La Montaña Eliseo Reclús



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CAPÍTULO XIX


LA ADORACIÓN DE LAS MONTAÑAS

La adoración de las montañas existe todavía entre nosotros más viva de lo que se le cree. Muchas veces un aldeano, al descubrirse la cabeza, me ha enseñado el sol con el dedo y me ha dicho solemnemente: «Aquel es nuestro Dios». Y yo también (casi no me atrevo a decirlo), más de una vez, al contemplar las augustas cimas que dominan valles y llanuras, me he sentido dispuesto a calificarlas cándidamente de divinas.


Iba yo un día pacíficamente por un pendiente desfiladero, obstruido por piedras sueltas. Encallejonándose allí el viento y me daba de cara, trayéndome con cada soplo una niebla de lluvia y nieve medio derretidas. Ceniciento velo ocultaba las rocas y sólo podía yo divisar a trechos vagas masas negras y amenazadoras que, según lo espeso de la bruma, se acercaban y alejaban alternativamente. Me hallaba transido de frío, entristecidos, malhumorado. De pronto me hizo levantarme la vista una claridad reflejada por innumerables gotas. Se había desgarrado la nube de agua y nieve encima de mí cabeza. El cielo azul se me aparecía radiante y allá arriba resaltaba la serena cumbre de la montaña. Las nieves, bordadas por las aristas de las rocas como con delicados arabescos, brillaban con argentino resplandor y el sol las orlaba con un ribete de oro. Puros eran los contornos de la cima y limpios como los de una estatua se dibujaban luminosos en la sombra, pero la soberbia pirámide parecía hallarse completamente separada de la tierra. Tranquila y fuerte, inmutable en su reposo, parecía flotar en el cielo. Pertenecía a otro mundo, y no a este planeta envuelto en nubes y brumas como en sórdidos trapajos. En aquella aparición, creí yo ver algo más que la morada de la dicha, algo más que el Olimpo, mansión de los inmortales.
Pero una nube maliciosa cerró de nuevo la salida por donde había yo visto la montaña. Me halle de nuevo entre viento, nieve y lluvia y me consolé con decir: «¡Un dios se me ha aparecido!»
En el origen de los tiempos históricos, todos los pueblos, niños sencillos de mil cabezas, miraban así hacia las montañas; veían en ellas las divinidades, o á lo menos sus tronos apareciendo y ocultándose alternativamente bajo el cambiante velo de los celajes. En aquellas montañas veían casi todos el origen de su raza; allí juzgaban que residían sus tradiciones y sus leyendas; allí esperaban la futura realización de sus ambiciones y de sus sueños; de allí suponían que había de bajar el salvador, el ángel de la gloria o de la libertad. Tan importante era el papel de las altas cumbres en la vida de las naciones, que se podría relatar la historia de la humanidad por el culto de los montes. Son éstos como grandes hitos en etapas colocados de distancia en distancia en el camino de los pueblos.
En los valles de las grandes montañas del Asia central dicen los sabios que fue donde aquellos antepasados nuestros, a quienes debemos los idiomas europeos, llegaron a constituirse por vez primera en tribus cultas, y en la base meridional de las montañas más altas del mundo en donde viven los indios, aquellos arios a quienes su antigua civilización concede una especie de derecho de primogenitura. Sus cantos de otros tiempos nos dicen con qué sentimiento de adoración celebraban las «ochenta y cuatro mil montañas de oro», que ven alzarse bañadas en luz por encima de bosques y llanuras. Para muchos de ellos, los enormes montes del Himalaya, de nevada cumbre, de grandes ríos de hielo, son los mismos dioses en el pleno goce de sus fuerzas y de su majestad. El Gaurisankar, cuyo vértice perfora el cielo, y el Chamalari, menos alto, pero más colosal en apariencia por su aislamiento, son doblemente adorados, como la Gran Diosa unida al Gran Dios. Aquellos hielos son el lecho de cristal y de diamante; aquellas nubes de oro y púrpura son el velo sagrado que los rodea. Allá en lo alto está el dios Siva, que destruye y crea: allí también la diosa Chama, la Gauri, que concibe y pare. De ella desciende los ríos, las plantas, los animales y los hombres.
En aquella prodigiosa selva de las epopeyas y tradiciones indostánicas, han germinado otras leyendas relativas a las montañas del Himalaya, y todas nos las demuestran viviendo con vida sublime, ya como diosas, ya como madres de continentes y pueblos. Tal es la poética leyenda que nos describe a la tierra como una gran flor de loto, cuyos pétalos son las penínsulas extendidas sobre el Océano, y cuyos estambres y pistilos son las montañas de Meru, generatrices de toda vida. Los ventisqueros, los torrentes y los ríos que bajan de las alturas para llevar a las tierras los benéficos aluviones, son también seres animados, dioses y diosas secundarios que ponen a los humildes mortales de las llanuras en relación indirecta con las divinidades supremas que reinan por encima de las nubes en el espacio luminoso.
No sólo el monte Meru, punto culminante del planeta, sino también todas las cordilleras, todas las cimas de la India, eran adoradas por los pueblos que viven en sus pendientes y en su falda. Montañas de Vindyah, de Satpura, de Aravalli, de Nilagherry, todas tenían sus adoradores. En las tierras bajas, donde los fieles no tenían montañas que contemplar, construían templos que por sus calles de caprichosas pirámides, enormes pedazos de granito, representaban las veneradas cimas del monte Meru. Quizá fue un análogo sentimiento de adoración a las grandes cumbres el que impulsó a los antiguos egipcios a edificar las pirámides, montañas artificiales que se levantan dominando la llana superficie de arena y légamo.
La isla de Ceilán, Lanka «la resplandeciente», bienaventurado país al cual, según la leyenda oriental, fueron enviados los primeros hombres por la misericordia divina después de ser expulsados del Paraíso, también alza hacia el firmamento montañas sagradas. Tal es, además de otras, la cima aislada en medio de las llanuras, la ciudad santa de Anaradjapura. Es el Mihintala. En aquella roca se detuvo, hace veintidós siglos, el vuelo de Mahindo, el convertidor indio que se había lanzado desde las llanuras del Ganges para atraer a los naturales a la región de Buda. Hoy se ha edificado un templo en la cima donde puso el pie el santo. Alta y enorme es la pagoda, y sin embargo, tal es la solicitud de los peregrinos, que muchas veces lo han cubierto, desde el suelo al remate, con un tapiz de jazmines. Un carbunclo, color de fuego, brillaba en lo más alto del monumento, reflejando a lo lejos los rayos del sol, y hubo un rajá que mandó extender desde la cima de la montaña hasta las llanuras una alfombra de doce kilómetros de longitud para que no manchara los pies de los fieles una tierra tan impura, procedente de un suelo profano.
Y no obstante, este monte sagrado de Mihintala, no es tan glorioso como el pico de Adán, que ven los marinos en medio de las olas cuando se acercan a la isla de Ceilán. La huella de un pie gigantesco que pertenece, según dicen, a un hombre de diez metros de altura, está impresa en la roca, en la punta que remata la cumbre. Esa huella, según mahometanos y judíos, es la de Adán, el primer hombre que subió al pico para contemplar la inmensa tierra, los vastos bosques, los montes y las llanuras, las orillas y el Océano con sus islas y sus escollos. Según los de Ceilán y los indios, no es un hombre, sino un dios, el que dejó ese rastro de su paso. Según los bracmanes, ese dios dominador era Siva; según los budistas, era Buda; según los gnósticos de los primeros siglos cristianos, era Jehová. Cuando los portugueses desembarcaron en la isla de Ceilán y la conquistaron, degradaron (digámoslo así) la montaña, que según su manera de pensar, no podía compararse con la de Tierra Santa: consideran que la señal misteriosa es la huella del pie de Santo Tomás o de un antiguo misterioso, apóstol secundario, el eunuco de Caudaces. Menos respetuoso aún, un armenio, Moisés de Chorene, entusiasta por su noble montaña del Ararat, ve en la cima del pico de Adán la huella de Satanás, el eterno enemigo. Finalmente, los viajeros ingleses, que, más numerosos cada día, suben todos los años a la montaña santa, creen que la «divina huella» no es más que un agujero vulgar, groseramente redondeado. Verdad es que semejantes extranjeros son mirados con desprecio por los convencidos peregrinos que van a prosternarse a la cima, a besar devotamente la huella y a demostrar sus ofrendas en casa del sacerdote. Todo les parece testimonio de la autenticidad del milagro. A algunos metros por bajo la cima brota un manantial: el báculo del dios le hizo surgir del suelo. Muchos árboles crecen en las pendientes, y estos árboles (así se les antoja a los fieles) inclinan su ramaje hacia la cumbre para vegetar y crecer adorándola. Las rocas del monte están sembradas de piedras preciosas: son las lágrimas que brotaron de los ojos del dios al ver los padecimientos y los crímenes se los hombres. ¿Cómo no han de creer en el prodigio, viendo todas esas riquezas que han dado origen a los fabulosos relatos de Las mil y una noches? Los arroyos que corren por las montañas no arrastran, como nuestros torrentes, despreciables guijarros y arena: llevan consigo polvo de rubíes, granates y zafiros,: el bañista que nada entre sus ondas puede revolcarse, como las sirenas, en un lecho de piedras preciosas.
Las razas del extremo Oriente, cuya civilización ha seguido marcha distinta a la de los pueblos de la raza aria, también han adorado montañas. Lo mismo en la China y el Japón que en la India, las altas cimas sostienen templos consagrados a los dioses, o se las considera como a genios tutelares o vengativos. Los pueblos procuran que su historia de esas montañas divinas por sus tradiciones y leyendas.
Las montañas históricas más antiguas son las de la China, porque el imperio del Medio es uno de los primeros pueblos que han llegado a la conciencia de sí mismos, el primero que ha escrito su propia historia de un modo continuo. Cinco son sus montes sagrados, que se elevan todos en comarcas célebres por su agricultura, su industria, las muchedumbres que se agitan en su falda o los acontecimientos que han ocurrido en sus cercanías. La montaña más santa, la de Tai-Chan, domina todas las demás cimas de la rica península de Chan-Tung, entre los dos golfos del Mar Amarillo. Desde la cumbre, a la cual se llega por un camino empedrado y peldaños abiertos en la roca, se divisan, extendidas a los pies del observador, las ricas llanuras que atraviesa el Hoang-Ho, corriendo ora hacia uno, ora hacia otro golfo, apagando con su agua la sed de multitudes de hombres, más numerosas que las espigas en el campo.
El emperador Chung trepó a esa cima hace cuatrocientos treinta años, según los recuerdan los anales clásicos del país. Confucio también quiso subir, pero la pendiente es muy áspera; el filósofo no pudo con ella, y todavía se enseña el sitio en que emprendió la bajada a la llanura. Todos los dioses grandes y los genios principiantes tienen templos y oratorios en la santa montaña, así como las Nubes, el Cielo, la Osa Mayor y la Estrella Polar. Los diez mil genios detienen el vuelo allí para contemplar la tierra y las ciudades de los hombres. «El viento del Tai-Chan es igual al del cielo. Es el dominador del mundo. Recoge las nubes y nos envía las lluvias. Decide los nacimientos y las defunciones, el infortunio, la desventura, la gloria y la vergüenza. De los picos que se elevan al cielo, es el más digno de ser visitado». Por eso los peregrinos acuden numerosísimos allá para implorar todas las gracias, y el sendero está sembrado de cavernas donde yacen mendigos de asquerosas llagas que horrorizan al transeúnte.
Con más razón que los chinos, porque sus montañas volcánicas son de una perfecta belleza de forma, los japoneses miran con adoración las cumbres nevadas. No hay ídolo en el mundo que pueda compararse a su magnífico Furiyama, a la «montaña sin par» que se yergue casi aislada en medio del campo, cubierta abajo de selvas, vestida de nieves arriba. Humeaba en otro tiempo el volcán y arrojaba lavas y fuego; reposa ahora, pero tiene en aquel archipiélago numerosas montañas hermanas que vierten todavía ríos de fuego en la estremecida tierra. Entre esos montes hay uno, el más terrible, al cual se creyó aplacar arrojándole como ofrenda millares de cristianos. Así fue como en el Nuevo Mundo se dice también que se quiso calmar al Monotombo, lanzando en él a los sacerdotes que no se habían atrevido a predicar contra él, diciendo que no era tal Dios, sino boca del infierno. Por otra parte, los volcanes no suelen esperar que les arrojen víctimas: ya saben ellos encontrarlas cuando hienden la tierra, vomitan lagos de lodo, cubren con cenizas provincias enteras y hacen perecer de una vez a toda la población de un país. Bastante es eso para que los adore todo aquel que se incline ante la fuerza. El volcán devora; luego es Dios.
Así se ha apoderado del hombre la religión de las montañas (como todas las demás), por los diversos sentimientos de su ser. Al pie de la montaña que vomita lava, el terror le ha prosternado con la cara hundida en el polvo: en los campos sedientos, el deseo es quien le ha hecho mirar suplicante a la nieve, madre de los arroyos: el agradecimiento le ha dado adoradores en aquellos que encontraron seguro refugio en el valle o en el escarpado promontorio: finalmente, la admiración ha debido dominar a los hombres a medida que se desarrollaba en ellos el sentimiento de lo bello y hasta cuando estaba adormecido, en estado de instinto. Y ¿cuál es la montaña que no tiene a un tiempo hermosos aspectos y seguros asilos y que no es terrible o benéfica, y muchas veces ambas cosas juntamente? Los pueblos, andando por el mundo, podían relacionar fácilmente todas sus tradiciones a la montaña que dominaba su horizonte y darle culto. En cada estación de su largo viaje se edificaba un nuevo templo. En otro tiempo, las tribus errantes en las mesetas de Persia veían surgir siempre al anochecer una montaña entre las polvorientas llanuras: era el monte Telesmo, el divino «Talismán», que seguía a sus adoradores en sus peregrinaciones por el mundo. Y cuando, después de una larga emigración, la montaña columbrada a lo lejos no era engañador espejismo, sino verdadera cumbre con nieves y rocas, ¿quién habría podido dudar del viaje hecho por el dios para acompañar a su pueblo?
Así es como la montaña cuya punta acogió a los refugiados del diluvio, no ha cesado de andar por los continentes. Una versión samaritana del Pentateuco sostiene que el arca de Noé se detuvo en el pico de Adán: las otras versiones afirman que el verdadero pico fue el Ararat; pero ¿qué Ararat es ese? ¿Es el de Armenia u otra cualquiera montaña en la cual hayan sido encontrados por pastores algunos despojados del sagrado barco? Por todas partes reclaman los pueblos orientales ese honor para la montaña protectora cuyas aguas riegan sus propios campos. Aquel es el monte desde el cual volvió a bajar la vida a la tierra, siguiendo el camino de las nieves y el curso de los arroyos. No han faltado pruebas, por supuesto, para establecer la veracidad de todas esas tradiciones. Se han encontrado montones de pradera petrificada bajo los hielos y en las mismas rocas se encontraron huellas enmohecidas de aquellos «anillos del diluvio» que, según nuestros modernos sabios, son ammonitas fósiles. Por eso más de cien montañas de Persia, de Siria, de Arabia, del Asia Menor se han indicado como desembarco del patriarca segundo padre de los hombres. También Grecia hablaba de su Parnaso, cuyas piedras, lanzadas al limo del diluvio, se convertían en hombres. Hasta en Francia hay montañas donde se paró el arca; una de esas cumbres divinas es Chamechaude, cerca de la gran Cartuja de Grenoble: otra es Puy de Prógne, dominador de las fuentes del Aude.
El mito es, pues, constante; de las altas cimas es donde han bajado los hombres. Desde esas fragosidades, trono de la Divinidad, ha salido la gran voz que dictó sus deberes a los mortales. El Dios de los judíos residía entonces en la cumbre del Sinaí, entre nubes y relámpagos, y hablaba con la voz del rayo al pueblo reunido en la llanura. Lo mismo Baal, Moloch y todos los dioses sanguinarios de aquellos pueblos del Oriente se aparecían a sus fieles en la cúspide de los montes. En la Arabia Pétrea, en los países de Edom y de Moab no hay una altura, una colina ni una roca que no sostenga su tosca pirámide de piedra, sobre cuyo altar derramaban sangre los sacerdotes para tener propicio al dios. En Babel faltaba la montaña, y se le sustituyó con aquel famoso templo que debía llegar al cielo. El poeta ha reconstruido aquel gigantesco edificio, no tal como fue, sino tal como lo imaginaban los pueblos.
La más alta montaña, era un sillar para aquella granítica muralla.
Con su envidioso odio a los cultos extranjeros, los profetas judíos maldijeron más de una vez los «altos lugares» en que los pueblos vecinos colocaban a sus ídolos, pero no procedían ellos de otra manera, y miraban a las montañas para evocar a los ángeles que los socorrían: sobre una montaña se elevaba su templo: también conversaba Elías con Dios sobre una montaña. Y cuando el Galileo se transfiguró y se cernió en la luz increada con los profetas Moisés y Elías, desde el monte Tabor se elevó. Cuando murió entre los ladrones, en la cima de una montaña le habían crucificado, y cuando vuelva, según la profecía, rodeado de santos y de ángeles, y asista al castigo de sus enemigos, también lo hará en una montaña, pero al tocarla con la planta la romperá. Otra montaña, otra cima ideal que sostenga una ciudad de oro y allí vivirán siempre los elegidos, cerniéndose en los aires alrededor de las cumbres alegres, muy por encima de esta tierra de cuidados y de desdichas.

CAPÍTULO XX


EL OLIMPO Y LOS DIOSES

Así como la gloria de la imperceptible Grecia sobrepuja en brillo a la de todos los imperios de Oriente, así el Olimpo, la más alta y bella de las montañas sagradas de los helenos, ha llegado a ser en la imaginación de los pueblos el monte por excelencia: ninguna cima, ni la del Meru, ni las del Elburs, el Ararat o el Líbano, despierta en el espíritu humano tantos recuerdos de grandeza y de majestad. Pocas ha habido, por supuesto, tan admirablemente situadas para atraer la mirada y servir de señal a las razas que recorrían el mundo. Colocado en el ángulo del mar Egeo y dominando todas las cúspides cercanas desde la mitad de su altura, veían los marinos el Olimpo desde enormes distancias. Desde las llanuras de Macedonia, desde los ricos valles de Tesalia, desde los montes Othrys, Pindo, Bermío o Athos, se ve en el horizonte su triple cúpula y sus pendientes «de mil rugosidades», de las cuales habla Homero. La fertilidad de los campos extendidos en su falda llamaba a sí desde todas partes a las muchedumbres, que allí iban a encontrarse, ya para mezclarse, ya para matarse unas a otras. Finalmente, el Olimpo domina los desfiladeros que forzosamente habían de seguir las tribus o los ejércitos en marcha, de Asia a Europa o de Grecia a los países bárbaros del Norte. Se alza como hito militar en la carretera que seguían entonces las naciones.


Muchas otras montañas del mundo helénico debían a sus nieves resplandecientes el nombre de Olimpo o luminosa, pero ninguna lo merecía tanto como la de Tesalia, cuya cumbre servía de trono a los dioses.
Y es que el mismo pueblo heleno había pasado su infancia nacional en el valle y las llanuras, tendido a la sombra de la gran montaña. De Tesalia procedían los helenos del Atica y del Peloponeso: allí habían combatido con los monstruos sus primeros héroes y allí sus primeros poetas, guiados por la voz de las musas Piérides, habían compuesto himnos y cánticos de victoria y de júbilo. Inundando pueblos en lejanas comarcas, recordaban las tribus griegas la divina montaña que en sus cañadas les había dado vida y alimento.
Casi todos los grandes acontecimientos de la historia mítica se habían verificado en aquella parte de Grecia, y entre ellos, el más importante, el que decidió del mando en cielo y tierra. El Olimpo era la ciudadela elegida por los nuevos dioses, y en derredor habían acampado las divinidades antiguas, los titanes monstruosos hijos del Caos. De pie en los montes Othrys, que se desenvuelven al Sur en vasto semicírculo, los gigantes agarraban enormes rocas, montañas enteras y arrojaban contra el Olimpo medio desarraigado. Para erguirse más arriba, hacinaron los viejos titanes monte sobre monte para que les sirvieran de pedestal, pero la gran cumbre nevada los dominaba siempre y los rodeaba con nubes sombrías, de donde brotan los rayos. Los gigantes alimentados con las propias fuerzas de la tierra, llevaban en la voz los rugidos del huracán y en los brazos el vigor de la tormenta: con sus cien manos lanzaban al azar el pedrisco de rocas, pero luchaban con el ciego furor de los elementos contra los dioses jóvenes e inteligentes. Sucumbieron, y bajo los escombros del monte quedaron aplastados con ellos pueblos enteros. No de otro modo los caprichos de los reyes han sido causa de la destrucción de naciones, como por equivocación.
Habían cesado hacía tiempo los prodigiosos combates del Olimpo, cuando los pueblos jonios y dorios tuvieron poetas para cantar sus propias hazañas y más tarde historiadores para relatarlas. Entonces Zeus, padre de dioses y de hombres, residía en paz en la montaña sagrada: a un lado estaba Heza, la diosa mujer siempre y siempre virgen. En torno estaban los otros inmortales de rostro eternamente alegre y bello. Luminoso éter bañaba la cumbre del Olimpo y jugueteaba en la cabellera de los dioses: nunca perturbó la tormenta el descanso de aquellos dichosos seres, ni lluvia, ni nieve caía sobre la espléndida cúspide. Las nubes amontonadas por Zeus se enrollaban a sus pies, alrededor de los peñascos que formaban el soberbio cimiento de su trono. A través de los intersticios de aquel veo que abrían y cerraban las Horas a gusto del Sueño, contemplaba éste el mar, la tierra, las ciudades y los pueblos. Sobre la cabeza de aquellos hombres que se agitaban, suspendía el inflexible Destino, decidía la vida o la muerte, distribuía a su antojo benéfica lluvia o rayo vengador. Ninguna lamentación de abajo turbaba a los dioses en su quietud eterna. El néctar era siempre delicioso, la ambrosia exquisita. Saboreaban el olor de las hecatombes, oían como una música el concierto de las voces suplicantes. Debajo de ellos se extendía como espectáculo infinito el cuadro de las luchas y de la miseria humanas: veían chocar las armas, sumergirse las armadas, convertirse en fuego y humo las ciudades, extenuarse de fatiga a los infelices labradores, mirmidones casi invisibles para alcanzar cosechas que había de robarles un poderoso: hasta bajo el techo de las casas, veían llorar a las mujeres y gemir a los niños. A lo lejos, su enemigo Prometeo se lamentaba, aherrojado en una peña del Cáucaso. Tales eran las aventuras de los dioses. ¿Hubo algún heleno, pastor, sacerdote o rey, que se atreviera a trepar por las pendientes del Olimpo, que dominan los altos pastos de las cañadas y las lomas? ¿Se atrevió alguien a poner el pie sobre la cumbre para encontrarse de pronto en presencia de los dioses terribles? Refieren los escritores antiguos que hubo filósofos que no temieron escalar el Etna, con ser mucha más elevado que el Olimpo, pero no mencionan a ningún mortal que tuviera la audacia de subir a la montaña divina, ni siquiera en la época científica, cuando la filosofía enseñaba que Zeus y los otros inmortales eran meras concepciones del espíritu humano.
Más tarde, otras religiones de pueblos diversos que viven en las llanuras cercanas se apoderaron de la montaña santa y la consagraron a nuevas divinidades. En vez de Zeus, adoraron los cristianos griegos en ella a la Santísima Trinidad: en sus tres principales cúspides miran todavía los tres grandes tronos del cielo. Uno de sus más elevados promontorios, que sostenía tal vez en otro tiempo el templo de Apolo, lo domina ahora su monasterio de San Elías: una de sus cañadas, que recorrían las bacantes cantando Evohé en honor de Dionysos o Baco, la habitan los monjes de San Dionisio. Sucedieron sacerdotes a sacerdotes, y el respeto supersticioso de los modernos a la adoración de los antiguos, pero quizá la cumbre más alta permanece aún hoy virgen de huella humana. La suave luz que resplandece en sus rocas y en sus nieves no ha iluminado aún a nadie desde que se fueron los dioses griegos.
Hace pocos años, todavía habría sido difícil al europeo llegar hasta el vértice de la montaña, porque los Kleptos helenos, de infalible puntería, ocupaban todos los desfiladeros: allí se había fortificado como en una ciudadela enorme, y desde allí, renovado la lucha de los dioses contra los titanes, emprendían expediciones contra los turcos del monte Orsa. Orgullosos de su valor, se crían invencibles como la montaña que los albergaba: personificaban el propio Olimpo. «Soy -decía uno de sus cantos-, soy el olimpo, ilustre en todas las épocas y celebre en todas las naciones: cuarenta y dos picos coronan mi cabeza y setenta y dos fuentes corren por mis hondonadas, y en mi cima más alta se posa un águila que lleva en sus garras la cabeza de un héroe denodado.» Aquella águila era, sin duda, la del antiguo Zeus: todavía se alimenta hoy con la carne del hombre muerto por su semejante.
La imaginación popular corre libremente cuando se trata de los dioses que ha creado. Durante el curso de los siglo, varía sus nombres, sus atributos y su poder, según las alternativas de la historia, los cambios del lenguaje, las variantes individuales o nacionales de la tradición; al fin y al cabo les de muerte como les dio vida, y los sustituye con nuevas divinidades. Poco le cuesta, por lo tanto, hacerlos viajar de monte en monte. Así es que cada cima tenía su dios y hasta su pléyade de reses celestiales. Zeus vivía en el monte Ida, así como en el olimpo de Grecia, en los de Creta y Chipre y en las rocas de Egina. Apolo tenía su morada en el Parnaso y en el Helicón, en el Cileno y en el Taigeto, en todos los montes diseminados que se elevan fuera del mar Egeo. Las cimas que iban a dorar los rayos de la aurora, cuando las llanuras inferiores estaban todavía oscuras, tenían que estar consagradas al dios del Sol. Así, casi todas las cúspides aisladas de la Hélada llevan hoy el nombre de Elías. El profeta judío ha llegado a ser, en virtud de su nombre y por un sagrado juego de palabras, el heredero de Helios, hijo de Júpiter.
«Ved ese trono, centro de la tierra», dice Esquilo hablando de los Delfos. En muchos otros sitios según la fantasía del poeta o la imaginación popular, se erguía la columna central. Píndaro la veía en el Etna: los marineros del archipiélago la ponían en el monte Athos, el gran hito que se veía siempre por encima del agua, ya dejando las orillas de Asia, ya navegando por los mares de Europa. Se decía que aquella montaña era tan alta, que el sol se ponía en su pico tres horas más tarde que en las llanuras de su falda, y que desde su altura se alcanzaba los mismos límites de la tierra. Cuando la Hélada, antes libre, fue esclavizada por el macedonio, cuando fue la propiedad de un dueño, hubo un adulador bastante vil, un hombre bastante rastrero para rogar a Alejandro (el cual se había proclamado dios) que empleara un ejército en trasformar el monte Athos en una estatua del nuevo hijo de Zeus, «más poderoso que su padre». La imposible obra habría podido tentar a un dios hecho de pronto, loco de orgullo, pero éste no se atrevió a emprenderla. Los marinos que navegaban al pie de la gran montaña continuaron viendo en ellas a un antiguo dios, hasta el día que empezó otro ciclo de la historia con nuevo culto y nuevas divinidades. Se refirió entonces que el monte Athos era precisamente aquella montaña a la cual transportó el diablo a Jesús el Galileo para mostrarle todos los reinos de la tierra extendidos a sus pies: Europa, Asia y las islas del mar. Todavía lo creen los habitantes del monte, y es muy posible, en efecto, encontrar una cima en que la vista domine panorama, si no tan vasto, a los menos tan bello y tan variado.
Fuera del mundo helénico, en que la imaginación popular era tan poética y tan fecunda, verán también los pueblos en sus montañas tronos de los dueños del cielo y de la tierra. No sólo las grandes cumbres de los Alpes eran adoradas como mansión de los dioses y por sí mismas, sino que, hasta en las llanuras del Norte de Alemania y de Dinamarca, colinitas que elevan sus lomas por encima de los páramos uniformes eran Olimpos no menos venerados que lo era el de Tesalia para los griegos. Hasta en la fría Islandia, tierra de brumas y de hielos eternos, los adoradores de los soberanos celestes se volvían hacia las montañas del interior, creyendo ver en ellas la residencia de sus dioses- Indudablemente, si hubieran podido trepar hasta la cima de las cuestas surcadas de sus volcanes, si hubiesen contemplado el horror de sus cráteres, donde luchan incesantemente lavas y nieves, no habrían pensado en hacer de aquellos lugares terribles el encantador alcázar de sus felices divinidades. Pero no veían las montañas más que de lejos: divisaban sus blancas cimas a través de desgarradas nubes y se las figuraban tanto más bellas cuanto más salvajes y más difíciles de recorrer eran las llanuras de la base. Aquellos montes, separados de la tierra de los humanos por valladares de infranqueables precipicios, eran la ciudad de Asgard, en la cual vivían los dioses alegremente, bajo un cielo clemente siempre, y la gran nube de vapores que surgía de la cumbre y se extendía en ancho espacio por los cielos, no era una columna de ceniza, sino el enorme Fresno Idglasil, a cuya sombra descansaban los dueños del universo.


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