Los gases nobles



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La nueva columna


Si el argón tenía que ser aceptado, debía encontrarse alguna clase de evidencia adicional que pudiera consolidar su posición movible en la tabla periódica. La evidencia surgió del hecho de que si la tabla periódica debía tener una valuación real, el argón no podía existir como el único gas de valencia cero. Tenía que haber toda una familia de tales gases.

Mendeléiev había ordenado la tabla periódica en filas y columnas de tal modo que elementos con la misma valencia (y, además, con propiedades muy similares) coincidían en las mismas columnas. La tabla 6 presenta las columnas a las que pertenecen los elementos de valencia 1 y 2, e incluye debajo del nombre de cada elemento su peso atómico aproximado.



Tabla 6. Porción de la tabla periódica (descrita en 1890)

Valencia 2

Valencia 1

Valencia 1

Valencia 2




Hidrógeno
1,0

Litio
6,9

Berilio
9,0

Oxígeno
16,0

Flúor
19,0

Sodio
23,0

Magnesio
24,3

Azufre
32,1

Cloro
35,5

Potasio
39,1

Calcio
40,1

Selenio
79,0

Bromo
79,9

Rubidio
85,5

Estroncio
87,6

Telurio
127,6

Yodo
126,9

Cesio
132,9

Bario
137,3

Debemos destacar que en la tabla 6 el yodo tiene un peso atómico inferior al del telurio. Éste es uno de los casos en que Mendeléiev alteró el orden del peso atómico. Lo hizo para así poder colocar el telurio debajo del muy similar selenio, y el yodo debajo del muy similar bromo: la similitud, en ambos casos, incluye no sólo la valencia, sino otras muchas propiedades.

Supongamos ahora que se acepta la sugerencia de Rayleigh-Ramsay y que el argón es colocado en la posición entre el cloro y el potasio. La porción de la tabla periódica sometida a discusión aparecería como en la tabla 7.



Tabla 7. Porción de la tabla periódica (definida en 1894)

Valencia 2

Valencia 1

Valencia 0

Valencia 1

Valencia 2




Hidrógeno
1,0




Litio
6,9

Berilio
9,0

Oxígeno
16,0

Flúor
19,0




Sodio
23,0

Magnesio
24,3

Azufre
32,1

Cloro
35,5

Argón
40,0

Potasio
39,1

Calcio
40,1

Selenio
79,0

Bromo
79,9




Rubidio
85,5

Estroncio
87,6

Telurio
127,6

Yodo
126,9




Cesio
132,9

Bario
137,3

Pero si el argón existe entre el cloro y el potasio, entonces debe representar a toda una familia de tales elementos, y se requiere una nueva columna. Tendría que haber un gas noble entre el hidrógeno y el litio, otro entre el flúor y el sodio, y así sucesivamente. Podemos numerarlos del modo siguiente:

Gas noble

Entre

1

Hidrógeno y Litio

2

Flúor y Sodio

3

Cloro y Potasio

4

Bromo y Rubidio

5

Yodo y Cesio

El propio argón es el gas noble 3; ahora podemos ver por qué la investigación tenía que empezar la búsqueda de los otros gases nobles. Si no podía ser hallado, ninguno de esos otros gases, entonces parecería dudoso que el argón pudiera existir en su puesto sólo por sí mismo. En tal caso, resultaría evidente que había algo equivocado en las conclusiones de Rayleigh-Ramsay. No obstante, si se descubrían los otros gases nobles y si sus pesos atómicos permitían su inserción en los lugares adecuados de la tabla periódica, entonces la conclusión de Rayleigh-Ramsay con respecto al argón quedaría plenamente establecida.

Rayleigh, que en realidad era un físico, sintió el impulso de su propia ciencia y ya no deseó permanecer por más tiempo en los dominios ajenos de la química. Por consiguiente, correspondió a Ramsay seguir adelante.

Ramsay estaba atento a todas las referencias que se publicaran sobre cualquier gas que tuviese raras o sospechosas propiedades, y de inmediato se sintió interesado cuando se encontró con el informe de Hillebrand expuesto cuatro años antes (véase pág. 13). Al parecer, el nitrógeno era absorbido por el mineral de uranio, uranita, pero la prueba espectroscópica presentaba un interrogante. Estaban presente líneas inexplicables.

Seguramente se trataba de algo que había que investigar más a fondo. No disponía de uranita, pero Ramsay fue capaz de obtener algo de «cleveíta», un mineral muy parecido.

Obtuvo el gas, tal como había procedido Hillebrand; cuando Ramsay estudió su espectro, también encontró líneas que indiscutiblemente no eran las del nitrógeno. Además, tampoco eran las líneas del argón.

Algo acerca de líneas desconocidas acudió a la memoria de Ramsay. En marzo de 1895, encontró el antiguo informe dado por Lockyer (véase pág. 12) y se convenció a sí mismo de que la línea espectral del gas que había obtenido de la cleveíta era la línea de Janssen-Lockyer hallada en el espectro solar. Ramsay consultó a Crookes, el descubridor del talio (véase pág. 11) y experto en análisis espectroscópicos. Crookes estuvo de acuerdo con la conclusión de Ramsay.

Resultó evidente que el «helio» de Lockyer, el elemento del Sol, existía, al fin y al cabo, en la Tierra. En honor de Lockyer, Ramsay conservó el nombre, aunque hubiese podido sin discusión adoptar el nuevo nombre que más le acomodase. Hillebrand le escribió a Ramsay, reconociendo su propio error al no continuar con las líneas misteriosas. Generosamente le cedió a Ramsay el crédito total del descubrimiento. Las propiedades del helio parecían indicar que, al igual que el argón, era un gas noble, ya que no reaccionaba con otros elementos y estaba constituido por átomos individuales (Por cierto, todos los gases nobles son monoatómicos). Para determinar qué gas noble era, tan sólo se necesitaba conocer su peso atómico. Por la densidad del helio, resultaba fácil comprobar que su peso atómico era aproximadamente de 4. En consecuencia, era claramente el «gas noble 1», y pertenecía al espacio entre el hidrógeno y el litio.



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