La Pluma de Pushkin



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La Pluma de Pushkin

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“ ....Cada época, cada cultura, cada costumbre y tradición tienen su estilo, tienen sus ternuras y durezas particulares, sus crueldades y bellezas; consideran ciertos sufrimientos como naturales; aceptan ciertos males con paciencia. La vida human se convierte en verdadero dolor, en verdadero infierno sólo allí donde dos épocas, dos culturas o religiones se entrecruzan. Un hombre de la Antigüedad que hubiese tenido que vivir en la Edad Media se habría asfixiado tristemente, lo mismo que un salvaje tendría que asfixiarse en medio de nuestra civilización. Hay momentos en los que toda una generación se encuentra extraviada entre dos épocas, entre dos estilos de la vida, de tal suerte que tiene que perder toda naturalidad, toda norma, toda seguridad yinocencia.....”

Hermann Hesse: El lobo estepario

“.... Cuando me invade la tristeza, generalmente al caer la tarde, extraigo del fondo un recuerdo. Y el hecho que sea un recuerdo disminuye la tristeza; al resurgir, brilla – no quiere convertirse en noche ...”

Elias Canetti 1 - 1 -

Capítulo – 1.

1-1.

Lloviznaba, salpicando el aire de minúsculas gotas y se levantaba un olor a ladrillo húmedo, una ligera sensación acre en la lengua. La gente, las parejas y amantes cogidos de los brazos para evitar el goteo, los empresarios consolidados de encendidas habanas, ametrallados por la lluvia las nubes de y los funcionarios advenedizos con desgastados puños y relavados cuellos blancos, todos se refugiaban, cual revolteo de palomas, debajo de sus paraguas, parándose en el 2 - 2 -



vestíbulo del Teatro Sofiyska Narodna Opera, en los chaflanes de los edificios y debajo de los toldos de las tiendas del Bulevar Bajaba Rodrigo Saavedra por la ancha escalinata del mármol grisáceo, escuchando el resonar de sus propios pasos en la inmensidad del vestíbulo iluminada por la luz dorada de los candelabros espantando las sombras. Varios corrillos de gente cuyas estridentes voces se entrechocaban se habían reunido en el vestíbulo, renuentes a adentrarse en la lluvia que caía a chorros, mezclándose con la herrumbre de las farolas y el polvo de la desgastada piedra de los edificios. Emanaba del pasamanos de la escalinata un frío metálico. Rodrigo Saavedra se posicionó en la puerta del Palacio de la Ópera. Subía el collar del abrigo mientras oteaba la calle en busca infructuosa de algún taxi amarillo que siempre escaseaban en Sofía y, a esta hora de la tarde, y con la torrentera, se habían esfumado.

Miraba hacia la silueta del tranvía que traqueteaba por la calle, encorvado el conductor sobre el volante, reflejándose estrías multicolores de luces en la cara. Deslumbraba con la luz de sus faros filtrada por el agua como una visión de la ciudad vislumbrada a través de gasa blanquecina o pergeñada por acuarela o guash. Antes de arrancar de nuevo el tranvía, iluminaba un banco de madera contra el cual se apoyaba la silueta de una mujer cubierta por un inmenso paraguas negro. Llevado por una especie de intuición instintiva, abrió Rodrigo su propio paraguas y se aventuró por la lluvia. Al llegar a la altura del banco se detuvo a una distancia prudente de la mujer. Ella se fijó en su cara y le sometió a un disimulado examen durante algunos instantes antes de desviar la mirada. Era una mujer de 3 - 3 -

tez pálida, de pelo trigueño hasta la parte inferior de la nuca y llevaba unas gafas pequeñas de fina montura dorada que descansaban sobre los alzados pómulos eslavos, los cristales ligeramente salpicados por la lluvia, un abrigo de cuero azulado. Se sentaba apoyada contra el respaldo del banco con las piernas ligeramente cruzadas revelando unos zapatos de tacón bajo del mismo azulado que el abrigo. La mano delgada, elegante, de uñas perfectas pero sin pintar, agarraba el mango del paraguas.

- Profesor Saavedra – tanteo con voz queda en un español correcto de leves tonalidades búlgaras, apartándose del banco y girándose sobre los tacones para mirarme de nuevo, y luego, dubitativa – no sé si se acuerda de mí, de sus conferencias sobre Lord Byron en la Universidad.


La había reconocido unos segundos antes, gracias a sus ojos de un intenso color verde oscuro. También la recordaba desde mi palco en el teatro, aún sin reconocerla, cuando, más que ensimismada por la música, parecía sobre cogida, tensa como las cuerdas de un violín. En la universidad siempre se había sentado en la primera fila del salón de conferencias, emborronando página tras página de notas. En la primera conferencia del ciclo de cuatro semanas un colega diplomático ruso la había señalado como hija de un poeta búlgaro, muerto hacía tiempo. No podía evitar quedarse mirando su boca. Era grande, bien dibujada, entreabierta con un breve destello de los 4 - 4 -

incisivos muy blancos bajo el labio superior en forma de corazón, matizado por un poco de lápiz de labios rosa pálido.

- Sí, por supuesto – se apresuró decirla, esforzándose de alzar la voz al pasar raudo un segundo tranvía – Nadezhda Zilov. La hija del poeta, creo recordar

- Por algunos instantes le parecía detectar una sombra que se cernía sobre su cara; las pupilas se contrajeron y una tensión casi imperceptible se tiraba de las comisuras de los labios. Se cambio el mango del paraguas de la mano derecha a la izquierda, señalando con un gesto sus palabras, subrayando el equivoco.

- Nadezhdha Alexandrova – me corrigió suavemente – es costumbre aquí utilizar el patronímico.
Parecía estudiarle con detalle tras los cristales de sus gafas, sin duda sorprendida de que la haya recordada.

Era un poco más baja que Rodrigo, que rondaba un metro ochenta y cinco. El abrigo de cuero azulado, reluciente de centenares de gotas de lluvia, la ceñía el talle esbelto y bien contorneado. Creía oportuno apartarse el examen detenido, vagamente inquieto, so pretexto de mirar el reloj.

Ella le seguía mirando, reflexiva.

- ¿Tendrá una cita?


La vi sonreír con desenvoltura, un brillo de marfil en la boca, gemelo al del collar de ovaladas placas de madreperla que se asomaba por el primer ojal desabrochado de su abrigo sobre la piel pálida de su garganta. Más de una pregunta era una 5 - 5 -

afirmación acompañada de una sacudida horizontal de la cabeza que en España hubiera indicado una negativa, pero aquí, en Bulgaria, significaba el contrario, además de dejar abierta la posibilidad de dejar truncada la conversación.

- No, no, en absoluto. Simplemente que no conozco bien esta parta de Sofía y pensaba cenar en alguna parte. La música de Pyotor Iliych estimula tanto el alma como el paladar.

- También la poesía de Alexandar Sergeyeich Pushkin – puntualizaba ella, fijando su mirada con la suya con casi anhelo de complicidad.


Permanecía unos instantes en silencio. Se había apartado un mechón de pelo negro de la mejilla y parecía meditar sobre proseguir o no aquella conversación. Luego añadió, con un gesto de la mano:

- Me permitiría, profesor, recomendarle un lugar que tal vez sea de su agrado. Un restaurante típico de aquí, el Bai Gencho Sin grandes lujos, pero el trato y la gastronomía son excelentes.


Captó el entusiasmo en su voz pero una vez más asomaba la sombra en sus ojos y una ligera tirantez se sacudió por un instante el repliegue de piel que se formó en el entrecejo. Se permitía una sonrisa algo forzada cuyo objeto, mas que otra cosa, en la rápida interpretación de Rodrigo, era poner aquella incómoda fracción de segundo en su sitio. 6 - 6 -
- Iba mucho – antes – con mis padres, cuando era pequeña – dijo por fin.
También Rodrigo se encontraba inquieto. No por la situación, aquella conversación tan correcto y tan poco trascendental, con rumbo aún desconocido bajo la lluvia sino por la sombra en los ojos de Nadezhda Alexandrova.

- Nadezhda Alexandrova - insistió mucho en el patronímico y vio la sonrisa de agradecimiento asomar esta vez en el verde intenso de los ojos.


No sé si me atrevo invitarla a acompañarme – dije por fin – Llevo poco en Sofía. Apenas conozco vuestra gastronomía y agradecería el asesoramiento.

De nuevo la duda se posaba en su cara como si fuera parte de las sacudidas de la vida: Tesis – duda – antitesis. Luego se relajó, la tensión de su cuerpo y aún sui cara se disiparon.

- Sería un honor, profesor, acompañarle. Si puedo servirle de asesora – Esbozaba la frase con cierta picardía de niña, sonriendo ante lo que, evidentemente, se consideraba un atrevimiento.

- Se encuentra justamente detrás de la Iglesia Rusa, San Nicolás. ¿La conoce?


Rodrigo negaba, occidentalmente, con la cabeza. 7 - 7 -
- Fue construida antes de la Primera Guerra Mundial, al comienzo el siglo. La ironía es – teniendo en cuenta el régimen que nos sometió 40 años más tarde – que fue precisamente el embajador ruso que exigió su construcción, porque no quería comulgar en una iglesia cismática búlgara.
Se desplazaban por el Bulevar Doudonkov y comenzaron a cruzar la acera amarilla que bordeaba la catedral Nevsky.

- La Catedral se remonta a la última década del siglo XIX – continuaba Nadezhda en tono didáctico - y, supuestamente, en gratitud a los rusos por su ayuda en sacudirnos del yugo del Imperio Otomán. Evidentemente, los rusos tenían sus propios intereses en la región. Todos los zares habían soñado en volver a dominar Bizancio.


Subieron a la parte superior del Bai Gencho y ocuparon una mesa cerca de la chimenea donde la luz macilenta del local se avivaba por el llameante fuego. El crepitar de las llamas avivaba también, con breves destellos rojos y dorados, los ojos esmeraldas de Nadezhda.

- dijo – tocando el mentón brevemente con la punta del dedo índice.

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- Contestó Rodrigo – dispuesto a seguir el rumbo de la conversación por los andurriales que ella dispusiera.

- Zvetalana Madjjeska es de aquí, de Sofia, pero se formó en la escuela clásica rusa, en Moscú, donde saben mejor que nosotros curtir y formar las voces más grandes.


Comía lentamente, llevando minúsculas cantidades de comida a la boca con expresión concentrada, ensimismada por instantes, como si las ligaduras que la uniesen a la vida se hubieras tensadas, prestas a romperse.

La sala se encontraba medio vacía y las voces de los pocos comensales formaban un murmullo apenas perceptible contra el trasfondo de música de cuarteto de cuerdas que comenzó a sonar a poco de sentarse.

Por segunda vez aquella tarde la pálida cara de Nadezhda Alexandrova sonreía con desenvoltura, tocando la manga de la chaqueta del Stefano con los dedos índice y segundo.

- Asís que es aficionado a la música de Dmitri Dmitrievich. Pero se equivoca. La obra es de (compositor búlgaro). Cuando yo era pequeña solía venir a tocar al piano con mi madre o polemizar filosofía con mi padre.


- Yo soy diplomático de profesión y vocación – contestó Saavedra – aunque el escalafón no ha sido tan

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generoso conmigo que se debía – como la segunda jefatura de embajada que ostento ahora, aquí, en tu país. Llevo cinco años de antigüedad a mi Embajador, que ha sabido allanar camino con más rapidez que yo.


1-2

Nadezhda Alexandrova me hacía partícipe de su silencio interior, de la necesidad que teníamos de retener el sublime reflujo de Pyotr Ilyich en aquella voz cristalina de Zvetelina Maldjanska. Retuve su mirada un instante: refulgieron sus ojos, húmedos, difuminados por el rocío de la lluvia que la corría por las mejillas; al unísono levantamos nuestras caras a través de la humedad que rezumaba en derredor nuestro.

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Querría enseñarte una cosa – esbozaba con voz queda, dejando la mano abierta descansar sobre mi antebrazo. Sorprendió el calor que emanaba aquella mano, aún bañada en el rocío que nos envolvía. Íbamos paseando por el pavimento amarillo del centro de Sofia hacia el antaño Palacio Real, ahora Museo de arte y Pintura. Llegamos a la hermosa iglesia rusa y entramos en el jardín. Se erguía un busto de metal renegrido: 10 - 10 -



- La ironía de esta Iglesia – comentó Nadezhda con sonrisa cansina – es que fue construida antes de la primera guerra mundial a petición – precisamente – del embajador ruso quien no quiso comulgar en una iglesia “cismática” búlgara.

Nos acercamos al busto. La menguante luz se filtraba a través de la fachada de la iglesia.

- Alexandr Sirgueiev Pushkin: 1799 a 1837 – leía Nadezhda Alexandrova, luego añadiéndose de su propia cosecha:

El compositor del Yevgeny Onegin –

Sobrevino una pausa; se nublaron los ojos, vertiéndose renovado el rocío por las mejillas, brillantes a contraluz de los reflejos callejeros, quebrándose la voz en las palabras: - Escrito en Mikhailovskoye donde conoció el tatarabuelo de mi tatarabuelo, Stefan Nicolayev –

Se detuvo, sosteniéndose la mirada preocupada, indagante, los bellos ojos pardos aún nublados. – El estatua – logró pronunciar por fin – fue un regalo del escultor ruso Vyacheslav Klykov a la Fundación Pushkin Búlgara.

El primer puesto de Rodrigo Saavedra como diplomático había sido en Varsovia – durante la época más opresiva de ..... Cuatro años más tarde estuvo destinado en Bucarest. En ambos países había conocido a mujeres de la aparente fragilidad de Nadezhda Alexandrovna de un trasfondo psíquico que habían aprendido disimular primero y blindar después la fragilidad debajo de capas de indiferencia ante las cicatrices que habían lacerado sus vidas. En ningún caso se sentían víctimas de sus propios historiales pero en casi todos los casos 11 - 11 -

todos y cada una de ellas se avergonzaban de ser supervivientes, de no haber sido borradas y vejadas como sus hermanos y amantes, sus madres y padres

Caminaron a lo largo del Bulever Doudonkov, esquivando los charcos. Por mutuo – y mudo – acuerdo Nadezhda Alexandrova había plegado su minúsculo paraguas y se había refugiado debajo de la enorme tela negra de Rodrigo Saavedra. Su voz, de cálidas tonalidades búlgaras injertadas en su discurso castellano

1-4


Arreciaba ya la lluvia y se encontraban casi sin proponérsenoslo ante la imponente fachada del Café Bai Gencho, del Bulevar Dondoukov. Subimos al nivel superior, menos concurrido y nos acomodamos al lumbre que irradiaba aún los rescoldos de la gran chimenea. Un murmullo de voces se entremezclaban con el ajetreo de los clientes y los camareros. Se sentaban por fin en una mesa cuya ventanal adyacente daba a la ya oscurecida calle bañada de riachuelos de agua.

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Este era el sitio preferido de mi padre – dijo – Hace cinco años entré aquí sola, pedí un canapé Pyrdop y arruiné mi bolsillo con una botella de Cabernet Svishtov, del 1982. Pero el 12 - 12 -

cuerpo del aquel oscuro vino rojo sólo me produjo nostalgia de los tiempos antes ... antes del Cementerio Vagankovskoye.

Mi querido amigo – de nuevo se quebró la voz y la sostuvo ambas manos entre las suyas, con infinita suavidad. – Mi querido amigo – volvió a arrancar la voz – es menester, es imperioso que hoy te hable de Alexandâr Vasilov, mi amadísimo padre, el amadísimo poeta galardonado de Bulgaria y el traductor de Yevgeny Onegin - los sublimes versos de Alexandr Pushkin cuyas estrofas hemos escuchado transfiguradas en los más excelso de la música de Pytor Ilyich. Es preciso que te hable de Alexandâr Vasilov porque sé que tú – querido amigo – entiendes como yo de la necesidad de tender puentes entre las realidades y las palabras y la necesidad de plasmar las imágenes de forma imperecedera para que podamos tenerlas para siempre y para que aquellas realidades no se desvanezcan para siempre. Tu y yo esta noche hemos escuchado los versos de Pushkin por el prisma de Pyotr Ilyich. Es algo que hemos podido compartir y sé – querido amigo – que la música de esta noche ha alcanzado las profundidades más recónditas de tu sensibilidad. Junto al vivir cotidiano hay otras realidades, otras intensidades, más altas y más profundas. Tu, igual que yo, igual que toda mi familia, eres alguien que aprecia la palabra, el mundo que crea la palabra y la imaginación que la inspira. No obstante, yo, esta noche, quiero hacerte partícipe de una segunda vertiente del prisma – los versos de Pushkin vertidas en la lengua de mi país – por la mano sublime de mi querido Alexandâr Vasilov. Mi amadísimo padre quien descansa ya en el Vagankovskoye Cementerio de 13 - 13 -

Moscú – no muy lejos de uno de sus más íntimos amigos, Andrei Dmitrievich Sakharov, que murió en 1989, doce años después de mi padre. Mi padre el poeta, el creador que alcanzaba las cotas más elevadas, la voz de Bulgaria, desdeñaba las modernas máquinas mecanográficas como contraproducente a su creatividad. Conservaba toda su vida hasta el fatídico final en el Vagankovskoye una pluma blanca y negra que su tatarabuelo había heredado de su tatarabuelo quien, a su vez, la había recibido de las manos del mismísimo Alexandr Sergievich Pushkin en los jardines de la madre del poeta, Pushkina Nadezhda Osipovna en la finca del Mikhailovskoye. No es ninguna casualidad baladí que mi padre y Alexandre Sergievich compartieran el mismo nombre y que yo misma llevara el mismo nombre - Nadezhda - que la madre del poeta.

Capítulo – 2.

2.1.


Alexandr Sergievich había estudiado en el liceo Tsarkoye Selo y en 1817 obtuvo un cargo nominal en el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, lo que le permitió alternar con la mejor sociedad y, al mismo tiempo, granjear amistades con el grupo 14 - 14 -

revolucionario ilegal, los Decembristas. Este grupo se formó después de las guerras napoleónicas por oficiales militares que habían luchado en Europa y cayeron bajo la influencia de los ideales liberales occidentales. Abogaban por el establecimiento de una democracia representativa pero no estuvieron de acuerdo sobre la forma que debería tener; algunos apoyaban una monarquía constitucional, otros una república democrática. Poco tiempo después de la muerte del Zar Nicolás I, las sociedades secretas se alzaron, en diciembre de 1825, contra el nuevo Zar. Los más moderados lograron persuadir a varios regimientos en San Petersburgo a negarse a jurar lealtad al Nicolás I, y exigir el entronamiento de su hermano mayor, Constantino, quien había renunciado el trono en 1822. El alzamiento fracasó abismalmente. Se detuvieron más de 3000 soldados, ahorcando gran número de ellos, y 120 de los oficiales fueron exiliados.

Los problemas de Pushkin con su superior, el conde Verontsov, por la relación amorosa con su mujer, y el exilio en la finca de su madre en Mikhaelovskoye sin dudó le salvó de la misma suerte que muchos Decembristas amigos suyos. Le unía una amistad especialmente estrecha con Yekatarina Trubetskaya, esposa del Decembista el General Sergei Trubetsoy e íntima amiga de la hermana de Pushkin, Olga. Sin estar involucrado nunca en el alzamiento, al exiliarse el General Trubetskoy en Irkutsk, Siberia, Pushkin trataba por todos los medios ayudar a Yekatarina Trubetskaya a llevar a sus hijos y alguna parte de sus bienes de San Petersburgo. No tuvo éxito. Yekatarina siguió a su marido a la pobreza más 15 - 15 -

absoluta. La obra de Pushkin, escrita para honrar a los Decembristas, la Oda a la Libertad atrajo la atención de las autoridades y el poeta fue deportado al Caúcaso, aunque se le permitía mantener cargos oficiales. Ese mismo año publicó su Ruslan y Ludmila, un extenso poema romántico basado en el folclore de su tierra, tan influenciado por su amor a la libertad y la influencia de Lord Byron. En 1823, comenzó a escribir Yevgeny Onegin. Se trasladó a Odesa en el año 1823 y tuvo problemas con un superior suyo, el Conde Vorontsov por haber iniciado una aventura amorosa con su esposa.

2.2.

Sobrevino la muerte del Zar Alexander en 1825 y, con la llegada del nuevo Zar, Nicolás I, Pushkin fue expulsado del cuerpo de funcionarios y se trasladó a las propiedades de su madre, cerca de Mikhaelovskoye, en la frontera con la Estonia actual y donde mi remoto tatarabuelo Stefan Nikolayev le conoció en el verano de 1826. Pushkin tenía – a la sazón – 27 años y mi tatarabuelo 38.



2.3

Como sabes, la Bulgaria de aquella época todavía formaba parte del Imperio Otomano – a pesar de los numerosos amagos de independencia que se habían producido durante décadas. En 1804, Serbia emprendió una serie de levantamientos que iban a desembocarse en su independencia hacia el año 1830. El padre de mi tatarabuelo Nicolai Todorev había luchado al lado de los serbios en 1804 y su hijo Stefan Nikolayev – ya con 16 - 16 -

23 años – lucharía junto con su padre en la campaña serbia de 1815, como otros muchos búlgaros en las zonas lindantes con Serbia. A raíz de esta campaña, en tierras de Serbia, conoció a Yelka Stojkovic con la que casó en el invierno del mismo año. Su hijo, Kiril Stefanov nació 15 meses después, en la primavera del 1817. También, a partir de 1821 (su hijo Kiril Stefanov 5), cuando los griegos se rebelaron contra los turcos durante 6 años, mi tatarabuelo, con cientos de compatriotas suyos luchaba por la causa griega.

Capítulo – 3.

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3.1.


*Y he aquí contempla, querido amigo mío, por dónde se entrelazan los destinos del pasado y presente. Por aquellos años del levantamiento griego contra los turcos, y en el bullir de la Grecia emergente, cuando luchaba donadamente mi antepasado Stefan Nicolayev codo a codo con el Príncipe Alexandros Mavrokordatos, languidecía en Genoa el poeta 17 - 17 -

Lord Byron en los brazos de su amante la Condesa Guiccioli. Cuando en 1823 llegaron a Genoa representantes del movimiento independista griego, contactaron con Byron y solicitaron su ayuda. Aceptó de inmediato y consagró su fortuna, entusiasmo, energía e imaginación al servicio de las causa griega. Byron abandonó Genoa – y los brazos soporíferos de la Condesa – el 16 de julio de 1823 y llegó a Kefalonia en las islas iónicas el 2 de agosto. De esta época data sus Islas Griegas:

The isles of Greece, the Isles of Greece

Where burning Sappho loved and sang

Where grew the arts of war and peace

Where Delos rose and Phoebus sprung

Eternal summer gilds them yet

But all, except their sun, is set

Delos es la isla más pequeña del grupo de los Ciclades, no muy lejos de donde desembarcó Byron en agosto de 1823. Según la leyenda, la isla fue conjurado de las profundidades por Poseidón, Dios de los Mares. También fue el lugar legendario del nacimiento del Febo Apolo, el Dios solar. En Kefalonia Byrón gastó 4000 libras esterlinas de su propio dinero para reparar la flota griega y zarpó rumbo a Massalonghi para unirse a las fuerzas del Príncipe Mavrokordatos.

En Messalongui se conocieron Byron y mi antepasado Stefan Nicolayev. Lord Byron (35 en esta época) convertido en maestro de armas y el joven revolucionario búlgaro iniciaron 18 - 18 -

una intensa camaradería amistosa que duraría apenas 4 meses. El Príncipe Mavrokordatos y Lord Byron había planeado atacar el fortaleza turca de Lepanto en las desembocadura del Golfo de Corinto. Byron se encargó de la artillería y tomó parte del ejército rebelde – entre ellos, Stefan Nicolayev – bajo su mando, a pesar de su falta de experiencia militar. No obstante, antes de echarse a la mar la flota, Byron enfermó y el remedio habitual del sangría – propio de esta época – le debilitó aún más. Hizo una mejoría parcial pero, a principios de abril, recayó y acabó muriéndose el 19 de abril.

3.2.


A veces, sobre todo cuando se trata de hombres excepcionales, hombres que viven a caballo de dos conceptos de la vida, dos maneras de concebir la libertado del pensamiento y la preservación de la Belleza como insignia de bandera; a veces, estos hombres, únicos y insólitos, se encuentran atrapados entre otras visiones del mundo que les cobija.

Tal fue el caso de Lord Byron. En Pisa, Byron había vivido días felices con la condesa teresa Guiccioli, lejos ella de su marido y cerca él de la serenidad. Allí había empezado a madurar el sueño de volver a Grecia para rescatar a los griegos de la tiranía turca. “Quiero volver a Grecia y es posible que muera allí, le había dicho a su amigo el conde gamba, quien, al igual que su padre, no ocultaba su simpatía hacia la causa de los patriotas griegos que luchaban pot la independencia. 19 - 19 -



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