La Montaña Eliseo Reclús



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CAPÍTULO X


LAS NIEVES

«Blanco, brillante, nevado», tal es el significado primitivo de casi todos los nombres dados a las altas montañas por los pueblos que en su base se sucedieron. Alzando los ojos hacia las cumbres ven por encima de las nubes la centelleante blancura de nieves y hielos, y su admiración es tanto más grande cuanto que los campos inferiores presentan, por el tono uniforme y oscuro de los terrenos, extraño contraste con los picos blancos. En lo más riguroso del estío, cuando se alza polvo ardiente en los terrenos y el viajero fatigado se para a la sombra, es cuando gusta mirar hacía las heladas masas que los rayos solares hacen resplandecer como placas argentinas. De noche, un suave reflejo, como el de un mundo lejano, revela las altas nieves de la montaña. Las pendientes medias, los promontorios inferiores están cubiertos con frecuencia de capas nevadas. Ya hacia el fin del verano, cuando los torrentes han arrastrado a las llanuras el agua de los aludes fundidos y los árboles han soltado el peso de la nieve que hacía doblarse a sus ramas, y las mismas mates, calentando el espacio que las rodea, han conseguido deshacer los copos de nieve que las rodeaban, súbito enfriamiento de la atmósfera convierte en nieve los vapores de la montaña. La víspera, las estribaciones de los montes y los pastos alpestres estaban completamente libres de escarcha: bien se distinguía el color pardo o amarillento en las desnudas rocas, del verde en bosques y prados, y del rojo en los brezos. Por la mañana, al despertar, el blanco manto nevado ha cubierto hasta los promontorios más salientes. Sin embargo, ese vestido níveo de que hablan los poetas está agujereado y desgarrado por mil partes. Los salientes de la montaña atraviesan esa envoltura, y los matices sombríos de las rocas, contrastando con la blancura de la nieve, acusan con más claridad los relieves de la nieve, acusan con más claridad los relieves de las fragosidades. En las hondonadas profundas se han acumulado los copos en gruesos capas: en las pendientes rápidas bordan ligeramente las hendiduras como tenue velo de encaje; en los abruptos tajos sólo aparecen de cuando en cuando como manchas brillantes. Cada arruga de la montaña puede reconocerse desde lejos en su verdadera forma por la espléndida corriente de nieve que la ocupa; cada roca saliente revela sus protuberancias en las capas nevadas de distinto espesor, que alternan con la roca desnuda. Donde la peña está formada por estratos regulares, la nieve dibuja limpiamente las líneas de separación. Se posa sobre las cornisas y cae por las paredes de los derrumbados. A través de toda clase de fragosidades salientes y entrantes se ve alargarse con asombrosa regularidad la línea de las hiladas por el espacio de muchas leguas: parecen haber sido superpuestas por manos de un arquitecto gigantesco.


Sin embargo, estas pasajeras nieves de estilo que envuelven a manera de velo de montaña, y que en lugar de ocultar las formas de éstas las dibujan con todas sus particularidades, son una coquetería de la Naturaleza. Pronto desaparecen de las colinas inferiores y de los montes avanzados; cada día acortan sus límites hacia arriba los rayos solares. En los días hermosos pueden seguirse de hora en hora, con la mirada, los progresos de la fusión.
Cada quebrada de las que cotan hasta mitad de la altura las laderas de la montaña, nos muestra una vertiente libre ya de nieves (la que ilumina libremente el sol de mediodía) y otra de resplandeciente blancura (la que mira al horizonte septentrional). Después esta misma vértice descubre sus céspedes y sus rocas; de las cada estival de las nieves no queda más que un corto número de charcos, cada vez más chico, huella de los aludes en miniatura que llenaron los huecos de los alfoces. Estos aguazales se mezclan con tierra y guijarros, y el arroyo que pasa se va llevando gota a gota sus manchados residuos.
Encante ver estas nieves de algunos días. Gusta seguir con la mirada su variable decoración: apenas aparecen, cuando se deshacen. Para contemplar la nieve con su verdadera apariencia y comprender su trabajo como agente de la Naturaleza hay que verlo en invierno, en la ruda estación del frío. Entonces todo lo cubren enormes capas de aguas cristalizada en agujas y en carámbanos; la montaña, sus estribaciones y las colinas de su falda, no se presentan bajo su forma real. La espesa masa que las tapa varía su relieve y le da nuevos contornos. En lugar de aparecer saliente, dentada, con truncadas puntas, desenvuelve la pendiente del monte con ondulaciones encantadoras, con curvas de dibujo atrevido, pero sinuoso siempre. Así como el agua por la influencia de la gravedad equivaldría su nivel para extenderse en superficie horizontal, la nieve, obedeciendo a leyes propias. Se dispone en capas redondeadas. El viento, que la trae en remolinos, primero le hace llenar los huecos, después suavizar todos los ángulos, desplegar sus curvas en los relieves; a la montaña áspera, puntiaguda, salvaje, sucede otra de perfiles suaves y puros, de majestuosas curvas. Pero a pesar de la suave pureza de sus líneas, no pierden su formidable apariencia de gigante. Se yerguen rocas perpendiculares y fragosas, en las cuales no ha podido sostenerse la nieve, sobre inmensas pendientes de blancura deslumbradora, y el contraste hace aparecer negras las paredes. Nos sobrecoge el espanto al contemplar esas murallas prodigiosas que se recuestan en la nieve como acantilados de carbón en la orilla de un océano polar.
En estas transformaciones, cambia más el aspecto de las llanuras que el de las protuberancias de la montaña. Al desplomarse por todas partes, las nieves han cegado las cavidades, han nivelado los huecos, han borrado las quebraduras secundarias del terreno. Cubiertos están torrentes y cascadas; todo descansa, helado, bajo aquel sudario. Hasta los lagos quedaron sepultados; el hielo de su superficie tiene encima enormes capas de nieve, y a veces no se sabe encontrar el sitio de sus cuencas. Si acaso, alguna hendidura permite ver en el fondo de un abismo la superficie del lago, tranquila, negra, sin su reflejo: parece un pozo, una sima sin fondo.
Por bajo de las grandes cumbres y de los círculos superiores, donde se amontona la nieve en capas altas como casas, se ven a medias los bosques de abetos. En cada una de las ramas extendidas tiene cada árbol el peso de nieve que puede resistir sin romperse; los ramajes entretejidos forman juntos bóvedas, en las cuales se agrupan masas de nieve en cúpulas desiguales: únicamente algunas ramas rebeldes se escapan de la prisión de hielo y apuntan al cielo con sus flechas de color verde oscuro, casi negro, que sostiene en los extremos pesada carga nívea. Cuando sopla el viento sobre esas ramas, caen con un ruido metálico trozos de nieve helada. Un movimiento vibratorio general agita el bosque oculto y el brillante techo que lo cubre. A veces hay una rotura, se desprende un alud en lo interior y aparece un precipicio, que continuará abierto hasta que lo oculte otra borrasca con un puente de hielo. A grandes peligros se expondría el viajero que se extraviase en invierno durante el invierno en ese bosque, que recorre tan cómodamente durante el verano, pisando hierba, a la sombra de poderosos árboles. Se expondría a cada paso a caer en el abismo, ahogado bajo un derrumbamiento de nieve.
Abajo, en el valle, parecen más difíciles de distinguirse las casas el pueblo que los bosques y grupos de árboles. Enteramente cubiertos de nieve, que hace estallar la armazón, se confunden los techos con los cercanos campos nevados. Ligera y azul humareda es la única señal de que viven y trabajan hombres bajo el sudario blanco. Algunas tapias, un campanario, resaltan en la monotonía del fondo. Además, en esos sitios no se deja en paz a la nieve como lejos de las habitaciones humanas: el viento, girando en torno de las casas, ha levantando a un lado montones de nieve y la ha barrido al lado contrario. Cierto desorden en la Naturaleza indica la proximidad del hombre. Pero ahí, como en todas partes, reina el silencio; raro es el rumor que lo turba en el valle y en los montes.
De todos modos, es necesario que el hombre y los demás habitantes de las montañas salgan alguna vez de su albergue y turben el gran reposo de la Naturaleza. Únicamente la marmota, oculta en su agujero, bajo el espesor de la nieve, puede dormir durante los largos meses de invierno y esperar, en su estado de muerte aparente, que la primavera devuelva la libertad a los arroyos, a la hierba y a las flores. Menos feliz la gamuza, a quien arroja la nieve de las altas cimas, tiene que andar errante junto a los bosques, buscar su refugio entre los apretados árboles, royéndose corteza y hojas. El hombre, por su parte, tiene que dejar su morada para el cambio de productos, compra de provisiones o satisfacciones de compromisos con familia y amigos. Entonces hay que limpiar los montes de nieve que se han acumulado delante de la puerta y abrirse penosamente camino. Desde una altas casa construida en un promontorio, vi una vez a esos entecillos casi imperceptibles, a esas negras hormigas humanas, andar lentamente por una especie de cuneta, entre dos paredes de nieve. Nunca me había parecido tan ínfimo el hombre. En medio de la vasta extensión blanca, aquellos paseantes parecían perdidos, absurdos, quiméricos: no me explicaba cómo una raza compuesta de semejantes pigmeos había podido llevar a cabo las grandes cosas de la historia y realizar de progreso en progreso lo que hoy se llama civilización, promesa de un futuro estado de bienestar y libertad.
No obstante, aun en medio de esas formidables nieves del invierno, ha podido el hombre hacer triunfar su inteligencia y audacia por los caminos comerciales, que le permiten expedir libremente sus mercancías y viajar casi en todo tiempo. La gamuza ha dejado de recorrer las alturas, y numerosas aves que volaban en verano muy por encima de las cumbres, han bajado prudentemente a las tibias regiones llanas. Pero el hombre continúa recorriendo los caminos que, de desfiladero en desfiladero, de estribación en estribación, se elevan hasta una brecha de las cresta y descienden por la gran vertiente. En el buen tiempo, cuando los alegres torrentes saltan en cascadas al lado del camino, hasta coches arrastrados por caballos con ruidosos cascabeles pueden subir con facilidad las pendientes dispuestas a gran costa en las fragosidades. Cuando las nieves han cubierto el camino, hay que cambiar de vehículo; en lugar de carros y coches se usan trineos que se deslizan ligeramente sobre los campos amontonados. La travesía de la montaña no se hace con menos rapidez que durante los más calurosos días del verano, y cuesta abajo, la velocidad produce vértigos.
Viajando en trineo por las montañas es como se aprende a hacer conocimiento con las nieves. La ligera armazón se desliza sin ruido; no se nota el choque del herraje con el suelo duro, y parece que viaja uno por el espacio, arrebatado como un espíritu, ora es se rodee la curva de un barranco, ora el relieve de un promontorio. Se pasa desde el fondo de las simas a las aristas de los precipicios y en todas las variadas formas que nos ofrecen a la vista conserva el monte su inmaculada blancura. Si ilumina el sol la superficie de la nieve, se ven brillar innumerables diamantes; si el cielo aparece bajo y ceniciento, los elementos parece que se confunden. Jirones de nubes y montecillos nevados no se diferencian unos de otros. El viajero se figura no pertenecer ya a la tierra y flotar en el espacio infinito.
Mucho más se penetra aún en las regiones de los sueños cuando después de haber atravesado el punto culminante, se bajo por la pendiente opuesta arrebatada de vuelta en vuelta con espantosa rapidez. Al ponerse en marcha la caravana, cuando se mueve el postrer trineo, ya desaparecido el primero detrás de un saliente del abismo. Se le ve, y desaparece de nuevo; se le columbra otra vez, y vuelve a desaparecer. Se sumergen el viajero en vertiginoso abismo, en el cual se derrumban montes de nueve como colinas; convertido en alud también, se desliza uno de los aludes y ve desfilar al lado, como arrastrados por una tempestad, círculos, quebradas, promontorios. Las mismas cumbres parecen huir por el horizonte, arrebatadas en frenético torbellino, en una especie de galope infernal. Y cuando al acabar la desenfrenada carrera se llega a la base de la montaña, a las llanuras desprovistas (o apenas salpicadas) de nieve, cuando se respira otra atmósfera y se ve una Naturaleza nueva bajo otro clima, es cosa de preguntar si no se ha padecido una alucinación, si se han recorrido en realidad las profundas nieves por encima de la región de nubes y tormentas.
Pero durante los días tempestuosos, la travesía es harto peligrosa para que el viajero pueda recordarla y conservar memoria exacta de sus aventuras. El viento levanta sin cesar torbellinos de nieve que ocultan la ruta o modifican su forma, rebajando taludes y cegando el camino recorrido ya. Los caballos, hábiles para pisar terreno sólido, tiene que atravesar a veces masas de nieve blanda, movediza aún, y mientras uno se hunde hasta el pretal, otro se encabrita sobre la nieve amontonada. La tempestad que silba junto a sus orejas, los cristales de nieve que le entran en los ojos y en las narices y los ternos brutales de los cocheros, los irritan y casi los enloquecen. El trineo, por el estrecho camino, se inclina a veces hacia la pared de la montaña, a veces hacia el precipicio; porque el abismo está allí, se pasa por su borde, se le sigue a los lejos en perspectiva inmensa, como si al caer debiera irse a para a otro mundo. El cochero ha dejado la fusta, no lleva más que un cuchillo en la mano, dispuesto a cortar los tirantes si los caballos, enloquecidos por el terror o resbalando por un talud de nieve, llegasen a caer por el precipicio abajo.
Terrible es la situación del caminante desdichado, cuando al atravesar los nieves lentamente, lo sorprendente de pronto una tempestad. Desde abajo, la gente de la llanura admira cómodamente el meteoro. La cumbre del monte, castigada por el viento, parece que humea como un cráter; las innumerables moléculas heladas que levanta la borrasca se junta, formando nubes que se arremolinan encima de los picos. Las aristas de los contornos, esfumadas por esa niebla de nieves giratorias, pierden su precisión, como si flotaran en el espacio. La misma montaña parece vacilar sobre su enorme. ¿Y qué es el pobre viajero cogido en el torbellino de la tempestad que ruge en las elevadas cumbres? Las agujas de hielo, lanzadas contra él como flechas, le dan en la cara, amenazan cegarle y penetran hasta en sus ropas; envuelto en resistente abrigo, cuéstale trabajo defenderse contra ellas. Si da un paso en falso, o siguiendo rastro equivoco deja la vereda un instante, se pierde casi inevitablemente. Anda al azar de charco en charco; a veces medio se hunde en un agujero lleno de nieve blanda y permanece algún tiempo, como para esperar la muerte, en el hueco que se abrió delante de él. Después se levanta con desesperación y principia otra vez la caminata insegura a través de las nubes de cristales que el viento le arroja a la cara. Las ráfagas acercan y aproximan el horizonte alternativamente. Ora no ve a su alrededor más que l torbellino de los copos, ora mira a la derecha o a la izquierda una cumbre inmóvil que se desprende de la nube y parece que la mira sin odio y sin amor, indiferentemente a su desesperación. A lo menos, el peatón ve en ella una especie de señal que le permite reanudar la marcha con alguna esperanza; pero todo es inútil. Cegado, atontado, entumecido por el frío, acabada por perder la voluntad; da vueltas sin moverse del sitio y se agita sin objeto. Al fin, caído en alguna sima, mira pasar con estupor los torbellinos de la tormenta y se deja vencer poco a poco por el sueño precursor de la muerte. Dentro de algunos meses, cuando el calor haya fundido la nieve y la hayan limpiado los aludes, algún perro de ganado dará con el cadáver y llamará a su dueño con espantable ladridos.
En otro tiempo, los restos humanos encontrado en la montaña tenían que descansar para siempre en el sitio donde los habían descubierto algún pastor. Se amontonaban piedras sobre el cuerpo, y todo viajero tenía la obligación de añadir un canto al creciente montón. Aun hoy, el montañés que pasa al lado de uno de esos antiguos sepulcros, nunca deja de recoger su piedra para colocarla sobre las otras. El muerto fue olvidado hace tiempo; quizá fue siempre desconocido, pero de siglo en siglo, el caminante no cesa de prestarle su homenaje para dar paz a sus manes.

CAPÍTULO XI


EL ALUD

Al largo invierno y a sus terribles borrascas sucede por fin la dulce primavera con sus lluvias, sus brisas tibias y su calor vivificante. Todo se rejuvenece, y la montaña y la llanura presentan nuevo aspecto. Aquélla sucede su manto de nieve, y bosques, céspedes, cascadas y lagos reaparecen bajo los rayos del sol. El hombre se ha librado ya en el valle de los montones de nieve que le estorbaban. Ha barrido el umbral de la puerta, ha reparado los caminos, ha limpiado el techo y el jardín, y después espera que el sol haga lo demás. Ya las solanas o pendientes, bien expuestas a los rayos del mediodía, empiezan a salir del blanco sudario que las envuelven; aquí y allá reaparecen, a través de la capa de la nieve, la tierra, la peña y la mata, y esos espacios negruscos van aumentando de tamaño. Parecen grupos de islas que crecen incesantemente y acaban por juntarse. Diminuyen en número y en extensión con manchas blancas; fúndanse, y parecen que suben gradualmente la pendiente montañosa. Los árboles del bosque, libres de entumecimiento, empiezan su tocado primaveral; ayudados por los pajarillos que vuelen de rama en rama, sacuden la carga de escarcha y nieve que les pesaba y bañan en libertad sus retoños en la tibia atmósfera.


Debajo de la capa protectora de las nieves, la temperatura del suelo no ha bajado tanto como en la superficie exterior, barrida por los vientos fríos, y durante los largos meses de invierno, depósitos diminutos de agua, que semejan gotitas en un vaso diamantino, existen bajo los hielos. En la primavera, esos depósitos, hacia los cuales se dirigen todos los hilillos de nieve fundida, no bastan para encerrar la masa líquida. Las cubiertas heladas se quiebran, las hoyas se desbordan y el agua procura abrirse camino bajo la nieve. En cada barranco, en cada depresión del suelo, se verifican el mismo trabajo oculto, y el torrente del valle, alimentado por tanto riachuelo que baja de las alturas, reanuda su carrera, interrumpida por el frío invernal. Primero pasa como un túnel bajo la nieve amontonada; después, gracias a los incesantes progresos de la fusión, ensancha el cause, levanta bóvedas, hasta que llega el momento en que la masa que lo domina no puede no puede sostenerse y se derrumba como el techo de un templo cuyos pilares se hubieran bamboleado. Se abren fugas también en las masas nevadas que llenan el fondo de los valles, si nos inclinamos al borde de uno de esos precipicios, veremos en el fondo algo negro bordado, como con encaje, por un poco de espuma; es el agua del torrente, y el sordo murmullo de los guijarros que rozan unos con otros sube por la tenebrosa abertura.

A este primer socavamiento de la nieve suceden unos a otros, más numerosos cada vez, y pronto al torrente, recobraba en gran parte su libertad, no le queda sino derribar los diques formados por las nieves más espesas y más compactas. Algunas de estas murallas resisten semanas y meses enteros al ímpetu del agua. Aun cerca de las cascadas, conservan tenazmente su forma masa de nieve convertida en hielo y rociadas continuamente por el salto del agua. Parece que se niegan a fundirse. Se ve con frecuencia delante de la movible catarata del torrente una especie de pantalla formada por una catarata solidificada, la de las nieves heladas que detuvieron el curso del torrente durante el invierno.


Reformando su cause en cada valle que limita la falda del monte, en cada hondonada que corta sus laderas, el agua de arroyos y torrentes quita a la nieve de las pendientes el cimiento que le servía de punto de apoyo. Bajo la acción de la gravedad, tienden entonces a desprenderse los aludes, y la montaña, como un ser animado, hace caer de sus hombros el nevado traje que la cubre. En todas las estaciones, hasta en lo más riguroso del invierno, masas de nieve arrastradas por su peso se derrumban desde las cimas y las pendientes; pero mientras esos aludes se componen únicamente de la parte superficial de la nieve, no pasan de ser un ligero incidente de la vida montañesa. A veces, empero, es la masa entera de la nieve la que se desprende de las alturas para abismarse en el calle; el agua que ha penetrado a través de las capas (helada aún) de la superficie ha puesto el suelo resbaladizo y ha preparado al camino al alud. Llega el momento en que todo un campo de nieve no se encuentra ya sujeto a la pendiente; cede, y la enorme sacudida que comunica a las nieves vecinas las hace ceder también. Toda la masa se precipita a un tiempo por la vertiente de la montaña, llevándose por delante todo cuanto encuentra en el camino. Arrastrando consigo las cercanas capas de aire, derribando hasta bosques distantes, el formidable derrumbamiento barre de una vez todo un lado de la montaña en una extensión de muchos centenares de metros, y el valle se cegado en parte. Los torrentes que van a chocar con el obstáculo tienen que convertirse temporalmente en lagos.
Con terror hablan montañeses y viajeros de estas masas de aludes. Así es que numerosos valles, más expuestos que otros, han recibido nombres siniestros, como Valle del Espanto o Desfiladero del Terremoto, que les dan los dialectos locales. Un valle conozco, terrible sobre todos los demás, en que no entran nunca los acemileros sin llevar la vista fija en las alturas. Especialmente en los hermosos días de primavera, cuando la suave y tibia atmósfera está cargada de vapores disueltos, los viajeros hablan poco y miran mucho. Saben que el alud no espera más que un choque, un estremecimiento del terreno o del aire, para ponerse en movimiento. Así es que andan como ladrones, con paso silencioso y rápido; a veces hasta envuelven con paja lis cascabeles de las mulas para que el retintín del metal no irrite al genio maléfico que desde allá arriba les amenaza. Finalmente, cuando han salido de las terribles hondonadas en las cuales suelen soltar las pendientes sus aludes de nieve y ruinas por todas partes, pueden respirar a gusto los viajeros y pensar sin angustia personal en sus antecesores, menos felices, cuyas terribles historias se habían contado la víspera. Muchas veces, mientras continúan muy tranquilos bajando a la llanura, un ruido como el del trueno, un estruendo que repercute largamente, de roca en roca, les hace volverse súbitamente; acaba de verificarse el derrumbamiento de la nieve y de llenar todo el ancho del desfiladero que acaban de recorrer.
Afortunadamente, la disposición y la forma de las pendientes permite a los montañeses reconocer los lugares peligrosos. Así es que nunca construyen sus cabañas debajo de las vertientes en que se forman aludes, y al trazar los senderos cuidan de elegir pasos seguros. Pero todo cambia en la Naturaleza, y hay casa, hay sendero, que no tuvieron nada que temer en otro tiempo y hoy corren riesgo, por haber desaparecido el ángulo de un promontorio, por haberse modificado la dirección del escurridero del alud, por haber cedido a la presión de las nieves la orilla protectora de un bosque, pues todas esas causas pueden inutilizar las precauciones del montañés.
Por las mil comunas apretadas de sus troncos, los bosques son una de las mejores barreras contra la caída de los aludes, y muchos pueblos no tienen contra ellos otro medio de defensa. Por eso miran su bosque sagrado con respeto y casi religiosa veneración. El extranjero que se pasee por sus montañas, admira el bosque por la belleza de sus árboles, por el contraste de verdor con la blancura de las nieves. Por ellos le deben la vida y el reposo. Gracias a él, pueden dormir tranquilamente, sin el temor de ser aniquilados una noche. Llenos de gratitud, han divinizado el bosque protector. ¡Desgraciado de quien toque con el hacha uno de sus troncos salvadores! «Quien mata al árbol sagrado, mata al montañés». Dice uno de sus proverbios.
Sin embargo, matadores de estos ha habido, y no pocos. Lo mismo que aun en nuestros días, soldados sedicentes civilizados obligan a someterse a los habitantes de un oasis derribado las palmeras que son la vida de una tribu, así también sucedió frecuentemente que para vencer a los montañeses, talaron los árboles que servían a los pueblos de salvaguardia contra la destrucción, ya los invasores a sueldo de algún señor, ya los pastores de otro valle. Tales eran y son aún las prácticas de la guerra. No es menos feroz la ávida especulación. Cuando por una compra, o por los azares de herencia o de conquista, un hombre adinerado llega a ser el propietario de uno de esos bosques, ¡desgraciados de aquellos cuya suerte depende de su benevolencia o de su capricho! Pronto trabajan los leñadores en la selva, caen cortados los troncos, son lanzados a la llanura, vendidos en tablones y pagados en dinero contante y sonante. Así se abre ancho camino al alud. Privados de su baluarte, quizá los habitantes de la aldea amenazada persistan en no moverse se allí por amor a su hogar nata; pero tarde o temprano, el peligro se hace inminente, y hay que emigrar a toda prisa, llevándose los objetos preciosos y dejando la casa a merced de las nieves amenazadoras.
En todo pueblo de montaña cuéntese en las veladas la terrible crónica de los aludes, y los niños la oyen acurrucándose entre las rodillas maternales. Lo que es el fuego grisú para el minero, es el alud para el montañés. Amenaza su casa, su trabajo, su ganado y también lo amenaza a él. ¡Cuántos parientes y amigos suyos duermen ahora bajo la nieve! Por la noche, cuando pasa al lado del sitio en que los tragó la enorme masa, parece que la montaña, de la cual se desprendió el alud, le mira de mala manera, y entonces apresura el paso para huir del lugar del siniestro. También algunas veces los restos del derrumbamiento le recuerdan la inesperada salvación de un compañero. Allí, durante una noche primaveral, se vino abajo un alud de nieve más grande que los más altos abetos y que la torre de la iglesia. Un grupo de casitas y de horreros se encontraba bajo la formidable masa. Los montañeses que acudieron de las aldeas vecinas creyeron que indudablemente todas las armaduras de los edificios habían quedado demolidas y aplastados los habitantes bajo los escombros. Sin embrago, pusieron animosamente manos a la obra de reconocer el inmenso hacinamientos. Trabajaron cuatro días con cuatro noches, y cuando llegaron con los azadones al techo de la primera casa, oyeron cánticos que se respondían unos a otros. Eran las voces de los amigos cuya perdición se consideraba segura. Sus moradas habían resistido al violento choque, y habían bastado para respirar el aire que contenían. Durante su cautiverio, habían pasado el tiempo estableciendo comunicaciones de casa en casa abriendo un túnel de salida, mientras cantaban para animarse a trabajar.
Cuando desaparecen los bosques protectores; es muy difícil sustituirlos. Los árboles crecen lentamente, sobre todo en las montañas, pero en los caminos del alud no nacen. Verdad es que a fuerza de trabajo se podría sujetar a la nieve en las altas pendientes y precaver así el desastre de su desplome en los valles. Podría cortarse la pendiente en gradas horizontales donde tendría que detenerse las capas de nieve como en los peldaños de una gigantesca escalera; también podrían sustituirse los troncos de los árboles con hileras de estacas de hierro empalizadas que evitara el resbalar de las masa superiores. Todas esas tentativas las ha coronado feliz éxito, pero en valles habitados por poblaciones numerosas y ricas. Aldeanos pobres (como no les ayudara toda la sociedad) no pueden pensar en esculpir de nuevo el relieve de la montaña, y los aludes continuarán precipitándose sobre sus praderas por el camino acostumbrado. Tienen que limitarse a proteger sus casucas con enormes espuelas de tierra que rompen la fuerza de la nieve desprendida y la obligan a dividirse en dos corrientes, siempre que la nieve no baje en masa lo bastante poderosa para destruirlo todo con su ímpetu.
De todos los destructores de la montaña, el más enérgico es el alud. Arrastra tierras y rocas como lo haría un torrente desbordado; hay más por la fusión gradual de las nieves que forman sus capas inferiores diluyen tanto la tierra, que la convierte en un lodo blanco, hendido por profundas grietas, y que se hunden por su propio peso. El terreno adquiere fluidez hasta grandes profundidades y se escurre a lo largo de las pendientes, llevándose consigo, no sólo veredas y fragmentos de roca sueltos, sino hasta casas y bosques. Lienzos enteros de montañas, empapados por la nieve, han resbalado así en conjunto sus campos, pastos, bosques y habitantes; amontonándose y penetrando lentamente en el suelo con el agua producida por su fusión, la nieve basta para demoler una montaña. En primavera, cada quebrada pone de manifiesto ese trabajo destructor: nieves, rocas y aguas bajan de las cimas en aludes, derrumbamientos y cascadas, encaminándose a la llanura.


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