Los límites de un capitalismo sin ciudadaníA



Descargar 0.96 Mb.
Página3/14
Fecha de conversión26.06.2018
Tamaño0.96 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   14

Capítulo I
Eficiencia versus Bien Común



  1. Economía y Bien Común

La economía de mercado, sin lugar a dudas, ha permitido un grado de desarrollo de las fuerzas productivas sin procedentes en la historia de la humanidad que, en principio, permite generar bienestar para el mundo entero. Vivimos en un periodo de mundialización de la economía de mercado que, sin embargo, conlleva a la vez a la exclusión a nivel planetario. Nos hacemos la pregunta, ¿por qué la globalización y la generalización de la eficiencia conducen a una sociedad que fomenta el estancamiento económico y la exclusión? Aparentemente la economía de mercado sin regulación, a partir de los intereses privados en conflicto sin regulación alguna se aparta, mediante una mano invisible, del Bien Común. ¿Qué es el Bien Común? Si la suma de los intereses privados no constituye el Bien Común, ¿cómo se define entonces éste?


El Bien Común consiste en el hecho de que las personas o los grupos que componen una sociedad tienen intereses que no pueden ser reducidos a la suma de los intereses individuales (Engelhard, 1996: 459).
“Hay algo que es de interés de todos que sobrepasa los intereses privados de cada uno” (Arrow: 1963, tomado de Engelhard, 1996: 456). En principio, el Estado asume el interés común. No obstante, el propio Estado no se escapa al juego de los intereses privados (Engelhard, 1996: 460). Encaminar la economía en función del Bien Común significa necesariamente regulación económica, donde el interés privado no solo se media con el interés de toda la ciudadanía sino en contradicción el interés privado se supedita al interés de la ciudadanía. Esta regulación requiere una gestión política de carácter democrático.

Durante el periodo keynesiano hubo mediación entre interés privado y Bien Común y entre eficiencia y vitalidad, pero en caso de conflicto el interés privado prevaleció sobre el interés de la ciudadanía. La inversión de esta prevalencia conduce a la vitalidad y el Bien Común. Tratase de una racionalidad económica en función de la ciudadanía, donde el interés privado y la eficiencia no se erradican pero si se supeditan al interés de la totalidad. El Bien Común entonces es una racionalidad económica en función de la ciudadanía y con participación democrática de la misma. Cuanto más se alejan la racionalidad económica basada en el interés privado del Bien Común más se resaltará la ética del mercado basado en el interés privado a costa de la ética solidaria basada en la democracia participativa.

Para poder abordar críticamente como el libre juego de mercado en la era de la globalización se aleja del Bien Común, es necesario desarrollar una concepción de la economía que incorpore a la vez la política y la ética. No hay corriente económica que permita con más claridad esta conjugación que la Economia Politica. En la visión actual existe una separación entre ética y la ciencia económica. Con ello las teorías críticas que denuncian la irracionalidad del orden económico actual, al señalar que el rumbo económico se aparta cada vez más del Bien Común, son declaradas fuera del ámbito de la ciencia. Pertenecen al ámbito de la ética, la ideología, la política, etc. En esta autoconcepción la economía deja de ser economía política (aunque en esencia sí lo es), y la economía política deja de ser ciencia.

Ante una visión que establece una segregación entre la economía y la ética se dificulta toda acción contestataria, o al menos se la excluye del debate científico. No siempre ha existido la separación entre la ética y la ciencia económica.


Contrario a las ideas en boga, la ciencia económica surge de un debate moral (Hume, Smith) que más que un asunto teórico era un problema político (Gutiérrez, 1997:18).
En los comienzos del pensamiento liberal, la economía y la economía política, van de la mano. Ocupados de la economía sustantiva a partir de la lógica reproductiva del capital, las dos eran inseparables. La separación se da a partir de los neoclásicos. Para separar la ética de la economía era necesario que el mercado apareciera como producto natural de la historia, como sistema autorreferente y como medio de bienestar general y progreso (Ibid.: 20). El triunfo del formalismo económico sobre la concepción sustantiva de la economía está acompañado de un cambio de relación de la economía con la ética.

La separacion de lo ético y lo político de la ciencia económica nace con el trabajo de Adam Smith, cuando prepara el cambio de la economía sustancial a la economía formal. En su Teoría de los sentimientos morales, Smith (1975) afirma que en el mercado se articulan los intereses particulares de un modo tal como si una mano invisible condujera hacia el bien general (ver Gutiérrez, 1997: 20). Una vez aceptada la argumentación de que una mano invisible articularía los intereses privados hacia el bien general,

... podía prescindirse en el pensamiento económico de todo concepto de necesidades para entrar en el infinito universo de las preferencias y los deseos, pilar del abstracto del determinismo sistémico neoclásico ... Tras Smith, la teoría económica al asumir que el mercado es el medio natural que regula la acción económica, pudo despegarse como ciencia formal, cuantitativa y sistémica, donde desaparece toda consideración ética o moral (Idem).

Tras Smith se abandona la teoría de la reproducción en la economía, y con ello se abandona la economía sustantiva donde se discute la racionalidad económica, y con ello se abandona la economia sustantiva donde donde se discute la racionalidad economica. La economía formal "prescinde de lo substantivo y no ve los problemas de tipo reproductivo o los declara externos" ... El modo como la sociedad reproduce la vida en los marcos de determinadas relaciones sociales de producción no aparece como producto humano sino como realidad exterior (Ibid.: 17.22). A partir de entonces todo cuestionamiento de la racionalidad económica imperante es considerado no-científico, y con ello exterior al debate económico.

Hoy en día el cuestionamiento del modelo neoliberal está avanzando paulatinamente. Hay evidencias crecientes de que la mano invisible no guía la sumatoria de los intereses privados en conflicto hacia el Bien Común. Cada vez más llama la atención la destrucción de la naturaleza, la generalización de la exclusión y la pobreza, evidencias de la negación del Bien Común. Todo ello no significa aún una crisis para el gran capital. Esta crisis solo lo siente cuando están en peligro sus ganancias y este peligro se perfila a partir de la crisis asiática y sobre todo la de Rusia.
El Bien Común se destruye en el grado en que toda acción humana es sometida a un cálculo de utilidad. La violación del Bien Común es el resultado de esa generalización del cálculo de utilidad. (Hinkelammert, 1997: 35).

Cuando se pone en peligro el cálculo de utilidad en el corto plazo inicia una preocupación por la ganancia a más largo plazo. Un cálculo a largo plazo desemboca necesariamente en un análisis de la reproducción. El análisis de la reproducción obliga a su vez a analizar el movimiento del capital en su conjunto, revelando así las contradicciones entre el interés privado y el interés colectivo. La lógica reproductiva permite contraponer la racionalidad regulada con la del libre juego de mercado, mostrando alternativas a favor de la ciudadanía, en función de la vida de seres humanos concretos con necesidades, o sea, a favor de la vitalidad.

La racionalidad económica que se basa en el Bien Común parte de la totalidad y no de los intereses privados. Ella requiere una intervención económica que todavía no implica la abolición del sistema de mercado. La abolición del mercado significa la pérdida de una mediación entre interés privado y Bien Común y rápidamente conduce a una absolutización de plan centralizado como sustituto único del mercado total. Sin pretenderlo se da de este modo el paso de una totalización (la del mercado) a otra (la del plan) cuya formulación en la que no tiene parte la ciudadanía y como consecuencia no suele estar en función de la ciudadanía.

La racionalidad económica que parte del Bien Común requiere una regulación, pero no cualquier tipo de regulación. En estos términos, el keynesianismo fue una regulación entre la eficiencia y la vitalidad en la economía, sin que la eficiencia se subordinara a la vitalidad. En vez de supeditar el interés privado al interés de la colectividad, la regulación keynesiana tenía más bien como pauta dar mayor esperanza de vida a la eficiencia. En la regulación keynesiana la mediación del interés privado con el Bien Común se buscaba conscientemente a fin de lograr una eficiencia a más largo plazo.

Esta regulación keynesiana se agota en los años setenta cuando la eficiencia da muestras de retroceso. A partir de entonces se reinstaura paulatinamente el libre juego de mercado. Las fisuras del neoliberalismo quedan cada vez más a la vista cuando la eficiencia choca con el interés general del capital: la búsqueda de la ganancia a nivel privado mina su realización a nivel de la totalidad, es decir cuando hay pérdida general. Ahí llegará el momento histórico de reivindicar una regulación donde el interés privado se supedite al Bien Común.

2. Trabajo productivo

e improductivo y Bien Común
El mundo globalizado es sometido a una acción mercantil de cálculo lineal medio-fin a ultranza, de maximización de la ganancia a nivel privado con cada vez menos mediaciones. La eficiencia, el trabajo productivo por la forma, se torna el valor supremo. Lo que es eficiente es bueno y necesario, y está por encima de todo cuestionamiento. La eficiencia a nivel privado es necesaria para poder sobrevivir en el mercado, y sobre todo cuando éste se totaliza. La eficiencia se aplica a todos los sectores, no importa el contenido del trabajo que se realiza.

La suma de la creciente eficiencia a nivel privado puede dar como resultado, y en la práctica lo está dando en la era de la globalización, una pérdida de "eficiencia" a nivel de la totalidad. Lo que parece racional visto a partir de intereses privados resulta irracional e "ineficiente" visto a partir de la totalidad, es decir a partir de la ciudadanía en su conjunto. La eficiencia a nivel de la totalidad llamamos vitalidad. La contradicción de una eficiencia a


nivel privado con la pérdida de vitalidad a nivel de la totalidad puede darse en todo momento histórico del capitalismo, pero se da con más claridad cada vez que se invierta mayor capital en sectores improductivos.

Como vimos en la introducción, podemos abordar los conceptos de trabajo productivo e improductivo desde dos ángulos posibles: el de la forma o relación social y el del contenido. Para entender los dos ejes de eficiencia y vitalidad, los conceptos de trabajo productivo e improductivo son básicos. Diferentes autores han abordado el tema a partir de los análisis de Adam Smith y Marx. Podemos citar aquí entre otros a Altvater y Feerkhuizen (1978), Sweezy y Baran (1966), Gough (1978), Fiorito (1974). El análisis de Ian Gough es, en nuestra opinión, el esfuerzo que mejor logra integrar, a partir de los trabajos de Marx en El capital y las Teorías sobre la plusvalía, la conceptualización del trabajo productivo por su contenido y forma en combinación.

El trabajo productivo desde el punto de vista del contenido hace abstracción de la relación social vigente, esencial en cualquier estudio comparativo de las sociedades. Trabajo productivo, en abstracto, es aquel trabajo que crea riqueza material o espiritual. Por su contenido el trabajo productivo no genera solamente riqueza tangible sino también servicios que satisfacen necesidades. En éste contexto el turismo y los espectáculos son tan productivos como la agricultura y la industria.

El trabajo productivo específico del modo de producción capitalista es el trabajo que produce plusvalía (Gough, 1978: 79s.). Para Marx, el concepto de trabajo productivo era históricamente un concepto específico, y por esta razón era necesario distinguir el trabajo productivo bajo el capitalismo del trabajo productivo en general.

Toda producción humana se enmarca dentro de relaciones sociales. En una economía de mercado, éstas adquieren una expresión monetaria. Entre las relaciones monetarias podemos distinguir las mercantiles y las no-mercantiles. Las relaciones capitalistas son relaciones mercantiles, aunque son más que ellas. No toda producción, no obstante, se distribuye como mercancía, ya que hay una distribución no mercantil (vía el Estado). Este producto monetarizado y distribuido en forma no mercantil (vía impuestos por ejemplo), se contabiliza a nivel nacional. Existe, por ende, una producción no monetarizada, la de autoconsumo. Esta producción no es mercantil ni monetaria. La producción casera para consumo propio es un buen ejemplo.

Las relaciones capitalistas suponen relaciones mercantiles para su funcionamiento, pero no son idénticas a ellas, con lo cual varía también el significado social del trabajo productivo. Desde el punto de vista de una economía mercantil, productivo es aquel trabajo que crea valores de uso que encuentran su equivalente en el mercado, es decir, su valor de cambio. Aquí se excluyen, entonces, aquellos valores de uso que al destinarse al autoconsumo no se transforman en mercancías, como suele ser el caso del trabajo doméstico. Dentro del marco de las relaciones capitalistas, el trabajo productivo se estrecha aún más al reducirse de manera exclusiva a aquel trabajo asalariado que produce ganancia para el capital.

Tenemos la situación de que un mismo trabajo productivo, por su contenido, puede ser productivo o improductivo por su forma, según la relación social vigente. Una mujer que trabaja como asalariada en una fábrica para hacer un producto (comida, vestidos, etc.) es productiva desde todos los ángulos. Si lo hace, no obstante, como asalariada del Estado ya no sería productiva para el capital. Por más que la actividad se contabilice se le ve come costo. De ahí la visión de la ineficiencia del Estado, pese a la eficacia que eventualmente caracteriza una determinada actividad productiva del Estado. Si observamos las cosas por la economía del mercado, aquella señora que vende su propio producto por cuenta propia en la calle es productiva, sin embargo no lo es desde la óptica del capital. Este trabajo de venta hace que el producto se distribuya de forma mercantil y pueda generar incluso alguna ganancia, pero no por ello es todavía productivo para el capital. Si la misma señora hace éste producto para el consumo familiar, su trabajo no se contabiliza. Ella deja de ser productiva desde cualquier ángulo monetario. Su trabajo no es tomado en cuenta al escapar
por completo a la contabilidad social. Por más que el trabajo doméstico apunte, desde la óptica reproductiva, a la vitalidad. Y por más productivo sea por su contenido, educar hijos, cocinar y coser en casa para consumo familiar, desde la óptica de la economía monetaria es trabajo improductivo.

La riqueza social, a partir de las relaciones monetarias, se limita a lo contable, y todo lo que no es contable no figura como riqueza. De este modo, la naturaleza y el trabajo doméstico, y con ello una parte nada despreciable de la riqueza social existente cuando se vean las cosas por el contenido, es decir desde la óptica de la totalidad, no se contabilizan. Este hecho constituye el fundamento del desprecio por el trabajo no pagado y de la despreocupación por el medio ambiente. El trabajo doméstico apunta a la reproducción de la vida misma y con ello contribuye a la vitalidad del sistema. Desde la óptica del capital es trabajo improductivo que no se toma en cuenta en la contabilidad social. Son los estudios que analizan la lógica reproductiva del capital con la de la fuerza de trabajo - donde se destaca la menor capacidad de reemplazo de la misma en relación con el ingreso de la mujer al mercado de trabajo-, los que arrojan más luz sobre el lugar del trabajo no pagado (Harrison, 1974; Dierckxsens, 1979; Singer 1980).

Otro tanto sucede con la riqueza no producida. La naturaleza, desde el punto de vista del contenido es riqueza, pero desde la óptica de la forma no lo es. En tanto no se contabilizan los recursos naturales esta riqueza no cuenta y en términos económicos ni existe. En palabras de Leff (1986: 38):

Hasta épocas recientes, la relativa abundancia de recursos con respecto a los requerimientos de la acumulación capitalista había encubierto la importancia del proceso de reproducción ecológica y de la productividad primaria de los ecosistemas en el proceso de reproducción del capital.

Cuando se compara el trabajo productivo con el improductivo por su forma o por su contenido; no necesariamente el punto de vista de uno coincide con el del otro. Pero dado que las relaciones sociales dominantes nos son presentadas como relaciones naturales, esto es "eternas", el concepto de trabajo productivo, visto por la forma dominante, se nos aparece, en términos de Gough (1978: 78), como un concepto "absoluto". Esto implica que para los neoclásicos el trabajo productivo aparece como forma y contenido a la vez.

Bajo este ángulo cuesta detectar por qué una eficiencia mayor en los sectores improductivos conlleva a crecientes inversiones improductivas y, por ende, al estancamiento y exclusión progresivos. Una eficiencia al extremo a partir de intereses privados compitiendo con agresividad ascendente, tiende de este modo a apartarse cada vez más del Bien Común, o sea, conduce al Mal Común. Cuando los intereses privados y las leyes de mercado llevados al extremo van en contra de la ciudadanía e incluso amenazan a la ganancia, es decir la misma eficiencia podemos hablar de Mal Común. En esa situación hasta el capital no encuentra salida. Esto es precisamente lo que sucede con la economía neo liberal a ultranza.


Tenemos que empresas especializadas en trabajos improductivos por su contenido (como las apuestas a la bolsa de valores, la especulación con monedas o con bienes raíces, etc.), muy lucra tivos por la forma, se nos presentan como trabajo productivo. Como dicen Alvater y Feerkhuizen (1978: 8):
Todo trabajo que, dentro del sistema de producción burgués, permite el mantenimiento o acrecentamiento de su base, el capital, puede ser llamado productivo, mientras que todo trabajo que no es necesario en el marco del sistema de producción burgués puede ser llamado improductivo... El resultado es que en el cálculo de la renta nacional... todas las rentas de la economía nacional se consideran como elementos del "gran pastel", del producto social.
En la perspectiva neoclásica se cuentan por igual los frutos la producción como los de la redistribución. Esto noslleva a identificación necesaria del trabajo improductivo visto desde el punto de vista del contenido. Las relaciones mercantiles y monetarias son relaciones sociales que constituyen una base fundamental para el funcionamiento capitalismo. No obstante, estas relaciones mercantiles y monetarias en sí mismas, y el trabajo que implican, no crean riqueza.
El proceso de circulación es solamente una fase del conjunto del proceso de reproducción. Pero a lo largo del proceso de circulación no se produce ningún valor y por lo tanto ninguna plusvalía
(Cough, 1978: 87).
La distinción entre producción y comercialización no sie resulta nítida en la actividad diaria, pero la comercialización refiere a la transferencia formal de productos. La principal rencia entre producción y circulación o realización.
... se sitúa entre las actividades necesarias a la producción en general y las actividades particulares a la producción mercantil (Marx, citado en Ibid.: 88).
Así, el trabajo relacionado con el transporte es un trabajo traspaso en el espacio que no depende de la relación mercantil y por tanto, se refiere a la producción en general. Se trata de contenido y no de forma. En contraste, el acto de compra y venta de, por ejemplo, una acción o un inmueble y toda la actividad notarial que implique, es un traspaso formal que no incrementa la riqueza ni en un átomo por más veces que se traspase ese inmueble o esa acción en un período determinado. Este último traspaso podrá representar ganancias jugosas para el intermediario pero, a nivel social global, no habrá incremento de la riqueza sino una redistribución de la ya existente. Para la empresa privada podrá ser más productivo obtener sus ganancias en la esfera financiera que en la productiva, y de esta forma acrecentar su capital individual. Sin embargo, viendo las cosas a nivel de la totalidad, el refugio progresivo del capital en la esfera improductiva no contribuye a acrecentar la riqueza.

El capital mercantil, el capital bancario o el capital del seguro sólo pueden llegar a obtener una tasa de beneficio merced a complejos procesos de reparto que transfieren una parte de la plusvalía en su beneficio (Altvater y Feerkhuizen, 1978: 36s.).

Estos procesos de reparto, en vez de dar estímulo a la economía, reducen la tasa de acumulación (Ibid.: 40). Una inversión progresiva en esta esfera puede conducir a un estancamiento económico o incluso a una contracción económica. Por ello, en momentos de inversión improductiva progresiva resulta claro el distanciamiento entre el interés privado sumado y el interés general del capital.

Desde el punto de vista del capital individual, es productivo todo aquel trabajo que origine ganancia, sin importar en realidad la clase de trabajo que sea. El seguro contra incendios no es sino una redistribución o socialización de pérdidas a nivel social global a partir de los ingresos obtenidos mediante el pago de primas. A nivel del capital individual activo en esta esfera, podrá ser una fuente de ganancia que oscila por encima de la media; no obstante, visto por el contenido, o sea a nivel de la sociedad en su conjunto, tenemos aquí una mera redistribución de pérdidas. Esta redistribución, sin embargo, es útil para evitar una desarticulación de la actividad económica. De este modo contribuye indirectamente a una reproducción ampliada no perturbada. Esta actividad contribuye al Bien Común, pero ello no quita su carácter improductivo (ver, ibid.: 7).

En momentos de una crisis económica profunda, cuando el comercio de bienes y servicios, y de manera particular el comercio de dinero, comienzan a tener una vida propia y a separarse relativamente de la esfera productiva mediante la especulación, se destaca cada vez con más claridad lo estéril que es esa actividad para el crecimiento económico. La especulación estimula la concentración de la riqueza ya existente. En vez de fomentar (de forma indirecta) la reproducción ampliada, más bien la estanca, originando un proceso de exclusión progresivo. Esta reproducción limitada se manifiesta por tasas de crecimiento económico decrecientes, y hasta negativas, y tasas de desempleo y de explotación ascendentes. Estas manifestaciones son justamente la señal de que la culminación de la eficiencia a nivel particular sea la negación del Bien Común.


  1. La reproducción

y el concepto de vitalidad
Una vez introducido el concepto de trabajo productivo-improductivo, entremos a la lógica re-productiva que nos permite entender mejor el concepto de vitalidad. Si aceptamos que el trabajo relacionado con la forma social es considerado, por su contenido, improductivo en cualquier sociedad, lo es tanto el trabajo vivo como el materializado. El trabajo materializado en edificios, equipos o materiales, producidos en un ciclo determinado y destinados en ciclos posteriores a esferas improductivas corno comercio o las finanzas, es riqueza consumida de manera improductiva. Es riqueza extraída a la esfera de la producción e invertida en la esfera de la circulación, esto es, en la relación social inherente a ese modo de producción.

La visión neoclásica y más aún la neoliberal, al considerar que las relaciones de mercado son relaciones naturales, absolutas, eternas, pueden confundir esta forma social con el contenido, viendo el trabajo productivo como el que genera ganancia al capital, aunque no origine valor de uso o riqueza alguna. En términos de Altvater y Feerkhuizen,


... todo trabajo que, dentro del sistema de producción burgués, permite el mantenimiento o acrecentamiento de su base, el capi- tal, puede ser llamado productivo, mientras que todo trabajo que no es necesario en el marco del sistema de producción burgués puede ser llamado improductivo (Ibid.: 6s.).
Un trabajo materializado se clasifica, aparentemente, como productivo o improductivo según el destino que se le dé: si va para la circulación de improductivo. Esta clasificación parece arbitraria. Esta arbitrariedad desaparece cuando analizamos las cosas en el contexto reproductivo. Los productos materiales generados en un ciclo determinado del capital, son portadores de valor y plusvalía que se realizan en la venta de los mismos. Los productos generados durante este ciclo incrementan la riqueza social existente. Aquella parte consumida de manera improductiva en el siguiente ciclo, al destinarse a edificios y equipo en la esfera de la circulación, aparece en ese segundo como riqueza destinada a fines no productivos. En tanto que esta inversión improductiva permite la mejor circulación de mercancías, más veloz será la siguiente producción de plusvalía, por lo que indirectamente contribuye al crecimiento económico.

Al ser la esfera de la circulación funcional a la esfera productiva, ambas aparecen ante los ojos de la economía neoclásica igualmente "productivas" y no importa distinguir su contenido. El resultado es bien conocido, afirma Altvater:


En el cálculo de la renta nacional no es ya posible distinguir el punto de vista de la producción de valor y el de su consumo; todas las rentas de la economía nacional se consideran como elementos del "gran pastel" del producto social (Ibid.: 8).

A partir de esta apreciación, Kozlik (1968: 178s.) concluye:


El trabajo produce valores. La repartición de los valores determina el ingreso. El ingreso sólo es posible porque el trabajo crea valores que se reparten.
Sin embargo, continúa el autor:

Para la conciencia burguesa este hecho se presenta invertido: es el ingreso el que crea valores. Quien alcanza un ingreso comprueba con ello que ha creado valores, de los cuales el ingreso es sólo una recompensa.


Por esta razón, finaliza Kozlik, se da la situación de que:
Especuladores y corredores se presentan como miembros útiles de la sociedad y merecedores de mayor consideración que los obreros (Ibid.: 178).

De este modo tenemos que un trabajo que atenta contra la vitalidad del sistema, es decir que afecta negativamente sus condiciones de reproduccion desde la óptica de la totalidad, es visto con ojos neoclásicos como más productivo y más distinguido que el propio trabajo que permite la subsistencia diaria de toda la ciudadanía.

Cuando el autor continúa analizando el caso de la especulación afirma que estas inversiones improductivas restan no solamente en forma directa fuerza al crecimiento económico, sino también indirectamente. Al influir negativamente en la distribución de la renta, los ingresos más bajos reducen la demanda que no se compensa con la alza de las rentas más altas, al destinar los mayores ingresos una parte progresiva a la esfera especulativa. Al bajar así la demanda global, se frena la inversión productiva y por ende el crecimiento.

Los beneficios de cotización dan derecho a una parte del ingreso nacional producido, independientemente de su origen. Reducen la parte correspondiente a los salarios en la repartición del ingreso nacional... Los beneficios de cotización no pueden afectar en nada al ingreso nacional real... Por esta razón, todo uso de poder de compra artificial reduce necesariamente el poder de compra del resto de ingreso distribuido... Cuando el alza de las cotizaciones es mayor que el resto de los precios, aumenta la parte del producto de la que disponen los accionistas y disminuye la que corresponde al resto de la población ... Todo esto, sin embargo, no merece la atención de quienes llevan a cabo el cálculo del ingreso nacional (Ibid.: 181s.).





  1. Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   14


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal