Los gases nobles



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Neón


Puesto que los demás gases nobles también son inertes, podrían ser empleados en vez del argón, si no fuera porque ningún otro gas noble resulta tan barato como el argón. El neón, por ejemplo, es casi quinientas veces más caro que el argón. No obstante, el neón y los demás gases nobles tienen sus usos, aunque más restringidos.

Cuando se hace pasar una corriente eléctrica a través de un tubo que contenga una cantidad de gas o vapor a baja presión, la temperatura del gas o vapor se eleva hasta el punto en que emite luz del color particular de sus líneas espectrales. El resultado es una lámpara de vapor.

La primera que se empleó fue la lámpara de vapor de mercurio, inventada en 1901. Emite una luz brillante, matizada de verde azulado, lo cual resultaba muy útil en las fábricas en la época en que las bombillas eléctricas corrientes aún se mantenían empañadas. Sin embargo, virtualmente no hay líneas rojas en el espectro del mercurio, lo que significa que los objetos rojos no se reflejan. Los labios aparecen negros a la luz de la lámpara de vapor de mercurio, el cutis aparece jaspeado, y el aspecto generalmente desagradable del rostro y la piel humanos hacen que la lámpara de vapor de mercurio no se utilice en el hogar.

La lámpara de vapor de sodio produce una luz de color amarillo brillante, la cual también la hace inadecuada en el hogar. No obstante, la luz amarilla resulta particularmente visible en condiciones de niebla y brumas; en consecuencia, este tipo de lámparas se emplea con frecuencia para iluminar carreteras.

Se descubrió pronto que los gases nobles brillaban con gran belleza cuando se empleaban en lámparas de vapor. El neón, particularmente, producía un destello rojo brillante. Cuando Ramsay y Travers estaban preparándose para estudiar su espectro, su característico destello les indicó de inmediato que se había presentado un nuevo elemento.

El químico francés Georges Claude (1870-1960) trabajaba con lámparas de vapor de neón; desde 1927, fue capaz de producirlas en cantidad. Las lámparas de vapor que contenían una variedad de diferentes gases o mezclas de gas, podían ser fabricadas en formas atractivas, o en letras que componen palabras (habitualmente llevan un mensaje publicitario). Tan destacado era el color rojo de esas lámparas de vapor que contenían neón que todas ellas tanto si realmente eran de neón como si no lo eran, se llamaron definitivamente lámparas de neón.

Una pequeña y deslustrada versión de la luz de neón es la lámpara incandescente de neón, que consiste en una pequeña bombilla o tubo que contiene electrodos en una atmósfera de neón. La electricidad es impulsada a través del neón, dando lugar a que produzca un resplandor rojo. Se requiere poca electricidad para este propósito, y la lámpara no está realmente proyectada para iluminación, sino tan sólo como señal: para señalar la situación de un interruptor o como indicador de que algún circuito eléctrico está en funcionamiento (o, tal vez, de que no lo está).

Las lámparas o tubos de neón tampoco eran apropiadas para ser empleadas en el hogar. Para la iluminación cotidiana, se necesitaba luz blanca, y la adecuada lámpara de vapor no fue fabricada hasta la década de los cuarenta. Cuando se consiguió fue por medio de la lámpara de vapor de mercurio.

Una lámpara de vapor de mercurio desprende una cierta cantidad de luz ultravioleta. Puesto que la luz ultravioleta no pasa a través del cristal corriente, la lámpara de vapor no ofrece peligro (Si se emplea cuarzo, la luz ultravioleta pasa a través de él, y el resultado es la «lámpara solar», y con la cual la gente puede lograr un bronceado o beneficiarse de cualquier uso terapéutico de la luz ultravioleta; aunque en estos casos es necesario tomar las debidas precauciones contra las quemaduras solares y las lesiones oculares).

Si la superficie interior de la lámpara de vapor de mercurio se reviste con una sustancia fluorescente, brillará con una luz blanca cuando esté expuesta a la ultravioleta. La luz blanca atravesará el cristal, y así tenemos la luz fluorescente. Las luces fluorescentes son más blancas que las bombillas corrientes, más brillantes para un mismo consumo de energía, más frías, y duran más tiempo. Desde la Segunda Guerra Mundial, los tubos de luz fluorescente han sustituido de manera progresiva a las bombillas corrientes.

Las luces fluorescentes requieren un dispositivo de arranque; algo que actúe calentando los electrodos y ponga en marcha la corriente eléctrica que circule a través del vapor. Un dispositivo común de arranque es una bombilla incandescente de argón.

El neón es empleado en varios dispositivos que han comenzado a emplearse sólo en fecha reciente.

En 1957, la cámara de centelleo fue introducida para la detección de partículas subatómicas, y demostró ser más eficaz para muchos usos que los anteriores aparatos de detección. La cámara de centelleo consiste en placas de metal convenientemente espaciadas, con placas alternas con una gran carga de electricidad, de modo que una descarga eléctrica se halla dispuesta para ser lanzada. Cuando una partícula subatómica pasa velozmente a través de la cámara, las descargas se desprenden en los puntos donde golpea la placa. Entre las placas de esta cámara se emplea un gas inerte, por lo general, neón o bien argón.

Todavía más excitante es el láser. Este aparato produce un haz de luz intensamente energética, sus rayos pueden mantenerse concentrados y tienen una sola longitud de onda. Ninguna luz de esta clase había sido producida nunca por el hombre ni (hasta donde sabemos hoy día) por la Naturaleza antes de 1960, cuando el físico norteamericano Theodore Harold Maiman (nacido en 1927) produjo el primer láser.

Este primer láser tenía como clave esencial un cristal de rubí sintético. El cristal era cargado primero con energía, la cual era entonces liberada en forma de un fogonazo muy breve de intensa luz roja. Por consiguiente, el primer láser era intermitente.

Se trabajó con ahínco para producir láseres continuos, y el rubí se sustituyó por tubos de gas. Los gases láser así conseguidos, a últimos de 1960, eran continuos. Los gases empleados en estos láseres incluían todos los gases nobles estables, solos o en combinación. El primer gas láser, producido por un físico iraní, Alí Javan (nacido en 1926), que trabajaba en los «Laboratorios Bell Telephone», empleó una mezcla de neón y helio. Esta variedad continúa siendo la más importante.




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