La Sobrevivencia del Espíritu



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Ramatís La Sobrevivencia de Espíritu

La Sobrevivencia

del Espíritu


Ramatís y Atanagildo

Psicografiada por: Dr. Hercilio Maes

SEGUNDA EDICIÓN ARGENTINA

EDITORIAL KIERS. A. Santa Fe 1260 - Buenos Aires

Título del original en portugués

A SOBREVIVENCIA DO ESPIRITO

Versión española de MANUEL VAL VERDE

TAPA BALDESSARI

1* edición argentina - EDITORIAL KIER, S. A. . Buenos Aires, 1968 2» edición argentina –

EDITORIAL KIER, S. A. - Buenos Aires, 1971

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 Copyright 1971 by EDITORIAL KIER, S. A. - Buenos Aires

Impreso en la Argentina - Printed in Argentina

Se terminó de imprimir en los talleres gráficos cadel, s.c.a., Unanue 5475 Buenos Aires, el día 10 de julio de 1971.



MI HOMENAJE:
Al estimado colega,

Comandante EDGAR ARMOND,

activo y disciplinado espíritu,

gran trabajador de la revelación espiritual,

cuyas amistosas y sentidas vibraciones

provienen desde el milenario Egipto

de los faraones.
HERCILIO MAES

Curitiba Febrero de 1959.



EXPLICACIONES
Apreciado lector:
Tenéis en vuestras manos una obra mediúmnica dicta­da por el espíritu de Ramatís, participando a su vez el espíritu de Atanagildo, quien cumple con lo prometido, cuando le solicitamos ciertas explicaciones sobre la realidad de la Vida, en el Más Allá de la Sepultura.

Aunque la presente obra tiene la característica especial de relatar las condiciones comunes de la vida de los espíri­tus desencarnados, debo deciros, que encierra nuevos temas, los que obedecen al habitual sistema de preguntas y res­puestas encaradas por los espíritus de Ramatís y Atana­gildo. Constituyendo un aporte más para el estudio de los complejos problemas del plano espiritual. Ciertos capítulos, como "SUEÑOS Y RECUERDOS DEL PASADO", "LA VOLICIÓN". "LAS FUERZAS MENTALES Y SUS PODE­RES" y "ASPECTOS DE LA MEDIUMNIDAD", están de­dicados particularmente a los procesos v técnicas normales por medio de los que actúan e intervienen los espíritus desencarnados durante los sueños, y cómo ejercen su vida astral y su comportamiento durante las relaciones mediúmnicas.

Las preguntas fueron bastante insistentes y definidas a fin de provocar minuciosas respuestas y nuevas aclara­ciones sobre los aspectos que aún son muy discutidos entre los espiritualistas.

En base a mi facultad mediúmnica, que la ejerzo en forma bastante consciente, expliqué este aspecto detallada­mente en la obra anterior, para que el lector se entere cómo se efectúa mi contacto mediúmnico con los espíritus des­carnados. Siempre fui adverso a rodearme de las aureolas misteriosas y crear complejos para el lector menos capaci­tado, que desconoce el fenómeno de la mediumnidad. Tengo por hábito la experimentación animosa y el estudio metó­dico de los fenómenos del Más Allá, y traté de conocer siempre la esencia de su manifestación, confiando solamen­te en mi honesta intención de ser útil al prójimo, como así también evitar, por falta de cuidado, encadenarme a un misticismo improductivo.

Aseguro que no herimos susceptibilidades por parte de los espíritus desencarnados, cuando los indagamos sobre los asuntos y pormenores de utilidad e importancia para el me­jor conocimiento de la vida espiritual; evidentemente que son comprensivos y tolerantes con nuestra forma de proce­der, de acuerdo al grado de dignidad y elevación espiritual que poseen. Me esforcé para lograr percibir con todo cui­dado cuál era la forma de actuar mediúmnicamente de Atanagildo sobre mí así que ofrezco estas experiencias a otros médiums portadores de igual facultad, que aún se encuentran en la etapa del desenvolvimiento mediúmnico para que puedan conocer la naturaleza exacta del proceso a que me someto, cuando estoy en comunicación con los espíritus desencarnados.

He observado que el mayor éxito alcanzado por parte de los desencarnados, rara comunicarse con el plano ma­terial a través de las facultades de los médiums intuitivos conscientes, depende fundamentalmente de la mayor sincro­nización (confianza y docilidad que se puede conseguir del médium con relación al espíritu comunicante). En el caso de la psicografía intuitiva, tanto el desencarnado como el médium pueden ajustarse lo más posible, bajo el esfuerzo recíproco, produciéndose la simbiosis espiritual que debe actuar por medio de una técnica vibratoria a través de un organismo carnal. Entonces, la mano del mediador, en for­ma similar a una obediente pluma, se mueve dócilmente bajo la dirección de dos idénticas voluntades —la del en­carnado y la del desencarnado— dado que el éxito depende de la más perfecta armonía sincrónica física durante la comunicación.

Deseoso de servir al lector y a todos aquellos que reali­zan esfuerzos en el campo mediúmnico, ciertas veces hice preguntas, hasta inoportunas a mis amigos y mentores espirituales, rogándoles que explicasen con la mayor claridad posible, la naturaleza de los fenómenos y el mecanismo que actúa en las relaciones entre los encarnados y desencarna­dos. Debido a eso, se originó el capítulo "Aspectos de la Mediumnidad" que me pareció de sumo interés insertarlo al comienzo de la presente obra, pues aclara al lector la forma de recepcionar estas páginas mediúmnicas. Si no encontré mejores explicaciones, para la mayor comprensión de este aspecto, ruego al apreciado lector que acepte mis excusas pues la culpa no debe atribuirse a la insuficiencia de los espíritus sino a mi incapacidad mediúmnica que no me permitió captarles los pensamientos con deseada precisión y vestirlos a gusto con el traje modesto de mis palabras.

Pero, es justo, que por lo menos se salve la buena in­tención ya que el presente trabajo representa un esfuerzo sincero y una contribución al estudio de la mediumnidad, asunto éste, según creo, que aún no ha sido investigado lo suficiente en lo que se refiere a todos los aspectos del inter­cambio entre los vivos y los muertos. Es muy posible que algunos lectores de las obras dictadas por Atanagildo y Ramatís, extrañen por momentos la insistencia y hasta la tri­vialidad de ciertas preguntas o la repetición y semejanzas de las indagaciones que se focalizan. Pero debo aclarar que algunas veces son los comunicantes que nos inspiran para volver al mismo tema, conjeturado con anterioridad, pues desean tratarlo desde otro ángulo a fin de beneficiar a los lectores menos afectuosos a la naturaleza íntima de la pre­gunta. La obra, no está destinada exclusivamente para los grupos iniciados o a los adeptos de avanzada cultura es­piritualista.

Elimine el lector inteligente y experimentado las in­dagaciones que le parezcan prosaicas, puesto que están di­rigidas a los menos experimentados sobre este asunto.

El presente libro, es una prolongación del anterior, titulado LA VIDA MÁS ALLÁ DE LA SEPULTURA, en el cual se exponen diversos temas que no fue posible ven­tilarlos en la citada obra y que por otra parte, abarcaría un volumen demasiado extenso. Ramatís sugirió que la presente obra fuese editada a continuación, porque no de­berían interrumpirse los asuntos tratados, por estar desti­nados para la presente época. Por esa causa, se dio rápidamente publicidad a este nuevo libro e incluye el admirable estudio de Ramatís sobre el Esperanto, pues respondió a innumerables preguntas que le habían dirigido diversos espiritistas, que estaban ansiosos de conocer el pensamiento de Ramatís al respecto.

También algunos colegas espiritistas se interesaban por diversos detalles sobre la existencia de las escuelas o instituciones del Esperanto, situadas en el Espacio, alrede­dor del globo terráqueo y que también se refieren algunas obras mediúmnicas. Ramatís, consultado al respecto, señaló a Atanagildo, como el espíritu más acreditado para dar una minuciosa descripción sobre el asunto. Efectivamente, más tarde Atanagildo nos brindó una sugestiva v detallada co­municación sobre la naturaleza de los trabajos y departamentos de la "Academia del Esperanto" que hace parte de la metrópolis astral del "Gran Corazón", donde reside y de la cual nos relató algunas particularidades en la obra anterior.

Conforme expliqué anteriormente, en otros libros, mi trabajo mediúmnico consiste en la recepción de los comen­tarios que hacen los espíritus desencarnados sobre las pre­guntas hechas previamente, v compiladas luego en base a varios asuntos espirituales, en virtud de solicitudes hechas por carta o personalmente durante las sesiones mediúmnicas, surgiendo entonces las respuestas, que casi siempre provocan nuevas indagaciones para quedar mejor aclaradas. Rápidamente se reúnen las respuestas sobre un mismo tema que tengan conexión entre sí procediéndose a la composi­ción de los capítulos, que dan cuerpo definitivo a la obra.

Ni bien sea publicada la presente obra mediúmnica, se iniciará el asuste de los capítulos para un nuevo libro que ha de titularse FISIOLOGÍA DEL ALMA que será editado próximamente bajo la exclusiva autoridad de Ramatís, cuyo texto versa sobre las pasiones y los vicios peligrosos, que afectan las delicadas funciones del periespíritu después de la desencarnación. En el transcurso de la lectura de la obra en cuestión, el lector podrá identificar el incesante llamado evangélico que Ramatís hace al hombre terreno, advirtién­dolo de la necesidad urgente de su integración definitiva al código salvador del Evangelio de Cristo Jesús.

El espíritu de Atanagildo no participa de las otras obras de Ramatís, pues en el libro LA VIDA MÁS ALLÁ DE LA SEPULTURA cumplió con la promesa de transmitirnos detalles sobre el escenario tan discutido del mundo astral Su trabajo es similar al ejecutado por otros desencarnados, que también trataron el mismo asunto por in­termedio de algunos médiums experimentados y dignos de crédito. Mientras tanto Atanagildo nos prometió dictar en el futuro, una serie de relatos sobre acontecimientos que sucedieron en las vidas pretéritas de varias criaturas te­rrenas, y revelar también los respectivos efectos kármicos a que se ajustaron en el futuro, con fines de amplia orien­tación y conocimiento de cómo actúa la Ley Kármica en la vida de los creadores de sus propios destinos.

Después de estas sencillas explicaciones, me resta aña­dir que me sentiré bastante recompensado de la espinosa tarea mediúmnica, si estas páginas de advertencia espiri­tual se transforman en nuevas esperanzas para algunas almas sufrientes, o arrojen algunas reflexiones benefactoras que puedan renovar y disipar las dudas en aquellos que aún no alcanzaron a discernir los propósitos sublimes de la vida inmortal.

Aunque el producto material de esta obra se destine para aminorar algunas necesidades humanas, mi ideal sería, que pudiera conjugar el pan del cuerpo por el confortable pan del espíritu, puesto que este último, es el que realmente puede transformar al alma en su propia guía y artífice de su glorioso destino inmortal.


Hercilio Maes

Curitiba, 20 de junio de 1958


PREÁMBULO DE RAMATÍS
Paz y Amor:
Es mi anhelo el transmitiros algunas palabras al co­mienzo de esta obra, que abarca diversas comunicaciones emitidas desde "este lado" de la vida espiritual, y me cabe el grato deber de resaltar el heroico trabajo de los espíritus, que hace más de un siglo vienen divulgando los principios elevados del Espiritismo codificado por Allan Kardec.

El Espiritismo no es un conjunto de postulados doc­trinarios o simples repositorios científicos, garantizados por la investigación y manifestación de los fenómenos someti­dos a las leyes invisibles y bajo el dominio de los desen­carnados, sino que, por encima de todo, es un admirable camino de renovación espiritual auspiciado por el Código Moral del Evangelio de Jesús, y es necesario que sepáis, cuáles son los beneficios o perjuicios que pueden originarse, después de la muerte física, conforme a la mayor o menor integración de las almas a esos postulados evangélicos. La porfía del espíritu encadenado al organismo de la carne terrena es el eficiente factor para que acelere su dinamismo de pensar y desenvuelva su pereza de sentir. Los problemas económicos y las vicisitudes morales que se presentan co­tidianamente ante la perplejidad del espíritu encarnado, tienen por función, obligarlo a mover los recursos de la razón y afinar la emotividad del corazón.

La futura configuración angélica que Dios planeó en lo íntimo de cada alma, exige que la razón humana evolu­cione en perfecta armonía con el sentimiento, en constante cristificación. El dolor, como proceso del perfeccionamiento compulsorio, es el producto de los choques que el espíritu experimenta cuando delinque en los caminos tortuosos de la vida humana y se desarmoniza entre el pensar y el sentir. Cumpliendo las directrices superiores para alcanzar mayor éxito y ventura del espíritu indócil, el dolor acicatea, tem­pla y subyuga, pero por encima de todo, corrige, renueva y educa. Casi siempre nos parece ver dos cosas distintas entre la vida terrena y la astral, como si fueran antagónicas entre sí. Sin duda alguna, debemos reconocer que esas dos situaciones o estados distintos de la vida del espíritu, no están aisladas en su naturaleza íntima y espiritual, pues no es necesario que suceda la muerte física para que se manifieste el espíritu inmortal. Éste permanece íntegro y sobreviviente, ya sea en el cuerpo físico o en libertad en el mundo astral. Cuando el espíritu abandona su cuerpo material, recobra una mayor área de acción en el campo de la conciencia, es decir, un más amplio tiempo en vigilia, que le aumenta la facultad de pensar, la intensidad de sus emociones, como así también el libertad de moverse en un campo de energías sutiles y sumisas a la voluntad disci­plinada. Es obvio, que en el cuerpo físico el espíritu se conserva inmortal, sensible y viviente, tal como sucede con vosotros en el presente, puesto que no está ausente o inco­municado en cualquier resquicio del cuerpo carnal. El espí­ritu se manifiesta conforme sea la sensibilidad de vuestro organismo carnal, nervios, huesos, musculatura, aunque después de la desencarnación adquiere mayor amplitud de acción y movimientos siderales.

No es preciso morir físicamente para "sobrevivir" espiritualmente, puesto que siempre vivís en la eternidad, en cualquier momento, sin que se quiebre el eslabón de sus­tentación interior que garantiza la inmortalidad de vuestra conciencia espiritual. Cuando el espíritu está sometido a la ley de la rectificación kármica y muchas veces "duerme" asfixiado en el cuerpo de un imbécil o delira en el organis­mo de un dolorido furioso, aún así, se puede comprobar su indiscutible presencia, en los fugaces reflejos de conciencia, o recurriendo a la experiencia común de la hipnosis.

La desencarnación puede asociarse con el trabajo del buzo, que se desviste de su pesada escafandra a la orilla del río, para reintegrarse totalmente a sus movimientos y emociones, que le son naturales en la superficie de la tierra. Se cambia de plano vibratorio sin modificar vuestro interior, porque la muerte del cuerpo físico no es un fenó­meno milagroso que hará surgir la sabiduría en el espíritu ocioso o la ternura en el alma cruel. Vuestro organismo carnal se asemeja a un muro de espesor, siendo un pode­roso interceptor para la luz del espíritu; su desaparición o desintegración en la tierra favorece al alma, aclarando su campo de conciencia y activando la memoria preexistente al nacimiento físico. El fenómeno puede compararse a la luz que proyecta una lámpara, cuando se le retiran los vi­drios de colores que le restaban su verdadera luminosidad. En realidad, es la mente que se transfiere desde un plano vibratorio denso hacia otro sublimado, como si fuera un rayo de luz que deja de iluminar la superficie opaca de un vaso de piedra, para centrarse y focalizar su líquido interior.

Aquí en nuestra esfera, el espíritu prosigue aquello que comenzó en el mundo material; la vida astral es la conti­nuidad de la vida física y ésta es la prolongación de la astral. Es muy dificultoso aún explicaros la naturaleza y mínimos detalles de los vehículos imponderables, que for­man el conjunto conocido como periespíritu. Allan Kardec, espíritu prudente y sabio, conocedor de la psicología huma­na de su época, prefirió apenas enunciar el conjunto periespiritual en forma general, pues estaba seguro que sus contemporáneos aún no estaban capacitados para valorar el asombroso potencial de energía que constituye el con­junto sobreviviente, después de la desintegración del cuer­po físico.

En consecuencia, prefirió dejar a un lado los enuncia­dos complejos, como ser, el mecanismo generador de la luz áurica, el sistema de "chakras" o centros de fuerzas del "doble etérico", el sublime vehículo responsable por la ab­sorción de la "luz interior", los admirables transformadores de los tonos de colores, los reflectores de la memoria, el cuerpo mental y las diversas operaciones que se sobrepo­nen a la forma anatómica y que forman la fisiología del periespíritu. Mientras tanto, esa delicada tarea, que era inapropiada para aquella época de la codificación kardeciana está siendo realizada en la actualidad por dedicados compañeros del insigne Kardec, pues aumenta la pléyade de espíritus estudiosos y reencarnados, que investigan todos los tratados herméticos provenientes de la antigua escuela oriental, rebuscando los casos que no fueron explicados con respecto a la formación del espíritu.

Es necesario que los reencarnados comprendan defi­nitivamente, las terribles consecuencias que les advendrán después de la desencarnación, cuando lesionan esa contex­tura tan compleja y sensible, que es el periespíritu. El mag­netismo del medio y el combustible mental exudado por el hombre en sus momentos de irascibilidad y desatinos mo­rales, hiere y lesiona a ese delicado vehículo que deberá sobrevivir después de la muerte del organismo carnal. En­tonces no quedan dudas, que la existencia física es positi­vamente una forma de vida, pero que transcurre dentro de una acción grosera y letárgica, que presiona a la fuerza mental, utilizada por el espíritu ansioso de libertad. Des­pués de la desencarnación viviréis integralmente conforme sean vuestros pensamientos y afectos cultivados en el mun­do material, dependiendo entonces de esa vida, vuestras amarguras o presunción feliz en nuestra esfera astral.

No creáis en esa separación de vidas, como si fueran totalmente diferentes entre sí. La gama de emociones o pensamientos, que en el mundo material sufren considera­bles restricciones, es la misma que recrudece prodigiosa­mente en el mundo astral y se reproduce dolorosamente en las almas crueles o indisciplinadas. La suerte de cada cria­tura en el Más Allá, está subordinada a su modo de vida en la Tierra y no al efecto de la diferencia vibratoria, que existe entre los dos mundos. La vida física debe vivirse con tanta dignidad y cuidado educativo, como lo hace el pianis­ta eximio que confía en sus dos manos, a fin de lograr fi­delidad artística en la revelación de su arte, a través del instrumento.

Es necesario atribuirle un gran valor a la existencia física y debéis reverenciarla como un valioso entrenamien­to práctico del espíritu reencarnado, que debe plasmar en la sustancia rígida el contenido elaborado de su mente. Toda creación mental requiere aplicación en el mundo físi­co y favorece el aprendizaje del espíritu, porque pone a prueba su habilidad para pensar y lo inicia en sus futuros trabajos, ya que además será un instrumento creador, bajo el control de la elevada jerarquía espiritual. El espíritu humano es como el músico solista, que demuestra su re­ceptividad musical por el dominio y presteza de sus manos, transformando ideas en sonidos, y además demuestra su virtuosismo sideral, cuando alcanza perfecto éxito en el metabolismo de la vida física.

Muchos seres subestiman el campo de las pruebas de la vida carnal e intentan fugarse como el ermitaño, o hacer vida de excesivo puritanismo, aislándose de las actividades profanas en la locura de querer huir del mundo, en donde Dios continúa presente. La sencilla operación de la desen­carnación, no es suficiente para ofreceros mayores adqui­siciones de libertad astral; pues eso depende de la mayor o menor sensibilidad espiritual y receptividad síquica que hayáis obtenido en la tierra en medio de la agitación cons­tante de los problemas y las ansiedades comunes a todos los hombres.

El curso completo de la vida terrena exige al alma reencarnada, apresuramiento moral y el dominio de las fuerzas físicas, que son las lecciones irrevocables y nece­sarias para la expansión de la conciencia inmortal. Ésta se plasma de "adentro hacia afuera" aunque se encuentre ligada al mundo material, dado que la materia es semejante a un molde que limita los contornos de las grandes masas espirituales imponderables y evolucionadas, frag­mentándose en formas menores, en chispas o rayos, que emprenden su retorno concienzal hacia su fuente origina­ria de Luz Inmortal. El mundo físico es el crisol eferves­cente en donde Dios tempera la sustancia de la conciencia global del orbe y éste va plasmando a través de los varia­dos reinos y formas primitivas, nuestros centros de con­ciencias individuales. Éstas, aceptan su decisiva jornada y se gradúan ascensionalmente a través de los comandos de las cerebraciones animales, cada vez más perfeccionadas.

Por esa causa el espíritu no adquiere virtudes especia­les, por el solo hecho de desligarse del cuerpo físico, de la misma forma que el aldeano no se vuelve un elegante hi­dalgo, por abandonar su traje de algodón y vestir las ricas telas de casimir. Su índole sicológica, su ignorancia y sen­timientos fuertes continuarán intactos, por la sencilla razón que no dependen de la naturaleza del vestuario, sino de su adquisición moral y de la sensibilidad emotiva del alma.

Es necesario vivir con sabiduría y renuncia en la Tie­rra, para que al desencarnar, también podáis transferir in­tactos el bagaje equilibrado de vuestra conciencia espiri­tual, sin fragmentarla en eslabones que os encadenen a los bienes provisorios de la materia o a las pasiones que no os dejarán tranquilos ni en libertad en el plano astral. La ver­dadera ventura del alma no se ajusta únicamente a la po­sesión de los inmuebles, pergaminos, glorias políticas o confort material, como si tuvieseis que serviros de ellos para alcanzar el pasaporte espiritual hacia el más allá. Si no aprendisteis a controlar y dirigir los deseos y pasiones carnales, seguro, que cuando partáis hacia el "otro mundo" dejaréis en la Tierra verdugos implacables los que os exi­girán continuamente para que a la brevedad retornéis al yugo de la carne. La realización interior del hombre es mucho más importante que su fiebre de seguridad econó­mica, la vanidad de destacarse socialmente o la compe­tición deshonesta por alcanzar los puestos de gobierno en la Tierra.

Aún vivís demasiado apegados al mundo físico, en an­gustiosas competiciones para alcanzar mayores riquezas transitorias, que seguiréis transfiriendo de herederos a he­rederos, cuyos rapidísimos placeres proporcionados por la materia, no superarán a los prolongados períodos de sufri­miento después de vuestra desencarnación. En el Más Allá podréis verificar cómo pesa el fardo de los tesoros conquis­tados por el exceso de egoísmo, codicia, imprudencia y des­honestidad, en la cual se hallan comprendidos la mayoría de los hombres.

Muchas personas religiosas y creyentes confesas, con­fían que al desencarnar retornarán al verdadero "hilo" de su conciencia espiritual y han de usufructuar de los goces y derechos que les quedaron por alcanzar durante la vida terrena. Esa idea les dará una profunda decepción, pues aquí no hay "recomienzo" por el hecho de haberse aislado en la vida terrena y ninguno gozará de un panorama agra­dable o celestial, por haber cumplido con ciertos deberes religiosos en el mundo que abandonaron. El ritmo espiri­tual de vuestra conciencia es la realidad de vuestra propia vida; no hay cortes o adormecimientos en el espíritu, aun­que no lo podáis comprobar por las conclusiones exteriores; en trance, en la imbecilidad, en la locura o en la muerte, el espíritu siempre subsiste en su vida interior, porque es cen­tella inmortal que os sustenta el pensar y el sentir.

La reencarnación se asemeja al viajero que ante el clima riguroso del invierno, se coloca el traje pesado y pro­tector, sin que por eso haya alterado su individualidad.

Muchos de los recién llegados al Más Allá reparan en innumerables acontecimientos que los deja boquiabiertos, como si hubieran emigrado hacia un mundo de hadas, to­talmente distinto a la Tierra, algunos comprueban más tarde, que esos goces y atracciones admirables se vuelven apáticos, porque no pueden vencer la insidiosa influencia pasional del mundo terreno.

Entonces sucede una extraña paradoja con el alma, pues queda totalmente apática y melancólica, aunque se encuentre en medio de un ambiente sublime y celestial; nos recuerda al pájaro que tiene sus alas atrofiadas por su medio de vida en contacto con el suelo, y cuando debe volar prolongadamente en el espacio, queda impedido y melancólico por no desarrollar las fuerzas que atrofió su otro medio de vida. Las personas que no se iniciaron en el encanto de la música selecta, se sienten insatisfechas cuan­do escuchan las bellas óperas y sinfonías, porque les falta el eslabón interior, que es capaz de proporcionarles la nece­saria intimidad con la tesitura delicada de la armonía su­perior. Su gusto fundamental se basa en las composiciones inferiores, despertándose su alegría cuando escuchan la melodía popular de ritmos pobres y tediosos.

De la misma forma, muchos espíritus que se acercan a nuestra esfera radiantes de felicidad, pronto se sienten embotados en su sensibilidad espiritual y solicitan el re­torno rápido a la Tierra, en donde volverán a cultivar los valores mediocres que aún no pudieron superar. El fenó­meno sería fácilmente explicable si tuviéramos presente el campo fundamental de las energías y vibraciones del am­biente astral, porque el equilibrio y la armonía en el Más Allá, dependen de los pesos específicos de las energías que actúan en el periespíritu. Cuando se establece el contacto del espíritu con el mundo material, el apresuramiento o la afinación constante de su campo periespiritual, es el que puede colocarlo en sintonía favorable con el ambiente de, elevado tenor vibratorio, propio de los planos superiores. El equilibrio del alma con el medio, depende de la mayor o menor densidad de su periespíritu, como la naturaleza de éste es el producto del padrón íntimo de su pensar y sentir.

No debéis olvidar esa constante necesidad de purificar vuestro periespíritu en el contacto con la carne humana, y en cualquier sector de la vida terrena, hay que tratar de concepcionar en todo momento, lo "mejor", lo más "puro" y "bello" que exista, ya sea en la esfera artística, literaria, científica, filosófica, religiosa, social y también deportiva. El espíritu se parece al diligente buscador de diamantes, que selecciona y utiliza la pieza más apreciada. En lugar de la literatura de aventuras, busca el libro sabio y de con­formación espiritual; en vez de la banalidad convencional y propia de la sociedad sobrecargada de preconceptos ton­tos, busca de aprovechar sus horas libres en la audición de conferencias útiles y las tertulias de la elevada espiritua­lidad; en vez del "pasatiempo" que satisface la sensualidad del cuerpo, prefiere aprovechar la sabiduría que eleva al espíritu.

Es de vital importancia mantener despierta y fluyente la actividad del alma, inmunizándola contra el culto de las inferioridades y estulticias que tanto nutren la existencia humana distrayendo las fuerzas creadoras del Bien, ten­diendo a la letárgica de la carne esclavizante. Los vicios, convenciones sociales, preconceptos de razas y tradiciones de familias, la exageración y epicureismo alimenticio, coad­yuvando al apego excesivo y avaro de los tesoros perecederos de la Tierra, después de la desencarnación interfieren en la organización del alma, porque le crean pesados acon­dicionamientos que son dificilísimos de extirpar en la pri­mera fase de la vida astral. Os recordamos entonces, que el simple abandono del cuerpo carnal no es suficiente para mejorar el contenido interior de vuestro espíritu, así como la plenitud del espacio no eleva el potencial común de la llama.

Muchos seres desencarnan en forma tan desesperante, ante el temor de abandonar sus pertenencias materiales, que al despertar en el Más Allá, no consiguen tener con­ciencia del cambio establecido con el medio, pues su luz interior, aún bastante reducida por el uso de las pasiones animales y bajo las tonterías mundanas, les presentan las formas astrales, como si fueran de naturaleza física. De ahí que se hace muy difícil convencerlos que no se encuentran en la vida terrena, pues juzgan tener un organismo carnal, y su periespíritu les pesa y se imanta fuertemente al medio completamente desconcertado. Innumerables recursos se emplean para que paulatinamente se les encienda la llama reducida de la conciencia espiritual, liberándolos de las for­mas engañadoras de la corteza terrestre.

Esas almas despreocupadas de su linaje espiritual su­perior, se sienten tan felices con el manoseo insulso de los valores materiales, de los empobrecidos sentidos físicos, que se irritan con facilidad delante de aquellos que intentan despertarlos de su trance hipnótico de las pasiones escla­vizantes. Repelen o ironizan el constante llamado de lo Alto por parte de los espíritus voluntarios para apresurar­les los pasos en los caminos del perfeccionamiento, o acer­carles las bendecidas luces en medio del manto espeso de las tinieblas. Cuando se encontraban en la Tierra, admitían la posibilidad de un cielo fácil y conquistable ante el soco­rro urgente de un sacerdote de buena voluntad, o preferían dejar para después los problemas, que fatalmente tendrían que afrontar al poco tiempo de su desencarnación. Ese es uno de los motivos por lo que se despiden tan desorientadamente de la carne y llegan a asombrarse de "este lado" acobardados, al ver que sus fanfarronerías no producen efectos, como alardeaban en el mundo terreno. Raramente consiguen soportar con valor la terrible realidad que les espera Más Allá de la Sepultura. Cuando esas almas pro­vienen de las posiciones aristocráticas o vivieron cómoda­mente a causa de las fortunas fáciles, no logran liberarse de los verdugos y adversarios crueles que los esperan a las orillas de sus ricos mausoleos.

En forma alguna tenemos pretensiones de modificar esa actitud común al hombre negligente con las cosas es­pirituales; queremos advertir que la muerte del cuerpo físico es un simple cambio de apartamiento para el espíritu, puesto que el perfeccionamiento prosigue ininterrumpida­mente, pero se hace bastante aflictivo para los que conti­núan en la improductiva adoración de las cosas materiales. El "lado de acá" es el interior de la vida cultivada en medio de vuestras almas; no existen escondrijos a los cuales pueda recurrir la conciencia tiznada por el crimen o deshonrada por los vicios degradantes. Aquí os aguardan innumerables responsabilidades asumidas en el mundo terreno, que en forma de escuelas educativas u oficinas de trabajo reden­tor, os presentan oportunidades nuevas para que acertéis el ritmo de la vida inmortal, tantas veces desorganizado con el trato del mundo terreno.

El hombre es espíritu eterno y podrá demorarse a gusto en su ascenso angélico, pues la bondad del Señor de la Vida le permite estacionar y sufrir deliberadamente su estulti­cia. Por eso existe el mecanismo ininterrumpido de las reencarnaciones en los mundos materiales, para aquellos que eligen el camino de la carne como su bien más apre­ciado y prefieren cultivar la vida física en el juego de sus pasiones, en vez de aprovecharla sabiamente como escuela de educación, para que sea más pronta su ventura espiri­tual. Evidentemente, que no hay sabiduría en la mente de aquellos que retardan su jornada evolutiva y trabajan con­tra sí mismos, copiando la actitud de los alienados, que perturban su propia felicidad. Procediendo así se apartan del camino recto del Bien y de la Verdad, para atender las seducciones prosaicas de los atajos sombríos de la vida hu­mana, sujetándose a prolongadas reencarnaciones rectifi­cadoras en los mundos físicos, a fin de participar de los apasionados sentimientos de las multitudes humanas, en continua competición con el reino animal. En el drama prosaico de la vida humana y terrena, solamente se nutren, beben, duermen, visten y procrean.

Mientras tanto, como la muerte descorre el "Velo de Isis" para todos los que transiten por la carne, también se presenta al viajero sarcástico, descreído y despreocupado, el momento que deberá despertar a la realidad del Más Allá, debiendo ponerse en contacto directo e implacable con su propia conciencia. Muchos logran valorar el mérito de las fraternales comunicaciones mediúmnicas que los espí­ritus afectuosos les envían para aminorarles las angustias de la travesía peligrosa, antes de dejar sus restos en la tumba del pobre, o en el rico mausoleo ornamentado con relieves de mármol lujoso.

Entonces, el recién desencarnado encuentra la oportunidad de comprobar, sin misterios, simbolismos o sofismas, lo ventajoso que resulta dedicarse al culto incondicional del Evangelio de Jesús o comprobar qué dolorosa y deses­perante es la situación en el Más Allá, para los que se dedican excesivamente al culto de las pasiones provisorias de la carne.

Estas páginas mediúmnicas que son transmitidas por medio del cerebro de un espíritu encarnado, se resumen en una sencilla epístola fraterna y sincera invitación que siendo aún tiempo favorable, algunos encarnados reflexio­nen seriamente en los beneficios que le esperan al espíritu que cultiva el Bien, el Amor y el Perdón en medio de la humanidad nerviosa, inquieta, codiciosa e interesada del siglo en que actúa.



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