La restauracióN 1



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3. LA DEMOGRAFÍA

Durante la Restauración continúan desarrollándose las transformaciones demográficas que se iniciaron durante el periodo anterior:

. Continúa el proceso de aumento de la población (entre 1.877 y 1.930 la población se incrementa en 6 millones), pero sobre todo es más intenso a partir de 1.900. Esto se debe a que, aunque la natalidad disminuye, la disminución de la mortalidad es especialmente importante (lo que es especialmente meritorio, sobre todo si tenemos en cuenta que aún existen situaciones de grandes epidemias como las de 1.885, el cólera, y 1.918, la gripe, que aumentan considerablemente la mortalidad en estos años). Todo esto conduce a una importante prolongación de la esperanza de vida (se pasa de 29 a 50 años):


Año

Población

(en miles)

Natalidad



Mortalidad



Crecimiento

Vegetativo ‰

Esperanza de

Vida en años

1.877

17.549

36´1

30´5

5´6

29´2

1.900

18.594

33´8

28´9

4´9

34´8

1.910

19.927

32´6

23´0

9´6

41´7

1.920

21.303

29´4

23´3

6´1

41´2

1.930

23.563

27´2

21´3

5´9

50´0
. Una novedad muy importante de este periodo es que hay un fuerte movimiento emigratorio hacia el extranjero: hasta 1.890 predomina la emigración temporal desde provincias mediterráneas (Alicante, Murcia, Almería) hacia Argelia (colonia francesa que necesita mano de obra campesina para el cultivo de los viñedos de la zona). Sin embargo la principal corriente emigratoria es la que se produce posteriormente hacia países de América como Argentina (especialmente), Cuba, Brasil y Uruguay, y la protagonizan principalmente campesinos de las zonas del minifundismo: Galicia (sobre todo), Asturias, Cantabria, Canarias….El momento de mayor intensidad se alcanza entre 1.900 y 1.915. Es una emigración a largo plazo o de carácter definitivo y que supone una importante pérdida de capital humano: entre 1.880 y 1.930 salen para no regresar 1´2 millones de españoles.

. También hay una importante emigración interior, desde las zonas rurales hacia los focos industriales o mineros más importantes: castellanos y gallegos hacia Bilbao, andaluces y murcianos hacia Barcelona, extremeños y manchegos hacia Madrid, etc.). Esto provocará cierta actitud xenófoba en las zonas receptoras hacia los llamados maketos, charnegos (emigrantes establecidos en el País Vasco y Cataluña respectivamente). Otras consecuencias importantes serán el crecimiento de la población de las grandes ciudades (la población de las capitales de provincia pasan de representar el 13 % del total en 1.877 al 22 % en 1.930), lo que exige el ensanche del perímetro urbano y la dotación de nuevos servicios: alumbrado eléctrico, tranvías, etc. ), y la continuación del proceso de concentración de la población en la zona periférica de España en perjuicio de las zonas del interior (salvo algunas excepciones como Madrid). Hay que destacar, sin embargo, que la emigración del campesinado de Andalucía es relativamente escasa, lo que acentuará las grandes tensiones sociales existentes en las zonas del latifundismo durante este periodo.

. De acuerdo con aumento progresivo de la población urbana, la composición profesional de la población evoluciona hacia una disminución del sector primario (aunque en todo momento es el predominante) y a un constante aumento del secundario y terciario:


Año

Población del sector

Primario %

Población del sector

Secundario %

Población del sector

Terciario %

1.877

66

14

20

1.900

66

16

18

1.920

57

22

21

1.930

45

25

30

. En cuanto al nivel cultural se producen algunos progresos. Disminuye el analfabetismo, pero a un ritmo muy inferior al de los países más industrializados: en 1.877 la tasa de analfabetismo era el 72 % de la población, pero en 1.930 era aún el 44 % (mientras que el analfabetismo ya era prácticamente inexistente en países como Gran Bretaña, Francia o Alemania desde 1.900). Los sectores más desatendidos en este aspecto son la población rural (y especialmente las mujeres), pues la política educativa de los gobiernos de la Restauración mostraba poco interés en mejorar su situación. Solo cuando se instaure la Segunda República (1.931) se llevará a cabo una auténtica política educativa en beneficio de los sectores más desfavorecidos.
4. CLASES SOCIALES

La gran polarización existente en la etapa anterior se prolonga y se mantiene a lo largo de todo este periodo de formas muy parecidas:

- La gran burguesía, compuesta por los terratenientes, la aristocracia (aún existen importantes familias nobiliarias de épocas anteriores entre los principales terratenientes, pero hay también una aristocracia reciente, compuesta por personalidades del mundo de los negocios y de la política a los que la Corona premia sus servicios mediante un ennoblecimiento honorífico), industriales, propietarios de minas, banqueros, especuladores, indianos enriquecidos (emigrantes que regresan a España con fortuna), altos funcionarios del Estado, etc. Es una minoría (oligarquía) que tiene el poder político y económico. Todos estos sectores con frecuencia están estrechamente unidos entre sí (mediante lazos familiares, negocios comunes..) y coinciden en unos mismos intereses económicos, sociales y políticos: son partidarios de que el Estado los defienda mediante una política proteccionista (en lo económico) y de firmeza frente a las reivindicaciones del movimiento obrero (en lo social) Pero no hay que olvidar que los terratenientes siguen siendo el sector predominante, como corresponde a un país predominantemente agrario.

La oligarquía cuenta con el apoyo de la Corona, del ejército y de la Iglesia:

. La Constitución de 1.876 le otorga a la Corona poderes muy amplios para intervenir en la vida política y ésta los ejercerá de acuerdo con los intereses políticos de la oligarquía. Alfonso XIII, especialmente, abusará tanto de este intervencionismo a lo largo de su reinado que contribuirá a un creciente desprestigio de la Monarquía.

. El ejército (hablamos de alrededor de 17.000 oficiales y mandos) es ahora una institución fuertemente conservadora en todos los aspectos (han desaparecido casi definitivamente las tendencias de carácter progresista que mucho oficiales mantuvieron durante los reinados de Fernando VII e Isabel II) y tiende a aislarse cada vez más de los sectores populares, lo que provocará un creciente sentimiento antimilitarista por parte de éstos.

El ejército está mal dotado (faltan medios), mal dirigido (los oficiales tienen una formación muy deficiente), mal organizado (hay un número excesivo de oficiales, cuyas pagas consumen la mayor parte del presupuesto militar), es tremendamente clasista (durante la mayor parte de este periodo la tropa está compuesta por “quintos” que proceden exclusivamente de los sectores más humildes, pues los hijos de los ricos pueden eludir el servicio militar a cambio de dinero).

Así pues, es incapaz de protagonizar una guerra moderna con eficacia, y por ello se produce, primero, la aplastante derrota contra USA en 1.898 y, posteriormente, los sonados fracasos durante la Guerra de Marruecos (1.909-1.925). A pesar de todo esto la oficialidad será muy reacia a cualquier tipo de reforma modernizadora, al contrario, cierra filas (se desarrolla un fuerte espíritu de cuerpo) frente a cualquier crítica que proceda desde la sociedad civil, y tiende a fortalecer su espíritu de élite por encima de ella, y en este empeño contará con el pleno apoyo por parte de Alfonso XIII: en 1.906 se aprueba la Ley de Jurisdicciones, que supone un tratamiento privilegiado en el aspecto legal para los militares.

El conservadurismo e inmovilismo del ejército se plasma en el aspecto político en una postura fuertemente centralista (oposición total a cualquier forma de regionalismo por considerar que atenta contra la unidad de España); se considera como el garantizador supremo del orden social (reprime con dureza las huelgas del movimiento obrero cuando es necesario, Ej.: 1.917), y tiende a presionar (a través de las “Juntas de Defensa”) cada vez más a los gobiernos de la época (y también cuenta en este aspecto con el respaldo de Alfonso XIII) con el objeto de que estos acepten sus reclamaciones económicas y políticas. Si a todo esto añadimos una fuerte tendencia antidemocrática y autoritaria, la consecuencia lógica de todas estas actitudes será el golpismo militar contra el sistema constitucional: en 1.923 el General Primo de Rivera (también con apoyo de Alfonso XIII) instaura un gobierno dictatorial.

Por el contrario, los oficiales de posturas más avanzadas (demócratas, partidarios de la República, etc.) serán muy minoritarios y tendrán una influencia muy escasa en el conjunto de un ejército abrumadoramente monárquico.

Hay que añadir que en el seno del ejército habrá un sector de oficiales donde todas estas tendencias autoritarias y antidemocráticas se dan con especial intensidad: el sector formado por los llamados “africanistas”, que protagonizan la guerra de Marruecos (1.909-1.925) y que gracias a los méritos contraídos en ella conseguirán captar muchos de los cargos más importantes. De este sector “africanista”, perfectamente representado por Franco (cofundador de la Legión Española), procederá el núcleo fundamental de los golpistas contra la Segunda República en 1.936).

. En cuanto a la Iglesia (aproximadamente 67.000 eclesiásticos), también es una institución muy conservadora en lo económico y en lo social, y con unos planteamientos dogmáticos y culturales fuertemente integristas. Ahora abandona, casi toda ella, el apoyo al carlismo y se identifica plenamente con el régimen de la Monarquía de la Restauración del que obtendrá importantes ventajas (la Constitución de 1.876 establece la confesionalidad católica del Estado y concede que sectores del alto clero puedan acceder al Senado), lo cual le permitirá incrementar su poder económico y su influencia a nivel social: controla importantes periódicos, monopoliza la enseñanza privada (que es donde se educa a los hijos de la oligarquía), intenta crear sindicatos obreros de ideología católica (que se caracterizaría por ser muy complaciente hacia los intereses de los patronos) para debilitar el sindicalismo más combativo y revolucionario, representado por los anarquistas y socialistas.

Con todo ello se separa cada vez más de las masas populares (aunque logrará mantener aún una fuerte influencia en las zonas rurales y, sobre todo, entre las mujeres), por lo que se producirá, inevitablemente un fuerte fenómeno de rechazo contra ella: el anticlericalismo. Éste se manifiesta a nivel intelectual en las obras literarias de grandes escritores de la época (Pérez Galdós, Clarín, Blasco Ibáñez), pero también a nivel violento, en los momentos de grave crisis, por parte de las masas populares de menor nivel cultural (Semana Trágica de Barcelona, etc.).

- La pequeña burguesía (o clase media) es una clase predominantemente urbana y cada vez es más numerosa como corresponde al progresivo crecimiento de la población de las grandes ciudades, pero su composición es muy heterogénea: pequeños industriales y comerciantes, artesanos, funcionarios de los cuadros medios y bajos del aparato estatal, miembros de las profesiones liberales (abogados, médicos, etc.), profesionales de la enseñanza y del periodismo, etc. Así como hay sectores que tienden a identificarse con los valores conservadores que representan los partidos dinásticos (la pequeña burguesía de las capitales de provincia colabora activamente con el sistema caciquil), hay otros sectores, principalmente los vinculados a la intelectualidad y la cultura, que manifestarán posiciones más o menos críticas contra el sistema: regeneracionismo, republicanismo, etc.

- La clase obrera, está compuesta por el proletariado de las zonas industriales y mineras. Su número también aumenta progresivamente debido a la constante emigración desde las zonas agrarias, pero aún es muy minoritaria a escala nacional, aunque su influencia es muy importante en los principales focos de actividad industrial y minera (Barcelona, Bilbao, cuenca minera de Asturias, Madrid…). Sus condiciones de vida son deplorables, y además tienden a empeorar en los momentos de grave crisis económica, y por ello desarrollarán un movimiento reivindicativo con el objetivo de mejorarlas, y en este aspecto conseguirán, tras muchos esfuerzos, algunas conquistas importantes tales como el derecho de sindicación (los principales sindicatos serían Unión General de trabajadores y Confederación Nacional de Trabajadores), el derecho de huelga, la aprobación de la jornada laboral de 8 horas en ciertas actividades industriales y mineras (1.919), aprobación de leyes de protección laboral para las mujeres y los niños…

- El campesinado sigue siendo la clase social más numerosa y su situación es muy parecida a la del periodo anterior: muchos pequeños propietarios (especialmente los de las zonas de minifundio del N.) viven en condiciones de subsistencia y por ello protagonizan una elevada emigración, los campesinos de propiedad mediana (País Vasco, Navarra) y los que practican una agricultura de tipo más comercial (Cataluña, Comunidad Valenciana) tienen una situación algo más favorable.

Pero la mayor parte de los campesinos ni siquiera son propietarios y tienen que vivir trabajando tierras ajenas a cambio del pago de una renta en dinero (arrendatarios) o en especie (aparceros), en condiciones muy diversas: hay importantes diferencias entre los “rabasaires” catalanes (cultivadores de las zonas vinícolas) y los yunteros extremeños. Los campesinos sin tierras, los jornaleros, son los que viven en condiciones más miserables: son muy numerosos (casi el 50 % de todo el campesinado) y se localizan principalmente en las zonas latifundistas (Extremadura, La Mancha, Andalucía). Dado que en estas zonas latifundistas la emigración campesina es relativamente escasa, las tensiones sociales que provocan los campesinos hambrientos de tierra serán permanentes (ocupaciones de fincas, quemas de cosechas, violencia contra los terratenientes) y la respuesta a ello también será contundente por parte de las fuerzas de la Guardia Civil.


5. PARTIDOS Y ORGANIZACIONES POLÍTICAS

. La mayor parte de la oligarquía está representada políticamente, no por un único partido como antes, el moderado, que hacía lo posible para permanecer siempre en el poder, sino por dos partidos, el conservador y el liberal, cuyas diferencias serían mínimas y que se ponen de acuerdo en un sistema de alternancia pacífica en el poder de un modo pactado previamente, pero a costa de una permanente degradación del sistema democrático: desde el poder se manipulan constantemente las elecciones. Para que esto funcionase sin dificultades era fundamental la actuación de los caciques de distinto nivel, con objeto de que garantizasen con su autoridad e influencia que no se produzca ninguna sorpresa (actúan comprando votos, coaccionando por la fuerza a los votantes, modificando el censo según su voluntad, falsificando las papeletas, etc.). Así pues, cuando les toca ganar a los liberales, los conservadores pasan a la oposición y aguardan unos años hasta que en las siguientes elecciones se produzca inevitablemente el fenómeno inverso, y todas las demás fuerzas políticas siempre obtendrían una representación muy minoritaria.

El cerebro de este sistema bipartidista fue Cánovas del Castillo, que comprendió que el sistema monárquico que él contribuyó a restaurar debía dar una imagen de estabilidad política y de orden social. Para ello crea el partido conservador a su alrededor (compuesto por los anteriormente llamados alfonsinos) y busca la colaboración de Sagasta (antes era dirigente del partido progresista) para que funde el partido liberal, cuya ideología, supuestamente, sería algo más avanzada.

Ambos partidos coinciden en lo fundamental: su modelo de estado es fuertemente centralista, son muy conservadores en el orden social (empleo de la fuerza para la defensa de su concepto de orden público), están muy identificados con los principios de la Constitución de 1.876, vigente durante todo este periodo, la cual está muy próxima a la Constitución moderada de 1.845. No son partidos de grandes masas sino de unas minorías de “notables”: hay unas jerarquías de dirigentes de mayor y menor nivel y en la base de ellos está la figura clave del “cacique” rural detentando el poder político y económico a escala local (es el alcalde, el terrateniente que decide quien puede trabajar o no, el prestamista, etc.).

Este sistema de alternancia pacífica en el poder de los también llamados “partidos dinásticos” durará desde 1.875 a 1.923, y funciona sin grandes dificultades en un primer momento (hasta finales del SXIX). Pero a partir del desastre de 1.898 (derrota y pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas), y coincidiendo con los años de la muerte de Cánovas (1.897) y de Sagasta (1.903), entra en una larga crisis motivada por las rivalidades y los enfrentamientos internos que protagonizan los principales “notables” de cada partido (Silvela, Dato, Maura en el partido conservador, y Canalejas, Romanones, Moret, García Prieto en el partido liberal). Además surgen otras fuerzas políticas (socialistas, regionalistas, etc.) que progresivamente ganan terreno a los partidos dinásticos en las ciudades (donde el poder del caciquismo se ejercía con mayor dificultad que en las zonas rurales). Por otra parte, el intervencionismo del rey Alfonso XIII en Ia vida política es cada vez mayor. Todo esto incidirá en un progresivo deterioro y debilidad de ambos partidos que, aunque siguen perpetuándose en el poder, van a dar una imagen de inestabilidad política permanente (entre 1.902 y 1.922 la media del tiempo de duración de los gobiernos, tanto conservadores como liberales, es 8 meses y 10 días). A partir de la crisis de 1.917 el hundimiento del sistema bipartidista se acentúa tanto que se desemboca en la instauración de la Dictadura de Primo de Rivera (1.923), mediante la cual la oligarquía y el rey Alfonso XIII buscan otras fórmulas políticas más adecuadas para sus intereses.

. Las demás fuerzas políticas que existen estarán permanentemente al margen del poder y tienden a representar los intereses del resto de las clases sociales desde posturas ideológicas muy diversas:

a) El carlismo: Es la postura política más extremadamente conservadora. Sus principios ideológicos han evolucionado poco desde la etapa anterior: tradicionalismo, integrismo religioso y cultural, foralismo… Sigue teniendo una base social entre los pequeños y medianos campesinos del País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña y Valencia, y entre sectores, cada vez más minoritarios, de la Iglesia. Tras la derrota militar sufrida en la tercera guerra carlista (1.872-6), se produce un cambio de actitud: participan pacíficamente dentro del sistema político como un partido más, pero su peso será muy minoritario (en su mejor momento solo llegarán a obtener el 3 % de los diputados).

b) El republicanismo: Tras el fracaso de la Primera República, los ideales republicanos sobrevivirán a lo largo de este periodo entre parte del proletariado urbano y entre los sectores más cultos de la clase media (los intelectuales más famosos de estos años se acercan, en mayor o menor medida, a esta postura: Blasco Ibáñez, Unamuno, Machado, Marañón, Ortega y Gasset, etc.). Su ideario se caracteriza por la reivindicación de la República y rechazo de la monarquía, por el regeneracionismo (necesidad de realizar profundas reformas económicas, políticas y culturales que permitan la modernización de España, conseguir más niveles de democracia y de libertades) y por un anticlericalismo más o menos fuerte.

El republicanismo se manifiesta mediante partidos políticos muy diversos (algunos de ellos también de carácter regionalista), pero en su conjunto el peso político también es escaso (un 12 % de diputados como máximo). Hay que mencionar entre los diversos partidos republicanos al Partido Radical (dirigido por Alejandro Lerroux), cuyos planteamientos enormemente demagógicos, anticatalanistas y anticlericales le permitirán tener durante algunos años un importante apoyo por parte de sectores del proletariado de Barcelona (en Valencia sucede algo parecido con la Unión Republicana de Vicente Blasco Ibáñez).

Al final de este periodo surge una nueva generación de políticos republicanos (Azaña, Giral, Domingo) que será la protagonista de la Segunda República.

c) El regionalismo y el nacionalismo: Estas tendencias políticas son nuevas en esta etapa. Ambas se caracterizan por su marcado rechazo al modelo de Estado centralista que mantienen los dos partidos dinásticos. El regionalismo pretende alcanzar amplios niveles de autogobierno para una región determinada, que tiene una personalidad histórica, cultural, económica etc. lo suficientemente diferenciada del resto de España como para merecerlo. El nacionalismo parte de planteamientos aún más extremos: la región es tan diferente de la nación española que es, de hecho, una nación distinta, aunque aún no tenga una estructura estatal propia, y es imprescindible que la consiga al más amplio nivel posible. Así pues el regionalismo pretende alcanzar solo una amplia autonomía política, y el nacionalismo, sin renunciar a ello, no excluye el horizonte de la independencia total. Por lo demás, tanto el regionalismo y el nacionalismo pueden tener planteamientos económicos, sociales y políticos muy diversos, más o menos conservadores, izquierdistas, monárquicos, republicanos, etc. Se manifestarán, con una fuerza y un arraigo social muy desigual, en diversas regiones (especialmente en las que existen lenguas no castellanas):



1. El catalanismo. A lo largo de la segunda mitad del SXIX se desarrolla una primera forma de catalanismo de tipo cultural (impulsado principalmente por la alta burguesía de Cataluña), que pretende la recuperación de la lengua y la cultura catalana después de varios siglos de decadencia: es la “Renaixença”.

Tras el fracaso de la experiencia del federalismo (representado por Pi y i Margall) irá desarrollándose entre la alta burguesía catalana la necesidad de desarrollar otro tipo de catalanismo, ahora de tipo político. Esto se plasma en la aprobación de las Bases de Manresa (1.892), que es un proyecto por el que se pretende conseguir un amplio autogobierno para Cataluña. Tanto los gobiernos conservadores como liberales de estos años se oponen plenamente a esta pretensión y, por ello, la alta burguesía regionalista catalana da el paso de crear un partido político que represente sus intereses: en 1.901 se funda la Lliga Regionalista.

Este partido, dirigido por Francesc Cambó, en realidad está muy próximo en los aspectos económicos y sociales a los dos partidos dinásticos (es monárquico, partidario de una política proteccionista, y muy conservador en lo social: atemorizado por la fuerza creciente del movimiento obrero catalán es partidario de colaborar con el poder central en el empleo de medidas de fuerza). La diferencia fundamental estriba en que quiere autonomía para Cataluña lo cual nunca será aceptado por aquellos. La Lliga nunca pretenderá la independencia de Cataluña, todo lo contrario, considera que España está en una situación de atraso y decadencia (el desastre de 1.898 está muy cercano) y para salir de ella debe de imitar el ejemplo de Cataluña que es la región más moderna, dinámica y europea.

La Lliga se convertirá pronto en la principal fuerza política de Cataluña a costa del retroceso de conservadores y liberales: en 1.907 impulsa una alianza con otras fuerzas políticas contra ambos partidos (la Solidaritat Catalana) que consigue un importante éxito electoral, lo que acentuará las tensiones con el poder central. Si bien la Lliga no tiene fuerza para conseguir del poder central la autonomía para Cataluña, al menos podrá crear (1.914) la Mancomunidad de Diputaciones: las cuatro diputaciones provinciales de Cataluña llevarán a cabo una política coordinada que logrará importantes éxitos, sobre todo en el aspecto cultural y en el impulso de obras públicas de ámbito regional. Estuvo vigente hasta 1.925, año en que fue disuelta por Primo de Rivera.

A pesar de todo, la Lliga nunca renunció a la posibilidad de formar parte del gobierno de España, por lo que se explica que Cambó llegue a ser ministro del Gobierno de Concentración que las diversas fuerzas monárquicas establecieron para hacer frente a la grave crisis política que estalló en 1.917.

Estas contradicciones políticas, y el carácter cada vez más conservador desarrollado por la Lliga, harán que progresivamente vaya surgiendo otro tipo de catalanismo, izquierdista, más nacionalista y republicano, que tendrá un creciente apoyo entre la pequeña burguesía y parte del proletariado, y que se plasmará diversos partidos entre los que destacará el Estat Catalá, dirigido por Francesc Maciá. (este nuevo catalanismo será ya mayoritario durante la Segunda República y entonces se articulará alrededor de Esquerra Republicana de Catalunya).



2. El vasquismo. En el País Vasco existía una importante tradición foral que se manifestaba en el apoyo al Carlismo, pero en 1.876 (tras la derrota sufrida en la tercera guerra carlista) el gobierno de Cánovas del Castillo decretó la abolición de los fueros vascos y navarros como castigo (aunque permitió la existencia de un sistema fiscal diferenciado, aún vigente).

En 1.894 Sabino Arana creó el Partido Nacionalista Vasco (PNV). Sus planteamientos ideológicos (“Dios y leyes viejas”) están muy cercanos al carlismo: tradicionalismo, integrismo religioso, etc. pero se diferencia de él en su postura fuertemente nacionalista, racista y xenófoba contra los españoles. Su nacionalismo se resume en la tesis de que en el pasado el pueblo vasco vivía feliz, libre e independiente, pero en el presente está en peligro bajo la dominación extranjera y sus sanos principios (tradición, lengua, principios religiosos) están amenazados por la influencia atea e inmoral y socialista que traen los despreciables maketos (inmigrantes españoles establecidos en las zonas industriales y mineras vascas). Para evitar esto no queda más camino que la independencia.

El PNV logró el apoyo de amplios sectores de la iglesia y del campesinado (a costa del carlismo) y de parte de la pequeña burguesía y del proletariado, pero lógicamente no logró arraigar entre las masas obreras de origen no vasco, y tampoco entre la gran burguesía vasca.

El nacionalismo vasco se convertirá en una importante fuerza política a escala municipal y provincial, pero a lo largo del tiempo surgirá otra tendencia menos extrema en todos estos planteamientos y más partidaria de soluciones de tipo autonómico, lo que supondrá una escisión política que durará hasta 1.930 (año en que se reunifican). Así pues cuando llegue la Segunda República el PNV será ya una fuerza política muy consolidada en el País Vasco, con unos planteamientos económicos y sociales derechistas, pero con una pretensión de conseguir, por lo menos, un amplio estatuto de autonomía.



3. El galleguismo. Galicia es otra región con valores culturales específicos y en ella se produce en este periodo un importante “rexurdimento” o renacimiento cultural y literario, impulsado por los sectores intelectuales de la pequeña burguesía gallega. Sin embargo este galleguismo cultural (semejante al de la “renaixença” catalana) no logró plasmarse en un galleguismo político fuerte en ningún momento, ya que Galicia es una zona predominantemente agraria y en ella el poder de los caciques fieles a los partidos dinásticos será determinante.

4. El valencianismo. Sucede algo parecido a Galicia: existe una “renaixença” cultural y literaria, pero en el aspecto político el valencianismo solo logra arraigar en sectores muy minoritarios: en 1.918 se funda la Unión Valencianista Regional (próxima a la Lliga) cuyos objetivos son la cooficialidad de las lenguas y un estatuto de autonomía para Valencia.

5. El andalucismo. El regionalismo andaluz surge muy tardíamente, alrededor de la figura de Blas Infante, pero apenas logra alcanzar influencia política.

En resumen, todas estas fuerzas políticas plantean un reto al poder central con su deseo de autogobierno más o menos amplio, pero la respuesta de éste será el rechazo (caso de los gobiernos liberales y conservadores) y la represión (caso de la dictadura de Primo de Rivera). Solo tendrá posibilidades de llevarse a cabo durante la Segunda República.

d) El marxismo. Se introduce en España con cierto retraso con respecto al anarquismo: en 1.879 Pablo Iglesias funda en Madrid el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el cual logra un arraigo lento, pero creciente, entre sectores del proletariado industrial de Madrid, País Vasco y Asturias. Pocos años más tarde (1.888) los mismos dirigentes del PSOE fundan el primer sindicato obrero: la Unión General de Trabajadores (UGT). El PSOE es un partido marxista y republicano: rechaza el capitalismo por ser éste un sistema basado en la explotación de los trabajadores (mediante la apropiación de la plusvalía por parte de la burguesía), y quiere conseguir la implantación del socialismo como alternativa. La estrategia que desarrolla para ello es la lucha pacífica, la vía electoral: aspira a convertirse en una fuerza política lo suficientemente poderosa en algún momento como para, desde el poder, acabar con el sistema capitalista y monárquico existente. Mientras tanto, como partido de la oposición, apoya la lucha del movimiento obrero en su deseo de conseguir reformas que mejoren sus condiciones de vida y no excluye aliarse políticamente con los partidos republicanos burgueses para conseguir sus objetivos. A lo largo de este periodo, el PSOE irá aumentando constantemente su influencia, tanto entre el proletariado industrial como entre los sectores más progresistas de la pequeña burguesía. Tras la muerte de Pablo Iglesias (1.925), este partido estará dirigido por personalidades como Francisco Largo caballero, Indalecio Prieto, Luis Araquistaín, Julián Besteiro, que (aunque representan ciertas tendencias diferenciadas) serán protagonistas muy importantes de la vida política durante la Segunda República.

El Partido Comunista de España (PCE) es otro partido marxista y republicano. Nace como una escisión protagonizada por el sector más izquierdista del PSOE en 1.921. Muy influido por el ejemplo de la Revolución Rusa de 1.917, reprocha al PSOE que aunque en su programa mantiene aún planteamientos revolucionarios y anticapitalistas en la realidad es un partido de carácter reformista, y plantea la necesidad de desarrollar una estrategia de lucha más combativa y revolucionaria que le permitiera a la clase obrera y a los campesinos pobres la conquista del poder. En los años siguientes el PCE solo logrará arraigar en algunos sectores del proletariado industrial vasco, asturiano y madrileño, de manera que cuando llegue la Segunda República será aún un partido político muy minoritario.



e) El anarquismo. Su ideología (“ni padre, ni patria, ni patrón, ni Dios, ni amo”) consiste en el anticapitalismo (“la propiedad privada es un robo”) y en el repudio de toda forma de poder y autoridad establecida desde arriba (acracia): cualquier forma de gobierno establecido reprime la libertad individual mediante muy distintas formas (ejército, policía, jueces, cárceles, leyes, sistema educativo, adoctrinamiento religioso..); hay que luchar, no para conquistar el poder, sino para destruirlo; por ello todos los partidos políticos deben ser rechazados (hasta los partidos más revolucionario de signo marxista) ya que aspiran a conseguir el poder (esto implica no participar en ningunas elecciones mediante el voto). Sin embargo este apoliticismo es revolucionario, pues el objetivo de la lucha anarquista es alcanzar la anarquía: es un modelo económico, social y político alternativo en el que no hay propiedad privada, existe la máxima libertad e igualdad entre las personas de los distintos sexos, procedencias, culturas, etc, y no hay ninguna forma de autoridad y poder establecido puesto que los individuos ejercen constantemente su capacidad de autogobierno y autodeterminación.

Esta tendencia política (no confundirla jamás con un partido) llegó a España durante el Sexenio Revolucionario y logró un importante arraigo desde los primeros momentos entre las masas jornaleras de Andalucía y el proletariado industrial de Cataluña. A lo largo del periodo de la Restauración su influencia se extenderá a otras zonas (Aragón, Valencia, etc.) de manera que España sería el país del mundo con mayor implantación del anarquismo. Sin embargo dentro del anarquismo español coexistirán varios planteamientos distintos en lo que respecta a la forma de luchar contra el sistema:

. Hay un anarquismo pacífico que considera que para poder alcanzar algún día la deseada anarquía antes es imprescindible cambiar a las personas educándolas en unos valores morales (solidaridad, cooperación, pacifismo, internacionalismo, rechazo del afán de lucro) diferentes a los que potencia el sistema capitalista (individualismo, competitividad, deseo de enriquecimiento, nacionalismo, racismo…). Esto se plasmará en experiencias de carácter pedagógico como la Escuela Moderna, fundada en Barcelona por Ferrer i Guardia, en la que además de la educación en dichos valores se desarrollaba un sistema educativo totalmente novedoso basado en la coeducación de ambos sexos, la desaparición de la diferencia entre profesor y alumno, la flexibilidad de programas y horarios, etc. (en 1.909 Ferrer i Guardia sería ejecutado por el gobierno bajo la acusación de ser el responsable de los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona). En esta línea están también los proselitistas de la “idea” que, como apóstoles laicos, recorren los campos de Andalucía predicando entre los jornaleros hambrientos de tierra la llegada inminente del día en que no habrán autoridades ni señoritos latifundistas y en que la tierra será de los que la trabajan (“tierra y libertad”).

. Simultáneamente existe un anarquismo de signo violento, que plantea la eliminación física de los principales representantes del odiado sistema y se plasma en la realización de numerosos atentados de tipo terrorista (“la propaganda por el hecho”) contra el rey y contra las altas autoridades del gobierno y de la Iglesia, los empresarios, etc. Este terrorismo anarquista, aunque fracasó en el atentado contra Alfonso XIII (el día de su boda), logró acabar, entre muchos otros casos, con la vida de tres presidentes de gobierno (Cánovas, Dato y Canalejas), e inevitablemente provocó una respuesta por parte de los gobiernos de la época de gran dureza represiva contra el movimiento anarquista: detenciones indiscriminadas, torturas, crímenes de Estado mediante la aplicación de “la ley de fugas” (asesinatos de detenidos justificándolos como necesario para impedir un intento de fuga), etc. Todo esto desembocaría en una espiral de violencia mutua por ambas partes, que se recrudecería especialmente en los momentos de mayor crisis económica y política (los años del pistolerismo:1917-1.923).

. Otra tendencia es la lucha sindical (el anarcosinicalismo): En 1.907 diversas asociaciones obreras catalanas crearon la Solidaridad Obrera (como respuesta a la Solidaridad Catalana, potenciada por la gran burguesía de la Lliga), la cual impulsaría la creación de un sindicato obrero de ámbito nacional en 1.910: La Confederación Nacional de Trabajadores (CNT). Su método de trabajo cotidiano es la “acción directa” (ausencia de intermediarios entre los trabajadores y los patronos). Este sindicato no se limitará solo a luchar para mejorar las condiciones de vida laborales y salariales de los trabajadores, sino que tendrá como objetivo final la lucha revolucionaria contra el sistema capitalista: plantea, cuando se den las condiciones adecuadas, realizar una Huelga General Revolucionaria que permita paralizar la maquinaria del Estado definitivamente. La CNT se convertirá en el principal sindicato obrero del país a los pocos años (700.000 afiliados en 1.917), sobrepasando a la UGT socialista, aunque pasa por periodos de altibajos: años de fuerte actividad sindical seguidos de años de ilegalización por parte de los gobiernos de la época. Entre los principales dirigentes anarcosindicalistas destacarán Salvador Seguí (asesinado por pistoleros patronales en 1.923), Ángel Pestaña y Juan Peiró.

Durante uno de estos periodos de ilegalización del anarcosindicalismo (la Dictadura de Primo de Rivera) se funda en plena clandestinidad (Valencia, 1.927) la Federación Anarquista Ibérica (FAI), la cual representará en lo sucesivo la línea más puramente revolucionaria del anarquismo español. Su objetivo es arrastrar a la CNT hacia posiciones cada vez más combativas. Sus principales representantes serán Buenaventura Durruti, Juan García Oliver y los hermanos Ascaso.



Cuando a los pocos años (1.931) se instaure la Segunda República y vuelva a ser legal la actividad de los anarquistas, el anarquismo español (ahora muy influido por la FAI) será más combativo que nunca contra el Estado.



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