La nueva píldora que suprime la menstruación



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La nueva píldora que suprime la menstruación. Es un anticonceptivo corriente, pero administrado de modo continuado por Justo Aznar (Director de Investigación, Instituto de Ciencias de la Vida, Universidad Católica de Valencia)


A finales de mayo se aprobó en Estados Unidos una píldora anticonceptiva que suprime la menstruación. La noticia ha suscitado comentarios diversos. Unos saludan el nuevo fármaco como un avance en el control de la reproducción y de la fisiología femenina, mientras que otros, precisamente por eso, lo miran con perplejidad y preocupación; hay quienes no extraen mayores conclusiones y se limitan a ver el hecho como una simple ampliación de la oferta contraceptiva, que puede resultar conveniente para algunas usuarias.

En todo caso, pese a la impresión de que se abre otra era, apenas hay innovación. La píldora recién aprobada, así como otras dos que recibieron el visto bueno en 2003 y en 2006, que reducen el número de menstruaciones a cuatro por año, tienen los mismos principios activos que los anticonceptivos habituales. Lo único que cambia es la dosis, en algún caso, y la pauta de administración. En vez de 21 tomas en cada ciclo sexual de 28 días, esas otras píldoras se usan de forma continua.

Ya se sabía que los anticonceptivos hormonales pueden impedir la menstruación si se emplean por tiempo prolongado. Pero desde las primeras píldoras, la pauta de administración estaba pensada para que hubiera al menos una apariencia de regla. En las cajas de 28 comprimidos para un ciclo, las últimas 7 son inactivas, como un placebo. Así, aunque las otras 21 hayan inhibido la ovulación –lo que no necesariamente ocurre–, la repentina interrupción del tratamiento ocasiona un sangrado similar a la menstruación. Con ello se da a las usuarias la impresión de que el organismo sigue funcionando con normalidad y se evitan reacciones psicológicas adversas a la píldora.

Lo mismo, más veces

Los primeros ensayos de uso continuado de anticonceptivos tuvieron lugar en la década pasada, pero hasta 2003 no se publicó uno concluyente. Se empleó una píldora corriente, compuesta de 0,02 mg de un estrógeno (etinilestradiol) y 0,1 mg de un progestágeno (levonorgestrel). Se dividió a las mujeres en dos grupos de mujeres: uno siguió la pauta habitual de 21 comprimidos activos por ciclo, y el otro tomó el anticonceptivo durante 336 días seguidos. Los autores comprobaron que con la segunda pauta se podía reducir el número de menstruaciones, sin que al parecer se dieran efectos secundarios negativos de importancia.

Aquel mismo año se evaluó el primer anticonceptivo expresamente pensado para el uso continuado, que en seguida fue aprobada en Estados Unidos con el nombre comercial de Seasonale. Lo produce la compañía Barr Laboratories. La dosis diaria contiene 0,03 mg de etinilestradiol y 0,15 mg de levonorgestrel. Se vende en paquetes de 91 píldoras (84 activas y 7 de placebo, que se toman seguidas al final), suficientes para tres meses. Solo al final de los 91 días, la mujer tiene un sangrado similar a la menstruación, de modo que la usuaria habitual de Seasonale experimenta cuatro “menstruaciones” al año, en vez de una al mes.

En el ensayo clínico, Seasonale se comparó con un anticonceptivo corriente que tiene exactamente la misma composición. Se comprobó que la eficiencia de Seasonale es ligeramente superior, pues su índice de Pearl (fallos por cien mujeres) es de 1,98, mientras que el de la píldora habitual es de 2,36.

El anticonceptivo recién aprobado es Lybrel, desarrollado y distribuido por Wyeth Pharmaceuticals. Es el primero que se administra durante los 365 días del año y, por tanto, suprime la menstruación o la apariencia de ella. Se espera que esté disponible en las farmacias de Estados Unidos el próximo mes de julio.

Cada comprimido de Lybrel contiene 0,02 mg de etinilestradiol y 0,09 mg de levonorgestrel: una dosis menor de hormonas, con la que se intenta mantener la eficacia contraceptiva, pero a la vez disminuir los efectos secundarios. Si se deja de tomar durante más o menos un mes, la mujer vuleve a ser fértil.

En la evaluación clínica se ha comprobado que la eficacia anticonceptiva de Lybrel es elevada: su índice de Pearl es 1,26. Según otra medida, la probabilidad de embarazo en las usuarias de Lybrel es de solo el 0,34 por cien mujeres y año; con los anticonceptivos tradicionales la probabilidad oscila entre 0,5 y 1. De todas formas, en el estudio de la eficacia y seguridad de Lybrel no hubo grupo de control para compararlo con una píldora corriente, por lo que el valor de los resultados obtenidos es limitado.

Manipulación excesiva

Ya se ve que estos fármacos no se distinguen en lo fundamental de los demás anticonceptivos. Presentan los mismos efectos secundarios y riesgos, quizá en grado ligeramente diverso. Tampoco es diferente la valoración moral que merece su uso. La peculiaridad es solo que inhiben la menstruación, lo que tiene partidarios y contrarios.

La razón principal que se aduce en favor de suprimir las menstruaciones o disminuir su número es reducir de forma significativa las molestias que las acompañan en muchas mujeres. Según el Colegio de Obstetras y Ginecólogos de Estados Unidos, del 50% al 75% de las mujeres padecen algún malestar físico o psíquico en los días previos a la regla o durante la misma, y más de la mitad tienen calambres dolorosos. Conviene tener en cuenta que en otros tiempos las mujeres tenían, por término medio, 150-160 menstruaciones a los largo de su vida; pero ahora, por diversas causas (aparición más temprana de la regla en los países industrializados, menor número de embarazos y de periodos de lactancia...), pueden tener entre 400 y 450.

Suprimir las molestias menstruales, se añade, puede ser de especial interés en las mujeres que padecen endometriosis, pues en ellas las reglas son con frecuencia muy dolorosas. También es conocido que algunas mujeres aquejadas de hipertrofia miomatosa uterina, especialmente después de varios embarazos, pueden sangrar abundantemente en la menstruación, y por tanto desarrollar anemia con falta de hierro, que en ocasiones requiere incluso practicar una histerectomía.

Pero, como es bien sabido, tomar habitualmente anticonceptivos orales aumenta el riesgo de problemas tromboembólicos, que se dan en una de cada 5.000 usuarias. La incidencia es notablemente mayor en las que tienen más de 35 años o son fumadoras, y especialmente en las portadoras de alguna predisposición congénita, lo que se da en el 3-5% de la población. Es posible que las nuevas píldoras de uso continuado entrañen mayor riesgo: habría que esclarecerlo. Esa es la postura oficial de la Sociedad para la Investigación del Ciclo Menstrual, una organización científica norteamericana. Según una declaración que aprobó en 2003, para que las mujeres pueden tomar una decisión informada sobre la posibilidad de suprimir las reglas o disminuir su número de modo drástico, hacen falta más estudios sobre los efectos a largo plazo.

Por otro lado, algunas mujeres rechazan el uso de píldoras que eliminan la menstruación porque así pierden el mejor indicativo que tienen para detectar si están embarazadas.

Hay también quienes se oponen por razones de otro orden. Ven en la supresión de la regla una manipulación excesiva de los procesos fisiológicos que puede afectar al organismo entero, al alterar gravemente el equilibrio hormonal. Pues las mismas hormonas que actúan en el ciclo menstrual intervienen también en el cerebro y otros órganos, como recuerda Christine Hitchcock, investigadora de la Universidad de Columbia Británica. Le preocupa la idea, dice, de que “una puede poner en marcha y parar su cuerpo, como si fuera un grifo” (The New York Times, 20-04-2007).

De modo semejante piensa Giovanna Chesler, profesora de cine documental en la Universidad de California en San Diego. Para ella, es peligroso y antifemenino eliminar un fenómeno normal característico de la mujer. En abono de su tesis, Chesler ha realizado un documental (Period: The End of Menstruation?) que se está difundiendo en universidades y entre organizaciones feministas de Estados Unidos. “Ser mujer no es una enfermedad –dice–. No hay razón para que una controle sus periodos durante treinta o cuarenta años” (ibid.).



Justo Aznar (Director de Investigación, Instituto de Ciencias de la Vida, Universidad Católica de Valencia) 20 de Junio 2007

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