La trágica vida de marcel proust



Descargar 346.6 Kb.
Página1/19
Fecha de conversión18.11.2018
Tamaño346.6 Kb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19

MARCEL PROUST



La muerte de las catedrales


LA TRÁGICA VIDA DE MARCEL PROUST



Stefan Zweig

NACIÓ en París, al final de la guerra, el 10 de julio de 1871. Era hijo de un médico, y su familia pertenecía a la más alta y adinerada burguesía. Pero ni la ciencia del padre ni las riquezas de la madre pudieron aliviarle la niñez: a los nueve años, el pequeño Marcel comenzó a cuidar de su pobre, quebradiza salud.

A la vuelta de un paseo por el bosque de Bolonia sufrió un ataque de asma, y ya para siempre, hasta que Marcel exhaló el último suspiro, los ataques asmáticos le fueron desgarrando el pecho. Desde aquel día se le prohibió casi todo: los viajes, los juegos, el ajetreo y las travesuras. Se le prohibió, en una palabra, la niñez. Desde muy temprano, pues, se volvió observador, delicado, nervioso y fácilmente irritable, y por esto se convirtió en un ser de extraordinaria sensibilidad nerviosa e intelectual.

Marcel amaba el campo de una manera apasionada; pero raras veces pudo gozar de él, y nunca, desde luego, en primavera. Porque en primavera, la fecundidad de la naturaleza, el calor y el polen herían sus delicados órganos. Marcel gustaba de las flores, pero no podía acercarse a ellas. Cuando un amigo entraba en su habitación con un clavel en el ojal, Marcel se veía obligado a rogarle que se desprendiera de la flor. La estancia en un salón adornado con flores lo obligaba luego a guardar cama. Por eso, para poder ver aquellos colores tan queridos y para poder contemplar los perfumados cálices, Marcel se paseaba a veces en un coche cerrado, a través de cuyos cristales los miraba él ansiosamente. Y para consolarse de su perpetuo encierro en París, compraba libros de viajes; libros que hablasen de países lejanos, que nunca podría él visitar. Una vez, sin embargo, llegó hasta Venecia, y en un par de ocasiones se acercó al mar. Pero cada uno de estos viajes le costaba un esfuerzo desmesurado. Y acabó encerrándose en París.

Sus dotes de observación se fueron agudizando. El tono de una conversación, la horquilla que sujeta el cabello de una mujer, la manera como alguien se sienta a la mesa y se levanta de ella, y todos los pequeños detalles del mundo espiritual iban quedando impresos en su memoria. Entre dos parpadeos, su vigilante mirada era capaz de atrapar la menor nimiedad, y en su oido quedaban inalterablemente retenidos todos los matices, giros y rodeos de cualquier conversación. Por esto pudo luego contar en ciento quince páginas, y sin que faltara ni un aliento, ni un giro ocasional, ni un titubeo, ni una transición, las palabras pronunciadas en cierta ocasión por el conde Narpois. Los ojos y los oídos de Marcel estaban siempre vigilantes y despiertos y suplían, en la medida de lo posible, a los otros órganos extenuados.

Al principio, los padres de Marcel quisieron que el chico se dedicara a la diplomacia; pero la delicada salud del muchacho desbarató todos los proyectos. En definitiva, sin embargo, los padres de Marcel eran ricos y, por otra parte, su madre lo adoraba. Así es que el futuro escritor malbarató su juventud en visitas y reuniones. Hasta los treinta y cinco años arrastró él la vida más necia y sin sentido que jamás haya llevado algún artista. Proust, que era recibido en todos los salones, se portaba como un verdadero snob. Durante quince años se pudo encontrar en todos los salones a este muchacho cariñoso y despierto, que siempre, aunque estuviera aburrido, se mostraba conversador y cortés. Proust se apoyaba entonces en las esquinas de los salones y mostraba en ellas su ductibilidad en el arte de la conversación. A veces, pese a que en resumidas cuentas era un desconocido, la aristocracia del faubourg Saint-Germain lo admitía en sus reuniones, lo cual significaba un gran triunfo para él.

El aspecto exterior de Marcel Proust no tenía nada de extraordinario. No era particularmente apuesto ni elegante. Tampoco llevaba un apellido noble, y era hijo de una judía. Sus méritos literarios eran escasos; pues su obrita Les plaisirs et les jours no había tenido, pese a la amable charla que sobre ella hizo Anatole France, un auténtico éxito. Su generosidad, sin embargo, le hacía ser querido. Colmaba a todas las mujeres de preciosas flores y abrumaba a todo el mundo con inesperados regalos, prodigaba sus invitaciones y procuraba ser amable y simpático hasta con las personas menos importantes. En el hotel Ritz era famoso por sus banquetes y sus fantásticas propinas. Pues Proust daba diez veces más que los millonarios americanos, y al pisar el recibidor del hotel, todos los criados acudían a él como moscas. Sus invitaciones eran de una fantástica prodigalidad y de una extraordinaria selección. Proust se hacía traer las especialidades de las mejores tiendas: las uvas, de una frutería de la Rive Gauche; los pollos, del Carlton, y los dulces, del Niza. Así se hizo suyo al tout París, sometiéndolo a fuerza de buenos modales y de complacencias, sin que él, por su parte, esperara nada en cambio.

Pero todavía más que su trato y su inusitada prodigalidad, lo que lo introdujo en el gran mundo fue su enfermiza veneración hacia los ritos sociales, su adoración a la etiqueta y la inusitada importancia que siempre dio a todo lo mundano. Proust adoraba el no escrito "Cortesano" de la moral aristocrática. El problema de la preparación de una mesa era para él una cuestión de suma transcendencia. El por qué la princesa X colocó al marqués Z a un extremo de la mesa, e hizo sentar al barón A en la presidencia de la misma, eran cuestiones que lo preocupaban durante días enteros. Como si tratara de grandes catástrofes, cada pequeña habladuría y cada pequeño escándalo le producían una tremenda excitación. Preguntaba a quince personas acerca del misterioso orden de las invitaciones cursadas por la princesa M, e indagaba por qué aquella otra dama de la aristocracia invitó a su palco al señor F. Y así, a través de esa pasión, a través de ese tomarse en serio las naderías sociales —cosa que en sus libros también aparece—, se ganó él un puesto de maestro de ceremonias en ese mundo ridículo y teatral.

Durante quince años vivió tan alta inteligencia —una de las mayores de Europa— esa existencia sin sentido; codeándose con holgazanes y advenedizos; acostado, a causa de la fiebre, durante el día; vestido de etiqueta, en los salones durante la noche; perdiendo el tiempo entre invitaciones y cartas de recomendación. En el cotidiano baile de las vanidades, Proust era la persona más inútil. En todas partes se le recibía bien; pero en ningún sitio era considerado conforme a sus méritos. En realidad, no era más que un frac y una corbata blanca entre otros fracs y otras corbatas blancas.

Un pequeño rasgo, empero, lo diferenciaba de los demás. Cada día, cuando Proust llegaba a su casa dispuesto a acostarse, incapaz de conciliar el sueño, escribía cuartillas y más cuartillas en las que iba anotando todo lo que durante la jornada había observado y oído. Aquellas cuartillas fueron formando gruesos rimeros, que él guardaba en grandes carpetas. Y como Saint-Simon, que en la corte parecía ser un joven sin importancia, y luego, de una manera misteriosa, se convirtió en el protagonista y juez de toda una época, así, sin que nadie se enterara, quizá para convertir lo efímero en duradero, Marcel Proust anotaba cada noche, entre observaciones y pensamientos, lo más fugaz y baladí del tout París.

Una pregunta sólo para sicólogos: ¿Qué es lo primero, lo más importante? ¿El inepto y enfermo Marcel Proust que durante quince años lleva esa existencia necia y sin sentido, propia de un snob, y esas notas que no son entonces más que una ocupación marginal y anecdótica, o el Proust que, para luego escribir una obra maestra, va a los salones, como un químico a su laboratorio o un herborista al campo, con objeto de recoger materiales? ¿Disimula o es sincero? ¿Combate él en el ejército de los despilfarradores o es un espía de otra latitud más alta? ¿Ese enorme interés por la sicología de la etiqueta es algo vital o solamente es la artimaña de un artista apasionado? Es posible que ambos extremos estuvieran unidos en él de una manera tan genial y mágica, que si el destino no lo hubiera arrancado repentinamente del fútil pasatiempo de las conversaciones y no le hubiese impuesto una vida introvertida, iluminada por su propia, íntima luz, jamás habría aflorado la extraordinaria naturaleza del artista.

La escena cambió de una manera repentina. En 1903 murió la madre del escritor, y poco después los médicos dictaminaron que Proust, cuya salud se estaba agravando por momentos, no tenía ya cura. Y embarcado en los recuerdos, Marcel Proust emprendió un largo viaje a través de su vida pasada.

Se encerró en su piso del boulevard Haussman, y el antiguo paseante y holgazán se convirtió en uno de los más infatigables trabajadores de esta centuria. Cada noche, apartado de la vida social, recluido en la más íntima soledad, Proust escribía sin descanso.

Era un cuadro trágico: todo el día yacía en cama. Su cuerpo, siempre sacudido por la tos, delgadísimo, no reaccionaba contra el frío. Marcel vestía tres camisas, se cubría el pecho con un gran paño y se calzaba guantes, a pesar de lo cual continuaba teniendo escalofríos. Ardía un gran fuego en la chimenea y la ventana no se abría jamás; pues el par de lastimosos castaños que había junto a su casa, en la calle, le dañaban a causa del olor. No había en París un pecho más delicado que el de Marcel Proust. Siempre, siempre, yacía en cama, igual que un cadáver, respirando con dificultad la densísima atmósfera de aquella habitación.

Muy tarde, sin embargo, se despabilaba, y entonces podía gozar de un poco de luz y de brillo. Y entonces le era dado asomarse a su querido mundo de la elegancia y ver un par de rostros aristocráticos. El criado le vestía el frac, lo arropaba con pañuelos de seda y lo protegía con grandes pieles. Así, para hablar con dos o tres personas, para ver su adorado mundo del lujo, Proust iba al hotel Ritz. Un coche lo aguardaba a la puerta de su casa. Marcel montaba en él y se dirigía al hotel. Allí pasaba toda la noche. Y luego, a última hora, rendido, extenuado, en el mismo coche regresaba al boulevard Haussman.

Cada vez fue saliendo con menos frecuencia. Todavía, empero, requerido por su trabajo, asistía a algunas reuniones. En cierta ocasión, necesitando conocer el ademán de un distinguido aristócrata, se arrastró hasta un salón para poder observar de qué manera llevaba el duque de Sagan su monóculo. Y otra vez, haciendo un esfuerzo titánico, se llegó a visitar a una famosa cocotte para preguntarle si todavía guardaba un viejo sombrero que veinte años atrás había llevado, en cierta ocasión, por el bosque de Bolonia. Ese detalle le era indispensable para describir a Odette. Y Marcel quedó completamente confundido cuando, entre grandes burlas de sus amigos, la cocotte le dijo que aquel sombrero ya no lo tenía, pues tiempo atrás —años atrás— lo había regalado a su criada.

Marcel abandona el Ritz. Está deshecho. El coche lo conduce a casa. Ante la chimenea cuelga la ropa de dormir. Desde hace tiempo no puede él ponerse la ropa fría. El criado lo arropa y lo conduce a la cama. Y allí, aguantando la pequeña mesilla, escribe su novela A la recherche du temps perdu. Veinte carpetas están llenas de bosquejos. Las sillas y las mesas que hay junto a la cama, y el mismo lecho, aparecen llenas de fichas y de cuartillas. Escribe día y noche. Escribe, incluso, durante las horas de debilidad, a pesar de la fiebre. Escribe con las manos enguantadas y temblorosas. A veces, le visita algún amigo, y Proust, lleno de curiosidad, le pregunta mil detalles de la vida social. Y, a pesar de estarse apagando, con la inmensa sensibilidad de los curiosos, tienta Proust el perdido mundo de la frivolidad. Azuza a sus amigos como si fueran perros de caza. Quiere él que le informe acerca de ese y de aquel escándalo; pues Marcel necesita saber los más mínimos detalles de ese y de aquel personaje. Y todo cuanto se le dice lo anota él con nerviosa ansiedad.

La fiebre es cada vez más elevada. Paso a paso se va acabando esta pobre, enfebrecida sombra humana. Pero la novela o, mejor dicho, las novelas contenidas en A la recherche du temps perdu, avanzan.

En 1905 fue empezada la obra, y en 1912 la da él por terminada. Al principio habían de ser tres tomos; pero, debido a las tardanzas de los impresores, se convirtieron luego en diez. Le preocupa la idea de la edición. Marcel Proust, el cuarentón, es completamente desconocido. No; peor que desconocido: goza de mala fama en el mundo literario. Porque Proust no es más que el snob de los salones, el pequeño escritor mundano de quien Le Fígaro publica de vez en cuando algunas anécdotas de la vida social, al pie de las cuales, en vez de Marcel Proust, los distraídos suelen leer Marcel Prévost. Nada extraordinario se le puede augurar a este escritor. Desde un punto de vista razonable, no puede él esperar gran cosa, porque el público lo desconoce o tiene una idea equivocada de él. Los amigos, claro está, tratan de asegurarle, mediante influencias, el éxito. Un aristócrata invita a Gide, el piloto de la Nouvelle Revue Française, y le entrega el manuscrito. Pero la Nouvelle Revue Française, la misma que con esta obra había luego de ganar cientos de miles de francos, lo rechaza inmediatamente. Y lo mismo hacen Mercure de France y Ollendorf. Por fin se encuentra, sin embargo, a un editor anónimo que quiere arriesgarse. Pero todavía hay que esperar dos años —hasta 1913— para que el primer tomo aparezca. Y como si la fama no quisiera nada con él, la guerra corta las alas del éxito.

Después de la guerra, cuando ya han aparecido cinco tomos, comienza Francia y toda Europa a fijarse en esta épica obra de nuestro tiempo. Pero el glorioso Marcel Proust ya no es más que una persona macilenta, enfebrecida e inquieta; una sombra estremecida; un pobre enfermo que únicamente concentra todas sus fuerzas para asistir a la aparición de su obra.

Sin embargo, por las noches todavía se arrastra hacia el Ritz. Allí, sobre la mesa levantada o en el mismo rincón del portero, corrige él las últimas galeradas; pues en casa, en la habitación, en cama, Proust presiente el frío de la tumba. Sólo aquí, donde su querido mundo aristocrático relampaguea ante sus ojos, siente él la presencia de sus últimas fuerzas. En casa, aliquebrado como está, se nota a morir. Sólo valiéndose de narcóticos puede conciliar el sueño, y únicamente a fuerza de cafeína le es dado sostener una conversación o trabajar un rato.

Su vida se acaba cada vez más aprisa; pero cada vez trabaja él, para adelantarse a la muerte, con más tesón. No quiere ver más médicos. Los médicos lo han torturado demasiado tiempo y nunca, en verdad, le han ayudado.

Así se defendió hasta el último momento, y así murió el 18 de noviembre de 1922.

Durante los últimos días, cuando ya la muerte lo había apresado, se arroja él a lo inevitable con la única arma del artista: la observación. Heroicamnete, despierto hasta la última hora, analiza Proust su propio caso, y esas observaciones le sirvieron para aportar nuevos detalles a la muerte de Berdotte, uno de sus mejores personajes, cuyo final describió Proust con un verismo estremecedor.

Y sobre la mesita de noche, entre las medicinas, se encontró una cuartilla, escrita con la mano medio fría, en la que apenas podían leerse sus últimas palabras. En aquella cuartilla había él anotado una observación para un nuevo libro que desde años atrás venía meditando.

Así golpeó él, en pleno rostro, a la muerte: último gesto del artista que, mientras espera el final, vence, heroicamente, el temor de morir.

1925

MARCEL PROUST
Hernando Téllez
MARCEL Proust nació en París el 10 de julio de 1871. Fueron sus padres el médico Adrien Proust —católico— y la señora Weil —judía—. La mayor parte de su infancia se desliza en la casa número 9 del boulevard Malesherbes. Por la época de vacaciones, cada año, la familia se desplaza a Iliers, cabeza de cantón de Eure-et-Loir, situado a veinticuatro kilómetros de Chartres, en un delicioso rincón de la provincia francesa. A los once años entra al Liceo Condorcet. Por entonces aparecen los primeros síntomas de su dolorosa enfermedad —el asma— y se ve obligado a renunciar a la permanencia en el campo, durante el verano. En 1889, a los diez y ocho años de edad, se enrola como voluntario en el regimiento de infantería acantonado en Orleans. Liberado al poco tiempo, también a causa de su enfermedad, termina sus cursos de licenciado en letras y empieza a publicar algunos breves artículos en El Banquete y La Revista Blanca de León Blum y de otro grupo de condiscípulos suyos del Liceo mencionado, entre los cuales figuran Robert Dreyfus, Reinaldo Hann, Antoine Bibesco, tres de sus mejores y más fieles amigos.

En estos años se le ve mucho en el mundo brillante y banal de los grandes salones parisienses, en el faubourg Saint-Germain, en el círculo de madame Strauss, de madame Caillavet, del matrimonio Collete-Willy, haciendo de vedette en los grupos más cerrados y hostiles de la rica burguesía y de la aristocracia, ya arruinada y en decadencia. Proust es, a la sazón, un hombre joven, dueño de inmensa fortuna, de salud frágil, nervioso, complaciente, generoso hasta el ridículo, galante hasta la más fastidiosa exageración, pródigo en propinas, en obsequios, en alabanzas, en excusas, en explicaciones. Se le juzga como a un refinado y completo arquetipo del snob, del salonard, en el género hijo de rico, que resplandece en los círculos sociales por su elegante vanidad, su despreocupación, su pereza inteligente, sus frases, su disposición inalterable para seguir el curso de una vida sin otro objeto que el de la conversación intrigante y amable, y la búsqueda de placeres fáciles y cómodos.

En 1896 —a los veinticinco años— publica un pequeño cuaderno de versos —Retratos de pintores— que sale a la luz pública, acompañado de un texto musical, creación de Reinaldo Hann. En ese mismo año aparece su primer libro —Los placeres y los días— en que recoge buena parte de sus breves trabajos literarios dispersos en las revistas antes mencionadas. Este libro en preciosa edición, ilustrado por Madeleine Lemaire, trae un corto prólogo de Anatole France, arrancado al maestro por la ternura impaciente y despótica de madame Caillavet, la ninfa Egeria del maestro, en cuyo salón ocupaba Marcel Proust una situación de joven consentido y mimado.

En este prólogo podemos leer lo siguiente, que fija, con cierta adivinación instintiva la posición posterior de France ante la obra proustiana:


¿Por qué se me ha solicitado ofrecer este libro a los espíritus curiosos? ¿Y por qué he prometido al autor tomar sobre mí ese cuidado demasiado agradable, pero bien inútil? Su libro es como un rostro joven pleno de raro encanto y de fina gracia. Se recomienda por sí solo, habla de sí mismo y se ofrece a pesar de sí mismo.

Sin duda es un libro joven. Joven con la juventud del autor. Pero viejo con la vejez del mundo. Es la primavera de las hojas sobre las ramas antiguas, en la floresta secular. Se diría que los nuevos retoños están tristes por el profundo pasado del bosque y llevan consigo el duelo de incontables primaveras abolidas. El grave Hesíodo habló a los pastores de Helicón sobre Los trabajos y los días. Es todavía más melancólico hablar de los mundanos y las mundanas de Los placeres y los días si, como lo pretende cierto hombre de Estado inglés, la vida sería soportable sin los placeres. También el libro de nuestro joven amigo ofrece cansadas sonrisas, actitudes fatigadas de indiscutible belleza. Su misma tristeza aparece agradable y cambiante, conducida y sostenida por un maravilloso espíritu de observación, por una inteligencia dúctil, penetrante y verdaderamente sutil. Este calendario de Los placeres y los días marca las horas de la naturaleza en el armonioso cuadrante del cielo, del mar y de los bosques; y las horas humanas, en fieles retratos y pinturas de un acabado perfecto. Marcel Proust se complace igualmente en describir el desolado esplendor del sol agonizante y las agitadas vanidades de un alma de snob. Pinta, de mano maestra, los dolores elegantes, los sufrimientos artificiales, que son iguales, por lo menos en crueldad, a los que la naturaleza nos otorga con prodigalidad maternal. Confieso que esos sufrimientos inventados, esos dolores creados por el genio humano, esos dolores artísticos, me parecen infinitamente interesantes y preciosos, y le debo reconocimiento a Marcel Proust por haber estudiado y descrito algunos selectos ejemplares de ellos.

Este libro nos atrae, nos sumerge en una atmósfera de caliente invernadero, entre sabias orquídeas que no alimentan en la tierra su extraña y enfermiza belleza. De pronto, en el aire pesado y delicioso, surge una flecha luminosa, un rayo que atraviesa los cuerpos. De un golpe, el poeta ha penetrado el pensamiento secreto, el deseo inconfesado.

He aquí la manera y el arte de Proust, que muestran una seguridad sorprendente en tan joven arquero. Él no es del todo inocente. Se ofrece, sincero y verídico, hasta el punto de que se torna cándido, pero así también complace. Hay en Proust un poco de Bernardino de San Pierre depravado y de Petronio ingenuo. ¡Dichoso libro el suyo! Irá por la ciudad, ornado, perfumado con las flores de que lo ha cubierto Madeleine Lemaire con su mano divina que esparce las rosas y el rocío.


En esta presentación que Anatole France hace del joven arquero se acusa, como comprimida y disimulada, la actitud de lejanía, de indiferencia y de cordial desvío del viejo escritor —por esta misma época en plena y fulgurante gloria— respecto de la obra posterior, de la grande obra de Proust —A la reconquista del tiempo perdido— la cual, por otra parte, el creador de Crainquebille no pudo conocer en su totalidad.

En ese primer libro de Proust no alcanzó a advertir France y, desde luego, no tenía por qué advertir, que allí se encontraba, en germen, en una especie de primer balbuceo, de cristalización primigenia, todo el método genial del arte proustiano, insidiosamente concentrado, reducido a unas cuantas desconcertantes fórmulas estéticas, y a un primer esquema del estilo que unos años después alcanzaría todo su amplísimo ritmo, su volumen, sus acentos, su melodía, y su atmósfera inconfundibles. Allí estaban, además, las bases de la obra futura, sumergidas como Atlántidas preciosas bajo las aguas literarias de ese libro, recibido por la crítica parisiense sin curiosidad ni interés, apenas como el entretenimiento caprichoso de un joven hombre de mundo, que podía darse el lujo adicional de escribir y editar, a todo costo, los divertimientos, las fantasías de su excepcional imaginación. La frialdad de Anatole France y de todos los hombres de letras de esa época, respecto del arte de Proust, se basaba, entre otras cosas, en las circunstancias mismas de la vida del escritor. Proust aparecía como un aficcionado a las cosas bellas, como un ente deliciosamente superficial, para quien no era ajeno ninguno de los goces de la sensibilidad y de la inteligencia, pero cuya voluntad se dispersaba puerilmente en los inútiles afanes del snob que circulaba haciendo venias y prodigando alabanzas por entre el tibio y pernicioso clima de los salones de París.

Es ésta, se dijeron los críticos, la obra simpática, insustancial y liviana de un salonard. Y más allá de las esquelas de agradecimiento por el envío del libro, acompañado para siempre de una dedicatoria en que el elogio para el destinatario tomaba las proporciones más extremas, no hubo sino un vasto silencio, un océano de indiferencia. ¿Un libro más, qué importaba a la Francia literaria de 1896? El autor era un hombre conocido en los salones de las marquesas y de los burgueses del faubourg Saint Germain. Y era visto con prevención, con fastidio, en los círculos artísticos y literarios en donde su riqueza y su incansable, su agobiadora generosidad, predisponían en su contra a las gentes de letras, pobres de ordinario y en táctica querella con ese mundo ocioso y delicuescente de los salones, del cual surgía Proust, como de un naufragio, en las horas de la madrugada pariense, para llegar a la tertulia literaria de Leon Daudet en el café Weber, friolento, enervado, pálido, los ojos lánguidos y cansados, las manos enguantadas, metido en su abrigo de suave cuello de marta y obstentando en el ojal de la solapa una gardenia ya mustia.

DE 1897 A 1904, Marcel Proust se entrega a una tarea literaria cuyas huellas quedan dispersas en tres publicaciones de carácter periódico: La Revista de Arte Dramático, El Mercurio de Francia y el famoso diario Le Figaro, dirigido a la sazón por Gastón Calmette, a quien años mas tarde, en 1913, dedicará —como un testimonio de profundo y afectuoso reconocimiento— la primera parte de su grande obra, es decir, los dos volúmenes del Camino de Swann, publicados inicialmente en uno solo de más de quinientas páginas. En 1904, aparece su espléndida traducción de La Biblia de Amiens de John Ruskin, acompañada de un largo ensayo crítico sobre el arte de ese escritor inglés.

En 1905, Proust abandona el mundo, es decir, la sociedad, los salones, y solitario y enfermo, se refugia, para siempre, en su apartamento del boulevard Haussman. En torno suyo empiezan a callarse las voces amadas, cuyo acento, distinto, claro y melancólico, resonará en su recuerdo, hasta cuando sus ojos cansados repasen por última vez y su mano ya sin fuerza trate de corregir el episodio de la agonía de uno de sus personajes, contrastando así su propio desfallecimiento mortal con el de tal héroe de su libro, para acomodar exactamente, minuciosamente, esa muerte a la tremenda realidad de la suya. Ejemplo de responsabilidad, de honestidad intelectual, que no ha tenido, probablemente, en la historia literaria del mundo uno parecido y de tan emocionante patetismo.

El retiro de Proust, impuesto por su voluntad y secundado eficazmente por la dolorosa enfermedad que lo agobiaba, no se interrumpirá en diecisiete años más de vida que le quedan. Se convierte así en un ser invisible, difícil de encontrar, de abordar, de tratar. Sus amigos más fieles tienen que someterse, para poderlo ver breves instantes, a su horario especial: citas a la dos de la mañana, a las tres, a las cinco, pues solamente a esas horas Proust permitirá el acceso a su habitación que huele a corcho tibio y a chimenea muerta y en donde persiste y vaga por la atmósfera el humo de las fumigaciones. En el lecho revuelto, desordenado, se ve a un hombre débil, en cuyo rostro brilla la sombra de la barba y la luz viva de los ojos oscuros. Los cuadernos se amontonan arbitrariamente sobre las sábanas, repletos de esa letra menuda y difícil en que se va fijando todo el material de su creación. Durante esos diecisiete años, Proust escribirá, corregirá, enriquecerá cotidianamente su monumental epopeya. Reconquistará el tiempo perdido, y en esa dramática lucha de su propio espíritu contra la fugacidad del tiempo, saldrá vencedor, a pesar de que al final caerá muerto, como un empecinado gladiador para quien los laureles de la victoria sólo podrán tejerse en la corona fúnebre.

La certidumbre, casi matemática, de su muerte, lo obliga a llevar a término una agobiadora y gigantesca tarea intelectual, cuyo término coincide con el término mismo de su vida. La angustia de que la existencia no le alcance para dar remate adecuado a su obra, espolea cruelmente su ánimo y, por lo tanto, se entrega a la creación de manera absoluta y total, clausurando todo contacto con el mundo exterior, transformándose en un cenobita, dentro de los reducidos límites de su cuarto y no viviendo sino del recuerdo y de la memoria, y en la compañía constante del dolor físico. Ese mártir civil del arte, de la belleza literaria, había sido, años antes, un hombre extrovertido y disperso, ocioso y elegante, para quien la vida no parecía tener otro sentido que el efímero y circunstancial de la conversación brillante en los salones, la compañía de las damas aristocráticas y de los snobs y burgueses, enriquecidos gracias al juego cambiante de los negocios y de las circunstancias. Triunfaba en Proust la conciencia rigurosa e inexorable de su misión y de su destino intelectual, y ese triunfo originaba el nacimiento de una de las más grandes realizaciones literarias del genio humano.
A PROPÓSITO de la obra proustiana y de Proust mismo, todo se ha dicho ya. Pretender agrega algo nuevo, original y profundo a la abrumadora bibliografía crítica que en todos los idiomas se ha escrito acerca de La reconquista del tiempo perdido, es una tarea llena de azar y de peligro, y, desde luego, extremadamente difícil. Nosotros no la intentamos y, mucho menos dentro de una glosa de simple información literaria. Queremos, apenas, en seguida, señalar, en forma obligadamente esquemática, alguno de los aspectos esenciales de tal obra.

Proust trae a la novela una contribución que destruye, como si dijéramos, el viejo orden, y crea uno nuevo diferente. Esa contribución es nada menos que la del relativismo sicológico y moral. Lo que Einstein realiza en el orden físico con su famosa teoría, Proust lo lleva a término en el orden de los sentimientos, de las pasiones, de la sicología de la persona humana. Después de Proust ya no será posible adherir a ninguna tesis que determine perentoriamente las clasificaciones estrictas para el carácter de un personaje y prevea mecánica e implacablemente sus reacciones ante el amor, la amistad, la política, el arte, los negocios, el vicio, etc. Proust demostró genialmente, cómo todo el mundo interior de la personalidad, es transitorio, cambiante, imprevisible, deleznable, perecedero, y efímero; cómo se desarrolla, crece, madura, nuestra individualidad, en un constante y melancólico morir y revivir de las creencias, de los afectos, de los amores, de las ideas, de los sentimientos; cómo "cada momento agrega alguna cosa nueva e imprevista al inmediato pasado"; cómo va originándose el proceso ineluctable del olvido y de la indiferencia en las almas más apasionadas y fieles; cómo no es posible garantizar ni la eternidad del amor, ni la de la amistad, ni siquiera la de los hábitos y los vicios más opresores y tenaces; cómo todo va transformándose, cambiando de contenido y de significación, en el espíritu, en la sensibilidad, en el dominio de la inteligencia, en el laboratorio interior de las almas.

Es por ellos por lo que el tiempo y la memoria ocupan tan vasto plano en la obra proustiana, que al fin de cuentas es hija de esos dos elementos. El tiempo actúa sobre los personajes de Proust, como no se presentó hasta entonces en ninguna epopeya literaria. Los personajes de Balzac, por ejemplo, aparecen creados con una sicología predeterminada, fija y estable, de acuerdo con una concepción monolítica de los sentimientos y las pasiones. Vautrin y Rastignac, Eugenia Grandet y Goriot no cambian de aspecto moral y sicológico en el decurso de la acción novelesca imaginada por Balzac. Son entes de una sola dimensión, sobre los cuales podemos anticipar, con los datos iniciales que sobre su personalidad ofrece el novelista, cuál va a ser el repertorio de sus reacciones. Y, además, el tiempo no origina en ellos ninguna transmutación interior y casi tampoco ninguna física. En Proust asistimos, por el contrario, a la fatal e imprevisible descomposición o transformación de las almas y de los cuerpos; vemos cómo el tiempo va operando su invencible tarea destructora sobre los rostros y en el subfondo de las conciencias; cómo va mordiendo, despedazando, aniquilando, las formas exteriores de la belleza humana y las formas interiores de la personalidad; cómo va tejiendo alianzas desconcertantes e ilógicas en apariencia, y abriendo abismos de olvido insalvables y definitivos, entre seres que se amaron locamente o que se creían predestinados para una incorruptible convivencia.

El examen de la persona humana llega con Proust a una cima todavía no superada. Su trabajo es un minucioso y paciente trabajo de histólogo de los sentimientos, que sigue con ojo alerta el movimiento molecular de la realidad, el ritmo sinuoso de la pasión amorosa, de los celos, del amor maternal, del amor físico, del amor platónico, del vicio, de la devoción artística, del snobismo, de los prejuicios sociales. Con el cruel y eficaz instrumento de su análisis, nos enseña la inanidad que va implícita en toda ley que pretenda darle un molde preciso a la personalidad y acordar a una determinada pauta sicológica y moral la conducta de la conciencia. Su mensaje es infinitamente desolador, pero es exacto. Todo es mudable, inestable y cambiante en la indivualidad, nos dice, al revelarnos el proceso del amor y del desamor, de la indiferencia y del olvido, de la desintegración celular de los sentimientos, de la deformación paulatina de las pasiones y de los hábitos. Todo, sí, menos la plenitud del arte que, por lo demás, no se consigue sino en breves y fugaces momentos: los minutos en que vibra la frase musical de una sonata, aquel instante cuando entrevimos en la lejanía crepuscular del perfil gótico de un campanario, el momento de la contemplación de un cuadro, esa tarde maravillosa en la campiña provinciana, aquel perfume de flores campesinas que resucitan el recuerdo de un lejano día de la niñez... Fijar, detener el tiempo para que ese minuto no se pierda en el abismo de la conciencia, y poder reconstruir, reconquistar así el pasado perdido, he ahí el milagro de la obra proustiana, que es, por ello mismo, un monumento de la memoria victoriosa del tiempo y del espacio.

Se entiende así fácilmente que una realización estética de tal índole tenga las proporciones y la significación que alcanza la obra de Marcel Proust. Y que, por lo tanto, su análisis, su exégesis, su cabal explicación, necesiten un desarrollo vastísimo. Hemos señalado, en las anteriores líneas, haciendo un deliberado esfuerzo de concentración, de restricción analítica, el aspecto, a nuestro juicio, primordial, de esa misma obra, o mejor dicho, lo que en nuestra opinión juzgamos como el aporte sin igual, ofrecido por Proust al examen desinteresado de la persona humana.

Quedan por fuera, sin mención siquiera leve, muchos otros aspectos de tal obra. No hemos aludido al millonario y prodigioso caudal poético, a la atmósfera de profunda y emocionante poesía en que se encuentra sumergida, bañada, vivificada cada una de esas páginas inmortales; no hemos dicho nada sobre el estilo de Proust, sobre esa sinfonía vasta, numerosa, cadenciosa, envolvente y mágica de tal estilo; nada tampoco sobre la consumada estrategia de la composición y de la arquitectura de su obra; nada sobre su desconcertante sentido de lo cómico; nada sobre el lugar prominenete que ocupan en La reconquista del tiempo perdido la música, la escultura, la pintura; nada sobre su visión de la guerra; nada sobre sus teorías acerca del dolor físico y de la angustia moral; nada sobre la interpretación proustiana de la muerte y del amor y del vicio. Cada uno de estos temas requiere, por lo menos, un libro. Venturosamente, la bibliografía proustiana es inmensamente rica en calidad y en cantidad. A ella podrán acudir quienes deseen ampliar las comarcas del conocimiento y de la interpretación de una de las obras capitales de la literatura contemporánea.


LA COMPAÑÍA DE PROUST
Alvaro Mutis

CON EL PASO de los años asistimos a una liquidación inexorable de amistades y entusiasmos, a un necesario decantamiento de lecturas e incursiones por la música y la pintura. Es como si el solitario silencio de nuestra vejez sólo pudiera ser frecuentado por voces que aludan exclusivamente a lo que Proust llamaba "la vida, la única vida, la vida verdaderamente vivida". Con referencia a las lecturas sé decir que a mi lado sólo quedan ya, para siempre, la presencia de Proust, el delgado y hondo lamento de Cernuda, la melancólica derrota de Conrad y la dorada vetustez de los hechos de Bizancio. Del resto, del ávido buscar lo nuevo, la voz inesperada, la revelación que cambiaría nuestra vida, sólo queda ya un vasto hastío inapelable.

Esta necesaria y cotidiana compañía de Proust viene no tanto de su obra admirable, cuya familiaridad no excluye, es cierto, abismales sorpresas deparadas, más por los cambios de nuestro ser que por un texto mismo de A la recherche du temps perdu, como de su vida misma, de su intimidad revelada con riqueza entrañable y siempre inquietante en correspondencia y en el testimonio de sus amigos más íntimos. Tal vez sea esta condición la que hace de Proust el único verdadero clásico de nuestro siglo y quizás el último que tenga el hombre el privilegio de contar en su paso por la Tierra.

Hay en la persona de Proust, en su atribulada vida de neurótico, en el lúcido saber de su desastrosa relación con los demás seres, en la agónica desesperación de sus últimos años de encierro dedicados por entero a escribir esa meditación sobre el tiempo que es su obra, la cual paradójicamente se nos aparece hoy con la luminosa y eficaz intemporalidad de Sófocles, de Dante o de Montaigne; hay en todo ello algo tan esencialmente suyo, que hace un idioma que comienza a prescribir entre los hombres y que ha servido en los últimos doscientos años a literaturas de tercera zona, a una retórica ñoña y estéril. De allí una de las razones por las cuales la prosa de Fuentes, de Cortázar, de García Márquez o de Vargas Llosa venga de una poesía densa, que abandonó para siempre a los poemas escritos por los contemporáneos de estos novelistas. Pero ni siquiera este aire renovador puede salvar a todo el mundo de las letras ibéricas de su evidente decrepitud, de su futilidad inminente.

Un libro más de poemas comienza su solo peregrinaje hacia el olvido, hacia el anonimato de las librerías, hacia las anónimas hileras de las bibliotecas, hacia la efímera memoria de los amigos, pero ha cumplido ya, antes de salir a la luz, ese sordo trabajo necesario que ha preservado al poeta de un destino aún más provisorio que el de su libro.

1965



Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal