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Chile, entre jaguar y medio pollo

La pobreza, una cultura que queremos silenciar


por Ximena Duarte, periodista

Enrique es un vendedor de una exclusiva tienda del mall Alto Las Condes. Con el tiempo, la buena pinta y una favorable evaluación de los jefes, pasó a hacerse cargo de la tienda. Eso significa que está a cargo del equipo de vendedores y tiene las llaves de la tienda. También implicó un aumento de sueldo aunque no muy notorio.


Tiene tres hijos, René de 14 años, quien no es parte de su actual familia, Lorenzo de 8 años y Matilde de apenas 9 meses. Los dos últimos son resultado de su matrimonio actual. El mayor va a un colegio semisubvencionado muy tradicional que tiene una mensualidad cercana a los 120 mil pesos. Su mujer recientemente compró un auto de segunda, año 99, de casi tres millones de pesos y lo pagaron al contado. Él tiene un “Golf”, un modelo que se puso recientemente de moda y que está dentro de los más caros. También es usado... pero “como nuevo”, dice.
Él y su familia viven en la casa de sus suegros pagando las cuentas de consumo básico, aunque no es poco común encontrar el teléfono fuera de servicio. No pagan arriendo ni colaboran con el dividendo, aunque sus suegros están a punto de perder la casa construida hace treinta años en un barrio de La Reina, que actualmente es un sector de alto valor agregado. Sin embargo, Enrique invita a sus amigos durante la noche a jugar ping-pong y tomar cervezas, sin compartir con el resto de la familia. Eso, de noche, porque de día, cuando tiene algún día libre, pasa más pegado a la tele viendo partidos de fútbol que interesado en lo que pasa a su alrededor.
Él y su mujer tienen celulares de atractivos diseños. Su mujer lo usa en casa —pese a que hay teléfono de red fija— y las contadas veces que sale en auto.
Enrique no tiene estudios técnicos ni universitarios, y su mujer, que estudió administración bancaria, decidió no ejercer ya que como vendedora ganaba mucho más dinero. Ella desconoce cuánto dinero gana realmente su esposo, y se hace cargo de la mayoría de los gastos que ocasionan sus hijos. Sospecha casi con seguridad que su esposo tiene otra mujer y comúnmente está descifrando la clave de acceso al celular de su esposo, para reconocer llamadas recientes de una amiga, a la que ella conoce perfectamente. A veces, cree que la mañana de los sábados cuando él va a jugar tenis, realmente visita a su amante. Aunque podría jugar tenis y luego verla, igualmente, ya que sale de casa a las 10 de la mañana y llega a las seis de la tarde.
De niño, Enrique vendió helados en la calle vociferando su oferta, la mayoría de las veces, sin zapatos. Lo mismo hicieron sus 5 hermanos. Su mujer no sufrió grandes precariedades, pese a que su padre rara vez tuvo empleo fijo.
Para ninguno de los dos el tema político es importante, menos la participación en instancias sociales o partidistas. Tienen una gran desconfianza del sistema y quienes lo componen, y cuando este tema surge en la conversación, lo discuten con un tono irónico y rápidamente pierden el interés.
Sin embargo, ambos pertenecen a una cultura poderosa y persistente, que siguen reproduciendo a diario más allá de los autos y televisores que han logrado acumular. La pobreza como cultura, se cuela constantemente en la cajita feliz que piden como almuerzo en el McDonald's, aquella condición inexpresada y casi oculta, que por omitida se vuelve evidente. La vergüenza de haber pertenecido a una familia pobre y la inconsciencia de seguir perteneciendo a ella a través de la conducta. Seguir siendo pobres por un decreto generacional que pesa como mochila de escalador.
¿Nosotros, pobres?
Hace 30 años, Chile era fundamentalmente un país pobre y la conciencia respecto a este hecho anunció importantes procesos políticos y económicos con dudosos resultados. Las condiciones actuales siguen siendo alarmantes, sin embargo, la percepción social en torno al tema parece haberse desplazado, y rápidamente el país y, por cierto sus habitantes, surgen como los nuevos ricos del sur o los jaguares de Latinoamérica. Hemos adquirido los valores típicos de una clase media globalizada con los consecuentes problemas de identificación.
Sin embargo, la pobreza reciente arroja algo más que una situación económica específica; arroja también un tipo de cultura que no es simple de superar aún habiendo aumentado el ingreso económico. Una cosa es mejorar un estatus económico, pero otra muy distinta es dejar de ser lo que somos, e incluso, lo que hemos aprendido a ser por generaciones.
En este sentido, una empresa que no conoce el tema de la pobreza como cultura, revela una debilidad estratégica disfrazada de ignorancia. Los criterios de eficiencia, tal como se han aplicado en los países del Norte, y en donde parecen brindar notorios resultados, pueden no acogerse aquí si se aplican de la misma manera, no tanto por un problema de incapacidad, como por un asunto de objetivos mal diseñados.
En naciones del primer mundo, la fortaleza de la economía parece, al menos aparentemente, ser un conducto lógico para favorecer el desarrollo de la sociedad. En las naciones del tercer mundo, en cambio, la receta no cuaja como en el Norte. Pese a que la mayoría de los países tercermundistas han adoptado el libre mercado como fórmula económica, graves problemas de eficiencia y planificación amenazan con destruir la economía, pese a confiar ciegamente en los consejos de organismos internacionales, como en el caso argentino.
Pocos se detienen a analizar las características sociales en las que se intenta aplicar un determinado modelo económico y los problemas que ello representa. En el caso de América Latina, y por ende en el caso chileno, el tema de la pobreza como cultura parece haber quedado como elaboración teórica de los años 70, y no como aprendizaje concreto de nuestras sociedades.
¿Cultura de qué...?
Como en la historia de Enrique, la gran masa laboral de nuestro país pertenece, ha pertenecido, o deviene de familias que pertenecieron a los estratos sociales más pobres. Y si la cultura de la pobreza es, en suma, un sistema de vida notablemente estable y persistente que ha pasado de generación en generación a lo largo del tiempo, entonces la idea de la pobreza como cultura se vuelve importante en el contexto empresarial. Graves problemas asociados a la gestión se hallan anclados no tanto en la implementación del sistema, como en los valores culturales de los sujetos que componen la empresa.
Entre los investigadores clásicos del tema se encuentra el antropólogo norteamericano Oscar Lewis, famoso por sus publicaciones sobre la vida de familias pobres en diferentes regiones del continente americano. De hecho el término “cultura de la pobreza” es una elaboración de Lewis.
Mediante un trabajo sistemático con diferentes culturas (con énfasis en la latinoamericana) logró establecer una serie de patrones comunes que al parecer comparten las comunidades que viven en la pobreza, independientemente del lugar geográfico y la cultura específica a la que pertenecen.
Para Lewis “La pobreza viene a ser un factor dinámico que afecta la participación en la esfera de la cultura nacional creando una subcultura por sí misma. Uno puede hablar de la cultura de la pobreza, ya que tienen sus propias modalidades y consecuencias distintivas sociales y psicológicas para sus miembros”.
Lewis identifica 70 rasgos característicos que definen lo que denomina “cultura de la pobreza”, los que en síntesis plantean una congruencia entre:


  • Estructura familiar

  • Relaciones interpersonales

  • Orientaciones temporales

  • Sistema de valores

  • Patrones de gasto

  • Sentido de comunidad

En un detalle más específico estos patrones se convierten en los rasgos siguientes:




  • Falta de participación e integración efectivas de los pobres en las principales instituciones de la sociedad.

  • Gran implicancia de las creencias y prácticas religiosas.

  • Deficiente vida en comunidad en la que destacan los hacinamientos, mínima organización, espíritu gregario, deficiencias estructurales de las habitaciones, etc.

  • Escaso sentido del sentido de Historia y de lo que se encuentra más allá de su comunidad inmediata.

  • Inexistencia de identificación o conciencia de clase.

  • A nivel familiar, se observa una infancia especialmente prolongada, iniciación sexual temprana, uniones libres, abandono de mujeres e hijos, marcada predisposición al autoritarismo, falta de intimidad, la creencia generalizada en la superioridad del varón, alta incidencia de alcoholismo, violencia familiar, y en particular, en la formación de los niños, entre otros rasgos.

  • En el ámbito individual, existe un fuerte sentimiento de marginalidad, impotencia, dependencia e inferioridad, apatía, fatalismo y bajo nivel de aspiraciones, orientación temporal dirigida primordialmente hacia el presente, incapacidad de aplazar los deseos o de planear el futuro.

Varios de los puntos que Lewis trata en sus investigaciones de los años 70 se encuentran aún palpables en la pequeña historia de Enrique y su familia, aunque revestidos de los toques de modernidad de nuestra época.

¿Cuál es el problema? Que muchos de estos factores no hacen más que limitar a la persona, y por ende, su accionar social y personal. De ese modo tenemos a sujetos que no sólo están limitados por lo que han aprendido a ser sino además, y en estos tiempos, autolimitados tratando de ocultar su propia cultura para incorporarse de lleno a un modelo moderno de ser humano.

¿Soluciones? Hay que entender que toda cultura posee su propia identidad y que dicha identidad va cambiando en el tiempo. Sin embargo, los investigadores suponen que es posible superar la cultura de la pobreza en un sentido positivo, cambiando los sistemas de valores y actitudes de la gente, de manera que dejen de sentirse marginales, que empiecen a sentir que su país o su institución es suya, que son parte de aquellos proyectos. Esto, ligado a un mejoramiento de las condiciones materiales y físicas de vida, puede sugerir el camino hacia la superación de una cultura de la carencia que empantana nuestras ideas de desarrollo.



Ximena Duarte

Periodista

Licenciada en Comunicación Social

Universidad de Santiago de Chile

Profesora de Periodismo

Universidad Academia de Humanismo Cristiano






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