Los límites de un capitalismo sin ciudadaníA



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Los nuevos ejes organizativos en

una economía mundializada

La mundialización del mercado laboral hace que la capacidad sustitutiva de la fuerza de trabajo se da cada vez menos en el marco de un Estado-nación. Si bien esto es valido en particular para el trabajo no calificado, su aplicación tiende a extenderse de forma paulatina al trabajo calificado. A partir de la mundialización, dentro de la óptica del capital transnacional, la clase trabajadora se reproduce siempre mas como clase a nivel planetario, y menos a nivel nacional. La flexibilización de las relaciones laborales no significa otra cosa que un incremento en la capacidad de reemplazo, con un consecuente descenso en los salarios y las condiciones sociales que acrecientan el grado de explotación del trabajo.

Una mayor capacidad de reemplazo conlleva el rompimiento del contrato social a nivel nacional, la desintegración de la organización sindical y el desmantelamiento dela solidaridad institucional propios del Estado de Bienestar. Este desmantelamiento progresivo se da en el momento que la solidaridad local y la ayuda mutua han disminuido a su expresión más reducida, por la monetarización cada vez más generalizada de las distintas esferas de la vida.

En medio de una exclusión en ascenso en casi todo el mundo, observamos el debilitamiento paulatino de las organizaciones sindicales. Ante el miedo de los Estados-Nación de que las inversiones escojan otro sitio, éstos tienden a ceder más ante las demandas de las TN y a distanciarse de los sindicatos. Con ello queda roto el contrato social tripartito que mal que bien funcionó en épocas anteriores. Los trabajadores están cada vez más a la defensiva, y su implicación es más reducida en la conducción y el reparto del producto nacional. También en América Latina, donde la clase trabajadora es con frecuencia menos asalariada, observamos la fragmentación de la sociedad. El desempleo y el subempleo, y la consecuente proliferación del trabajo informal, son síntomas de una creciente inestabilidad laboral que obstaculiza la conformación de actores colectivos (Ezcurra, 1997: 27).

Sin embargo, este repliegue organizativo de los trabajadores en muchas naciones, desde una óptica más amplia puede ser visto corno el punto de inflexión hacia una nueva era organizativa. Así corno la fuerza de trabajo en la actualidad se reproduce menos a nivel nacional y cada vez más a nivel mundial, la organización de la clase trabajadora deberá rearticularse más allá de la nación. El antiguo sistema de organización sindical por empresa y sector en una nación dada, pasó a la historia. Con la mundialización, el eje de la organización sindical cambiará y girará progresivamente alrededor de las TN, corno señala Lula (1997). Este fenómeno será una tendencia internacional que también surtirá efecto y, de hecho
ya lo está surtiendo, en América Latina.

NACLA (mayo-junio 1997: 5), en un artículo titulado 'Workers of the World, UNITE!", afirma que por cada mexicano, centroamericano o caribeño que migra hacia EE. UU., hay otro contratado por alguna empresa maquiladora estadounidense que invirtió en el Sur. Aquí encuentran mano de obra más barata, impuestos más bajos y regulaciones sociales y ecológicas más blandas que en tierra propia. A la vez, los tratados comerciales brindan a estas empresas el mismo acceso a EE. UU. que a cualquier otra ubicada en ese país. Una mala noticia para estas compañías fue, en fechas recientes, que las uniones obreras están integrándose alrededor del eje Norte-Sur. La UNTI (Union of Needletraders and Textile Employees) de EE. UU. estableció relaciones con sus contrapartes en el Sur, y en marzo de 1997 se reunieron para entrar en acción.

Lula, conocido líder sindical y ex-presidente de Brasil, plantea en este contexto la necesidad de un nuevo eje de organización sindical:

El movimiento sindical tiene que evolucionar en su discurso yen la práctica, para adaptarse a lo que curre en el mundo y tomar parte en las decisiones. Para ello necesita convertirse en un sindicato de ciudadanos, es decir debe ser menos corporativo y más abierto (Lula, 1997: 18, énfasis nuestros).

Corno ejemplo concreto, Lula se refiere a la Volkswagen. Esta empresa, afirma en el mismo artículo, no rinde cuentas ni al gobierno de Alemania ni al de Brasil acerca de sus inversiones en este país, y menos aún a la ciudadanía alemana o brasileña. Bajo estas condiciones no hay otra salida que crear, mediante presiones políticas en Alemania y Brasil, las condiciones para sentar a esa TN a la mesa de negociaciones y discutir asuntos más allá de las meras ganancias. La verdad es, concluye el autor, que se ha instalado una nueva dinámica en el sector productivo de la economía mundial que facilita la unificación del movimiento sindical.

El sindicalismo, en otras palabras, no ha muerto, sino que están dándose las condiciones objetivas para que alrededor del eje de la inversión transnacional se estructure una expresión de la ciudadanía mundial solidaria en exigir la rendición de cuentas de las TN. Este movimiento ciudadano tiene potencial de crecimiento, fuera del ámbito político oficial, si se junta a otras organizaciones de ciudadanos en un solo movimiento mundial menos corporativo y más solidario. Este movimiento tiene como eje común el estructurarse con diferentes demandas alrededor de las TN.

Hoy, hay movimientos de ciudadanos que formulan con frecuencia creciente, con base en la ética, denuncias contra la actuación abusiva de determinadas TN. Estas demandas no hubieron sido posibles en la época de la guerra fría, ya que hubiesen sido tildadas de comunistas. Hoy, en cambio, el campo de la ética puede aglutinar a grandes masas.

A partir de las acciones y presiones en tomo al trabajo infantil, el trabajo forzado, etc., por ejemplo, una de las TN más grandes del mundo, la Shell, se ha visto obligada a formular un código de conducta al cual deben someterse todas sus empresas subsidiarias. Este código significa un paso hacia una rendición de cuentas de las TN a la ciudadanía.

El Movimiento Ciudadano Mundial ha comenzado a denunciar el abuso del trabajo infantil y el trabajo forzado en el mundo por parte de subsidiarias de TN, como ocurrió a principios del siglo pasado en Inglaterra. De forma gradual abarcará otras esferas como la salud de los trabajadores o consumidores. Los daños que determinados prod uctos ocasionan a la salud de los trabajadores y consumidores es un asunto de creciente presión sobre las TN. Con frecuencia ascendente observamos cómo organizaciones de consumidores boicotean la importación o consumo de productos dañinos. A las actividades de las organizaciones de consumidores podemos agregar las demandas y exigencias que plantean organismos de derechos humanos para que las TN rindan cuentas acerca de los daños a la salud de trabajadores y consumidores, provocados por el consumo o uso de productos e insumos. Podemos resaltar aquí las demandas planteadas en forma coordinada por organismos de derechos humanos centroamericanos y suramericanos contra las empresas bananeras estadounidenses por los casos de esterilización de obreros bananeros. Igualmente, las recientes demandas y juicios a las industrias tabacaleras de EE. UU. por los daños causados a fumadores y fumadores pasivos.

La actividad coordinada entre sindicatos, organizaciones de consumidores y de derechos humanos, implica la formación de un eje sectorial de acciones en tomo a las TN para que rindan cuentas a la ciudadanía mundial. Estas actividades podrán desarrollarse simultáneamente a nivel local, nacional y mundial, lo que constituye el eje geográfico. La combinación y coordinación entre ambos ejes permite, en última instancia, la consolidación de una ciudadanía mundo enfrentada no sólo a las diferentes TN, sino combatiendo al neoliberalismo en general.

Es vital construir ejes de organización alrededor de las TN, pero igual de importante es enfrentar a las TN y su ideología neoliberal en su conjunto. Si la globalización es planetaria, una respuesta que apunte a lograr una sociedad más justa ha de ser universal (Ezcurra: 1997: 14). Ello conlleva la necesidad de sujetos colectivos de alcance mundial, organizados en tomo a agendas globales que disputen con ética la hegemonía al neoliberalismo. En este contexto, los movimientos ecologistas y de mujeres, con agendas globales y cuestionamientos a los conceptos de riqueza y trabajo productivo, van a la vanguardia como sujetos colectivos enfrentados a la ideología neoliberal.

Para combatir al neoliberalismo se requiere construir un sujeto social colectivo, moral y ético, con identidad solidaria (Mier, 1997: 51). El concepto de sujeto afirma que corresponde a la dignidad del ser humano le ser dueño de su proceso y destino. El sujeto individual con libertad -como capacidad de elección frente a diferentes bienes finitos- y conciencia -como capacidad de descubrir y valorar lo que conduce hacia el propio fin- se ha desarrollado en la cultura occidental con un sesgo individualista y elitista, acentuado aún más por el neoliberalismo. A este sujeto individualista ha de contraponerse un sujeto social con identidad solidaria. Un sujeto social con moral, que con su vida misma inspire e influya para impulsar el desarrollo de los valores auténticos para construir una sociedad donde quepan todos. Un sujeto ético que por medio de un razonamiento y argumentación adecuados, permita construir esa sociedad (Ibid.: 52s.).

La lógica destructiva del neoliberalismo se corresponde con una ética de sacrificios humanos. A ella se opone la lógica de la vitalidad reproductiva por el Bien Común. Decidirse por la vitalidad del todo en función del Bien Común implica no sólo crear nuevos valores sino una valoración ética nueva ( González, 1997: 4). Uno de los mayores retos aquí es el logro de una ética económica justa que coloque al ser humano en el centro y en el eje de las decisiones, y no al capital y a la ganancia. Este enfrentamiento a la racionalidad económica sólo es posible mediante una acción solidaria planetaria. En este horizonte, la ética solidaria requiere integrar las necesidades y demandas de todos y todas (Ibid.: 6).



Capítulo V
Globalización: la génesis

de Estados Privados

sin Ciudadanía


  1. La lógica del capital en una economía

sin crecimiento
Hoy, ante la falta de dinámica de la economía, el verdadero motor del quehacer económico queda transparente. La lucha por la competencia y la persecución de la ganancia saltan más que nunca a la vista como el verdadero motor de la economía. La competencia, en la actualidad, es defendida, propagada y hasta vendida. En realidad, la competencia siempre ha sido el motor de la economía moderna, pero este rostro permanecía oculto tras el motivo del crecimiento económico. Desde que éste perdió legitimación como móvil del quehacer económico, la concentración de la riqueza en cada vez menos manos ha sido el último recurso como fuente de ganancia. La exclusión económica y la pobreza acompañan así a la globalización.

El proceso de privatización de las empresas estatales, el desmantelamiento de la seguridad social y la concentración de los ingresos se convierten en condición cada vez más exclusiva para la perpetuación de la ganancia. La lucha por la sobrevivencia del capital transnacional desemboca en una competencia a muerte, transformándose en el único regulador de la economía. Si la Guerra Fría todavía brindaba un clima para las mediaciones, la finalización de ésta permitió resaltar la fe absoluta en el mercado. En este nuevo entorno pudo estallar lo que Petrella (1996: 10s.) “la guerra económica mundial sin frenos”. Esta disputa desenfrenada se configura sobre la base de una crisis de crecimiento con una ganancia media descendente. El centro de atención de esta guerra se dirige hacia el fortalecimiento de las posiciones en el mercado. La estrategia consiste en acaparar una parte creciente de la riqueza existente, y no en fomentar su crecimiento mediante inversiones en áreas nuevas que generen riqueza.

La sobrevivencia en esta nueva competencia a muerte depende, según Petrella en esta lógica, de la capacidad competitiva de las empresas transnacionales (TN). La argumentación en el Norte es que sin la competitividad de las TN no habrá salida en esta guerra ni crecimiento o bienestar económico y social para el país sede y, en última instancia, tampoco habrá autonomía política de la nación, es decir, no habrá salvación. He ahí la legitimación de un capitalismo sin bienestar. El ensayo es que la guerra por los mercados no puede ganarse sin competitividad, y ésta depende del desarrollo tecnológico. La salvación de todos se encuentra entonces fuera de la sociedad, pues la fe se deposita en las herramientas. El culto a la competitividad resulta, por tanto, en otro culto: a la innovación tecnológica a costa del empleo, la seguridad social, el ingreso, las conquistas sociales y la incorporación de la mujer.



  1. La supeditación de la cuestión gremial

y social al interés de las transnacionales
Para poder sobrevivir en la competencia ciega, las TN demandan el apoyo directo del Estado; demandan de las autoridades públicas que las protejan en casa y les aseguren que tendrán una posición de vanguardia en la competencia. Para ello se brinda tributo especial a los programas de investigación y desarrollo tecnológico a costa de programas de seguro de desempleo, seguridad social, etc. Las TN son consideradas los únicos agentes capaces de crear las ventajas competitivas necesarias para sobrevivir en la competencia y, por lo tanto, son consideradas también como las únicas organizaciones capaces de triunfar en esta disputa (Petrella, ibid.). Las grandes TN se transforman así en una fuerza que dicta las reglas del juego y que genera los valores sociales de la sociedad. La independencia nacional, aun en las naciones más avanzadas, depende en última instancia, según el argumento, de la sobrevivencia de sus TN en la competencia a muerte a nivel mundial. De esta forma, el Estado nacional se supedita a los intereses de las TN. Ello implica, contradictoriamente, un Estado a la vez más delimitado y más autoritario y una perdida simultanea de la ciudadanía.

La obsesión por la competencia alienta todas aquellas inversiones que fortalecen las posiciones en el mercado (adquisiciones, tecnología sofisticada, propaganda, mercadeo y otros gastos de transacción). Esta competencia a muerte en un mercado mundializado no lleva al crecimiento económico, sino al fortalecimiento de unas zonas dentro de las regiones más ricas del mundo, donde triunfan las TN en uno u otro sector. Simultáneamente, sin embargo, esta tendencia conlleva la diferenciación y exclusión progresivas en otras zonas de las mismas naciones más ricas del mundo; y ni que decir de la dimensión que alcanza dicha exclusión a nivel de regiones de la periferia, donde abarca hasta subcontinentes enteros. Este proceso de exclusión avanza como el desierto en el mundo.

La lucha ciega por la sobrevivencia hace que el capital centre su atención en la investigación y el desarrollo, a fin de aumentar la tecnología y poder sobreponerse a sus rivales, y en la inversión para la adquisición o preservación de los mercados existentes. El resultado es no sólo un freno en el crecimiento económico, sino a la vez una relativa e incluso absoluta pérdida de oportunidades de empleo. El argumento es, en la argumentación de Petrella (Ibid.), que sin estas innovaciones tecnológicas no habrá autodeterminación nacional, ni siquiera en los países más avanzados, y por consiguiente tampoco empleo ni bienestar económico y social para su población. Para evitar la supeditación del capital nacional a otro foráneo y más avanzado tecnológicamente, todo lo demás debe subordinarse a ello.

La situación general del empleo depende, en esta visión, de la capacidad competitiva de las propias TN. La reivindicación del pleno empleo, en este entorno, ya no puede ser más un valor orientador como lo fue bajo el keynesianismo. El argumento es que el pleno empleo, como valor orientador de la economía, pondría en peligro la situación general del empleo. Se desarrolla así una conciencia de que lo prioritaria es salvar la situación general del empleo, aunque ello implique un desempleo estructural creciente, empleos menos estables, peor pagados, etc. El tributo que se brinda en nombre del valor supremo de la competencia, se paga con sacrificios humanos en la modalidad de desempleo, inseguridad económica y social y retrocesos en conquistas alcanzadas.

En nombre de la sobrevivencia de la nación en la disputa por la competencia a nivel mundial se pide a la clase trabajadora una conciencia de sacrificio y renunciar a sus derechos económicos y sociales. Esta disputa por la inclusión del capital transnacional significa la exclusión progresiva de la clase trabajadora. Las personas aún activas ven amenazada su futura situación laboral debido a la creciente presencia y presión de los excluidos sobre el mercado de trabajo. La consecuencia es que los incluidos amenazados, proyectan la responsabilidad de su mayor inseguridad económica y social hacia los excluidos viéndolos como amenaza para el sistema. De este modo se fomenta el odio social y la xenofobia, antes que la tolerancia y la solidaridad, dentro y entre las naciones.


  1. Los ciclos de intervención y desregulación

y el papel histórico del Estado-nación
Cuando la competitividad es un valor central de la sociedad, en nombre de sujetos que maximizan su ganancia sin mediación alguna y cuyo resultado ciego se llama eficiencia, el mercado, afirma Hinkelammert, (1995: 213-224), se totaliza, y cuando este fenómeno tiene lugar a nivel mundial hablamos de globalización. En las sentencias de Adam Smith y en la tradición del pensamiento teórico liberal, la búsqueda individual del beneficio promovería el crecimiento económico de las naciones. El pensamiento liberal sostiene la existencia de un mecanismo autorregulador que asegura, por medio de una llamada "mano invisible", que toda acción fragmentaria se insertará en una totalidad equilibrada por el mercado. Mediante la "mano invisible" sigue el autor, los actores, sin tener conocimiento de los resultados de sus acciones fragmentarias, actúan como si tuviesen ese conocimiento. El conocimiento no desaparece, sino que es desplazado desde los actores hacia una estructura que opera como si lo tuviera. Se transforma en algo mágico.

La fe en la mano invisible existe desde tiempos de Adam Smith, pero es llevado a extremos cada vez más grandes de manera cíclica y seguido por periodos de intervención cada vez más profundos. En la crisis de los años treinta del siglo XIX, con el manchesterianismo, se desarrolló por primera vez una ideología empresarial a ultranza (Hinkelammert, 1984: 81). El laissez faire a ultranza salva la ganancia empresarial a costa de una concentración de riqueza que, a la larga, conduce a una crisis más profunda. La crisis de los años setenta y ochenta del siglo pasado fue seguido por un periodo de intervención estatal para regular la mano invisible y llegar a una política consciente de regulación. El Estado de Bienestar que introduce la seguridad social nació con Bismarck. En sus orígenes, la seguridad social fue un seguro de la fuerza de trabajo asalariada menos sustituible, que incluyó básicamente a la clase media. Hasta la Primera Guerra Mundial este seguro se amplió de forma gradual en los países más avanzados. De este modo, la cobertura del seguro de enfermedad cubría en 1915 al 66% de la población activa en Gran Bretaña, al 70% en Dinamarca, al 43% en Alemania y al 35% en Noruega, aunque apenas a un 15% en la atrasada Francia (Alber, 1982: 236).

Desde la conclusión de la Primera Guerra Mundial, al descender la tasa media de beneficio, se volvió a depositar toda la fe en el tal laissez-faire. Esta renovada y ampliada fe en el mercado total llevó a la depresión de los años treinta a escala mundial. “Fue la violencia de la competencia en el mercado mundial la que dio impulso a la crisis económica de los años 1929-1932” (Gombeaud y Décaillot, 1997: 205). A raíz de la Gran Depresión y el proteccionismo consecuente se desembocó en un nacionalismo a ultranza que condujo a la Segunda Guerra Mundial. La conflagración creó la convicción de la necesaria solidaridad para una nueva etapa de intervención estatal mayor, con un proyecto de inclusión que alcanzó a la población entera de los países industrializados y que adquirió su expresión más visible a través de la universalización de la cobertura del seguro social. Esta generalización no solamente se dio en los países industrializados, sino también de forma notoria en aquellas naciones latinoamericanas (Cono Sur) que más habían avanzado en materia económica y donde la capacidad de reemplazo de la fuerza de trabajo asalariada había bajado a niveles reducidos. En los demás países del continente esta inclusión se redujo en lo básico a la clase media; la parte mayoritaria de la población, altamente reemplazable, quedó excluida (Isuanni, 1986: 114 y Mesa-Lago, 1990: 30-31). La revolución keynesiana de la postguerra fue la expresión ideológica consciente más desarrollada de poner, mediante el Estado Intervencionista Social, una "mano visible" a la par de la "invisible" porque esta última había llevado la economía a una crisis mundial.

A partir de ello el papel del Estado alcanzó niveles significativos, cuyos gastos a principios de los años setenta llegaban más o menos al 50% del PNB en los países de la OECD. Este elevado gasto no fue financiado mediante un crecimiento secular del endeudamiento estatal (con la crucial excepción de EE. UU.), sino que en el conjunto de esos países fue financiado en su casi totalidad por el aumento de los impuestos. Las altas tasas de beneficio, así como las de crecimiento económico, permitieron ese elevado gasto público sin incrementar la deuda pública significativamente hasta los años setenta (Gough, 1975: 234-240).

La característica esencial de la crisis económica mundial a partir del decenio de los setenta es la disminución o caída absoluta del crecimiento económico y con ello de la tasa de ganancia, como vimos más arriba. Esta crisis no se origina en el crecimiento de los gastos del Estado, sino en la acelerada inversión improductiva. El papel que desempeñó el Estado en la década de los setenta refleja la crisis. La solución a esta crisis para la clase empresarial, y para el Estado como representante de sus intereses políticos, podría haber sido buscada en una mayor intervención estatal, desarrollando una "mano visible" que pusiera más límites a la "mano invisible" en la búsqueda de inversiones improductivas muy lucrativas. En esa década, a principios de la crisis, existía en efecto la tendencia a una mayor intervención estatal, no en las inversiones sino en materia del desempleo que resultaba de ellas. El desempleo generó, sin embargo, un alza fuerte en los gastos sociales, a los cuales se tenía que hacer frente con un producto nacional estancado debido a la inversión menos productiva. El costo del intervencionismo estatal se acrecentó y el desempleo aumentó sin cesar. Esta tendencia implicaba para el capital abstenerse de una ganancia que podría obtener por medio de un descenso salarial a partir de una mayor presión sobre el mercado de trabajo. Con un mayor laissez-faire el desempleo en ascenso se traduce en una baja de los salarios, siempre y cuando el Estado no intervenga. Una mayor intervención del Estado para hacer frente al empleo deteriorado significaría, a los ojos del capital, renunciar al alza inmediata de la tasa ganancia y, por lo tanto, renunciar de forma voluntaria a la esencia del propio modo de producción. Era el momento pues, de escoger entre amarrar con más fuerza a la "mano invisible", o recuperarla más bien con toda la fuerza. Lo primero hubiera implicado una gradual sustitución de la “mano invisible" por una "visible" y con ello, en última instancia, de la racionalidad económica propia a las relaciones de producción. Ello hubiera constituido un excelente paso hacia el humanismo. Lo segundo significó una reacción recalcitrante del capital a nivel mundial, buscando su razón de ser a toda costa del bienestar de la humanidad entera.

Al comienzo de la crisis, el Estado Intervencionista Social se profundizó (particularmente en Europa) de forma coyuntural en lo social a partir del desempleo en los años setenta. La esperanza era que se saldría pronto de la recesión. No obstante, al dislocarse las inversiones de manera progresiva en esferas improductivas por su contenido, el crecimiento no repuntó y el gasto social se tradujo a partir de entonces en un déficit fiscal ascendente. Este déficit fiscal fue cada vez más cuestionado en el decenio de los ochenta por el gran capital. El argumento era que el desempleo estructural y ascendente privaba de la aspiración de incrementar el crecimiento. Lo que querían decir es que evitaba elevar las ganancias. Cuando el gran capital gana la batalla por el alza de la ganancia, el Estado Intervencionista Social pasa a la historia. En la década de los noventa existe un mayor consenso acerca de la necesidad de retroceder en materia de bienestar económico y social.

Con un desempleo alto y estructural es más fácil sustituir la fuerza de trabajo. Más fácil aún sería esta sustitución si no existiese una serie de regulaciones que limitan una mayor movilidad laboral. Debido a contratos sociales, desarrollados en una era de menor capacidad de reemplazo de la fuerza de trabajo, la movilidad laboral es limitada. Ella aumentaría si operase un mayor libre juego del mercado. Para poder reemplazar con más facilidad la fuerza de trabajo sin contratos sociales, el gran capital reclama una mayor flexibilidad en la contratación y el despido de la fuerza laboral, lo mismo que una flexibilización en las condiciones salariales y las prestaciones de seguridad social (Heise, 1996: 21s.). Lo anterior no es más que aumentar la tasa de beneficios a costa de los salarios directos e indirectos. Es aquí sobre todo donde se aplica el lema neoliberal de más mercado y menos Estado.

La búsqueda de la maximización de los beneficios en un mundo que apenas crezca, conlleva la concentración de los ingresos. La redistribución de la riqueza no se limita al deterioro del salario directo e indirecto, sino abarca también la privatización de las actividades del Estado en general, y con ello las de la seguridad social. Las cajas de pensiones desarrolladas durante décadas se estaban convirtiendo en las fuentes principales de capital financiero. Jamás existió antes semejante concentración de control financiero, afirma Drucker (1994: 84-87). En manos del Estado, lo anterior llevaría a la progresiva socialización de la propiedad. Los neoliberales, sin embargo, argumentan que estas actividades en manos del Estado no son fuente de ganancia privada sino costo puro, y por lo tanto son estériles. En manos privadas, en cambio, tales actividades tendrían la máxima eficiencia (máxima utilidad) y con ello conducirían al progreso. El mercado total se presenta así como la única alternativa eficiente, fomentando la privatización en general y de manera especial en el campo social.

Hay empresas estatales que en tiempos pasados difícilmente hubiesen podido ser desarrolladas por el capital individual, como es el caso de las aerolíneas, las telecomunicaciones, etc., y que hoy, al funcionar, son una fuente de ganancia monopólica potencial para ese capital. En manos del Estado, estas actividades pueden ser manejadas con eficacia técnica y administrativa. Ahora bien, mientras el capital privado obtenga altas ganancias en sus esferas, no hay objeción. No obstante, cuando surge una crisis de crecimiento, y consecuentemente en la tasa media de beneficios, se produce el cuestionamiento. A los ojos del capital privado estas empresas generarían, con el libre juego del mercado, elevadas ganancias privadas. La deuda pública sirve de argumento para demostrar la ineficiencia del Estado. La misma deuda sirve para adquirir a precios a menudo regateados empresas estatales y, con ello, títulos de ganancia a futuro. El argumento es que de esa forma se recuperará la eficiencia de la economía en general. Sin embargo, la transferencia pura de propiedad no origina riqueza sino que sólo la redistribuye. La privatización no aumenta, pues, el crecimiento económico ni el bienestar social, sino más bien promueve la concentración de la riqueza en menos manos transnacionales.

Las TN se transforman en Consorcios Planetarios sin fronteras geográficas, los cuales adquieren poder creciente sobre el mismo “Estado-Nacion”, subordinándolo a sus propios intereses y constituyéndose, de este modo, en hegemónicas. Estos nuevos "Estados Privados" soberanos no rinden cuentas de nada a nadie. Son "Estados Privados sin Ciudadanos" que tienen el poder de subordinar a múltiples Estados Nacionales. Estos "Estados Privados sin Ciudadanos ni Fronteras", en su mortal rivalidad por el mercado sacrifican recursos naturales y humanos, sin mayor consideración y sin precedentes en la historia (Goldsmith, abril 1996: 19).





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