Los límites de un capitalismo sin ciudadaníA



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La desvinculación entre economía real

y virtual en perspectiva histórica
La expansión del crédito no es el resultado de errores políticos, sino que representa para el capital un modo de escapar también a la insubordinación presente del trabajo. Esta insubordinación es encubierta y disfrazada como un problema económico. Un claro caso de insubordinación política se da al comienzo de este siglo. Históricamente podemos afirmar que el primer intento de encontrar una alternativa al sistema capitalista se da con la Revolución de Octubre de 1917. A partir de ese momento histórico el capital huye del sector productivo en los países actualmente industrializados, movimiento que se ve acompañado por la expansión del crédito en los años veinte, que condujo finalmente al crach de 1929 (Bonefeld y Holloway, 1995: 8-9).
La expansión del crédito que precedió al crach fue la otra cara de la abierta insubordinación de la Revolución de Octubre, una apuesta a la insubordinación futura (Bonefeld-Holloway, 1995: 9).
Al no poder garantizar el mayor beneficio en la utilización del trabajo productivo, el capital huyó en esa época hacía la esfera improductiva. El crédito bancario que sostenía, por ejemplo, la compra-venta de títulos-valores en EE. UU., se triplicó de enero de 1927 a octubre de 1929. El índice de Dow Jones se multiplicó por dos en apenas dos años entre comienzos de 1927 y principios de 1929, elevándose en un 50% en los ocho primeros meses de 1929 (Aglietta, 1979: 317). La actual coyuntura revela un cuadro parecido: en el período de junio de 1995 a julio de 1997 el índice de Dow Jones de nuevo se duplicó, alcanzando el 9 de julio de 1997 el valor histórico de 8000. En los ocho meses anteriores a la fecha mencionada, el índice subió un 35%, revelando que las ganancias surgen nuevamente del dinero "desempleado". Chevallier (1998: 93) analizó paralelos entre la crisis de los años 20 y la que estamos viviendo (véase el cuadro No. 3.3).

En semejante coyuntura, da igual cuál será el acontecimiento para que desata el pánico financiero. El efecto sicológico de la crisis financiera en Rusia en el verano de 1998 animó un pánico financiero. El pánico financiero adopta la forma de una exigencia de liquidez (cash-floui) que derriba el andamiaje de deudas. Si la euforia de los negocios es la manifestación inicial de la acumulación virtual del capital, el pánico financiero es la manifestación inicial de la desvalorización masiva del capital. Todos los acreedores intentan cobrar de inmediato las deudas exigibles. La insolvencia bancaria y financiera en general se da en cadena. De esta manera se puede entender como la crisis asiática que comenzó en Tailandia y Malasia hizo pánico en toda la región desde agosto de 1997 y como la crisis en Rusia hizo trasladar ese pánico hacia el mundo entero. En un eventual cash-flow únicamente es cobrable parte de la deuda. Las cotizaciones de los títulos se hunden y se arruinar muchos especuladores.



Cuadro No. 2.3

Paralelo en el movimiento del Dow Jones
1912-1930 y 1971-1989


Año

Mínimo

Máximo

Año

Mínimo

Máximo

1930

158

294

1989

1580

2940

1929

199

381

1988

1990

3810

1928

191

300

1987

1910

3000

1927

153

202

1986

1530

2020

1926

135

167

1985

1185

1553

1925

115

159

1984

1087

1287

1924

88

121

1983

1027

1267

1923

86

105

1982

777

071

1922

79

103

1981

824

1024

1921

64

82

1980

759

1000

1920

67

110

1979

797

898

1919

79

130

1978

742

908

1918

74

89

1977

801

1000

1917

66

99

1976

859

1015

1916

85

110

1975

632

882

1915

54

99

1974

878

892

1914

71

83

1973

788

1052

1913

72

89

1972

889

1036

1912

80

94

1971

798

951

Fuente: Chevallier, 1998: 93.
En 1929 el Dow Jones se hundió un 40%, pasando de 327 a 199 en tres semanas. Más de la mitad de las sociedades de inversión financiera desaparecieron en semanas, y los ahorradores perdieron el 90% del valor nominal de lo que se creían acreedores. La tasa de beneficio bruto bajó del 12,8% en 1929 al 7,2%, el 3,5% y el 1,3% en los años siguientes (Aglietta, 1979: 319-321). No se volvió a tener cash-flow hasta que se alcanzó un nivel de actividad compatible con el valor real del stock de capital a los nuevos precios deprimidos.

La crisis de los años treinta revelaba que hasta las empresas más grandes perdían y ya se dan los primeros síntomas de ello en la crisis actual. A partir de esta revelación del Mal Común, donde hasta los más grandes capitales pierden, se concluye la guerra económica pero la nueva regulación económica “keynesiana” se inició no sin una conflagración mundial. La importancia de Keynes como teórico fue que proveyó una base teórica para la aceptación del crédito controlado por el Estado Intervencionista, que debía garantizar una vinculación más o menos estrecha entre el dinero y el trabajo productivo. La expansión controlada del crédito proporcionaría un medio para la revinculación con el trabajo productivo y garantizaría el pleno empleo con una realización duradera del plusvalor en circulación. Es la era de la inflación controlada y permanente. La prevención de una mayor separación del dinero de la producción (inflación descontrolada), estaba basada en los controles de la banca central mediante los acuerdos de Bretton Woods. Estos acuerdos permitían una buena contabilidad, y con ello un buen control internacional

Las primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial, se caracterizan por una fuerte expansión del capital productivo. Con el desarrollo de las fuerzas productivas tenemos en la esfera de la circulación una proporción creciente de valor y plusvalía, que se realiza entre los dueños de medios de producción como únicos consumidores de los mismos. Se comercializa, en términos de valor, una masa creciente de medios de producción, aumentando la composición orgánica del trabajo, es decir, la productividad del trabajo.

El incremento de la productividad del trabajo significa la producción de una masa creciente de valores de uso en un mismo tiempo de trabajo. Para realizar una misma magnitud de valor ha de venderse una cantidad creciente de valores de uso. La realización de una masa creciente de valores de uso con un valor social descendente, condiciona la realización de un valor social en ascenso de medios de producción. Esta desproporción tendencial aumenta los costos de realización bajando la ganancia.

Al incrementarse el desgaste físico o cultural (moda), crece en la década de los sesenta la llamada propensión al consumo (sociedad de consumo y de despilfarro), que tiende a neutralizar la reducción del trabajo necesario obtenido por el incremento de la productividad. En tanto que el aumento de la productividad sea superior a la medida en que se acorta la vida media de los productos, el capital acrecentará su tasa de plusvalía, pero al mismo tiempo se dificulta su realización al limitarse la capacidad de pago del consumidor. En la situación en que los ingresos crecen menos que la producción, la extensión de la venta a crédito de las mercancías brinda una salida. En estas condiciones, la política de crédito pospone la contradicción sin solucionarla. Esta contradicción del sub-consumo constituye la causa de la crisis de los años treinta.

La crisis del capitalismo tardío, sin embargo, reside en la sobreproducción de medios de producción. La competencia entre capitales cada vez más grandes incrementa la tasa de depreciación técnica de los medios de producción, a fin de apostar a una explotación más amplia en un ciclo próximo. Todos apuestan a poder acaparar una parte creciente del pastel futuro. Ello conduce a un acortamiento de la vida socialmente útil de la capacidad instalada. Ante las expectativas del gran capital de lograr acaparar una parte creciente del pastel futuro, el crédito se desarrolla más de prisa en el sector productor de los medios de producción. A nivel individual, cada capital estaba haciendo la apuesta correcta, no obstante, a nivel del capital social, el resultado es una capacidad ociosa creciente. La utilización del trabajo productivo con mayor tasa de beneficio aumenta de manera potencial, pero no se cumple en la realidad.

Keynes consideraba relevante la intervención del Estado en la vigilancia sobre la magnitud del crédito para controlar la relación entre producción y dinero, sin embargo dejaba al libre juego del mercado la asignación de los recursos, esto es, del crédito entre sectores. El resultado objetivo es un desarrollo tal del crédito para la generación de medios de producción, que crece la capacidad ociosa en la capacidad instalada. En el capitalismo tardío la libre asignación del crédito conduce, tendencialmente, a una apuesta des proporcionada a la explotación futura del trabajo. La consecuente sobreproducción de capital constante con una crónica capacidad ociosa, erosiona el (potencial) incremento de la productividad. El endeudamiento crece con mayor rapidez que la productividad del trabajo, lo que se traduce en una espiral de inflación permanente y ascendente (Aglietta, 1979: 328s.). --

La crisis del capitalismo tardío se manifiesta, desde los años setenta, como un capital monetario cada vez menos equiparado con la reducción del trabajo necesario. El capital empieza a partir de ello a enfrentar tasas de ganancia descendentes en la esfera productiva. Las inversiones disminuyen en la esfera productiva y el capital se vuelca hacia la acumulación de riqueza en forma monetaria. No obstante, el dejar de convertir el crédito en mando efectivo sobre el trabajo a través de un capital "desempleado", es ficticio. El capital "desempleado", si se quiere evitar una devaluación general del capital, tiene que transformarse, tarde o temprano, en capital empleado. Y la única manera en que el capital "desempleado" se transforma en capital productivo es mediante la utilización con mayor beneficio del trabajo en la esfera productiva. La estabilidad del dinero divorciado de la acumulación productiva es factible únicamente mientras se mantenga la expectativa de una ganancia mayor en el futuro. El día que se pierde esa expectativa tiende a estallar el pánico financiero.

Tanto el monetarismo como el keynesianismo son expresiones políticas de la unidad, en separación, de la producción y la circulación. El keynesianismo busca sustentar esa unidad privilegiando la demanda, lo que conduce a la sobreproducción de medios de producción a través del crédito. Esta política conlleva una presión inflacionaria, subordinando la forma primitiva del capital monetario. El monetarismo busca rectificar la ruptura entre la producción y la circulación, al atacar la inflación. En ese intento subordina la vitalidad del sistema a la obtención de una ganancia inmediata en la esfera de la circulación. Es una apuesta a una utilización más beneficiosa del trabajo productivo en el futuro.


  1. Los horizontes de un retorno

al trabajo productivo

La única manera en que el" capital desempleado" aspira volver a emplearse es por medio de la alza de la tasa de ganancia en el trabajo productivo. La no convertibilidad del "capital desempleado" en uno ocupado, agudiza la dimensión ficticia del mando capitalista sobre el trabajo. La estabilidad del dinero divorciado de la acumulación productiva, solamente es factible mientras se mantenga la expectativa de una ganancia mayor en el futuro. Cuanto más la existencia de la acumulación del capital está basada en la apuesta al futuro mediante el crédito, más el capital busca empujar cambios en la reducción de los costos laborales, recortar el gasto social e intensificar el proceso de trabajo para sostener la viabilidad de la acumulación mediante el crédito.

En una economía con inversiones cada vez más improductivas, el crecimiento del producto nacional se estanca, la apuesta a una mayor explotación futura se infla, y con ello la necesidad de mantener escenarios futuros prometedores. Este futuro prometedor supone la perspectiva de aumentar la tasa de beneficio en el trabajo productivo. En tanto esta perspectiva se mantenga, el crédito servirá para financiar este movimiento especulativo en una espiral alcista y las ganancias serán ascendentes sobre el papel. El clima de optimismo se mantiene a costa de un desempleo y miseria crecientes, es decir, a costa de una derrota rotunda de la clase trabajadora.

En una economía de casino el conflicto capital/trabajo se acentúa. El resultado a nivel planetario ha sido una nueva división internacional del trabajo, con una exclusión progresiva del trabajo productivo. Aunque partimos de la existencia de distintos grados de estabilidad laboral, durante las últimas décadas la tendencia, en las diferentes partes del mundo, ha sido una mayor flexibilidad en el trabajo con controles más verticales y una pérdida clara de la implicacion de los trabajadores directos en la orientación social y el reparto del producto (Lipietz, 1995: 11s).

Esta tendencia, que puede calificarse de neotaylorismo, afecta inclusive a as viejas potencias industriales como EE.UU. y Gran Bretaña. En estos países, los capitalistas hicieron oposición a la implicación negociada de los trabajadores directos y abandonaron el fordismo en las diferentes ramas industriales. Los capitalistas ganaron y desde entonces se han vuelto cada vez más neo- tayloristas (Thurow, 1996: 180). El modelo neotaylorista queda cojo, sin embargo, en aquellas ramas y trabajos que requieren un elevado grado de calificación y poca rutina. La implicación resulta una base de la productividad de ese trabajo. En más de uno de estos sectores, EE. UU. ha perdido ventajas competitivas por la falta de implicación de sus trabajadores.

Fue fuerte la crítica neoliberal a la "euro-esclerosis" atribuida a la mayor rigidez de las relaciones salariales en el viejo continente, basada en la menor capacidad de reemplazo de la fuerza de trabajo. La generalización de la relación salarial a nivel territorial es la base objetiva de esta baja capacidad de reemplazo. Sobre ella se desarrolló la implicación negociada, sobre todo en el norte europeo, a nivel de cada nación. Este modelo socialdemócrata involucra a sindicatos y asociaciones patronales, los cuales negocian a nivel regional y nacional la orientación social y el reparto del producto.

Con la creciente apuesta al futuro, no obstante, esta modalidad de implicación nacional significaba una dificultad creciente en el ajuste. Una explotación más intensiva encontraba en la implicación del trabajo a nivel nacional, una evidente resistencia a la redistribución del ingreso a favor del capital. Los modelos social demócratas tendían a perder ventajas competitivas en diferentes sectores caracterizados por la rutina y la baja calificación. Esta implicación colectiva de los trabajadores, y la solidaridad dé destino entre empresas y trabajadores en sectores u oficios de poca rutina y de alta calificación, puede brindar ventajas competitivas sobre la flexibilidad, pero no en sectores donde reina la rutina y la baja calificacion.

Los países latinoamericanos, junto con otros países periféricos, realizaron entre 1930 y 1970 una industrialización basada en la sustitución de las importaciones, inspirada en lo que puede calificarse de fordismo periférico. Este se caracteriza por un régimen de acumulación con un compromiso entre la dirección del Estado y una "aristocracia obrera". Esta modalidad de implicación pudo desarrollarse ahí donde la capacidad de reemplazo del trabajo era relativamente reducida, esto es, ahí donde la relación salarial estaba desarrollada. Se le puede calificar como un fordismo con cierta rigidez, que se caracterizaba por un nivel de la implicación situada entre la empresa y la rama, y que incluyó sobre todo a los trabajadores del Estado. La "integración" reciente de estos países a la nueva división mundial del trabajo significa la destrucción paulatina de la industria sustitutiva por otra caracterizada como maquila, donde se aplica un neotaylorismo primitivo basado en una ruda flexibilidad en el trabajo (Lipietz, 1995: 17).

Los países orientales, como Japón y los "Tigres", muestran una sociedad dual entre la implicación y la flexibilidad. La implicación se da a nivel de empresas o ramas de punta, con un desarrollo tecnológico elevado y trabajo bien calificado y de poca rutina. Existen, a la par, empresas y sectores poco calificados donde impera el trabajo de rutina, sin mayor calificación, y donde la flexibilidad del trabajo se basa en una flexible capacidad de reemplazo del mismo, que a su vez es reflejo de una relación salarial no muy generalizada. Esta dualidad, que suele llamarse toyotismo, compite hacia arriba y hacia abajo y logra un mejor mantenimiento de la unidad entre la producción y la circulación de capital. Este hecho les brinda relativo éxito dentro de la nueva división mundial del trabajo (Ibid.: 11-27).

En medio de la creciente exclusión e inestabilidad en el trabajo a nivel mundial, no hay señales de una nueva tendencia que re-vincule el dinero con a economía real. El volumen de recursos orientados a la inversión física disminuye, en tanto que las inversiones financieras siguen sin cesar en ascenso (CEPll, 1996: 196-199). En vez de desarrollarse inversiones frescas, las fusiones, adquisiciones, privatizaciones y toda clase de subastas imperan en el mercado mundial, y América Latina no constituye ninguna excepción. En última instancia, afirman Roustang y otros,

... una parte [creciente] de la renta nacional no es invertida ni consumida, sino utilizada para financiar el alza de la capitalización bursátil (1996: 50).

Esta tendencia lleva a la involución económica, la cual se acentuará mientras perdure la incapacidad de regular una demanda efectiva a nivel internacional.

Las apuestas al futuro aumentan conforme pasa el tiempo. No son ya únicamente las transnacionales, los grandes bancos, los fondos de pensiones, etc., los que aparecen en la bolsa de valores, sino que incluso los hogares (norteamericanos y europeos) hipotecan a sus casas para participar en el casino mundial (The Economist, 1997: 114). En estas circunstancias, los últimos dineros y apostadores parecen haberse lanzado al juego. Los grandes apostadores institucionales buscan hacer electivas sus ganancias, y cada vez resulta más difícil mantener las expectativas en alza. Ello significará, tarde o temprano, una pérdida de las apuestas del capital al futuro y una crisis del dinero a nivel planetario. La falta de capacidad de regulación en entre la producción y el dinero, desembocará así en un colapso del sistema financiero a nivel global. Hoy en día, el futuro el dinero está virtualmente en el aire (Cleaver, 1995: 39 y 57).

Capítulo III
Globalización: la génesis de

Estados Privados sin Fronteras


  1. Globalización: hacia

una economía sin crecimiento
Podemos distinguir, a partir de la Segunda Guerra Mundial, dos grandes períodos que conducen a la interdependencia económica internacional que caracteriza el proceso de globalización. El primer período es de crecimiento sostenido debido al gran impulso que recibieron los sectores productivos en la reconstrucción, con una clara intervención del Estado. Este período, de fuerte inversión productiva y de crecimiento sostenido con clara intervención estatal, conllevó la inclusión progresiva que dura hasta finales de los años sesenta y principios de los setenta. En el segundo período, las inversiones tienden a abandonar paulatinamente la esfera productiva al tiempo que adquieren carácter transnacional. Esta tendencia se manifiesta por medio de la integración del capital financiero a nivel planetario, el despegue de las inversiones directas extranjeras (IDE) y su desplazamiento hacia los sectores improductivos. Es la era del estancamiento económico, de la baja tendencial de la tasa media de beneficio y de las recesiones cada vez más frecuentes y prolongadas. Es a la vez el período del desmantelamiento del Estado Intervencionista Social, de la progresiva exclusión y de concentración de capital en manos transnacionales (Dierckxsens, 1995: 151-160). Este tema desarrollaremos en el capítulo cuarto.

Si el primer período significó una reproducción ampliada del capital productivo, y con ello un impulso al crecimiento económico, el segundo conlleva una menor generación de riqueza, pero acentúa los mecanismos de redistribución y concentración de la riqueza existente. La maximización de la ganancia que impera a nivel micro conduce la inversión desproporcionalmente hacia los sectores improductivos donde no se crea riqueza. Tenemos la situación paradójica de que en los sectores productivos el beneficio percibido o realizado tiende a ser menor a la ganancia media que impera en la economía, mientras el beneficio percibido fuera de los sectores productivos resulta ser mayor a esa media. La "mano invisible" tiende así a la subinversión en los sectores productivos, restando impulso a la creación de riqueza, frenando la dinámica de la economía. (Véase el cuadro No. 3.0. La "mano invisible" tiende de este modo a concentrar las inversiones en actividades de transacción (inversiones comerciales y financieras) que dinamizan la (re)distribución y apropiación de la riqueza existente y la fomentan sólo de forma indirecta con una política redistributiva a favor de los ingresos menores (véase el grafico No. 3.0). Si las inversiones improductivas favorecen a los ingresos más altos a costa de los más bajos tienden a contraer la demanda y dejan de fomentar indirectamente la producción. Estas inversiones adquieren un carácter cada vez más autónomo, y por ende especulativo, frenando la dinámica económica.

La "mano invisible" suelta tiende a aumentar la eficiencia a nivel micro sin por ello llegar al mayor bienestar de todos. El aumentar la eficiencia a nivel micro no conduce a la eficiencia a nivel macro, más bien suele acontecer lo contrario. El problema está en confundir ganancia con riqueza. A nivel micro, la ganancia, el valor y la riqueza parecen crearse en toda unidad de producción o de servicio, no importa su contenido, en tanto se pague por ese producto o servicio y que rinda una ganancia. Todo trabajo que no se pague, como el trabajo doméstico por ejemplo, al no ser pagado no crearía riqueza en esta concepción. Un trabajo no pagado, por más útil que sea y por más riqueza que represente en términos materiales, no se contabiliza a nivel nacional y simplemente no se toma en cuenta como trabajo ni como riqueza. La riqueza, en esta visión, se ve por su forma o relación social. Lo que es contable o monetarizable es riqueza. La riqueza monetarizada a nivel individual suele sumarse para así llegar a la contabilidad nacional y, comparando las cosas en el tiempo, al crecimiento económico.
Cuadro No. 3.0

Grafico No. 3.0


Al orientarse las inversiones hacia esferas improductivas, el pastel de la riqueza tiende a crecer con menos ritmo y ha de ser repartido para remunerar una magnitud creciente de inversión improductiva. De este modo, la ganancia media de la inversión tiende a bajar. Cuando la inversión no se reorienta hacia la actividad productiva, el resultado es una mayor agresividad a nivel micro y menos intervención para poder aumentar la participación en un mercado que crece cada vez menos. Para ello, el capital transnacional busca mejorar sus ventajas competitivas en el mundo vía inversiones que mejoren su posición estratégica en el mercado mundial. Hablamos de IDE que no fomentan la creación de riqueza, sino la concentran cuando se trata de adquisiciones de empresas con mercado y clientela ya existentes. Estas adquisiciones, a menudo a crédito, crean expectativas de ganancias reales futuras al triunfar en el mercado y con ello aumentan las cotizaciones en las bolsas de valores, elevando las anotaciones por encima de los valores reales y estimulando la especulación. La historia enseña que esta tendencia, a mediano plazo, lleva a la necesidad de una "mano visible" con la fuerza histórica suficiente para hacer retornar la inversión hacia la producción con inclusión.




  1. Desarrollo de Consorcios Privados

sin Fronteras en la Tríada
El proceso de globalización es una disputa económica por el mercado mundial que se realiza entre las empresas transnacionales de la Tríada: América del Norte, La Unión Europea y Japón. Estas empresas transnacionales han dejado de ser meras exportadoras de mercancías. En la disputa económica por el mercado mundial, las IDE originan tejidos de propiedad más allá de las fronteras. A partir de ello se reestructura la producción y distribución de bienes y servicios cada vez menos entre naciones y cada vez más entre "Consorcios Privados sin Fronteras". El sello made in... tiende a ser sustituido por el made by... (Andreff, 1996: 59). Las IDE, en esencia, son inversiones de empresas transnacionales y no es de extrañar, entonces, que los flujos provengan de países muy contados. El 90% de las IDE provino en 1990 de únicamente nueve países: los del G-7 (EE. UU., Canadá, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón), Suiza y Holanda; a los que agregamos un 5% de los demás países industrializados y un 5% del resto del mundo (OIT, 1993: 293).

El impacto de la reestructuración de la producción y distribución mundial a partir de las IDE depende de la magnitud relativa de éstas. El peso relativo de las transnacionales (TN) y de sus IDE en el marco de la economía mundial adquiere hoy un significado que sobrepasa cada vez más las dimensiones de las economías nacionales. En 1990 se encuestaron unas 37.530 empresas transnacionales entre sectores primarios, secundarios y terciarios que tenían unas ventas totales que alcanzaban el 50% del PIB mundial, en tanto que las doscientas principales generaban en 1992 el 27% del PIB a nivel mundial (Andreff, 1996: 77). Los ingresos combinados de las quinientas TN más grandes en el mundo, por ejemplo, alcanzaron en 1994 la suma de 10.245 millones de dólares, lo que equivale al PIB de EE. UU., Japón y Alemania juntos para ese mismo año; casi el 75% del PIB del G-7 y más de una cuarta parte del producto mundial (Chomsky-Dieterich, 1995: 49s.; CEPII, 1995: 108s.). Las ganancias combinadas de las quinientas TN más grandes alcanzaron en 1994 la suma de 282 mil millones de dólares, superando el crecimiento del PIB del G-7 en dólares. Las IDE de las TN alcanzaron en 1995 una suma aún más elevada: 325 mil millones de dólares.

El grado de integración económica se deja medir cada vez menos por el flujo comercial entre naciones. A partir de la década de los ochenta, cuando las IDE aumentan de forma exponencial, debe tomarse muy en cuenta la integración económica más directa de la economía a partir de TN. El valor agregado generado por las TN extranjeras estacionadas en un país determinado, sumado al valor agregado de las TN de ese mismo país en el exterior, relacionado con el PIB de tal nación, mide ese grado de integración directa. Ese valor superaba, a principios de los noventa, el 50% del PNB en países centrales de menor talla como son Canadá, Suiza, Holanda, Bélgica, e incluso Gran Bretaña; el 30% en naciones como Alemania, Francia, Australia e Italia, y el 20% en EE. UU. y Japón (Dunning, 1992: 12). La presencia de las TN se siente entonces primero en economías centrales de escala menor, pero conforme aumentan las IDE tienden a predominar en la economía de todas las naciones industrializadas, y por ende del mundo entero. Aproximadamente el 50% de todas las ventas de las TN son exportaciones: más del 50% de las exportaciones norteamericanas son generadas por TN, más del 80% en Gran Bretaña y más del 90% en Singapur (Andreff, 1996: 79).
Grafico No. 3.1

Durante los últimos diez años las IDE en el mundo crecieron de forma vertiginosa (véase el gráfico No. 3.1, IRELA,1996: 107), superando en promedio los 125 mil millones de dólares al año, lo que es un poco menos de la mitad del crecimiento absoluto en dólares del G-7. Las IDE ya existían antes del decenio de los setenta, y con ello la integración de TN más allá de las fronteras nacionales. A partir de ese decenio, las IDE comenzaron a subir de manera paulatina, alcanzando, como puede apreciarse en el gráfico, una dinámica exponencial en los años ochenta. En esa década, el boom de las IDE se dio, básicamente, entre las principales potencias de la Tríada: EE. UU., la Unión Europea (UE) y Japón. Más del 75% de las IDE se invirtió en ese triángulo del poder económico mundial, y sólo un 20% afluyó hacia los países de la periferia. En cada país industrializado el 1% de las TN de origen local detenta el 50% del stock de las IDE de ese país en el exterior (Andreff, 1996: 77).

Del flujo de las IDE que tuvo lugar en 1990 al interior de la Tríada (dejando de lado las IDE entre los países de la UE), el 40% traspasó el Atlántico, el 40% el Pacífico, y el restante 20% fluyó entre la UE y Japón (véase el gráfico No. 3.2, OIT, 1993). Eso, a primera vista, pone a EE. UU. en el centro del tejido. No obstante, en una segunda mirada llama la atención los desequilibrios entre las tres grandes potencias. Desde Japón fluía el 56% de las IDE recientes y hacia EE. UU. se dirigía el 61% de todas esas IDE hechas dentro de la Tríada. Lo anterior revela que la red de las TN se teje cada vez más desde Japón hacia territorio estadounidense. Los "Consorcios Privados sin Fronteras", con creciente frecuencia tienen su sede en Japón y actúan sobre territorio estadounidense. Esta tendencia constituye una amenaza para la soberanía nacional de EE. UU. y para las TN que alberga.

En la disputa económica mundial por los mercados, las inversiones extranjeras se orientan a la mejora de la posición de competencia y no tanto hacia la inversión productiva. Por esta razón las IDE se concentran cada vez más en el sector servicios, y en particular en servicios de transacción. Mientras que en los años cincuenta el 80% de las IDE se desarrollaron en el sector primario y secundario, a finales de los años ochenta más o menos el 50% de esas inversiones se dieron en los servicios, y casi el 80% de las últimas en servicios comerciales y financieros (UN Centre, 1988: 366, 370. 383). En estas inversiones improductivas se destacan las adquisiciones de empresas por las TN. Entre 1984 y 1988, el 75% de las IDE en EE. UU. se dirigieron a fusiones y adquisiciones. Entre 1989 y 1990, más del 50% de las IDE en la UE fueron adquisiciones (OIT, 1993: 299).

La tendencia de las inversiones en general y de las IDE en especial hacia las actividades improductivas restó dinámica a la economía dentro de la Tríada, y por ende a la del mundo entero. Entre 1966 y 1973, cuando predominaban las inversiones productivas, la tasa de crecimiento de la economía mundial alcanzó el 5% anual. Esta cifra bajó al 3,5% en la segunda mitad del decenio de los setenta, decendió de modo gradual en el de los ochenta, hasta desembocar en los noventa en cifras levemente por encima del 1%. En términos del crecimiento del PIB per cápita se revela aún más la actual anemia de la economía en el mundo. Véase el cuadros No. 3.1 (CEPII 1995: 112) y 3.2 (OIT, 1995: 32).
Grafico No. 3.2

En lo que concierne el carácter productivo de las inversiones dentro de la Tríada, hay diferencias según los flujos. Así, las fuertes inversiones japonesas en EE. UU. se concentran mucho más en actividades improductivas (adquisiciones) que las débiles inversiones estadounidenses en Japón. Lo anterior tiene una raíz histórica. Hasta 1970, Japón se mostró hostil a todo tipo de inversión extranjera. Cuando los japoneses fueron obligados por la OECD a abrir sus fronteras, los obstáculos formales fueron sustituidos por otros informales vía el llamado stock cross-holdings entre grupos de corporaciones japonesas. Esta política japonesa dificulta las adquisiciones al tener que comprar acciones de otras empresas para poder adquirir las de una determinada. Las greenfield investments, (inversiones nuevas reales), como opción casi única, representan de este modo el 66% de las IDE en Japón. Las fuertes adquisiciones japonesas en EE. UU. no fomentan el crecimiento en ese país. Los débiles flujos estadounidenses hacia Japón, en cambio, tienen un efecto débil pero positivo sobre el crecimiento económico japonés (Lawrence 1992: 50.59.63).


Cuadro No. 3.1
Cuadro No. 3.2

La expansión económica de las TN dentro de la Tríada por medio de las IDE, no afecta de forma negativa solamente a la producción, sino también el ritmo de crecimiento del comercio mundial. Mientras que entre 1974 y 1983 el comercio mundial creció a un ritmo anual del 8,9%, durante los cinco años subsiguientes ese ritmo bajó a apenas un 3%, para tornarse también anémico en el primer quinquenio de la década presente (véase cuadro 3.3, OIT 1995: 35).

A partir de la pérdida en la dinámica del crecimiento económico, entre 1979 y 1992 el comercio mundial se hizo más Norte-Norte (sobrepasando la mitad de todo el comercio mundial) y menos Sur-Norte (bajando en un 20%), lo que revela un proteccionismo claro en el Norte como se desprende del cuadro 3.4 (CEPII, 1995: 114). En el mismo período el comercio Norte-Sur aumentó, alcanzando un 20%. Ello revela un menor grado de protección y mayor penetración del Sur. La parte del comercio Sur-Sur bajó a menos del 10% de todo el comercio mundial.

En un mundo donde el crecimiento y la tasa media de beneficio tendían a la baja, en los años ochenta se desarrolló una fuerte evolución de las IDE dentro de la Tríada, orientada a fortalecer las posiciones de competencia de las TN. Cuando el pastel no aumenta hay que mejorar posiciones para poder obtener una parte mayor del mismo. En este aspecto los japoneses supieron construir mejores tejidos, lo que resultó en ventajas competitivas en el mercado mundial. En 1979, todavía antes de la fuerte ola de inversiones extranjeras, EE. UU. contribuía con un 44% de todas las exportaciones dentro de la Tríada, Japón con un 25% y la UE (sin tomar en cuenta las exportaciones dntro de la propia Unión) con el 33% faltante, mostrando un dominio relativo estadounidense. Después de la principal ola de inversiones entre las principales potencias, la posición competitiva en la Tríada quedó alterada: entre 1979 y 1992, EE. UU., principal receptor de las IDE, vio bajar sus exportaciones en 8 puntos reduciéndose al 36% en 1992. También la UE cedió terreno quedándose con el 30%. El gran ganador fue Japón, que subió sus exportaciones en 9 puntos, alcanzando en 1992 un 34% de la totalidad de las exportaciones dentro de la Tríada.

A raíz de las fuertes IDE de las TN en los diferentes polos de la Tríada, se desarrolló un progresivo comercio intraempresarial. En 1991, el stock de las IDE de Japón en EE. UU. alcanzó cuatro veces el de EE. UU. en Japón (OIT, 1993: 13). Estas IDE de doble vía hicieron que el 50% del comercio entre Japón y EE. UU. fuera intraempresarial (Ostry, 1992: 9). En 1992, alrededor del 40% de todo el comercio mundial ya no se realizaba a través del mercado libre, sino como transacción intraempresarial (Dieterich, 1995: 49). Ya no se trata de comercio en el real sentido de la palabra, sino de la distribución de un producto de planificación centralizada privada a escala planetaria. Las TN se transforman en "Estados Privados sin Fronteras", cuyo producto de planificación privada aumenta a costa y en el corazón de la economía de mercado. En el postcapitalismo, la planificación privada está ganando terreno a costa de la economía de mercado (Goldsmith, 1996:19).

La guerra económica entre las TN se desarrolla a partir de este esquema para mejorar posiciones en el mercado mundial restante mediante IDE en el exterior. Al ganar o perder efectividad en estructurar sus inversiones externas, las TN ganan o pierden posición en lo que queda del mercado mundial. La guerra por la repartición del mercado mundial restante comenzó en los años ochenta dentro de la propia Tríada. Al término de la década, Japón emergió como la potencia victoriosa a costa sobre todo de EE. UU., como puede verse en el gráfico 3. Japón mejoró su posición competitiva en la Tríada al colocar más estratégicamente sus IDE a costa de EE. UU. Al perder las TN estadounidenses efectividad en estructurar sus IDE, perdieron terreno en el mercado mundial. De ahí el interés especial en evitar una mayor pérdida de posición competitiva (Morrison-Roth, 1993: 37). La respuesta es doble; en la primera mitad de los años noventa se constituyen bloques económicos que frenan a la vez las IDE dentro de la Tríada a favor de la periferia. A partir de la crisis mexicana, EE. UU. toma el liderazgo como principal receptor e inversor de IDE en las adquisiciones en la Tríada. Las salidas de IDE de EE. UU. y Alemania, se duplicaron entre 1994 y 1995. La guerra económica se intensificó y la IDE en el Norte pasaron de 128 a 228 mil millones en 1995 (UNCTAD, 1996).


3. Los Estados Privados sin Fronteras y los Bloques Económicos

Los cambios en el comercio y en las IDE dentro de la Tríada a favor de Japón y a costa de EE. UU., generaron fricciones sobre todo entre estas dos naciones. Se incrementaron a partir de ahí las medidas neoproteccionistas, no solamente a nivel del comercio sino también para la inversión extranjera. Todo ello alentó la preocupación de una depresión al estilo de los años treinta. Las negociaciones del GATT en la Ronda de Uruguay tenían que fomentar una mayor apertura comercial a nivel mundial, para evitar un progresivo proteccionismo y el consecuente colapso económico de los países más industrializados.

La Ronda de Uruguay desmanteló barreras tarifarias cuando, sin embargo, ya estaban funcionando las no tarifarias en las principales potencias, como son las cuotas, las claúsulas sociales, las ecológicas, los controles de calidad, etc. Se introdujo además una nueva barrera para frenar la competencia desde el Sur, mediante el derecho de propiedad intelectual. En materia de tecnología avanzada (aeroespacial, aviones, audiovisuales, etc.) y en materia financiera, que regulan la competencia Norte-Norte, se llegó al acuerdo de no tener ninguno. A partir de ahí se fomentó el neoproteccionismo en el Norte y la apertura simultánea del Sur. El hecho de que el bloque socialista se desintegró permitió, sin mayores reparos políticos o sociales, llegar a la repartición del mundo periférico entre las TN de las principales potencias. Esta política de globalización desemboca en un laissez faire hacia el Sur y la regionalización y constitución de diferentes bloques económicos (véase Lawrence, 1992: 73; Buelens, 1995: 518s.).

Sobre esta base se desarrolló, en la primera mitad del decenio de los noventa, un flujo desenfrenado de las IDE hacia la periferia a costa de un frenado flujo Norte-Norte (véase gráfico 1). Comenzó la repartición del mundo periférico entre las principales potencias (véase cuadro 3, IRELA, 1996: 107). En el pasado, la repartición del mundo requería la ocupación territorial y cualquier cambio en ella una conflagración internacional. A partir de la integración comercial y financiera, la supeditación de las naciones periféricas al capital transnacional se hizo más económica. Los mecanismos de control monetario y los condicionamientos impuestos a los países periféricos a partir de la deuda externa, significaron una clara supeditación indirecta de las naciones periféricas al capital transnacional, perdiendo su capacidad de autodeterminación. Las IDE, sin embargo, significan el paso de la supeditación indirecta a la subordinación directa de la periferia al capital transnacional.

Las IDE en la periferia no fluyen hacia cualquier país ni tienen un rumbo aleatorio, sino se dirigen básicamente hacia las economías emergentes y de mayor crecimiento en Asia. El cuadro 3 muestra que el ascenso de las IDE en los años noventa se debe sobre todo a las inversiones en Asia, que en 1994 absorbió el 58% de todas las IDE hacia los países periféricos. China, mercado emergente con una potencialidad gigantesca, atrajo la cuarta parte de la totalidad de las IDE hacia la periferia en 1994 (OIT, 1995: 50); y juntos, a principios de los noventa, los tres principales receptores de IDE (China, Singapur y México), casi el 45% (The Economist, 1994). Estas cifras contrastan con el magro flujo de IDE hacia África o el Medio Oriente, que captaron cada uno apenas un 6% de todas las IDE hacia la periferia (véase cuadro 3). La inversión apunta hacía unas naciones periféricas, tendencia que implica la exclusión de muchas otras y hasta de subcontinentes enteros.

Si bien europeos y americanos invierten en Asia y europeos y japoneses en América Latina, hay una clara tendencia a la división de las IDE entre las tres potencias por región. A partir de la fuerte ola de IDE en los noventa, resalta la regionalización al imponerse la hegemonía estadounidense en América Latina, la de Japón en Asia y la de la UE en Europa Central y del Este. En el caso de América Latina, mientras entre 1985 y 1989 únicamente el 40% de las IDE era de origen estadounidense y la mayor parte provino todavía de Europa (54%), entre 1990 y 1995 el 74% de las IDE ya era de EE. UU. y la participación europea se redujo a un 22%. El papel de Japón en este continente ha sido marginal y tiende a reducirse aún más (véase cuadro 5, IRELA 1996: 109). Con este flujo de las IDE hacia regiones cercanas de cada una de las tres potencias, se configuran tres bloques económicos con la hegemonía de uno u otro miembro de la Tríada, como puede verse en el gráfico 4 (World Investment Report (ONU), 1993: 119).


4. América Latina ante los Estados Privados y los Bloques Económicos

Las IDE que fluyen hacia Asia no se caracterizan por el flujo Norte-Sur propio de la inversión en América Latina, sino por la triangulación en el área del Pacífico asiático. Japón no es el principal inversionista en cada uno de los países orientales, pero sí en la región en su conjunto. Así, Taiwán ha predominado en Malasia, Corea del Sur en Indonesia y Hong Kong en China, sin embargo Japón está fuertemente representado en cada uno de ellos. Para la región en su conjunto, Japón tiene el mayor stock de IDE (Margolin, 1994: 93). Las IDE de Oriente a Oriente van en franco ascenso, fortaleciendo la integración en el Pacífico asiático bajo la hegemonía japonesa. De este modo, Japón incrementó su flujo hacia Asia entre 1994 y 1995 de 6,6 a 9,7 mil millones de dólares, un incremento relativo del 47% (OECD, 1995: 130).

Las IDE en Asia se orientan en segundo lugar hacia actividades productivas, y en particular hacia la industria (OIT, 1995: 50s.). La inversión extranjera en la industria en Asia está orientada a la exportación y constituye en este aspecto un complemento de la inversión a partir del ahorro interno en el sector industrial. Ambas inversiones juntas permitieron crecer al sector entre un 10% (Corea del Sur) y un 20% (China) al año. Con este estímulo al sector productivo, la tasa de crecimiento económico en el Pacífico asiático alcanzó niveles históricos, oscilando entre el 7% (Indonesia) y el 11% (China) al año, entre 1993 y 1996 (véase cuadro 4, The Economist 1994-1996). Esta orientación fuerte hacia la inversión productiva desarrolló una nueva locomotora de la economía mundial que acrecentó de manera excepcional sus exportaciones entre 1979 y 1992 a EE. UU. y la UE, más que lo que éstos exportaron hacia los "Tigres", como lo muestra el cuadro 2. La estrategia de Occidente ante Oriente es básicamente defensiva para evitar perder más ventajas competitivas.

La incorporación del Pacífico asiático a la economía mundial se basa en ventajas competitivas obtenidas a partir de la integración. Este proceso tiene su origen en el conflicto Este-Oeste. Los "Tigres", o los también llamados "Dragones del Este" (Hong Kong, Corea del Sur, Taiwán y Singapur), se integraron a la economía mundial gracias a la política del Oeste de fomentar modelos que debían opacar a las vecinas economías con banderas socialistas. Para lograrlo, las grandes potencias, como EE. UU. y Japón, abrieron deliberadamente sus mercados a estas pequeñas naciones. A partir de la apertura, ya desde el decenio de los sesenta estas economías pudieron cambiar sus políticas de sustitución de importaciones por la promoción de exportaciones (Millán, 1992: 31-34).

Al finalizar la Guerra Fría, se cerró cualquier mediación política para que nuevas naciones en el Sur tuviesen tal espacio, y más bien se endureció la posición ante la creciente competencia de los "Tigres. La protección del derecho de propiedad intelectual por medio del GATT a partir de la Ronda de Uruguay, contribuye a impedir el surgimiento de nuevos "Dragones" en el Sur. La integración económica en el Pacífico asiático se debe, al menos en buena parte, a la pérdida del estatus preferencial que gozaban los "Tigres" en razón del progresivo proteccionismo en las economías industrializadas. Se trata de un proceso de integración regional con capacidad de competencia a nivel mundial. Se trata también de un proceso de integración de doble vía, que supone una relativa igualdad entre los Estados miembros. El proceso de integración de los "Tigres" se manifiesta mediante el comercio y por las IDE, que son de doble vía. Los "Tigres", en su conjunto, reciben IDE e invierten en otras regiones del mundo.

La integración en el Pacífico asiático se manifiesta por el progresivo comercio dentro de las fronteras regionales. De este modo, Taiwán realizaba en 1992 el 42% de sus exportaciones y el 47% de sus importaciones en la zona, contra el 30% y el 40% en 1986. El segundo, tercero y cuarto clientes de Japón eran Hong Kong (y entonces China), Taiwán y Corea del Sur; su segundo abastecedor, China (Adda, 1994: 92s.). A partir de esta triangulación financiera y comercial se integra económicamente la región, tendencia que se ha acentuado con el progresivo proteccionismo en el Norte. En los años noventa se han incorporado países con un grado de desarrollo menor, cuya industria se basaba aún en la sustitución de importaciones. Se trata de países con deuda externa, que difícilmente entran en igualdad de condiciones: Indonesia, Filipinas, Malasia y Tailandia. Ya no podemos hablar de integración sino de un nuevo proceso de regionalización.

Esta regionalización sin integración económica es precisamente el proceso que se da en la actualidad en América Latina. La integración económica, en el espíritu del artículo 24 del GATT, estaba concebida como una etapa intermedia a partir de la cual se proyectaba alcanzar el libre comercio mundial. Tales integraciones se concebían por medio de la formación de zonas de libre comercio y de uniones aduaneras. Los procesos de integración que se desarrollaron de este modo (entre ellos se cuentan las diferentes experiencias latinoamericanas), partieron de la idea de que ella sólo era posible entre países cercanos con un nivel similar de desarrollo. En los países desarrollados se da este proceso de integración para la UE. La argumentación de su nacimiento, al igual que en el Pacífico asiático, no fue económica sino de orden estrictamente político. A raíz de las dos conflagraciones mundiales la unión aduanera fue concebida como una prevención de un nuevo conflicto militar en la casa europea (Lennep, 1995: 508). A partir de la UE se construyó en años recientes una nueva "racionalidad" que abarca países de diferente nivel de desarrollo, como son los de Europa Central y del Este, así como los mediterráneos (De la Osa, 1996: 7-12).

Sobre la base del proceso de integración en los diferentes mercados comunes latinoamericanos, no se han podido desarrollar mini-bloques y más bien estos mercados, por su relativa debilidad en un mundo globalizante, han tenido que abrirse a los bloques hegemónicos a partir de la crisis de la deuda externa. En vez de llegar a una racionalidad consolidada a partir de una integración hacia adentro, las políticas de ajuste estructural han obligado a pasar a una racionalidad abierta a costa de la integración interna (CEPAL, 1994). Este proceso ha significado una crisis del proceso de industrialización existente al verse obligados los países a abrir sus mercados a toda clase de productos industriales originarios de los bloques hegemónicos. Para la región actualmente rige la apertura a productos externos y a la inversión extranjera provenientes de los bloques dominantes. La industria, sobre esta base, emerge a partir de las IDE (la maquila). La combinación simultánea de ambos procesos no ha fomentado la inversión productiva interna y con ello tampoco el crecimiento económico, como se puede observar en el cuadro 4.

La incorporación de la periferia en general y de América Latina en particular al proceso de regionalización en el mundo en los años noventa tiene, entonces, una dinámica externa. En los gráficos 5 A y 5 B (IRELA, 1996: 103) observamos cómo, entre 1990 y 1994, América Latina vio crecer su comercio en un 74%. La parte más dinámica, sin embargo, la tuvieron las importaciones al abrirse los países a los productos de las principales potencias. Estas importaciones (básicamente productos industriales) crecieron un 116% durante el período referido, tres veces más que el aumento relativo de las exportaciones (básicamente productos no industriales) que crecieron un 42%. La región perdió de este modo su saldo positivo en la balanza comercial con la Tríada, así como con cada una de las tres superpotencias por separado. EE. UU. ganó una posición hegemónica en el comercio con el continente pasando del 57 al 64%. La UE tuve que ceder campo pasando de casi el 34% al 28% de todo el comercio continental con la Tríada. Japón fue el socio menor, y pasó del 9 al 8% en el mismo período. Este desarrollo de los lazos comerciales fue acompañado por otro en las IDE: la deuda externa generada por una balanza comercial desfavorable se ve compensada por un vertiginoso flujo de las IDE. Entre 1990 y 1994, América Latina recibió inversiones directas por un total de 46.000 millones de dólares, esto es, cuatro veces más que en el período 1985-1989. Mientras en este último período Europa contribuyó todavía con la parte principal de las IDE en la región (54%), en el primer quinquenio de los noventa las inversiones estadounidenses superaron en mucho a las europeas: 74% contra 22% (véase cuadro 6, IRELA, 1996: 109-114).

A partir de 1990, las IDE de EE. UU. en América Latina se han dirigido esencialmente a Brasil y México, cada uno de los cuales ha recibido un tercio del total. Otros receptores de importancia han sido Argentina, Colombia y Chile. Las firmas estadounidenses comenzaron a invertir de forma cuantiosa en México, incluso antes de entrar en vigor el Tratado de Libre Comercio (TLC). En 1994, con 3.500 millones de dólares, Brasil superó a México (3.300 millones) como receptor de IDE de EE. UU. Con esta inversión directa espectacular en Brasil, EE. UU. se sobrepuso a la inversión europea, tradicionalmente fuerte en ese país. En general, EE. UU. ha sido en la década de los noventa la principal fuente de IDE para todas las agrupaciones subregionales (véase cuadro 6). Los flujos de IDE se concentran en unos países. Los flujos hacia los países pequeños suelen ser modestos en términos de volumen, aunque en términos per cápita pueden superar a los grandes. Así, en 1994 afluyó una IDE per cápita de la UE a Uruguay y a Costa Rica, que superó con creces el flujo hacia Brasil que fue el mayor receptor (IRELA, 1996: 37.110). Una tendencia paralela es que, así como los países grandes de la región se abren a los productos y reciben a cambio IDE de las potencias, del mismo modo los países pequeños se abren a los productos de los grandes de la región a cambio de IDE, creándose una cadena. Así como se norteamericaniza la economía mexicana, así tiende a mexicanizarse la economía centroamericana.

Un gran y crónico desequilibrio en la balanza comercial sólo puede mantenerse con un flujo fuerte y estable de capital hacia la región. En el cuadro 7 se puede observar que América Latina recibió entre 1988 y 1994 el 50% de toda la inversión extranjera contra un 35% de Asia. La gran diferencia es que la inversión extranjera en América Latina es menos estable que en Asia, ya que un 75% consiste en inversión de cartera. La inversión extranjera en Asia se compone, en cambio, de un 75% de IDE. Cuando la inversión de cartera es de corto plazo (diferencias de intereses), el flujo de capital es altamente especulativo y puede revertirse de forma muy repentina, como se observó con la crisis mexicana. En 1995 hubo en México una salida neta de capital de cartera de 17 mil millones de dólares. Esta fuga gigantesca fue compensada, en parte, por la inyección de recursos financieros sin precedentes por el propio gobierno de EE. UU. y por agencias multilaterales de crédito. Desde entonces nuevas medidas monetarias procuran frenar la masiva entrada de capital de cartera de corto plazo (reduciendo las tasas de interés en la región). A la vez se fomenta un flujo de capital de largo plazo, y en particular de IDE (véase cuadro 7). La privatización de empresas estatales ocupa aquí un lugar privilegiado.

El espectacular bajonazo de las exportaciones estadounidenses a México en 1995, luego de la crisis del peso mexicano, fue acompañado por un alza aguda de las importaciones, lo que causó oposición al TLC en EE. UU. El proceso de regionalización no se detuvo, no obstante evidenció tener sus riesgos económicos como inversionistas y sus trastornos políticos como vecinos. La IDE y el proceso de regionalización se redefinen y se desligan más aún de las fronteras geográficas. En 1995 se observó un espectacular boom de importaciones en Brasil, tanto de EE. UU. como de la UE, acompañado por una gigantesca ola de IDE. La IDE determina hoy la dinámica de la incorporación a la economía mundial, y la vecindad pierde importancia. A partir de la crisis mexicana la IDE hacia la periferia no disminuyó (pasó de 87 mil millones de dólares en 1994 a 97 mil en 1995), aunque el flujo Norte-Norte aceleró mucho más su ritmo pasando de 128 a 228 mil millones (UNCTAD, 1996). El campo de batalla de las TN se centró, a partir de 1995, otra vez en la propia Tríada, sin abandonar la periferia, pero menos enfocado hacia la formación de regiones.


La causa de la sorpresiva crisis especulativa en el sudeste asiático de 1997 no reside en Asia ni en algunos especuladores sin escrúpulos, sino en la Guerra Económica Mundial que estalló entre las grandes transnacionales por un mercado mundial donde no hay lugar para todos. La crisis monetaria en Asia comenzó algo antes en Hong Kong con un ataque aparentemente aislado contra la moneda tailandesa. Los especuladores bombardearon la moneda de Tailandia. El país estaba alertado para una devaluación por el deterioro de su balanza de pagos. La misma situación se repitió después en Malasia. Cuando estalla la crisis monetaria de estos países, los EE. UU. no ayudaron como lo hicieron a México durante su crisis de 1994-95. La explicación es que a EE. UU. convenía la crisis en ésta región para subordinada al Fondo Monetario Internacional y así poder penetrar EE. UU. sus mercados tan protegidos (Sender, 1997: 69). Sobre este tema regresaremos en el capítulo 5.7.

Capítulo IV
Globalización: la génesis de un mercado mundial de trabajo
Introducción

En una economía de mercado la ciudadanía, o la real pertenencia a determinada nación y los derechos sociales adquiridos, dependen en buena medida del grado de inclusión de la población a las relaciones de mercado. El mayor o menor grado de inclusión en una economía de mercado de una población, depende a su vez del grado en que se generalizó la relación salarial en esa nación. Cuanto más generalizada esta la relación salarial, mayor el grado de inclusión, mayores los derechos de ciudadanos y por ende mayor el grado de legitimación del sistema.

En la era de la globalización, la tendencia a la exclusión de la propia relación salarial no sólo compromete la base objetiva de la ciudadanía sino también la legitimación e identificación con un Estado-Nación determinado y compromete asimismo al sistema capitalista a nivel mundial. Primero analizaremos como la lógica de inclusión progresiva genera derechos y ciudadanía y de este modo una legitimación e identificación con una economía de mercado mediatizada a nivel nacional. Más adelante veremos cómo la globalización genera la internacionalización del mercado de trabajo sobre la base de la exclusión, minando de este modo los derechos adquiridos y con ello la ciudadanía objetiva. Con la mundialización la lógica reproductiva del capital y de la fuerza de trabajo abandonan el plano nacional y con ello la ciudadanía pierde asimismo su carácter nacional. A partir de ello se plantearán las perspectivas de construir una nueva sociedad con ciudadanía-mundo con ética solidaria.


  1. El Estado de Bienestar y la ciudadanía a



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