La Montaña Eliseo Reclús



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CAPÍTULO IV


EL ORIGEN DE LA MONTAÑA

Así, pues, hasta en su más diminuta molécula, la montaña enorme ofrece una combinación de elementos diversos que se han mezclado en variables proporciones; cada cristal, cada mineral, cada grano de arena o partícula de caliza, tiene su infinita historia, como los mismos astros. El menor fragmento de roca tiene sus génesis, como el universo, pero mientras se ayudan con la ciencia unos a otros, el astrólogo, el geólogo, el físico y el químico, aun se están preguntando con ansiedad si han comprendido bien lo que es esa piedra y el misterio de su origen.


¿Y están bien seguros de haber puesto en claro el origen de la propia montaña? ¿Viendo todas esas rocas, asperones, calizas, pizarras y granitos, podemos contar cómo se ha acumulado la masa prodigiosa, cómo se ha erguido hacia el cielo? ¿Podemos nosotros, pigmeos débiles, contemplándola en su soberbia belleza, decirle con el orgullo consciente de la inteligencia satisfecha: «La más chica de tus piedras puede aplastarnos, pero te comprendemos y conocemos tu nacimiento y tu historia»?
Como nosotros, y aun que nosotros, dirigen preguntas los niños al ver la Naturaleza y sus fenómenos, pero casi siempre, con cándida confianza, se contentan con la respuesta vaga o engañosa de un padre u otra persona mayor que nada sabe, o de un profesor que supone saberlo todo. Si no alcanzaran los niños esa respuesta, investigarían y continuarían investigando, hasta que encontraran una explicación cualquiera, porque el niño no gusta de permanecer en la duda, lleno de sentimiento de su existente, empezando la vida como un vencedor, quiere hablar como quien domina todas las cosas. Nada debe ser desconocido para él.
Así los pueblos salidos apenas de su barbarie primitiva, encontraban una afirmación definitiva para cuanto les chocaba, y disputaban por buena la primera explicación que respondiera lo mejor posible explicación que respondiera lo mejor posible a la inteligencia y a las costumbres de aquel grupo humano. Pasando de boca en boca, acabó la leyenda por convertirse en palabra divina y surgieron cartas de intérpretes para apoyarla con su autoridad moral y sus ceremonias. Así es como en la herencia mítica de casi todas las acciones encontramos relatos que nos cuentan el nacimiento de las montañas, de los ríos, de la tierra, del Océano, de las plantas, de los minerales y hasta del hombre.
La explicación más sencilla es la que nos muestra a los dioses ó a los genios arrojando las montañas desde las alturas celestiales y dejándolas caer al azar; o bien levantarlas y moldearlas con cuidado columnas destinadas a sostener la bóveda del cielo. Así fueron construidos el Líbano y el Hermón; así arraigó en los límites del mundo el monte Atlas, de hombres robustos. Por otra parte, las montañas, después de creadas, cambiaban de sitio con frecuencia, y servían a los dioses para arrojárselas con hondas. Los titanes, que no eran dioses, trastornaron todos los montes de Tesalia para alzar murallas en torno del Olimpo: el mismo gigantesco Altus, no era demasiado peso para sus brazos, que lo llevaron desde el fondo de Tracia hasta el sitio en que hoy se levanta. Una giganta del Norte se había llenado de colinas el delantal y las iba sembrando a iguales distancias para conocer un camino. Vichnú, que vio un día dormir a una muchacha bajo los ardientes rayos del sol, cogió una montaña y la sostuvo en equilibrio en la punta del dedo para dar sombra a la hermosa durmiente. Éste fue, según dice la leyenda, el origen de las sombrillas.
No siempre necesitaban, dioses y gigantes, agarrar las montañas para que cambiaran de sitio, porque obedecían éstas a cualquier seña. Las piedras acudían al sonido de la lira de Orfeo y las montañas se alzaban para oír a Apolo; así nació el Helicón, morada de las musas. El profeta Mahoma debió nacer dos mil años antes; si hubiera nacido en edades de más cándida de, no habría tenido que ir a la montaña, y ésta se habría dirigido hacía él.
Además de esta explicación del nacimiento de las montañas por la voluntad de los dioses, la mitología de numerosos pueblos da otra menos grosera.
Según ésta, las rocas y los montes son órganos vivientes que han brotado naturalmente del cuerpo de la tierra, como salen los estambres en la corola de la flor. Mientras por una parte se hundía el suelo para recibir las aguas del mar, por otra se alzaba hacía el sol para recibir su luz vivificante, así como las plantas enderezan el tallo y vuelven los pétalos hacia el astro que las mira y les da el brillo. Pero ya hay quien crea en las leyendas antiguas, que son para la humanidad más que poéticos recuerdos; han ido a juntarse con los sueños, y el espíritu del investigador, apartado por fin de tales ilusiones, persigue con mayor avidez la verdad. Así es que los hombres de nuestros días, lo mismo que los de antiguos tiempos, siguen repitiendo al contemplar las cumbres doradas por la luz: «¿Cómo han podido alzarse hacia el cielo?».
Hasta nuestra época, cuando los sabios no apoyan sus teorías sino sobre la observación y la experiencia, hay algunas tan fantásticas sobre el origen de los montes, que se asemejan bastante a las leyendas de los antiguos. Un libro moderno de respetable volumen intenta demostrarnos que la luz del sol que baña nuestro planeta ha tomado cuerpo y se ha condensado en mesetas y montañas alrededor de la tierra. Otro afirma que la atracción del sol y de la luna, no contenta con levantar dos veces al día las olas del mar, ha hecho hincharse también a la tierra, y ha alzado las ondas sólidas hasta la región de las nieves. Finalmente, otro hay que refiere cómo los cometas, extraviados por los cielos, han venido a chocar con nuestro globo, han agujerado su envoltura como piedras que atravesaran un carámbano y han hecho brotar las macizas montañas en largas hileras.
Afortunadamente, la tierra, siempre trabajando en nuevas creaciones, no cesa en su labor a nuestros ojos y nos enseña como hace cambiar poco a poco las rugosidades de su superficie. Se destruye, pero se reconstruye diariamente de un modo constante; nivela unas montañas para edificar otras, y abre valles para cegarlos otra vez. Al recorrer la superficie del globo y al examinar con cuidado los fenómenos de la Naturaleza, se ven formar ribazos y montes lentamente en verdad, y no con súbito empujón, como quisieran los aficionados a lo milagroso. Se los ve nacer, ya directamente del seno de, la tierra, sea indirectamente, digámosle así, por la erosión de las mesetas. Como surge poco a poco la escultura del pedazo de mármol. Cuando una masa insular o continental, cuya altura llega a centenares o millares de metros, recibe lluvias abundantes, van quedando sus vertientes gradualmente esculpidas en barrancos, cañadas y valles; la uniforme superficie de la meseta recorta en cimas, aristas y pirámides; se ahueca en círculos, hoyas y precipicios; aparecen poco a poco sistemas de montañas donde existe el terreno liso en extensión enorme. Lo mismo acontece en aquellas regiones de la tierra donde la meseta, atacada únicamente en un lado por las lluvias, sólo forma montañas para este vertiente: tal es, en España, la meseta de la Mancha, que se hunde hacia Andalucía .por las escarpaduras de Sierra Morena.
Además de estas causas exteriores que convierten las mesetas en montañas, se verifica también en lo interior de la tierra lentas transformaciones que ocasionan hundimientos enormes. Los hombres laboriosos que, martillo en mano, atraviesan las montañas durantes años enteros para estudiar su estructura y su forma, observan en las nuevas hiladas de formación marítima, que constituyen para parte no cristalina de los montes, gigantescas padrastros o hendiduras de separación que se extienden por centenares de kilómetros de longitud. Masas de millares de metros de espesor han sido alzadas o derribadas en esas caídas, de modo que su antigua superficie se ha convertido hoy en su plano inferior. Las hiladas, aplomándose en sucesiva caídas, han dejado descubierto el esqueleto de rocas cristalinas que cubrían como una capa; han revelado el núcleo de la montaña como una cortina súbitamente descorrida descubre un monumento oculto.
Pero ni aun estos hundimientos tienen tanta importancia como las rugosidades en la istría de la tierra y en la de las montañas que forman sus asperezas exteriores. Sometidas a lentas presiones seculares, la roca, la arcilla, las capas de asperón, las venas de metal, todo arruga lo mismo que una tela, y los pliegues que así nacen forman montes y valles. Semejante a la superficie del Océano, se agita en olas de la tierra, pero son mucho más poderosas estas ondulaciones: son los Andes y el Himalaya que se yerguen sobre el nivel medio de la llanura. Las rocas de la tierra están sometidas incesantemente a estas impulsiones laterales que las hacen plegarse y desplegarse diversamente, y los cimientos están en continua fluctuación. Así se arruga el pellejo de las frutas.
Las cimas que surgen directamente del suelo y suben de una manera gradual, desde el nivel del Océano hasta las alturas heladas de la atmósfera, son las montañas de lavas y cenizas volcánicas. En más de un sitio de la superficie terrestre se las puede estudiar con comodidad, alzándose, aumentando a la simple vista. Muy distintos de las montañas ordinarias, los verdaderos volcanes están perforados por una chimenea central, de la cual se escapan vapores o fragmentos pulverizados de rocas incendiadas; pero cuando se apagan, la chimenea se cierra y las pendientes del cono volcánico, cuyo perfil pierde su primitiva regularidad bajo la influencia de la lluvias y de la vegetación, acaban por aparecerse a las de los demás montes. Por otra parte, hay masas rojizas que al elevarse desde el seno de tierra, sea en estado líquido, sea en estado pastoso, salen sencillamente de una ancha grieta del suelo y no las lanza cráter, como las escorias del Vesubio y del Etna. Las lavas que se acumulan en cimas y se ramifican en promontorios, sólo difieren por su juventud de las montañas viejas que erizan en otras partes la superficie de la tierra. Lavas en otro tiempo candentes se enfrían poco a poco y se revisten de tierra vegetal; reciben el agua de la lluvia por intersticios y la devuelven en arroyos y ríos. A fin y al cabo se cubren en su base de formaciones geológicas nuevas y se rodean, como las otras montañas, de hiladas de morrillos, de arena o de arcilla. A la larga, la mirada del sabio puede únicamente reconocer que han brotado del seno de la tierra, de la gran hornaza, como una masa de metal en fusión.
Entre los antiguos montes que forman parte de las sierras y de los sistemas que se llaman columnas vertebrales de los continentes, hay muchos que están compuestos de rocas semejantes a las lavas actuales y tienen igual composición química. Como estás lavas, el pórfido y otros minerales han salido de la tierra por hendiduras y se han esparcido por el suelo, semejante a una cosa viscosa que se coagulase pronto al contacto del aire; la mayor parte de la rocas graníticas parecen haberse formado del mismo modo. Son cristalinas como las lavas, y sus cristales tienen por elementos los mismos cuerpos simples, el silicio y el aluminio. Razonable es pensar que estos granitos han sido masa pastosa y que sus surtidores incandescentes han brotado de grietas del terreno. De todos modos, ese es una hipótesis en discusión y no una verdad demostrada. Así como las lavas que brotan del suelo levantan a veces pedazos de terreno con sus bosques o sus praderas, pensamos que del mismo modo la erupción de los granitos u otras rocas semejantes ha sido la causa más frecuente del levantamiento de hiladas de diversas formaciones que constituyen la parte más considerable de las montañas. Estrados calcáreos, de arena, de arcilla, que aguas de mares o lagos habían depositado antes en capas paralelas en el fondo de sus causes y que se habían convertido así en la película exterior de la tierra, habrán sido plegadas y enderezadas por la masa que se elevaba desde las profundidades y que buscaba una salida. Aquí las ola creciente del granito había roto las hiladas superiores en islas y en islotes que, dislocados, hendidos, arrugados, en caprichosas pliegues se han esparcido por las depresiones y los rebordes de la roca levantadora; allí, el granito habrá abierto en el suelo una sola grieta de salida, replegando a un lado y otra las hiladas exteriores, según diversos ángulos de inclinación; acullá, el granito, sin conseguir romperla, ha abollado las capas superiores. Estas, bajo la presión que las movía, habrán cesado de ser llanuras para convertirse en colinas y montañas. Hasta las alturas formadas por estratos pacíficamente depositados en el fondo del agua habrán podido elevarse en cimas, así como las protuberancias de lava, un pozo perforado a través de las capas superpuestas llegaría al núcleo de pórfido o de granito.
Admitiendo que la mayor parte de las montañas hayan aparecido como las lavas, todavía no han descubierto el pensamiento la causa que ha hecho brotar del suelo todas esas materias en fusión. Ordinariamente se supone que han sido exprimidas, digámoslo así, por la contracción de la envoltura exterior del globo, que se enfría lentamente irradiando calor a los espacios. En otro tiempo era nuestro planeta una gota de metal ardiendo. Al rodar por las frialdades del cielo, se han ido coagulando poco a poco. ¿Pero se ha solidificado la película sola, según se repite frecuentemente, o se ha endurecido la gota hasta el núcleo? No se sabe aún, porque nada prueba que las lavas de los volcanes broten de inmenso receptáculo que llene lo interior del globo. Únicamente sabemos que estas lavas se escapan a veces de las grietas del suelo y corren por la superficie. Lo mismo los granitos, los pórfidos y otras rocas semejantes habrán brotado de las rendijas de la corteza terrestres, como se escapan la savia de la herida de un vegetal. La marea de piedras fundidas habrá subido desde el centro, bajo la presión de la envoltura planetaria, gradualmente comprimida por efecto de su propio enfriamiento.

CAPÍTULO V


LOS FÓSILES

Cualquiera que sea el origen primitivo de la montaña, conocemos a los menos su historia desde una época muy anterior a los anales de nuestra de nuestra humanidad. Apenas se han sucedido ciento cincuenta generaciones de hombres desde que verificaron nuestros antepasados los primeros actos cuyos testimonios haya llegado hasta nosotros. Antes de esta época, únicamente inciertos monumentos nos revelan la existencia de nuestra raza. La historia de la montaña inanimada, en cambio, está escrita en visibles caracteres hace millones de siglos.


El hecho importante, el que chocó a nuestros progenitores desde la infancia de la civilización y fue contando diariamente en sus leyendas, consiste en que las rocas, distribuidas en hiladas regulares, en capas superpuestas como las de un edificio, han sido colocadas por las aguas. Si nos paseamos a la orilla de un río, si un día de lluvia miramos el arroyuelo temporal que se forma en las depresiones del suelo, veremos a la corriente apoderarse de las guijas, de los granos de arena, del polvo y de todos los residuos esparcidos, para distribuir los ordenadamente en el fondo y en las orillas del cause; los fragmentos más pesados se depositarán en capas en los sitios donde el agua pierde la rápido la rapidez de su primer impulso; las moléculas más ligeras irán más allá a extenderse en estratos en la superficie lisa; finalmente, las tenues arcillas, cuyo peso a penas excede al del agua, se amontonarán donde detenga el movimiento torrencial de éstas. En las playas y en las cuencas de lagos y mares, las hiladas de residuos sucesivamente depositados guardan mayor regularidad, porque las aguas no tienen el ímpetu de las ondas fluviales y todo cuanto recibe su superficie se tamiza a través de la profundidad de sus aguas; y allí permanece, sin que nada turbe la acción igual de las olas y las corrientes.
Así es como se divide el trabajo en la gran Naturaleza. En las costas peñascosas del océano, combatidas por las olas de la alta mar, se ven cantos y guijarros amontonados. En otras partes de extienden hasta donde alcanza la vista playas de arena fina, en las cuales las ondas de las mareas se desarrollan en espumosas volutas. Los buzos que estudian el fondo del mar nos dicen que en vastos espacios, grandes como provincias, los despojos arrancados por los instrumentos se compones siempre de un cieno uniforme con diversas mezclas de arcilla o de arena, según los parajes. También han comprobado que en otros sitios del mar la roca formada en el fondo del lecho marítimo es creta pura. Conchas, espiguillas de esponjas, animalillos de toda clase, organismos inferiores, silíceos o calcáreos, caen en lluvia incesante desde las aguas de la superficie y se mezcla con la innumerables seres que se acumulan, viven y mueren en el fondo, en muchedumbres que bastan para construir hiladas tan grandes como las de nuestras montañas. Por otra parte, éstas están formadas con residuos del mismo género. En un provenir desconocido, cuando los actuales abismos del Océano se extiendan como llanuras o se yergan en cimas ante la luz del sol, nuestros descendientes verán terrenos geológicos semejantes a los que hoy contemplamos, y que quizás hayan desparecido, hachos añicos por las aguas fluviales.
Durante la serie de edades, las hiladas de formación marítima o lacustres que componen la mayor parte de de nuestra montaña han llegado a ocupar a gran altura sobre el nivel del mar su posición inclinada y contorneada en arrugas caprichosas. Ya hayan sido levantadas por una presión procedente de abajo, ya se haya bajado el Océano a consecuencia del enfriamiento y la contracción de la tierra o por otra causa, y haya dejado de ese modo capas de asperón y de caliza en los antiguos fondos convertidos en continente, el caso es que las hiladas allí están, y podemos estudiar cómodamente los restos que muchas de ellas han sacado del mundo submarino.
Estos restos son los fósiles, despojos de plantas y animales conservados en la roca. Verdad es que las moléculas que constituían el esqueleto animal o vegetal de aquellos cuerpos han desaparecido, así como los tejidos de la carne y las gotas de savia o de sangre, pero todo ha sido sustituido por granos de piedra que han conservado la forma y hasta el color del ser destruido. En el espesor de las piedras están las conchas de los moluscos y discos, bolas, espinas, cilindros y varillas silíceos o calcáreos de las foraminíceras y las diatomas que se encuentran en más asombrosas muchedumbres; pero también hay formas que sustituyen exactamente a las carnes blandas de aquellos seres organizados; se ven esqueletos de peces con sus aletas y sus escamas; élitros de insectos, ramillas y hojas: hasta huellas de pasos hay, y en la dura roca, que fue en otro tiempo arena incierta de las playas, se encuentra la impresión de las gotas de lluvia y la red de los surcos trazados por las olas de orilla.
Los fósiles, muy raros en ciertas rocas de formación marítima, numerosos en cambio en otras y que constituyen casi toda la masa de los mármoles y las cretas, sirven para conocer la edad relativa de las hiladas que se han ido depositando durante la serie de los tiempos. En efecto, todas las capas fosilíferas no han sido derribadas no han sido derribadas y mezcladas caprichosamente por las torturas y los desmoronamientos; han conservado en su mayor parte su regular superposición, de modo que puede puedan observarse y recogerse los fósiles en su orden de aparición. Donde las hiladas, todavía en su estado normal, conservan la posición que tenían en otro tiempo, después de haber sido depositadas por las aguas marinas o lacustres, la concha descubierta en la capa superior. Centenares y millares de años, representados por las innumerables moléculas las intermedias del asperón o de la creta, han deparado ambas existencias.
Si las mismas especies de plantas y de animales hubieran existido siempre en la tierra desde que estos organismos vivientes aparecieron por primera vez en la corteza enfriada de la tierra, no se podría calcular la edad relativa de las capas terrestres separadas una de otras; pero se han sucedido diferentes seres según las edades, sucediéndose también por lo tanto en las hiladas superpuestas. Ciertas formas que vemos con gran abundancia en el seno de las rocas estratificadas más antiguas, van siendo más raras en las de origen más reciente, y acaban por desaparecer absolutamente. Las especies nuevas que siguen a las primeras tienen también, como cada ser particular, su período de renacimiento, de propagación, de decadencia y de muerte; podría compararse cada especie de fósil vegetal o animal a gigantesco árbol, cuyas raíces se hunden en los terrenos inferiores de formación antigua y cuto tronco se ramifica y se pierde en las capas altas de origen más moderno.
Los geólogos que en diversos países del mundo pasan el tiempo examinando las rocas y estudiándolas molécula por molécula para descubrir en ellas vestigios de seres que vivieron, han podido reconocer (gracias al orden de sucesión de los fósiles de todas especies) en los restos encerrados la edad relativa de las diferentes hiladas de la tierra depositadas por las aguas. En cuanto fueron bastante numerosas las observaciones comparadas, llegó hasta ser fácil frecuentemente decir, con sólo ver un fósil a qué época de las edades terrestres pertenece la roca en que se encontró. ¿Cualquier piedra caliza, de esquisto o de asperón ofrece clara huella de concha o de planta? Pues basta a veces con eso. El naturista, sin temor a equivocarse, declara que la piedra que conserva esa impulsión pertenece a tal o cual serie de rocas y debe ser clasificada en tal o cual época de la historia del planeta.
Estos fósiles reveladores que en forma de seres vivientes se agitaban hace millones de años en el légamo de los abismos oceánicos, se encuentran hoy a todas las alturas en las hiladas de las montañas. Se los ve en la mayor parte de las cimas pirenaicas; forman Alpes enteros; se los encuentra en el Cáucaso y cordilleras, y si el hombre pudiera subir hasta las cumbres del Himalaya, también allí los hallaría. Hay más: estas capas fosilíferas que pasan hoy de la zona media de las nubes, alcanzaban en otro tiempo alturas más considerables. En muchos sitios, en vertientes de montañas, se comprueban que existen interrupciones frecuentes en las hiladas de rocas. Acá y allá encuentran tal vez el geólogo en las cañadas algunos trozos de estos terrenos, pero las capas continuas no se reanudad hasta mucho más lejos, en la vertiente opuesta. ¿Qué ha sido de los fragmentos intermedios? Existieron, porque, aun al quebrarlos, la masa granítica que subía desde lo interior sólo ha podido hendirlos; pero las hiladas hendidas continuaban sobre la resbaladiza cumbre.

CAPÍTULO VI


LA DESTRUCCIÓN DE LAS CIMAS

Y sin embargo, aquellas masas enormes, montes apilados sobre montes, han pasado como nubes barridas del cielo por el viento; hiladas de tres, cuatro y cinco kilómetros de espesor, cuya existencia nos revela el corte geológico de las rocas, han desaparecido para entrar en el circuito de una nueva creación. Verdad es que la montaña todavía nos parece formidable, y contemplamos con admiración parecida al espanto sus soberbios picos, que atraviesan las nubes en el aire glacial del espacio. Son tan alas estas pirámides nevadas, que nos ocultan la mitad del cielo. Desde abajo, sus principios, que la mirada intenta en balde medir, nos causan vértigos. Y sin embargo, todo ellos no es más que una ruina, un simple residuo.


En otro tiempo, las capas de caliza, pizarra y asperón que se apoyan en la base de la montaña y se yerguen acá y acullá en cimas secundarias, se unían por encima del remate granítico en capas uniformes; sumaban su espesor enorme a la elevación del pico superior. Doble era la altura de la montaña; llegaba entonces su vértice a aquella región en que está tan enrarecida la atmósfera, que ni aun puede sostenerse en ella el ala del águila. No es ya la mirada, sino la imaginación la que se espanta al pensar en lo que la montaña era entonces y en lo que le han robado nieves, hielos, lluvias y tormentas durante la serie de los tiempos. ¡Qué infinita historia, qué innumerables vicisitudes en la sucesión de las plantas, de los animales y de los hombres, desde que los montes cambiaron de forma y perdieron la mitad de su elevación!
Éste prestigioso trabajo de escombrado no ha podido llevarse a cabo sin dejar en muchos sitios rastros irrecusables. Los restos que han resbalado desde lo alto de la cimas con las nieves, que han sido empujados por el hielo, triturados, desmenuzados, arrastrados en pedruscos, guijarros y arenas por el agua, no han vueltos todos al mar, del cual había salido en período anterior: enormes montones quedan aún en el espacio que separa las atrevidas pendientes de la montaña y las tierras bajas ribereñas del Océano. En esta zona intermedia, donde las colinas se extienden en largas ondulaciones como las olas en el mar, el suelo está enteramente compuesto de cantos rodados y piedras amontonadas. Todo eso son los restos de la montaña, que las aguas han reducido a fragmentos menudos, transportándolos y vertiéndolos en enormes aluviones a la salida de los grandes valles. Los torrentes bajados de las alturas resuelven a su gusto las mesetas de residuos y hacen que sus taludes se desmoronen en el surco que han abierto.
En las pendientes del foso profundo donde serpentean las aguas, se distinguen, en aparente desorden, las diversas rocas que han servido de materiales el gran edificio de la montaña. Ahí están los peñascos de granito y los fragmentos de pórfido; allí los esquitos de aguada arista medio hundidos en la arena; más allá pedazos de cuarzo y asperón, guijarros calizos, trozos de mineral, cristales achatados. También hay fósiles de diferentes épocas, y en los espacios en que las aguas se han arremolinado mucho tiempo, se han parado esqueletos de animales flotantes, Allí se han descubierto a millares las osamentas de hiparión, del uro, del alce, del rinoceronte, del mastodonte, del mamut y de otros grandes mamíferos que recorrían en lejanos tiempos nuestros campos, y hoy han desaparecido, dejando al hombre el imperio del mundo. Los torrentes que trajeron tales restos, se les llevan pedazo por pedazo, reduciéndolos a polvo. Esqueletos fósiles, arcillas y arena, peñascos de esquistos, asperón y pórfido, todo se desmorona poco a poco, todo emprende el camino del mar; el inmenso trabajo de denudación que se verificó con la gran montaña, empieza de nuevo en menor proporción con los montones de escombros. Ahuecados por el agua, diminuyen gradualmente de altura, se parten en colinas diferentes. No obstante, aun aminorada por el trabajo de siglos, derruida y arruinada, la meseta se extiende en la base de la montaña bastaría para acrecentar en algunos millares de metros la cumbre superior, si adquiriera nuevamente su primera posición en hiladas de rocas. Una antigua oración de los indios dice: «Lamiendo los montes es como ha formado los campos la roca celestial, es decir, la lluvia del cielo.»
Ante nuestros propios ojos continúa el trabajo de denudación de las rocas con asombrosa actividad. Hay montañas compuestas de materiales poco coherentes que vemos fundirse y disolverse, digámoslo así. Ábranse alfoces en las laderas del monte y brechas en medio de la cresta; surcada por la aludes y por las aguas tempestuosas la gran masa, antes una y solitaria, se divide poco a poco en dos cimas distintas, que aparecen alejarse una de otra a medida que se ahonda más el abismo.
Especialmente en primavera, cuando el suelo está empapado en las nieves fundentes, los desmoronamientos, los montones, las erosiones, alcanzan proporciones tales, que toda la montaña parece que se derrumba y emprende el camino de la llanura.
Un día de calor húmedo y suave me había metido en un alfoz de la montaña para ver otra vez las nieves antes de que se las llevaran las aguas primaverales. Seguían obstruyendo el fondo de la quebrada, pero en muchos sitios estaban desconocidas, porque las cubrían restos negruzcos, mezclados con lodo. Las rocas pizarrosas que dominaban el alfoz parecían convertidas en una especie de pasta y se derrumbaban en anchas hojas. El negro fondo que se filtraba por las paredes del desfiladero se hundía con sordo chapoteo en la nieve medio líquida. Por todas partes veía cataratas de nieve sucia y de restos, y me preguntaba con cierto espanto instintivo si, hendiéndose las rocas como la misma nieve, se irían a unir por encima del valle en una sola masa viscosa, derramándose a los lejos por el campo. El torrente, que columbraba ya en algunos sitios por los pozos en cuyos fondos se habían abismados las capas superiores de la nieve, aparecía transformado en un río de tinta por los despojos que cubrían sus aguas; era aquello una enorme masa de fango en movimiento. En lugar del sonido claro y alegre que solíamos oír, el torrente lanzaba continuo mugido, el de los escombros que chocaban unos con otros y rodaban por el lecho. En la primavera, en la época anual de la renovación terrestre, es cuando ve uno cómo se verifica esa prodigiosa labor destructora.
Además, inmenso e invisible trabajo se produce en la misma piedra, todos los cambios causados por los meteoros no son más que modificaciones exteriores; las transformaciones íntimas que se verifican dentro de las moléculas de la roca tienen, por lo menos, resultados de igual importancia. Mientras la montaña cambia sin cesar de apariencia por fuera, toma interiormente una estructura nueva, y las mimas hiladas modifican su composición. Tomando en su conjunto, el monte es un inmenso laboratorio natural, donde trabajan todas las fuerzas físicas y químicas, sirviéndose para su tarea de un agente soberano que no está a disposición del hombre: el tiempo.
Por lo pronto, el enorme peso de la montaña, igual a centenares de millares de toneladas, gravita tan poderosamente sobre las rocas inferiores, que da a muchas de ellas aspectos distintos del que tuvieron al salir del mar. Poco a poco, bajo la formidable presión, las pizarras y otras formaciones esquistosas se disponen en hojas. Durante los millares y millares de siglos que transcurren, las moléculas comprimidas se adelgazan en hojillas que pueden separarse fácilmente después, cuando tras alguna revolución geológica vuelve a ser llevada la roca a la superficie. La acción del calor terrestre, que hasta cierta distancia por los menos crece con la profundidad, contribuye también a cambiar la estructura de las rocas. Así es como se convirtieron las calizas en mármoles.
Pero no sólo se acercan, se separan y se agrupan diversamente las moléculas de las rocas, según las condiciones físicas en que se encuentran durante el curso de los siglos, sino que también cambia la composición de las piedras en una carrera continua, un viaje incesante de la cuerpos que mudan de sitio, se mezclan y persiguen. El agua que penetra por todas la rendijas en el espesor de la montaña y la que sube en vapor desde los abismos profundos, sirve de principal vehículo a esos elementos que se atraen y se rechazan después, arrastrados por el gran torbellino de la vida geológica. Un cristal echa a otro cristal en las hendiduras de la montaña; el hierro, el cobre, la plata y el oro sustituyen a la arcilla o a la cal. La piedra mate adquiere el irisado de las muchas substancias que penetran en ella. Por el cambio de lugar del carbono, del azufre y del fósforo, se convierte la cal en marga, dolomita y en espejuelo cristalino; a consecuencia de esas combinaciones la roca se hincha o se encoge, y lentas revoluciones se verifican en el seno de la montaña. Pronto la piedra, comprimida en espacio harto estrecho, levanta y separa las hiladas superiores, hace caer enormes lienzos, y con lentos esfuerzos, cuyos resultados son iguales a los de poderosa explosión, agrupa de nueva manera las rocas de la montaña. Ora se contrae la piedra, ora se hunde, ya se abre en grutas, ya en galerías, ya se verifican grandes hundimientos, modificando así la apariencia y exterioridad del monte. A cada modificación íntima en la composición de la roca, corresponde un cambio en el relieve. La montaña reúne en sí todas las revoluciones geológicas. Ha crecido durante millares de siglos, ha decrecido durante igual tiempo, y en sus hiladas se suceden sin término todos los fenómenos de crecimiento, que se verifican en la tierra en proporción mayor. La historia de la montaña es la del planeta: destrucción incesante, inacabable renovación.
Cada roca resume un período geológico. En esa montaña de tan agraciado perfil, que surge de la tierra con tan nobles actitudes, creeríamos ver la obra de un día; tanta es la unidad del conjunto y tanto es lo que concurren los pormenores a la armonía en general. Y sin embargo, esta montaña ha sido esculpida durante un millón de siglos. Ahí, antiguo granito relata las viejísimas edades en que aun no había cubierto la escoria terrestre la fibra vegetal. La egnesia, que se formó quizás en la época en que aun no había nacido animales ni plantas, nos dice que cuando el Océano la dejó en sus orillas ya habían sido demolidas por las olas algunas montañas. La placa de pizarra que conserva los huesos de un animal, o solamente una ligera huella, nos cuenta la historia de las innumerables generaciones que se han sucedido sobre la tierra en la incesante batalla por la vida; los rastros de hulla nos habla de aquellos bosques inmensos, representados después de su muerte por ligeras capas de carbón; el acantilado calizo, amontonamiento de animales revelados por el microscopio, nos hace asistir al trabajo de las multitudes de organismos que pululaban en el fondo de los mares; los residuos de todas clases nos recuerdan las aguas pluviales, las nieves, los ventisqueros, los torrentes, limpiando los montes como lo hacen hoy y cambiando de siglo en siglo el teatro de su actividad.

Al pensar en todas esas revoluciones, en esas transformaciones incesantes, en esa serie continua de fenómenos que se producen en la montaña, en el papel que representa en la vida general de la tierra y en la historia de la humanidad, se comprende a los primeros poetas que, con la base del Pamir o del Bolor, contaron los mitos de donde se han derivado todos los restantes. Nos dicen que la montaña es una creadora: vierte en las llanuras las aguas fertilizadoras y les envía el légamo alimenticio; con la ayuda del sol, da nacimiento a plantas, animales y hombres; da flores al desierto y lo siembra de ciudades felices. Según antigua leyenda helénica, el que hizo surgir los montes y modeló la tierra fue Eros, el dios eternamente joven, el primogénito del Caos, la Naturaleza renovada sin cesar, el dios del amor eterno.




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