores, se incluyeron estrategias provenientes del área de la comunicación, la psicología, el derecho y la sociología. En especial se adoptaron técnicas para la resolución de conflictos y la toma de decisiones-que en general fueron adaptadas para ser enseñadas desde la escuela- tales como la negociación, la mediación, el arbitraje, la comunicación efectiva y cooperativismo.

Por otra parte, en el nivel de la organización escolar se gestaron espacios para la participación estudiantil. La legitimación de mecanismos democráticos como las asambleas de aula, los consejos estudiantiles, parlamentos escolares y otros sistemas de representación o de acción directa de los alumnos nos parecen instancias de especial valor, porque constituyen señales de apertura al ejercicio de los derechos de los alumnos en el interior de la escuela.

Cambios en el enfoque educativo

La organización educativa tradicional se ha sustentado en la idea de que todos los alumnos son iguales. Para garantizarlo, realizó esfuerzos tendientes a nivelar las diferencias económicas y culturales, a través del uso de un tipo de vestimenta uniforme, desarrolló métodos objetivos de evaluación y transmitió valores universales. La intención fue homogeneizar, sustituyendo la idea de igualdad de oportunidades por una garantía de uniformidad de la población escolar. En su afán por igualar, la escuela estableció patrones estereotipados que vulneran, en algunos aspectos, el derecho a la identidad personal y cultural.

“Con un grupo tan dispar no se puede enseñar” es una frase muy escuchada entre colegas. En este comentario subyace la idea de que la diversidad conspira contra la eficiencia de la labor educativa. El propósito de defenderse de la heterogeneidad ha llevado a aceptar una cultura de la exclusión y marginación, expresada en afirmaciones tales como: “Con este niño no puedo dar clase, interrumpe continuamente y distrae a todo el grupo”, “si no alcanza el rendimiento mínimo no puede permanecer en nuestra institución”, o “no estamos preparados para casos especiales, existen otras escuelas para estudiantes con problemas”.

Asimismo, la escuela de principios de siglo se caracterizó por un diseño en base a disciplinas compartimentadas con un sesgo marcadamente racionalista, interesada en transmitir información y ocupada en controlar conductas. En la etapa actual, se tiende a una educación que favorezca el pensamiento crítico, el interés por la investigación y las oportunidades de participación. Tanto la formación para la convivencia como otras modificaciones en el enfoque educativo reflejan un proceso de acercamiento a un nuevo tipo de organización, más flexible y focalizada en las personas.

A pesar de las variaciones particulares que adoptaron los procesos de transformación educativa en cada país, hay por lo menos cuatro ideas fuerza que están presentes en la mayoría de los casos; ideas que resultan a la vez esenciales a la educación para la convivencia:

1. La inclusión de la perspectiva histórica, para comprender el pasado y el futuro como procesos de construcción social, en los cuales incide la acción de las personas y de las fuerzas en juego.

2. El fortalecimiento del vínculo entre la persona y el entorno, fomentando iniciativas tendientes a mejorar la calidad de vida de la comunidad.

3. La superación de lo fragmentario a favor de la integración: integración de las disciplinas en áreas, de los intereses del niño con los del adulto y del afecto con el intelecto.

4. La revalorización de lo emocional en el hecho educativo, expresada –entre otras señales- por la disposición a incorporar principios de la educación emocional.
El encuadre de la educación emocional es quizás uno de los desafíos más estimulantes que ofrece la formación para la convivencia. La inclusión de la emotividad como recurso formativo tenía ya antecedentes en la educación tradicional, especialmente en la enseñanza de la historia. Así, para exaltar los valores de los “Padres de la Patria”, era habitual que se aprovechase el sentido emocional de las batallas emancipadoras. Pero aquel tratamiento era muy distinto, ya que no se apuntaba a concientizar a los alumnos sobre sus sentimientos, sino a utilizar el clima emocional como contexto de aprendizaje.21

La educación emocional, en cambio, tiende a poner en evidencia los sentimientos implicados en cada situación, para saber manejarlos. Es una herramienta para el aprendizaje de la convivencia aunque no se agota en ella.

Veamos algunos de los conceptos básicos de este encuadre, para relacionarlo con problemas que a diario debe afrontar el docente junto a sus alumnos.

¿Qué hace la educación emocional?

Ante todo, ayuda a los alumnos a encontrar palabras para designar aquello que están sintiendo. Ayudarles a encontrar el término correcto no es decir lo que “deberían” sentir, sino guiarlos para desarrollar un vocabulario con el cual expresar sus emociones. A mayor precisión en los términos, más fácil será orientarlos para encontrar soluciones.

Por ejemplo un niño enojado puede sentirse frustrado, estafado, triste o angustiado. Cada uno de esos términos expresan estados anímicos en respuesta a problemas diferentes y además hacen referencia a tiempos vivencialmente distintos.

21En este punto vale la pena una breve reflexión respecto de las implicaciones de transmitir la idea de patria asociada a una concepción militarista que vincula la afirmación de la soberanía a las batallas. Tal vez las mismas escenas ofrezcan una ocasión propicia para mostrar cómo el desarrollo de la humanidad ha generado mecanismos de mediación internacional y enseñar cuáles son las organizaciones internacionales y sus modos de intervención a favor de la convivencia de las naciones y de la paz.

Se puede estar triste por algo que se perdió, pero si se está asustado es por algo que se vive como amenaza presente o futura. En un caso la ayuda consistirá en acompañar un proceso de duelo por una pérdida; en el otro, quizás precise apoyo para tomar decisiones y elegir. Tal vez, incluso, necesite de nuestra protección efectiva. Poner en palabras las emociones ayuda a pensar y por tanto, a actuar.

Es importante saber que generalmente las emociones se sienten mezcladas, lo cual puede resultar perturbador en sí mismo. Se puede sentir orgullo por terminar la escuela y tristeza por dejar a los compañeros. El maestro puede ayudar a comprender que es normal experimentar sentimientos diversos y hasta contradictorios a la vez.



La empatía.

La identificación de las emociones va de la mano de la empatía, que constituye la base de capacitación emocional. La empatía es la capacidad de sentir o que está sintiendo la otra persona.

Si bien el concepto es simple, es una capacidad que se adquiere dedicándole tiempo y una delicada atención. Desarrollar una escucha empática supone mucho más que incorporar información con los oídos. Quienes escuchan con empatía usas sus ojos para detectar una prueba física de las emociones, utilizan la imaginación para percibir la situación desde la perspectiva del niño y transmiten su actitud con todo el cuerpo.

Conectarse con las emociones de un niño exige que se preste atención al lenguaje corporal, a las expresiones faciales y a los gestos. En efecto, no sólo se comunica a través de palabras, sino también por medio de expresiones y actos.22

Un chico de cuatro años puede enfrentar la autoridad paterna quizás con la intención de asegurarse cuán fuerte es su papá y calmar el miedo que le producen los personajes imaginarios que asoman por su ventana cada noche, al apagarse la luz del pasillo. En cada edad y contexto, así como en cada vínculo, una conducta tiene sentido particular. Lo que las iguala, es que todas transmiten mensajes y cumplen alguna función.

Concebir las conductas como una forma de comunicación no verbal permite reinterpretar incluso los episodios violentos. Desde este encuadre pueden leerse como conductas modificables, en la medida en que se logre encontrar un mejor canal de expresión.

A continuación expondremos algunas situaciones escolares que suelen ser percibidas como problemas que interfieren con la tarea educativa. Las analizaremos desde la perspectiva de la capacitación emocional y de los objetivos de la educación para la convivencia, no sólo para pensar alternativas de resolución, sino para observar las oportunidades pedagógicas que los conflictos ofrecen.

Los límites: qué, cuándo y cómo

Es crucial que los niños entiendan que el problema no son sus sentimientos sino su conducta.23 Todos los sentimientos y deseos son aceptables, no así las conductas. La tarea del docente es entonces fijar límites respecto de los actos, no de los sentimientos.

Si le decimos a un chico “deja de llorar, no vale la pena”, le estamos diciendo lo que debería sentir. Esto sólo lo haría dudar de sí mismo y conduce a una pérdida de la autoestima. En cambio, si le decimos que tiene derecho a sus sentimientos pero que puede existir una mejor manera de canalizarlos, mantiene su autoimagen intacta y además sabe que cuenta con un maestro dispuesto a ayudarlo a hallar una solución.

22 Los estudios de la comunicación humana indican que en toda situación de diálogo las palabras aportan apenas un 30% de la eficacia en la persuasión del otro. Son los elementos no verbales, como los gestos, la intensidad de sentimiento, las circunstancias y otros tantos factores que influyen decisivamente en la eficacia de la comunicación.

23 Del mismo modo, las leyes tipifican acciones y establecen penas a las infracciones, no a las ideas o emociones. Dicha distinción es de vital trascendencia para el sistema democrático, ya que es la base de las leyes no discriminatorias, la libertad de expresión y la equidad jurídica.

Frente al alumno que infringe las normas…

Es importante analizar si el alumno comprendió cuáles son las conductas permitidas y cuáles no24. Desde el enfoque de la educación emocional, la buena conducta es una señal y no un objetivo en sí mismo. Se trata de establecer un pacto de aprendizaje junto al alumno. Es esperable que desde pequeño comprenda que conocer y respetar las normas facilitará su relación con sus compañeros y con la institución. Quizás parezca ingenuo, pero es posible. Todos hemos presenciado cómo los niños reaccionan de diversas maneras según el contexto en que actúan. El tipo de liderazgo, el sentido de pertenencia y el interés por alcanzar una meta común suelen ser las claves que explican las diferencias.

Por ese motivo, en la escuela, antes que ocuparnos en controlar y penalizar las transgresiones, puede ser útil focalizar la estrategia de trabajar en torno a metas convocantes y establecer una guía de permisividad flexible según los objetivos institucionales y la etapa evolutiva de los alumnos.

Negociar, en el sentido de ceder algunos permisos en temas menores, puede ser una estrategia que brinde buenos resultados para hacer cumplir aquello que es irrenunciable.

Por ejemplo, es normal que un niño de seis años necesite saltar y jugar, le guste hacer muecas frente a un espejo pero que le sea difícil mantener su ropa limpia. Un pasillo sirve para correr y cualquier cosa se puede convertir en una pelota. Permitir estas conductas infunde confianza y facilita el desarrollo de un clima de empatía. En cambio, tolerar actos de destrucción para consigo mismo o su entorno sería contraproducente porque provocaría angustia y exigencias crecientes e inaceptables.

Suele proponerse la utilización de escalas de permisividad y tiempos para el aprendizaje. Un mecanismo de aplicación podría ser explicitar las conductas deseadas y las no aceptadas. Respecto de las últimas, podríamos diferenciarlas conductas prohibidas de otras que no se aprueban, pero que puede ser toleradas por dos causas: el margen de tiempo para el aprendizaje y el criterio de flexibilidad para los momentos difíciles. Así, por ejemplo, un alumno puede presentar conductas transgresoras en una etapa de crisis familiar. En ese caso, podemos desaprobar su conducta y hacérselo saber, pero también explicarle que se le va a tolerar transitoriamente porque se halla atravesando circunstancias excepcionales.

Finalmente debiera existir una franja de conductas inaceptables. Se corresponden con los actos peligrosos para sí o para su entorno, o acciones que afectan la ética (el robo, las agresiones físicas, el daño intencional a bienes colectivos, etc.)

Sanciones y disciplina

Cuando se establecen los límites de las conductas permitidas y las prohibidas es preciso transmitir qué consecuencias se deben esperar de su transgresión o de su cumplimiento. Un código de convivencia no sólo debe señalar las consecuencias de una acción inadecuada, sino también los efectos de una conducta virtuosa.

Si las consecuencias de una buena conducta pueden ser el elogio, recompensas de diverso tipo como la elección de actividades en tiempos libres, festejos en grupo, notas dirigidas a la familia etc.; en el caso de la mala conducta puede recurrirse a la pérdida de privilegios, la ausencia de recompensas, la crítica y, en situaciones límite, al aislamiento transitorio, sólo por periodos muy breves y en condiciones acotadas.

24 También cabe aquí revisar si los niños tuvieron derecho a preguntar, disentir y opinar, ya que a veces la transgresión aparece como la resultante de la ausencia de instancias participativas para proponer otras normas.

Conviene aquí incluir una reflexión acerca de los castigos corporales. Es verdad que la mayoría de los niños obedecen frente al castigo corporal para evitar el dolor físico. El problema es que la paliza funciona muy bien en el corto plazo porque detiene la mala conducta de forma inmediata, sin discusiones ni oportunidades para enseñar autocontrol u otras formas de resolver el problema por parte del niño. Sin embargo, en el largo plazo, las palizas se vuelven un método ineficaz. Son incluso contraproducentes, porque los chicos se suelen sentir impotentes, atemorizados o humillados. Es mucho más probable que luego de un castigo corporal el chico piense en la venganza antes que en el mejoramiento de su conducta. Quizás se dedique a fantasear alguna forma de no ser descubierto. Por otra parte, los castigos corporales también enseñan que la agresión física es una forma de adecuada de obtener un resultado. Las investigaciones psicológicas demuestran que los chicos que golpean a sus pares son los que reciben castigos corporales con frecuencia. De adultos tienen mayores posibilidades de ser violentos en sus relaciones.

Por último las legislaciones nacionales e internacionales se han manifestado expresamente para prohibir los castigos corporales en la educación, y remplazarlos por el régimen de sanciones disciplinarias y más recientemente por los códigos de convivencia.




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