La Montaña Eliseo Reclús



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CAPÍTULO XII


EL VENTISQUERO

Hasta en medio del estío, cuando el soplo de los vientos cálidos ha fundido todas las nieves, enormes montones de hielo, encerrados en los valles altos, constituyen todavía un invierno local, que el contraste hace más raro. Cuando el sol resplandece con todo su brillo, el calor directo y el que reflejan los hielos hacen padecer bastante al viajero: por la sequedad del aire, privado, privado continuamente de su humedad por la árida superficie del ventisquero. En las cercanías se oye cantar a los pájaros entre el follaje; las flores esmaltan el prado, los frutos maduran en las ramas, y sin embargo, al lado de ese mundo alegre, el ventisquero sombrío, con sus abiertas grietas, sus montones de piedras, su silencio terrible, su aparente inmovilidad, representa la muerte al lado de la vida.


No obstante, también tiene su movimiento la gran masa helada. Con lentitud, pero con invencible fuerza, trabaja como el viento, las nieves, las lluvias y las corrientes de agua en la renovación de la superficie del planeta. Por dondequiera que han pasado los ventisqueros, durante alguna de las edades de la tierra, transformó su acción el aspecto del paisaje. Llevan a la llanura, lo mismo que los aludes, los escombros de las derrumbadas montañas, sin violencia, con paciente esfuerzo de todos los instantes.
La obra del ventisquero, tan difícil de apreciar en su secreta continuidad, empieza en la cumbre de la montaña, en la superficie de las capas níveas. Allá arriba, en los círculos donde en torbellinos se amontonaron de agujas blancas fustigadas por la tempestad, la uniforme extensión de las nieves no cambia de aspecto. De año en año y de siglo en siglo sigue siendo blanca mate a la sombra de las nubes, deslumbradora a los rayos del sol. Parece que aquella nieve es eterna, y así la llaman los habitantes de las llanuras que la ven brillar, desde abajo, junto al cielo. Creen que siempre permanece en las altas cimas, y que si el viento la levanta en sus borrascas, la deja luego caer en el mismo sitio.
Nada de eso. Una parte de la nieve se evapora y vuelve a las nubes, de la cuales salió. Otra parte, expuesta a los rayos del sol o a la influencia del cálido viento del mediodía, se salpica de gotitas fundidas que resbalan por la superficie o penetran en las capas, hasta que, aprisionadas otra vez por el frío, se congelan en imperceptibles cristales. De modo que, por millares de moléculas que se funden y se hielan de nuevo para volverse a fundir y solidificarse otra vez, la masa de la nieve se transforma insensiblemente. Al mismo tiempo, cambia de lugar, gracias a la gravedad que arrastra algunos milímetros las gotas fundidas, y poco a poco las nieves que cayeron en otro tiempo en la cima de la montaña han bajado toda su pendiente. Otras nieves han ocupado su lugar y bajarán también por una serie de fusiones, sin que tengan que sufrir, al parecer, el menor cambio. Verdad es que tienen ante sí toda la infinidad del tiempo: lentamente corren hacia el mar, en la cual se sumergirán algún día. Después de haberse sucedido dos generaciones humanas en las llanuras, hay copo de nieve caído en el pico que todavía no ha salido de la masa en general.
Pero por lentamente que lo haga, ese copo convertido en cristal no deja de adelantar. La masa nívea, que ha adquirido homogeneidad y se ha transformado en hielo, cae al alfoz de la montaña, hacia la cual le arrastra su peso. Siempre inmóvil al parecer, el conjunto de hielo se ha convertido en verdadero río que corre por un cause de rocas. En las pendientes de ambos lados se ha fundido completamente la nieve del invierno, y ocupan su lugar las flores. Todo un mundo de insectos vive y zumba en las praderas de los pastos; el aire es suave, y el hombre guía sus ganados por fragosidades llenas de hierba, desde las cuales la mirada divisa en la lontananza la helada corriente. Y ésta, con incesante esfuerzo, continúa su viaje hacia la llanura; se extendería por los campos de la falda del monte, llegaría hasta el mar, si la suave temperatura de los valles inferiores, lo tibio de las brisas y los rayos del sol, no consiguieran fundir la parte más baja de sus hielos.
En su carrera, el río sólido se las arregla lo mismo que un de aguas vivas. Tienen sus curvas y sus remolinos, sus bajadas y sus crecidas, sus durmientes, sus rápidas y sus cataratas. Como el agua que se ensancha o se estrecha, según la forma de su cause, así el hielo se adapta a las dimensiones del barranco que lo encierra; sabe amoldarse exactamente a la roca, así en la hoya vasta cuyas paredes se apartan a ambos lados como en el angosto desfiladero cuyo paso casi completamente se le cierra. Empujado por las masas con que le alimenta continuamente la nieve superior, el ventisquero sigue resbalando sobre el fondo, tanto si la pendiente es muy suave como si la forma una sucesión de precipicios.
Sin embargo, como el hielo no tiene la flexibilidad ni la fluidez del agua, verifica con una especie de bárbara torpeza todos los movimientos que le impone la Naturaleza del suelo. En las cataratas no sabe sumergirse en una extensión lisa como la corriente de agua, sino que siguiendo las desigualdades del fondo y la cohesión de los cristales de hielo, se quiebra, se hiende, se recorta en pedazos que diversamente se inclinan, se caen unos obre otros, se truecan en obeliscos caprichosos, en torrecillas, en fantásticos grupos. Hasta donde el fondo de la inmensa ranura tiene inclinación regular, se diferencia la superficie del ventisquero de la corriente igual del río. El roce del hielo contra los bordes no la riza en ondas semejantes a las de la ola en la ribera, sino que la quiebra y la parte en grietas que se cruzan en un laberinto de abismos.
El invierno, y hasta cuando la primavera ha renovado ya el adorno de las praderas inferiores, muchas grietas están ocultas por espesas masas de nieve que se extienden en capas continuas sobre la superficie del ventisquero. Entonces, si no ha ablandado la nieve el calor del sol, es fácil viajar por encima de la boca de los abismos ocultos; el viajero los desconoce, como desconoce las grutas abiertas en el espesor de la montaña. Pero la vuelta anual del verano funde poco a poco las nieves superficiales. El ventisquero, que no deja de andar y cuya hendida masa vibra con estremecimiento continuo, sacude el manto de nieve que lo cubre; aquí y allá se hunden las bóvedas y caen grandes trozos en las profundidades de las grietas. Muchas veces no quedan más que estrechos puentes, por los que no se anda sin haber probado con el pie la solidez de la nieve.

Entonces es cuando más de un ventisquero es peligroso de atravesar, por la anchura de las hendiduras que se verifican hasta lo infinito. Desde los bordes de la sima se ven a veces en su interior caspas superpuestas de un azulado hielo que fue antes nieve, separadas por fajas negruscas, resto de los residuos que cayeron de la cúpula nevada. Otras veces, el hielo claro y homogéneo en toda su masa parece un solo cristal.


Se ignora la profundidad del pozo. Las tinieblas y un reborde del hielo no dejan llegar a la mirada hasta las rocas del fondo. Únicamente se oyen ruidos misteriosos que se elevan desde el abismo: agua que gotea, una piedra que cae, un pedazo de hielo que se hiende y se desploma.
Algunos exploradores han bajado a esas simas para medir su espesor y estudiar la temperatura y la composición de los hielos profundos. Han podido hacerlo algunas veces son mucho peligro, penetrando lateralmente en las hendiduras por los rebordes de las rocas que sirven de ribazo a esos ríos de hielo. Otras veces ha habido que bajarlos con cuerdas, como al minero que penetra en las entrañas de la tierra. Pero su algún sabio ha explorado así los pozos de los ventisqueros, con las necesarias precauciones, en cambio muchos desgraciados pastores han encontrado la muerte en ellos. Se sabe de montañeses que, caídos en el fondo de las grietas, molidos, ensangrentados, perdidos en la oscuridad, han conservado su valor y la resolución de ver de nuevo la luz del día. Hubo uno que siguió el curso del arroyo subglacial y llevó así a cabo un verdadero viaje por debajo de la enorme bóveda de témpanos pendientes. Después de excursión semejante, no le queda al hombre más que bajar al fondo de un cráter para explorar el depósito subterráneo de las lavas.
Digno es de loa, ciertamente, el animoso sabio que baja a las profundidades del ventisquero para estudiar sus estrías, las burbujas del aire, los cristales, pero bastantes cosas podemos contemplar en la superficie; muchas encantadoras particularidades podemos sorprender; muchas leyes se revelarán a nuestros ojos si sabemos mirar.
En efecto; aquel caos aparente, todo está sometido a leyes. ¿Por qué se produce siempre en la masa glacial una hendidura frente a determinado sitio del ribazo? ¿Por qué la grieta, a cierta distancia por debajo, después de haberse ensanchando, acerca de nuevo sus bordes unos a otros, soldando el ventisquero? ¿Por qué se redondea regularmente la superficie en un punto para agrietarse en otros? Viendo todos esos fenómenos que reproducen groseramente las rizaduras, las ondas, los remolinos o el nivel liso de las aguas fluviales, se comprende mejor la unidad que, bajo variedad infinita de aspectos, preside a todas las cosas de la Naturaleza.
Cuando se ha adquirido intimidad con el ventisquero por largas exploraciones y se conocen los ligeros cambios de su superficie, es delicioso y gratísimo recorrerlo en un hermoso día de verano. El calor del sol le ha devuelto el movimiento y la voz. Venillas de aguas, casi imperceptibles al principio, se forman varios sitios, se unen luego en relumbrantes riachuelos, que serpentean en el fondo de diminutos cauces fluviales que ellos mismos se han abierto, y desaparecen de pronto en una hendidura del hielo con una especie de queja de argentino sonido. Aumentan o disminuyen, según las oscilaciones de la temperatura. Si cubre una nube la claridad del sol y enfría la atmósfera, apenas corren; si el calor aumenta, los arroyos superficiales hacen como los torrentes: arrastran consigo casquijo y arena para depositarlos en aluviones y formar con ellos islotes y ribazos: al anochecer se calmarán y el frío de la noche los congelará de nuevo.
Bajo los rayos caloríficos que animan temporalmente el campo helado por la fusión de la capa superficial, agitase también el conjunto de los guijarros caído de la pared vecina. Una escarpa de casquijo situada a la orilla de un arroyuelo, se viene abajo en derrumbamientos parciales y se sumergen en las grietas. En otra parte, piedras negruzcas diseminadas por el ventisquero absorben y concentran el calor, y perforando el hielo que tiene debajo, lo llenan de agujerillos cilíndricos. En cambio, más lejos, grandes montones de escombros y piedras grandes impiden que penetre en la capa inferior el calor solar. Alrededor se funde y se evapora el hielo y aquellas piedras llegan a formar pilares, que parecen crecer brotando del suelo como columnas de mármol, hasta que una por una acaban por debilitarse y romperse bajo el peso, y todos los fragmentos que sostenían caen con estrépito para empezar al otro día igual evolución. Más encantadores son aún estos dramas pequeños de la Naturaleza inanimada cuando toman parte en ellos animales o plantas. Atraída por lo tibio del aire, acercase revoloteando la mariposa, mientras la planta, caída con tierra desmoronada desde lo alto de la roca vecina, aprovecha el corto reposo de vida para arraigar otra vez y enseñar al sol su última corola. En las costas polares, los navegantes han visto toda una alfombra vegetal cubrir un alto acantilado, cuya cima era de tierra y cuya base era el hielo.

CAPÍTULO XIII


LOS HACINAMIENTOS DE ROCAS Y LOS TORRENTES

Todos esos fenómenos que se verifican diariamente parecen de poquísima importancia para la historia de la tierra. ¿Qué representa, efectivamente, el trabajo del ventisquero durante un día de verano? Su masa, que adelanta por continuo esfuerzo, apenas ha recorrido algunos centímetros; dos o tres rocas se han desprendido de la pared para caer en el movible campo de hielo; se ha ensanchado algo más el arroyo que se lleva las aguas procedentes de la fusión, y los guijarros más numerosos tropiezan unos con otros con mayor estruendo en el cauce. Lo demás conserva su acostumbrada apariencia. En ninguna parte parece llevar adelante con mayor lentitud la Naturaleza su obra de perpetua renovación.


Y sin embargo, esas transformacioncillas de cada día, de cada minuto, acaban por producir cambios inmensos en el aspecto de la tierra, verdaderas revoluciones geológicas. Esos cascotes, esos fragmentos de roca que caen de las quebraduras superiores al cauce del hielo, se amontonan poco a poco al pie de las paredes como enormes murallas de piedras; caminan lentamente con la masa helada que los lleva, pero otros escombros, desprendidos de los mismos lados de la montaña, ocupan el lugar que han dejado aquéllos. Así es que largos convoyes de rocas, desordenadamente hacinadas, siguen el andar del ventisquero. Súmanse al río de hielo ríos de piedras que bajan de todo derruido promontorio, de todo círculo surcado por el alud.
Llegado a la salida de los altos desfiladeros, en una zona de temperatura más suave, el ventisquero no puede continuar en estado cristalino: se convierte en agua y suelta su carga de piedras. Todas estás se desploman, formando caos inmenso, como una barricada en el valle, y en la extremidad de muchos ventisqueros se ven verdaderas montañas de piedras mal sostenidas en sus escarpas. Si después de una larga serie de años de nieve se hincha y se alarga la masa del ventisquero, volverá a coger esas montañas de piedras y las llevará más lejos. Cuando después, y bajo la influencia de más benigna temperatura de inviernos menos pródigos en nieve, se funda el ventisquero en toda su parte inferior, dejando vacía la oquedad de roca que le servía de cauce, el hacinamiento de peñascos, libre de la presión que le empujaba hacia delante, quedará aislado a cierta distancia del ventisquero; detrás de él se verá la piedra desnuda, lisa, cepillada por el enorme peso que recientemente la cubría, y sembrada en algunos sitios del barro rojizo producido por los guijarros y el casquijo que se estrellaron en ella. Otro hacinamiento de escombros se formará poco a poco delante de la escarpa del ventisquero.
Pues bien, a enorme distancia del valle, que pueden medirse, pasado éste, por decenas de leguas, se observan huellas indiscutibles de la antigua acción de los hielos. Llanuras enteras, llenas de agua en otro tiempo, han sido cegadas por el lodo y los guijarros que el ventisquero impulsaba hacia adelante; los rebordes de las montañas y las colinas aparecen desgastados; finalmente, rocas esparcidas o hacinadas han quedado abandonadas a lo lejos, hasta en pendientes de montañas pertenecientes a otros sistemas. Se conoce con facilidad el origen de estas piedras en su composición química, en la disposición de sus cristales o en sus fósiles. Tienen tal precisión a veces sus caracteres distintivos, que se pueden determinar el elevado círculo de donde se separó el errante pedazo ¿Cuántos años, cuántos siglos habrá durado ese viaje? Indudablemente ha sido largísimo, si lo juzgamos por las enormes rocas que transportan hoy los ventisqueros y cuyo andar se ha medido. Algunos de esos peñascos que viajan, han adquirido celebridad por las observaciones de los sabios y se los ve con gusto, como si de amigos se tratara.
Esas piedras varadas en la llanura, esos montones de barro transportados tan lejos, todas esas huellas al paso de antiguos ventisqueros, nos permiten imaginar cuáles han sido las grandes alternativas del clima y las inmensas modificaciones del relieve y el aspecto terrestre durante las sucesivas edades del planeta. En los pasados tiempos que nos relevan esos escombros, vemos a nuestra montaña y a las vecinas erguirse a mucha mayor altura que la actual. Sus vértices dominaban las más altas nubes, y todos los vapores que viajaban por el espacio se depositaban como nieve o como helado cristal en sus enormes pendientes. Sus círculos de pasto, las verdes cañadas, las vertientes llenas hoy de bosque, estaban cubiertas por uniforme capa de hielo. Nada aparecía aún en el valle: ni cascadas, ni praderas, ni arroyos, no lagos.
El inmenso río helado, no menos recio que las actuales hiladas del monte, llenaba todas las depresiones, y después, al salir de los alfoces, se extendía a los lejos, en la llanura, dominando cañadas y cerros. Tal era, en tiempo de nuestros antepasados, la imagen que les presentaba la montaña cargada de hielo: los tataranietos de nuestros hijos que vivan en la indefinida lontananza de los siglos, verán cuadros completamente distintos. Tal vez entonces, completamente fundido el ventisquero, corra en su lugar un arroyuelo humilde y no quede otra huella de aquél que una ligera convexidad del terreno. La actual llanura, trastornada por los cambios del nivel, habrá producido montes que gradualmente se irán elevando.
Y mientras pensamos en la historia de la montaña y su ventisquero, en lo que fueron y e lo que llegarán a ser, sale el torrentes, susurrando, de los hielos, y base por el mundo a contribuir a la labor de la renovación continua de la tierra. El agua, blanquecina o lechosa por las innumerables moléculas de roca triturada que lleva en suspensión, no es más que el mismo ventisquero, que ha pasado súbitamente al estado líquido. Y no es chico, sin embargo, el contraste entre la masa sólida, con sus grietas, sus montones de piedras, sus pendientes fangosas, sus grutas, y el agua que brota alegremente luminosa y serpentea con claro murmullo entre las flores. Uno de los más curiosos espectáculos de la montaña es esa brusca aparición del arroyo que durante todo el curso por las regiones superiores ha corrido por la sombra, acrecentándose con los millones de gotitas desprendidas de las hendiduras de las bóvedas. La caverna, de la cual se escapa el torrente, cambia diariamente de forma según los derrumbamientos o fundición del hielo: no obstante, es fácil penetrar a cierta distancia en la gruta y admirar sus estalactitas, sus paredes translucidas, su azulada luz, sus cambiantes reflejos. Lo extraño y vago del espectáculo, la emoción que sobrecoge el alma, le hacen creer a uno que le han conducido a lugar sagrado. Tres veces, mil veces benditos se creen los peregrinos indios que, después de haber llegado a las fuentes del Ganges, se atreven aún a penetrar bajo la tenebrosa bóveda de donde brota el río santo.
Con gran regularidad, causada por la de las estaciones, llevan los torrentes del ventisquero a la llanura el agua fecundante y los barros de aluvión, que provienen del enorme de taller triturador que funciona incesantemente bajo el ventisquero.
Durante la estación del frío en nuestras zonas templadas, cuando cae la lluvia en los campos con más frecuencia y en lugar de evaporarse emprende el camino hacia los ríos, hallase más apretadamente en el ventisquero. Se adhiere por todas partes a la bóveda que le sirve de cauce y no deja salir de ella más que una tenue corriente; a veces se cierra enteramente y ni una gota de agua baja de la montaña. Pero a medida que vuelve el calor y la alegre vegetación pide mayor cantidad de agua para sus hojas y flores, a medida que se hace más activa la evaporación y tiende a bajar el nivel de los ríos, aumentan los torrentes glaciales, parecen ríos temporales y proporcionan la necesaria humedad a los campos sedientos. Así se establece utilísima compensación para la prosperidad de las comarcas regadas por corrientes de agua que alimentan los ventisqueros en parte. Cuando los afluentes, acrecidos por la lluvia, corren abundantemente, los torrentes de la montaña llevan muy escaso caudal líquido, pero se desbordan, en cambio, cuando las otras corrientes de agua están casi secas. Gracias a ese fenómeno de compensación, conserva cierta igualdad el río, el cual van a parar todas las diversas aguas.
En la economía general de la tierra, el ventisquero, inmóvil aparentemente, de fuerza tan lenta y tan tranquila, es un gran elemento de regularización. Es raro que introduzca algún desorden en la Naturaleza, como puede ocurrir, por ejemplo, cuando un ventisquero lateral, empujando un largo muro de escombros o adelantándose a través de un riachuelo salido del ventisquero primitivo, acumula las aguas y forma así un lazo incesantemente crecido. Resiste el dique durante mucho tiempo a la presión de la masa líquida, pero a consecuencia de una fusión considerable de nieve, de un retroceso del ventisquero por las aguas, puede ceder de pronto la barrera de hielo y peñasco. Entonces se convierte el lago en alud terrible; mezclada el agua con piedras, témpanos y todos los restos arrancados a la orilla, se precipita rabiosamente en el valle inferior; arranca los puentes, destruye los molinos, arrasa habitaciones, desarraiga los árboles de las pendientes bajas, y revolviendo hasta las praderas, como lo haría la reja de un arado inmenso, las arroya al pasar y las confunde con el caos de tal diluvio. Inmenso es el desastre en los valles que la inundación recorre, y transmite su relato de generación en generación.
Pero esos sucesos son raros y hasta se hacen imposibles para lo porvenir en los países civilizados, porque las amenazadas poblaciones cuidan de precaver el peligro abriendo subterráneos de desahogo para los depósitos lacustres que se forman detrás de un dique movible de hielo o de piedra. Previstos así sus desmanes, el ventisquero es un bienhechor de las regiones que han de recorrer sus aguas. El las riega en la estación más temible por la sequía, las renueva con aluviones de tierra vegetal fresca aún y con todos sus elementos de nutrición química. El ventisquero es en realidad un lago, un mar de agua dulce que contiene billones de metros cúbicos, pero ese lago, suspendido en las laderas de los montes, se vierte lentamente y como con medida. Contiene bastante agua para inundar todos los campos inferiores, pero reparte sus tesoros discretamente. Esa helada masa, que ofrece la apariencia de la muerte, contribuye no poco a la vida y a la fecundidad de la tierra.

CAPÍTULO XIV


LOS BOSQUES Y LOS PASTOS

Con sus nieves y con sus hielos derretidos, que sirven para aumentar el caudal de torrentes y ríos en verano, conserva la montaña la vegetación hasta enormes distancias de su base, pero se queda con humedad bastante para alimentar a su propia flora de bosques, céspedes y musgos, muy superior, por el número de las especies, a la flora de igual extensión en la llanura. Desde abajo, no divisa la mirada los pormenores del cuadro que presenta la verdura de la montaña, pero abarca todo el magnífico conjunto y disfruta de los mil contrastes que la altura, las fragosidades del suelo, la inclinación de las pendientes, la abundancia del agua, la vecindad de las nieves y las demás condiciones físicas producen en la vegetación.


En la primavera, cuando renace todo, da gusto ver el verdor, de hierbas y follaje dominar la blancura de las nieves. Los tallos del prado que pueden respirar otra vez y ver la luz de nuevo, pierden su tono rojizo y su apariencia calcinada y adquieren primero un color amarillento y después verde hermoso. Multitud de flores esmaltan la pradera: se ven aquí únicamente ranúnculos, anémonas o prímulas que brotan formando ramilletes: más allá desaparece el verde bajo la blancura nívea del gracioso y poético narciso o el vivo color del azafrán, que es flor desde la raíz hasta la corola.
Cerca de las corrientes de agua abre su delicada flor parnasia y en otras partes florecillas blancas y azules, rojas o amarillas, se multiplican y forman tales muchedumbres, que dan su color a toda la pendiente vegetal, y desde las vertientes opuestas se pueden conocer qué especie de planta domina en la pradera a medida que la nieve retrocede hacia las alturas ante la alfombra de florida verdura. Pronto toman parte los árboles en la fiesta. Abajo, en las primeras pendientes, los árboles frutales, después de haberse liberado de la nieve del invierno, se cubren con la nieve de las flores. Más arriba, castaños, hayas y diversos arbustos se cubren de hojas de verde claro; de un día a otro, parece que la montaña se ha revestido con un tejido maravilloso de terciopelo y seda. Poco a poco sube hacia las cimas el nuevo verdor de bosques y de malezas, escala cañadas y barrancos para conquistar las quebraduras superiores junto al ventisquero. En lo alto, todo inesperado y alegre aspecto. Hasta las rocas sombrías, que parecían negras por su contraste con las nieves, adornan sus fragosidades con matas verdes. También ellas participan de la primaveral alegría.
Menos suntuosos por la exuberancia del verdor y la prodigiosa multitud de flores, son, sin embargo, los pastos altos más agradables que las praderas bajas. Más íntima y benigna es la alegría de sus masas de verdor. Es más grato pasearse por la corta hierba y entrar en conocimiento con las flores que brotan a millares de la alfombra verde. Incomparable es el brillo de sus corolas. El sol les envía rayos más cálidos, de más poderosa y rápida acción química, y elabora en la savia substancias colorantes de más perfecta belleza. El químico y el botánico, armados de sus lentes, comprueban el fenómeno como es debido; pero sin necesidad de instrumentos bien ve el paseante, a la simple vista, que ninguna flor de la llanura tiene un azul tan profundo como el de la diminuta genciana. Las plantas, en su prisa por vivir y gozar, adquieren mayor hermosura; se adornan con más vivos colores, porque la estación de la ventura será corta; cuando haya desparecido el verano, la muerte las sorprenderá.
Deslumbra la vista el brillo que despiden las anchas extensiones de hierba salpicada con las estrellas de color sonrosado subido del silencio, con los azules manojos de miosotis, con las anchas flores del áster de los Alpes, cuyo corazón es de oro. En las pendientes más secas, en medio de las rocas áridas, crecen el negro orquiso con fragancia de vainilla, y el pie de león, cuya flor nunca se marchita y es símbolo de eterna constancia.
De esas plantas de brillantes flores, algunas no temen la vecindad de la nieve y el agua helada. No sienten el frío; al lado de los cristales de nieve circula libremente la savia en los tejidos de la delicada soledad, que inclina sobre la nieve su corola, de tan puro y suave matiz; cuando brilla el sol, de ella puede decirse mejor que de la palmera de los oasis que tiene el pie en el hielo y en el fuego la cabeza. En la salida misma de las nieves, el torrente, cuya agua lechosa parece hielo apenas derretido, rodea con sus brazos un florido islote, encantador ramillete de tallos que se estremecen sin cesar. Más lejos, el cauce nevado, que la sombra de una roca defendió de los rayos solares, está esmaltado completamente de flores: la benigna temperatura que despiden ha derretido la nieve a su alrededor. Parece que brotan de una copa de cristal de fondo azulado por la sombra. Otras flores de mayor sensibilidad no se atreven a entrar en inmediato contacto con la nieve, y cuidan de rodearse de muelle funda musgosa. Así hace la clavellina roja de los vértices nevados, y semeja un rubí colocado en almohadón de terciopelo en medio de un lecho de blanco plumón.
En las pendientes de la montaña, los bosques alteran con las manchas de césped, pero nunca al azar. La presencia de árboles grandes indica siempre, en la vertiente que los produce, tierra vegetal de bastante espesor y abundante agua de riego: de modo que, gracias a la distribución de bosques y praderas, pueden leerse de lejos algunos secretos de la montaña, siempre que el hombre no haya intervenido brutalmente derribando los árboles y modificando el aspecto del monte. Regiones enteras hay en que el hombre, ávido de riquezas, ha talado todos los árboles: no ha quedado no un tronco, porque las nieves, a las cuales no detienen ya la barrera viva, resbalan libremente en la temporada de los aludes. Descarnan el suelo, lo raspan hasta la roca, llevándose consigo todos los residuos de las raíces.
La antigua veneración casi ha desaparecido. En otro tiempo, el leñador apenas se atrevía a acercarse a la selva montañesa: el viento que en ella gemía se le figuraba a la voz de los dioses. Había seres sobrenaturales ocultos bajo la corteza, y la savia del árbol era también sangre divina. Cuando tenían que tocar con el hacha uno de aquellos troncos, lo hacían temblando, y el montañés de los Apeninos decía: «Si eres dios o diosa, perdóname»; y recitaba devotamente las plegarias propias del caso, pero no se quedaba muy tranquilo después de genuflexiones.
Al blandir el hacha, veía agitarse las ramas encima de su cabeza. Le parecía que las rugosidades de la corteza adquirían expresión de ira y se animaban con terrible mirada. Al primer golpe, parecía la húmeda madera como sonrosada carne de ninfa. «El sacerdote lo ha permitido; pero ¿qué dirá la propia divinidad? ¿No retrocederá el hacha de pronto, para hendir el cuerpo de quien la está manejando?»
Aun queda hoy mismo árboles adorados: el montañés ignora por qué, y no gusta de que le pregunten sobre ello; pero en muchos sitios existen encinas respetadas, rodeadas de vallas por los indígenas, para protegerlas contra los animales y los viajeros errantes. En Bretaña, cuando un hombre estaba en peligro de muerte y no se hallaba cerca de ningún sacerdote, podía confesarse al pie de un árbol: las ramas le oían, y su rumor llevaba al cielo la última oración del moribundo.
De todos modos, aunque quede algún tronco respetado en memoria del tiempo viejo, no inspira ya el bosque aquel terror sagrado. Ahora los leñadores no se andando con tantos miramientos como sus antepasados, especialmente cuando no derriban bosques que sirven de valladar a los aludes. Basta con que puedan explotarlos útilmente, es decir, ganando con la venta de la madera más de los que les cuesta la corta y el transporte. Numerosas selvas conservan su prístina virginidad por lo difícil que es al explotador llegar hasta ellas y sacar los árboles cortados. Pero cuando el camino es cómodo, cuando la montaña ofrece buenos resbaladeros por los cuales se puede hacer bajar con un solo impulso los troncos pelados, cuando al pie de la pendiente el torrente del valle tiene bastante fuerza para arrastra los árboles en balsa hasta la llanura o para dar movimiento a poderosas sierras mecánicas, en gran peligro están los bosques de caer en manos de los leñadores. Si sin explotados con inteligencia, si se regulan cuidadosamente las talas de modo que siempre quede en pie bastante árbol para los años sucesivos y se desarrolle en el suelo forestal la mayor fuerza posible de producción, puede congratularse la humanidad de las nuevas riquezas que se le procuran. Pero cuando se corta y destruye de una vez todo el bosque, como en un acceso de frenesí, dan intenciones de maldecir a quien tal dispuso.
La belleza de los bosques que aun quedan en las pendientes de la montaña hace que echemos de menos, con mayor pena, lo que nos han robado violentos especuladores, Abajo, junto a la llanura, han sido respetados los bosques de castaños, gracias a las hojas, recogidas por los aldeanos para la cuadra, y a los frutos, que estos mismos comen en las noches de invierno. Pocas selvas, ni aun en las regiones tropicales, donde alternan los grupos de árboles de más diferentes especies, presentan más pintoresca variedad que los bosques de castaños. Las pendientes de césped extendidas al pie de los árboles están bastantes libres de malezas para que la mirada pueda alcanzar numerosas perspectivas por debajo de las ramas. En muchos sitios deja pasar la verde bóveda la luz del cielo: la sombra gris y el rayo suavemente dorado oscilan según el movimiento del follaje: musgos y líquenes que cubren con sus tapices la rugosa corteza, acrecen la suavidad de luces y sombras fugitivas. Los mismos árboles, bien irguiéndose aislados, bien formando grupos, difieren de aspecto y de forma. Casi todos, por los surcos de la corteza y la dirección de sus ramas, parecen haber sufrido un movimiento de torsión de izquierda a derecha; pero mientras unos tiene el tronco bastante liso y bifurcan regularmente sus ramas, otros tiene extrañas jorobas, nudos y verrugas caprichosamente adornadas con hojas. Hay árboles viejos de enorme tronco que han perdido sus ramas mayores a consecuencia de las tempestades y las han sustituido con tallitos puntiagudos como lanzas: otros conservan completo el ramaje, pero están podridos por dentro; les royó el tronco el tiempo, abriéndoles profundas cavernas y no dejándoles a veces más que una ligera capa de madera cubierta de corteza para sostener todo el peso de la vegetación superior. Se ve de cuando en cuando en el suelo huella de una cepa de poderosa dimensión: desapareció el árbol, pero alrededor de aquella ruina vegetal crecen otros castaños, unidos antes al gigantesco pilar y asilados ahora, encogidos, limitados a su ruin individualidad. De modo que el bosque presenta diversidad grandísima. Al lado de árboles bien crecidos, de aspecto soberbio y porte majestuoso, hay grupos cuyas extrañas formas evocan en la imaginación los monstruos del sueño o de la fábula. Muchas más semejantes unas a otras son las hayas, que también gustan de asociarse y formar bosques, como los castaños. Casi todas son rectas como columnas, y la extensión abierta entre los fustes permite a la vista alcanzar largas distancias. Las hayas son lisas, de brillantes corteza cubierta por el liquen y de verde musgo en la base; mazorquillas de hojas adornan la parte baja del tronco, pero los ramajes se extienden a quince metros de altura, y se unen de árbol en árbol en continua bóveda, perforada por rayos paralelos que forman dibujos en la hierba. El aspecto de la selva es severo y hospitalario al mismo tiempo.
Suave claridad, compuesta de hacecillos brillantes y a la cual comunican entonación verde las hojas, llena los paseos y se mezcla con la sombra para producir una impresión de luz cenicienta, sin crudeza de matices, pero también sin obscuridad. Tal claridad hace ver bien cuanto vive al pie de los árboles grandes; los insectos que se arrastran, las florecillas que se balancean, los hongos y musgos que alfombran la tierra y raíces, y sobre los mismos árboles, líquenes blancos y dorados que se mezclan y confunden con los rayos de luz. Según las estaciones, cambia incesantemente de apariencia el bosque de hayas. En otoño, el follaje adquiere diversos tonos, dominando los matices oscuros y rojizos; marchitase después y cae a tierra y la cubre con espesa capa de hojarasca, que zumba al menos soplo de aire. Penetra libremente la luz solar en el bosque por entre las desnudas ramas, pero penetra también nieves y brumas. Permanece triste y sombrío el bosque hasta la primavera, cuando las primeras flores se abren junto a los charcos de nieve derretida, cuando las sonrosadas yemas irradian sobre todo el ramaje como una vaga luz auroral.
Más sombría y de más terrible apariencia es la selva de abetos que crece a la misma altura que las hayas en la vertiente de la montaña, pero con diferentes expansión. Parece guardar un terrible secreto: brotan de sus ramas rumores sordos y después se extinguen para renacer de nuevo, como el murmullo lejano de las olas. Arriba es, en las copas, donde el ruido se propaga; abajo todo está inmóvil, impasible y siniestro. Las ramas, cargadas de negro follas, se inclinan hasta el suelo, y estremece el pasar bajo aquellas bóvedas sombrías. Cuando el invierno cargue de nieve las robustas ramas, no se doblarán, y sólo dejarán caer en el césped plateado polvo. Parece que poseen estos árboles tenaz voluntad, tanto más poderosa cuando que les une a todos el mismo pensamiento. Trepando por la selva hacia la cumbre de la montaña, se ve que los árboles tienen que luchar cada vez más para conservar su existencia en la atmósfera, que se va enfriando. Su corteza es más rugosa, su tronco menos recto, sus ramas más nudosas, su follaje menos abundante y más duro. Sólo pueden resistir a las nieves, a las tempestades y al frío por el abrigo que se dan unos a otros. Aislados, parecerían; unidos en el bosque, continúan viviendo. Pero si por la parte de la cima los árboles que forman el primer valladón de defensa llegan a ceder en cualquier punto, pronto conmoverá y derribará la tormenta a sus compañeros. Presentándose el bosque como un ejército, formando a sus árboles en batalla, como si fueran soldados. Únicamente dos o tres abetos, más robustos que los restantes se han adelantando, semejantes a campeones. Sólidamente arraigados en la roca, bien plantados, acorazados con rugosidades y nudos como con una armadura, desafían a las borrascas y sacuden de cuando en cuando sus penachos sus penachos de hojas. Ha visto a uno de sus héroes que se había apoderado de una punta aislada y dominaba desde allí inmensa extensión de cañadas y barrancos. Sus raíces, que no había podido cubrir la poco profunda tierra vegetal, envolvían a la roca hasta larga distancia: rastreras y tortuosas como serpientes, se reunían en un tronco bajo y nudoso que parecía tomar posesión de la montaña; las ramas del árbol luchador se habían torcido ante los ataques del viento, pero sólidas y recogidas entre sí mismas, podían arrostrar aún el esfuerzo de cien tempestades.
Por encima de los bosques de abetos y de su vanguardia expuesta a todas las tempestades, todavía crecen árboles, pero son de especie que, en vez de elevarse hacia el cielo, se arrastran por la tierra y se escurren miedosamente por las fragosidades para huir del frío y del viento. Se desarrolla en ellos la anchura: las ramas, que serpentean como raíces, se repliegan sobres éstas y aprovechan su escaso calor. Así se juntan unos a otros los carneros para calentarse durante las noches de invierno. Achicándose, ofreciendo poco cuerpo a la tormenta, poca superficie al frío, los enebros de la montaña consiguen conservar su existencia; se les ve aún arrastrarse hacia las nevadas cimas a centenares de metros por encima del abeto más atrevido en el asalto. También los arbustos, como el rosal de los Alpes y el brezo, logran subir a grandes alturas, gracias a la forma esférica o de cúpula que tienen todas sus ramas apretadas una contra otra. El viento resbala en estas bolsas vegetales. Pero ya más arriba tienen que renunciar a luchar contra el frío y dejar sitio a los usgos que se extienden por el suelo y a los líquenes que se incorporan a la roca. La vegetación salió de la piedra, y a la piedra vuelve.


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