Lo que Maisie sabía



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LO QUE MAISIE SABÍA

HENRY JAMES



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PREFACIO DEL AUTOR*
Encuentro de nuevo, en el primero de estos tres Relatos, otro ejemplo más del crecimiento de un «gran roble» a partir de una minúscula bellota; pues Lo que Maisie sabía es cuando menos el caso de un árbol que se desarrolla por encima de cualquier previsión que su pequeña simiente hubiese podido parecer autorizar en un primer examen. Me había sido narrado casualmente el modo en que la situación del infortunado pequeño vástago de un matrimonio divorciado había sido afectada, bajo la mirada de mi informante, por el nuevo casamiento de uno de sus progenitores (cuál de ellos, no lo recuerdo); de manera que, a causa del poco entusiasmo por la compañía de la pequeña criatura expresado por el nuevo cónyuge de dicho progenitor, no podía ser llevada a término con facilidad la ley que regía su infantil existencia, consistente en que debía vivir alternativamente una temporada con su padre y otra con su madre. Aun cuando en un principio cada miembro de la desunida pareja había deseado vengativamente impe­dirle a su retoño cualquier relación con el otro, ahora el progenitor nueva­mente desposado buscaba más bien desembarazarse de él: es decir, dejarlo tanto como fuera posible, y excediéndose de las fechas y plazos estipulados, al cargo del adversario; incumplimiento éste que, tomado por el adversario como prueba de mala intención, naturalmente era compensado y vengado mediante una perfidia equivalente. El desdichado infante se había encon­trado, así, prácticamente repudiado, rebotando de raqueta a raqueta cual una pelota de tenis o un volante. Este pequeño personaje no podía menos que incidir hasta lo más profundo sobre la sensibilidad y aparecérsele a quien esto escribe como punto de partida de una narración: una narración que demandaba una buena dosis de desarrollos. Recuerdo, empero, que pron­tamente se me ocurrió que en aras de una adecuada simetría haría falta que el otro progenitor volviera a casarse también, tal como de hecho terminaría probablemente ocurriendo en el caso que me había sido narrado, y tal como en cualquier caso lo exigía una presentación ideal de la situación. El segundo nuevo cónyuge no tendría sino que sentirse análogamente molesto ante las obligaciones contraídas hacia un descendiente engendrado por un odiado predecesor para que la desventura de la menuda víctima acabara siendo por completo modélica. El asunto iba a resultar por consiguiente bastante sombrío, y sin embargo no estoy seguro de que sus posibilidades de interés me hubiesen atraído tanto de no haber sentido yo enseguida que aquellos desagradables hechos, así concebidos o expuestos, no constituían en modo alguno la fuente exclusiva de atracción.

La lámpara de una imaginación tocada por ellos no pudo así evitar proyectar una ulterior luz, gracias a la cual se hizo curiosamente evidente que, no menos que la posibilidad de horrores y de una degradación, la posibilidad de felicidades y de una elevación podía estar aguardando aquí al vástago, todo alrededor del cual la complejidad de la vida daría de esa forma frutos de depuración, de enriquecimiento... y de hecho no tendría sino que darlos para que la pequeña criatura resultara impregnada de desenvolvimiento y autoafirmación. Incluso cuando aún no estaban estruc­turados de manera nítida, estos ingredientes despedían ese vago brillo pictórico que al sentir del pintor constituye la primera promesa de un «tema» lleno de vida; mas tal resplandor se hizo intenso conforme procedí a un análisis más minucioso. Un análisis más minucioso resulta ser casi siempre a este respecto la antorcha del éxtasis y de la victoria cuando la firme mano del artista lo encara y lleva a cabo (me refiero, obviamente, a un éxtasis soterrado y a una victoria oculta, disfrutados y celebrados no por las calles, sino ante algún altar escondido en las profundidades), siendo las probabili­dades de cien contra uno a que, en casi cualquier tema, mediante un ligero examen preliminar nunca se llega a las esencias de mayor valía. Ése era el encanto, perceptiblemente, del cuadro que borrosamente así asomaba en los comienzos: que aquellos ingredientes no tenían más remedio que hallarse rebosantes, hasta el mismísimo borde, de algún nivel más profundo de ironía que el que a primera vista era factible advertir. Aquél acechaba dentro del esquema en bruto a modo de un husmillo vagamente perceptible; cuanto más se cernía la atención, más se percataba ésta de aquella fragancia. A lo cual puedo agregar que cuanto más rascaba yo en la superficie y penetraba, más manifiesta, para el olfato intelectual, se volvía esta cualidad. Al final, y de resultas, las esencias, como las he denominado, salieron a la superficie, me hallé en presencia de la dramática ascua incandescente que alumbraba en el fondo de mi visión y que, al soplar yo suavemente sobre ella, llameó alta y clara. Esta preciosa partícula era la esencia irónica plena, el punto más interesante contenido en la situación del pequeño retoño. Para que ésta resultare intelectualmente satisfactoria, dicho de otro modo, aquella menu­da conciencia en proceso de desarrollo debía salvarse, debía volverse acep­table como registro de impresiones; y debía salvarse mediante su vivencia de ciertos privilegios, mediante el aprovechamiento de ciertas ventajas y la adquisición de cierta desenvoltura, más bien que embrutecerse, difuminarse, esterilizarse a causa del rechazo y del dolor. Tal estadio superior, en el joven ser, se alcanzaría con el ejercicio de una función distinta de la de perturbar el egoísmo de sus padres, que era todo cuanto a primera vista le había parecido reservado a guisa de reproche por su ruptura. Las primitivas relaciones darían paso a otras posteriores: en lugar de simplemente someterse al nuevo lazo heredado y a la complicación impuesta, y en lugar de dedicarse a padecerlos, nuestro pequeño aficionado a las cavilaciones habría de crear, sin proponérselo, elementos nuevos a partir de este estado de cosas: contri­buiría, o sea, a la formación de otro ulterior lazo del cual pasaría entonces (y exactamente como si hubiese sido fruto de una infantil perspicacia demoníaca) a extraer gran provecho.

Con lo cual no se quiere decir sino que la luz gracias a la cual creció tan de buena gana mi concepción hasta alcanzar la madurez fue la de un segundo casamiento por ambos lados: para que el asunto comenzara, como poco, a sostenerse satisfactoriamente por sí mismo, sólo era menester que el padre, con la libertad del divorcio, tomara otra esposa, así como la madre, bajo pareja licencia, otro marido. Así se establecería un esquema perfecto para lo que sobreviniere posteriormente: incluso para lo que sobreviniere posterior­mente con tan sólo atribuirle una cierta sensibilidad (aunque más no fuera que una mera finura relativa) a cada uno de los nuevos compañeros. ¿Y si hiciésemos que el motivo básico del definitivo intento de desembarazarse por una u otra de las partes, y mejor aún si por ambas, del leal cumplimiento de las obligaciones estipuladas fuese, pensándolo bien, en los dos progeni­tores, una incapacidad crónica para cualquier obligación, y una infame intolerancia hacia las mismas? De ese modo tendríamos una causa que no precisaría, sino que felizmente nos dispensaría, de la existencia de una perversidad demasiado marcada en la personalidad de ambos padrastros. El infante visto como creador, mediante el mero factor de su abandono, de una relación entre sus dos padrastros, cuanto más íntima mejor, dramática­mente hablando; el infante, mediante el mero reclamo de su desamparo y la mera conciencia de su alivio, tejiendo alrededor suyo, con la mejor de las intenciones, la espesa telaraña del fingimiento; el infante convirtiéndose en centro y pretexto para una nueva modalidad de mal proceder, una modali­dad, además, de una índole propensa a esparcirse y ramificarse; ahí estaría la ironía «plena», el prometedor tema donde con entera lógica habría de florecer la intimación que yo había recogido en los inicios. Ningún tema resulta más humano que aquéllos que nos ofrecen un reflejo ––extraído de la confusión de la vida–– de lo íntimamente relacionados que se hallan lo dichoso y lo siniestro, las cosas que exaltan y las cosas que hieren, sosteniendo así perpetuamente ante nuestra mirada esa dura medalla brillante, fabricada de una aleación tan extraña, una de cuyas caras está constituida por la alegría y el consuelo de alguien y la otra por el dolor y la humillación de alguien. De esa guisa el papel de mi interesante pequeño mortal sería vivir con toda intensidad y perplejidad y felicidad en su pequeño mundo terriblemente enrarecido: uniendo a personas que como poco obrarían con mayor correc­cion permaneciendo separadas; desuniendo a personas que como poco obrarían con mayor corrección permaneciendo juntas; adquiriendo madu­rez, hasta cierto grado, al precio de la infracción de muchas convenciones y decoros, inclusive decencias, manteniendo de veras encendida la antorcha de la virtud en un ambiente infinitamente proclive a apagarla; en resumidas cuentas, añadiendo de veras confusión a la confusión extrayendo de entre el hedor a egoísmo cierta excéntrica fragancia a ideal, esparciendo en un erial yermo, por medio de su sola presencia, la semilla de la vida moral.

Todo esto equivaldría a decir, y yo lo reconocí de inmediato, que mi pequeño bajel de conciencia, bamboleándose en semejante corriente, no podría ser verosímilmente un rudo niñito; ya que, por encima de la cuestión de que a los infantes masculinos nunca se los siente tan «presentes», la sensibilidad de las jovencitas es indubitablemente, en la época infantil, mayor que la de los jovencitos, y mi plan iba a requerir, por parte de quien fuese mi protagonista, una sensibilidad «infinita». Yo estaría en condiciones de atribuirle sin temor tamaña cantidad a una niña pequeña cuyas facultades hubiesen sido profundamente conmocionadas; mas hasta tal punto habría yo de depender de la acción de su sensibilidad con vistas a mantener la claridad dentro de mi relato, que me vi en la necesidad de presentarla inequívocamente como intensa por naturaleza. A ese fin debería yo natu­ralmente dar por sentadas en mi heroína unas disposiciones ya desde el principio prometedoras, pero sobre todo debería investirla de unas dotes de percepción holgadamente, casi infinitamente, avivadas. Bien pertrechada de esta guisa, pero a condición de que no lo fuera de modo tan exorbitante que desafiara lo probable, ella estaría en perfectas condiciones de ayudarme a llevar a buen puerto mi designio; designio éste que, cada vez más atractivo conforme más vueltas le daba yo, y santificado por la más deliciosa de las dificultades, consistía en convertir permanentemente la tan limitada con­ciencia de la niña en la mismísima esfera de mi pintura, preservando cuidadosamente al mismo tiempo la integridad de las cosas en ella represen­tadas. Con el encanto de esta posibilidad, consiguientemente, el proyecto de Maisie quedó redondeado y se perfiló como grandioso; cualquier tema se perfila como grandioso, si a eso vamos, debo añadir, desde el momento en que uno se siente guiado por una regla de composición integral. Ya he hecho notar en otro sitio, me da la impresión, que en mis recuerdos sobre mis obras no hay constancia de ningún tema que, en uno u otro momento de su desarrollo, y siempre tras haber aguardado únicamente a que se le ofreciera una buena estructuración u oportunidad, no se haya negado empecinadamente a continuar siendo humilde incluso (o acaso tanto más porfiadamente por ello) cuando más expresa y amorosamente había sido escogido a causa de su consciente e incorregible humildad. Una vez «afuera», a semejanza de un perro doméstico con cierto temperamento a quien se le permita salir de su reclusión, el tema desobedece los meros silbidos, se pone a vagar, a acechar, a perseguir y «atrapar» vida: puede ser devuelto a su punto de origen sólo a rastras y únicamente para recibir una zurra inútil. De todos modos, a una idea concebida a una luz como la que aquí estoy someramente exponiendo no le era factible no ofrecer plenas garantías de su relevancia: ¿cómo podía no ser inmenso el valor de un proyecto tan finamente trabajable? El único registro presentado de toda la complejidad de la trama sería las reacciones de la desorientada y borrosa percepción de la niña enfrentada a aquélla; y, sin embargo, el todo, como digo, visto a través de una inteligencia titubeante, o al menos contemplado por una presencia imponderable, aun así habría de ser visto y contemplado de un modo nítido y satisfactorio y sin dejar de informar con claridad sobre su sentido.

Recuerdo que mi primera vislumbre relacionada con esta límpida posibilidad fue la de la consiguiente cuestión de restringir el cuadro (con­servando simultáneamente, como digo, la plenitud y la coherencia) a lo que la niña pudiese concebiblemente entender, ser capaz de interpretar y valorar. Posteriores reflexiones y tentativas me demostraron que mi tema quedaría estrangulado de resultas de un tan extremado rigor. Aun en el mejor de los casos, la mente infantil dejaría grandes lapsos y lagunas; de modo que, pese a una superficie posiblemente estructurada de forma irreprochable, sin embargo no se lograría la tan ansiada claridad de sentido. Yo tendría que ensanchar mi método a lo que material e inevitablemente viera mi especu­lativa testigo (que sería una cantidad que en buena parte ella no entendería en absoluto o malinterpretaría escandalosamente); y sobre tal base, única­mente sobre tal base, quedaría bien planteada mi tarea. Eso me propuse pues: la cuestión de mostrarlo todo ––toda la situación que circunda a la niña–– pero exclusivamente en las ocasiones y relaciones en que estuviesen allí la presencia y la atención de Maisie: exclusivamente como pudiese tener lugar ante ella y atraer su interés, exclusivamente como a ella pudiese conmoverla y afectarla, en lo bueno y en lo malo, para ganancia o pérdida perceptiva; de modo tal que nosotros, sus compañeros de observación, que no es que estemos más invitados sino que simplemente somos valoradores más competentes, nos sintiéramos en firme posesión de ello. Esto constitui­ría, para empezar, un plan de aplicación absolutamente nítido y verificable, lo cual siempre es en sí mismo un marchamo de belleza; y al releer la obra ha despertado mi interés hallar que satisfactoriamente la gobierna cierta gracia rectora de este cariz. Nada podría estar más «elaborado», pienso yo, a la luz de sus más sublimes intenciones; y esto a despecho de cierta apariencia que en ocasiones oscurece el efecto de coherencia buscado. Los niños registran muchas más impresiones que palabras tienen para traducir­las; su visión es en todo momento mucho más rica, incluso su apreciación es constantemente más potente, que el vocabulario que espontáneamente emplean o que siquiera trabajosamente podrían manejar. En consecuencia, por muy ameno que a primera vista hubiese podido parecer lo de restrin­girme en esta historia a las palabras de la niña no menos que a su experiencia, pronto fue evidente que semejante tentativa no habría funcionado en absoluto. Por lo tanto, la peculiar forma que Maisie tiene de expresarse desempeña un cierto papel (puesto que en buena medida dependen de ésta hasta las más simples conclusiones de la niña), pero constantemente la acompañan y amplifican mis propios comentarios. Es esto último lo que, incontestablemente, en ocasiones hace que parezca que el «meollo» del espectáculo que ante ella se desarrolla es analizado con una exhaustividad tal como para estar exagerando la intensidad del examen que ella realiza del mismo. Lo que aquí hay en juego no es sino una minúscula diferencia de matiz: el análisis que ella realiza, la actividad de su conciencia, resulta ser lo que determina todo nuestro interés hacia lo analizado; lo único que ocurre es que nosotros le sacamos mayor provecho que ella. Sólo que, aun cuando sea el interés que ella les consagra a estos hechos lo que primordialmente hace que nos resulten interesantes a nosotros, inevitablemente nosotros los plasmamos en formulaciones que todavía no están al alcance de ella y que no obstante son necesarias cada vez que esos elementos que la rodean y esos fragmentos de experiencia que ella sí comprende se embrollan en otros que con gran pesar se le escapan. Todo lo cual me proporcionó una satisfactoria y férrea lógica que seguir, me proporcionó la energía por la cual el desem­brollador de casi cualquier maraña se siente agradecido a la hora de laborar: esa sensación de estar tirando de hilos intrínsecamente remuneradores, lo bastante fuertes y lo bastante finos y lo bastante enteros.

Naturalmente, al margen de esto, había otro atractivo casi similar: similar pese a ser casi independiente de la aguda cuestión estructural, de la interminable cuestión estilística. Se trataba de la bien diferente cuestión de la concreta capacidad de resistencia que yo podía atribuirle a mi figura central, siendo cierta intensidad, cierta continuidad de resistencia parte intrínseca de la esencia del asunto. Resistir victoriosamente (o sea, resistir la tensión de las observaciones y el embate de las experiencias), ¿en qué consistiría, por parte de una persona tan joven, sino en mantenerse pura, y seguir manteniéndose pura, e incluso disponer de cierta pureza que trans­mitir a los demás?... llegando el caso de Maisie al extremo de que convida a sus amigos al rico menudo espectáculo de las cosas imbricadas en su cavilar. Ella cavila, en otras palabras, hasta el límite, hasta la muerte... la muerte de su infancia, propiamente hablando; tras lo cual (con la inevitable transfor­mación, tarde o temprano, de su modo de ver las cosas) su situación cambiará y se convertirá en asunto de otro tenor, sujeto a otros raseros y centrado en otros intereses radicalmente distintos. Las reacciones concretas que la habrán llevado hasta este punto, y que resultó de tan exquisito interés estudiar en ella, habrán tocado a su fin: aparecerá otra escala, otra perspec­tiva, otro horizonte. Nuestra tarea entre tanto habrá sido consiguientemente extraer de dichas reacciones todo lo que en ellas haya habido que mereciera la pena; y a este respecto les encontramos las mayores cualidades como objetos de observación. En verdad, según se me ocurre, aun si en este proyecto no hubiese habido ninguna otra belleza, todavía le habría quedado ésta tan infrecuente y tan distinguida y que consiste en que refleja de tal modo la variedad de las valías de la niña. Ella no sólo constituye el extraordinario «centro irónico» que ya he señalado; además está encargada de la importantísima misión de esparcir una luminosidad que llega mucho más allá de cualquier alcance de sus entendederas: la de prestarles un precioso elemento de dignidad a personas y cosas mucho menos interesantes que ella, mediante el simple procedimiento de entrar ella en relación con las mismas y debido a la especial vara de medir que ella les aplica. Me entrego desmedidamente, he de reconocerlo, al elogio de mi proyecto cuando advierto lo que ella hace mediante su «pureza» por otras presencias bastante vulgares y vacías en sí mismas. Éstas se vuelven, al hacerlas ella objeto de su reflexionar, materia de poesía y tragedia y arte: ella no tiene más que cavilar, como digo, ante ellas, y enseguida comienzan a tener significación, matices, riquezas, relaciones ––¡relaciones con lo «universal»!–– a las que a duras penas habrían podido aspirar ellas solas. Ida Farange a secas, por así decirlo, o Beale a secas, o sea cualquiera de los dos contemplado de otro modo, ¿qué intensidad, qué «substancia» (aun con el mayor grado de presencia imagina­ble en ellos) tendrían? ¿Cómo podrían remunerarnos del privilegio que les otorgamos al prestarles nuestra atención?

Maisie los vuelve portentosos mediante la sola acción de su buena fe, en especial vuelve a su madre, a mi sentir ––a menos que yo haya fracasado totalmente a la hora de plasmarlo––, sólida, inmensa y terrible; de tal modo que obtenemos, para nuestro beneficio, y la obtenemos por medio de un procedimiento formal interesante en sí mismo, a la criatura perfectamente trazada, el tremendo símbolo pretendido. En dos ocasiones en particular, claramente me parece verlo, disfrutamos al máximo de este efecto de hechizo obtenido por métodos asociativos. El pasaje en que se muestran los términos de la relación del padre de Maisie con la insinuante pero tan extraña y peliaguda mujer a quien aquél ha tenido la detestable liviandad de ir a visitar por la noche llevándose bruscamente a la niña consigo, es un ejemplo señalado de la forma casi imprevisible en que puede hacerse surgir el interés. Los elementos aquí presentes son que Beale Farange es ignominioso, que la amiga a quien presenta a su hija es deplorable, y que de la relación entre ellos dos, en cuanto ellos dos, gustosamente apartaríamos la mirada. No obstante, basta con que el asunto entre a formar parte de los elementos que despiertan las reflexiones de la niña para que desaparezcan del mismo las pequeñas esterilidades y para que emerja y triunfe la escena: vívida, original, forjada de modo indestructible, con la indestructibilidad de lo inolvidable. La escena se vuelve eso que Beale y Ida y la señora Cuddon, e incluso Sir Claude y la señora de Beale, ni por un momento habrían logrado hacer de ella mediante sus entidades incorregiblemente limitadas: es decir, algo valorable. Hallo otro ejemplo en el episodio del inesperado encuentro de Maisie ––mientras pasea por Hyde Park en compañía de Sir Claude–– con su madre y ese seducido acompañante de su madre: el alentador, el atractivo «Capitán» a quien esta dama decide encomendar la niña durante veinte minutos mientras por su parte ella le ajusta las cuentas a su segundo marido. Aquí la substancia humana habría parecido de antemano demasiado pobre para una transubstanciación, pues las tres figuras «adultas» despiden muy escaso hechizo, son demasiado estúpidas (¡tan estúpido ha sido por parte de Sir Claude casarse con Ida!), demasiado vacuas, demasiado tenues, para cualquier aplicación; mas prontamente, inmediatamente, la propia entidad de la niña, derramándose y actuando contagiosamente, ha determinado que el valor total sea de otra índole. Naturalmente, a propósito de esto, para un analista de las costumbres y un pintor de la vida es una ya muy vieja historia la grotesca taxatividad con que adjetivos tales como «morboso», «desagra­dable» y «repugnante» son aplicados con frecuencia a sus producciones; hasta tal punto, verdaderamente, que la pródiga utilización abrumadora­mente terminante que se hace de semejantes vocablos refuerza una y otra vez su opinión sobre la peligrosamente estéril dirección circular en que torpemente se mueven éstos. Desde luego, si yo hubiese obrado bajo el influjo de semejantes supersticiones, puntualmente me habría aplicado el cuento de que «mezclar» a una niña con cualquier asunto desagradable se autodenuncia como una agravante de la desagradabilidad, y de que nada podía resultar más repugnante que adjudicarle a Maisie una «amistad» tan íntima con las crasas inmoralidades que la rodean.

Lo único que puede decirse de tales clarividencias es que, por mucho que uno haya «rebajado» de antemano, y definitivamente, su brillantez global, uno se siente contrariado si, a la hora de los hechos, no suena a su vez la hora de las mismas, dado que nos permiten enfrentarnos hasta un grado considerable con elementos con los cuales irremediablemente ha de vérselas inclusive el más flemático de los filósofos. De hecho, al pintor de la vida se le ahorra bastante trabajo cuando, so capa de semejante sabiduría, se le presenta tan considerable porción de vida. El esfuerzo por realmente ver y por realmente plasmar no es ninguna bagatela en vista de la presión constante de los agentes de confusión. Lo realmente estupendo es que la confusión misma constituye un elemento de la vida, y uno de los más intensos, y también posee color y forma y substancia, de hecho tiene a menudo una exacerbada y rica comicidad, muchos de los valores y signos de lo apreciable. En estos términos podría suceder, por ejemplo, según puedo inferir, que el principio básico del atractivo de Maisie, o sea su intacta pureza ––en otras palabras esa vivacidad de apreciación mediante la cual ella vibra de veras en una atmósfera viciada, madura de veras en un universo inmoral––, pareciese una cosa pobre y fútil, o desdeñable en el mejor de los casos. Pero nadie a quien la vida en su conjunto le resulte fácilmente apasionante puede encontrar desdeñables ni aun las más finas, las más tímidas, las más ansiosas vibracioncitas, finas y tímidas y ansiosas con esa pasión que precede al conocimiento; lo cual es sin duda uno de los muchos motivos por los que ocurre que la escena entre la niña y el amable, cariñoso, repugnante caballero que, sentado junto a ella en los jardines de Kensington bajo un frondoso árbol, entusiásticamente le sale fiador por su madre como nadie jamás ha salido fiador por ella ––y de esa forma la conmueve, filial e intelectualmente, como nunca la han conmovido––, dota del más precioso relieve, al menos a mi sentir, el aspecto en que mi proyecto es sólido, y se convierte así en el pasaje prototípico ––ciertamente ayudado por otros méritos, podríamos decir–– para la demostración de la belleza de éste. El activo y enriquecedor constante cavilar, como lo he denominado, dentro del cual queda protegida y preservada la personalidad de la niña, y que hace notable su caso precisamente en virtud de las pruebas que ha de soportar, dota a la niña de distinción, la dota de vida y complejidad, mediante el concurso de las susodichas pruebas... las cuales nos habrían sido de relati­vamente poca utilidad si no hubiesen sido horribles. Es sin duda una lástima haber mantenido fuera de nuestro alcance esta justa reflexión. Maisie es de 1907.*



Paso por encima, de momento, la segunda de estas composiciones, pues hallo en la tercera, que otra vez se ocupa de las experiencias de un jovencí­simo ser, una relación más inmediata; y ello aun a riesgo de parecer socavar mi comentario de hace unas páginas referido a las diferencias de sensibilidad entre los dos sexos. Por lo visto mi infante en El alumno (1891) posee sensibilidad en abundancia... y sin embargo conserva pese a todo, a mi juicio, su enérgica cualidad de pequeño varón. Pero hay cien cosas que decir al respecto, que de hecho se abalanzan sobre mí y sobre mis presentes y restringidos límites de espacio en tal aluvión como para precisar una buena criba. En realidad, acaso ello no sea sino un efecto retardado del asalto llevado a cabo sobre mi imaginación, tal como perfectamente lo recuerdo, por todos los aspectos de mi visión primera, que se me apareció abundante en aspectos. Vuelve a vivir ante mí dicha visión tal como por primera vez se posara, aun cuando el irreproducible aleteo primitivo, ese aire como de una inefable señal realizada por el inmediato batir de alas de la imaginaria figura suspendida que acaba de fijarse, es una de esas garantías de valor que nunca pueden ser represadas. La señal le ha sido hecha exclusivamente al observa­dor: es extrañamente asunto suyo, cualquier información del cual a los demás, aún no involucrados, produce exactamente el mismo efecto de decepción que acompaña, en el seno de un grupo de personas congregadas bajo la nocturna bóveda celeste, a cualquier alusión suelta a una estrella fugaz. El milagro, pues milagro parece, es tan sólo para el cándido exclama­dor. El milagro para el autor de El alumno, en cualquier caso, se produjo cuando, hace años, un día de verano, en un calurosísimo vagón de tren italiano, que hacía paradas y holgazaneaba cada dos por tres, favoreciendo así la conversación, un amigo con quien compartía yo el vagón, doctor en medicina que había venido a establecerse en Florencia desde un país lejano, incidentalmente me habló de una portentosa familia norteamericana: un extraño grupito aventurero y extravagante, de elevado pero más bien inacreditado rango, cuyo más interesante miembro era un niño, agudo y precoz, que padecía a causa de un corazón de escasa resistencia, pero que poseía una inteligencia primorosa, que veía sus precarias existencias trashu­mantes exactamente tal como eran, y que las examinaba y juzgaba, así como los examinaba y juzgaba a ellos mismos, de pies a cabeza, de la más singular de las formas, dando en resumidas cuentas la impresión de ser una personita extraordinaria. Con esto hubo más que de sobra para tratarse de un día de verano, incluso en la vieja Italia: con esto se precipitó sobre mí procedente del árbol toda una señora manzana. No hubo procesos ni etapas: vi, de golpe, al pequeño Morgan Moreen, y vi asimismo a todo el resto de los Moreen; percibí, hasta el último detalle, la naturaleza de la relación de mi amiguito con ellos (pues de inmediato se había convertido en mi amiguito) así como también, en la misma estocada, y hasta su más delicada pulsación, la sujeción a él que experimenta el engatusado, desconcertado, estafado, impagado, aunque a fin de cuentas generosamente recompensado muchacho que voluntariosamente está dispuesto, por efecto de la compasión, a embarcarse con la tribu en calidad de preceptor, y cuya instructiva relación con la misma constituiría mi crónica primordial.

Esto habrá de servir de recuento del origen de El alumno: será más que suficiente, creo, para todas aquellas personas reflexivas e imaginativas que hayan tenido ––y ¿qué persona reflexiva e imaginativa no la ha tenido?­cualquier experiencia similar de la repentina aparición de un absoluto perceptivo. En semejantes ocasiones nace de un solo golpe el racimo completo de los elementos que conforman la imagen; las piezas no están encajadas entre sí, se apiñan y se amontonan unas sobre otras; pero a lo que se va a parar, en definitiva, es a que mediante un simple roce una antigua impresión latente y dormida, una simiente enterrada, implantada por la experiencia y luego olvidada, surge en un santiamén a la superficie ––tal como un pez, de un solo «salto», se lanza hacia el incitante anzuelo–– y allí recibe instantáneamente el rayo vivificador. Al menos yo recuerdo no haber sentido aquí duda alguna sobre nada ni nadie: la visión conservó hasta el final su desenvoltura y su atractivo, se redondeó con total confianza. Éstas son cuestiones de poca monta cuando los resultados son de poca monta; no obstante, casi cualquier acreditado y categórico acto de la imaginación es ––supuesto el tipo de reminiscencias en que aquí me complazco–– digno de conmemoración amorosa. Uno celebra, después del suceso, cualquier comprobado ejemplo de la independiente vida de la imaginación... sobre todo si uno ha sido destinado básicamente a vivir de tal facultad. En ese caso uno nunca se desentiende de la cuestión de lo que ésta puede hacer por nosotros impulsada por mera beneficencia. Aparte lo cual, en relación con los pobres Moreen, aquí luchan por abrirse camino innumerables comen­tarios, como ya he señalado, todos ellos insistiendo idénticamente sobre su pertinencia. La propia aventura global de esta pequeña composición ––pues cosas singulares habrían de sucederle, aun cuando la mayor parte de tales porfías no merezca ser consignada ahora–– sería, en ocasión adecuada, cosa digna de rememorarse, moviéndose como servidor lo hizo, alrededor de ella, en apenas sé qué espeso y teñido aire de anécdota ligeramente empañada, de misteriosa asociación de ideas, de confusa historia accidental: un com­puesto refractario al análisis, pero ciertamente, para un cronista social ––en especial para cualquier estudioso de la copiosa caterva de leyendas sobre lo «cosmopolita»––, un jardín desaforado y enmarañado mas resueltamente explotable. ¿Por qué, extrañamente ––éstas eran las incógnitas que se espesaban––, uno veía a los Moreen (a quienes sitúo en Niza, en Venecia, en París) como gente de la especial esencia de la pequeña y antigua, miscelánea y cosmopolita Florencia, la Florencia de otras edades, edades irrecuperables, agitado y empero conveniente escenario de una sociedad que ya se ha extinguido para siempre con todos sus decadentes fantasmas y sus frágiles reliquias, presencias inmateriales que francamente han cesado de revisitar (¡confíen en que se ha encargado de cerciorarse de ello la fina percepción de un viejo fabulista, de un viejo observador devoto!) vistas y paseos antaño sagrados y umbríos, mas ahora desnudos, yermos, despojados de su pasado e inamistosos hacia cualquier apreciación de éste?... a través de la cual los inconscientes bárbaros marchan con la regularidad y la indiferen­cia de unos «suministros» ––u otras mercancías promiscuas–– franqueados y expedidos.

Ellos, los queridos Moreen, nada tenían que ver con ese nefando periodo, apenas más de lo que yo, tan ocupado y encantado con ellos, pudiera estar humillantemente sujeto a él: todos éramos, ellos y yo, de una era y de una fe románticas mejores; nos sentíamos, con la mayor compla­cencia, pertenecientes a los años clásicos de la gran leyenda americano––eu­ropea, los años de las comunicaciones restringidas, de los contrastes gigan­tescos e inatenuados, de inéditas y prodigiosas aventuras. La relativamente breve pero infinitamente rica «saga» de todo el romance imbricado en las primeras, en las primerísimas reticencias y entusiasmos americanos (roman­ce medieval en el sentido de pertenecer, como mucho, a mediados de siglo)*, ¿a qué se asemeja hoy día salvo a una mina de oro abandonada y cegada, descoyuntada, y nunca más practicable?... y todo por falta de las adecuadas indicaciones para sondear, los adecuados útiles para cavar, sin duda incluso de los adecuados obreros, aquéllos con la tradición y la «disposición» adecuadas para la tarea. A los cándidos hijos de América, durante aquella edad dorada, en los países «antiguos» ––en Asia y África al igual que en Europa––, parecen haberles sucedido las más extraordinarias cosas, cosas asombrosamente incongruentes e inverosímiles; pero ninguna de las histo­rias de toda esa lista iba a encontrar su necesario intérprete, y nada es más probable que la posibilidad de que a estas alturas se haya perdido toda clave de interpretación. Las brochas gordas de los reporteros modernos, sujetas a mangos de escoba del tamaño de sus rascacielos, dejarían tristemente pringado el delicado pergamino de nuestra perdida crónica. Es patente que íbamos a desaprovechar, cuando menos, un vasto corpus de preciosas anécdotas, una larga galería de portentosos retratos, una hilera constituida por las más sorprendentes figuras en las más sorprendentes actitudes. Los Moreen eran, pues, de la familia de estos grandes precursores sin estudiar... aunque miembros pobres y harapientos, sin duda: especímenes tenues y sobreseídos. De hecho he de agregar que, tal como eran, o tal como incongruamente podían aparecérsele a la época presente, yo no pretendo haberlos «plasmado» de veras: todo cuanto he ofrecido en El alumno es la embarazosa visión que de ellos tiene el pequeño Morgan, tal como se refleja en la visión, asimismo considerablemente embarazosa, de su devoto amigo. La estructura de la obra puede así servir como ejemplo de la incorregible afición de su autor a los efectos de escalonamiento y superposición: de su amor, cuando se trata de una pintura, hacia cualquier cosa que contribuya a la presencia de propor­ciones y perspectivas, a ofrecer una visión de todas las dimensiones. Adicto a ver «a través de» ––una cosa a través de otra, por consiguiente, y aun otras cosas más a través de ésa––, este autor recoge por el camino, demasiado avariciosamente quizá, en cualquier cometido, tantas cosas como le es posible. Es a causa de tal costumbre como incurre en el estigma de afanarse peligrosamente en busca de una cierta plenitud de verdad: verdad difusa, repartida y, por así decirlo, atmosférica.

La segunda en orden de estas ficciones habla por sí sola, me parece, con franqueza suficiente como para apenas necesitar de explicaciones ulteriores. Su origen está inscrito en ella de forma inconfundible, y la idea que pone en danza abunda tantísimo en una de las impresiones sobre Londres más comunes y consabidas, que en las mentes fértiles debe de haber florecido una y otra vez (supuesta la semilla de la observación) alguna situación, experimentalmente ideada, semejante a la de En la jaula. Para mí ésta se había convertido, en cualquier caso, en una vieja historia para la época (1898) en que la embutí en esta forma concreta. Las oficinas de correos y telégrafos en general, y particularmente la pequeña oficina local situada en la inmediata vecindad de un servidor ––escenario de la transacción de tantos de los asuntos cotidianos de éste, referencia constante de sus necesidades y sus deberes, de sus afanes y sus paciencias, casi de sus satisfacciones y sus decepciones, de sus gozos y sus pesares––, siempre habían tenido, a mi sentir, tantísimo que ofrecer de Londres, tantísimo que contar de la inmensa y perpetua historia de la prodigiosa ciudad, que cualquier espera momentánea en ellas parecía tener lugar dentro de un fuerte torbellino social, la más recia posible de las brisas de la comedia humana. Naturalmente un servidor tenía a ese respecto su punto especial de cita: la oficina más próxima a su domicilio, en la que hasta cierto grado había llegado a disfrutar de los frutos de la frecuentación y de las amenidades del trato. Había crecido así, para la reflexión ––proclive como siempre ha sido a esta forma de dispendio la mente de uno––, el tema de lo que podía «significar», dondequiera que este admirable servicio público estuviese instalado, para los constreñidos y entumecidos y no obstante considerablemente aleccionados jóvenes emplea­dos de ambos sexos, el tener a su libre disposición, intelectivamente hablan­do, una gama de experiencias que de otra forma les habría estado vedada. Una vez que brotó la chispa, este intríngulis se convirtió en una distracción, u obsesión, como otra cualquiera, aun cuando de hecho no cayera, incluso en el mejor de los casos, no hay duda, sino dentro del sumamente vasto abismo de todos los intríngulis que despuntan para el estudioso de las grandes urbes. Desde el momento en que éste es un estudioso, o sea el más perseverante de los críticos, inevitablemente su peligro es el de atribuirles a demasiadas personas que no son él, a diestro y siniestro, el impulso crítico y la visión más incisiva... pues mucho puede llegar a costarle enterarse de que la gran mayoría de la humanidad, probablemente debido al más sano de los instintos, se confabula para defenderse a muerte contra cualquier semejante viciación de su simpleza. Criticar consiste en valorar, en asimilar, en tomar posesión intelectual, en establecer en definitiva una relación con la cosa criticada y apropiarse de ella. Un apetito intelectual dilatado se proyecta así sobre muchos objetos, mientras que uno restringido ––que no es que se halle mejor informado, sino que sencillamente no siente conciencia alguna de una necesidad de información–– se proyecta sobre pocos.

Es, pues, admirable el instinto económico del apetito intelectual res­tringido: no siente curiosidad por nada que no le parezca de vital importan­cia. Puede ocurrir que una persona se muera de hambre en Londres, es claro, sin hallarle importancia alguna a una teoría sobre la distribución más equitativa de los víveres... lo cual además es exactamente lo que por lo visto hacen cada año miles de sujetos no especulativos. Su ejemplo viene bastante al caso, en vista de todas las complicaciones inútiles que se ahorran; pero extrañamente, en última instancia, no deja tranquilo al «artista», al intelecto morboso. Esta irreflexiva, esta ociosa cualidad no para de abundar en preguntas, ni de suministrar respuestas a tantas de ellas como sea posible; todo lo cual constituye una enorme actividad para tratarse de una cualidad ociosa. A la fantástica escala en que, en condiciones favorables, tal facultad puede ponerse en marcha, a las actividades que puede llevar a cabo cuando a las condiciones favorables les da por despuntar en el barrio de Mayfair o en el de Kensington, bien puede parecer un adecuado monumentito nuestro retrato de la enjaulada telegrafista. En realidad la composición que ante nosotros tenemos da cuenta bastante claramente, me parece a mí, sobre la historia de su crecimiento; y probablemente se le encontrará pertinencia a cualquier moraleja que de ella pueda desprenderse ––con lo cual me refiero a cualquier moraleja que del impulso de haberla plasmado pueda despren­derse–– referida al vicio de fomentar sutilezas irrazonables en las almas simples y desembolsos temerarios en las frugales. El asunto retorna así, me temo, ni más ni menos que al irreprimible e insaciable, extravagante e inmoral interés que este autor siente hacia la naturaleza de las personas y hacia las «características» de una mente, casi de cualquier mente que el proceloso mar de su proyecto pueda arrojar... respecto de lo cual estos comentarios ya han incluido, a propósito de otros ejemplos, sus excusas; todo ello sin perjuicio de otras penitencias y viacrucis que aún amenizarán nuestro camino. El tipo de especulatividad atribuido en nuestro relato a la muchacha empleada en la tienda de Cocker, en esencia poco difiere del caviloso hilo en que las perlas de la experiencia de Maisie ––perlas de tan singular iridiscencia––, en este mismo tomo, están ensartadas en su mayoría. Ella especula, por decirlo llanamente, muy de análogo modo a como especula Morgan Moreen; y todos ellos especulan, si a eso vamos, muy de análogo modo a como lo hace en La princesa Casamassima nuestro porten­toso pequeño Hyacinth, intoxicado como lo hemos visto hasta la médula por el hábito de reaccionar intelectivamente ante las cosas que lo circundan y tambaleándose francamente bajo el peso de las apropiaciones, como las he denominado, que le debe al espíritu crítico. El, el desdichado Hyacinth, se desploma, al igual que un ladrón nocturno, sobrecargado de joyas de la reflexión y de tesoros de la pasión cuyo origen, en su indigencia y descon­cierto, no está honradamente en condiciones de explicar.

En buena medida es de ese mismo modo, lo vemos al analizarlo, como sucumbe Morgan Moreen: en realidad su carga no es tan pesada, pero sus energías se encuentran desarrolladas en grado mucho menor. Bastante curiosamente, los dos pequeños espíritus femeninos de este grupo logran aguantar más que los de sus dos hermanos; pero naturalmente la observación justa acerca de todas estas pequeñas vidas mostradas es que, tanto en las piezas más largas como en las más cortas, resultan activamente, resultan lujosamente vividas. Su lujo es el de su número de estremecimientos internos, casi ilimitado (no el de su cuenta en la tienda de ultramarinos): cualquiera que sea éste, de todas formas, a todos ellos los vuelve, como ejemplos y «casos», raros. Es posible que en realidad mi calenturienta telegrafista sea, en razón de su ingenio, apenas más concebible que deseable; y sin embargo, aun suponiendo que con ella yo no haya logrado sino lanzar una calumnia, se la mire por donde se la mire, contra una respetable corporación, de todos modos creo que ya es algo haber puesto en guardia a dicha corporación, aun bastante sibilinamente, contra curiosidades no toleradas y ocasiones no intuidas. Mi espíritu protagonista, en la narración, es, desde el punto de vista de la verosimilitud, lo admito, una energía intuitiva en exceso ardiente; pero sin un tal exceso los fenómenos relatados habrían carecido de su principio de cohesión. La acción del drama consiste sencillamente en la aventura «subjetiva» de la muchacha, la de su incontes­tablemente alado entendimiento; al igual que el desenlace, que la solución, también está en dependencia de su alado ingenio. ¿Por qué, empero, habría yo de incluir más aclaraciones... a cuenta de tratarse de un caso que, por modestamente que parezca hacer acto de presencia, sin embargo llega a embarullarnos de tal modo? De una cadena de sucesos embrollada por las aportaciones de un alado ingenio ––lo cual es aquí el caso, como digo, confesamente–– se espera, por lo general, infiero, que me obliga a ofrecer unas aclaraciones argumentales completas. Mas yo me hurto de tal empresa, y a cambio me cobijo, por un instante, en una licencia mucho más holgada.

Cuando hablo, como hace un momento, de la acción incluida, en cada ocasión, en estas narraciones tan «reposadas», es bajo una renovada concien­cia del inveterado instinto con que éstas se pliegan sin cesar a la ley de la construcción «por escenas». Se conducen exactamente ––se empeñan en hacerlo, es decir, siempre que tienen la oportunidad–– como pequeñas obras teatrales autónomas, pequeñas exhibiciones fundadas en la lógica de una «escena», en la unidad de una escena, en la consistencia escénica en general, y que apenas paran mientes en otra cosa. Leerlas de nuevo ha sido hallarlas irreprochables en este aspecto. El método se reitera y se sucede, moviéndose a la luz del criterio que ha adoptado de una vez por todas. Estos refinados distingos sobre la forma literaria parecen considerarse ajenos a la misión de la crítica: escasa referencia a ellos recuerdo haber hallado a lo largo de mi vida; es indudable que de otro modo no me habrían salido al paso semejantes sorpresas de la relectura, semejantes rescates de antiguos propósitos funda­mentales, semejantes momentos de discernimiento casi espantosamente solitario. Para mí, de cualquier manera, repasar las páginas que aquí se han congregado ha equivalido a contemplar el método escénico en funciona­miento. El tratamiento escénico se repite regularmente, bastante rítmica­mente: los intervalos entre medias ––la conformación de los elementos a otro diferente efecto y bajo otra ley bien distinta–– resultan, de este modo, totalmente preparatorios, así como en sí mismos los pasajes escénicos se vuelven, llegado el momento, ilustrativos, dedicándose cada uno de estos estilos, fieles a su cometido, a retomar el tema de manos del otro de forma muy similar a como los violines, en una orquesta, recogen el tema de manos de los trombones y de las flautas, o los instrumentos de viento de las de los de cuerda. Empero, el quid está en que los pasajes escénicos sean total y coherentemente escénicos, teniendo como criterio de armonía el principio de «conducta», o sea de desarrollo orgánico, de una escena: esa completa sucesión de valores que sólo florecen y dan fruto en tierra sólidamente dispuesta especialmente para ellos. La gran ventaja con vistas al efecto global consiste en que advertimos, gracias a esta nítida alternancia, cómo el tema está siendo tratado. Es decir, lo advertimos si, a este complicador respecto, sentimos algún interés. Realmente, no debería seguir conduciéndome como si tal fuera el caso de un buen número de lectores.
Henry James



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