Los límites de un capitalismo sin ciudadaníA



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partir de las relaciones del mercado

Hasta hace pocas décadas, el Estado-Nación fue el marco de referencia de la acumulación. La lógica reproductiva del capital y de la fuerza de trabajo se definió a partir de ese Estado-Nación. Bajo estas circunstancias tenemos que cuanto menor la inclusión, es decir, cuanto menos generalizada la relación salarial en una nación determinada, mayor resulta la capacidad de reemplazo de la fuerza de trabajo. Y cuanto mayor es esta capacidad sustitutiva de la fuerza de trabajo para el capital, menor será el salario, la necesidad de conservar la salud de dicha fuerza y, por ende, menor también la seguridad social y económica. En el gráfico No 4.1 presentamos la relación entre la generalización de la relación salarial y la cobertura del seguro social en América Latina pare 1980.

Dentro de una nación periférica con alta capacidad sustitutiva, la clase trabajadora se reproduce como clase ante el capital siempre y cuando existan trabajadores disponibles, aunque la fuerza de trabajo no se reproduzca a nivel individual o familiar. En medio de la pobreza, a pesar de la mala alimentación y la falta de atención médica, por la elevada capacidad sustitutiva el capital siempre dispone de fuerza de trabajo más fresca y con ello generalmente más joven (Véase el gráfico No. 4.2), proveniente del nexo no-capitalista en disolución, dispuesta a trabajar en condiciones paupérrimas. O sea, la clase trabajadora se reproduce como clase aún cuando ella sea incapaz de reproducirse a sí misma.

Esta gran flexibilidad para contratar trabajo le permite al empresario reclutar aquella fuerza que más le convenga y por el tiempo que sea. De esta forma, suelen ser contratados con más facilidad los varones que las mujeres (véase el cuadro No. 4.1). La menor inclusión de la población femenina se traduce en una inseguridad económica y social más grande para su género que para la población masculina. Las mujeres, tienen una posibilidad más frágil de inserción propia. De no poder insertarse de manera directa, su vinculación depende de la inserción altamente inestable de un compañero de vida. Por supuesto, esta vinculación indirecta es muy dependiente y subordinada.

Gráfico No. 4.1

Grafico No. 42

La clase trabajadora se reproduce como clase, en tanto el capital reemplaza toda la fuerza del trabajo desgastada (incapacitada o simplemente más vieja) por otra más fresca (a menudo compuesta de migrantes/jóvenes), utilizando esa nueva mano de obra con la mayor flexibilidad y la menor seguridad económica y social posibles (Marshal, 1981: 112s.; Campanario-Dierckxsens, 1984). Ahora bien, cuanto menor sea la seguridad económica y social de los trabajadores más radicales serán sus reivindicaciones, pero más afectadas resultarán también sus condiciones objetivas de organización debido a la elevada capacidad de reemplazo. El solidarizarse en sus reivindicaciones por una mejora en sus condiciones objetivas de trabajo requiere organizarse, lo que supone cierta estabilidad en los puestos. La misma elevada capacidad de reemplazo permite a los empresarios sustituir a los trabajadores organizados por otros. Ello dificulta el trabajo organizativo, si bien

Cuadro sin numero: (Relación entre el % de asalariados masculinos, etc. de la pag. 111
radicaliza a la vez el cuestionamiento de la sociedad hasta sus raíces. La respuesta del Estado ante cuestionamientos de esta índole suele ser una de fuerza. Bajo estas condiciones de inclusión reducida no solamente los derechos sociales de los excluidos se reducen a un mínimo sino incluso los de la población incluida. La legitimidad del régimen y la identificación de los ciudadanos con él tiende a su mínima expresión.

El desarrollo del Estado de Bienestar Social contrasta con el Estado de fuerza. El primero caracterizó en particular a los países centrales, no obstante no se limitó a éstos. Al basarse precisamente en la inclusión más o menos generalizada de la fuerza de trabajo bajo una relación salarial, el Estado de Bienestar social se desarrolló menos en los países periféricos. Cuando la relación salarial se generaliza tiende a disminuir la capacidad de reemplazo de la fuerza de trabajo, con lo que disminuye la flexibilidad en la contratación de esta fuerza y aumentan sus exigencias de calificación. Ambas tendencias llevan a un alza salarial. Cuando la capacidad de reemplazo de la fuerza de trabajo tiende a disminuir, crecen la estabilidad y duración en el puesto de trabajo. Y al mejorar la estabilidad laboral se incrementa la vida activa media de los trabajadores bajo relación salarial, y con ello la necesidad de conservar mejor dicha fuerza de trabajo.

Para que la clase obrera se pueda reproducir como clase ante las necesidades del capital, se hace necesaria la conservación y reproducción de la fuerza de trabajo de los propios obreros. Mientras que la futura generación obrera se recluta de manera cada vez más exclusiva entre obreros y sus hijos, y cada vez menos en el nexo no capitalista (en retroceso), el salario y el seguro social suelen tener una cobertura generalizada y ya no solamente de la población activa como ilustra el gráfico No. 4.3. Es decir, con la generalización de la relación salarial como modalidad de trabajo se generaliza asimismo la seguridad social, extendiendo de forma paulatina su cobertura a la población entera.

En medio de la generalización de las relaciones de mercado a más esferas de la vida, incluyendo la del trabajo, las relaciones humanas se monetarizan progresivamente. La ayuda mutua y la solidaridad local se circunscriben entonces a esferas más reducidas de la vida diaria. La solidaridad se monetariza e institucionaliza mediante toda clase de préstamos de seguridad social a nivel nacional. En torno a la temática de la solidaridad institucional, empresarios y empleados se encuentran más a menudo en la mesa de negociaciones y menos en el campo de batalla. La mayor estabilidad laboral y la menor flexibilidad en el trabajo generan una condición más favorable de los trabajadores para organizarse. Sin embargo, al coincidir dentro de ciertos límites el interés empresarial y el de los trabajadores, la clase trabajadora


Gráfico No. 4.3

Cuadro No. 4.2

cuestiona menos al sistema como tal y tiende a haber más implicación para discutir la repartición del producto nacional. En la era keynesiana y su política de incrementar la demanda global con pleno empleo, existió la mayor implicación conocida en el capitalismo de la clase trabajadora organizada en esta repartición del producto nacional. La ciudadanía adquirió su expresión más alta así como la legitimación del sistema como tal.

Gráfico No. 4.4






En el contexto de una capacidad de reemplazo descendente que caracterizó a la postguerra, aumentó la demanda de fuerza de trabajo femenina y luego de inmigrantes para salvaguardar una cierta flexibilidad en las contrataciones. Los movimientos migratorios por lo general se dieron desde países con mayor capacidad de reemplazo hacia naciones donde la capacidad sustitutiva era baja, esto es del Sur al Norte. Al ser las mujeres más reemplazables que los varones ellas presionan más sobre el mercado de trabajo, es decir que están dispuestas a trabajar más por menos ingreso no solo en su tierra propia sino también en el exterior. En este contexto se explica su presencia relativamente numerosa en los flujos migratorios (véase el cuadro No. 4.2).

Las mujeres, en comparación con los varones, se incorporaron con relativo atraso al mercado laboral pagado, y son por ello, como tendencia, más sustituibles que los varones, suelen recibir ingresos inferiores por trabajos parecidos (véase el gráfico No. 4.4) y no gozan de las mismas garantías sociales que los hombres y particularmente en el régimen de pensiones. Son, en otras palabras ciudadanas de segunda categoría por su más débil inserción en las relaciones del mercado. Peor es la suerte de las minorías étnicas, como las comunidades indígenas en América Latina, cuya vinculación con el mercado suele ser aún frágil si es que ya exista.


Cuadro No. 4.3
Hasta el momento en que su inclusión tendió a generalizarse, las mujeres se habían dedicado fundamentalmente al trabajo no pagado en el hogar. Aunque ambos trabajos se necesitan y complementan en el proceso de reproducción, el trabajo pagado tiene mayor grado de independencia del otro para sobrevivir y, por lo tanto, el trabajo doméstico depende del primero. Esa subordinación se institucionalizó al incorporarse la mujer al trabajo pagado. Cuando se contrata mujeres ellas suelen ocupar trabajos subordinados, lo que reproduce la dominación de géneros en el sector estructurado del trabajo como ilustramos con el cuadro No. 4.3.

La incorporación más generalizada de la mujer al trabajo pagado ha desatado, no obstante, la lucha por una repartición más equitativa del trabajo y una mayor equidad en los ingresos, puestos de mando y puestos políticos, en síntesis por una igualdad como ciudadanas. Este movimiento de mujeres por una ciudadanía no discriminatoria, si bien tiene expresiones distintas en cada país, no se limita a la problemática de una nación determinada; constituye un movimiento que ha transcendido las fronteras nacionales. Es un movimiento que alcanza cobertura mundial y reivindica una ciudadanía con equidad y ética solidaria.



2. La mundialización del mercado laboral

Un acontecimiento económico que marca la época de la globalización es la acelerada integración del mercado mundial. Una oleada de inversiones extranjeras directas (IDE) acompaña esta integración del mercado mundial. Vale aclarar que no es la primera vez que observamos una integración y oleada de IDE en la historia del capitalismo. Desde determinado ángulo, la economía mundial está hoy menos integrada que antes de la Primera Guerra Mundial (Wolf, 1997: 14). En su época de apogeo, afirma el autor, antes de 1914, las IDE inglesas representaron hasta el 9% del PIB de Gran Bretaña, esto es, dos veces más de lo que Alemania y Japón invirtieron en el exterior en el decenio de los ochenta de este siglo. En esa época existía una moneda única: el oro, y la movilización de la fuerza de trabajo más allá de las fronteras era en ese entonces más libre y superior al movimiento migratorio actual.

La mundialización del capital se dio en el siglo XIX a partir de la expansión de los diferentes Estados-Nación. Ella se basó en la repartición territorial del mundo entre las grandes potencias. Hacia finales de ese siglo el mundo quedó repartido entre las principales potencias de la época. Cualquier modificación ulterior en esa repartición implicaría una guerra entre esas potencias. Así estalló la Primera Guerra Mundial. Después de la crisis de los años treinta, y principalmente con posterioridad a la segunda conflagración mundial, se desarrolló una real preocupación por la ampliación de los mercados internos, el empleo, el bienestar social y la capacidad adquisitiva de los trabajadores, en particular en las naciones industrializadas (Barahona, 1997: 4). El papel del Estado Nación en esta materia fue más protagónico que nunca.

Hoy, el fomento del mercado interno ha dado lugar de nuevo a la disputa desenfrenada por el mercado mundial, sólo que ya no supone la ocupación territorial. Los conflictos entre naciones se han vuelto más económicos que antes de las conflagraciones mundiales. Si el Estado-Nación y el mercado interno tuvieron un papel protagónico en la segunda postguerra, en la batalla mundial por el mercado planetario el papel del Estado está claramente subordinado a los intereses transnacionales. Bajo el laissez-faire mundial se produce un nuevo auge de las IDE, las cuales conllevan una producción transnacional de bienes y servicios y, con ello, un mercado mundial de empleo que cada vez se rige menos por las leyes que prevalecen en un mercado interno de empleo.

En concreto, la mundialización del mercado de trabajo implica un cambio en la lógica reproductiva de la fuerza de trabajo. Así, se observa que la parte que corresponde a los países periféricos en el empleo industrial total en el mundo aumenta paulatinamente, pasando del 43% hace unas décadas al 53% en 1990 (Freeman, 1994). De forma algo exagerada puede afirmarse con autores como Donahue (1994) que, a partir de las IDE, para conseguir la inversión extranjera

... el mundo pasa a ser un gigantesco bazar formado por naciones que ofrecen su mano de obra en competencia unas con otras, proponiendo los precios más bajos.


La intensificación de la competencia con un crecimiento económico estancado y la ascendente competitividad de la fuerza de trabajo, han hecho que las condiciones de empleo hayan empeorado en muchas partes del mundo. Desde 1973 las tasas de desempleo han subido en la mayoría de los países industrializados, y el empleo ha empeorado en los países en desarrollo (OIT, 1996: 7). Véase el gráfico No. 4.5.

En 1996,

... el desempleo sigue elevado en muchos países industrializados ... En la Unión Europea la tasa de desempleo era del 11,3% en julio de 1996, con un ligero aumento desde f'l año anterior ... Fuera de Europa progresó ligeramente en Australia y en el Japón, en el 8,5" y el 3,4% respectivamente. No varió en Canadá, con el 9,8%, y siguió bajando en EE. VV., del 5,7 al 5,4%. En las economías en transición siguió siendo muy alta, del 11,6% o más (OIT, 1996: XIll).

Gráfico No. 4.5


Cuadro No. 4.4
En el mismo informe, la OIT señala que el desempleo en América Latina oscilaba alrededor del 10%, sin una clara tendencia a la baja (véase el cuadro No. 4.4), y aunque no se disponía de datos para 1996 sobre Africa, la situación se califica de dramática.
La disputa económica por el mercado mundial desatada en el marco de la globalización no estimula el empleo, aunque tampoco significa, como afirman algunos autores (Rifkin, 1995), el fin del trabajo. Una mundialización que no fomenta el empleo presiona hacia la flexibilización del trabajo, la baja de los salarios, y afecta de forma negativa las normas de trabajo a nivel planetario. Además, cuanto más expuesto esté el mercado de trabajo de una nación a la competencia extranjera, más débil será la posición de negociación de los trabajadores (Rodrik, 1997). La amenaza de las TN instaladas en una nación de irse al extranjero, limita la facultad del Estado huésped de gravadas fiscalmente (esto explica la merma fiscal en los últimos años) o de imponerles normativas en materia laboral (Martin y Schumann, 1996: 91-95; OIT, 1996: Ss.). Ambas cosas juntas acentúan la concentración de ingresos.

Con la progresiva integración del mercado de trabajo a nivel planetario, la fuerza de trabajo se reproduce cada vez menos a nivel nacional. Esta situación es válida sobre todo para aquella fuerza de trabajo poco calificada y/o de mucha rutina. Las IDE, en la periferia, se concentran en aquellas actividades que demandan este tipo de fuerza de trabajo. En consecuencia, ambas categorías de trabajadores resultan progresivamente sustituibles en el globo entero. Las tasas de desempleo de los no calificados tienden a distanciarse del desempleo de la población más calificada como puede apreciarse en el cuadro No. 4.5.

Lo anterior conlleva una tendencia al descenso salarial del trabajo no calificado y de mucha rutina en los países centrales como ha sido el caso muy claro en EE. UD. (véase el gráfico No. 4.6). La inversión de capital extranjero en la periferia no implica, en la práctica, una tendencia al alza de los salarios en esas naciones. Al verse invadidos sus mercados con productos transnacionales, se desmantela la industria propia menos competitiva y con ello se debilita el mercado laboral. Al mantenerse relativamente elevados el desempleo y el subempleo.la capacidad sustitutiva del trabajo en esos países permite que los salarios sean muy competitivos.

Cuanto más agresiva sea en un país la flexibilización del trabajo en el afán de ajustarse a la competitividad salarial a nivel internacional, mayor será el efecto shock sobre los salarios, aunque el desempleo no será necesariamente menor. La flexibilización del trabajo se dirige en especial a los trabajos no calificados y/o más rutinarios, en los que la capacidad de reemplazo internacional es más alta, y afecta por consiguiente principalmente a los salarios más bajos. El resultado es una profunda brecha de ingresos (véase el cuadro No. 4.6) y una creciente proporción de trabajadores con ingresos por debajo del nivel de pobreza (OIT 1996: 70-75).


Cuadro No. 4.5
Grafico No. 4.6
Cuadro No. 4.6

3. Economía-mundo, división

de trabajo y ciudadanía

A partir del proceso de globalización se desarrollan relaciones de trabajo, procesos y estructuras de apropiación económica en el ámbito planetario, atravesando territorios y fronteras, naciones y nacionalidades, que hacen subordinar el Estado-Nación a nuevos poderes económicos. Existe, en otras palabras, una ruptura histórica que pocos autores señalan. La mayoría de los autores que abordan el tema de la globalización siguen interpretando la sociedad global a partir de la perspectiva del Estado-Nación. En autores como WaIlerstein (1991), la economía mundo sigue articulándose con base en el Estado-Nación. Aunque reconozca la importancia de las corporaciones transnacionales (TN), Wallerstein reafirma la importancia del Estado-Nación soberano, aunque esa soberanía esté limitada por la interdependencia de los Estados nacionales y por la preeminencia de un Estado más fuerte sobre otros.

Octavio Ianni (1996: 21-27) va más allá de esta visión algo tradicional, al señalar que la soberanía del Estado-Nación no es simplemente limitada, sino que está socavada en su base:

Está claro que ni el principio de la soberanía ni del EstadoNación se extinguen, sino que están radicalmente socavados en su base ... Aunque ... el Estado-Nación soberano permanezca o inclusive se recree, está cambiando de forma en el ámbito de las configuraciónes y movimientos de la sociedad global.

Las reflexiones de Wallerstein, así como las de Braudel (1991: 41-78), dan prioridad a aspectos de integración en términos convencionales, ya sea en el plano económico, geográfico o histórico. Para Wallerstein, la economía-mundo llega a ser universal en el sentido de que todos los Estados nacionales, en diferentes grados, se integran y según ese grado pertenecen al centro o a la periferia (Carnilleri 1992: 77, en Ianni, 1996). Sin embargo, aunque Wallerstein, al igual que Braudel, revela el proceso de globalización, el Estado Nación aparece todo el tiempo como agente que no sufre, en esencia, ninguna metamorfosis. Saben que la nación es un hecho histórico, un proceso, pero parten del punto de vis ta nacional en sus análisis y no logran trascender ese nivel. En el límite, Braudel está fascinado por el lugar que Francia puede ocupar en el mundo y Wallerstein por aclarar el secreto de la primacía de Estados Unidos (EE. UU.) en el mundo capitalista (lanni, 1996: 25).

Desde otra óptica, autores como Samir Amin y Gunder Frank reconocen que las TN se desarrollan más allá de las fronteras nacionales, que crean nuevos desafíos a los gobiernos y hacen evidente que las nociones de soberanía nacional, imperialismo y dependencia, no revelan lo que sucede en la actualidad en el mundo. Ambos autores, sin embargo, siguen interpretando la sociedad global a partir de la perspectiva del Estado-Nación. En el límite, siempre se inspiran en la tesis de que pueden realizarse proyectos nacionales o movimientos de liberación nacional, de modo que se logre la emancipación popular. A ello responde lanni (1996: 26s.) que no se trata de negar los hechos que expresan las realidades locales, nacionales, regionales o mundiales, sino que el dilema consiste en constatar si se está o no produciendo una ruptura histórica de grandes proporciones en el ámbito global, al señalar la historicidad del Estado- Nación y la emergencia de nuevos y más poderosos centros mundiales de poder, soberanía y hegemonía.

Robert Reich, autor del libro El trabajo de las naciones y Ministro de Trabajo del primer gobierno de Clinton, señala que la economía actual ha trascendido las fronteras nacionales, pero no así todavía el trabajo. Afirma que en el siglo XXI no existirán productos ni tecnologías nacionales, lo único que persistirá dentro de las fronteras nacionales será la población que compone un país. La principal misión política de una nación ya no consistiría en manejar las fuerzas económicas para retener inversiones nacionales y atraer las foráneas, sino en retener y atraer la fuerza de trabajo calificada (Reich, 1993: 13).

Las TN ya no subordinan los intereses de sus accionistas a lo que es conveniente para la nación sede. El capitalismo se organiza inexorablemente en tomo a las ganancias, no al patriotismo. Cuando la rentabilidad exige que la producción se desplace de una fábrica nacional a otra extranjera, los ejecutivos de ninguna nación vacilan (Ibid.: 142). En los próximos años, afirma el autor, ya nadie exigirá proteger a la industria nacional (estadounidense) de los bajos salarios de los competidores extranjeros (Ibid.: 275).

Con ello Reich tiene claro que el capital transnacional no se supedita al Estado-Nación, sino al revés; que éste ha de operar en función de los intereses de los Estados Privados sin Fronteras. La política nacional no se puede trazar a partir de las inversiones, dado que éstas no obedecen más a los intereses nacionales. Reich ve como escenario alternativo una política de trabajo. La protección de la inversión nacional en sectores industriales, con un predominio de trabajadores de rutina, es perjudicial para la nación. Al proteger esas inversiones nacionales (industria textil o de automóviles), se defendería una tendencia a la baja en los salarios. Habría que promover la atracción y retención de aquellas inversiones, no importa si son nacionales o extranjeras, que contraten fuerza de trabajo calificada.

Las TN, por medio de las inversiones directas extranjeras (IDE), afirma Reich, se están transformando en redes mundiales. Un nacionalismo de suma cero -el principio de que o ganan nuestras empresas o ganan aquellas- alimenta una especie de paranoia que no enfrenta la realidad y sólo alienta el estancamiento. Como alternativa propaga una visión más cosmopolita. El bienestar económico de un país (EE. UU.) ya no depende de la rentabilidad de las compañías que posea o del empuje de sus industrias (dentro de la nación o fuera de ella), sino del valor que pueda agregar el trabajo en las empresas situadas en ese país, sin importar la procedencia de la inversión (Ibid.: 194. 296). Su política económica es dejar, y hasta promover, que las compañías nacionales con trabajo rutinario se desplacen hacia naciones menos desarrolladas, y que las propias y foráneas con trabajo muy calificado se instalen, permanezcan y se desarrollen en un país. Ya no se trata de promover la riqueza de las naciones a partir de la inversión nacional, sino de cualquier inversión mediante la mejor remuneración posible. La riqueza se consigue, según este nuevo esquema, con trabajo calificado y no rutinario realizado dentro de una nación determinada, no importa de dónde venga esa inversión.

A final de cuentas, Reich no supera la visión tradicional del Estado-Nación y lo que le preocupa básicamente es cómo, más allá del movimiento del capital transnacional, EE. UU. podrá preservar su hegemonía alrededor del trabajo calificado. De este modo él sustituye la política económica de un Estado-Nación en tomo a la propiedad nacional de la inversión, por otra en tomo al trabajo calificado concentrado en esa nación. En ese contexto se entiende por qué Reich ve con amplitud cómo empresas líderes tan típicamente estadounidenses como Burger King sean propiedad británica, de la misma manera que empresas típicamente extranjeras como Isuzu, Daewoo y Saab, son en grado significativo (40 a 50%) propiedad estadounidense (Ibid.: 131. 310). Reich apunta que el futuro bienestar de EE. UU. no dependerá de la nacionalidad de esas inversiones per se, sino de aquella política económica que logre atraer, retener y desarrollar actividades bien remuneradas, o ligar sus trabajadores de punta con TN. En otras palabras, lo que interesa a Reich es que los Estados Privados sin Fronteras concentren la parte más dinámica y mejor remunerada de sus inversiones en EE. UU.

Desde esta óptica, los trabajadores de punta agregan más valor a la riqueza de una nación que los de rutina. Los trabajadores de punta, como son los expertos en intermediación estratégica, identificación y resolución de problemas, son llamados por el autor servidores simbólico-analíticos. Estos trabajos se relacionan estrechamente con el capital mundial, esté donde esté. A menudo estas actividades pueden realizarse a miles de kilómetros de distancia, siempre y cuando haya servicio de teléfono, fax, modem y un aeropuerto internacional cerca. Aquí Reich va más lejos en su política: lo que importa es que estos trabajadores estén ubicados en EE. UU., aunque las inversiones se encuentren fuera del país. Con cierto orgullo, el autor destaca el crecimiento del ejército de abogados, corredores de bolsa, asesores financieros e intermediarios (en EE. UU.), que más que otros sectores de trabajadores “agregarían


valor", contribuyendo más que nadie a la riqueza de la nación (Ibid.: 190). El movimiento del capital transnacional hacia el sector improductivo en general y el financiero en particular, en busca de ganancias por encima de la media, se ve acompañado, entonces, por un fuerte empleo improductivo que suele ser remunerado muy por encima de la media.

Con tal política económica, este trabajo calificado, improductivo pero bien remunerado, tiende a concentrarse en los centros, mientras que el capital productivo, con trabajo de rutina de mediana y baja calificación, se concentra sobre todo en la periferia. Esta política económica fomenta la reestructuración de clases a nivel planetario, concentrando geográficamente a los trabajadores de punta en el centro y a la base productiva cada vez más en la periferia. Las posiciones de los más acomodados seguirán distanciándose de los menos favorecidos dentro de las naciones, debido a la creciente capacidad de reemplazo de los trabajadores de rutina, así como las naciones más ricas seguirán distanciándose de las más atrasadas (donde se concentrará cada vez más el trabajo de rutina). Es, en síntesis, una política económica de exclusión a escala planetaria.

La capacidad de reemplazo ascendente en el centro significa una pérdida progresiva de los derechos adquiridos y con ello de ciudadanía. Conforme aumente el grado de desempleo y/o la capacidad de reemplazo de la fuerza de trabajo, mayor la inestabilidad en el trabajo, mayores las presiones para bajar los salarios reales y más difícil resulta mantener los derechos sociales adquiridos en tiempos de menor capacidad de reemplazo. En otras palabras, conforme aumente la capacidad de reemplazo de la fuerza de trabajo, mayores las presiones para desmantelar el Estado de Bienestar.

Cuando en los años setenta la capacidad de reemplazo estaba aún descendiendo en los países centrales, el Estado de Bienestar se profundizaba y con ello la ciudadanía. En esa época los países centrales eran el ejemplo para los países periféricos que sufrían mayores grados de sustitución de trabajo y con ello mostraban un menor desarrollo de derechos sociales y por ende de ciudadanía. Con la creciente capacidad sustitutiva del trabajo en el centro, tienden a perderse esos derechos sociales adquiridos y hay por ende una pérdida de ciudadanía. Los países periféricos se toman el ejemplo hacía donde va el futuro de la ciudadanía en el centro.

A partir de esta lógica queda claro que la ciudadanía solo se obtiene en una economía de mercado a partir de la inserción en las mismas relaciones de mercado. La exclusión progresiva significa una pérdida de ciudadanía, de derechos sociales para los afectados directos pero incluso para los más sustituibles de los aún incluidos. Cuanto mayor el grado de exclusión sea, menor será la expresión del derecho que en el extremo significa incluso la privación del derecho a la vida a lo que se refiere Forrester (1997).



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