La Montaña Eliseo Reclús



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CAPÍTULO XXI


LOS GENIOS

Lentamente se transforman las regiones. Los cultos del mundo antiguo, extinguidos al parecer hace tanto tiempo, existen aún, bajo las exterioridades de nuevos cultos. Han cambiado con frecuencia los nombres de los dioses, pero el altar sigue siendo el mismo. Los mismos son ahora los atributos de la Divinidad que hace dos mil años, y la fe que la invoca conserva la «santa simplicidad» de su fanatismo. En los valles agrestes del Olimpo, por donde saltaban las bacantes desmelenadas, murmuran hoy oraciones los monjes. En el santo monte Athos, al cual adoraban desde la superficie de las rumorosas olas marinos de todas las razas y todos los idiomas, se alzan 935 iglesias en honor de todos los santos: el dios de los cristianos ha heredado a Zeus, que había sucedido a dioses más antiguos. También el templo de Minerva, en Siracusa, cuya lanza de oro saludaban los marineros desde lejos derramando en las aguas una copa de vino, se ha convertido en capilla de la Virgen. Todos los promontorios marítimos y toa cima de colina, toda montaña coronada por un templo, tierra adentro, ha conservado adoradores, aunque haya cambiado el nombre. Recorre un viajero la isla de Chipre, buscando el templo de Venus Afrodita. «Ya no la llamamos Afrodita -dice devotamente la mujer a quien ha interrogado-; ahora la llamamos la virgen Crisapólita».


Pero no sólo han continuado los pueblos cristianos venerando las montañas santas de griegos y romanos, sino que ha extendido a su manera su culto por todas las comarcas en que habitan. Lo mismo que nuestros antepasados de los tiempos de la leyenda, antecesores nuestros más próximos que vivían en la Edad Media, no podían contemplar la montaña sin que su imaginación hiciera vivir seres superiores en los valles misteriosos y en las cimas radiantes. Verdad es que aquellos seres no tenían derecho al dictado de dioses; maldecidos por la iglesia, se transformaban en diablos, en demonios maléficos, o tolerados por ella, se convertían en genios tutelares, dioses de contrabando, invocados únicamente a hurtadillas.
Júpiter, Apolo y Venus habían descendido de su trono y se habían refugiado en el fondo de los antros: aquellos cuyo augusto rostro irradiaba la luz, quedaban condenado a vivir para siempre en las tenebrosas cavernas. Las fiestas del olimpo se habían transformado en aquelarres a los cuales había asquerosas brujas cabalgando en escobas a evocar al diablo en las noches borrascas. Además, el clima frío, el nublado cielote nuestras comarcas del Norte, habían de contribuir en gran parte a la reclusión de los antiguos dioses. Entre nieves y vientos, en medio de las tempestades, ¿cómo habían de poder solazarse en alegres banquetes, saborear la ambrosia y tañer la áurea lira? A penas se podía soñar con su presencia en aquellos por los rayos del sol en las resplandecientes cúspides y no menos rápidamente desaparecidos como ensueños o vanos espejismos.
Dioses y genios son las personificaciones de cuanto tiene y de cuanto desea el hombre. Todos su terrores y todas su pasiones tomaban en otro tiempo sobrenatural forma. Así es que unos de los espíritus de la montaña son magos formidables que abrasan la hierba de los pastos, matan el ganado, malefician a los caminantes, cuando otros, en cambio, son seres benévolos, cuyos favores conquista una jarra de lecha vertida o un sencillo conjuro. Al buen genio se dirige el pastor para que acreciente sus rebaños con chotos y corderos vigorosos y perfectos. A él especialmente acuden jóvenes y viejos, hombres y mujeres, para pedirle lo que desgraciadamente sería para todos la alegría suprema de la vida, oro, riqueza, un tesoro. Cuéntanos antiguas tradiciones cómo los genios de la montaña se meten por las venas de la tierra para introducir en ellas cristales y metal, para mezclar diversamente metales y tierras. Otras leyendas dicen cómo y a qué hora hay que golpear la piedra sagrada que tapa las riquezas, qué señales hay que hacer, qué extrañas sílabas hay que pronunciar. Pero su algo se olvida, si en vez de un sonido se oye otro, todos los conjuros son ineficaces.
He visto enormes excavaciones practicada por montañeses en lo más alto de una punta de rocas oculta por las nieves durante nueve meses del año. Aquella punta estaba consagrada a un santo que, como protector del monte, había sucedido a un dios pagano. Todos los veranos volvían los buscadores de tesoros a ahondar en la cima, sirviéndose de las palabras y de los gestos sacramentales. No encontraban más que hojas de esquisto debajo de otras hojas iguales, pero no faltaba ávido cazador que siguiese trabajando y procuraba evocar al genio con una fórmula, con grito victorioso.
Más interesante que estos dioses guardadores de tesoros son aquellos que en las cavernas de la montaña tienen el encargo de conservar el genio de toda una raza. Ocultos en el espesor de una roza, representan al pueblo entero, con sus tradiciones, su historia y el porvenir. Viejos como el monte, durarán tanto como él, y mientras vivan ellos, vivirá la raza cuyos grupos andan esparcidos por los valles cercanos. Por eso miran los vascos con orgullo el pico de Anie, donde su dios se esconde tanto más viviente, cuanto más desconocido para el sacerdote. «Mientras este ahí -le dicen-, aquí estamos nosotros». Y poco les falta para creerse eternos, cuando hasta su lenguaje desaparecerá mañana.
Al mismo orden de ideas populares pertenecen las leyendas de los guerreros o profetas que, durante siglos enteros, esperan un día grande cultos en alguna gruta profunda de la montaña. Tal es el mito de aquel emperador alemán que meditaba apoyado en una mesa de piedra y cuya blanca barba, sin cesar de crecer, se había arraigado en la roca. A veces un cazador o un bandolero penetraba en la caverna y turbaba el descanso del poderoso anciano. Este levantaba lentamente la cabeza, hacía una pregunta al tembloroso visitante y después volvía a su interrumpida meditación, diciendo al suspirar: «Todavía no» ¿Qué esperaba para morir en paz? Indudablemente el eco de alguna gran batalla, el hedor de un río de sangre humana, una inmensa degollación en honor de su imperio. ¡Ah! ¡Ojala se haya dado ya esa última batalla y se haya convertido en un montón de cenizas el siniestro emperador!
Muchos más conmovedor y hermoso es la leyenda de los tres suizos que también esperan un día grande en el espesor de una alta montaña de los antiguos cantones. Son tres, como los tres que jugaron conquistar la libertad en las praderas del Grutli, y los tres se apellidan Tell, como el que derribo al tirano. También están adormecidos: también meditan, pero el fondo de su ensueño no es la gloria, sino la libertad, y no sólo la libertad suiza, sino la libertad de todos los hombres. De cuando en cuando, se levantan el uno para mirar el mundo de lagos y praderas, pero se vuelve tristemente hacia sus compañeros y suspira al decir: «Todavía no.» El día de la gran liberación no ha llegado. Esclavos aún, no han dejado los pueblos de adorar el sombrero de sus amos.


CAPÍTULO XXII


EL HOMBRE

Esperemos, de todos modos, confiadamente: el día grande vendrá. Se van los dioses y se llevan consigo a los reyes, tristes representantes suyos en la tierra. Aprende despacio el hombre a hablar el lenguaje de la libertad: aprenderá también a practicarla.


Las montañas que tienen, a lo menos, el mérito de ser hermosas, forman parte del número de esos dioses que van perdiendo ya sus adoradores. Sus truenos y sus aludes no son ya para nosotros los rayos de Júpiter; sus nubes dejaron ya de ser los vestidos de Juno: ya subimos sin temor a los valles altos, residencia de los dioses o guarida de los genios. Las cumbres, formidables en otro tiempo, son hoy atractivo de millares de trepadores que han emprendido la tarea de que no quede peñón ni campo de hielo virgen de paso humano. En nuestras comarcas occidentales de Europa, casi todas las cúspides han sido conquistadas sucesivamente: las de Asia, África y América lo serán con el tiempo. Y que ha terminado casi la era de los grandes descubrimientos geográficos y se conoce la tierra en su conjunto, salvo en algunos trechos, numerosos viajeros, obligados a contentarse con gloria menor, se disputan la honra de ser los primeros en subir a montañas aún no visitadas. Hasta a Groenlandia han ida a buscar cimas desconocidas los aficionados a ascensiones.
Parece que muchos de esos que cada año, en el buen tiempo, intentaran trepar a alguna cima alta y de difícil acceso, suben impulsados por fútil vanidad. Buscan, según se dice, un medio penoso, pero seguro, de que los periódicos repitan su nombre; como si con una ascensión de esas hicieran algo útil a la humanidad. Llegados a la cumbre, redactan, con las manos entumecidas por el frío, un acta de su gloria, destapan ruidosamente botellas del espumoso vino, disparan pistoletazos como verdaderos conquistadores y tremolan banderas frenéticamente. Donde la cima de la montaña no está revestida de nieve, colocan en ella un montón de piedras, a fin de encontrarse a algunos centímetros más de altura. Se consideran reyes y señores del mundo, ya que la montaña toda es su pedestal para ellos y ven los reinos yaciendo a sus pies. Extienden la mano como para cogerlos. No de otro modo un poeta campesino, invitado por primera vez a visitar un real sitio, pidió permiso para sentarse un momento en el trono. Cuando lo logró, se apoderó de él el vértigo del mando, y viendo revolotear a una mosca cerca de él, exclamó: «¡Ah! ¡Como ahora soy rey, te aplasto!», y espachurró al pobre insecto contra el brazo del dorado sillón.
Sin embargo, el hombre modesto, el que no pregona su ascensión ni ambiciona la gloria efímera de haber subido a algún pico de difícil acceso, también experimenta una gran alegría cuando huella una elevada cumbre. Saussure no ha pasado tantos años con la mirada fija en la cúpula del Monte Blanco, ni ha intentado su ascensión tan repetidas veces con el único fin de ser útil a la ciencia. Cuando, después de Bahuat, llegó a la nieve hasta entonces inmaculada, no tuvo sólo el gusto de poder hacer observaciones nuevas: debió de entregarse también a la inocente dicha de haber conquistado por fin el rebelde monte. El cazador de animales y el de hombres también se alegran cuando, después de porfiada persecución por bosques y barrancos, ribazos y valles, se encuentran frente a su víctima y consiguen alcanzarla con sus balas. Ni fatigas ni riesgos les han hecho cejar, porque una esperanza los sostenía, y cuando descansan junto a la derribada presa, olvidan cuanto han padecido. Como el cazador, el trepador de las cimas disfruta de este júbilo de la conquista después del esfuerzo, pero además siente la dicha de no haber arriesgado más que su vida propia. Ha conservado puras las manos.

En las grandes ascensiones, el peligro es inminente muchas veces y a cada momento se expone uno a la muerte, pero siempre sigue adelante y se siente sostenido e impulsado por una gran alegría al considerar que se sabe evitar el peligro con la solidez de los músculos y la serenidad del ánimo. Hay que sostenerse muchas veces en una pendiente de nieve helada, en la cual un paso mal dado cuesta la caída al precipicio. Otras veces hay que arrastrarse por un ventisquero, agarrándose a una aspereza de la nieve, que si se rompe ocasiona el desplome en una sima, cuyo fondo no se ve. También hay que escalar paredes de rocas, cuyas salientes apenas tienen la anchura suficiente para apoyar en ellas el pie, y están cubiertas por una capa de escarcha que parece palpitar bajo el agua glacial que corre por encima. Pero tales son el valor y la tranquilidad del espíritu, que ni un músculo se permite un movimiento falso, y todos armonizan sus esfuerzos para evitar el peligro. Resbala un viajero sobre una roca de pizarra lisa y muy pendiente, cortada bruscamente por un precipicio de cien metros de altura. Baja con la rapidez vertiginosa por el plano inclinado, pero se extiende tan bien para ofrecer la mayor superficie al roce y tropezar con todas las ligeras asperezas de la peña, utiliza con tal habilidad los brazos y las piernas a manera de frenos, que se detiene en el borde del abismo. Precisamente corre por allí un arroyuelo antes de formar cascadas, y como el viajero tenía sed, bebe tranquilamente, con la cara en el agua, antes de pensar en levantarse para volver a emprender la marcha por rocas menos peligrosas.


El trepador tiene más amor a la montaña cuanto más expuesto ha estado a perecer, pero el sentimiento del peligro vencido no es la única alegría de la ascensión, especialmente para el hombre que, durante su vida, ha tenido que sostener rudos combates para cumplir con su deber. Aunque no quiera, ha de ver en el camino no recorrido, con difíciles pasos, nieves, grietas, obstáculos de todo género, una imagen del penoso camino de la virtud: esta comparación de las cosas materiales con el mundo moral se impone a su espíritu y le hace pensar: «A pesar de la Naturaleza, he alcanzado éxito próspero: la cumbre está bajo mis plantas: verdad es que he sufrido, pero vencí, y cumplí mi deber». Este sentimiento hace su fuerza en aquellos que han de llevar a cabo realmente la misión científica de escalar una cima peligrosa, ya para estudiar rocas y fósiles, ya para enlazar una red de triángulos y levantar el plano de una comarca. Estos tienen derecho a su propio aplauso después de haber conquistado la altura; si en su viaje les ocurre una desgracia, merecen el dictado de mártires. La humanidad agradecida debe recordar sus nombres, bastante más nobles que los de tantos supuestos grandes hombres.
Tarde o temprano las edades heroicas de la exploración de las montañas acabarán como las de la exploración de la llanura, y el recuerdo de los trepadores famosos se convertirá en leyenda. Unas tras otras habrán sido escaladas todas las montañas de las regiones populosas; se construirán senderos cómodos y después grandes carreteras desde la falda a la cúspide para facilitar la ascensión hasta a los hombres ociosos y estragados; se dispararán barrenos entre las grietas de los ventisqueros para enseñar a los papanatas la contextura del cristal; se establecerán ascensores mecánicos junto a las paredes de los montes inaccesibles en otro tiempo, y los que viajan por recreo se harán subir a lo largo de los vertiginosos muros fumándose un cigarro y hablando de cosas escandalosas.
¡Pero si ya se sube a las cumbres en ferrocarriles! Ahora han discurrido los inventores locomotoras de montaña para que podamos respirar el aire libre del cielo durante la hora de digestión que sigue a la comida. Los americanos, gente práctica hasta en la poesía, han inventado este nuevo sistema de ascensión. Para llegar pronto y sin cansancio al vértice de su más venerada montaña, a la cual han dado el nombre de Washington, héroe de la independencia, la han enlazado con la red de sus ferrocarriles. Rocas y pastos están rodeados de una espiral de rieles que suben y bajan alternativamente los trenes silbando y desarrollando sus anillos como gigantescas serpientes. Hay una estación en la cima y también fondas y kioscos de estilo chinesco. El viajero que va en busca de emociones encuentra allí bizcochos, licores y poesías a la salida del sol.

Lo que han hecho los americanos en el monte Washington, lo han imitado a escape los suizos en el Righi, en el centro del panorama grandioso de lagos y montañas. También lo han hecho en el Útli, lo harán en otros, llevando sus cumbres, como si dijéramos, al nivel de la llanura. La locomotora pasará de valle en valle y por encima de los picos, como pasa un barco subiendo y bajando encima de las olas del mar. Cuanto a las altas cúspides de los Andes y del Himalaya, sobradamente elevadas en la región del frío para que el hombre pueda subir a ellas directamente, ya vendrá día en que se las arregle para alcanzarlas. Ya le han llevado los globos a dos o tres kilómetros más de altura: otras naves aéreas irán a dejarle encima del Gaurisankar, sobre la «Gran diadema del cielo brillante».


En esa gran labor de arreglo de la Naturaleza no basta con hacer fácil la subida a los montes; en caso necesario se intenta suprimirlos. No contentos con hacer escalar a sus carreteras los montes más arduos, los ingenieros perforan las rocas que le estorban para que pasen sus vías de hierro de valle a valle. A pesar de cuantos obstáculos ha puesto a su camino la Naturaleza, el hombre pasa y hace una tierra nueva apropiada a sus necesidades. Cuando necesita un gran puerto para refugio de sus navíos, coge un promontorio de la orilla del mar y lo tira roca por roca al fondo del agua para convertirlo en rompeolas. ¿Por qué, si se le antojara, no había de coger montañas grandes para triturarlas y diseminar sus restos por el suelo de las llanuras?
Y el caso es que ya se ha emprendido ese trabajo. Cansados los mineros de California de que los arroyos les vayan trayendo la arena con partículas de oro, se les ha ocurrido atacar la misma montaña. En muchos sitios destrozan el duro peñón para sacarle el metal, pero el trabajo es difícil y costoso. La tarea es más fácil cuando han de habérselas con terrenos de transporte, como arena movible y guijarros. De modo que se han instalado enfrente de la montaña con enormes bombas para incendios, ahondando sin cesar las escarpas con continuo chorro de agua y demoliendo así poco a poco la montaña para extraerle todas las moléculas de oro. También en Francia ha brotado la idea de desmoronar de la misma manera una parte del inmenso hacinamiento de aluviones antiguos acumulados en mesetas delante de los Pirineos: por medio de canales, todos esos residuos, transformados en limo fertilizador, servirían para elevar y fecundar las secas llanuras de las Landas.
Esos progresos son ciertamente considerables. Ya pasaron los tiempos en que los únicos caminos de la montaña eran rodadas tan estrechas que dos peatones que fueran en sentido contrario no podían dejarse paso, y tenía que pasar uno por encima del otro tumbado en el sendero. Todos los puntos de la tierra van siendo accesibles, hasta para los inválidos y los enfermos: al mismo tiempo, todos los recursos van siendo utilizables y la vida del hombre se prolonga con todas las horas robadas al período de esfuerzos, mientras su haber se acrecienta con todos los tesoros arrancados a la tierra. Como todas las cosas humanas, traerán consigo esos progresos los correspondientes abusos, y alguna vez habrá quien esté a punto de maldecirlos, como ya se han lanzado maldiciones en otro tiempo contra la palabra, la escritura, el libro y hasta el pensamiento. Digan lo que quieran los aficionados al tiempo viejo, la vida, que es tan dura para la mayor parte de los hombres, se irá haciendo cada vez más fácil. Velemos para que una educación fuerte arme al joven con enérgica voluntad y le haga siempre capaz de heroico esfuerzo, único medio de sostener el vigor moral y material de la humanidad. Sustituyamos con pruebas metódicas el rudo combate de la existencia con el cual tenemos que comprar hoy la fuerza de ánimo. Antes, cuando la vida era una incesante batalla del hombre contra el hombre y contra la fiera, al adolescente se le miraba como a un niño mientras no llevará algún trofeo sangriento a la choza paterna. Tenía que probar la fuerza de su brazo, la solidez de su valor antes de atreverse a tomar la palabra en el consejo de los guerreros. En los países donde el peligro, más que en combatir al enemigo, consistía en tener que sufrir hambre, frío e intemperie, el candidato al título de hombre era abandonado en el bosque sin alimento, sin vestidos, expuesto al cierzo y a las picaduras de los insectos; tenía que permanecer allí, inmóvil, altivo y plácido el rostro, y después de varios días de espera había de tener aún bastantes fuerzas para dejarse atormentar sin quejarse y asistir a una abundante comida sin adelantar la mano para coger su parte. Hoy no se imponen ya a nuestros jóvenes tan bárbaras pruebas, pero hay que saber hacer elevadas y firmes las almas de los niños, no sólo contra las desgracias posibles, sino también, y más aún, contra las facilidades de la vida, si queremos evitar la decadencia y el embrutecimiento. Trabajemos para hacer dichosa a la humanidad, pero enseñémosle al mismo tiempo a triunfar de su propia dicha con la virtud.
En esta capital labor de la educación de los hijos, y por consiguiente de la humanidad futura, la montaña tiene que representar un papel importante. La verdadera escuela debe ser la Naturaleza libre con sus hermosos paisajes para contemplarlos, con sus leyes para estudiarlas, pero también con sus obstáculos para vencerlos. No se educan hombres animosos y puros en salas estrechas con ventanas enrejadas. Déseles, al contrario, la alegría de bañarse en los lagos y en los torrentes de la montaña, hágaseles pasear por los ventisqueros y los campos de nieve, lléveselos a escalar las elevadas cumbres. No sólo aprenderán fácilmente lo que les podría enseñar ningún libro, no sólo recordarán todo lo que hayan aprendido en aquellos días felices en que la voz del profesor se confundía para ellos en una misma impresión, con la vista de paisajes encantadores, sino que también se habrán encontrado frente al peligro y lo habrán arrostrado alegremente. El estudio será un placer para ellos y su carácter se formará en la alegría. No puede dudarse de que estamos en vísperas de llevar a cabo los cambios más importantes en el aspecto de la Naturaleza, así como en la vida de la humanidad: ese mundo exterior, que tan poderosamente hemos modificado ya en su forma, lo transformaremos para nuestro uso más enérgicamente aún. Según van creciendo nuestro saber y nuestro poder material, la voluntad humana se manifiesta más imperiosa frente a la Naturaleza. Actualmente, casi todos los pueblos que se llaman civilizados emplean todavía la mayor parte de su sobrante anual en preparar los medios de matarse mutuamente y de asolar los territorios ajenos, pero cuando, con mejor consejo, lo apliquen a aumentar la fuerza productiva del suelo, a utilizar en comunidad todas las fuerzas de la tierra, a suprimir todos los obstáculos naturales que se oponen a la libertad de nuestros movimientos, cambiará ante la vista la apariencia del planeta que en su torbellino nos eleva. Cada pueblo dará, digámosle así, nueva vestidura a la naturaleza que le rodee. Con campos y caminos, moradas y construcciones de todo género, por la agrupación impuesta a los árboles, por el ordenamiento general de los paisajes, la población dará la medida de su ideal propio. Si posee en realidad el sentimiento de la belleza, hará a la Naturaleza más hermosa; pero si la gran masa de la humanidad tuviera que seguir como es hoy, grosera, egoísta y falsa, continuará grabando tristes huellas en la tierra. Entonces será una verdad el grito del poeta: «¿Y dónde huiré? ¡La Naturaleza se afea!».
Sea como fuera la humanidad en lo porvenir, cualquiera que deba ser el aspecto del medio que ha de crearse, la soledad, en lo que queda de la naturaleza libre, se hará cada vez más necesaria al hombre que, lejos de conflicto de deseos y de opiniones, quiera fortalecer su pensamiento. Si los sitios más hermosos de la tierra llegaran a convertirse un día en punto de reunión de los ociosos, a aquellos que gustan de vivir en la intimidad con los elementos no les quedaría otro recurso que huir en una barca a alta mar o esperar el día en que puedan cernirse como el ave en las profundidades del espacio, pero siempre echarían de menos los frescos valles de las montañas, los torrentes que brotan de la inmaculada nieve, las blancas o sonrosadas pirámides que se yerguen en lo azul del cielo. Afortunadamente, la montaña es siempre el retiro más benigno para quien huye de los caminos abiertos por la moda. Durante mucho tiempo podremos apartarnos del mundo frívolo y reconcentrarnos en la verdad de nuestro pensamiento, alejados de esa corriente de opiniones vulgares y ficticias que turban y descaminan hasta a los espíritus más sinceros.
¡Qué asombro, qué insólita impresión sentí en todo mi ser cuando, transpuesto el umbral del último desfiladero de la montaña, me volví a ver en la gran llanura de indistintas y fugitivas lontananzas, de ilimitado espacio! Ante mí estaba el mundo inmenso. Podía yo ir hacia el punto del horizonte al cual me impulsara el capricho, y sin embargo, por más que andaba, me parecía que no cambiaba de sitio; de tal modo había perdido la naturaleza que me rodeaba su encanto y su variedad. Ya no oía el torrente, ya no veía rocas ni nieves; la monótona campiña era la misma de siempre. Libres eran mis pasos, y me sentía, no obstante, más prisionero que en la montaña. Cualquier árbol, cualquier arbusto bastaban a ocultarme el horizonte: todos los caminos estaban cerrados en ambas partes por setos o vallas.
Al alejarme de los amados montes, que parecían huir lejos de mí, miraba a veces hacia atrás para contemplar sus curvas empequeñecidas. Se confundían poco a poco las pendientes en una misma masa azulada; dejaban de verse las anchas cortaduras de los valles; se perdían las cimas secundarias; únicamente se dibujaba en el fondo luminoso el perfil de las altas cúspides. Por fin, la bruma de polvo y de impurezas que se eleva desde las llanuras me ocultó las pendientes bajas: quedaba tan sólo una especie de decoración cimentada en nubes, y apenas podía encontrar mi mirada alguna de las cumbres pisadas en otro tiempo. Después los vapores cubrieron todos los contornos; me rodeó por todas partes llanura de invisibles límites. Desde entonces quedaba detrás de mí la montaña y volvía yo al gran tumulto de los humanos. Pero a lo menos he podido conservar en la memoria la suave impresión de lo pasado. Veo surgir nuevamente ante mis ojos el amado perfil de los montes, vuelvo a entrar con el pensamiento en las umbrosas cañadas, y durante algunos instantes puedo disfrutar apaciblemente de la intimidad con la roca, el insecto y el tallo de hierba.

* Digitalización KCL. Traducción de A. López Rodrigo.





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