La Montaña Eliseo Reclús



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CAPÍTULO XVII


EL MONTAÑÉS LIBRE

Las rugosidades formadas en la superficie terrestre por montañas y valles son, por consiguiente, un hecho capital en la historia de los pueblos, y explican a veces sus diversos destinos. Así como una topera, que surge en un prado, en medio de poblaciones de insectos solícitos que andan yendo y viniendo, cambia inmediatamente todos los planos y hace desviar en sentido inverso la marcha de las tribus viajeras.


Separando con su enorme masa las naciones que por una y otra parte sitian sus vertientes, la montaña protege también a los habitantes, generalmente poco numerosos, que han ido a buscar asilo a los valles. Los abriga, los hace suyos, les da costumbres especiales, cierto género de vida, particular carácter. Sea cual fuere su raza originaria, el montañés se ha hecho tal como es bajo la influencia del medio que le rodea. La fatiga del trepar y del bajar penosamente, la sencillez del alimento, el rigor de los fríos invernales, la lucha contra la intemperie han hecho de él un hombre aparte, le han dado una actitud, un andar, un juego de movimientos muy diferentes de los usados entre sus vecinos a la llanura. Le han dado además un modo de pensar y de sentir que le distingue. Han reflejado en su espíritu, como en el del marino, algo de la serenidad de los grandes horizontes: también en muchos sitios le han asegurado el tesoro inapreciable de la libertad.
Una de las causas que más han contribuido a sostener la independencia de ciertos pueblos montañeses, es que para ello el trabajo solidario y los esfuerzos de conjunto son una necesidad. Todos son útiles para cada uno, y cada uno para todos. El pastor que va a los pastos altos a guardar los rebaños de la comunidad, no es el menos necesario a la prosperidad general. Cuando ocurre un desastre, se ayudan mutuamente para enmendar el daño. Si el alud se ha desplomado sobre algunas cabañas, todos trabajan en el desescombro. Si la lluvia ha desmoronado los campos se cultivan en gradas sobre las pendientes, todos se ocupan en recoger la tierra que se ha venido abajo y subirla en espuertas hasta la vertiente de donde se cayó. Si el torrente desbordado ha cubierto de piedra las praderas, todos se afanan en limpiar el césped de tales escombros, que lo ahogan. Cuando en invierno es peligroso arriesgarse entre la nieve, cuentan unos con la hospitalidad de los otros. Todos son hermanos y pertenecen a la misma familia. Así es que cuando los atacan, resisten de común acuerdo, movidos, digámoslo así, por un solo pensamiento. Por otra parte, la vida de combates sin tregua contra toda clase de peligros, y quizá también el aire puro y saludable que respiran, los convierten en hombres atrevidos y desdeñosos de la muerte. Trabajadores pacíficos, a nadie atacan, pero saben defenderse.
La montaña protectora les da medios para precaverse contra la invasión. Defienden el valle con estrechos desfiladeros de entrada, en que algunos hombres bastan para detener a grandes grupos: oculta sus fértiles valles en los huecos de grandes terraplenes, cuyas fragosidades parecen inaccesibles. En ciertos sitios está perforada por cavernas que se comunican entre sí y pueden servir de escondrijos.
En la pared de un desfiladero que visitaba yo con frecuencia, había una de esas fortalezas ocultas. Con gran trabajo puede llegar a la entrada agarrándome a las esperezas de la roca y a algunas ramas de boj que habían arraigado en las hendiduras. Mucho más difícil hubiera sido escalarla para los asaltantes. Peñascos amontonados en la boca de la gruta estaban dispuestos a rodar, saltando de punta en punta hasta el torrente. A cada lado de la entrada, la roca, absolutamente recta y lisa, no hubiera dejado pasar ni a una serpiente: encima, el acantilado que la dominaba, protegía la abertura como pórtico gigantesco, y además, medio la cerraba un gran muro. La gruta era inexpugnable, a no ser por sorpresa. Los enemigos tenían que conformarse con vigilarla de lejos, pero cuando no oían salir de ella ningún rumor, cuando se arriesgaban a encarnarse hasta allí para contar los cadáveres, encontraban las galerías subterráneas completamente vacías, Los habitantes se habían escurrido de caverna en caverna, hasta otra salida secreta oculta entre malezas. Había que empezar de nuevo la caza, que a veces se terminaba, por desdicha, capturando a las víctimas. El hombre es una presa para el hombre.
En ciertos sitios en que la montaña no presenta cavidades propicias, una roca aislada en el valle, una roca de planos perpendiculares era la que servía para fortaleza. Cortada verticalmente por los tres lados que rodea el torrente en su base, sólo era accesible por una sola vertiente, y por aquella parte, el grupo de montañeses que quería hacer de ella atalaya y castillo, no tenía más que proseguir el trabajo emprendido por la Naturaleza. Escapada la roca, la hacía intransitable al paso humano y dejaba una sola entrada subterránea perforada a pico en el espesor de la peña. Metidos en su guardia, los habitantes de la fortaleza obstruían la abertura con un peñasco, y ya no les podía visitar más que algún ave. La arquitectura no hacía gran falta a aquella ciudadela, y sin embargo, alguna vez, por una especie de coquetería, el montañés adornaba la arista del precipicio con un muro almenado, que permitía a sus hijos jugar sin riesgo en toda la extensión de la meseta, y desde cuyas alturas podía espiar a gusto cuando se divisara en las cercanas pendientes. En muchas comarcas montañosas de oriente, cuyos valles están poblados de razas enemigas unas de otras, y en las cuales el homicidio se considera por consiguiente como leve culpa, hay muchas rocas-fortalezas habitadas aún. Cuando llega un huésped al pie de la escarpa, anuncia su presencia a gritos. Poco después baja una cesta de una trampa abierta en la roca: se instala allí el viajero, y los brazos de sus amigos de arriba izan lentamente la pesada cesta, que da vueltas en el aire.
Si las rocas abruptas de los altos valles sirvieran para defender a las poblaciones pacíficas contra roda invasión, en cambio los montecillos del llano sirvieron muchas veces de atalaya y lugar de rapiña a algún rapaz barón.

Muchos pueblos, aun en nuestro país, demuestran como su arquitectura que no hace todavía mucho tiempo había allí guerra permanente, y que a cada momento había que temer ataques de señores o de bandoleros. No hay casas aisladas en las pendientes indefensas; todos los tugurios, semejantes a carneros espantados por la borrasca, se han reunido en un solo grupo, vasto montón de piedra. Desde abajo parece aquello una continuación de la roca, una escotadura de la cima, ora deslumbrante de claridad, ora ennegrecida por la sombra. Súbase allí por senderos vertiginosos que diariamente tienen que bajar los aldeanos para cultivar sus campos, y que tienen que subir de nuevo todas las noches, después del largo trabajo diario. Una sola puerta de entrada al pueblo, y en las torres laterales quedan aún huellas del rastrillo y de otros medios de defensa; ninguna ventana se abre sobre la inmensa extensión de los valles cercanos. Las únicas aberturas son las aspilleras por donde pasaban en otro tiempo los benévolos o los cañones de los fusiles. Aun hoy, los descendientes de aquellos desgraciados, sitiados de generación en generación, no se atreven a construir sus habitaciones en medio del campo. Podrían hacerlo, pero la costumbre (la más obediencia de todas las tiranías) los tiene encerrados en la antigua cárcel.


Libres eran los altos valles de la montaña, libres los montañeses, pero fuera de los pasos estrechos, donde nunca se arriesgan impunemente los agresores. Un promontorio casi aislado sostenía el castillo del barón. Desde allá arriba, el bandolero, ennoblecido por sus propios crímenes y los de sus antepasados, podía vigilar las llanuras cercanas y los barrancos y desfiladeros de la montaña. Como una serpiente enroscada en una peña yergue la inquieta cabeza para acechar un nido lleno de pajarillos, el bandolero observa desde lo alto de la torre del homenaje: no se atreve a atacar a los montañeses en su valle, pero está seguro de sorprender y cautivar a los que se arriesguen por la llanura.
El castillo del noble desvalijador de caminantes está hoy arruinado. Un sendero pedregoso, obstruido por los zarzales, ha sustituido el camino por donde los guerreros hacían caracolear a sus alegres caballos al emprender la marcha, por donde subían los mercaderes encadenados y los mulos cargados de botín. En el sitio donde estuvo el puente levadizo se ha cegado el foso con piedras, y después el viento y los pies de los transeúntes le han llevado un poco de tierra vegetal, donde han arraigado saúcos. Los muros están casi todos derruidos, y enormes fragmentos, semejantes a peñascos, yacen por el suelo. Por otras partes, piedras desmoronadas llenan a medias el foso que cubre espesa alfombra de pamplina. El patio grande, en el cual se juntaban en otro tiempo los hombres de armas antes de las expediciones de pillaje, está lleno de escombros y de hoyos: difícil es abrirse camino a través de tupidos grupos de arbustos y de hierbas altas: se teme pisar alguna víbora oculta entre dos piedras o caer en la boca, abierta aún, de una mazmorra. Andemos, sin embargo, mirando atentamente al suelo. Llegamos al borde del pozo, rodeando aún, afortunadamente, por un resto de brocal: nos asomamos con espanto a la negra abertura del abismo e intentamos sondear su profundidad a través de las escolopendras y helechos entrelazados. Se nos parece vislumbrar abajo el reflejo de un rayo extraviado en este precipicio: se parece oír un murmullo ahogado que sube hacia nosotros. ¿Es una corriente de aire que se arremolina en la sima? ¿Es un manantial, cuya agua se filtra entre las piedras y cae gota a gota? ¿Es una salamandra que cae al agua y la hace chapotear? ¿Quién sabe? La leyenda nos dice que en otro tiempo los ruidos confusos que salían de esas profundidades eran gritos de desesperación, sollozos de víctimas. El agua del pozo cubre un lecho de osamentas.
Aparto con esfuerzo mis ojos del microscopio que los fascina, y los dirijo a la masa cuadrada de la torre del homenaje, que brilla a toda luz. Las otras torres se han derrumbado; únicamente queda ésta en pie, y hasta conserva algunas almenas de su corona. Los muros, dorados por el sol, están tan lisos como el día siguiente del primer banquete celebrado por el señor en el salón. No hay en ella rendija no rozadura apenas: únicamente el maderamen y los herrajes de las estrechas ventanas, semejantes a aspilleras, han desaparecido. A cinco metros sobre el suelo se alza en el espesor de la muralla lo que fue puente de entrada; ancha piedra saliente forma su umbral, y la parte superior de la ojiva está adornada con tosca escultura, que ostenta un capricho monograma y las huellas de la antigua divisa de barón. La escalera movible que se engancha en el umbral ya no existe, y el celoso arqueólogo que quiere leer, o más bien adivinar, las pocas palabras orgullosas esculpidas en la piedra, tienen que coger una escalera de mano. Para introducirse en la torre, adoptaron los aldeanos medio más violento: han perforado el muro al nivel del suelo. Penoso trabajo fue éste, pero quizá les animaba la venganza contra aquel torreón, donde muchos de los suyos habían perecido entre tormentos o de hambre: quizá se figurasen también que iban a encontrar un tesoro escondido.
Entro con cierto temor por esta brecha; el aire interior, con el cual no se mezcla nunca un rayo de sol, me hiela antes de entrar. Sin embargo, la luz baja hasta el fondo de la torre: el techo está hundido: los entarimados han ardido en algún antiguo incendio, y se ven de trecho en trecho rastros de vigas ennegrecidas. Todos estos residuos, piedras, madera y ceniza, se han convertido poco a poco en una especie de pasta que el agua del cielo, bajando allí como al fondo del pozo, conserva húmeda siempre. Pegajoso limo cubre esta tierra blanda, en la cual resbala el pie que pongo en ella con repugnancia. Parecemos estar ya encerrados en el horrible calabozo y respiro con asco su aire rancio y mefítico, y sin embargo, aquel aire es puro, comparado con el olor de moho y osamentas que sale de la abertura mellada de la mazmorra. Me asomo al negro agujero e intento divisar algo, pero nada veo. Necesitaría tener la mirada aguzada por larga oscuridad para columbrar los reflejos extraviados en las tinieblas. ¡Siniestra oquedad! Ignoro de cuántos asesinatos has sido cómplice, pero me estremezco de miedo al verte, y como en demanda de fuerzas miro hacia el cielo azul, al cual sirven de marco las cuatro murallas de la torre. Un mochuelo asustado se agita allí arriba, lanzando desagradable chillido.
Una escalera practicada en el espesor del muro, permite subir hasta las almenas. Hay muchos peldaños desgastados y convierten a la escalera en un plano inclinado difícil de subir, pero apoyándose en las paredes, agarrándome a las asperezas, resbalando en el polvo para incorporarme después, acabé por llegar a lo más alto de la torre. La piedra es ancha y no había peligro alguno; sin embargo, apenas me atreví a dar algunos pasos, por temor de que me venciera el vértigo. Estaba a gran altura, en la región de aves y nubes, entre dos abismos: a un lado está la negra sima de la torre; al otro la profundidad luminosa de las rocas y las vertientes alumbradas por el sol. El promontorio que sostiene el torreón parece otra torre de muchos centenares de metros de elevación. Y el río que serpentea en torno a su base no parece más que su foso de defensa. Cuentan uno de los antiguos señores del lugar satisfacía a veces el capricho de hacer saltar a sus prisioneros desde la azotea del torreón. Reservaba a sus más odiados enemigos la muerte lenta en el fondo de las mazmorras, pero los cautivos contra los cuales no tenía ningún motivo de odio, tenían que demostrar, al precipitarse desde la torre, el ánimo y gallardía con que sabían morir. Por la noche se hablaba de ellos alrededor de la humeante mesa, riendo al recordar las contorsiones de cuantos retrocedían espantados el borde del abismo, y encomiando a los que de un brinco se habían lanzado sin ajeno impulso en el vacío. El noble señor murió en un convento vecino en olor de santidad.
Se agrupan desordenadamente el pie del peñasco las humildes casuchas con techo de pizarra o de cáñamo, del antiguo lugar esclavizado. Muchos son los cambios que se han verificado, no sólo en las instituciones y costumbres, sino también en el alma humana, desde que el señor tenía así a sus súbditos bajo sus miradas y bajo sus plantas, desde que el heredero de su nombre crecía pensando en que todos los seres mal vestidos que veía moverse allá abajo, todos aquellos hombres serían, cuando él quisiera, carde para su espada. Imposible habría sido, aun para el más bueno, para el de mejores sentimientos de los hijos del noble, que no sintiera su pecho henchirse de feroz orgullo al contemplar todo aquel horizontes de tierras sometidas, aquel pueblo abatidos, a aquellos villanos abyectos agitándose en el estiércol. Aunque hubiera querido imaginar que los hombres tienen al nacer igual derecho a la felicidad, aunque se hubiese considerado como nacido del mismo lodo, habría bastado para desengañarle una solo mirada dirigida al espacio desde la soberbia azotea de su torre; para creer en la igualdad (no de la alegría, sino de la desesperación o del remordimiento), tendría que dejar su castillo, meterse en el sombrío convento del augusto valle y golpearse la frente contra el pavimento de las iglesias.
En nuestros días, el descendiente de aquellos caballeros antiguos no tiene que convertirse en carcelero de un pueblo, ni tiene que vigilar a los habitantes con suspicaz mirada, como no sea propietario de una fábrica y pueblen los aldeanos sus talleres. La quinta que se ha mandado a edificar en la vertiente de un cerro puede decirse que está oculta. Una cortina de árboles corpulentos tapa el más cercano grupo de casas, y si algunas aldeas lejanas se ven de trecho en trecho, no son más que manchas en el paisaje, trazos del gran cuadro. Yo no es el castellano el dueño, y para nada le serviría dar a su morada una posición dominadora. Más vale una soledad donde pueda gozar en paz de la Naturaleza.
Y es que desde que pasó a la Edad media, ya no constituyen aldeas y castillo un mundo aparte: voluntariamente o por fuerza, han entrado en otro más grande, en una sociedad cuyas luchas tienen mayor amplitud, en que los progresos tienen mucho mayor alcance. En reino chico cuyo dueño absoluto era el señor, ya no es más que un distrito cualquiera, y al descendiente de los antiguos barones para nada le sirve el enmohecido mandoble de sus antepasados. A veces intenta conservar alguno de los privilegios aparentes o reales que le quedan del poder de sus abuelos: en otras ocasiones se resigna a su papel de súbdito o de ciudadano, mezclándose con la muchedumbre. De todos modos, los combates y las conquistas de sus antecesores han sudo útiles a otros, sea a pueblos, sea a reyes. Si aquellos guerreros, después de largas luchas con los montañeses, lograron vencerles en sus guaridas y llevaron hasta las nevadas crestas los linderos de sus dominios, tuvieron que sufrir luego el ataque de otro invasor, y la frontera que había dado a sus posesiones se pierde en la inmensa extensión de un imperio poderoso.
Un hombre raro, que se encuentra en varios sitios de la montaña, me ha hecho pensar en las cosas de lo pasado. En una hondonada, ligera depresión del suelo, brilla en lontananza, como diamantito movible, un manantial que jamás se vería si el sol no revelase su existencia con uno de sus rayos. Me acerco a él, veo doblarse y erguirse alternativamente los tallos de hierba bajo la argentina gota que pasa: gorjean en torno algunos pájaros y el césped que baña sus raíces en el agua oculta extiende sus tallos verdes y sus florecillas muy por encima de la hierba ajada de los pastos. Esa corta extensión de verdor, que divisan de lejos los pastores en la superficie gris y quemada de la vertiente, de la Fuente de los tres Señores.
¿Cuál era el origen de tan extraño nombre? ¿Cómo había tomado el de tres potentados fuente tan humilde? Cuanta la leyenda de la montaña que en época muy antigua, cuando fortalezas rodeadas de fosos se erguían en todos los promontorios de los desfiladeros, tres condes, que por casualidad no guerreaban, se encontraban n día de caza cerca de la fuentecilla .larga carrera en persecución de jabalíes y ciervos los había cansado, y el sudor les caía en la frente una turba de criados que andaban solícitos a su alrededor, les ofrecía a porfía vino y aguamiel, pero el hilillo de agua que brotaba de la rendija de la roca les pareció más agradable bebida que los licores escanciados en jarros de plata. Se inclinaron uno tras otro sobre el remanso de la fuente, apartaron con la mano las hierbas que flotaban en la superficie y bebieron en la hoya, como pastores o como cervatillos de la montaña. Después se miraron, se dieron la mano de amigos y se pusieron a departir alegremente recostados en la hierba. Hacía buen tiempo, tocaba casi el sol ya el horizonte, algunos celajes diseminados proyectaban sombras en las amarillas mieses de la llanura y leves humaredas se desprendían a trechos en los pueblecillos. Los tres condes estaban de buen humor, Hasta entonces sus inmensos dominios no habían tenido exactos linderos en la montaña. Decidieron que desde entonces la fuente que con helado chorro les había apagado la sed sería el límite de separación de los tres condenados. Uno seguiría la orilla derecha, otro la izquierda del arroyuelo y el tercero ocuparía la loma tendida desde el manantial a la cima cercana, y desde allí a la vertiente opuesta. Y como consagración del tratado que acababan de convenir, los tres señores mojaron las diestras manos con algunas gotas de la fuente, y cada uno salpicó con ellas el césped de su dominio.
Pero el buen tiempo no es duradero y los condes no conservan mucho su sonrisa y compañerismo. Pelearon los tres amigos y estalló la guerra. Se mataron mutuamente los vasallos, burgueses y villanos en hondonadas y bosque para que cambiara de sitio la linde de los tres condados. La llanura fue asolada, y durante varias generaciones corrieron torrentes de sangre por la posesión de aquella gota de agua que brota allá arriba en pacíficas alturas. Se pacto paz por fin, y si han vuelto a empezar las guerras, no se han encendido entre los tres barones, ni por la conquista de una fuente, sino entre poderosos soberanos y por la posesión de inmensos territorios con montañas, ríos, bosques y ciudades populosas. Ya no se destrozan una a otra gentes mal armadas, sino centenares de miles de hombres, provistos de los más científicos medios de destrucción, los que chocan y se destruyen recíprocamente. Seguramente la humanidad progresa, pero al ver tan espantosos conflictos, hay que dudar algunas veces.
Entonces nos parecen dichosísimas las poblaciones retiradas en los valles altos que nunca han padecido los males de la guerra: a lo menos, a pesar del flujo y reflujo de los ejércitos en marcha, han acabado por conservar su independencia primitiva. Bastantes pueblos de la montaña, protegidos por enormes masas de roca unidas unas a otras, han tenido la felicidad de permanecer libres. Ya saben que no deben únicamente al heroísmo de sus corazones, a la fuerza de sus brazos, a la unión de sus voluntades el no haberse visto esclavizados por sus poderosos vecinos. También tienen que agradecérselo a los grandes Alpes: esas han sido las firmísimas columnas que han defendido la entrada del templo.

CAPÍTULO XVIII


EL CRETINO

Al lado de esos hombres fuertes, de esos valientes de sólido pecho y penetrante mirada que trepan con paso firme por las rocas, se arrastran asquerosas masas de carne viva, los cretinos de pendientes paperas. Y muchas de esas masas hay que ni siquiera pueden arrastrarse; permanecen sentados en sillas fétidas, moviendo a un lado y a otro el cuerpo y la cabeza, cayéndose la baba por los pegajosos harapos. Esos seres no saben andar, y algunos de ellos no han sabido aprender el arte primordial de llevarse la comida a la boca: se les da de comer, se les ceba, y cuando notan que el alimento ingerido baja al estómago, exhalan ligeros gruñidos de contento. Esos son los últimos representantes de la humanidad, «cuyo rostro fue creado para contemplar los astros». ¡Qué enorme intervalo salvado entre la cabeza ideal del Apolo Pitio y la del pobre cretino, de ojos sin mirada y risa que parece mueca! Más hermosa es todavía la cabeza del reptil, porque ésta corresponde a su tipo, y no esperamos verla de otra manera, mientras la cara del idiota es una forma espantosamente degenerada. A pesar de habernos parecido un hombre desde lejos, ni siquiera aparece la inteligencia del animal en sus facciones.


Para mayor dolor, los sentimientos rudimentarios que se revelan en el ser desdichado, no siempre son buenos. Algunos cretinos son malísimos: rechinan los dientes, lanzan ruidos feroces, hacen airados ademanes con los torpes brazos, patean el suelo, y si no se lo impidieran, se comerían la carne y se beberían la sangre de quienes los cuidan con abnegación: nada importa esa rabia a los montañeses, buenos, cándidos. No por eso han dejado de dar a los pobres idiotas el nombre de cretinos, de crestias o de inocentes, figurándose que tales seres, incapaces de razonar sus actos y de llegar a la comprensión del mal, disfrutan del privilegio de no tener ningún pecado en la conciencia. Cristianos desde la cuna, a la fuerza tienen que ir derechos al cielo. Por lo mismo, se postra la multitud ante locos y alucinados en los países musulmanes, y se considera muy glorificado aquel a quien ensucian con su saliva o sus excrementos, puesto que, bajo humana forma, viven fuera de la humanidad; sin duda sumidos en dividido sueño.
Por otra parte algunos de estos desdichados son verdaderamente buenos y gustan de hacer bien, en el límite de sus fuerzas. Había yo bajado un día al valle para subir por la otra pendiente a los pastos de una meseta, en cuyo centro había divisado las aguas de una laguna. Había dejado detrás de mí, sin detenerme en ella, una chocilla húmeda rodeada por algunos alisos, y seguía con decidido paso un sendero indicado vagamente por pasos de animales a la orilla de una corriente rápida. Me hallaba ya a más de un tiro de piedra de la choza, cuando oí detrás de mí precipitado y pesado paso; al mismo tiempo, un resuello gutural, casi un estertor, salía de aquel ser que me perseguía y me daba alcance. Me volví y una pobre cretina, cuya papera, bazuqueada por la carrera, oscilaba pesadamente de uno a otro hombro. Gran trabajo me costo reprimir una expresión de horror viendo a aquella masa humana acercarse a mí, teniéndose alternativamente en una y otra pierna. El monstruo me hizo seña de que esperara, y después se paró delante de mí, contemplándome fijamente con estúpidos ojos y dándome con el resuello en la cara. Señaló con gesto negativo el desfiladero en el cual iba yo a entrar y juntó las manos para indicarme que cortaban el paso peñascos verticales. «Allí, allí», dijo designando un sendero mejor trazado que se encarama dando vueltas a una pendiente y llega a una meseta para rodear el infranqueable desfiladero del fondo. Cuando me vio seguir su cuerdo consejo y empezar a subir la cuesta, lanzó dos o tres gruñidos de satisfacción, me acompaño con la mirada durante algún tiempo y después se marchó tranquilamente, contenta por haber hecho una buena obra. Confieso que estaba yo menos contento y hasta profundamente humillado. Un ser maltratado por la Naturaleza, horrible, una especie de cosa sin forma y sin nombre, no había parado hasta sacarme de un lance apurado, y yo, hombre lleno de altivez, dotado de cierta razón por la Naturaleza y llegado por ella al sentimiento de la responsabilidad moral, había dejado mil veces, sin hacerles advertencias alguna, meterse a otros hombres, hasta a los que llamaba amigos, en pasos bastante más terribles que el desfiladero de una montaña. La idiota, la cretina, me había enseñado mi deber. De modo que en aquello que me parecía inferior a la humanidad, encontraba una benevolencia de la cual carecen muchas veces los que se sienten por grandes y por fuertes. Ningún ser es bastante bajo para no merecer amor y hasta respeto. ¿Quién tienen razón, el espartano de la antigüedad que arrojaba a una sima los recién nacidos defectuosos, o la madre que, aunque sea llorando, amamanta y acaricia el hijo idiota y deforme? Claro es que nadie censurará a las madres que luchan contra toda esperanza para disputar a sus hijos a la muerte, pero es necesario que la sociedad acuda en auxilio de esos desdichados, con la ciencia y con el cariño, para curar a los que pueda, dar toda la ventura posible a aquellos cuyo estado no deja esperanzas y velar para que las leyes filosóficas reduzcan cada vez más el número de semejantes nacimientos.
Una educación continua puede desbaratar esas toscas naturalezas, y cuando al afecto de la madre sucede la solicitud de un compañero que consigue que haga algún trabajo grosero el pobre inocente, ése se desarrolla poco a poco y acaba por llevar en la cara algo como reflejo de inteligencia. Entre los innumerables cuadros que quedaron grabados en mi memoria cuando recorrí la montaña, hay uno que aun me conmueve, pasados tantos años. Era el anochecer, en los últimos días del verano. Acababan de segar por segunda vez las praderas del valle, y veía pilillas de heno esparcidas, cuya suave fragancia me traía el viento.
Andaba por un camino sinuoso, disfrutando de la frescura de la tarde, del olor de la hierba, de la hermosura de las cumbres iluminadas por el sol poniente. De pronto en una revuelta del camino me encontré en presencia de un grupo que me llamó la atención. Un cretino de enorme papero estaba enganchado con cuerdas a una especie de carro cargado de heno. No le costaba trabajo arrastrar el pesado vehículo, y no veía no los baches, ni los peñascos diseminados, tirando como una fuerza ciega. Pero llevaba al lado a un hermanito cuyo, niño esbelto y agraciado, cuyo rostro era todo mirada y sonrisa. Este veía y pensaba por el monstruo. Con una señal, con tacarle un poco, le hacía variar a la derecha o a la izquierda para evitar los obstáculos y apresuraba o acortaba su andar: formaba con el idiota una pareja, siendo uno el alma y otro el cuerpo. Cuando pasaron por mi lado el niño saludo con amabilidad, y empujando a Cáliban con el codo, le hizo quitarse la gorra y volver hacia mí sus ojos sin expresión. Me pareció, sin embargo, que veía aparecer en ellos como vislumbre de un sentimiento humano de respeto y de amistad. Yo saludé con una especie de veneración a aquel grupo conmovedor, símbolo de la humanidad en su camino hacia lo porvenir.
Abandonado a si mismo, y sin disfrutar otras luces que las del instinto animal, el cretino pueden alguna vez hacer cosas que serían superiores a la fuerza de un hombre inteligente y conciente de su valer. Me contaba a veces mi compañero el pastor como había caído en una grieta del ventisquero, y cuando hablaba de ellos, todavía se dibujaba el espanto en su semblante. Estaba sentado en una escarpada, junto al borde del ventisquero, cuando al desmoronarse una piedra le hizo perder el equilibrio, y sin poder valerse resbaló por una hendidura que se habría entre la roca y la compacta masa de hielo, se hallaba de pronto como en el fondo del pozo, en el cual apenas vislumbraba un reflejo de la claridad del cielo. Estaba aturdido, magullado, pero no se había roto ningún miembro. Impulsado por el instinto de conservación, pudo agarrarse a la pared de roca y subir de aspereza en aspereza hasta algunos metros de la boca. El sol, los pastos, las ovejas y su perro estaban ante su vista, éste la miraba con ardientes ojos. Pero llegado a aquel reborde, no podría subir más el pastor: la roca, lisa por todas partes, no ofrecía ningún punto de apoyo. El perro estaba tan desesperado como su amo: acorrucándose de trecho en trecho, al borde del precipicio, dio algún ladrido corto y luego salió de pronto como una flecha hacia el valle. Nada tenía ya que temer el pastor, pues sabía que el perro iría a buscar socorro y pronto volvería con gente provista de cuerdas. Sin embargo, mientras duró la espera, pasó por las horribles angustias de la desesperación. Le parecía que el fiel animal no acababa de volver, se veía ya muerto de hambre en la peña y pensaba horrorizado en que quizá las águilas fueran a arrancarle trozos de carne antes de estar muerto. Y sin embargo, recordaba lo que, en semejante situación, había hecho un inocente. Caído al fondo de una grieta, de la cual le era imposible salir, el cretino no se había fatigado en inútiles esfuerzos: esperó con paciencia, pateando el suelo para conservar el calor animal, y así se aguantó toda la tarde y toda la noche y toda la mitad del día siguiente. Oyó entonces llamarle por su nombre a los que le buscaban, contestó, y en seguida lo sacaron de la sima. Únicamente se quejó de haber pasado mucho frío.
Pero sean cuales fueran los privilegios e inmunidades del cretino, aunque el desdichado no tenga que temer los cuidados y las decepciones del hombre que tienen que abrirse camino en el mundo por sí mismo, hay que intentar que el cretino sea arrancado a su inocencia y a sus asquerosas enfermedades para darle, al mismo tiempo que la salud del cuerpo, el sentimiento de su propia responsabilidad moral. Es necesario que penetre en la sociedad de los hombres libres, y para curarles y dignificarle, lo primero es conocer las causas de su degeneración. Sabios hay que, inclinados sobre sus retortas y sus libros, exponen diversos pareceres: dicen unos que la deformidad de la papera procede sobre todo de la falta de yodo en el agua potable, y que por el cruzamiento, la deformidad moral acaba por juntarse a la del cuerpo. Otros creen que papera y cretinismo nacen de que el agua procede de la nieve no ha tenido tiempo para agitarse y airearse los suficiente cuando llega al pueblo, y de que ha pasado por rocas que contienen magnesia. Cierto es que el agua mala puede contribuir muchas veces a que nazcan y se desarrollen enfermedades; pero ¿será ese sólo origen?
Basta entrar en una cabaña de esas donde nacen y vegetan los idiotas para ver que su lamentable situación procede también de otras causas. El tugurio es sombrío y ahumado: devoran gusanos cofres, masas y vigas: en los rincones donde no pueden penetrar de toda la mirada, se vislumbran formas indecisas, cubiertas de basura y telarañas. La tierra que sirve de pavimento permanece siempre húmeda y como viscosa, por todas las aguas sucias que la llenan de grasa. El aire que se respira en tal guarida es acre y fétido. Flotan en él a un tiempo los hedores del humo, del tocino rancio, el pan de muchos días, de la madera carcomida, de la ropa sucia, de las emanaciones humanas. De noche se cierran todas las aberturas para que no penetre en la habitación el frío exterior. Abuelos, padres e hijos duermen todos en una especie de armario con tablas, cuyas corinas se cierran de día, y en el cual durante el sueño nocturno se acumula un aire denso y mucho más impuro que el del resto de la cabaña. Y hay más: durante los fríos de inverno, la familia, para tener más calor, se va del piso bajo y baja a la cueva, que al propio tiempo sirve de cuadra. En un lado están los animales tumbados en la paja sucia, y en el otro yacen hombres y mujeres entre sábanas nada limpias. Un sucio reguero separa ambos grupos de vertebrados mamíferos, pero el aire respirable es común a todos; y ni este aire que penetra por estrechos tragaluces puede renovarse durante semanas enteras, por las nieves que cubren el terreno. Hay que abrir una especie de chimeneas, por las cuales baja únicamente un lívido reflejo de luz. En esas cuevas el día parece una noche del polo.
No es asombroso que en semejantes mansiones nazcan chiquillos escrofulosos, raquíticos y contrechos. Desde su primera semana, muchos recién nacidos se ven sacudidos por terribles convulsiones, que la mayor parte no pueden resistir: en ciertos países, las madres están tan seguras de que sus hijos han de morirse, que no los consideran como nacidos hasta «que han pasado el terrible desfiladero de la enfermedad de los cinco días». Muchos de los que se salvan de ésta, pasan luego toda la vida entre la enfermedad y la locura. Tan conveniente son para desarrollar la fuerza y la destreza del hombre sano el aire libre de la montaña y el trabajo en el campo, como propios a empeorar el estado de los cretinos el espacio estrecho y la húmeda oscuridad de la cabaña. El lado de un hermano que llega a ser el más guapo y robusto joven, se arrastra otro, especie de excrescencia carnosa horriblemente viva.
Ya se ha pasado en muchos sitios en construir hospicios para esos desventurados: nada falta en esos edificios nuevos. Circula libremente el aire puro, el sol ilumina todas las habitaciones, el agua es pura y sana, los muebles, y especialmente las camas, ostentan exquisitas limpieza: los inocentes tienen vigilantes que los cuidad como nodrizas, y profesores que procuran hacer entrar un rayo de luz intelectual en aquellas duras molleras. Se logra eso a veces; el cretino puede nace gradualmente a una vida superior. Pero importa más trabajar en precaver el mal que en repara el ya existente. Las chozas infestadas, tan pintoresca a veces en el paisaje deben desaparecer para que las sustituyan cosas cómodas y sanas. Deben entrar libremente aire y luz en todas las habitaciones humanas. Debe observarse en todas partes una buena higiene para el cuerpo, unida a perfecta dignidad moral. De ese modo adquirirán los montañeses en varias generaciones una completa inmunidad de todas esas enfermedades que ahora degradan a tan gran número de ellos. Entonces en sus habitaciones serán dignos del medio que las rodea, podrán contemplar satisfactoriamente las altas cumbres nevadas y decir como los griegos: «Esos son nuestros antepasados, y nos parecemos a ellos».


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