Lirael trilogía de Adhorsen 2 Garth Nix



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LIRAEL Trilogía de Adhorsen 2



Garth Nix

Lirael


La guardiana de la memoria

Traducción de Celia Filipetto



Esta publicación ha sido subvencionada por Australia Council, el Consejo Asesor y Administrativo de las Artes del Gobierno Federal de Australia.

Título original: Lirael Autor: Garth Nix Traducción: Celia Filipetto

©2001, Garth Nix

© de la traducción: 2005, Celia Filipetto © de esta edición: 2005, RBA Libros, S.A. Pérez Galdós, 36 - 08012 Barcelona Rba-libros@rba.es / www.rbalibros.com

Primera edición: 2005

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Ref.: FI-124 / ISBN: 84-7871-256-9 Depósito legal: B-l.097-2004 Composición: Anglofort, S.A. Impreso por Novagráfik, SL. Pol. Ind. Foinvasa Vivaldi, 5 - 08110 Monteada i Reixac



Debo agradecer especialmente a Ginee Seo, mi editora de Harper Collins, sus consejos y, sobre todo, que me animara a recuperar el personaje de Lirael y a contar su historia.
Para Anna, mi familia y mis amigos, y en recuerdo de Bytenix (1986-1999), el Perro Canalla original

Al interior de Ancelstierre

Prólogo

Aquel verano hizo un calor muy húmedo y los mosquitos pululaban por todas partes tras abandonar las tierras donde se habían criado, en las orillas pobladas de juncos a los pies del monte Abed. Los pajarillos de ojos brillantes descendían en picado entre las nubes de insectos y comían hasta hartarse. Más arriba, las aves de presa volaban en círculo para devorar, a su vez, a los pajarillos.



Había un lugar cerca del lago Rojo donde no llegaban los mosqui­tos ni los pájaros, donde no crecía la hierba ni ningún ser vivo. Una co­lina baja, a poco más de tres kilómetros de la orilla oriental. Un mon­tículo de tierra y piedras compactadas, una zona inhóspita y extraña, rodeada de pastizales y de los verdes bosques que trepaban las colinas cercanas.

El montículo carecía de nombre. Si en algún mapa del Reino Anti­guo lo había tenido, ese mapa ya no existía. En otra época, las granjas que había por aquella zona siempre estaban separadas por una distan­cia no menor a una legua. Y la gente que había vivido allí no osaba si­quiera dirigir la vista hacia aquella extraña colina y mucho menos ha­blar de ella. El pueblo más cercano ahora era Borde, una precaria aldea que, pese a no haber vivido días de fortuna, seguía albergando la espe­ranza de que llegasen. La gente del pueblo de Borde sabía que lo más sensato era no acercarse a la orilla oriental del lago Rojo. Hasta los animales del bosque y la pradera evitaban acercarse al montículo, el instinto los mantenía alejados de cuantos se encaminaban hacia aquel lugar.

Como el hombre que estaba de pie en las lindes del bosque, donde las colinas se fundían con la lisa orilla del lago. Un hombre delgado, de cabellos ralos, enfundado en un traje armadura de cuero que lo cubría entero, de los tobillos a las muñecas. Empuñaba en la izquierda una es­pada desenvainada, la hoja en equilibrio sobre el hombro. La mano derecha reposaba sobre la bandolera de cuero que llevaba cruzada so­bre el pecho. Siete morrales colgaban de la bandolera, el más peque­ño no mayor que un pastillero, el más grande, del tamaño de su puño. De los morrales pendían unos mangos de madera. Mangos de negro ébano sobre los que los dedos del hombre se movían como arañas por una pared.

Cualquiera que hubiese estado presente habría sabido que los siete mangos de ébano correspondían a otras tantas campanas y eso, a su vez, le habría permitido identificar al hombre por el oficio, pero no por el nombre. Era un nigromante y llevaba las siete campanas de su oscu­ro arte.

El hombre bajó la vista, contempló el montículo durante un rato y comprobó que ese día no era él la primera persona que había esta­do allí. Al menos dos se encontraban en la colina desnuda y en el aire flotaba un calorcillo que sugería la presencia de otros seres menos vi­sibles.

El hombre consideró la posibilidad de aguardar hasta el anochecer, pero sabía que no tenía esa alternativa. No era su primera visita al mon­tículo. En lo más profundo, aprisionado en las entrañas de la tierra, había mucho poder. Había acudido desde el otro extremo del Reino respondiendo a su llamada que lo convocaba ese día del solsticio de ve­rano. Seguía llamándolo en ese preciso momento y no podía hacer otra cosa que responder.

Conservaba algo de orgullo y voluntad como para no echar a correr el último tramo que lo separaba del montículo. Tuvo que emplear todas sus fuerzas, pero cuando sus botas rozaron la tierra desnuda, al pie de la colina, lo hicieron con parsimonia, sin asomo de prisa.

Conocía a una de las personas que había allí, es más, esperaba en­contrarla. El anciano, último del linaje que había servido a la cosa agazapada bajo el montículo, hacía de puente entre el poder que la ocultaba a las miradas de las brujas que, desde su cueva de hielo, todo lo veían. El hecho de que el anciano fuese el último y que a su lado no hubiese ningún aprendiz llorón resultaba tranquilizador. Llegaría el momento en que la cosa aquella ya no necesitaría ocultarse bajo tierra.

La otra persona allí presente era desconocida. Se trataba de una mu­jer, o algo que en otros tiempos había sido una mujer. Llevaba una más­cara de bronce deslustrado y las pesadas pieles de los bárbaros del Norte. Innecesarias e incómodas con el calor que hacía... a menos que su propia piel no notara el sol, sino otra cosa. Lucía varios anillos de hue­so en las manos cubiertas de guantes de seda.

-Tú eres Hedge -dijo la extraña.

El hombre se mostró sorprendido por la fuerza electrizante que des­prendía la voz de aquella mujer. Tal como había sospechado, se trataba de una hechicera de la magia libre, pero era más poderosa de lo que ha­bía imaginado. La mujer conocía su nombre, o al menos uno de ellos, el más humilde, el nombre que en los últimos tiempos había usado con mayor frecuencia. Él también era un hechicero de la magia libre, como todos los nigromantes.

-Un siervo de Kerrigor -prosiguió la mujer-. Veo la marca que llevas en la frente, pese a que tu disfraz destila ingenio.

Hedge se encogió de hombros y se tocó la frente, donde llevaba lo que parecía ser una marca del Gremio. Ésta se partió en dos y se le cayó como una costra dejando al descubierto una fea cicatriz que serpenteó debajo de su piel.

-Llevo la marca de Kerrigor -aclaró él sin alterarse-. Pero Kerri­gor no está. La Abhorsen lo ató y ha estado preso estos últimos cator­ce años.

-Ahora me servirás a mí -dijo la mujer con un tono que disuadía de toda protesta-. Dime cómo puedo comulgar con el poder que yace de­bajo del montículo. Él también se someterá a mi voluntad.

Hedge hizo una reverencia para disimular la sonrisa. ¿Acaso aque­lla situación no recordaba la manera en que él había llegado al mon­tículo en los días que precedieron a la caída de Kerrigor?

-Hay una piedra en el lado occidental -dijo él señalando con la espada-. Hazla girar y encontrarás un estrecho túnel subterráneo de abrupta caída. Sigue por el túnel hasta encontrarte con una pesada losa que bloquea el paso. Notarás que la base de la piedra rezuma agua. Prueba el agua y percibirás la fuerza de la que hablas.

No mencionó que el túnel era obra suya, producto de cinco años de trabajo, ni que el agua que rezumaba era la primera señal visible de una lucha por la libertad que llevaba ya más de dos siglos.

La mujer asintió. La delgada línea de pálida piel que bordeaba la máscara no permitía adivinar expresión alguna, como si la cara que se ocultaba tras ella fuese tan fría como el metal. Se volvió entonces para lanzar un hechizo y, por la abertura de la boca de la máscara, con cada palabra salió una nube de humo blanco. Cuando terminó, dos criatu­ras que habían estado tendidas a sus pies confundiéndose casi con la tierra, se levantaron. Dos seres humanos de una delgadez extrema, cuyas carnes y huesos de fuego azulado fluían como la bruma. Se tra­taba de seres elementales de la magia libre, a los que los humanos lla­maban siseantes.

Hedge los observó con atención y se lamió los labios. Podía ocu­parse de uno de ellos, pero no de los dos sin revelar unas fuerzas que, por el momento, prefería mantener ocultas. El anciano no le iba a ser­vir de nada. Seguía ahí sentado, murmurando, haciendo de conducto viviente de una parte de la fuerza oculta bajo la colina.

-Si al anochecer no he vuelto -anunció la mujer-, mis siervos te despedazarán en cuerpo y alma, si llegaras a buscar refugio en la Muerte.

-Esperaré aquí -contestó Hedge acomodándose sobre la tierra pelada.

Ahora que conocía las instrucciones de los siseantes, ya no repre­sentaban una amenaza. Dejó la espada, volvió la cabeza hacia el mon­tículo y apoyó la oreja contra el suelo. Alcanzó a oír el susurro cons­tante de la fuerza subterránea que traspasaba todas las capas de tierra y piedra, pese a que sus propios pensamientos y palabras no conse­guían penetrar la prisión. Más tarde, si fuera necesario, entraría en el túnel, bebería del agua y abriría la mente para enviar sus pensamientos de vuelta al fondo, a través del hilillo de agua del ancho de un dedo, que había conseguido traspasar las siete defensas mágicas lanzadas tres ve­ces. A través de la plata, el oro y el plomo; el serbal, el fresno y el roble y la séptima defensa de hueso.

Hedge no se molestó en ver cómo se alejaba la mujer, ni se movió cuando oyó rodar la enorme piedra, aunque se trataba de una hazaña que superaba las fuerzas de cualquier hombre normal o de varios hombres normales.

Cuando la mujer regresó, Hedge se encontraba de pie en el centro mis­mo del montículo mirando en dirección al Sur. Los siseantes estaban cerca, pero no se movieron al ver que su ama volvía a subir a lo alto. El anciano seguía sentado en el mismo sitio, farfullando hechizos o ton­terías, Hedge no logró precisarlo. No se trataba de ninguna magia que él conociera, aunque en la voz del viejo notaba la fuerza de la colina.

-Os serviré -dijo la mujer.

Su voz había perdido todo vestigio de arrogancia aunque no de fuerza. Hedge vio tensarse los músculos del cuello de la mujer cuando ésta pronunció las palabras. Él sonrió y levantó la mano.

-Se han alzado pilares de piedra del Gremio demasiado cerca de la colina. Los destruirás.

-Eso haré -convino la mujer, bajando la cabeza.

-Eras una nigromante -prosiguió Hedge.

En los años pasados, Kerrigor había atraído hacia él a todos los ni­gromantes del reino y los había convertido en sus subalternos. Algunos seguían vivos, pero esta mujer nunca había sido sierva de Kerrigor.

-Hace mucho de eso -dijo la mujer.

Hedge notó el débil aleteo de la vida en el interior de aquel cuerpo sepultado bajo las pieles encantadas y la máscara de bronce. Aquella bruja era vieja, muy, pero muy vieja, lo cual no constituía una ventaja para una nigromante que debía recorrer el reino de los muertos. El río de frías aguas tenía especial predilección por aquellos que tras eludir sus garras repetidamente habían sobrepasado el límite de años.

-Volverás a empuñar las campanas, vas a necesitar muchos muer­tos para la tarea que te espera -diciendo esto, Hedge se desabrochó la bandolera y se la pasó con cuidado, tratando de que las campanas no sonaran.

Él poseía otro juego de siete, el que le había arrebatado a un nigromante menor aprovechando el caos generado tras la derrota de Kerrigor. Para recuperarlas hubo de correr ciertos riesgos porque esta­ban guardadas en la zona principal del reino largo tiempo reclama­da por el rey y su reina Abhorsen. Sin embargo, no las necesitaba para sus planes inmediatos, además, no podía llevarlas donde tenía inten­ción de ir.

La mujer aceptó las campanas pero no se puso la bandolera. Tendió la mano derecha con la palma hacia arriba. En ella brillaba una chispita, una astilla metálica que despedía un fuego blanco. Hedge tendió a su vez la mano y la astilla saltó sobre ella para instalarse debajo de la piel sin hacerlo sangrar. Hedge se la acercó a la cara y notó la fuerza del metal. Luego cerró despacio los dedos y sonrió.

Aquella esquirla de arcano metal no era para él. Era una semilla, una semilla que se podía sembrar en muchos suelos. Hedge le tenía re­servado un lugar especial, una almáciga fértil donde pudiera crecer y dar frutos. Aunque tal vez sería preciso que pasaran muchos años antes de que pudiese sembrarla donde más daño pudiera causar.
-¿Y tú? -inquirió la mujer-. ¿Qué haces?

-Voy al Sur, Chlorr de la Máscara -respondió Hedge, demostrán­dole así que sabía su nombre y muchas cosas más-. Al sur de Ancelstierre, al otro lado del Muro. Al país donde nací, aunque por espíritu no soy hijo de esas tierras de impotentes. Tengo mucho que hacer allí y en otros lugares. Tendrás noticias mías cuando te necesite. O si recibo no­ticias que me disgusten.

Se dio media vuelta y se alejó sin pronunciar ni una palabra más. Los amos no suelen despedirse de sus sirvientes.

Primera parte

El Reino Antiguo
Decimocuarto año de la restauración

del rey Piedra de Toque I

1

Un cumpleaños fastidioso



Desde lo más profundo del sueño, Lirael sintió que alguien le acariciaba la frente. Una mano tierna y suave recorría su piel afiebrada. Notó que sus labios esbozaban una sonrisa. Aquel contacto le resultaba delicioso. El sueño cambiaba entonces y la muchacha arrugó la frente. El contac­to de la mano ya no era tierno y amoroso, sino áspero y rudo. Ya no era fresco, sino caliente... La quemaba.

Despertó. Tardó un instante en darse cuenta de que se había aferra­do a la sábana y que había estado tumbada boca abajo sobre la colcha de tela basta. La lana era muy áspera. La almohada estaba en el suelo. La funda había sido arrancada en el curso de alguna pesadilla y colga­ba del respaldo de la silla.

Lirael echó un vistazo a la pequeña alcoba pero no apreció otras se­ñales de daño nocturno. La cómoda sencilla de pino pulido estaba en su sitio y el pasador de acero opaco seguía echado. El escritorio y la silla continuaban en el otro rincón. Su espada de prácticas colgaba detrás de la puerta, metida en su vaina.

Seguramente aquella había sido una noche relativamente tranqui­la. En ocasiones, en medio del sueño cargado de pesadillas, Lirael se le­vantaba y echaba a andar, hablaba, sembraba el caos. Aunque nunca salía de su alcoba. De su preciado cuarto. No quería ni pensar en lo que sería la vida si llegaban a obligarla a regresar a las habitaciones co­lectivas.

Cerró otra vez los ojos y prestó atención. Reinaba el silencio, lo cual indicaba que debía de faltar bastante para el toque de campana. Tocaba todos los días a la misma hora para que las clarvis se levantaran de la cama y recibieran el nuevo día.

Lirael apretó los ojos con más fuerza e intentó dormirse otra vez. Quería recobrar la agradable sensación que le había producido aquella mano en la frente. Aquella caricia era lo único que recordaba de su ma­dre. Había olvidado su cara y su voz, pero conservaba vivo el recuerdo del fresco contacto de aquella mano.

Hoy necesitaba aquel contacto con desesperación. Sin embargo, la madre de Lirael se había ido hacía mucho llevándose con ella el secreto de la paternidad de la muchacha. Se había marchado cuando Lirael te­nía cinco años, sin decir una sola palabra, sin una sola explicación. Tampoco hubo explicaciones después, sólo las noticias de su muerte: un mensaje confuso procedente del lejano Norte, recibido tres días antes de que Lirael cumpliera los diez.

En cuanto se ponía a pensar en aquel asunto, ya no había manera de que volviera a dormirse. Como hacía todas las madrugadas, Lirael ya no intentó mantener los ojos cerrados. Los abrió y miró el techo du­rante un rato. La piedra seguía tal cual estaba la noche anterior, fría y gris, con algunas vetas rosadas.

La marca del Gremio correspondiente a la luz resplandecía cálida y dorada en la piedra. Había brillado con mayor fuerza cuando Lirael despertó y se avivó más cuando la muchacha sacó los pies de entre las sábanas y tanteó el suelo con la punta de los dedos en busca de las chi­nelas. La residencia de las clarvis contaba con la calefacción de las fuen­tes termales y de la magia, pero el suelo de piedra estaba siempre frío.

-Hoy cumplo catorce años -susurró Lirael.

Ya tenía puestas las chinelas, pero no hizo ademán de ir a levantar­se. Desde que había recibido el mensaje de la muerte de su madre pocos días antes de cumplir los diez, todos sus aniversarios posteriores sólo habían traído consigo el presagio de nuevas fatalidades.

-¡Catorce! -repitió Lirael no sin cierta angustia en la voz.

Cumplía catorce años y, según los cánones del mundo que había más allá del Glaciar de las Clarvis, ya era una mujer. No obstante, debía se­guir llevando la túnica azul de las niñas, porque las clarvis señalaban el paso a la edad adulta no por los años, sino por el don de la visión.

Lirael volvió a cerrar los ojos y los apretó con fuerza mientras se obligaba a ver el futuro. Todas las chicas de su edad tenían el don de la visión. Muchas niñas más pequeñas vestían la túnica blanca y la diade­ma de ópalos. Nunca se había visto a nadie que, al cumplir los catorce años, no le llegara el don de la visión.

Lirael abrió los ojos: de visiones, nada. Sólo veía su sencilla alcoba, una imagen borrosa a causa de las lágrimas. Las enjugó de un manota­zo y se levantó.

-Sin madre, sin padre y sin don de la visión -dijo mientras abría el armario y sacaba una toalla.

Se trataba de una conocida letanía. La repetía a menudo pese a que le producía siempre una terrible punzada de pena en el estómago. Era como hurgar en una muela picada con la punta de la lengua. Dolía, pero era incapaz de contenerse. La herida formaba ya parte de ella.

Algún día, quizá, la portavoz de los nueve días la mandaría llamar. Entonces despertaría y diría: «Sin madre, sin padre, pero tengo el don de la visión».

-Tendré el don de la visión -masculló Lirael para sus adentros, abrió la puerta y recorrió de puntillas el pasillo que llevaba a los baños.

Las marcas del Gremio fueron encendiéndose a su paso llevando el día allí donde había oscuridad. Las demás puertas de la Residencia de Jóvenes seguían cerradas. En otros tiempos, Lirael solía llamar entre ri­sas a todas ellas para invitar a las demás huérfanas que vivían allí a que fueran a bañarse.

De aquello hacía muchos años. Antes de que a todas les fuera dado el don de la visión. En la época en que Merell, tutora de las jóvenes, ha­bía dirigido a sus niñas con mano blanda. Kirrith, la tía de Lirael, era ahora la nueva tutora. En cuanto oía un ruido, salía de su habitación con la bata de rayas blancas y granate para ordenar silencio y respe­to por los mayores que descansaban. No escatimaba reprimendas a Li­rael por el hecho de que fuese su sobrina. Al contrario. Kirrith era el polo opuesto de Arielle, la madre de Lirael. Estaba a favor de las nor­mas, la tradición, la obediencia.

Kirrith nunca habría abandonado el glaciar para irse a quién sabe dónde y regresar siete meses más tarde con una hija. Lirael lanzó una mirada iracunda a la puerta de Kirrith. En realidad, su tía nunca había hecho comentario alguno. De pequeña, Lirael se fue enterando de deta­lles de la vida de su madre por las conversaciones de sus primas más cer­canas. En aquellas conversaciones comentaban que no sabían qué ha­cer con una niña tan rara.

Lirael volvió a lanzar una mirada colérica al pensar en aquello. La ra­bia que llevaba dentro se negaba a marcharse, siguió acompañándola incluso después de haberse frotado la cara con piedra pómez en la bañe­ra llena de agua caliente. El choque del agua fría cuando se zambulló en el estanque largo logró al fin borrarle la expresión ceñuda.
La frente de Lirael volvió a arrugarse cuando se peinó delante del espejo comunitario del vestuario, anexo al estanque largo. El espejo era un rectángulo de acero plateado, de más de dos metros de alto y tres de ancho, un tanto desazogado en los bordes. Promediada la mañana, ante él iban a peinarse al mismo tiempo hasta ocho de las catorce huérfanas que vivían en la Residencia de Jóvenes.

Lirael detestaba compartir el espejo, porque no hacía más que des­tacar otra de las diferencias. La mayoría de las clarvis tenían el pelo ru­bio, los ojos claros y la piel morena que, tras la exposición al sol en las laderas del glaciar, adquiría un tono castaño intenso. En comparación con ellas, Lirael se veía como un hierbajo pálido entre hermosas flores. Ella nunca se ponía morena, la piel blanca se le quemaba al contacto con el sol y tenía los ojos negros y el pelo más negro aún.

Estaba segura que se parecía a su padre, quienquiera que hubiese sido. Arielle nunca había revelado su nombre, una vergüenza más con la que su hija tuvo que cargar. Las clarvis solían quedarse preñadas de los hombres que las visitaban, pero no tenían por costumbre abando­nar el glaciar para encontrarlos, tampoco ocultaban sus nombres. No se sabía por qué, pero casi siempre parían niñas. Niñas rubias, de piel cas­taña y ojos azules o verdes.

Lirael era una excepción.

Sola, delante del espejo, la muchacha se olvidó de todo. Se con­centró en la tarea de peinarse, cuarenta y nueve cepilladas a cada lado. Se sentía algo más esperanzada. Quizás ése sería el día. Un decimo­cuarto cumpleaños marcado por el mejor de los regalos. El don de la visión.

Aun así, a Lirael no le apetecía desayunar en el refectorio central. La mayoría de las clarvis comían allí, y ella tendría que compartir mesa con niñas tres o cuatro años menores, destacando como un cardo en un parterre de flores primorosamente cuidadas. Un cardo vestido de azul. Todas las muchachas de su edad iban de blanco y ocupaban las mesas destinadas a las clarvis coronadas y reconocidas.

Lirael atravesó dos pasillos silenciosos, bajó dos escaleras de cara­col que descendían en direcciones opuestas y llegó al refectorio inferior. Era el lugar donde comían los mercaderes y los suplicantes que acudían a ver a las clarvis para que les predijeran el futuro. Las únicas clarvis allí presentes eran las encargadas del turno de cocina y las camareras.

O casi las únicas. Había otra que Lirael esperaba encontrar. La por­tavoz de los nueve días. Al descender los últimos peldaños, Lirael se imaginó la escena. La portavoz bajaba la escalinata principal, golpeaba el gong y hacía una pausa para anunciar que la guardia de los nueve días la había visto a ella, a Lirael, cuando la coronaban con la diadema de ópalos, la había visto tras conseguir por fin el don de la visión.

El refectorio inferior no estaba muy concurrido esa mañana. Sólo tres de las sesenta mesas estaban ocupadas. Lirael se dirigió a la cuarta, lo más lejos posible de las demás, y apartó el banco. Prefería sentarse sola, aunque no se encontrara entre clarvis.

Dos de las mesas estaban ocupadas por mercaderes, probablemen­te de Belisaere; hablaban a voz en cuello de las importaciones de pi­mienta en grano, jengibre, nuez moscada y canela que habían traído del extremo norte y esperaban vender a las clarvis. Era evidente que alaba­ban sin recato la calidad de las especias que anunciaban con el propósi­to de que sus comentarios llegasen a oídos de las clarvis de la cocina.

Lirael olisqueó el aire. Era posible incluso que lo que decían fuese cierto. El aroma del clavo y la nuez moscada que despedían los sacos de los mercaderes era intenso, agradable. Lirael lo interpretó como un buen presagio.

La tercera mesa la ocupaban los guardias de los mercaderes. Aun­que se encontraran en el interior del Glaciar de las Clarvis, seguían lle­vando los coseletes compuestos de escamas entrelazadas y tenían las es­padas envainadas debajo de los bancos. Seguramente pensaban que los bandidos, o algo peor, podían seguir sin problemas el estrecho sendero que bordeaba el desfiladero del río y derribar la puerta que daba al vas­to complejo de las clarvis.

No era menos cierto, sin embargo, que habrían sido incapaces de ver la mayor parte de las defensas. El sendero del río estaba plagado de marcas del Gremio para ocultar y cegar, y debajo de las lajas se escon­dían los enviados de bestias y guerreros que, a la menor amenaza, se le­vantarían en armas. Por otra parte, el sendero cruzaba el río no menos de siete veces, por medio de puentes estrechos de antigua construcción, en apariencia tallados en piedra. Puentes de fácil defensa, debajo de los cuales pasaba el río Renegado, que era lo bastante profundo y rápido para impedir el paso a los muertos.

En las paredes del refectorio menor también había magia del Gre­mio en estado latente, y enviados que dormían en la áspera piedra la­brada del suelo y el techo. Aunque las marcas del Gremio eran muy te­nues, Lirael alcanzaba a verlas y a desentrañar los encantamientos que formaban. Los enviados eran los más difíciles de descifrar porque sólo estaban claras las marcas que les daban origen. Evidentemente, tam­bién había marcas bien visibles, las que iluminaban la estancia y todos los rincones de los dominios subterráneos de las clarvis estaban metidas en la piedra de la montaña, cerca de la masa helada del glaciar.

Lirael escrutó el rostro de los visitantes. Se habían quitado el yelmo y llevaban el cabello cortado casi al cero, por lo que se podía compro­bar que ninguno de ellos tenía la marca del Gremio en la frente. Por lo tanto, era casi seguro que no percibían la magia que los rodeaba. Si­guiendo un impulso, Lirael se apartó el flequillo demasiado largo y se palpó la marca. Al tocarla, latió levemente, y la invadió la sensación de estar conectada, de pertenecer al gran código del Gremio que describía el mundo. Aunque careciera del don de la visión, al menos era algo pa­recido a una maga del Gremio.

Los guardias de los mercaderes deberían confiar más en las defensas de las clarvis, pensó Lirael, mientras volvía a observar a hombres y mu­jeres armados. Uno de ellos la sorprendió observándolos; sus mira­das se cruzaron un momento y la muchacha apartó la vista. En ese breve instante, vio a un joven con la cabeza más rapada que sus com­pañeros, en cuya calva reluciente se reflejaba la luz de las marcas del Gremio del techo.

Pese a que intentó no hacerle caso, Lirael comprobó que el guar­dia se levantaba y se acercaba a ella, el coselete de escamas demasiado grande para alguien que no completaría su desarrollo hasta varios años más tarde. Lirael arrugó el entrecejo cuando lo vio acercarse e intentó ocultar más la cara. Por el mero hecho de que de vez en cuando las clar­vis eligieran pareja entre los visitantes, algunos pensaban que toda aquella que bajara al refectorio inferior lo hacía porque iba a la captu­ra de un hombre. Era una idea particularmente arraigada entre los jó­venes de dieciséis años.

-Disculpa -dijo el guardia-. ¿Me puedo sentar?

Lirael asintió de mala gana; el chico se sentó y una infinidad de es­camas tintinearon sobre su pecho como una cascada de metal.

-Me llamo Barra -dijo él alegremente-. ¿Es la primera vez que bajas?

-¿Cómo? -preguntó Lirael, intrigada y tímida-. ¿Te refieres al refectorio?

-No -contestó Barra riéndose e indicando con un amplio ademán el espacio a su alrededor-. Me refiero al Glaciar de las Clarvis. Es la segunda vez que vengo, de manera que si necesitas que alguien te guíe... Aunque supongo que tus padres vendrán a menudo a comprar y vender.

Lirael apartó la mirada y notó que las mejillas se le teñían de rojo. Trató de pensar en una respuesta cortante, pero lo único que le vino a la cabeza fue que los forasteros sabían que no era una verdadera clarvi. Hasta los más tontos, canijos y ataviados con trajes que parecían sona­jeros como el que tenía enfrente.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó Barra sin percatarse del sonro­jo ni del terrible vacío que había crecido en el fuero interno de la mu­chacha.

Lirael tragó saliva, se humedeció los labios, pero las palabras se re­sistieron a salir. Tenía la impresión de carecer de nombre y de identidad. Ni siquiera se atrevía a mirar a Barra porque los ojos se le habían lle­nado de lágrimas, y para disimular había clavado la vista en la pera a medio comer que tenía en el plato.

-Yo sólo quería saludarte -dijo Barra la mar de incómodo cuan­do el silencio se fue prolongando.

Lirael asintió; sobre la pera cayeron dos lagrimones. No levantó la mirada ni intentó enjugarse las lágrimas. Siguió allí sentada, con los brazos caídos, inútiles, como su voz.

-Lo siento -se disculpó Barra al tiempo que se levantaba ruido­samente.

Escudada tras un mechón protector, Lirael lo vio regresar a su mesa. Cuando el chico estuvo a unos metros de distancia, uno de los hombres hizo un comentario en voz baja, casi inaudible, Barra se encogió de hombros y el resto de los hombres y algunas mujeres se echaron a reír.

-Es mi cumpleaños -susurró Lirael mirando el plato, con voz des­consolada-. No debo llorar el día de mi cumpleaños.

Se levantó, pasó por encima del banco con torpeza, recogió el plato y el tenedor y los llevó al ventanuco que comunicaba con la antecocina, poniendo mucho cuidado de no mirar a los ojos a ninguna de sus pri­mas que trabajaban allí.

Seguía con el plato en la mano cuando una de las clarvis bajó la es­calera principal y con la varita de punta metálica golpeó el primero de los siete gongs que había al pie de los siete escalones. Lirael se quedó pa­ralizada y cuantos se encontraban en el refectorio interrumpieron sus conversaciones al ver a la clarvi descender y golpear uno por uno los gongs restantes arrancándoles distintas notas que se fundieron en una sola antes de volver a quedar en silencio.

La clarvi se detuvo en el último escalón y levantó la varita. A Lirael le dio un vuelco el corazón y notó un nudo en el estómago. Era tal y como lo había imaginado. Tan idéntico a lo que había imaginado que tenía la certeza de que no eran imaginaciones suyas, sino el inicio de la visión.
Tal como indicaba su varita, Sohrae era la actual portavoz de los nueve días, que anunciaba cuándo la guardia veía algo de interés públi­co para las clarvis o el reino. Y lo más importante era que la portavoz, también anunciaba cuándo la guardia había visto a la niña que acaba­ba de adquirir el don de la visión.

-Aquí y ahora proclamo -proclamó Sohrae y su voz clara llegó hasta el último rincón del refectorio y las cocinas-, que la guardia de los nueve días tiene el placer de anunciar que el don de la visión ha des­pertado en nuestra hermana...

Sohrae inspiró hondo antes de continuar; Lirael cerró los ojos por­que sabía que pronunciaría su nombre. «Tengo que ser yo, tengo que ser yo -pensó-. Dos años más tarde de lo habitual pero tengo que ser yo porque hoy es mi cumpleaños. Tengo que ser...» -Annisele -dijo Sohrae.

Se dio media vuelta y subió las escaleras golpeando ligeramente a su paso los gongs cuyos sonidos se unieron al suave coro de voces de los visitantes.

Lirael abrió los ojos. El mundo no había cambiado. No tenía el don de la visión. Todo continuaría como hasta ese momento. Lamentable­mente.

-¿Me das el plato, por favor? -le pidió la prima invisible aposta­da detrás del ventanuco de la antecocina-. ¡Ah, pero si eres tú, Lirael! Creía que era un visitante. Será mejor que te des prisa y subas, querida. En breve comenzará el despertar de Annisele. Ya sabes que ésta es la última parada de la portavoz. ¿Cómo es que se te ha ocurrido venir a comer aquí?

Lirael no le contestó. Soltó el plato, cruzó el refectorio como una so­námbula rozando con los dedos las esquinas de las mesas al pasar. Como una letanía, la voz de Sohrae le daba vueltas en la cabeza.

-El don de la visión ha despertado en nuestra hermana Annisele. Annisele. Annisele sería quien luciera la túnica blanca y la diadema de plata y ópalos, mientras Lirael tendría que conformarse otra vez con ponerse su mejor túnica azul, el uniforme de las niñas. La túnica a la que ya no le quedaba dobladillo de tantas veces como se la habían alar­gado. La túnica que todavía le venía demasiado corta.

Annisele había cumplido los once hacía diez días. Pero el día de su cumpleaños no sería nada comparado con éste, el de su despertar.

Los cumpleaños no significaban nada, pensó Lirael, poniendo me­cánicamente un pie delante de otro mientras subía los seiscientos esca­lones que llevaban del refectorio inferior al camino del oeste, y que continuaba por el sendero hasta llegar a los doscientos escalones que la se­paraban de la puerta trasera de la Residencia de Jóvenes. Contó todos los escalones sin mirar a nadie a los ojos. Lo único que vio fue el vaivén de las túnicas blancas y el brillo que desprendían las chinelas negras cuando todas las clarvis entraron en tropel en el Gran Salón para ren­dir honores a la niña que acababa de unirse a las filas de quienes veían el futuro.

Al llegar a su cuarto, Lirael se encontró con que no había podido disfrutar de ninguna de las pequeñas alegrías que suelen acompañar un cumpleaños. Todas se habían apagado como una vela. Era el día de Annisele, pensó Lirael. Debía hacer lo posible y alegrarse por su prima. Debía pasar por alto la pena inmensa que le rompía el corazón.
2

Un futuro perdido

Lirael se dejó caer en la cama y trató de sobreponerse a la desespera­ción. Debía vestirse para asistir a la ceremonia del despertar de Annisele. Pero cada vez que intentaba incorporarse, algo le impedía continuar y volvía a sentarse. En ese momento le resultaba imposible levantarse. Sólo atinaba a revivir lo ocurrido en el refectorio inferior, cuando no había oído pronunciar su nombre. No obstante, logró apartar la mente de aquellos pensamientos y concentrarse en el futuro inmediato en lu­gar del pasado. Lirael tomó una decisión. No asistiría a la ceremonia del despertar de Annisele.

Era altamente improbable que la echasen de menos, aunque cabía la posibilidad de que alguien fuera en su busca. Esta idea le dio las fuerzas necesarias para levantarse de la cama y buscar lugares donde ocultarse. Debajo de la cama era lo acostumbrado, pero en la parte inferior del ca­tre de Lirael no había demasiado espacio, además, estaba llena de pol­vo, puesto que llevaba varias semanas sin cumplir con las normas de limpieza.

Pensó un momento en el armario. Su forma de caja desnuda de ma­dera de pino le recordaba un ataúd puesto de pie. No era la primera vez que lo pensaba. Siempre había tenido lo que sus primas consideraban una imaginación morbosa. Ya de pequeña le gustaba interpretar dra­máticas escenas de muerte de relatos famosos. Hacía años que había de­jado de hacer teatro, pero nunca había dejado de pensar en la muerte. Sobre todo en la suya.

-La muerte -musitó Lirael, temblando al oír la palabra.

La repitió en voz más alta. Una palabra sencilla, una forma sencilla de evitar las cuestiones que la acosaban. Quizá pudiera faltar a la cere­monia del despertar de Anniselle, pero seguramente le sería imposible no asistir a las que vendrían después.

Si se suicidaba, pensó Lirael, no se vería obligada a ver que las niñas cada vez más pequeñas que ella conseguían el don de la visión. Enton­ces no se vería obligada a estar entre un puñado de crías vestidas con tú­nicas azules. Niñas que la miraban de reojo durante la ceremonia del despertar. Lirael había visto muchas veces aquella mirada y reconocía el miedo que había en ella. Temían parecerse a Lirael, estar condenadas a que les faltara lo único que importaba de verdad.

Tampoco se vería obligada a aguantar a las clarvis que la miraban con cara de lástima. Las que siempre la paraban para preguntarle cómo estaba. Como si las palabras pudiesen describir sus sentimien­tos. O como si aun disponiendo de palabras, Lirael pudiese contar­les lo que se sentía al tener catorce años sin haber recibido el don de la visión.

-La muerte -volvió a musitar Lirael, saboreando las palabras.

¿Qué otra salida le quedaba? Cuando era más pequeña siempre ha­bía abrigado la esperanza de que un día le llegase el don de la visión. Pero ya tenía catorce años. ¿Dónde se había visto nunca una clarvi de catorce años sin el don de la visión? La vida nunca le había parecido tan desesperante como ese día.

-Es lo mejor que puedo hacer -declaró Lirael, como si estuviese informando a una amiga de una decisión vital.

Su voz sonaba confiada, pero en el fondo no estaba tan segura. El suicidio era algo impropio de las clarvis. Si se quitaba la vida, sería como confirmar de manera irrefutable que no tenía nada que ver con aquel ambiente. Tal vez fuese la mejor solución. ¿Cómo iba a hacerlo? Lirael desvió la vista hacia donde guardaba la espada de prácticas en su vaina, detrás de la puerta. Era de acero blando y estaba desafilada. Po­día dejarse caer sobre la punta, pero entonces sufriría una muerte lenta y dolorosa. Además, oirían sus gritos y acudirían en su auxilio.

Tal vez existiera un encantamiento que le cortara el aliento, le seca­ra los pulmones y le cerrara la garganta. Pero no lo encontraría en sus libros de texto, el cuaderno de ejercicios titulado Magia del Gremio y el índice de marcas del Gremio, que descansaban sobre la mesa, a unos pasos de distancia. Tendría que investigar en la Gran Biblioteca para encontrar semejante encantamiento y además, ese tipo de magia estaría cerrada a cal y canto por los hechizos.


Solo le quedaban dos medios razonablemente accesibles para aca­bar con todo: el frío y la altura.

-El glaciar -susurró Lirael.

Era la solución. Subiría por la escalera del monte Estrella cuando todo el mundo estuviera en la ceremonia del despertar de Annisele y desde lo alto se arrojaría al hielo. Con el tiempo, si alguien se molesta­ba en buscarla, encontrarían su cuerpo roto y congelado, entonces se darían cuenta de lo difícil que era ser una clarvi sin el don de la visión. Los ojos se le llenaron de lágrimas al imaginar a la multitud silen­ciosa presenciando el levantamiento de su cuerpo y su traslado al Gran Salón, el azul de su túnica infantil convertido en blanco por el hielo y la nieve que lo cubrían.

Alguien llamó a la puerta e interrumpió su morbosa ensoñación. Aliviada, Lirael se puso en pie de un salto. Daba la impresión de que, para variar, la guardia de los nueve días la había visto. La habían visto subir al glaciar y tirarse de cabeza, y por eso habían enviado a alguien para impedir ese futuro, para decirle que algún día conseguiría el don de la visión y que todo saldría bien.

Se abrió la puerta antes de que Lirael pudiera decir «pase». Ese de­talle bastó para que se diese cuenta de que no se trataba de una guardiana de los nueve días, preocupada por su seguridad. Era la tía Kírrith, tutora de las jóvenes. Más tutora que tía, porque trataba a Lirael como a todas las demás, y porque nunca le demostraba el afecto que podía es­perarse de una tía.

-¡Por fin te encuentro! -atronó Kirrith sin venir a cuento, con ese tono falsamente alegre que resultaba tan irritante-. Te busqué a la hora del desayuno, pero era tal la aglomeración que no di contigo. ¡Fe­liz cumpleaños, Lirael!

Lirael miró a Kirrith y el regalo que le ofrecía. Un paquete grande y cuadrado, envuelto en papel azul y rojo, espolvoreado de oro. Un papel precioso, la verdad. Era la primera vez que la tía Kirrith le hacía un re­galo. Lirael lo achacaba a que ella tampoco aceptaba regalos, pero en el fondo, tenía la sensación de que la cuestión era otra. La cuestión era dar, no recibir.

-Vamos, vamos, ábrelo -la invitó Kirrith-. Falta poco para la ceremonia del despertar. ¡Quién iba a decir que le tocaría a la pequeña Annisele!

Lirael cogió el paquete. Era blando y bastante pesado. En un peri­quete, la idea de quitarse la vida desapareció por completo, vencida por la curiosidad. ¿Qué sería el regalo?

Cuando volvió a palpar el paquete, tuvo un terrible presentimiento. A todo correr hizo un agujero en una esquina del papel y descubrió el tono azul delator.

-Es una túnica -dijo Lirael, pero las palabras parecían provenir de otra persona muy lejana-. Una túnica de niña.

-Sí -dijo Kirrith, esplendorosa con su túnica blanca y la diadema de plata y ópalos firmemente sujeta sobre el pelo rubísimo-. Con el es­tirón que has pegado, la que llevas hace mucho que te viene corta y eso, querida mía, es poco apropiado...

Siguió hablando, pero Lirael no la escuchaba. De repente, todo se volvió irreal. La túnica que sostenía en sus manos. La tía Kirrith que no paraba de cotorrear. Todo.

-¡Venga, vístete! -la animó Kirrith alisándose los pliegues de la túnica.

Era una mujer alta y corpulenta, una de las clarvis más altas. A su lado, Lirael se sentía muy pequeñita y sucia, comparada con los metros y metros de blanca túnica de su tía. Clavó la vista en aquella blancura y volvió a pensar en el hielo y la nieve.

Estaba sumida en sus pensamientos cuando Kirrith le dio una pal­mada en el hombro.

-¿Qué? -preguntó Lirael al darse cuenta de que no se había ente­rado de lo que había dicho Kirrith.

-¡Que te vistas! -repitió tía Kirrith. Arrugó la frente y la diadema se le bajó proyectando una sombra sobre sus ojos-. Sería de muy mala educación que llegásemos tarde.

Como una autómata, Lirael se quitó la túnica vieja y se puso la nue­va. Era de grueso lino, tan nueva que estaba tiesa, de manera que tuvo dificultades para ponérsela y tía Kirrith tuvo que tirar de ella hacia aba­jo. Cuando consiguió meter los brazos por las mangas y acomodarse bien la prenda bien a la altura de los hombros, comprobó que le llega­ba a los tobillos.

-El largo suficiente para que sigas creciendo -observó tía Kirrith, satisfecha-. Es hora de irnos.

Lirael miró desde arriba el vasto mar de tela azul que le cubría el cuerpo entero y pensó que jamás llenaría aquella prenda. Tía Kirrith debía de pensar que su sobrina nunca vestiría de blanco para la cere­monia del despertar, porque tenía túnica para treinta y cinco años.

-Ve tú, que enseguida te sigo -mintió pensando en la escalera del monte Estrella, en los acantilados y en el hielo que la esperaba-. Voy a ir al lavabo.


-Muy bien -dijo Kirrith y salió al pasillo-. ¡Pero date prisa! ¡Piensa en lo que diría tu madre!

Lirael la siguió y dobló a la izquierda, hacia el cuarto de baño más cercano. Kirrith dobló a la derecha dando palmas para meterles prisa a tres niñas de ocho años que, sofocando las risas, se iban poniendo las túnicas por la cabeza sin dejar de caminar.

Lirael no tenía idea de lo que habría dicho su madre sobre nada. Ya le habían dado mucho la lata con Arielle cuando era pequeña, antes de que acabara convertida en una extraña con la que nadie quería me­terse. Las clarvis solían buscar amantes ocasionales entre los visitantes del glaciar y no era raro que a veces los encontraran fuera. Pero jamás había dejado de inscribirse a los padres de los niños.

La madre de Lirael había contribuido a que su hija fuera una extra­ña cuando, impulsada por alguna visión de la que nada había dicho a las demás clarvis, se marchó del glaciar abandonando a la pequeña de cinco años. Años más tarde, tía Kirrith le contó a su sobrina que Arie­lle había muerto sin darle nunca más detalles. A Lirael le habían llega­do varias teorías, incluida la que sostenía que Arielle había sido enve­nenada por rivales celosas de la corte de algún señor de poca monta de las heladas tierras del Norte o devorada por las fieras. Al parecer, tra­bajaba como vidente, un oficio que, según las clarvis, estaba muy por debajo de la gente de su sangre.

El dolor de la pérdida de su madre quedó encerrado en el corazón de Lirael, pero no tan profundamente para que no aflorara a veces a la superficie. Tía Kirrith era experta en traerlo siempre a colación.

Cuando Kirrith y las tres niñas amonestadas desaparecieron, Lirael regresó a su cuarto y se puso la ropa de calle: una abrigada chaqueta de lana grasienta por la lanolina, un gorro de doble fieltro con orejeras, chanclos impermeables, guantes forrados de piel y anteojos de cuero con lentes ahumados de cristal verde. Una vocecita en su interior le de­cía que era una tontería llevar tanta ropa para ir al encuentro de su muerte, pero otra vocecita insistía en que eso no era motivo para que no fuese vestida como estaba mandado.

Como todas las zonas habitadas de los dominios de las clarvis te­nían calefacción de vapor transportado por una tubería desde las fuen­tes termales, Lirael envolvió en el abrigo toda la ropa de lana y demás complementos. Al subir la escalera del monte Estrella entraría en calor y no tendría necesidad de vestirse tanto. Como último gesto de desafío, se quitó la túnica nueva y la tiró al suelo. Decidió ponerse las prendas más neutras utilizadas por las clarvis cuando trabajaban en la cocina o la antecocina del refectorio inferior, una camisa larga, de algodón gris, que le llegaba a las rodillas, sobre unas calzas de lana azul. El conjunto se com­pletaba con un mandil de loneta, pero la muchacha decidió dejarlo.

Se hacía raro bajar con sigilo por el camino del Norte sin nadie a la vista. Normalmente, aquella vía tan transitada estaba llena de clarvis que iban o venían de la guardia de los nueve días o se ocupaban de al­guna de las infinitas tareas más mundanas de la comunidad. El Glaciar de las Clarvis era en realidad una pequeña aldea, muy extraña, eso sí, puesto que la actividad principal de sus habitantes era observar el futu­ro. Mejor dicho, tal como las clarvis se veían obligadas a aclarar cons­tantemente a los visitantes, los numerosos futuros posibles.

En la encrucijada del camino del Norte con el Zigzag, Lirael se cer­cioró de que nadie la observaba. Dio unos cuantos pasos por la prime­ra vuelta del Zigzag y buscó un agujerito negro, a la altura de la cintu­ra. Cuando dio con él, de la cadena que le colgaba del cuello sacó una llave. Todas las clarvis tenían llaves como aquella para abrir la mayoría de las puertas normales. La puerta del monte Estrella se usaba muy de vez en cuando, pero Lirael creía que no precisaba de una llave especial.

Alrededor del agujero de la cerradura no había señales de puerta al­guna hasta que Lirael metió la llave y le dio dos vueltas. Del suelo se ele­vó una suave línea plateada que poquito a poco fue dibujando en la pie­dra una entrada con su puerta.

Lirael abrió la puerta de par en par. La recibió una ráfaga de aire frío que la obligó a cruzarla a toda prisa. Si por ahí cerca había más gen­te, lo primero que notarían sería la brisa helada. Las clarvis podían vi­vir en una montaña medio oculta tras un glaciar, pero el frío no les ha­cía una gracia especial.

La puerta se cerró en cuanto Lirael la hubo cruzado y las líneas pla­teadas que marcaban su contorno se desdibujaron lentamente. Frente a ella partía una escalera que subía en línea recta. Las marcas del Gremio que había en lo alto desprendían una luz más débil que la de los salones principales. Las contrahuellas eran más altas de lo habitual, detalle que Lirael no recordaba de la excursión que había hecho con sus compañe­ras de curso años antes, cuando todos los escalones le habían parecido altísimos. Hizo una mueca al empezar a subir pues sabía que los múscu­los de las pantorrillas no tardarían en dolerle a causa de esos quince centímetros de más.

Una barandilla de bronce llegaba hasta los primeros cien escalones, donde la escalera continuaba en vertical. Lirael se agarró con fuerza al subir y notó el frescor del metal. Como tenía por costumbre, empezó a contar los escalones; el ritmo regular borró momentáneamente las imá­genes mentales en las que se veía precipitándose por una infinita ladera helada.

Apenas se dio cuenta de que la barandilla se interrumpía y de que los escalones se dirigían hacia adentro, hacia la larga espiral que la con­duciría a la cima del monte Estrella. Frente a éste se alzaba su hermano, el monte Ocaso, y entre los dos sostenían el glaciar. En otros tiempos, el glaciar había tenido un nombre propio que ya nadie recordaba. Duran­te siglos todos se referían a él con el nombre de las clarvis, por ser ellas quienes vivían justo en lo alto, y en ocasiones, debajo de él. Con el paso de los años, la denominación pasó a designar también al Reino de las Clarvis, de manera que la enorme masa de hielo y las residencias de pie­dra eran conocidos con el topónimo de Glaciar de las Clarvis, como si formaran una unidad.

No era costumbre de las clarvis elegir sus moradas tan cerca del glaciar. Llevaban siglos viviendo en la montaña, siguiendo los túneles dejados por las larvas taladradoras, una especie en extinción, o practi­cando sus propias excavaciones por medios físicos o mágicos. Entre­tanto, el glaciar había seguido su inexorable deslizamiento valle abajo, en dirección a las montañas que sujetaban sus bordes. El hielo des­gastaba y rompía la piedra y el glaciar se mostraba indiferente a la destrucción de los túneles de las clarvis producida por su recorrido.

Lógicamente, las clarvis veían por dónde discurría el loco avan­ce del glaciar, pero eso no había servido para poner freno a la ambi­ción de los constructores de otras épocas. Era evidente que habían calculado que las extensiones excavadas por ellos durarían al menos tres o cuatro generaciones, tiempo suficiente para que la obra merecie­ra la pena.

Lirael pensó en todos aquellos constructores y se preguntó por qué habrían edificado la escalera con escalones tan incómodos y tan altos. A medida que iba avanzando, ni siquiera el recuento mecánico de esca­lones logró mantener su fantasía a raya. Empezó a imaginar el aspecto que tendría Annisele en ese preciso instante. Tal vez estuviera de pie, en las primeras filas de los niños, en el Gran Salón, la única silueta blanca en medio de un mar azul. Echaría a andar hacia el otro extremo perca­tándose apenas de las infinitas filas de clarvis vestidas de blanco, senta­das en las veintiuna filas de bancos distribuidos a ambos lados del salón durante metros y metros. Los bancos estaban hechos de caoba antigua, con cojines de seda que se cambiaban cada cincuenta años con bastan­te ceremonia.

En el extremo opuesto del Gran Salón se encontraría la portavoz de los nueve días, y quizá también algunas de las guardianas, si sus obli­gaciones lo permitían. Estarían todas de pie, alrededor del pilar del Gre­mio que se elevaba del suelo del salón como un solitario menhir surca­do por todo tipo de marcas cambiantes y refulgentes que formaban la carta en la que se describía cuanto existía en el mundo, lo visto y lo no visto. Y en el pilar del Gremio, tan alto que nadie podía alcanzarla, sal­vo la portavoz con su varita de punta metálica, estaría la diadema de la nueva clarvi, la plata y los ópalos reflejarían las marcas del Gremio del pilar de piedra.

Lirael pugnó por levantar los pies y subir un escalón más. Annisele no se cansaría durante el paseo de unos pocos cientos de pasos en los que estaría flanqueada de caras sonrientes. Y cuando le colocaran la diadema en la cabeza, se oirían el tumulto de las clarvis al ponerse de pie y los vítores cuyo eco se propagaría por todo el salón y más allá. El despertar de Annisele, auténtica clarvi, señora de la Visión. Por todos aclamada.

Qué diferencia con Lirael que, como de costumbre, se encontraba sola, sin que nadie reparara en ella. Sintió ganas de llorar, pero se limpió las lágrimas de un manotazo. Cien escalones más y llegaría a la puerta del monte Estrella. Después de entrar por la puerta y cruzar la amplia terraza que había enfrente, Lirael se detendría en el borde del glaciar y miraría hacía el fondo, donde se encontraba la helada muerte.


3

Papelonaves



Lirael se detuvo a descansar en lo alto de la escalera del monte Estrella hasta que ya no aguantó más el frío de la piedra. Se puso entonces la ropa de abrigo y al colocarse los anteojos, el mundo se tiñó de color ver­de. Por último, sacó una bufanda de seda del bolsillo del abrigo, se cu­brió con ella la nariz y la boca y se bajó las orejeras del gorro.

Vestida de esa guisa podía muy bien haber pasado por una de las clarvis. No se le veían ni la cara ni el cabello ni los ojos. Tenía exac­tamente el mismo aspecto que cualquiera de las clarvis. Cuando en­contraran su cuerpo, no sabrían de quién se trataba hasta que no le quitasen el gorro, la bufanda y los anteojos.

Sería la última vez que Lirael tendría el mismo aspecto que las de­más clarvis.

Delante de la entrada que llevaba de la escalera al hangar de las papelonaves y a la puerta del monte Estrella, la niña vaciló. Tal vez no fue­se demasiado tarde para regresar, para poner como excusa que le había sentado mal el desayuno y que se había visto obligada a quedarse en su cuarto. Si se daba prisa, era casi seguro de que estaría de regreso antes de que todas saliesen de la ceremonia del despertar.

El problema era que si regresaba, las cosas seguirían igual. Allá aba­jo no le quedaban esperanzas, decidió Lirael, y ya que había llegado hasta allí, podía aprovechar para ver los acantilados. Ya tomaría una decisión cuando estuviese allí.

Volvió a sacar la llave y con movimientos torpes, a causa de los guantes, abrió la puerta. Esta vez se trataba de una puerta visible, pero con custodias mágicas. Lirael notó cómo fluía la magia del Gremio y pasaba a través de la llave, de la piel de sus guantes y de ahí a sus ma­nos. Al principio se puso tensa, pero cuando el efecto se le fue pasando, se relajó. No se sabía qué era lo que custodiaba el encantamiento, aun­que estaba claro que no sentía interés alguno por ella.

Detrás de la puerta hacía más frío aún, pese a que Lirael seguía en el interior de la montaña. La amplia estancia donde se encontraba era el hangar de las papelonaves, donde las clarvis guardaban sus aviones má­gicos. Tres de ellos dormían. Tenían más bien aspecto de gráciles canoas, con alas y colas de halcón. Lirael sintió el impulso de tocar a uno, para ver si el tacto era realmente como el del papel, pero se abstuvo de ha­cerlo. Las papelonaves estaban hechas materialmente de miles de hojas de papel reforzado. En su fabricación intervenía una buena dosis de magia, por eso, esos vehículos aéreos tenían cierta capacidad de sen­tir. Los ojos pintados en la parte frontal de la nave más cercana, de to­nos verdes y plateados, podían parecer como dormidos, pero apenas alguien la tocara, se iluminarían. Lirael no tenía ni idea de cómo reac­cionaría la nave después. Sabía que se controlaban mediante marcas del Gremio silbadas, y que ella sabía silbar, aunque desconocía las marcas y las técnicas especiales que éstas requerían.

Lirael pasó de puntillas delante de las papelonaves y fue hasta la puerta del monte Estrella. Era enorme: tenía el ancho suficiente para dar paso a treinta personas y dos papelonaves, y casi cuadriplicaba la al­tura de la muchacha. Por suerte, no tuvo que molestarse siquiera en abrirla, porque en el extremo izquierdo de la puerta había una porte­zuela. Tras una breve maniobra con la llave y unas cuantas caricias al encantamiento de custodia, la portezuela se abrió y Lirael salió.

El frío y el sol acudieron ambos a su encuentro, el primero era lo bastante intenso para traspasar todas las capas de ropa que llevaba en­cima, y el último, lo bastante resplandeciente para forzarla a entornar los ojos, pese a la protección de los anteojos.

Era un hermoso día de verano. Allá abajo, en el valle, pasado el gla­ciar, haría calor. Donde ella se encontraba hacía mucho frío, sobre todo por la brisa que, tras recorrer el glaciar, seguía montaña arriba.

Delante de Lirael había una terraza ancha, anormalmente plana, ta­llada en la ladera de la montaña. Medía unos cien metros de largo por cincuenta de ancho, y la nieve y el hielo en gruesos bloques se amonto­naban a su alrededor en profundos ventisqueros. Sin embargo, un leve manto de nieve cubría apenas la terraza. Lirael sabía que se mantenía así por obra de los enviados del Gremio, sirvientes creados por medios mágicos que, armados de palas y rastrillos, se ocupaban de limpiar aquella expansión durante todo el año, sin importarles el tiempo que hiciese. No había ninguno a la vista, pero la magia del Gremio que los ponía en marcha acechaba debajo de las piedras que cubrían el suelo. En el extremo más alejado de la terraza, la montaña acababa en un profundo precipicio. Lirael miró en esa dirección y sólo vio el cielo azul y las suaves volutas de algunas nubes. No le quedaba más remedio que cruzar la terraza y mirar hacia abajo para poder ver la mole del glaciar, trescientos metros más abajo. Sin embargo, no la cruzó. Se limitó a ima­ginar lo que ocurriría si saltaba. Si se lanzaba con el impulso suficiente, caería libremente hacia el hielo que la estaría esperando y encontraría así un rápido fin. Pero si el impulso no llegaba a ser suficiente, golpea­ría contra los salientes de las rocas, nueve o diez metros más abajo y, desde allí, seguiría rodando la distancia que le quedaba y, a cada im­pacto, se rompería los huesos uno por uno.

Lirael se estremeció y apartó la vista. Ahora que se encontraba allí, y que sólo una caminata a paso vivo la separaba del precipicio, ya no estaba tan segura de que eso de quitarse la vida fuese tan buena idea. Por desgracia, cada vez que intentaba pensar en un futuro posible, se sentía débil, paralizada, como si todos los caminos que se le ofrecían es­tuviesen cerrados por muros altísimos, imposibles de escalar.

Se obligó a dar unos cuantos pasos por la terraza para echar aunque más no fuera un vistazo al precipicio. Sin embargo, las piernas no pare­cían obedecerla porque la llevaron a recorrer todo el largo de la terraza sin acercarse del lado del precipicio.

Media hora más tarde, regresó a la puerta del monte Estrella, des­pués de haber recorrido cuatro veces toda la longitud de la terraza sin el coraje de acercarse siquiera al precipicio que había en el otro extremo. Lo máximo que se atrevió a hacer fue acercarse a la abrupta caída situa­da al final de la terraza, desde donde despegaban las papelonaves. Se tra­taba de una caída de apenas treinta metros, por una de las caras menos escarpadas de la montaña que no llegaba al glaciar. Pese a ello, tampoco se había atrevido a acercarse más que a varios metros del borde.

Lirael se preguntó cómo harían las papelonaves para lanzarse desde allí. Nunca las había visto despegar ni aterrizar y durante un buen rato estuvo imaginando cómo sería. Evidentemente, se deslizarían por el hielo y, en un punto determinado, se lanzarían hacia el cielo, ¿pero dón­de sería exactamente? ¿Necesitarían realizar una larga carrera, como los pelícanos azules del río Renegado, o se elevaban raudas como hal­cones?

Estas preguntas no hacían sino aumentar la curiosidad de Lirael por saber cómo funcionaban realmente las papelonaves. Consideraba la po­sibilidad de observar más de cerca una de las que descansaban en el han­gar cuando advirtió que la motita negra que acababa de ver en lo alto del cielo no era producto de su imaginación ni una nubecilla que presagiara tormenta. Era una verdadera papelonave aprestándose a aterrizar.

Al mismo tiempo oyó el rugido profundo de la puerta del monte Es­trella que comenzaba a abrirse. Se volvió a mirar hacia la puerta y luego otra vez para ver la papelonave, sacudiendo la cabeza con desespe­ración. ¿Qué iba a hacer?

Podía cruzar la terraza a la carrera y lanzarse al precipicio, pero la idea ya no la seducía. Había superado el momento de más negra deses­peración, al menos temporalmente.

También podía retirarse a un lado de la terraza y ver cómo aterriza­ba la papelonave, pero se arriesgaba a recibir una severa reprimenda de tía Kirrith, por no mencionar los meses de trabajo extra en la cocina que podían caerle. O cualquier otro castigo desconocido todavía peor.

Otra posibilidad que le quedaba era esconderse y mirar. Al fin y al cabo, lo que quería era ver aterrizar una papelonave.

Todas estas alternativas pasaron veloces por su mente y sólo tardó un instante en decidirse por la última. Lirael corrió hacia un montículo de nieve, se sentó encima y empezó a enterrarse como pudo. Al cabo de poco, quedaron borrados los indicios de su presencia, salvo el camino de huellas que recorrían la nieve hasta su escondite.

Lirael visualizó la carta del Gremio, buscó en su eterno fluir y sacó las tres marcas que precisaba. Una tras otra adquirieron brillo en su mente hasta llenarla por completo e impedirle pensar en otra cosa. Las dibujó en la boca y luego las sopló en dirección a las huellas que había en la nieve.

El hechizo partió de la muchacha en forma de bola de aliento hela­do que fue creciendo hasta alcanzar el ancho de un brazo. Echó a rodar por el sendero borrando las huellas de Lirael. Concluida su misión, la bola se dejó arrastrar por el viento, y el aliento y las marcas del Gremio se esfumaron.

Lirael levantó la vista con la esperanza de que quien viajara en la papelonave no hubiese notado la extraña nubecita. La aeronave esta­ba más cerca, la sombra de sus alas se proyectó sobre la terraza cuando voló una vez más en círculo perdiendo altura en cada pasada.

Lirael entrecerró los ojos; lo veía todo más oscuro a causa de los an­teojos y la nieve le cubría casi toda la cara. No alcanzaba a distinguir bien quién viajaba en la papelonave. El color de ésta no era como el de las clarvis sino rojo y dorado, los colores de la Casa Real. ¿Sería un mensajero? Existía una comunicación fluida entre el rey de Belisaere y las clarvis; con frecuencia, Lirael había visto mensajeros en el refectorio inferior. Aunque habitualmente no llegaban en papelonave.

Unas notas silbadas, cargadas de fuerza, llegaron hasta Lirael. Du­rante un instante sintió náuseas y tuvo la sensación de que también es­taba volando y que debía ponerse a favor del viento. Entonces vio apro­ximarse otra vez la papelonave y virar en dirección al viento para terminar recorriendo la terraza y detenerse envuelta en una nube de nie­ve, muy cerca del escondite de Lirael, tan cerca que la muchacha temió lo peor.

Dos personas bajaron de la cabina de mando con movimientos can­sados y estiraron brazos y piernas. Iban envueltos en tantas pieles que Lirael no logró saber si eran hombres o mujeres. Por el tipo de ropa no eran clarvis, eso estaba claro. Una llevaba un abrigo de marta negro y plateado; la otra, uno de una piel color rojizo que Lirael no reconoció. Y los anteojos tenían lentes azules en vez de verdes.

La del abrigo rojizo buscó en el interior de la cabina de mando y sacó dos espadas. Lirael pensó que él -estaba casi segura de que era un hombre- entregaría la otra, pero se ató las dos al ancho cinturón de cuero, una a cada costado.

Lirael llegó a la conclusión de que la otra persona, la del abrigo ne­gro y plateado, era una mujer. Se lo indicaba la forma en que se sacudía los guantes y apoyaba la palma de la mano en el morro de la papelona­ve, como una madre que comprueba si su hijo tiene fiebre tocándole la frente.

La mujer buscó entonces en la cabina de mando y sacó una bando­lera de cuero. Lirael alargó el cuello para ver mejor e hizo caso omiso de la nieve que se le metía por el cuello. Al reconocer lo que había en los morrales de la bandolera, soltó un grito ahogado que estuvo a punto de delatarla. Siete morrales, el más pequeño tenía el tamaño de un pastillero, y el más grande medía como la mano de Lirael. Por cada morral asomaba un mango de caoba. Los mangos de las campanas, las campa­nas cuyos badajos eran silenciados por el cuero. Fuera quien fuese aquella mujer, llevaba las siete campanas de los nigromantes.

La mujer se cruzó la bandolera sobre el pecho y sacó la espada. Era más larga que la utilizada por las clarvis. Y más antigua. Desde su es­condite Lirael notó la fuerza que despedía. Era la magia del Gremio que irradiaban la espada y esas dos personas.

Y las campanas, advirtió Lirael, porque gracias a ellas la muchacha supo quién era aquella persona. La nigromancia era magia libre, y esta­ba prohibida en el reino, igual que las campanas utilizadas por los nigromantes. Exceptuando las empleadas por una sola mujer. La encarga­da de deshacer las maldades pergeñadas por los nigromantes. La mujer que enviaba a los muertos al descanso definitivo. La mujer que reunía en su persona la magia libre y la del Gremio.

Lirael se echó a temblar, y no era por el frío, cuando se dio cuenta de que se encontraba a escasos metros de la Abhorsen. Hacía años, la legendaria Sabriel había rescatado al príncipe Piedra de Toque, conver­tido en piedra, y los dos juntos habían derrotado a Kerrigor, criatura perteneciente a los muertos mayores, que había estado a punto de des­truir el reino. Y se había casado con el príncipe cuando éste se convir­tió en rey y juntos habían...

Lirael volvió a mirar al hombre y se fijó en las espadas y en la forma en que se ponía cerca de Sabriel. Cuando se dio cuenta de que debía de ser el rey casi le da un desmayo. ¡El rey Piedra de Toque y la Abhorsen Sabriel estaban allí, delante de ella! Y los tenía tan cerca que podía in­cluso dirigirles la palabras... si fuera lo bastante valiente.

No lo era. Se hundió más en la nieve sin importarle el frío y la hu­medad y esperó a ver qué ocurría. Lirael desconocía las reglas del pro­tocolo, no sabía si tenía que hacer una reverencia ni cómo dirigirse al Rey y a la Abhorsen. Y lo peor de todo, no sabía cómo explicar su pre­sencia en ese lugar.

Una vez terminaron de equiparse, Sabriel y Piedra de Toque se acer­caron y hablaron en voz baja, sus caras casi se rozaban. Lirael aguzó el oído, pero no oía nada. El viento se llevaba sus palabras en dirección contraria. Sin embargo, estaba claro que esperaban algo... o a alguien.

No tuvieron que aguardar mucho. Lirael volvió despacio la cabeza hacia la puerta del monte Estrella procurando no mover la nieve apretada a su alrededor. Un reducido grupo de clarvis salía por la puerta y cruzaba la terraza a toda prisa. Estaba claro que venían directamente de la cere­monia del despertar, porque casi todas se habían puesto la capa o el abri­go encima de las túnicas blancas, y casi todas lucían todavía las diademas.

Lirael reconoció a las dos que abrían la comitiva, las gemelas Sanar y Ryelle, impecable paradigma de la clarvi perfecta. Su visión era tan fuerte que casi siempre estaban en la guardia de los nueve días, de manera que Lirael se cruzaba con ellas muy de vez en cuando. Las dos eran altas e increíblemente hermosas; el sol reflejado en sus rubias ca­belleras arrancaba destellos más brillantes que las diademas.

Las seguían otras cinco clarvis. Lirael las conocía vagamente y, si la apuraban, hasta podía recordar cómo se llamaban y qué relación de pa­rentesco las unía a ella. Como mínimo eran primas terceras, pero sabía que todas estaban dotadas de un fuerte sentido de la visión. Si todavía no formaban parte de la guardia de los nueve días, tal vez mañana pasaran a engrosar sus filas, o tal vez ya lo habían hecho la semana anterior.

En pocas palabras, eran siete de las clarvis más importantes del gla­ciar. Todas ellas ocupaban cargos corrientes, además de encargarse de su trabajo visionario. La pequeña Jasell, por ejemplo, que cerraba la fila, era la administradora jefa, responsable de las finanzas internas de las clarvis y de su banco central.

Además, eran las últimas personas con las que Lirael deseaba en­contrarse en un lugar donde le era vedado estar.



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