La trampa fabulosa



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LA TRAMPA FABULOSA

Fredric Brown


 

 

 



Título original: The Fabulous Clipjoint

Traducción: María José Rodellar Poyo

© 1947 by Fredric Brown

© 1983 Editorial Bruguera S.A.

Edición digiral: Dragon

 

 


lntroducción


 

Las revistas sensacionalistas conocidas co­mo «pulps» resultaron prácticamente la mejor escuela de escritores que ha existido en el país. Fueron proveedoras abundantes y económicas de acción, aventura y romanticismo. Revistas baratas de quiosco y obligatoria por­tada llamativa, páginas de toscos bordes y promesas en negrita de ser emocionantes, fantásticas, picantes y sorprendentes. Estas revistas, con alguna que otra más, florecieron en aquellos años maniaco depresivos de entre las dos guerras mundiales y ofrecieron algu­nas de las más atroces y algunas de las más brillantes obras en prosa que se han escrito. Quien empezaba a colaborar con ellas siendo un escritor de tercer orden terminaba, en el mejor de los casos, siendo de segundo orden. Pero si tenía algo dentro, entonces esas pági­nas de poca monta le proporcionaban un lu­gar donde adquirir práctica y mejorar. Entre la multitud de licenciados por la escuela de las revistas sensacionalistas se encuentran Raymond Chandler, Max Brand, Erle Stan­ley Gardner, John D. MacDonald, Ray Bradbury y, por supuesto, Fredric Brown.

Brown trabajó para las revistas principal­mente durante los años treinta y cuarenta. Dando muestra de una tendencia que le du­raría a lo largo de toda su carrera, intervino tanto en el campo policíaco como de ciencia ficción. Sus trabajos fueron publicados en Detective Story, Black Mask y Thrilling De­tective, asi come en Astounding, Weird Ta­les y Startling Stories. En 1947 vendió The Fabulous Clipjoint a E. P. Dutton. El libro tuvo bastante éxito, generó favorables y en ocasiones hasta entusiastas criticas, y le con­cedieron el premio Edgar de Mystery Writers of America a la mejor primera novela. En 1948 Bantam reimprimió la obra. Brown ha­bía dado el primer paso para salir de las revistas.

Fredric William Brown tenia 42 años cuando le otorgaron el Edgar. Nacido en Cincinnati, cursó estudios universitarios en Ohio e lndiana, trabajó durante más de una década en una oficina de Cincinnati, y luego pa­so a ser corrector de pruebas y redactor del Milwaukee Journal.« Fui oficinista hasta 1936; entonces cumplí treinta años y pasé a ser corrector de pruebas —explicó en cierta ocasión—. Fue también en ese año cuando empecé a vender mis obras de ficción. Asi pues, trabajé corrigiendo pruebas y escribien­do de modo intermitente hasta 1947, cuando por fin pude dedicarme exclusivamente a es­cribir.» Brown padecía una afección respira­toria y ha sido descrito por William F. No­lan, que fue amigo suyo desde principios de la década de los cincuenta, como «bajito, palido y melancólico, con bigotito y gafas de montura metálica». A causa de su salud, Brown terminó afincándose en el sureste, primero en Taos, Nuevo México, y luego en Tucson, Arizona. Pasó periodos breves y de relativo poco éxito en Hollywood, escribien­do guiones para programas de televisión co­mo el de Alfred Hitchcock, e intentando tra­bajar para el cine.

En una época anterior también había re­corrido el país con una feria, compartiendo la tienda con el adivino. Murió en 1972, nue­ve años después de la aparición de su última novela.

En este último libro intervenían, como en el primero, el equipo de detectives constitui­do por Ed Hunter y su tio Am. Durante la década y media en que Brown escribió nove­las de misterio publicó siete con los Hunter como protagonistas. Aparte de The Fabulous Clipjoint, son: The Dead Ringer (1948), The Bloody Moonlight (1949), Compliments Of A Friend (1950), Death Has Many Doors (1951), The Late Lamented (1959) y Mrs. Murphy’s Underpants (1963). En ellas desplegó su fascinación por las ferias, el jazz, la bebida como actividad social, los rompecabe­zas, los juegos de palabras, la lógica fortia­na, la fantasía y la mayor de todas las tram­pas: el mundo en el que le tocó vivir.

En este libro, la trampa fabulosa es Chicago:

 

En el último piso había un bar muy elegante y lujoso. Las ventanas estaban abiertas y no hacia calor. A esa altura la brisa era fresca y no parecía que saliera de un horno.



Nos sentamos en una mesa situada junto a una ventana del lado sur que daba al Loop. Era una vista muy hermosa bajo la intensa luz del sol. Los altos y estrechos edificios parecían dedos que se estiraran hacia el cielo para tocarlo. Era como el escenario de una novela de ciencia ficción.

No parecía real, aunque lo estuvieras mirando.

—¿No es impresionante, chico?

—Muy hermoso —contestó—. Pero es una trampa.

—Es una trampa fabulosa, chico. Aquí pueden suceder las cosas más descabelladas, y no todas son malas.

 

Ed y su tio no suben allí, muy por encima de Chicago, donde hace fresco, reinan la calma y la irrealidad, y el mundo entero parece un eterno carnaval, hasta que el lector no se adentra con ellos a lo largo de todo el libro, por calles y callejas ardientes y barriobajeras, bares baratos y apartamentos ruinosos. Brown se estaba apartando de las revistas con este relato y refleja un mundo más siniestro, más osado, y más explícitamente sensual y mezquino, que el que aparecía generalmente en las revistas y novelas cortas. Trabajaba ciñéndose a la tradición más estricta, come se ve aquí, y, sin embargo, da la impresión de ser un hombre a la vez bondadoso y du­ro, menos frío y cínico que algunos de sus contemporáneos. En el libro hay cierta sensi­bilidad subyacente, una valoración de la gen­te que tiene que abrirse camino en los barrios bajos y todavía se las arreglan para conser­var la honradez. Evidentemente, apreciaba la amistad, la integridad, la persistencia, y creía que el destino estaba a favor de un inocente que despierta a la vida, como Ed Hunter, y un obeso charlatán de feria come Ambrose Hunter.



Brown no era hombre de un solo libro y The Fabulous Clipjoint no es una novela que sobresalga por encima del resto de su producciónn. Escribió una corta serie de libros de calidad y lectura amena. Excéntricos algunos come What a Mad Universe (1949), experimentales come Here Comes a Candle (1950) y tétricos como The Far Cry (1951). Los que los hemos leido todos tendríamos dificultades en seleccionar el mejor. Mis obras preferidas de Fredric Brown incluiría al menos seis titulos. Digamos ocho.

El autor era capaz de darle al lector un susto de muerte o hacerle reír a carcajadas, a veces simultáneamente. No son muchos los escritores que tienen esa habilidad. Fredric Brown era uno de ellos, un magnífico escritor. Este es el libro que lo lanzó, que lo ayudó a alejarse del mundo de a centavo la palabra. Constituyó un debut esperanador en 1947 y todavia es una novela impresionante. Brown escribió dos docenas y pico más después de ésta.

Pero, desde luego, no han sido suficientes

 

Ron Goulart. Weston, Connecticut



 

 

Personajes

 

Ed Hunter: se lanzó a la persecución del asesino de su padre



Wally Hunter: un bebedor sosegado y un hombre sosegado.

Madge Hunter: Esposa de Walli, veneno para todos los hombres, pero apreciaba a su hijastro Ed.

Gardie Hunter: hija de ésta, una chica que andaba loca por los hombres.

Am Hunter: Hermano de Wally y ex detective privado.

Bunny Wilson: compañero de trabajo de Wally; el único amigo de Wally que a Madge le caía bien.

Hank: simplemente un policía.

Hoagy: pregonero de un espectáculo erótico.

Bassett: un detective de Hominicidos, ni tonto ni honrado.

Kaufman: un camarero bajo y grueso con unos brazos más peludos que un mono.

Bobby Reinhart: un golfillo presumido que se creía un donjuán.

Doctor William Heartel: médico forense.

Reagan el Holandés: un matón de oficio.

Benny el Torpedc: otro.

Claire Raymond: el tipo de chica a la que los hombres no pueden evitar hacer proposicones amorosas. Su número de teléfono era: Wentworth 3842.

 

 

1



 

En mi sueño y tenía el brazo extendido a través del cristal del escaparate de una casa de empeños. Era la casa de empeños de la sección norte de la calle Clark, situada en el lado oeste de la misma, media manzana at norte ec la avenida Grand. Estaba alargando la mano a través del cristal para tocar un trombón de plata. Las otras cosas que había en el escaparate estaban borrosas e impre­cisas.

La canción me hizo volver la cabeza cuan­do estaba a punto de tocar el trombón de plata. Era la voz de Gardie.

Iba cantando y saltando a la comba por la acera, come solía hacer antes de que em­pezara el bachillerato el año pasado, se vol­viera loca por los chicos y empezara a pi­ntarrajearse la cara. Aún no había cumplido los quince; tenia tres años y medio menos que yo. En mi sueño iba maquillada, profu­samente, pero también saltaba a la comba y cantaba como cuando era pequeña: «Uno, dos, tres, O’Leary; cuatro, cinco, seis, O’Leary; siete, ocho...»

Pero al tiempo que soñaba estaba despier­to. Resultaba confusa esa sensación, a medio camino entre un estado y otro. El ruido del ferrocarril elevado que pasa rugiendo casi forma parte del sueño, y los pasos de alguien que anda por el corredor al que da la puerta del piso. Y, una vez ha pasado el tren, se oye el tictac del despertador desde el suelo, junto a la cama, y el pequeño «clic» adicional que emite cuando el timbre está a punto de estallar.

Lo apagué y volví a mi posición anterior, pero no cerré los ojos para no volver a dormirme. El sueño se desvaneció. «Me gustaría tener un trombón —pensé—, por eso he tenido ese sueño. ¿Por qué tenia que aparecer Gardie y despertarme?

»Tengo que levantarme en seguida —seguí pensando—. Papá estuvo bebiendo por ahí anoche y aún no había regresado cuando me dormí. Esta mañana me va a costar des­pertarlo.

»Ojalá no tuviera que ir a trabajar. Ojalá pudiera tomar el tren hasta Janesville e ir a ver al tío Ambrose a la feria. Hacía diez años que no lo había visto, desde que tenia ocho años, pero me acordé de él porque pa­pá lo había nombrado el día anterior. Le di­jo a mamá que su hermano Ambrose estaba con la feria de J. C. Hobart en Janesville aquella semana, que no iban a ir a ningún sitio que estuviera más cerca de Chicago, y que le gustaría poder tomarse un día de va­caciones para ir a Janesville.

Y mama (que en realidad no es mi madre, sino mi madrastra) adoptó aquella mirada belicosa y pregunto: «¿Para qué quieres ver a ese sinvergüenza? » Papá no insistió. A ma­má no le caía bien mi tío Ambrose, por eso no lo habíamos visto en diez años.

Yo pensé que podría ir, pero me crearía problemas como le había pasado a papá y no valía la pena.

«Tengo que levantarme », pensé. Salté de la cama, entré en el cuarto de baño y me eché un poco de agua en la cara para acabar de despertarme. Siempre iba al cuarto de ba­ño y me vestía antes de ir a despertar a pa­pá. Mientras él se arreglaba, yo preparaba el desayuno para los dos. Íbamos a trabajar juntos.

Papá era linotipista y había conseguido que yo entrara de aprendiz de impresor en el mismo taller, Elwood Press.

Hacía un calor sofocante, para ser las sie­te de la mañana. La cortina de la ventana estaba más tiesa que un palo. Casi resultaba difícil respirar. «Otro día infernal», pensé mientras terminaba de vestirme.

Me acerqué al dormitorio de papá y mamá avanzando de puntillas por el pasillo. La puerta de la habitación de Gardie estaba abierta y miré hacia dentro sin querer. Esta­ba dormida cara arriba con los brazos exten­didos. Sin maquillaje tenia cara de niña pe­queña, pequeña y algo bobalicona.

Aquella cara no hacía juego con el resto de su cuerpo. Quiero decir que, quizá porque había hecho una noche tan calurosa, se ha­bía quitado la chaqueta del pijama dejando al aire sus hermosos, redondos y firmes pechos. Tal vez resultarían demasiado grandes cuan­do se hiciera mayor, pero ahora eran hermo­sos, y ella lo sabía y estaba orgullosa de ellos. Se notaba en el hecho de que siempre llevaba unos suéteres muy ceñidos para que resal­taran.

«Está creciendo muy de prisa —pensé—, y espero que sea lista, porque si no cualquier día llegará a casa preñada, aunque no haya cumplido todavía los quince. »

Seguramente había dejado la puerta abier­ta de par en par a propósito, para que yo mirara adentro y la viera de aquella manera. Y es que en realidad no era hermana mía; ni siquiera media hermana. Era hija de mamá. Cuando papá se volvió a casar, yo tenia ocho años y Gardie era una mocosa de cuatro. Mi verdadera madre había muerto.

No, Gardie no perdía oportunidad de fas­tidiarme. Su máxima aspiración seria tentar­me para que yo le hiciera proposiciones amo­rosas y luego poder armar un gran escándalo.

Dejé su puerta atrás pensando: «Maldita sea, maldita sea.» No podía hacer o pensar nada más al respecto.

Me detuve en la cocina el tiempo necesa­rio para encender el fuego y poner agua a hervir para el café. Luego regresé, di un gol­pecito en la puerta del dormitorio de papá y esperé oír sus movimientos.

No se movió, lo cual quería decir que te­nía que entrar a despertarlo. Por alguna razón no me gustaba entrar en su cuarto. Volví a llamar sin resultado, así que tuve que abrir la puerta.

Papá no estaba.

Mamá estaba sola en la cama, dormida, y llevaba puesta toda la ropa menos los zapa­tos. Iba vestida con su mejor traje, el de ter­ciopelo negro. Estaba muy arrugado, y ella debía de haber bebido mucho para dormirse con el vestido puesto. Era su mejor vestido. También estaba despeinada; no se había qui­tado el maquillaje y se le había estropeado. La almohada estaba manchada de carmín. Toda la habitación olía a alcohol. Había una botella en la cómoda casi vacía y sin tapón.

Miré por todas partes para asegurarme de que papá no se había quedado en ningún rincón de la habitación, pero no estaba allí. Los zapatos de mamá estaban tirados en el extre­mo del rincón más alejado de la cama, como si los hubiera arrojado allí desde el lecho.

Pero papá no estaba.

Papa no había regresado a casa.

 

Cerré la puerta incluso con mayores pre­cauciones de las que había tomado al abrirla. Me quedé allí de pie un momento, sin saber qué hacer. Entonces, como el hombre que a punto de ahogarse se agarra a cualquier cosa, empecé a buscarlo. «A lo mejor llegó a casa borracho —me dije— y se durmió en algún sitio, en una silla o en el suelo.»



Registré todo el piso. Miré debajo de las camas, dentro de los armarios, en todas par­tes. Sabía que era una tontería, pero lo hice. Tenia que asegurarme de que no estaba.

El agua del café hervía con furia y lanza­ba grandes bocanadas de vapor. Apagué el fuego y tuve que detenerme a pensar. Supon­go que lo había estado evitando con la cacería.

Consideré la posibilidad de que estuviera con alguien, alguno de los impresores quizá. A lo mejor había pasado la noche en casa de alguien porque estaba demasiado borracho para volver a la suya. Pero era consciente de que no podía ser; papá sabía beber. Nunca se emborrachaba hasta ese punto.

«TaI vez eso es lo que pasó —me dije—.¿Bunny Wilson? Anoche Bunny libraba.» Bunny tenia el turno de noche. Papa bebía con Bunny muchas veces y en un par de oca­siones él se había quedado a dormir en nues­tra casa; ye lo había encontrado dormido en el sofá a la mañana siguiente.

¿Debería llamar a la pensión de Bunny Wilson? Me encaminé al teléfono, pero inmediatamente me detuve. Una vez que empeza­ra a llamar tendría que continuar. Tendría que llamar a los hospitales y a la policía, y seguir adelante hasta el final.

Si llamaba desde casa, mamá y Gardie podían despertarse y... Bueno, no sé qué impor­taba eso, pero importaba.

Quizá solo quería marcharme de allí. Salí y bajé un piso de puntillas, luego me lancé escaleras abajo corriendo.

Crucé la calle y me detuve. Me daba mie­do telefonear. Ya eran casi las ocho, así que debía hacer algo en seguida o llegaría tarde al trabajo. Entonces me di cuenta de que da­ba lo mismo; de todas maneras no iba a ir a trabajar ese día. No sabia lo que iba a hacer. Me apoyé en un poste de teléfonos con una sensación de vació y de mareo, come si no estuviera enteramente allí, como si me falta­ra una parte.

Deseaba que todo hubiera pasado ya. Quería saberlo de una vez, pero no quería preguntárselo a la policial. ¿O se debía llamar primero a los hospitales?

A mí me asustaba llamar a cualquiera. Quería y no quería saberlo.

Al otro lado de la calle un coche amino­raba la marcha. Dentro iban dos hombres; uno de ellos estaba asomado a la ventanilla y miraba los números de las casas. Se detuvo justo delante de la nuestra y los dos hombres salieron, uno por cada lado. Eran policías; lo llevaban escrito, aunque no fueran de uniforme.

«Ya está —pensé—. Ahora me enteraré.»

Crucé Ia calle y los seguí al interior del edificio. No intenté alcanzarlos; no quería ha­blar con ellos. Solo quería escuchar cuando empezaran a hablar.

Los seguí escaleras arriba a medio piso de distancia. Cuando llegaron al cuarto, uno de ellos se detuvo mientras el otro enfilaba el pasillo mirando los números de las puertas.

—Debe de ser en el piso de arriba —dijo.

El que esperaba en el rellano se volvió y me miró. Tuve que continuar subiendo.

—Oye, chico, en qué piso está el número quince?

—En el siguiente —dije yo—, en el quinto.

Continuaron subiendo. Ahora yo iba solo unos pasos detrás de ellos. Así fuimos desde el cuarto piso hasta el quinto. El que iba jus­to delante de mí tenía el trasero muy gordo y los pantalones le brillaban en la culera. Ca­da vez que subía un escalón se le pegaban al cuerpo. Es gracioso, eso es lo único que re­cuerdo de ellos, aparte de que eran corpulen­tos y policías. No les llegué a ver las caras. Se las miré, pero no se las vi.

Se detuvieron en el número quince y lla­maron. Yo seguí subiendo hasta el sexto, que era el ultimo piso. Continué hasta el rellano, di unos pasos, me agaché y me quite los za­patos. Volví a bajar la mitad de las escaleras pegado a la pared para mantenerme fuera de su vista. Yo los oía y ellos no me veían.

Lo oí todo: oí a mamá arrastrando los pies cuando se acercaba a abrir, oí chirriar un poco la puerta al abrirse, y oí el segundo de silencio que siguió; hasta mí llegada el tic­tac del reloj de la cocina a través de la puer­ta abierta; oí unos pasos ligeros de pies des­calzos que debían de ser los de Gardie que salía de su habitación y se colocaba en la es­quina del pasillo, junto al cuarto de baño, desde donde sin que la vieran oía lo que se decía en la puerta.

—Wallace Hunter —dijo uno de los policías—. ¿Vive aqui Wallace Hunter?

Yo oí que el corazón de mamá empezaba a latir más de prisa; supongo que aquello bastó come respuesta, y supongo que su mirada respondió a la pregunta siguiente: «¿Es... es usted la señora Hunter?», porque siguió ha­blando sin esperar contestación.

—Me temo que traigo malas noticias, se­ñora. Le...

—¿Ha tenido un accidente? ¿Está herido... o...?

—Está muerto, señora. Estaba muerto cuando le hemos encontrado. Es decir...,creemos que es su marido. Queremos que venga a iden..., es decir, cuando pueda. No hay prisa, señora. Podemos entrar y esperar a que se recupere de...

—¿Cómo? —la voz de mamá no era his­térica; era una voz sorda, apagada—. ¿Có­mo?

—Bueno..., pues...

Oí la voz del otro policía. La voz que me había preguntado en qué piso estaba el número quince.

—Robo, señora —dijo—. Lo habían gol­peado y dejado en un callejón. Alrededor de las dos de la noche, pero le habían quitado la cartera, por eso hasta esta mañana no he­mos averiguado quién... ¡Cógela, Hank!

A Hank debió de faltarle rapidez. Se oyó un estruendo, la voz de Gardie, excitada, y los policías que entraban en el piso. No sé por qué pero me dirigí hacia la puerta, con los zapatos todavía en la mano.

Se me cerró en las narices.

Volví a la escalera y me senté de nuevo. Me puse los zapatos y me quedé allí sentado. Al cabo de un rato alguien empezó a bajar las escaleras desde el piso de arriba. Era el señor Fink, el tapicero; ocupaba la vivienda que quedaba justo encima de la nuestra. Me apreté contra la pared para dejarle sitio sufi­ciente para pasar.

Cuando llegó al rellano se detuvo, con una mano en la barandilla, y se volvió a mirar­me. Yo no lo miré; me dediqué a observar su mano. Era una mano fofa, con las uñas sucias.

—¿Te pasa algo malo, Ed? —me preguntó.

—No —le respondí.

Apartó la mano de la barandilla y luego la volvió a poner.

—¿Por qué estás sentado ahí, eh? ¿Te han despedido o qué?

—No —repetí—. No pasa nada.

—Narices no pasa nada. No estarías ahí sentado. ¿Se ha emborrachado tu padre y te ha echado, o...?

—Déjeme en paz —le interrumpí—. Lárguese. Déjeme en paz.

—Bueno, si te pones así... Yo solo quería ser amable contigo. Tú podrías ser un buen chico, Ed. Tienes que apartarte de ese borra­cho holgazán de tu padre...

Me levanté y empecé a bajar las escaleras hacia él. Creo que iba a matarlo; no estoy seguro. Me miró a la cara y su rostro cambió. No había visto nunca a un hombre asus­tarse tanto y tan de prisa. Dio media vuelta y se alejó rápidamente. Yo me quedé allí de pie, hasta que lo oí dos pisos más abajo.

Entonces me volví a sentar y apoyé la ca­beza entre las manos.

Al cabo de un rato oí que se abría la puer­ta de nuestra casa. No me moví ni miré por la barandilla, pero deduje por las voces y los pasos que se marchaban los cuatro.

Cuando se apagaron los ruidos, entré uti­lizando mi llave. Volví a encender el fuego.

Esta vez puse café en la cafetera y lo preparé todo. Entonces me acerqué a la ventana y me quedé allí mirando hacia el patio de cemento.

Pensé en papá y deseé haberlo conocido mejor. Nos llevábamos bien, nos llevábamos de primera, pero no se me había ocurrido hasta entonces, cuando ya era demasiado tar­de, pensar en lo poco que en realidad lo conocía.

Era como si lo estuviera mirando desde un sitio muy lejano y viera lo poco que sabía de él, y me parecía que me había equivocado en muchas cosas.

Principalmente respecto a la bebida. Me di cuenta de que aquello no era importante. No sabía por qué bebía pero debía de tener una razón para hacerlo. Quizás estaba empe­zando a vislumbrar la razón al mirar por aquella ventana. Era un bebedor sosegado y un hombre sosegado. Yo lo había visto enfa­dado muy pocas veces, y siempre estaba sereno.

Te pasas el día sentado ante una linotipia componiendo octavillas para A & P y una revista que trata de pavimentos asfálticos y el informe financiero de un concilio eclesiás­tico, y luego regresas a casa donde te espera una esposa que es una bruja y que se ha pa­sado la tarde bebiendo y busca pelea, y una hijastra que es una aprendiz de bruja.

Y un hijo que piensa que es algo mejor que tú porque es un golfo sabelotodo que sacaba matrículas de honor en el colegio y cree que sabe más que tú y que es mejor que tú.

Y eres demasiado decente pana abandonar semejante panorama, y ¿qué haces entonces? Bajas a tomarte unas cervezas sin intención de emborracharte, pero te emborrachas. O a lo mejor si que pretendías emborracharte, ¿qué más da?

Me acordé de que había una fotografía de papá en su dormitorio, así que entré y me la quedé mirando. Se la había hecho unos diez años antes, más o menos en la época en que se casaron.

Me quedé allí de pie mirándola. Yo no lo conocía. Era un extraño para mí. Y ahora estaba muerto y nunca llegaría a conocerlo.

 

Cuando dieron las diez y media, y mamá y Gardie seguían sin aparecer, me marché. A esa hora el piso parecía un horno, y en las calles, donde el sol caía de plano, hacía un calor abrasador. Desde luego, era un día infernal.



Me dirigí al oeste por la avenida Grand, andando debajo del ferrocarril elevado.

Pasé por un drugstore y pensé que debía entrar y llamar a la Elwood Press para decirles que no iba a ir a trabajar aquel día. Y que papá tampoco iba a ir. Luego pensé que no valía la pena; debía haber telefoneado a las ocho, ahora ya estarían enterados de que no íbamos a ir.

Y aún no sabia lo que les iba a decir cuan­do me preguntaran que cuando iría. Pero la razón principal era que todavía no quería ha­blar con nadie. De hecho aún no se había hecho totalmente realidad, como sucedería cuando tuviera que empezar a decirle a la gente: ¡Papá ha muerto.!

Lo mismo ocurría respecto a la policía; tendría que pensar y hablar del funeral y de todas esas cosas. Había estado esperando a que volvieran mamá y Gardie, pero me ale­graba de que no hubieran regresado. Tampoco quería verlas a ellas.

Le había dejado una nota a mama dicien­do que me iba a Janesville a decírselo al tío Ambrose. Ahora que papá había muerto no podía negarse a que se lo dijera a su propio hermano.

En realidad no es que tuviera tantas ganas de ver al tío Ambrose; supongo que ir a Janesville no era más que una excusa para huir.

Por la calle Orleans bajé hasta Kinzie y crucé el puente, seguí canal abajo hasta la estación de C&NW de la calle Madison. El próximo tren para St. Paul que pasaba por Janesville salía a las once y veinte. Saqué el billete y me senté en un banco de la estación a esperar.

Compré las ediciones de primeras horas de la tarde de un par de periódicos y los ho­jee. No nombraban a papá, ni siquiera había ninguna referencia de unas pocas líneas en una página interior.

«Este tipo de cosas deben de ocurrir doce­nas de veces al día en Chicago —pensé—. No son dignas de que se gaste tinta en ellas, a no ser que intervenga algún pez gordo de los gangsters o alguien importante. Un borra­cho desplumado en un callejón; el que se lo cargó estaba trompa y le dio demasiado fuer­te o no le importaba lo fuerte que le daba.

»No merecía el honor de la tinta. No in­tervenía ninguna banda ni salía ningún nido de amor.

»Por el depósito de cadáveres pasan a cientos. No todos son asesinatos, desde lue­go. Vagabundos que se duermen en un banco de la plaza Burghouse y ya no se despier­tan. Gente que alquila camas de diez centa­vos o habitaciones de medio dolar comparti­das en una pensión de mala muerte, y a la mañana siguiente alguien los sacude por el hombro para despertarlos y están rígidos. El empleado les registra rápidamente los bolsi­llos a ver si llevan alguna moneda de cuarto de dolar o algún dolar, y luego llama al Ayuntamiento para que los vayan a recoger. Así es Chicago.

»Y está también el negro que encuentran hecho picadillo con una cuchilla a la entrada de un sótano de la sección sur de la calle Haisted, y la chica que tomó laúdano en la habitación de un hotel barato; y el impresor que había bebido demasiado y lo habían seguido a la salida de la taberna porque le habían visto billetes verdes en la cartera, ya que ayer era día de paga.

»Si pusieran estas cosas en los periódicos la gente se llevaría mala impresión de Chica­go, pero ésa no era la razón por la que no las ponían. Las excluían porque había dema­siadas. A no ser que se tratara de alguien importante o de alguien que había muerto de un modo espectacular, o que saliera el sexo por alguna parte.

»La chica de alterne que seguramente ingirió el laudano en alguna parte anoche, o quizá fue yodo o una sobredosis de morfina, o, si estaba suficientemente desesperada, tal vez fuera incluso matarratas, podía haber te­nido un día glorioso en la prensa. Podía ha­ber saltado desde la ventana de un piso alto que diera a una calle de mucho tránsito, des­pués de esperar en una cornisa a que se hu­biera reunido un buen público y la policía hubiera intentado hacerla volver a entrar, y a que los periódicos tuvieran tiempo de hacer llegar allí sus cámaras. Podía haber saltado para convertirse en una masa sangrienta con las faldas arremangadas a la altura de la cintura y para que los fotógrafos pudieran sacar unas buenas tomas mientras yacía muerta en la acera.»

Deje los periódicos en el banco, salí por la puerta principal y me quedé allí mirando a la gente que pasaba por la calle Madison.

«No es culpa de los periódicos —pensé—. Los periódicos no hacen más que dar a la gente lo que pide. Es toda la maldita ciudad; la odio. »

Miraba pasar a la gente y los odiaba a todos. Si eran pulcros y parecían contentos, comeo sucedía en algunos casos, aún los odia­ba mas. «Les importa un rábano —pensé—­ lo que les ocurre a los demás, por eso ésta es una ciudad en la que un hombre no puede volver a casa con unas copas en el estomago sin que lo maten por un par de asquerosos dólares.

»A lo mejor ni siquiera es la ciudad —se­guí pensando—. A la mejor, la mayoría de las personas son así, en todas partes. A lo mejor, esta ciudad solo es peor porque es mas grande.»

Mientras tanto no perdía de vista el reloj de una joyería que había enfrente, y cuando marcaba las once y siete minutos regresé al andén a través de la estación. Los pasajeros estaban subiendo al tren de St. Paul. Ye su­bí también y me senté.

Hacía un calor horrible en el tren. El vagón se llenó rápidamente y una mujer gorda se sentó a mi lado y me arrinconó contra la ventanilla. Había gente de pie en los pasillos. No daba la impresión de que fuera a ser un buen viaje. Es curioso que, por muy mal que se esté anímicamente, las incomodidades físicas pueden hacerte sentir todavía peor

«¿Para qué estoy haciendo esto, de todas maneras? —me pregunté—. Debería bajar del tren, irme a casa y enfrentarme a la realidad. Lo único que hago es huir. Al tio Ambrose le puedo mandar un telegrama.»

Cuando iba a levantarme, el tren se puso en marcha.

 

 



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