La Primera Revolución Rusa



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TROTSKY Y EL LENINISMO

Índice




La Primera Revolución Rusa 5


¿Tres tácticas? 10

El método 16

Trotsky y los campesinos 21

Dos concepciones de la política 28

Trotsky y la Revolución Proletaria 46

Lenin y la Revolución Permanente 60

El debate de 1924 en el seno del PC(b)R 70



La Primera Revolución Rusa

San Petersburgo, 22 de enero de 1905. Una multitud silenciosa, encabezada por un pope ortodoxo, se acerca al Palacio de Invierno del zar. Pretenden entregarle un pliego de peticiones y reivindicaciones cuya aplicación haga más llevadera su desdichada existencia. No les atiende su padrecito autócrata, sino una línea de fusileros; no reciben promesas, sino balazos. Mueren más de 1.000 personas y unas 5.000 resultan heridas. Es domingo.


El Domingo sangriento fue la chispa que encendió la Primera Revolución rusa. Su prólogo estuvo repleto de episodios miserables protagonizados por campesinos sometidos y arruinados por pagar el rescate de su servidumbre, abolida a la medida de sus señores en 1861, y obreros con salarios de hambre y jornadas de más de 12 horas diarias –pero que empezaban ya a aprender a manejar el arma de la huelga. A esto se unió la desastrosa guerra con Japón, iniciada en agosto de 1904, que todavía endureció más las condiciones de vida del pueblo ruso, y el deseo, por parte de algunos sectores de la burguesía, de una reforma del régimen autocrático y semifeudal en la dirección de una mayor apertura hacia el desarrollo capitalista.
La revolución iniciada en 1905 fue un movimiento ascendente que comenzó con huelgas económicas crecientes que se fueron transformando o entrelazando con huelgas políticas, que fueron elevando su magnitud hasta alcanzar la huelga general política –con la que aparecieron los Soviets–, en el mes de octubre, y que culminó con la fracasada insurrección armada en Moscú, en diciembre. A esto se sumaron las revueltas campesinas, que se iniciaron a partir del otoño y que continuaron creciendo a lo largo de 1906, cuando la revolución en las ciudades iba ya remitiendo. Desde el verano de este año, con el movimiento en franco repliegue, las fuerzas revolucionarias fueron encauzando su actividad a través de la Duma de Estado que Nicolás II se había visto obligado a convocar entre el canto de sirenas de las promesas constitucionales. Hasta que, en junio de 1907, el Primer Ministro, Stolipin, disolvió la II Duma, cerrando, así, en falso, el ciclo revolucionario.
La revolución de 1905-1907 movilizó a millones de obreros y campesinos y se caracterizó por que fue la clase obrera quien jugó el papel preponderante y hegemónico. El proletariado ruso actuó como vanguardia de un proceso en el que las reivindicaciones pasaron en seguida a adoptar contenidos políticos democráticos. Por el contrario, la burguesía ejerció un rol secundario, fue a remolque de los acontecimientos y, más bien, buscó la conciliación con la autocracia a través del seudoparlamento en forma de Duma de Estado. De hecho, la revolución sirvió para la consagración política de la burguesía liberal, que sólo en 1905 pudo constituir un partido al estilo de los de la burguesía occidental (el Partido Demócrata Constitucionalista, coloquialmente conocido como kadete).
El posicionamiento de los partidos y de las clases en la Rusia revolucionaria siguió, en líneas generales, el guión fundamental que ya escribieran los marxistas en el Congreso de fundación de su partido, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), en 18981, y el análisis realizado en 1906 por el dirigente socialista alemán K. Kautsky en relación con el carácter social de la próxima revolución rusa, en general, y con el papel que en ella jugaría la burguesía liberal, en particular2.
Desde estos presupuestos teóricos, y desde su confirmación por la experiencia práctica de la revolución, la socialdemocracia rusa pudo concretar sus diferentes concepciones tácticas. Ciertamente, una cosa eran las tareas de la revolución, y otra muy distinta sus fuerzas motrices y qué clase social debía dirigirla. Esta cuestión ahondaría aún más las diferencias políticas de las dos corrientes principales del socialismo ruso –el bolchevismo y el menchevismo– que ya se habían separado en el II Congreso del partido, celebrado en 1903.
Para los mencheviques, la naturaleza democrático-burguesa de las tareas de la revolución rusa indicaban la necesidad de que fuera la burguesía quien se pusiera a la cabeza del proceso, a la vez que el proletariado se reservaba las funciones de oposición extrema, aguardando su turno para ejercer el papel revolucionario que le ha encomendado la historia, mientras el capitalismo va creando las condiciones para la implementación de su lucha de clase en pos del socialismo. Para los bolcheviques, en cambio, de la naturaleza social de la revolución no se debía deducir necesariamente la naturaleza social de su sujeto dirigente. Para Lenin y sus seguidores, la burguesía se encontraba incapacitada para conducir de manera consecuente y hasta el final la revolución burguesa en Rusia: el temor de la débil burguesía a verse sobrepasada por el proletariado y las masas populares en el proceso, la retraían de su teórico papel dirigente. Como decía el jefe de los bolcheviques:
“[Cuando el proletariado ha empezado a] tener conciencia de constituir una clase aparte y a unirse en una organización de clase, independiente, [cuando el proletariado, en tales condiciones], utiliza cada paso de la libertad para reforzar su organización de clase contra la burguesía. De ahí deriva inevitablemente la aspiración de la burguesía a suavizar las aristas de la revolución, a no permitir que sea llevada a su fin, a no dar al proletariado la posibilidad de realizar su lucha de clase con toda libertad (…). Por eso, en el mejor de los casos, en las épocas de mayor ascenso de la revolución, la burguesía constituye (…) un elemento que vacila entre la revolución y la reacción. De manera que la burguesía no puede ser el dirigente de nuestra revolución.”3
Además, la revolución rusa presentaba una peculiaridad especial:
“(…) la agudeza del problema agrario, mucho más exacerbado en Rusia de lo que fuera en cualquier otro país en condiciones similares. La llamada reforma campesina de 1861 se llevó a cabo de modo tan inconsecuente y antidemocrático que las bases fundamentales de la dominación de los terratenientes bajo el régimen de servidumbre no fueron conmovidas. Por eso, el problema agrario, o sea, la lucha de los campesinos contra los terratenientes por la tierra, resultó ser una de las piedras de toque de la actual revolución. Esta lucha por la tierra forzosamente impulsa a enormes masas campesinas a la revolución democrática, pues sólo la democracia puede darles la tierra, al darles predominio en el Estado. La condición para la victoria del campesinado es el aniquilamiento total de la propiedad de los terratenientes.

De esta correlación de fuerzas sociales surge la inevitable conclusión de que la burguesía no puede ser el motor principal ni el dirigente de la revolución. Sólo el proletariado está en condiciones de llevarla hasta el fin, es decir, hasta la victoria completa. Pero esta victoria puede lograrse únicamente a condición de que el proletariado consiga llevar tras de sí a gran parte del campesinado. La victoria de la actual revolución es posible en Rusia sólo como dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado.”4


Siguiendo estos lineamientos tácticos, la percepción de las clases y de los partidos desde el punto de vista de la línea divisoria entre la revolución y la contrarrevolución variaba grandemente para cada una de las corrientes del socialismo ruso. Para los mencheviques, partidarios de una revolución burguesa clásica, el principal cometido del partido proletario consistía en apoyar al partido kadete, mientras establecían la línea que separaba la revolución de la contrarrevolución entre éste y los octubristas5. Por el contrario, para los bolcheviques, el papel dirigente del proletariado y las tareas de la revolución exigían que la socialdemocracia se atrajese a la pequeña burguesía democrática. La línea divisoria, entonces, habría que situarla entre la democracia revolucionaria y los kadetes. Cuando el desarrollo de la revolución, que implicaba una polarización constante de las fuerzas políticas, llevó al liberalismo constitucionalista a formar Gobierno, integrando el denominado gabinete responsable, al precio de su renuncia a cuestionar la propiedad terrateniente y al de su alejamiento de la consigna de Asamblea Constituyente –para ir reconociendo, poco a poco, la legitimidad de la Duma del zar–, el menchevismo se vio arrastrado hacia el campo contrarrevolucionario bajo la consigna de “gobierno apoyado en la Duma”, y, una vez que ésta fue disuelta, con la idea de que fuese la Duma, y no un Gobierno Provisional Revolucionario –como defendían los bolcheviques–, quien convocase la Asamblea Constituyente; todo lo cual significaba renunciar a la revolución democrática a cambio de un compromiso reformista con la autocracia. Por su parte, mientras los mencheviques se alejaban de la vía revolucionaria y del marxismo, los bolcheviques vieron cubiertas sus expectativas en el deslindamiento político entre las clases provocado por la marcha de los sucesos revolucionarios, cuando en la I Duma zarista se fue configurando el denominado “Grupo del Trabajo” –los llamados trudoviques–, como expresión de la democracia campesina revolucionaria y de la separación de ésta de la burguesía liberal. A partir de aquí, se abría la posibilidad práctica de realizar en el plano político la alianza de las clases revolucionarias que el plan bolchevique había puesto en la base de la revolución rusa. El golpe de Estado de Stolipin terminó con esta esperanza; pero, para 1907, los bolcheviques habían visto confirmada su línea táctica con el respaldo de los acontecimientos más importantes de la revolución, tanto en su fase ascendente, hasta la insurrección de diciembre, como en su fase de repliegue. La experiencia de 1905-07 no sólo había ratificado la posibilidad de que el proletariado se pudiera poner a la cabeza de la revolución democrático-burguesa en Rusia, sino también permitió corroborar la naturaleza de clase del futuro poder revolucionario según la fórmula bolchevique que Lenin hizo famosa en su libro dedicado a debatir estas cuestiones, Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática:
El proletariado debe llevar a su término la revolución democrática, atrayéndose las masas campesinas, para aplastar por la fuerza la resistencia de la autocracia y paralizar la inestabilidad de la burguesía. El proletariado debe llevar a cabo la revolución socialista, atrayéndose la masa de elementos semiproletarios de la población, para romper por la fuerza la resistencia de la burguesía y paralizar la inestabilidad de los campesinos y de la pequeña burguesía.”6

¿Tres tácticas?
Bolcheviques y mencheviques representaban las dos principales líneas políticas que se enfrentaron dentro de la socialdemocracia rusa en la época de la Primera Revolución; pero pronto se unió a la pugna León Trotsky, que abanderaba, prácticamente en solitario, una singular interpretación de los recientes acontecimientos revolucionarios y su consiguiente desarrollo táctico.
Trotsky había participado en el Congreso de 1903, decantándose por los mencheviques, aunque desde finales de 1904 se separó de ellos y se declaró “por encima y fuera de las fracciones”. A pesar de que en las cuestiones políticas fundamentales se situaba más cerca de los mencheviques, Trotsky trató de cultivar una imagen de independencia organizativa y de erigirse en el centro aglutinador o, al menos, en el símbolo de la unidad del POSDR. Pero lo que más ensalzó la figura individual e “independiente de las fracciones” de Trotsky fue la propia revolución rusa. En un proceso en el que ninguna de las fracciones socialdemócratas, ni el partido en su conjunto, consiguió ponerse a la cabeza o siquiera inspirar el movimiento de masas, Trotsky, desde su posición de dirigente práctico del Soviet de San Petersburgo, se erigió en la figura carismática y en uno de los referentes visibles de la socialdemocracia, lo cual le permitió disfrutar de un peso dentro del partido impensable en circunstancias normales –circunstancias que le impedirían en todo momento consolidar y encabezar una corriente con algún peso dentro del POSDR. Fueron los acontecimientos de 1905 los que impactaron en Trotsky hasta el punto de hacerle girar 180 grados en su perspectiva sobre el carácter de la revolución rusa. Si en 1903, en los debates internos del partido, fiel al punto de vista generalizado y a la común tradición de los marxistas rusos, se había mostrado incrédulo y contrario a la posible implantación de la dictadura del proletariado en la Rusia autocrática, su inmediata y personal experiencia revolucionaria le incitaron a pasar súbitamente a la posición contraria:
“Fue precisamente en el intervalo comprendido entre el 9 de enero [22 de enero, según el moderno calendario] y la huelga de octubre de 1905 cuando el autor formó sus concepciones sobre el carácter del desarrollo revolucionario de Rusia, conocidas bajo el nombre de teoría de la revolución permanente. Esta denominación, un poco capciosa, expresaba la idea de que la revolución rusa, si bien tenía planteados objetivos burgueses inmediatos, no podría detenerse en los mismos. La revolución no podría cumplir sus objetivos inmediatos burgueses más que llevando al proletariado al Poder.”7
El proceso intelectual que preparó tan repentino giro político no fue, sin embargo, tan brusco. Efectivamente, durante 1904 Trotsky había entablado una estrecha relación con G. Parvus, socialista ruso-alemán que se había ganado un nombre en el SPD denunciando el revisionismo de Bernstein. Parvus fue quien, realmente, estableció los presupuestos teóricos de la futura tesis sobre la Revolución Permanente:
“Como es sabido, el radicalismo político en Europa Occidental se apoyaba principalmente en la pequeña burguesía, formada por los artesanos y, más en general, por toda esa parte de la burguesía golpeada por el desarrollo de la industria y rechazada de la clase de los capitalistas (…). Es cierto que con el advenimiento del régimen parlamentario, su potencia hacía tiempo que se había agotado, pero la existencia de numerosas ciudades en las cuales predominaba el tercer estado tuvo una indiscutible importancia política. A medida que estas fuerzas sociales se disolvían en las contradicciones capitalistas, a los partidos democráticos se les planteaba el problema siguiente: unirse a los obreros y convertirse en socialistas, o unirse con la burguesía capitalista y transformarse en reaccionarios. En Rusia, en el período precapitalista, las ciudades se desarrollaban más bien a la manera china que al modo europeo. Eran centros administrativos sin ninguna importancia política y, desde el punto de vista económico, mercados para los campesinos y los propietarios latifundistas del entorno. Su desarrollo era todavía insignificante cuando el capitalismo lo detuvo, y comenzó a fundar grandes ciudades, es decir ciudades industriales y centros de comercio mundial. Por estas causas Rusia tiene una burguesía capitalista, pero no tiene esa burguesía media de la cual ha salido y sobre la cual se ha mantenido la democracia política de Europa occidental. Los estratos medios de la burguesía capitalista contemporánea en Rusia, así como en todo el resto de Europa, comprenden las profesiones liberales (médicos, abogados, literatos, etc.), los estratos sociales ajenos al proceso productivo y el personal técnico de la industria y del comercio capitalista como asimismo ciertas ramas de actividad conectadas con éstos, como las sociedades de seguros, los bancos, etc. Estos elementos no pueden tener un programa propio de su clase; dado que sus simpatías y antipatías oscilan incesantemente entre el proletariado revolucionario y el conservadurismo capitalista. En Rusia hay que agregar los resabios de las clases del período anterior a la abolición de la servidumbre de la gleba, resabios que el capitalismo aún no ha tenido tiempo de absorber.

Es sobre tal población urbana, que no ha pasado por la escuela del medioevo europeo occidental, sin conexiones económicas, sin tradiciones del pasado y sin ideales de futuro, que debe fundarse el radicalismo político en Rusia. No tiene nada de extraño que éste se busque también otras bases.”8


Bases que no son otras que las que le presta la clase obrera.
Este tipo de consideraciones históricas como punto de partida, unido al admirable papel jugado por el proletariado en 1905 del que fue testigo la impresionable pupila de Trotsky, que adivinó la inconmensurable capacidad creativa de las masas obreras, le condujeron a la elaboración de una audaz teoría sobre la mecánica del proceso revolucionario que habría de tener lugar en Rusia. Exponemos seguidamente su teoría de la Revolución Permanente según una de sus formulaciones clásicas:
“Esta denominación un poco abstrusa, expresa la idea que la revolución rusa, si bien tenía planteados algunos objetivos burgueses inmediatos, no podría detenerse en los mismos. La revolución no podría resolver los problemas de tipo burgués más importantes que tenía planteados más que llevando al proletariado al poder. Y cuando este último se hubiera adueñado del poder no habría podido limitarse al aspecto burgués de la revolución. Al contrario, y precisamente para asegurarse la victoria definitiva, la vanguardia proletaria, hubiera debido, desde los primeros días de su poder, penetrar profundamente en los dominios prohibidos de la propiedad, tanto burguesa como terrateniente. En tales condiciones la vanguardia debía chocar contra demostraciones hostiles de parte de los grupos burgueses que la habían sostenido al comienzo de su lucha revolucionaria, y aún también de parte de la masa campesina cuyo apoyo la proyectó hacia el poder. En un país en el cual la enorme mayoría de la población estaba compuesta de campesinos, los intereses contrapuestos que dominaban la situación de un gobierno obrero sólo podían conducir a una solución en el plano internacional, en la arena de una revolución proletaria mundial. Cuando, en virtud de la necesidad histórica, la revolución rusa hubiera franqueado los estrechos límites de la democracia burguesa, el proletariado triunfante iba a estar constreñido a franquear asimismo los límites de la nacionalidad, es decir hubiera debido dirigir conscientemente sus esfuerzos de manera tal que la revolución rusa se transformase en el prólogo de la revolución mundial.”9
Como síntesis de la experiencia de la Primera Revolución, el modelo táctico propuesto por Trotsky fue relegado a un lugar marginal en el cosmos del pensamiento revolucionario ruso, incluso más allá de la Revolución de Octubre. Aunque como tal teoría fue perfilada en todos sus contornos fundamentales en una fecha tan temprana como 1906 (principalmente con el trabajo de Trotsky titulado Resultados y perspectivas), nunca se convirtió en centro de ninguna de las numerosas disputas que entre 1906 y 1917 enfrentaron a las dos corrientes principales del marxismo ruso10. Ni siquiera en el Congreso de Estocolmo, celebrado en la primavera de 1906 con el fin de reunificar la línea política de la socialdemocracia de cara a un posible repunte del ánimo revolucionario de las masas, donde se discutieron y se pusieron sobre el tapete las principales cuestiones tácticas de la revolución rusa, tuvo la teoría de la Revolución Permanente la menor mención de importancia. Tanto Trotsky, que asistió, como sus ideas al respecto pasaron desapercibidas en Estocolmo. El hecho de que las proposiciones de Trotsky, que respondían de manera original a los problemas candentes de la revolución rusa, apenas fueran tenidas en cuenta en su momento, es decir, en la larga etapa de pugna por el poder por parte de la clase obrera, cuando todo lo relacionado con las cuestiones tácticas cobra la mayor importancia, resulta si no curioso, sí elocuente. Más aún. La Revolución Permanente, como concepción inspiradora de la línea general de la política proletaria, tampoco jugó de manera patente ningún papel, ni para el partido y el Estado soviéticos, ni para la Internacional Comunista, entre 1917 y 1923, durante la primera etapa del poder proletario.
Una de las características de la peripecia de la teoría política de Trotsky es que, siendo formulada en una fase preliminar de la revolución rusa, no pasó a ocupar el centro del escenario de la lucha que decidía el papel de la vanguardia en esa revolución hasta una etapa muy tardía de la misma, cuando ya estaba relativamente consolidada, y sólo por un brevísimo espacio de tiempo. Además, y de manera paradójica, una teoría que había sido concebida en un momento de fervoroso ascenso revolucionario y que, por ello, encerraba un ardoroso espíritu de ofensiva, ideal para inspirar al proletariado en sus grandes embates históricos, sale a la palestra cuando la revolución vive un periodo de repliegue y de asentamiento, no de expansión. Esto explicará, en parte, su derrota política. Pero lo más significativo es esa incapacidad para situarse en el centro de la pugna entre las ideas, para aportar alguna orientación adecuada que pudiera servir de guía al partido como dirigente revolucionario, para incitar una posición ideológica o política decisiva en la lucha de dos líneas que se desenvolvía en el seno del POSDR. En ningún momento, ni antes de 1917, ni después –hasta la muerte de Lenin–, la socialdemocracia rusa, en general, ni el bolchevismo como corriente política dentro de ella, en particular, deciden y definen su política en función o en consideración a la teoría de la Revolución Permanente de Trotsky. Esto, ya de principio, puede ilustrarnos sobre el verdadero valor de esa teoría desde el punto de vista del desarrollo de la revolución en Rusia, y puede ayudarnos a delimitar su real importancia, restringida al debate contra una desviación izquierdista surgida en el partido bolchevique en un momento dado del desenvolvimiento de sus tareas de dirección revolucionaria. Desde luego, en el balance de la aportación del trotskismo a la revolución soviética, el autor sale mejor parado que sus ideas.
En relación con la influencia de su teoría en el devenir de la revolución rusa, Trotsky argumentará que, para el período entre 1917 y 1923, sus posiciones y las de Lenin eran idénticas, por lo que resultaría ocioso intentar sorprenderle defendiendo en esa época una línea política diferente de la de aquél. Esto no es del todo cierto, como veremos. Lo que sí es cierto, en cualquier caso, es que gran parte de su obra del exilio está dedicada a convencer al mundo de que en el periodo previo a Octubre (1905-1917) sus posiciones políticas y las de Lenin no eran antagónicas, a pesar de lo encendido de algunos debates, y que estaban destinadas a converger tras una natural evolución –sobre todo por parte de Lenin– influida y guiada por los acontecimientos políticos de Rusia11. Veámoslo también.

El método
Hasta 1905, el marxismo revolucionario había deslindado suficientemente los campos ideológico y político con el populismo, el marxismo legal y el economicismo, corrientes del pensamiento político ruso que tenían en común la negación del papel dirigente del proletariado en la revolución. Para postergar igualmente al menchevismo, que también pecaba de lo mismo, sería necesario más tiempo. Esta lucha, llevada a cabo por los bolcheviques y dirigida por Lenin, duraría 12 años más, en los que ambas fracciones protagonizarían todos los debates políticos importantes desde el punto de vista de los intereses de la revolución. Ya hemos expuesto los elementos fundamentales de sus distintas visiones políticas; también hemos transcrito los de la de Trotsky. Esos elementos nos indican las fuerzas motrices sociales sobre las que se sostiene cada una de esas líneas tácticas: la burguesía, con el apoyo del proletariado, para los mencheviques; el proletariado y el campesinado en estrecha alianza, para los bolcheviques, y el proletariado internacional para Trotsky. Éste último también hablaba del necesario apoyo del campesinado al proletariado ruso cuando esta clase iniciase la revolución desde su país; pero la palabra apoyo referida al campesinado, tiene para Trotsky el mismo sentido subsidiario que para los mencheviques encerraba el apoyo del proletariado al gobierno burgués. Ambas fuerzas son secundarias para esas dos corrientes de la socialdemocracia; la construcción revolucionaria no depende de ellas en lo fundamental; como mucho, juegan algún papel en el primer empuje del proceso: inmediatamente después, pasan a la defensa de sus intereses de clase inmediatos (en su sentido económico más puro). No existe, por tanto, como para Lenin –dada la etapa histórica que atravesaba Rusia–, una comunidad de intereses mínimos entre las clases sobre el que fundar y estabilizar el nuevo poder revolucionario, un programa mínimo de construcción revolucionaria. Lenin, en cambio, insistía en que ese programa era, precisamente, el programa mínimo del POSDR, el programa de la república democrática. No en vano había luchado denodadamente cuando se discutía el primer programa del partido (1903), incluso contra Plejánov, por la introducción, en la parte democrática del mismo (programa mínimo), del programa agrario como instrumento para la futura construcción de la alianza del proletariado con las grandes masas del campesinado12. La concepción estratégica de la revolución rusa se fue forjando en Lenin desde muy temprano; el año 1905 abría la posibilidad práctica de coronar el diseño arquitectónico de la táctica bolchevique con la instalación en el poder de aquella alianza, dando forma de gobierno provisional revolucionario y de república democrática a la dictadura democrática del proletariado y el campesinado.
¿Cuál es la posición objetiva que ocupa Trotsky en la lucha de dos líneas que enfrenta a la vanguardia del proletariado ruso en la época de la Primera Revolución? La clave para responder a esto está en la metodología con la que cada una de las corrientes vincula el proceso revolucionario con el papel que en él puede jugar la clase obrera. El problema de la actitud hacia el poder nos permitirá mostrar las diferentes limitaciones que cada una de ellas le impondrá y las consecuencias que de ello se derivará.
“Martínov [dice] que si prosperaba la labor organizadora de la revolución y si nuestro Partido dirigía la insurrección popular armada, nos veríamos obligados a participar en el gobierno provisional revolucionario. Y tal participación es una inadmisible ‘usurpación del poder’ (…).

Detengámonos en los razonamientos de quienes comparten dicha opinión. Al entrar en el gobierno provisional, nos dicen, la socialdemocracia tendrá el poder en sus manos; pero como partido del proletariado, no puede tener el poder sin intentar cumplir muestro programa máximo, es decir, sin intentar hacer la revolución socialista. Y en los momentos actuales sufrirá inevitablemente una derrota en esa empresa y no hará más que cubrirse de oprobio, hacer el juego a la reacción. Por eso, según ellos, la participación de la socialdemocracia en el gobierno provisional revolucionario es inadmisible.



Este razonamiento se basa en la confusión de la revolución democrática con la revolución socialista, de la lucha por la república (incluido en ello todo nuestro programa mínimo) con la lucha por el socialismo. En efecto, la socialdemocracia no haría más que cubrirse de oprobio si intentara plantearse la revolución socialista como objetivo inmediato. Precisamente contra semejantes ideas confusas y oscuras de nuestros “socialistas revolucionarios” ha luchado siempre la socialdemocracia. Precisamente por eso ha hecho siempre hincapié en que la futura revolución en Rusia presentará carácter burgués y exigido con energía que el programa mínimo democrático vaya separado del programa máximo socialista. Esto pueden olvidarlo durante la revolución algunos socialdemócratas propensos a dejarse llevar por la espontaneidad, pero no el Partido en su conjunto. Los adeptos de esta errónea opinión se dejan arrastrar por la espontaneidad, creyendo que la marcha de las cosas obligará en esa situación a la socialdemocracia a emprender contra su voluntad la revolución socialista.”13
En esta cita, dirigida contra los mencheviques, Lenin describe el error básico que puede provocar todo tipo de desviaciones de la política correcta, tanto por la derecha, con el conservadurismo menchevique que hace el juego a la reacción, como por la izquierda, con el aventurerismo promovido por “ideas confusas y oscuras”. En este sentido, Lenin señala a los socialistas revolucionarios (los eseristas), los herederos del viejo populismo ruso que quería construir el comunismo en Rusia directamente desde la comuna rural (obschina), saltándose la etapa capitalista; sin embargo, no cabe duda de que la teoría de Trotsky también entra en este grupo que ve en el proletariado en el poder “la obligación” de “hacer la revolución socialista”14.
El error que critica Lenin es el del espontaneísmo, más complejo y sofisticado en el menchevismo, más burdo y elemental en Trotsky; aunque finalmente ambos se dan la mano. Para los mencheviques, la historia es una sucesión de fases socioeconómicas, cada una de las cuales cumple su función en el desarrollo de las fuerzas productivas. Entienden la idea expuesta por Marx de que ningún modo de producción puede ser superado hasta que no agote en su seno la capacidad de impulsar las fuerzas productivas de una manera tan dogmática que niegan cualquier posibilidad de que en Rusia no domine por todo un periodo histórico el capital y la burguesía industrial; niegan cualquier crédito a toda idea que pueda variar en algo la sucesión clásica entre feudalismo-autocracia y capitalismo-burguesía en Rusia. Esta visión dogmática y mecanicista del materialismo histórico es una forma de economicismo (determinismo) y también una forma –sofisticada, eso sí– de espontaneísmo, según la cual, el proceso histórico sigue una mecánica predeterminada e inconsciente. Pero el espontaneísmo filosófico se torna vulgar cuando se traduce en política: si el proletariado tomara la iniciativa política, “se vería en la obligación de hacer la revolución socialista”; y si esa iniciativa se diera en una fase de la historia en que el protagonismo corresponde a la burguesía, entonces, “no hará más que cubrirse de oprobio”. Es aquí donde Trotsky enlaza con el menchevismo, en la metodología de la mecánica política. Él no es un filósofo dogmático al modo de Martínov; en filosofía, Trotsky ocupa el banco opuesto: no es un determinista, al contrario, es un voluntarista:
“(…) el día y la hora en que el Poder pase a las manos de la clase obrera, depende directamente no del nivel de las fuerzas productivas, sino de los factores de la lucha de clases, de la situación internacional y, finalmente, de una serie de circunstancias objetivas: tradiciones, iniciativas, espíritu combativo…”15
Y el poder en manos de la clase obrera le “obligará” a cruzar el umbral de la revolución socialista. Una especie de lógica de las cosas, de impersonal mecánica política, empuja –tanto desde el prisma menchevique, como desde el de Trotsky– al proletariado en una especie de frenética carrera hacia un destino imponente e ineludible. El espontaneísmo consiste, aquí, en identificar el papel histórico-revolucionario de la clase con su papel político en un determinado momento. El salto “espontáneo” es notable16. Aunque Trotsky, a diferencia de Martínov y sus amigos, sí acepte el reto del poder para el proletariado, aparentando, con ello, optar por una línea diferente a la menchevique, más cercana a la de Lenin, en realidad, se encuentra atrapado en el mismo microcosmos metodológico que aquéllos. Una especie de fetichismo fatalista permite el dominio del político por la política, del partido y de la clase obrera por el proceso histórico. No hay margen para la creatividad revolucionaria, para la maniobra táctica consciente, para la búsqueda de caminos nuevos. No hay autonomía para el sujeto histórico: terminará siendo engullido por la historia. El método menchevique sustituye la política por la filosofía vulgar, Trotsky también. Ambos expresan dos formas de marxismo vulgar. Finalmente, el menchevismo implica el desarme político del proletariado, porque prefiere la pasividad al temor que le produciría el loco frenesí en el que lo envolvería la lógica de su método si pretendiese acceder al poder. El trotskismo, en cambio, acepta el reto, pero su carrera hacia el socialismo pronto le separará de su base socioeconómica original. La búsqueda de una nueva base de apoyo que permita continuar la carrera le “obligará” a reclamar la revolución proletaria internacional. Si ésta no llega, perderá pie y la caída en el vacío será inevitable. Como esta metáfora fue, efectivamente, la vida política de Trotsky y de su teoría de la Revolución Permanente. Por fortuna, no arrastraron consigo, en su caída, al proletariado de Rusia.
Metodológicamente, por tanto, por su concepción del proceso revolucionario y de la relación de las clases con sus intereses políticos, Trotsky representa una variante del menchevismo. En este sentido, su posición política en el periodo que rodea a la Primera Revolución está más cerca de la línea oportunista del POSDR que de la línea revolucionaria.


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