Manual de lectura del trabajo integrador para promover



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Actividad





  1. ¿Hay un hecho o persona en tu vida que estés tratando de controlar? ¿Por qué? Escribe unos cuantos párrafos acerca de ello.

  2. ¿De qué manera (mental, física, emocionalmente, etc.) te controla aquella cosa o persona a la que estás intentando controlar?

  3. ¿Qué sucedería contigo y con la otra persona si te desapegaras de esa situación persona? ¿Sucedería eso de todas maneras, a pesar de tus gestos controladores? ¿De qué manera está beneficiándote al intentar controlar la situación? ¿De qué manera se beneficia la otra persona de tus intentos de controlar? ¿Cuán efectivos son tus intentos por controlar los resultados, los hechos?


Capítulo 8

Aparta a la víctima


Ponemos mucho cuidado en no lastimar a nadie.

A nadie, salvo a nosotros mismos.
Un miembro de Al-Anón
Cerca de un año después de comenzar a recuperarme de mi codependencia me di cuenta de que aún estaba haciendo algo que me causaba dolor. Percibí que este esquema tenía algo que ver con el porqué de que muchas de las relaciones que establecía se agriarían.

Pero no sabía qué era "eso" que estaba yo haciéndote modo que no pude dejar de hacerla.

Un soleado día, mientras caminaba por la acera con mi amigo Scott, me detuve me volví hacia él y le pregunté: "¿Qué es esa cosa que los codependientes hacen una y otra vez? ¿Por qué nos seguimos sintiendo tan mal?"

Pensó un momento en la pregunta antes de responderme. “Los codependientes son cuidadores de los demás, rescatadores. Rescatan, luego persiguen, y terminan siendo víctimas. Estudia el triángulo del drama de Karpman”, me dijo. El triángulo del drama de Karpman y sus papeles de rescatador, perseguidor y víctima son la obra y el producto de la observación de Stephen B. Karpman.1

Lo que me dijo no tenía sentido, pero volví casa, busqué en algunos libros de terapia que se estaban empolvando en mi biblioteca y los estudié2. Luego de un rato, la luz se hizo en mi cabeza. Vi. Comprendí. Y me sentí como si hubiera descubierto el fuego.

Eso en. Ese era mi esquema. Este es nuestro esquema. Esto es lo que hacemos repetidamente con nuestros amigos, familiares, conocidos, clientes o cualquiera que se encuentre a nuestro alrededor. Como codependientes, podemos hacer muchas cosas, pero este esquema es el que seguimos mejor y con mayor frecuencia. Esta es nuestra reacción favorita.

Somos rescatadores, quienes todo lo proporcionan, Somos grandes madrina o padrinos del mundo entero, como dice Earnie Larsen. No sólo satisfacemos las necesidades de la gente, sino que nos anticipamos a ellas. Arreglamos los asuntos de los demás, los mostramos nos afligimos por ellos. Les solucionamos, los atendemos. Y lo hacemos todo muy bien. Tus deseos son órdenes para mi, es nuestro lema. "Tu problema es mi problema." Somos cuidadores.
1 Claude M. Steiner, Scripts People Live

2 lbid; Claude M. Steiner, Games Alcoholics Play y ¿Qué dice usted después de decir Hola?


¿Qué es un rescate?

"Rescatar" y "ocuparse de" significan eso precisamente. Rescatamos a la gente de sus responsabilidades.

Nos hacemos cargo, asumimos sus responsabilidades, en vez de dejar que ellos lo hagan. Luego nos enojamos con ellos por lo que hemos hecho nosotros. Nos sentimos usados y nos da lástima de nosotros mismos. Ese es el esquema del triángulo.

Ser rescatador y "ocuparse de" son sinónimos. Sus definiciones tienen mucho que ver con el hecho de ser facilitadores. Facilitador es un término de la jerga terapéutica que significa ayudar en forma destructiva. Cualquier acto que ayude a un alcohólico a seguir bebiendo, a impedirle que sufra las consecuencias, o que de alguna manera le haga más fácil seguir bebiendo, se consideran conductas facilitadoras.

Como dice el consejero Scott Egleston, rescatamos cada vez que tomamos las responsabilidades de otro ser humano, los pensamientos, sentimientos, decisiones, conductas, crecimiento, bienestar, problemas o destino de otra persona. Las acciones siguientes son una forma de rescatar:


  • Hacer algo que no queremos hacer.

  • Decir que sí cuando queremos decir que no.

  • Hacer algo por alguien aunque esa persona sea capaz de hacerlo por ella misma y debería estar haciéndolo.

  • Satisfacer las necesidades de la gente sin que nos lo hayan pedido y antes de que hayamos consentido en hacerlo.

  • Hacer más de lo que en justicia nos toca hacer una vez que se nos ha pedido ayuda.

  • Dar más de lo que recibimos, en una situación particular.

  • Arreglar los sentimientos de la gente.

  • Pensar por los demás.

  • Hablar en nombre de otra persona.

  • Sufrir las consecuencias de la conducta de los demás en vez de que ellos sean los que las sufran.

  • Solucionarle a la gente sus problemas.

  • Poner más interés y mayor actividad en una labor conjunta que los que pone la otra persona.

  • No pedir lo que nosotros queremos, necesitamos o deseamos.



Rescatamos cada vez que nos ocupamos de los demás


Al “ocuparnos de” o rescatar podemos sentir uno o más de los siguientes sentimientos: incomodidad y malestar por el dilema de la otra persona; la urgencia de hacer algo; lástima; sentimiento de culpa; santidad; ansiedad; una extrema responsabilidad por esa persona o problema; miedo; la sensación de estar siendo forzado u obligado a hacer algo; una indisposición ligera o severa a hacer algo; mayor competencia que la persona a la que estamos "ayudando"; u ocasionalmente resentimiento por haber sido colocados en esta posición.

También pensamos que la persona de quien nos estamos ocupando está desvalida y es incapaz de hacer lo que nosotros hacemos por ella. Sentimos que temporalmente nos necesita.

No me refiero a actos de amor, de amabilidad, de compasión y de verdadera ayuda, a situaciones en las cuales legítimamente se desea y se necesita nuestra ayuda y nosotros queremos darla. Estos actos son la sal de la vida. Rescatar y “ocuparse de” no lo son.

Ocuparse de los demás parece un acto mucho más amistoso de lo que es. Requiere incompetencia por parte de la persona a quien estamos cuidando. Rescatamos “víctimas", personas a las que no creemos capaces de ser responsables de sí mismas. Las víctimas en realidad son capaces de cuidar de sí mismas, aunque nosotros y ellas no lo admitimos. Generalmente nuestras víctimas están ahí esperando a un lado del triángulo a que nosotros hagamos el primer movimiento y brinquemos dentro del triángulo con ellas.

Después de que rescatamos, inevitablemente nos movemos a la siguiente esquina del triángulo: la persecución. Nos volvemos resentidas y nos enojamos con la persona a quien tan generosamente hemos "ayudado". Hemos hecho algo que no queríamos hacer, algo fuera de nuestra responsabilidad, hemos ignorado nuestras propias necesidades y deseos, y nos enojamos por ello. Para complicar más el asunto, esta víctima, esta pobre persona a la que hemos rescatado, no siente gratitud por nuestra ayuda. No aprecia suficientemente el sacrificio que hemos hecho. La víctima no se porta como debiera, ni siquiera está siguiendo nuestro consejo, que tan prontamente le brindamos. Esta persona no nos deja recomponer sus sentimientos. Algo no ha funcionado bien, de modo que nos rasgamos nuestro halo y sacamos las uñas.

Algunas veces la gente no se da cuenta o finge no darse cuenta de nuestro mal humor. A veces hacemos lo imposible por ocultarlo. A veces desatamos toda la fuerza de nuestra furia.; eso lo hacemos especialmente con nuestros familiares. Algo en la familia tiende a que nos mostremos cómo somos en realidad. Ya sea que mostremos, escondamos u ocultemos parcialmente nuestra agitación y resentimiento, NOSOTROS SABEMOS lo que está sucediendo.

La mayoría de las veces la gente a la que rescatamos inmediatamente percibe el cambio en nuestro estado de ánimo. Lo vieron venir. En justo el pretexto que necesitaban para volverse contra nosotros. Y ahora les toca a ellos ser perseguidores. esto puede preceder, darse al mismo tiempo o seguir a nuestro sentimiento de enojo. A veces las víctimas responden a nuestro enojo. Generalmente es la respuesta al hecho de que nosotros hayamos asumido la responsabilidad de esa persona, lo cual de manera directa o indirecta le dice cuán incapaz creemos que es. La gente no quiere que se le diga que es incompetente, no importa cuán alto confiesen su incompetencia. Y se resienten con nosotros por agregar el insulto de enojarnos con ellos después de haberles señalado su incompetencia.

Ha llegado la hora de nuestra movida final. Nos dirigimos a nuestro rincón favorito: el lugar de la víctima. Este es el predecible e inevitable resultado de un rescate. Abundan sentimientos de desamparo, de dolor, de pena, de vergüenza y de lástima por uno mismo.

Hemos sido usados otra vez. No nos han apreciado otra vez. Hemos luchado tanto por ayudar a la gente por ser buenos con ella. Nos lamentamos, “¿Por qué?"

“¿Por qué me pasa esto SIEMPRE a mí?" Otra persona nos ha pisoteado, nos ha golpeado. Y pensamos: "¿Siempre seremos víctimas?" Probablemente, si no dejamos de rescatar y de ocupamos de los demás como si fuéramos su niñera.

Muchos codependientes, en alguna época de su vida, fueron verdaderas víctimas. Del abuso, de la negligencia, del abandono, del alcoholismo de otro, o de cualquier otra situación que puede hacer víctima a la gente. Estuvimos en algún momento, realmente desvalidos e incapacitados para protegernos o solucionar nuestros problemas. Algo nos sobrevino, algo que no pedimos y que nos hirió terriblemente. Eso es triste, verdaderamente triste. Pero un hecho todavía mas triste es que muchos de los codependientes empezamos a vernos a nosotros mismos como víctimas. Nuestra dolorosa historia se repite. Como sus niñeras, permitimos que la gente nos victimice, y participamos en nuestra victimación al seguir perpetuamente rescatando a la gente. Rescatar u ocuparse de alguien no son un acto de amor. El triángulo del drama es un triángulo de odio. Alimenta y mantiene el odio hacia uno mismo, y es un obstáculo para la expresión de nuestros sentimientos hacia los demás.

El triángulo y los papeles cambiantes de rescatador, perseguidor y víctima son el proceso visible que atravesamos. Cambia el papel que desempeñamos y nos sobrevienen los cambios emocionales tan cierta y tan intensamente como si estuviéramos leyendo un libreto. Podemos completar el proceso en segundos, experimentando tan sólo emociones ligeras al cambiar de papel. O bien nos puede llevar años completar el triángulo, engendrando así una explosión mayor. Podemos, y muchos lo hacemos, rescatar veinte veces en un día.


Déjenme ilustrar esto, refiriéndoles a un rescate.

Una amiga mía estaba casada con un alcohólico. Cada vez que él se emborrachaba, ella manejaba por toda la ciudad, pedía la ayuda de sus amigos y perseguía despiadadamente a su marido hasta que lo encontraba. Por lo general ella se sentía benévola, preocupada y apenada por él -lo cual era una advertencia de que se aproximaba un rescate- hasta que lo llevaba de regreso a casa y lo metía en cama asumiendo la responsabilidad por él y por su sobriedad. Cuando él ponía la cabeza sobre la almohada, Ias cosas cambiaban. Asumía ella entonces el papel de perseguidor. No quería a este hombre en su casa. Esperaba que él se lamentara días enteros de lo enfermo que estaba. Él era incapaz de asumir sus responsabilidades dentro de la familia, y en general actuaba de manera lastimosa. ¡Había hecho esto tantas veces! De modo que ella lo atacaba, comenzando con uno que otro tijeretazo, y al final con una explosión total. El toleraba su persecución por breve tiempo y luego de ser una desamparada víctima se volvía un perseguidor vengativo. Entonces ella asumía el papel de la víctima. Lástima de sí misma, sentimientos de desamparo, de vergüenza y de desesperación se apoderaban de ella. Esta era la historia de su vida, se lamentaba. Después de todo lo que había hecho por él, ¿como podía tratarla de esta manera? ¿Por qué a ella siempre le pasaba esto? Se sentía víctima de las circunstancias, víctima de la indignante conducta de su marido, víctima de la vida. Nunca se le ocurrió que era también víctima de sí misma y de su propia conducta.

He aquí otra ilustración de un rescate. Un verano, una amiga me pidió qué la llevara a una huerta de manzanas En principio, yo quería ir y fijamos una fecha.

Pero cuando llegó esa fecha, yo estaba muy ocupada. La llamé, y en vez de decirle que no quería ir, le pedí que lo pospusiéramos. Me sentía culpable y responsable de sus sentimientos -otro rescate en camino-. No pude desilusionarla porque pensé que ella no podría ser responsable de sus sentimientos o que no podría manejarlos. No pude decirle la verdad porque pensé que se enojaría conmigo -más responsabilidad emocional-, como si el enojo de alguien me importara. Llegó el siguiente fin de semana y tuve que añadir el viaje a mi ya muy apretada agenda. Pero no quería ir.

Ni siquiera necesitaba las manzanas; tenía dos cajones de mi refrigerador llenos de manzanas. Antes de estacionar mi coche frente a su casa, cambié mi papel por el de perseguidor. Me sentía tensa y resentida mientras íbamos a la huerta. Cuando llegamos y miramos las manzanas y las probamos, parecía que ninguna de las dos lo estábamos disfrutando. Después de unos cuantos minutos mi amiga me dijo: "En realidad no quiero las manzanas. Compré unas la semana pasada. Sólo vine porque pensé que tú querías venir, no quería herir tus sentimientos”.

Este ejemplo es tan sólo el de los millones de rescates a los que he dedicado mi vida. Cuando empecé a entender este proceso, me di cuenta de que pasaba la mayor parte de mis horas de vigilia yendo de un lado a otro de este triángulo asumiendo las responsabilidades de todo y de todos demás de las mías. A veces me las arreglaba para hacer grandes rescates; a veces para hacer pequeños rescates. Mis amistades se iniciaban, se mantenían y finalmente se rompían de acuerdo con la progresión de los recates. El rescate influenciaba mis relaciones con mis familiares y mis clientes. La mayor parte del tiempo me mantenía agitada. Dos codependientes en una relación realmente pueden causarse un mutuo estrago. Imaginen a dos complacientes en una relación. Imaginen luego a dos complacientes en una relación cuando ambos quieren terminar con ella. Harán, como dice Earnie Larsen, cosas horribles. Casi se destruirán el uno al otro y a sí mismos antes de que uno de ellos termine con el rescate y diga: “Quiero terminar con esta relación".

Siendo codependientes, pasamos mucho de nuestro tiempo rescatando. Somos la prueba viviente de que la gente puede ganarle a Dios. Por lo general, yo detecto a un codependiente los primeros cinco minutos después de conocerlo y hablar con él. El o ella, o bien me ofrecerán una ayuda que no he pedido, o seguirán hablando conmigo aunque resulta obvio que están incómodos y desean terminar con la conversación.

La persona empieza la conversación tomando la responsabilidad por mí y no tomándola para sí misma.

Algunos nos cansamos tanto del enorme peso –la responsabilidad total por todos los seres humanos- que podemos pasar por alto los sentimientos de lástima y preocupación que acompañan a los actos de rescate y seguir con la ira o el enojo. Estamos enojados todo el tiempo, sentimos ira y resentimiento contra víctimas potenciales. Una persona con una necesidad o un problema provoca que sintamos la necesidad de hacer algo, o nos sentiremos culpables. Después del rescate, no ocultamos nuestra hostilidad hacia este incómodo problema. Con frecuencia veo que esto les sucede a las personas que desempeñan profesiones de ayuda a los demás. Después de tantos años de rescatar -dando tanto y recibiendo tan poco- muchos profesionales de este tipo adoptan una actitud hostil hacia sus clientes. Pueden seguir con su trabajo y seguir "ayudando" a sus clientes, pero, según afirman algunos consejeros, abandonan por lo general su profesión sintiéndose profundamente victimizados.

El cuidar como niñera no ayuda, sólo provoca problemas. Cuando tomamos a la gente a nuestro cuidado y hacemos cosas que no deseamos hacer, ignoramos necesidades, deseos y sentimientos personales.

Nos hacemos a un lado a nosotros mismos. En ocasiones estamos tan ocupados ocupándonos de los demás que dejamos nuestra vida entera en suspenso. Muchos cuidadores se sienten inquietos y abrumados; no disfrutan ninguna de sus actividades. Los cuidadores aparentamos ser muy responsables, pero no lo somos, pues no asumimos el compromiso de nuestra responsabilidad más alta: nosotros mismos.

Con mucha frecuencia damos más de lo que recibimos, y luego nos sentimos utilizados y despreciados a causa de ello. Nos preguntamos por qué, mientras nosotros anticipamos las necesidades de otros, nadie se da cuenta de nuestras necesidades. Podemos deprimirnos seriamente como resultado de no tener satisfechas nuestras necesidades. Y empero, un buen cuidador se siente más seguro al dar; nos sentimos culpables e incómodos cuando otro nos da o cuando hacemos algo para satisfacernos. En ocasiones, los codependientes podemos imbuirnos tanto de nuestro papel de cuidadores que nos sentimos desanimados y rechazados cuando no podemos cuidar o rescatar a alguien, cuando alguien se niega a que se le "ayude".

Lo peor de ser cuidadores es que nos tornamos víctimas y así nos quedamos. Creo que muchas conductas autodestructivas serias -el consumo abusivo de productos químicos, los trastornos en la manera de comer, los trastornos sexuales- se desarrollan a través de este papel de víctima. Siendo víctimas, atraemos a los perpetradores. Creemos que necesitamos a alguien que nos cuide, porque nos sentimos desamparados. Algún cuidador por fin nos presentará a una persona o a alguna institución para que se ocupe de nosotros mental, física, financiera o emocionalmente.

¿Por qué, se preguntarán, personas aparentemente razonables hacen este tipo de rescate? Por muchas razones. La mayoría de nosotros ni siquiera nos damos cuenta de lo que hacemos. Creemos en verdad que estamos ayudando; Algunos creemos que tenemos por fuerza que rescatar. Hemos confundido nuestras ideas acerca de lo que es ayudar y de lo que no lo es;. Muchos estamos convencidos de que el rescatar es una obra de caridad. Incluso podemos llegar a considerar cruel y duro de corazón hacer algo con tanta sangre fría como permitir a una persona que afronte un sentimiento legítimo, sufra una consecuencia, se desilusione al escuchar un "no", se le pida que responda a nuestras necesidades y deseos y que en lo general se le considere responsable de sí misma en este mundo. No importa que ellos ciertamente paguen un precio por nuestra "ayuda", un precio que será tan duro o más severo aún que cualquier sentimiento que pudieran enfrentar.

Muchos no entendimos de qué somos responsables y de qué no lo somos. Podemos creer que tenemos la obligación de estremecernos cada vez que alguien tiene un problema porque es responsabilidad nuestra actuar justamente así. En ocasiones, al sentimos responsables de tantas cosas, nos enfermamos de tal manera que rechazamos toda responsabilidad y nos volvemos totalmente irresponsables.

Sin embargo en el centro de la mayoría de los rescates hay un demonio: baja autoestima. Rescatamos porque no nos sentimos bien con nosotros mismos.

Aunque los sentimientos son temporales y artificiales, el hecho de cuidar nos da un estado temporal de sentimientos agradables, de autoestima y de poder. Tal y como un trago ayuda a un alcohólico a sentirse mejor momentáneamente, un rescate nos distrae temporalmente del dolor de ser quienes somos.

No nos sentimos adorables, de modo que nos conformamos con sentimos necesarios. No nos sentimos bien con nosotros mismos, de modo que nos vemos obligados a hacer algo en particular que pruebe cuán buenos somos.

Rescatamos porque tampoco sentimos que la gente esté bien. A veces con justificación, a veces sin ella, decimos que otras personas sencillamente no pueden ser responsables de ellas mismas. Aunque esto parezca ser verdad, no lo es del todo. A menos que una persona tenga un daño cerebral, un serio impedimento físico o sea un niño pequeño, esta persona puede ser responsable de sí mismo.

A veces rescatamos porque nos resulta más fácil que manejar la incomodidad y la molestia de encarar los problemas irresueltos de otras personas. No hemos aprendido a decir "Qué pena que estés atravesando por ese problema, ¿qué necesitas de mí?” En cambio, nos hemos acostumbrado a decir: “Mira, lo haré por ti”.

Algunos aprendimos a ser cuidadores cuando éramos niños. Quizás fuimos casi forzados a ello como resultado de vivir con un padre alcohólico o con algún otro problema familiar. Algunos podemos habernos convertido en cuidadores más tarde en la vida, como resultado de estar dentro de una relación de compromiso con un alcohólico o con otra persona que se rehusara y pareciera incapaz de cuidar de sí misma. Decidimos contender -para sobrevivir- de la mejor manera que pudimos levantándole su carretilla y asumiendo sus responsabilidades.

A muchos codependientes se les han enseñado otros modos de ser cuidadores. Tal vez alguien nos dijo estas mentiras, y nosotros las creímos: no seas egoísta. sé siempre amable y ayuda a la gente, nunca hieras a otros porque "se ofenden”, nunca digas que no, y non menciones tus necesidades y deseos personales porque no es de buena educación hacerlo.

Podemos haber sido enseñados para ser responsables de nuestras personas. pero no de nosotros mismos. A algunas mujeres se les inculcó que las buenas madres y esposas eran cuidadoras. Que se requería y esperaba de ellas que fueran cuidadoras. Que era su deber. Algunos hombres creen que los buenos padres y esposos son cuidadores, superhéroes responsables de satisfacer cada una de las necesidades de cada miembro de la familia.

A veces se establece un estado parecido a la codependencia cuando una persona está al cuidado de bebés y niños pequeños. Cuidar niños pequeños requiere que una persona se olvide de sus necesidades, que haga cosas que no desee hacer , que acalle sus sentimientos y deseos (dar alimento a las cuatro de la mañana por lo general sólo cubre las necesidades de la persona que está siendo alimentada), y de asumir la responsabilidad por otro ser humano. Cuidar de los niños no es rescatar. Esa es una responsabilidad real y no es del tipo de cuidado del otro al que me refiero. Pero si esa persona no comienza también a cuidar de sí misma, pronto empezará a sentir la depresión de la codependencia.

Otros pueden haber interpretado sus creencias religiosos como un mandato divino de cuidar a los demás.

Dad con alegría, se nos dice. Ama a tu prójimo; y tratamos de hacerlo Tratamos con. empeño. Tratamos con demasiado empeño. Y luego nos preguntamos qué nos pasa y por qué nuestras creencias cristianas no funcionan. Nuestra vida tampoco está funcionando.

Las creencias cristianas funcionan perfectamente. Tu vida puede funcionar igual de bien. Lo que no funciona es el rescate. "Es como tratar de atrapar mariposas con un palo de escoba ", me decía una amiga. El rescate nos deja confundidos y perplejos cada vez que lo hacemos. Es una reacción autodestructiva, otra manera por medio de la cual los codependientes se apegan la gente y se desapegan de sí mismos. Es otra forma de tratar de controlar, pero en vez de conseguirlo resultamos controlados por la gente. Ser cuidador es una relación padre hijo poco sana, a veces entre dos adultos complacientes, a veces entre un adulto y un niño.

EI cuidar despierta ira. Los cuidadores se vuelven padres iracundos, amigos iracundos, amigos iracundos Podemos volvernos cristianos insatisfechos, frustrados y confundidos. Las personas a quienes ayudamos son o se convierten en víctimas desvalidas y enojadas. Los cuidadores se vuelven víctimas.

Creo que actuar de cuidadores pervierte los mensajes bíblicos acerca de dar, amar y ayudar. En ninguna parte de la Biblia se nos instruye para hacer algo por alguien y luego sacarle los ojos por ello. En ninguna parte se nos dice que debemos caminar un kilómetro más con esa persona y luego agarrar su bastón y apalearla.

Cuidar solícitamente de la gente y darse a uno mismo son cualidades buenas y deseables -algo que necesitamos hacer- pero muchos codependientes han malinterpretado las sugerencias de "dar hasta lo último". Seguimos dando más allá de lo último, generalmente hasta que el dolor nos dobla. Es bueno dar de nosotros mismos, pero no tenemos que darlo todo, pues es bueno guardar algo para nosotros mismos.

Dar a los demás, hacer cosas por ellos y con ellos son parte esencial de un modo de vida sano y de relaciones saludables con el prójimo. Pero aprender cuándo no debemos dar, cuándo no ceder, y cuándo no hacer cosas por y con la gente son también parte esencial de un modo de vida sano y de relaciones saludables con el prójimo. No es bueno ocupamos de la gente que se aprovecha de nosotros para evitar la responsabilidad. Es dañino para ellos y para nosotros. Hay una línea sutil entre ayudar y hacerle daño a la gente, entre dar en forma benévola y dar de manera destructiva. Podemos aprender a hacer esa distinción.

El cuidar es un acto y una actitud. Para algunos de nosotros se convierte en un papel que desempeñamos en nuestra vida entera y con toda la gente que se halla a nuestro alrededor. Cuidar de otro. creo yo, está en estrecha relación con el martirio (con frecuencia se acusa a los codependientes de padecer tal estado), y con ser complacientes (otra acusación que se nos lanza).

Los mártires, de acuerdo con Earnie Larsen, "deforman las cosas". Necesitamos seguir sacrificando nuestra felicidad y la de los demás por el bien de alguna causa desconocida que no requiere sacrificio. En los complacientes, de acuerdo con Earnie Larsen, no se puede confiar. Mentimos, y como cuidadores, no cuidamos de nosotros mismos.

Lo más importante acerca de ser cuidadores es aprender a entender qué significa y cuándo lo estamos haciendo, para que podamos dejar de hacerlo.

Podemos aprender a reconocer un rescate. Rehúsate a rescatar. Rehúsate a permitir que la gente nos rescate.

Tomemos responsabilidad por nosotros mismos, y dejemos que los demás hagan lo mismo. Ya sea que cambiemos nuestras actitudes, nuestras circunstancias, nuestras conductas o nuestra mente, lo más amable que podemos hacer es apartar a las víctimas, es decir, a nosotros mismos.





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